Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

Se especifica en la narración, pero como no quiero que nadie se desoriente, han transcurrido unos seis meses desde el anterior capítulo de estos dos (y unos días desde el ShinKami). En total, algo más de un año desde el final del capítulo 47. Así que, a lo tonto, ambos han cumplido un año más respecto al capítulo anterior. Y, justo a puntito de terminar, con este capítulo superamos las 500k palabras de fic publicado. Para celebrarlo, actualización doble. ¡Muchísimas gracias por leer y comentar!

Glosario:

Ryokan: Alojamiento tradicional japonés.

Tanabata: Festividad de las estrellas que se celebra el 7 de julio (o el 8 de agosto, según la ciudad).

Genkan:Un área a la entrada de un departamento japonés para quitarse los zapatos.

Omamori: Amuleto japonés para atraer la buena fortuna que sirve como ofrenda al santuario o templo.

Yukata: Vestimenta tradicional japonesa hecha de algodón que se usa en los festivales de verano al ser más ligera que el kimono. Va cruzado sobre el cuerpo y atado con un obi, una franja de tela ancha que se ata a la espalda. Uno de sus complementos es el kinchaku, que se emplea a modo de pequeño bolso. Es, además, una prenda que se utiliza típicamente después del baño en su versión más sencilla, sobre todo en los ryokan tras utilizar los baños termales.

Onsen: Baños termales típicos de Japón.

Rotenburo: Baños termales al aire libre.

Katsudon: Bol de arroz con verdura, tortilla y carne (está muy rico). Es tradicional comerlo antes de una competición o examen porque da suerte (debido a la etimología de su nombre).

Trigger warning: Sexo explícito. Spitting. Sexo oral rudo. Piercings. Fetiche con labios. Referencias a Cum Eating, así como a sexo anal, masturbación y rimming. Swallowing muy explícito.


CAPÍTULO EXTRA. TANABATA (PARTE UNO)

Al entrar al ambiente fresco del interior del ryokan, Izuku suspira de alivio. Tiene la camiseta empapada en sudor, tanto que se le pega al cuerpo. Aunque las marcas redondeadas bajo las axilas en la parte inferior de la espalda y el cuello son fruto del calor que tiene, las manchas húmedas de su pecho y abdomen es a causa del propio sudor de Katsuki, al cual ha ido abrazado todo el viaje, a pesar de la intensa temperatura.

Se han quitado las chaquetas que utilizan al viajar en moto, de manga larga, según han llegado al aparcamiento, pero está deseando poder desprenderse también de los pantalones, largos y fuertes, diseñados para resistir el roce en una caída de la moto. Se descalza en el genkan completamente, quitándose los calcetines, además de las deportivas, antes de pisar en el tatami, aliviado al notar el material fresco bajo sus pies. Katsuki todavía está desatándose las botas, demasiado abrigadas también para la época, pero más que adecuadas para la conducción en moto, así que Izuku entra en la habitación que les han asignado sin esperarlo y la examina con curiosidad.

Es modesta, pero ninguno de los dos necesita nada más ostentoso e Izuku se ha empeñado en pagar los gastos a medias con Katsuki, utilizando una pequeña parte de lo que ha ahorrado de sueldo en sus primeros meses trabajando como héroe e inventor a tiempo completo en la agencia Dynamight. Este ha protestado, porque prefiere que Izuku ahorre durante una temporada, pero no ha conseguido salirse con la suya y ha accedido a hacerlo a su manera.

Agobiado por el calor, se separa la camiseta del pecho, inspirando profundamente, aliviado cuando el aire fresco de la habitación, conservado así naturalmente, sin aire acondicionado, pasa entre la tela y su piel, enfriándolo. Las gotas que resbalan de su axila izquierdo se deslizan hasta el liso material del brazo artificial en largos regueros que se evaporan antes de llegar a la mano debido a lo caliente que está. No le hacen cosquillas, al contrario que las que le resbalan por la espalda o el otro brazo, pero su control nervioso sobre el brazo ha evolucionado hasta el punto de que sí siente claramente el roce, por sutil que sea. También, aunque a esto ya se ha acostumbrado con los meses, puede percibir la diferencia de temperatura de las gotas de sudor al evaporarse, enfriando levemente el material sintético utilizando el mismo mecanismo que su piel natural, aunque no nota la humedad respecto al calor que desprende el brazo, por el efecto del sol incidiendo en él durante más de dos horas de viaje en moto.

—Aparta, nerd. —Al escuchar las protestas de Katsuki detrás de él, que ya ha conseguido deshacerse de sus botas, se aparta de la entrada para dejarle pasar a la habitación.

También está sudado, mucho más que Izuku, debido a su Don. Podría escurrir la camiseta y los pantalones y llenar un vaso de agua, tanto que Izuku se preocupa por su hidratación, pues no ha bebido líquido desde que salieron de Musutafu. El casco le ha domado los mechones de pelo indómitos, pegándoselos a la piel de la nuca, las sienes y la frente, y se ven más oscuros de lo habitual por la humedad. Y resopla, disgustado e incómodo por el calor.

—¡Puñetero verano de mil demonios! —protesta, elevando la voz. Izuku se ríe entre dientes, poniendo los ojos en blanco. No hace ni seis meses, tuvo que soportar maldiciones similares acerca del invierno, demasiado frío para permitirle sudar mientras trabajaba, obligándolo a utilizar múltiples capas de abrigo para no disminuir su eficacia profesional.

Katsuki tira las llaves y las mochilas con el cambio de ropa de ambos sobre la mesita baja que hay en uno de los laterales de la habitación y entra en la habitación, inspeccionándola con un gesto desabrido antes de darle su aprobación. Observando los fuertes músculos de su espalda, que se adivinan bajo la camiseta empapada que se le pega al cuerpo, Izuku se muerde el labio inferior, jugueteando con el piercing que lleva en el labio, y se intenta peinar el cabello con los dedos, que está tan húmedo como el de Katsuki, aunque más encrespado debido a sus rizos. El trayecto en moto entre Musutafu y Hiratsuka es de poco más de dos horas, pero el sol justiciero de la ola de calor más fuerte de todo el verano los ha asado sin piedad alguna. Tener que utilizar ropas de manga larga, guantes y casco, por seguridad al viajar en la moto, no ha ayudado en absoluto a hacerlo más soportable y acentúa la sensación de refugio térmico que supone la frescura de la habitación del ryokan, aliviando la fatiga del viaje.

—Nos traerán algo para comer y beber en un rato, necesitamos hidratarnos. Después, podremos relajarnos hasta que nos marchemos al festival —informa Katsuki sin moverse del sitio ni mirar a Izuku, que sí lo observa con una expresión divertida, porque tiene la impresión de que eso no va a salir del fondo en común que han puesto para pagar la estancia y los servicios que han contratado que, sin duda, no incluían comida o bebida del servicio de habitaciones—. También me han dicho en la recepción que, además de las aguas termales, hay algunas pozas de agua fría en el exterior protegida por sombras de árboles para refrescarnos.

