Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

Glosario:

Koinoboris: Bandera tradicional japonesa en forma de carpa.

Kinchaku: Complemento del yukata que se emplea a modo de pequeño bolso.

Okonomiyaki: Una masa de tortita con varios ingredientes cocinados a la plancha.

Yakitori: Brocheta de pollo japonesa.

Takoyaki: Bolitas de pulpo rebozadas en harina.

Trigger warning: Sexo explícito. Sexo semipúblico. Cockwarming. Sexo anal sin lubricante o preparación previa. Juego de pezones y testículos.


CAPÍTULO EXTRA. TANABATA (PARTE DOS)

—Espera, invito yo —dice Katsuki cuando por fin llegan a la zona donde se agolpan los diferentes puestos ofrecen comida que puede degustarse a la vez que pasean e Izuku rebusca en su saqueado monedero por algunos yenes con los que pagar.

Izuku accede, con una sonrisa. No ha dejado de sonreír en toda la noche. Sus dientes blancos contrastan con sus labios rojos, que brillan con la iluminación festiva y conservan perfectamente el color de lápiz labial.

El estómago les ruge a ambos, hambrientos. Katsuki, frustrado, frunce el ceño al mirar en dirección a uno de los puestos de comida, cuyo apetitoso olor les llega hasta donde están. Tiene los brazos ocupados por tres peluches de diferentes tamaños que amenazan con caerse al suelo, varios paquetes de bengalas y un par de koinoboris, además de una cajita de madera labrada que ha comprado por impulso en uno de los puestos donde venden pequeñas fruslerías baratas.

—Necesitamos desprendernos de todo esto, parecemos dos adolescentes pasados de azúcar en una feria —masculla Katsuki, fastidiado e impaciente por comer algo. Izuku asiente al escucharlo y, por primera vez en toda la noche parece consciente de la cantidad de cosas que han acumulado entre los diferentes tenderetes, porque abre los ojos de par en par, se echa a reír y otea a su alrededor.

—Espera un minuto, Kacchan. —Ha localizado a un par de familias que comen juntas, de pie, no muy lejos de ellos.

Antes de que pueda impedírselo, Izuku se acerca a ellas y habla con dos de las mujeres adultas, gesticulando con entusiasmo. Katsuki pone los ojos en blanco cuando Izuku se pone en cuclillas para dirigirse a los niños y niñas y señala hacia Katsuki. Una de las niñas, visiblemente emocionada, se pone de puntillas para observar a Katsuki con una mirada crítica y esperanzada. Va vestida de forma tradicional, pero se cubre los ojos con una máscara similar a la que usa Dynamight y uno de los hombres adultos, que parece ser uno de sus padres, tiene bajo el brazo una granada de peluche que puede enfundarse en el brazo, uno de los artículos más vendidos de su marca profesional.

—Sera nerd… —murmura para sí mismo cuando Izuku se incorpora y, acompañado por varios padres y seguido por una pequeña recua de niños y niñas que oscilan entre la alegría y el recelo, regresa junto a Katsuki.

—¿Es verdad que eres Dynamight? —pregunta una de las niñas, mirándolo con admiración, en cuanto llegan a su altura.

Katsuki fulmina a Izuku con la mirada, que se encoge de hombros y sonríe, sin ápice de culpabilidad por delatarlo.

—Yo no me lo creo. No se parece en nada —dice otro de los niños, el más pequeño, que está hurgándose la nariz distraídamente. Katsuki pasa de clavar los ojos en Izuku a hacerlo en el niño, pero este no capta el silencioso mensaje.

—Por supuesto que soy Dynamight. Este nerd será muchas cosas, pero no un mentiroso —responde Katsuki con brusquedad, frunciendo el ceño en dirección al niño, cuyo dedo ha desaparecido casi por completo dentro de su fosa nasal.

—Demuéstralo —le reta el niño sin amilanarse. El jodido crío ni siquiera tiene la decencia de mostrarse un poco amedrentado. Katsuki se inclina hacia él hasta que su nariz está a apenas un par de centímetros de la de él.

—¡Deja de hurgarte la nariz o muere! —brama con fuerza. El niño solo retrocede medio paso hacia atrás, eso es algo que Katsuki ha de concederle, pero sí consigue que saque el dedo de su nariz.