El alojamiento es modesto. Izuku lo ha elegido, precisamente, por la disponibilidad de habitaciones en pleno festival, ya que al ser verano y ser un destino turístico para occidentales que viajan en busca de las famosas aguas termales japonesas, su apogeo ocupacional se produce desde el final del otoño hasta el inicio de la primavera. Sin embargo, las críticas de sus baños onsen es muy buena, incluso por parte de aquellos que se hospedan en él durante el verano, gracias a las pozas de agua fría, casi helada, de las que disponen y de las que la persona que atendió a Izuku durante la reserva ya le había informado.

—¡Y menos mal, porque que me aspen si tengo intención de meterme en un puñetero baño termal con este calor! —Al escucharlo, Izuku suelta una carcajada que arranca otro bufido de Katsuki. Este, todavía malhumorado, acude a atender a la asustada camarera que, como les han prometido, aparece con algunas viandas frías o atemperadas para que puedan reponer fuerzas. La chica, poco acostumbrada a lidiar con clientes bruscos como Katsuki, se apresura a desaparecer en cuanto ha entregado a Izuku la bandeja con refrescos que llevaba en el carrito.

No transcurren más de veinte minutos desde que se arrodillan para devorar la comida y se asean a conciencia en los baños hasta que se sumergen suavemente en el agua helada de una de las pozas exteriores, que los alivia al instante del intenso calor ambiental.

—¡Oh! Mierda —susurra Izuku, justo al entrar en el baño donde se han asearán antes de pasar al rotenburo donde se encuentran las pozas habilitadas para los huéspedes. Desnudo, sólo con un yukata limpio bajo el brazo, está dejando su teléfono móvil y la llave de la habitación en la taquilla habilitada para ello.

—¿Qué pasa? —pregunta Katsuki, detrás de él, metiendo sus cosas en la misma taquilla por encima del hombro de Izuku. Su voz suena alarmada, porque no está acostumbrado a escucharle ese tipo de lenguaje.

—Nada en realidad —responde Izuku, aunque no puede evitar que la rabia y la tristeza se impregnen en su voz.

—¡Ha! —dice Katsuki, incrédulo, mirándolo con el ceño fruncido, obligándolo a confesar.

—He perdido el omamori que me regaló Kacchan —admite, lamentándolo sinceramente. Le muestra el teléfono donde, está seguro, unas horas antes colgaba el amuleto.

—No pongas esa cara de conejito desolado, nerd —dice Katsuki con brusquedad. Apretando los labios con fastidio, Izuku deja el teléfono y se asegura de que quede firmemente cerrada—. Te compraré otro, si quieres. Además, ya no estás estudiando, no lo necesitas. Vamos, estoy empezando a sudar de nuevo —añade, caminando en dirección a las pequeñas duchas.

—No quiero que me compres otro —dice Izuku, negando con la cabeza mientras lo sigue, un tanto compungido todavía por la pérdida—. No es por tener uno, simplemente me gustaba ese y me da pena haberlo perdido. Debí haber sido más cuidadoso.

—Sería igualmente mío. —Izuku se encoge de hombros—. Es sólo un omamori, nerd. No le des más vueltas. —Izuku asiente, aparcando el tema para asearse antes de ir a las pozas de agua fría.

Están prácticamente a solas en el onsen, pero aun así se sientan uno al lado del otro, en silencio, relajándose y permitiendo que el agua fría destense sus músculos y reponga sus energías. Es la poza más pequeña, pero a Izuku no le importa, porque la tienen para ellos dos solos. Hay otras tres más, más grandes, separadas por cortinas. A pesar del intenso calor, hay poca gente haciendo uso de ellas. Supone que es porque, como ellos, los actuales huéspedes no han venido a disfrutar de los baños termales, sino del famoso festival de tanabata de la zona y que el contraste de temperatura entre el ambiente y el agua desincentiva a los occidentales a hacer uso de ellos.

Suspirando de placer, Izuku se ata el pelo en un moño rápido, cierra los ojos y se relaja, sumergiéndose hasta que el agua le roza la barbilla. Disfrutando del silencio y de la sombra de los árboles que los rodean y protegen del sol, dejando que el agua fría destense sus músculos y rebaje la temperatura corporal y Katsuki, a su lado, tan cerca que puede rozarle la rodilla con la suya, hace lo mismo con un suspiro de satisfacción.

Katsuki le regaló el omamori poco después de que obtuviese su licencia de héroe. Ambos se habían tomado en serio las advertencias de Kirishima acerca de los tiempos de curación del piercing que Katsuki se hizo en el pene aquella noche y, además, los exámenes finales de la universidad habían llegado, imponentes, al futuro cercano de Izuku, que se había estresado por la perspectiva. Por ello, había vuelto a su rutina de estudiar con un horario férreo. Había conservado algún entrenamiento, ya sin la presión de aprobar la licencia, más como ejercicio para desestresarse que como práctica inamovible.

Los únicos ratos que no estudiaba los pasaba con Katsuki, que acudía a casa de Izuku e intentaba distraerlo, sacarlo a dar un paseo y que despejase su mente de los apuntes y libros de texto durante un rato. Sus visitas se volvieron tan rutinarias que, aunque Katsuki decidió aplazar presentarle a sus padres, a quienes Izuku ansía conocer, prometiendo hacerlo en algún momento de este verano, no le ha importado cenar los dos juntos con Inko al menos un día a la semana, convirtiéndolo en una agradable costumbre que llega hasta hoy.

Sí había cumplido la promesa que le había hecho mientras Kirishima le perforaba para ponerle la joya que se esconde ahora bajo el glande de Katsuki. Todos y cada uno de aquellos ratos de los primeros días, mientras la herida curaba, habían sido especialmente buenos para luchar contra la ansiedad y el estrés gracias a la insaciable disposición de Katsuki de masturbarlo y chupársela a la menor oportunidad. Uno de los exámenes, de hecho, lo había hecho ruborizado e incómodamente duro bajo el pantalón, recordando haber estudiado la respuesta concreta a una de las preguntas al mismo tiempo que se corría en la boca de Katsuki.

Por supuesto, había obtenido la nota más alta, gracias a lo detallado de la explicación aportada.

Un día antes del primer examen, tras una misión en Kioto, Katsuki había llegado a casa con el omamori, específico para desearle éxito en los exámenes. Lo dejó encima de la mesa de estudio de Izuku, sin darle mayor importancia, deseándole suerte y recordándole que debía almorzar katsudon.

«Yo lo hice antes de rendir los exámenes finales de la U.A. y fíjate, llegué a ser el número uno», había dicho, presumido, arrancando una carcajada de Izuku, que había dormido aquella noche con el omamori bajo la almohada, relajado tras el intenso orgasmo proporcionado por Katsuki, que lo había sujetado contra el futón, lamiéndole el culo hasta que, deshecho de placer, Izuku se había corrido en sus manos. «Joder, nerd, cuando te la vuelva a meter va a ser como si no lo hubiese hecho antes», había protestado en un susurro que Izuku había percibido más en su aliento enfriándole la humedad de la saliva en la piel.

Distraídamente Izuku había acariciado el omamori con los dedos mientras apuraba las últimas horas de repaso. No era sólo un regalo, también constituía un recordatorio constante de que Katsuki se preocupaba por él y lo apoyaba en sus exámenes. Antes de comenzar el primer examen, lo había enganchado en teléfono para llevarlo consigo en el bolsillo en todo momento, resistiendo la tentación de meterse la mano en el bolsillo para para cerciorarse de que seguía ahí.

Tras los tres intensos días de exámenes y presentaciones orales, en los que no había podido ver a Katsuki ni hablar con él más allá de breves llamadas telefónicas y apresurados mensajes de texto con palabras de ánimo, de Katsuki, y actualizaciones sobre cómo le estaba yendo, de Izuku, se había dirigido de la facultad directamente a la casa de su novio, dispuesto a pasar la noche allí con él y celebrar que, independientemente de los resultados, las evaluaciones habían terminado.

Al dejar el teléfono móvil encima de una de las repisas, Katsuki había visto el omamori colgando de él y se había burlado de él por atesorarlo todavía, pero Izuku había sonreído, travieso, mordiéndose el labio y acariciando con la lengua el piercing que ahora lleva en el labio inferior.

«Es un regalo de Kacchan», había dicho, para justificarse, cuando la mirada de Katsuki se desenfocó, mirándolo, y sus pupilas se dilataron, dotando a sus irises rojizos de un destello peligroso y depredador.

«Joder, nerd». Izuku no había tenido tiempo de reaccionar antes de que lo empujase contra la pared de su habitación, restregando las caderas contra las suyas. Ni siquiera pudo responderle, porque sus dientes ya estaban mordiéndole la piel del cuello y sus dedos se habían colado por debajo de la camiseta, buscando a tientas el piercing del pezón de Izuku para tirar suavemente de él.

Había sido rápido y seguramente ninguno de los dos podría considerarlo, ni remotamente, uno de sus mejores polvos, pero Izuku tiene el momento guardado en su memoria y duda que lo vaya a olvidar jamás. La primera vez que sus dedos habían podido rozar las dos bolas metálicas que adornaban la polla de Katsuki, una de ellas en la punta, justo por donde debería salir su orina o su semen y la otra en el lugar donde su frenillo contiene el prepucio cuando lo retira hacia atrás. Tentativo, al principio, lo había acariciado con algo de temor, excitado al escuchar a Katsuki susurrar en su oído que ni siquiera se había masturbado en esas dos semanas y que iba a correrse demasiado rápido.

«No irás a asustarte ahora, ¿verdad, nerd?», había preguntado Katsuki acto seguido, provocándolo al mismo tiempo las yemas de sus dedos se cerraban alrededor del piercing del pezón de Izuku.

Izuku había respondido a su bravata con osadía, haciendo que el piercing tremolase al golpearlo con la punta del dedo índice, apretando el glande de Katsuki, húmedo por el líquido seminal que brotaba alrededor las bolas de ambos extremos, tirando levemente de la que se ajustaba en su glande, complacido por cada uno de los jadeos que exhalaba Katsuki en su boca, mordiéndole el labio inferior y lamiéndole el pendiente que llevaba allí, o en su clavícula, que le marcaba posesivamente con los dientes.

«¿Cómo es?», había preguntado, deslizando la yema del dedo pulgar por encima de la bola del frenillo con facilidad gracias a la lubricación, al mismo tiempo que le lamía la línea de la vena del cuello. Respirando agitadamente por el placer, Katsuki no había podido contestar. El líquido caliente y abundante le había empapado los dedos a Izuku, espeso y aparentemente inagotable.

«La puta gloria». Su voz sonó ronca, abrumada todavía por el placer. Izuku, curioso y deseoso de saber, había querido sonsacarle más detalles, pero Katsuki lo había silenciado al mojar su propia mano en el semen que goteaba desde la de Izuku al suelo para utilizarlo de lubricante y masturbarlo en reciprocidad, obligándolo a cerrar los ojos para dejarse llevar por el placer arrollador del primer orgasmo compartido en varias semanas. «Siempre analizándolo todo. Eres totalmente un nerd», se había burlado Katsuki. Izuku no había podido contestar, porque los dedos de este, manchados con el semen de ambos, estaban acariciándole el labio inferior, dejándolo brillante antes de lanzarse a besarlo con fruición, lamiendo los restos húmedos y excitándolos de nuevo.

Más tarde esa misma noche, Izuku había tiempo de satisfacer su curiosidad, así como experimentar qué se sentía con el nuevo adorno de Katsuki en su boca o en su culo.

No salen del agua helada de la poza hasta que están arrugados como pasas. Se cubren la piel todavía húmeda con el yukata y la leve brisa que corre entre los árboles y las piedras termina de refrescarles y combatir definitivamente el calor del viaje. En la entrada de la habitación les han dejado las ropas que han solicitado: yukatas más adornados y refinados que los que proporcionan a los huéspedes para ir de un lugar a otro o en los baños termales. Aunque todavía les queda tiempo, Izuku los desdobla, comprobando que las tallas sean correctas y deseando saber qué tal le queda el suyo, pero Katsuki, con el ceño fruncido, declina hacer lo mismo.

—Me apetece dar un paseo —dice, saliendo de la habitación al momento.

Izuku, suponiendo que todavía está cansado y malhumorado por el calor del viaje, opta por no seguirlo para ofrecerse a acompañarlo. Desde que terminó los exámenes, pasan muchísimo tiempo juntos entre el trabajo en la agencia y salir juntos o con sus amigos. Y, como ambos por fin encontraron un punto de comodidad en intercambiar mensajes de texto, hablan incluso cuando están separados, así que entiende que Katsuki pueda necesitar, en días como hoy, algo de tiempo a solas.

Se quita la ropa interior que se ha puesto bajo el yukata, húmeda por habérsela puesto todavía mojado y se tumba en el tatami con los brazos abiertos, solo con el yukata cubriendo su cuerpo disfrutando de la agradable temperatura en la superficie de la piel, ligeramente húmeda todavía. Cierra los ojos con intención de descansarlos durante unos minutos.

Sólo hasta que Katsuki regrese.

Se incorpora con un sobresalto cuando el sonido de los zapatos de Katsuki en el genkan lo despierta. Parpadea, intentando enfocar la vista. Katsuki lo observa desde la entrada con media sonrisa satisfecha, todavía con el yukata del baño puesto, y la frente húmeda de nuevo por el sudor. Desorientado, Izuku consulta el reloj de su teléfono y se frota los ojos. Ha transcurrido casi media hora, lo cual explica por qué nota la cabeza embotada.