—Se parece mucho a cómo él lo dice —asegura una de las niñas más mayores con aire crítico, consultando con los demás, no mucho más impresionada que el pequeño.

—Podría hacerlo cualquiera que tenga voz de adulto —dice, desafiante, el mayor de los niños, un chaval que ya roza los once o doce años. Una de las mujeres que los acompaña, Katsuki supone que su madre, lo reprende en voz baja por su impertinencia.

—A ver, ¿qué es lo que os ha prometido este nerd? —pregunta Katsuki, exasperado, señalando con la barbilla a Izuku, que se lo está pasando en grande como espectador.

—Que tenías cosas para nosotros —contesta una de las niñas, señalando los peluches.

—Regalos —puntualiza el más pequeño con audacia. Ha recuperado el medio paso que había retrocedido y un moco oscila en el borde de su nariz, amenazando con despeñarse.

—¿Eso os ha dicho? ¡Ha! —Katsuki levanta la ceja en dirección a Izuku, que se muerde el piercing del labio.

Lo hace adrede: exasperarlo primero y luego morderse el labio, para provocarlo. Y, por discreto que sea el color, sigue llevándolos pintados de un rojo más intenso del habitual en él. Sólo mirárselos hace que el que esté a punto de retroceder medio paso sea él, asaltado por los recuerdos de su polla, manchada de carmín, entre los labios de Izuku.

—Has dicho que necesitábamos desprendernos de ello y, además, no podremos llevarlos de vuelta a casa de todas las maneras —dice Izuku, jugueteando con el piercing de su labio con pequeños toquecitos de la punta de su lengua.

—¡Ha! —resopla Katsuki, conteniendo una carcajada resignada.

El reparto se produce muy rápido. Los más pequeños se quedan con los peluches y las dos niñas más grandes despliegan los koinoboris al instante, exultantes. Las bengalas se las entrega Izuku directamente a los padres, que se lo agradecen con una reverencia, para que ellos determinen cómo y cuándo utilizarlas.

Hay un breve momento de caos, en el que las madres y los padres tratan de contener a la pequeña jauría rellena de azúcar y excitación por la novedad de los inesperados presentes, para que todos los enanos y enanas hagan una educada reverencia de agradecimiento. El chico más mayor, el que está en esa edad cuya voz empieza a traicionarlo, rompiéndose en los momentos más inoportunos, se ha quedado al margen durante el reparto y ahora mira hacia los peluches de los más pequeños con cierto anhelo infantil.

Katsuki lo mira, evaluándolo, y reconoce en él la mirada del preadolescente que todavía es un niño y desea jugar, pero ya se considera socialmente demasiado mayor para participar de las dinámicas más pueriles. Un niño, al fin y al cabo, con esperanza e ilusión en los ojos que, a la luz de las luces festivas de la calle, brillan con un destello verdoso más aguado que los de Izuku.

—¿Así que crees que cualquier adulto puede poner mi voz y hacerse pasar por mí? —dice Katsuki con brusquedad fingida. El chico se encoge de hombros, tratando de aparentar indiferencia. Aun así, tiene menos presencia de ánimo que el pequeño mocoso, quien, ahora que Katsuki los observa más atentamente, debe ser su hermano o su primo por la semejanza de sus rasgos—. Un impostor puede hacer esto, ¿eh?

Extiende la mano bocarriba, frente a él, y de la palma brotan varias explosiones leves que chisporrotean replicando el ambiente del festival que los rodea. Aunque la exhibición iba dirigida al chaval más mayor, tratando de complacer su curiosidad y borrar su escepticismo, son las niñas, secundados por los más pequeños, quienes palmotean y celebran, contentos. En los ojos del chico se refleja genuina sorpresa y admiración. Sigue con la mirada las pequeñas chispas controladas antes de levantar la vista de nuevo a Katsuki. Algo ha cambiado. Sus ojos brillan con más intensidad, con admiración y alegría. Emocionado y convencido, busca en los rasgos faciales de Katsuki las similitudes con la imagen que tiene del héroe profesional que habrá visto por la televisión o en las revistas más populares.