—Yo sólo… —balbucea, con la voz pastosa. Se interrumpe cuando un bostezo lo asalta, sin darle tiempo a taparse la boca ni a disculparse. Katsuki contiene una carcajada. «Está de mejor humor, el paseo lo ha sentado bien», piensa Izuku, contento—. He tenido resacas mejores que quedarme traspuesto menos de media hora —dice, riéndose entre dientes.

—Eres un nerd idiota —dice Katsuki, con una sonrisilla de diversión, al verlo más despejado. Se arrodilla a su lado e Izuku se acomoda para reposar la cabeza en su regazo, frotándose como un gato mimoso. Katsuki no se hace de rogar y le acaricia la mejilla con los nudillos, todavía con la sonrisilla petulante y satisfecha en los labios. Después, hunde los dedos en el cabello de Izuku para deshacerle el improvisado moño y separarle los mechones rizados y alborotados—. Ya vuelves a tenerlo largo.

—Estoy pensando en cortármelo de nuevo —dice Izuku, aunque no sabe si está hablando él mismo o el intenso calor de este verano. Tras perder prácticamente todo el pelo en el incendio del complejo, no había sido posible salvar siquiera las puntas, así que ha tardado un año en recuperar la pequeña melena de cabellos ensortijados que poseía antes de que todo comenzase, desacostumbrándose a tener tanto pelo.

—Te da pinta de nerd —murmura Katsuki, e Izuku ya lo conoce como para no dudar de que es su forma de decirle que le gusta.

—¿Y si un villano aprovecha que lo llevo largo para tirar de él y derrotarme así?

—Entonces, te lo habrás merecido por permitir que ocurra y por no llevarlo recogido. —Izuku se ríe, bebiéndose con la mirada la sonrisa ladeada y satisfecha de Katsuki, que lo mira desde arriba—. Toma, no vuelvas a perderlo, nerd idiota.

En el campo visual de Izuku aparece su omamori, colgando de los dedos de Katsuki. Está un poco polvoriento y la cuerda con la que lo sujetaba al teléfono cuelga lacia, confirmando sus sospechas, se ha aflojado el nudo hasta desatarse.

—¿Dónde lo has encontrado? —pregunta Izuku, sorprendido, incorporándose para aceptarlo.

—Lo perdiste en el aparcamiento —dice Katsuki, encogiéndose de hombros, e Izuku comprende:

—¿Has ido a buscarlo, Kacchan?

—Claro que no —responde este con desdén, frunciendo el ceño—. Ni que no tuviese algo mejor que hacer. Ni siquiera sabías si lo habías perdido aquí, en casa o durante el viaje. Estaba paseando y lo encontré.

—Gracias, Kacchan —dice Izuku, agradecido, con los ojos empañados. Se siente un poco culpable por haber provocado que Katsuki salga al intenso calor del exterior por ir a buscar un objeto cuyo valor reside solamente en los sentimientos que lo impregnan, pero al mismo tiempo se alegra de haberlo recuperado.

—¡Te he dicho me lo encontré en el suelo y no iba a dejarlo allí tirado después de lo que te has lamentado! —exclama Katsuki, fastidiado, desviando la mirada.

—Por supuesto, Kacchan —accede Izuku, mordiéndose el labio y abrazando a medias a Katsuki, cuya sonrisilla de superioridad regresa.

—Es sólo un amuleto barato, no tiene sentido tomarse tantas molestias con él.

—Es el primer regalo que me hiciste que podía conservar y llevar conmigo —murmura Izuku, escondiendo el rostro en el pecho de Katsuki unos segundos más antes de separarse y acunar el omamori entre sus manos, feliz de haber podido recuperarlo. Feliz de que para Katsuki también haya sido tan importante como para molestarse en buscarlo—. Siento haberlo perdido. Te habría acompañado a buscarlo si me hubieses avisado. Pensé que sólo necesitabas un poco de tiempo a solas y por eso no me di cuenta… —Ha empezado a murmurar para sí mismo y, en cuanto es consciente, se detiene, mirando a Katsuki con una sonrisa—. Muchas gracias, prometo que tendré más cuidado.

—Voy a asearme, estoy sudado otra vez —se limita a contestar Katsuki, levantándose del suelo con un quejido. Izuku lo imita, haciendo amago de atarse el yukata para cubrir su desnudez, pero Katsuki lo atrae hacia sí y le da un beso largo en los labios, lamiéndole cadenciosamente la lengua y separándose cuando la polla de Izuku se endurece entre ambos, ignorándola intencionadamente.

Katsuki desaparece por la puerta en dirección al baño e Izuku aprovecha para enganchar otra vez el omamori al teléfono móvil, apretando el nudo con más fuerza para asegurarse de no perderlo de nuevo

Después, se viste con el yukata que han alquilado para el festival, admirando los colores de la tela, más vivos de lo acostumbrado en esas vestimentas. Contrasta notoriamente con el estampado más apagado y tradicional del que han traído para Katsuki, aunque ambos son claramente de corte masculino. Está vestido, intentando atarse adecuadamente el obi, cuando Katsuki sale del cuarto de baño, desnudo y seco, aunque su pelo está húmedo y recién peinado.

—En casa siempre me lo ata mamá —admite Izuku, avergonzado, sonrojándose cuando Katsuki levanta una ceja con gesto burlón al ver lo infructuoso de sus intentos.

—Tienes un problema con los nudos —dice Katsuki, acercándose a él y atándole el obi alrededor de la cintura con la pericia de la práctica, dejándolo perfecto al primer intento.

—Gracias —musita Izuku.

Katsuki emite un gruñido, a medio camino de una sonrisa y rebusca en la mochila hasta encontrar un lapicero de color negro. Sin molestarse en ponerse la ropa interior, se inclina hacia un pequeño espejo que cuelga de una de las paredes de la habitación, trazando con pericia un par de líneas oscuras en el borde de los párpados.

Izuku saliva, excitado.

La mirada de Katsuki, que usa el delineador de ojos a menudo, se vuelve poderosamente hipnótica cuando está maquillado, pero ni siquiera eso puede competir con las líneas de los músculos de la espalda de Katsuki, definidos y fuertes. Ni con sus caderas estrechas y sus redondeados glúteos. Izuku se mordisquea el piercing del labio, notando los pulmones faltos de aire al olvidarse de respirar durante varios segundos.

Katsuki se vuelve hacia él y los ojos de Izuku bajan por sus pectorales y los abdominales marcados hasta su pubis. Su pene está en reposo, pero aun así sigue siendo grande, al contrario que el de Izuku, que cuando no está erecto no destaca por su tamaño. El piercing asoma por la abertura del prepucio, que cubre el glande. Lo cambio hace unos meses, cuando Kirishima se aseguró de que la perforación hubiese cicatrizado del todo y ahora es medio aro de un diámetro ligeramente más grueso que el primero que se puso.

Está exhibiéndose.

Provocándolo.

Izuku juguetea con el piercing de su labio, moviéndolo a través del agujero con la pericia de quien lleva haciéndolo los últimos meses, y luego sube la mirada hacia Katsuki, que sonríe con jactancia, complacido por el efecto que provoca su mera desnudez en su novio.

Con pasos comedidos, Izuku rebusca en los bolsillos de su mochila hasta encontrar el lápiz de labios que ha comprado un par de días atrás. El gesto del rostro de Katsuki se transforma en uno de leve sorpresa y, acto seguido, en uno de interés, preguntándole silenciosamente. Sin apartar la vista de él, Izuku se pinta los labios de un tirón, deleitándose en la mirada asombrada de Katsuki.

—Me ha enseñado Ochaco —admite, con una carcajada nerviosa. También es quien le ha ayudado a elegir el color, un rojo no demasiado brillante. Discreto, pero lo suficientemente intenso como para resaltar sus labios. Además, por supuesto, de haber soportado los primeros, e irregulares, intentos de Izuku por utilizarlo. Para divertimento de Mei, que no suele maquillarse y ha declinado la petición de ayuda de Izuku, pero no se ha querido perder a Izuku haciendo el ridículo, intentando sonsacarle qué pretende exactamente.

—Ya veo… —murmura Katsuki, con las dilatadas pupilas fijas en los labios de Izuku. Este se lame el inferior, despacio, saboreando la poco familiar textura del pintalabios, así como el cálido aro de metal del piercing. La nuez de Katsuki sube y baja varias veces por la garganta e Izuku sonríe, satisfecho con el efecto provocado.

Había pensado en hacerlo más tarde, cuando regresen del festival. Provocarle primero, asegurándose de que Katsuki no pierda detalle de sus labios en toda la noche. Complacerle después, permitiéndole besar y mordisquear sus labios, rojos. Chupársela hasta que se corriese en ellos, manchándolos, salvo que Katsuki prefiriese otra cosa. Sin embargo, ahora quiere agradecerle de forma tangible la muestra de cariño ante algo tan anodino como recuperar un amuleto barato sólo por lo que significaba para él.

Y, por supuesto, que está muy cachondo después de verlo desnudo y exhibiéndose como un pavo real delante de él.

Deja el lápiz labial y se arrodilla frente a Katsuki. Aunque todavía no está duro del todo, el pene de Katsuki ha comenzado a reaccionar con la simple visión de los labios pintados de Izuku y la anticipación de lo que va a suceder. El piercing de su glande pelea por escaparse fuera del prepucio, así que Izuku lo ayuda a retraer la piel con la mano antes de posar los labios alrededor, rozándolo apenas, y mirar hacia arriba con una expresión pícara.

Hipnotizado, Katsuki entierra los dedos en el cabello suelto de Izuku, ejerciendo un poquito más de fuerza de la necesaria para apartarlo fuera de su rostro.

Juega con el aro que corona la punta del pene de Katsuki, golpeándolo con la punta de la lengua. Tiene dos bolas también, una en cada extremo, pero dispone de mucha más movilidad que el anterior y le permite moverlo para estimular el pequeño espacio de la uretra de Katsuki que atraviesa o girarlo hacia ambos lados. Y, como bien sabe desde aquella noche en que lo interrogó a fondo, a Katsuki le proporciona placer que lo haga.

Igual que ahora, que Katsuki gime con un sonido gutural. Izuku succiona y retira la boca, manteniendo entre los labios el piercing unos segundos, tirando un poco de él, y sonríe a Katsuki, que lleva una de las manos que tenía en el pelo al rostro de Izuku, acariciándole los labios húmedos con el dedo pulgar. Obediente, abre la boca cuando Katsuki tira de su cabello hacia atrás, exponiendo su lengua.

Un salivazo cae, casi a cámara lenta, de entre los labios de Katsuki, sobre la lengua de Izuku, deslizándose hacia su garganta al momento. Izuku traga y se relame, abriendo la boca otra vez, en una muda súplica.

—Joder, nerd —masculla Katsuki, que le complace al instante, volviendo a escupirle en la boca.

Sujetando el tronco del pene de Katsuki con una mano, Izuku vuelve a meterse su polla en la boca y chupa con más intensidad. Apoya ambas manos en las caderas de Katsuki para acompasar los movimientos de su lengua con el vaivén de la cabeza que adopta, tratando de abarcar con la boca toda la extensión de la polla. Katsuki tiene los ojos turbios por el placer, conserva autodominio suficiente para recoger de nuevo el cabello de Izuku y sujetárselo en la coronilla para evitar que el caiga en el rostro. El piercing le roza el paladar cada vez que entra en su boca, cosquilleándole en la garganta antes de que mueva la cabeza para sacárselo. También nota la bolita de la parte inferior en su lengua, moviéndose hacia adelante o hacia atrás en el interior del pene de Katsuki gracias a la fricción.

—Todo tuyo, Kacchan —dice, apartándose lo suficiente para poder hablar, con el piercing de Katsuki, brillante por su saliva, sacudiéndose al unísono con la polla de Katsuki cuando esta se tensa de excitación al escucharlo. Lo mira a los ojos, abriendo mucho los párpados y lamiéndose los labios, que todavía nota cubiertos de carmín, con una expresión de determinación que contrasta con su sumisión.

—Joder, nerd —repite Katsuki, con la voz ronca.

Tira de su cabello de nuevo. Izuku abre la boca instintivamente, justo a tiempo de sentir la saliva de Katsuki en su lengua. Después, Katsuki afianza la sujeción que tiene sobre su cabello con una mano y utiliza la otra para sostener su polla y seguir con el glande el contorno de sus labios, ligeramente entreabiertos, embadurnándolos con las gotas de líquido preseminal que brotan al lado de la bola del piercing y uniendo su color semitransparente al rojo del pintalabios.

Vuelve a sujetarle la cabeza con las dos manos, con firmeza, y escupe una vez más en su boca, provocando que Izuku gima, complacido por la atención.

Después, tal y como le ha indicado, Katsuki toma el control. Utilizando las manos para mantener su cabeza quita, empuja hacia adelante las caderas, introduciendo su polla lentamente dentro de su boca. Izuku cierra los ojos y se concentra en el movimiento, en la sensación del piercing acariciándole la lengua y el paladar, moviéndose a destiempo con el ritmo brusco que Katsuki adopta con las caderas. Se deleita en la respiración de su novio, cada vez más veloz. En la fuerza con la que le folla la boca sin miramientos, introduciéndose hasta el fondo hasta que los labios de Izuku se topan con el vello de su pubis. En lo dura que percibe su polla dentro de la boca.

Anticipa el orgasmo de Katsuki porque los dedos de este se aprietan en su nuca, su polla se endurece más todavía y sus caderas empujan hacia adelante. Izuku contiene un gemido ahogado, relajando la garganta para recibir su semen, pues Katsuki ha elegido correrse en su boca en lugar de en sus labios.

Una de las cosas favoritas de Izuku es cuando Katsuki se corre en su boca o su mano. Su polla se tensa, vibrando con fuerza, y da pequeñas sacudidas con cada chorro de semen que va a disparar o derramar, según el día. Ahora puede percibir cómo el primero, más fuerte que todos los demás, sale con tanta presión que parte de él va directo al fondo de su boca, y otra escapa por el agujero de la perforación, borbotando alrededor de la bola del piercing que hace de tope, directamente sobre la lengua.

Izuku traga, algo que a Katsuki le encanta, porque aumenta el efecto de succión, cada vez que Katsuki embiste las caderas, enterrándose en su boca al mismo ritmo que el semen sale de su polla. Cuando se detiene, todavía con el pene dentro de la boca de Izuku, este mueve golosamente la lengua alrededor, estimulándolo suavemente, satisfecho por el pequeño temblor de las piernas de Katsuki que delata la vulnerabilidad de su placer durante un breve instante.

Izuku ha cerrado los ojos instintivamente cuando Katsuki ha empezado a follarle la boca, pero ahora los abre, mirando hacia los de Katsuki, rojos, que lo observan intensos, brillantes y fieros, pero con una chispa de algo más, algo que va un poco más allá de la satisfacción o la petulancia. Es algo que también estaba presente cuando le regaló el omamori o al salir en su búsqueda. Cuando le había deseado suerte para los exámenes. Al llevarlo a casa y cuidarlo cuando enfermó. A través de los nervios de presentarle a Kirishima y Ashido.

El corazón de Izuku, como cada vez que ve esa chispa en los ojos rojos de Katsuki, late dos veces en una.

No se mueve, decidido a mantener en su boca la polla de Katsuki, que ha perdido firmeza y tamaño entre sus labios, aunque sigue siendo grande y gruesa, tanto tiempo como este desee. No lo lame más, porque Katsuki se vuelve especialmente sensible tras el orgasmo, pero le gusta sentir el peso del piercing en su lengua.

—Joder, nerd —repite Katsuki una vez más, sin aliento.

Los dedos con los que le sujeta el pelo se aflojan. Da un paso atrás y su polla se desliza fuera de la boca de Izuku, que se relame con gula, feliz por la expresión del rostro de Katsuki, ahíta y relajada. Este se inclina hacia adelante e Izuku abre la boca, creyendo que desea dejar caer un último salivazo en ella, pero Katsuki lo besa, lamiéndole la lengua con la suya despacio.

Saboreándose a sí mismo y a Izuku.

—Te he manchado —dice Izuku. Hay varias marcas rojizas en el pene de Katsuki, así como en el áspero vello de su pubis. Katsuki sonríe con satisfacción y asiente con fiereza.

—Y yo te lo he emborronado. —Pasa el dedo pulgar por el labio inferior de Izuku, rozando su piercing y tirando de él hacia abajo para indicarle que abra la boca. Cuando lo hace, introduce el dedo pulgar entre los dientes de Izuku, que se lo lame con la punta de la lengua.

Katsuki le ofrece la mano para ayudarlo a incorporarse y, utilizando una toallita desmaquillante, le limpia cuidadosamente los labios y elimina todo rastro del desastre en el que se había convertido el carmín emborronado por la saliva, el semen y el roce con su polla. Después, con una habilidad que pilla a Izuku por sorpresa, utiliza el lápiz labial para pintárselos de nuevo.

—No es tan difícil como para que alguien tenga que enseñarte, nerd —dice Katsuki con tono burlón.

—Kacchan es genial —responde Izuku, apretando los labios para distribuir el color uniformemente, como le ha indicado Ochaco—. ¿Te gusta, entonces?

—Eres un nerd —responde Katsuki, todavía burlándose de él—. No te muevas.

Con su delineador y haciendo gala de la misma habilidad, le traza la línea de ambos ojos. Sujeta las mejillas de Izuku entre los dedos, apretando y aprueba su propio trabajo. Izuku está deseando mirarse al espejo para comprobar el resultado, pero le basta la expresión de Katsuki para verse más guapo de lo que podría verse en el espejo. «Porque Kacchan siempre me mira bonito». Katsuki deja libres sus mejillas, sosteniéndole la barbilla con delicadeza para alzársela y le da un beso en los labios, que profundiza cuando Izuku los entreabre y da la bienvenida a su lengua ansiosa.

—Habría ido hasta el puñetero Musutafu para devolverte tu omamori, Izuku —susurra cuando se separan al cabo de un largo rato.

—Pero Kacchan, ni siquiera sabía dónde lo había perdido.

—Entonces habría ido hasta Kioto para traerte uno nuevo. No eres consciente de todas las cosas que sería capaz de hacer por ti, desde la más idiota hasta la más cuerda, nerd —dice Katsuki, con la voz ronca, antes de darle otro beso.

—Te quiero, Kacchan. —Un poco mareado, Izuku balbucea las tres palabras con un hilo de voz. Katsuki asiente, esbozando una sonrisa satisfecha.

Izuku lo ayuda a vestirse e intenta atarle el obi, pero tiene que darse por vencido al cabo de varias tentativas torpes, dejando que sea Katsuki quien lo haga, burlándose de nuevo de él y de su incapacidad para algo tan sencillo como hacer nudos. Sin embargo, a pesar de sus burlas, sigue brillando en sus ojos el mismo sentimiento que ha teñido lo intenso de su declaración. La misma mirada cariñosa con la que lo devora cuando se corre dentro de él o sobre su piel.

—¿Qué? —pregunta Katsuki, desabrido, al notar que Izuku se ha fijado en cómo desliza dentro de su kinchaku un botón grande de color naranja oscuro

—Nada —dice Izuku, que sonríe para sí mismo, ruborizado.

Katsuki había asistido a su graduación. Tanto Inko como él se habían sentado junto a los padres de Mei y habían aplaudido, sonreído y reverenciado, orgullosos, todos y cada uno de los actos y discursos del evento. Nervioso, Izuku le había enviado una invitación, pero no había estado demasiado seguro de que a Katsuki le apeteciese ir a un sitio público con tanta gente observando. El resto de alumnos de su curso, acompañados por sus padres, hermanos o abuelos, no habían invitado a nadie de fuera de la familia, e Izuku temía que la ausencia de parejas o amigos desalentase a Katsuki.

Ahora, tras su declaración acerca del omamori, comprende que sus dudas habían estado infundadas.

Katsuki se había presentado en su casa horas antes del inicio de la graduación, con otro ramo de flores en la mano y visiblemente incómodo por ello. Aun a medio vestir, Izuku se había quedado paralizado al abrir la puerta. Katsuki estaba guapísimo con su elegante pantalón oscuro, una camisa de color salmón de cuello mao y una chaqueta americana sin abotonar.

«Dijiste que te gustaban las flores», había dicho, tendiéndoselas y sacándolo de su extasiada inmovilidad.

«Me encantan».

Con los faldones de la camisa colgando descuidadamente sobre los pantalones y la corbata a medio atar, había tomado el ramo, cediendo el paso a Katsuki al mismo tiempo que buscaba un lugar donde acomodar las flores.

«Mamá está a punto de llegar, ha pedido horas en el trabajo para poder venir a la ceremonia».

Escondiendo las manos en los bolsillos, Katsuki había seguido a Izuku hasta su cuarto y se había sentado en la silla de su escritorio a observar cómo este se movía por el cuarto terminando de vestirse. Exasperado, había atraído a Izuku hacia sí cuando este deshizo el fallido nudo de la corbata por cuarta vez.

«¿Es que nunca te han enseñado a hacerlo?». Katsuki seguía sentado en la silla, así que Izuku podía verlo desde arriba, una perspectiva a la que no está acostumbrado. Los dedos de Katsuki se habían movido ágilmente sobre la tela de la corbata, atándola en un nudo perfecto y de la longitud exacta al primer intento. «¿Quién te la anudaba en la U.A.?», había preguntado, acomodándosela en el cuello.

«En las ocasiones especiales, Mei. El resto del tiempo yo mismo. Aunque siempre me quedaba demasiado corta», había admitido Izuku, despertando una carcajada en Katsuki, que había tirado suavemente de la corbata para obligarlo a inclinarse sobre él y así poder besarlo.

Como presidenta de la clase y la mejor nota de su promoción, Mei había sido la encargada de pronunciar un discurso. Katsuki había mirado con aprobación a Izuku, sentado en el estrado cerca del atril desde el que hablaba su amiga, al escuchar las últimas palabras de la intervención de Mei, acerca del futuro que descansa sobre los hombros de toda la promoción en un importante punto de inflexión social.

Más tranquilo, Izuku se había acercado al estrado. Incluso si no hubiese sido la segunda mejor nota de la promoción y la mejor entre los varones, habría tenido que hablar por la relevancia social del cambio impulsado tras su actuación al finalizar la guerra contra la Liga de Villanos.

Mirando a Katsuki una vez más, había inspirado profundamente antes de enarbolar un alegato a favor de las personas sin Don, de la discriminación que potencia unas u otras habilidades y de la sociedad clasista que había potenciado un sistema jerárquico de castas según sus Dones. Y un discurso de aliento a seguir trabajando en la misma línea, a no rendirse con los cambios, a exigir más contundencia, más derechos.

«Porque los derechos que consigáis para otras personas, los estáis consiguiendo y conservando para todos, todas y todes. No temáis a las olas reaccionarias de aquellos que se resisten a los cambios, que hablan de modas, de una forma conveniente de hacer las cosas, a la usanza que ellos consideran tal. Desprenderse de privilegios asusta a todo el mundo. Creedme, a mí me asusta ganarlos, porque no sabía lo que era disfrutarlos más allá del anhelo. Pero no podemos construir una sociedad que pueda observar su reflejo en el espejo si para ello tenemos que hacer equilibrios sobre los cuerpos, las decisiones, las vidas, de los demás.

Mei Hatsume ha dicho que el futuro descansa sobre los hombros de nuestra generación, sobre el cambio social que representamos. En una ocasión, le dije a una amiga que no deseaba convertirme en un símbolo. Sigo sin desearlo. Pero estoy dispuesto a ir en la primera fila, acompañado de vosotros, vosotras y vosotres. Sigamos representando ese cambio social, ese futuro. Construyámoslo juntes. Sigamos garantizando los derechos a aquellos que han sido menos afortunados en la sociedad. Sigamos trabajando por una igualdad real. Permitidme lograr que ser la primera persona nacida sin Don con licencia profesional sea exactamente eso: la primera persona de muchas más. Una más entre todas las demás. Un grano de arena que en el borde del desierto al que siguen dunas repletas de arena.

Sois el cambio. Somos el cambio. Somos el futuro».

Izuku había conseguido contener las lágrimas mientras pronunciaba las palabras que había preparado, pero no había podido aguantarlas cuando, al dirigirse a su sitio, con un estruendoso aplauso llenando el enorme paraninfo, le profesore Katô se había levantado de su asiento para darle un abrazo de agradecimiento. Acto seguido, había tenido que estrechar las manos de todo el claustro, empezando por el profesor Watanabe. Y luego estrechar en otro abrazo a Mei.

Las palabras de la primera persona sin Don con licencia profesional de héroe y de creación de objetos de apoyo, graduado con honores en el grado de especialización de aplicación práctica de soporte y parte del personal profesional de Dynamight habían creado expectación desde el momento en que se fijó la fecha de la ceremonia y había tenido que responder las preguntas y posar para las fotografías de varios medios de comunicación regionales interesados en el hito.

«Ha estado bien, nerd», había dicho Katsuki al terminar la ceremonia, con Izuku todavía envuelto en los brazos de Inko que, llorando de alegría, se negaba a soltarlo. En sus ojos brillaba brillantes la misma emoción que había en los de su madre. Sin pensar en la gente que los rodeaba, ni los periodistas que todavía estaban por el recinto, Izuku había echado los brazos al cuello de Katsuki, embriagado por la euforia de la graduación.

«Gracias», había susurrado en su oído, con la voz atragantada por las lágrimas de alegría. «Por estar aquí, por apoyarme y por creer en mí».

«No digas idioteces, nerd. Esto lo has conseguido tú sólo con tu esfuerzo y con tu cabezonería», había contestado Katsuki, arrancándole una carcajada a Izuku. Justo cuando este iba a dejar de abrazarlo, Katsuki lo había apretado un poco más contra su cuerpo, alargando el abrazo. «¿Y a quién le vas a dar tu botón?»

«Ya no estamos en secundaria, Kacchan», había respondido Izuku, riéndose con nerviosismo.

«Es una lástima, entonces», había susurrado Katsuki en su oído, mordisqueándole el lóbulo de la oreja antes de separarse de él. No demasiado, no se había movido de su lado durante el resto de la celebración, aunque todo el mundo, salvo Mei e Inko, pensaron que estaba allí por amistad personal y a causa de la relación laboral que los une.

Ya ha oscurecido cuando salen de la habitación y toman un autobús urbano para dirigirse hacia el puerto de Hiratsuka, centro neurálgico de las celebraciones del festival de tanabata de la ciudad. Está repleto de personas viajan en la misma dirección, muchas de ellas vestidas con yukatas de diferentes estilos y colores.

Al llegar, Katsuki sujeta la mano de Izuku para que este no se separe de él. todavía tienen que caminar un rato, entre calles ya decoradas con banderines de colores, hasta llegar a un gran paseo marítimo adyacente a la bahía donde la explosión de luz, música y color llena los tenderetes ambulantes de comida y juegos y venta de chucherías y fruslerías situados en las aceras amplias. El asfalto, cortado al tráfico, está repleto de gente que camina entre los diferentes puestos.

Sin soltar la mano de Katsuki, Izuku se deja llevar entre el río de personas. El calor del verano no se ve atenuado por la llegada de la oscuridad y la cercanía del mar, pues varios fuegos controlados arden en el centro de la calle y el calor humano de la gente contribuye a elevar la temperatura, pero los yukatas son de buena calidad, frescos y adecuados para la estación. Junto a las hogueras, la gente cuelga tiras y decoraciones de papel de las ramas de varios árboles de bambú, similares a los que adornan toda la avenida.

—Escriban su deseo y cuélguenlo donde quieran. ¡Tienen tiempo hasta la medianoche! —anuncia una de las personas que organizan el festival, ofreciéndoles una tira de papel para escribir a cambio de un donativo solidario que ambos aceptan.

—¡Kacchan! —protesta Izuku, con una carcajada, al leer cuál es el deseo que este está escribiendo, pero Katsuki sonríe con descaro.

—¿Algún problema, nerd?

—¡Partirme en dos no es un deseo! —susurra Izuku en voz demasiado audible, escandalizado.

—Tienes razón —gruñe Katsuki, mirando la tira de papel con el ceño fruncido—. Es una promesa.

Con otra carcajada, a medio camino entre divertida, histérica y preocupada por si alguien más lo lee, Izuku niega con la cabeza, dándolo por perdido. Katsuki sigue sonriendo, petulante, y elige un lugar donde colgar la tira de papel con su deseo, que quemarán a la medianoche.

—Bueno, al menos es algo que puedo contar con que se cumpla —dice Izuku, con picardía, cuando Katsuki vuelve a su lado. El papel ya es anónimo, y cuelga entre varios cientos más. Está, gracias a la altura de Katsuki, en un sitio poco accesible para su lectura por parte de cualquiera, aunque tampoco es que alguien esté prestando atención a los deseos del resto.

—Puedes estar seguro. ¿Y tú? —pregunta Katsuki, arrebatándole el papel que Izuku está escribiendo antes de que este se lo pueda impedir, pero no dice nada cuando lo lee.

—Kacchan prometió que podríamos empezar a planificarlo cuando me graduase y ya trabajo a tiempo completo —murmura Izuku, apretando los labios.

Es siete de julio y la ceremonia de graduación fue en marzo. La propuesta de Katsuki acerca de vivir juntos fue hecha en enero, antes de obtener la licencia profesional de héroe. Desde entonces, no ha vuelto a sacar el tema e Izuku tampoco se ha atrevido a hacerlo. Todavía no hace un año que son pareja oficialmente, aunque se conociesen meses antes, y a Izuku le gustaría concretarlo ya. Aunque le apena dejar a su madre viviendo sola, está impaciente por experimentar la convivencia con Katsuki, más allá de las noches que pasa en su apartamento.

Los huecos que Katsuki le ha hecho en sus cajones y armarios para la ropa que va dejando allí cuando duerme con él, la taza que ha comprado para tener dónde tomar un café matinal al levantarse o su cepillo de dientes en el cuarto de baño se le hacen insuficientes. Ya no le basta con vida en común fragmentada e intermitente, quiere algo definitivo que ya ha demostrado ser viable en estos meses.

En las últimas semanas, ahora que ha conseguido ahorrar para afrontar su parte de los gastos de la convivencia, ha estado a punto de preguntarle a Katsuki sobre su idea de vivir juntos en múltiples ocasiones. Escribirlo en el deseo de tanabata sólo ha sido una forma de formularlo, de sacarlo de su interior, de expresarlo fuera de su cabeza. Observa con atención la reacción de Katsuki, que toma la tira de papel de entre las manos de Izuku y la cuelga cerca de su propio deseo. La brisa hace que todos los papeles se agiten y que el árbol de bambú suene con una melodía desafinada.

«Deseos escuchándose unos a otros, cantando al aire», piensa Izuku, emocionado al ver en los ojos de Katsuki que su deseo le complace.

—Ya era hora, nerd. —Izuku asiente, agradecido de que Katsuki haya comprendido que necesitaba un poco de tiempo tras la graduación para ahorrar y afrontar el desembolso inicial del alquiler, la mudanza, los gastos a medias…

—¡Sí! —dice Izuku, entusiasmado.

—En septiembre podemos empezar a mirar pisos en alquiler. Necesitamos uno que no esté demasiado lejos de la agencia y puede que tardemos un poco en encontrarlo. De todos modos, así puedo avisar con tiempo de que abandono el mío —dice Katsuki, mirando a Izuku con una sonrisa triunfal. Este vuelve a asentir. Ya contaba con que necesitarían un apartamento un poco más grande.

—Suena genial. —Además, eso implica estar cerca de la casa de su madre y visitarla con frecuencia. No quiere que se sienta sola una vez se vaya. Al mismo tiempo, la emoción de vivir por su cuenta, de manera autónoma y sin depender de nadie, haciéndose cargo de su parte en los gastos y demostrarse a sí mismo y al mundo que está capacitado para la vida adulta, independientemente de su edad y de la de Katsuki le invade el pecho.

—Recuerda que mientras tanto puedes quedarte en mi apartamento tantas veces como quieras, aunque te advierto que cuantas más cosas traigas, más habrá que mudar después —dice Katsuki, atrayendo a Izuku hacia sí para rodearle los hombros con el brazo. Baja la voz para sólo él pueda oírle—. Tardaremos unos meses en poder cumplir tu deseo, pero lo haremos. Y, mientras tanto, podemos cumplir el mío todas las veces que nos apetezca.

—¡Kacchan! —exclama Izuku, ruborizándose.

Ambos se alejan del árbol de bambú. Se vuelve para echar un último vistazo al deseo de Katsuki. Se muerde el piercing del labio, con el estómago saltando de excitación, antes de arrastrar a Katsuki de tenderete en tenderete. Entusiasmado, deteniéndose a jugar en todas las casetas que ofrecen entretenimiento, toqueteando los artículos que venden en otros y buscando un lugar donde cenar cuando el hambre le revolotea en el abdomen.

Katsuki le deja hacer, fingiendo indiferencia, pero disfrutando tanto o más, participando de los mismos juegos que él con tanta habilidad que despierta los recelos de los dueños de los puestos. No obstante, Izuku no da lugar a que ninguno de ellos los prohíba seguir jugando, porque va saltando de uno a otro, tratando de participar en todos a la vez, satisfecho de haber sido previsor de reservar una cantidad generosa de dinero para disfrutar plenamente del festival, y exultante por la perspectiva, por fin, de concretar un deseo anhelado por meses.


Nota: Uno de mis problemas con estos extras ("problemas", básicamente por no hacer PwP, es una hipérbole xD) era establecer conflictos creíbles que no deshiciesen la trama principal de romance ni cayese en vueltas tontas. ¿Sabéis esos pequeños conflictos que se dan cuando viajas y estás agobiade y exasperade por el calor y el tiempo de viaje y de pronto todo parece volverse un poco raro, malhumorado y que cualquier mínimo problema te supone un mundo, pero al final has ido a disfrutar y haces lo posible por sobreponerte y que las cosas salgan bien? Pues eso intenté aquí. Bendito Kacchan.