Katsuki saca la cajita de madera labrada, que había guardado en el kinchaku. Es lo único que ha comprado en lugar de obtenerlo con Izuku en algún juego de habilidad o suerte de los tenderetes. Consiste en un puzle sencillo, que está sobre la superficie de la tapadera. Al resolverlo, la caja se abre, permitiendo el acceso a su interior. La ha comprado pensando en dejarla en casa y utilizarla para guardar el botón que ahora mismo está en su kinchaku y que siempre lleva consigo y así evitar que le ocurra como a Izuku con su omamori en un momento de descuido. Ahora la saca y se la tiende al chaval, que olvida su pretensión de parecer un adulto y fingir que no desea recibir también un detalle, al igual que los más pequeños, y lo acepta con una mirada de agradecimiento y una reverencia.

—No te ha molestado, ¿verdad? —pregunta Izuku un rato después, cuando los padres y madres consiguen arrastrar a sus excitados hijos e hijas lejos de ellos y se adentran en la calle donde se sitúan los tenderetes de comida que han atisbado un rato antes.

—Claro que no —responde Katsuki, guiando a Izuku hasta uno de los puestos para poder ver qué es lo que venden en él.

—Pensé que era buena idea darles todo lo que habíamos ganado. Kacchan es demasiado bueno en los juegos de habilidad y no hay sitio en la moto para llevarnos tantas cosas de vuelta —dice Izuku. El tono triste de su voz contradice sus palabras. Katsuki, que estaba asintiendo en conformidad, porque es cierto que no habrían sabido qué hacer con tantos juguetes al día siguiente, cuando tuviesen que regresar a Musutafu, frunce el ceño, dispuesto a preguntarle qué ocurre, pero Izuku se adelanta—. Pero no pretendía que le dieses tu cajita a nadie. No se me ocurrió que no teníamos nada para él, di por hecho que se ofendería si no lo trataba como un mayor.

—Le he dado la cajita porque me ha dado la gana. Luego compraré otra, nerd. No le des vueltas en esa cabecita tuya. A mí lo que me sorprende es que los padres no hayan pensado que eres un loco con propuestas raras.

—De hecho, creo que no han decidido que no tenía malas intenciones hasta que les ha vencido la curiosidad por saber si eras realmente tú —admite Izuku con una risa nerviosa.

—Eso te pasa por ir por ahí regalando juguetes a niñes desconocidos, nerd idiota. —Izuku se sonroja y Katsuki sonríe de medio lado, conteniendo una carcajada—. No se lo tengas en cuenta. Son unos idiotas también. Los que realmente valían eran los niños, sobre todo el pequeño y la niña que estaba a su lado, la desconfiada. Esos dos tienen madera de héroe, no se acojonan fácilmente. —Izuku se ríe con ganas, y se abraza a su cintura mientras esperan que les llegue el turno de ser atendidos en uno de los puestos de comida. Katsuki le deja hacer con gusto, estrechándole más cerca de su cuerpo.

—¿Y el mayor?

—El mayor tiene algo más valioso que madera para héroes —responde Katsuki, distraído leyendo los letreros con la oferta y los precios, gracias a su altura, superior a la de Izuku—. Hay okonomiyakis, yakitori, takoyakis… Creo que los takoyakis son la especialidad de esta zona. ¿Te apetecen? —Izuku asiente, tratando de ponerse de puntillas para mirar por su cuenta—. Entonces unos takoyakis y…

—¿Puede ser un poco de cada? —pregunta Izuku, sonrojado y avergonzado por su atrevimiento. El rugido de sus tripas es tan audible que Katsuki lo escucha incluso hoy, que no lleva sus audífonos en los oídos. Con una carcajada burlona, Katsuki asiente. Le gusta que ambos hayan entrado en el espíritu del festival, relajándose, pidiendo deseos, jugando y comprando cosas, en lugar de pasear con dignidad y sin interactuar con nadie. Y, por supuesto, ahora es el momento de comer todo lo que les apetezca.

—Dos de cada cosa, entonces —concede, e Izuku lo recompensa con una sonrisa radiante y cautivadora.

Roza de nuevo el botón al sacar dinero del kinchaku para pagar la cena, tal y como ha prometido. Aprovecha que Izuku está distraído intentando organizar en sus manos los diferentes paquetes de comida para observarlo con un vistazo rápido. Lo aprieta en la palma antes de volver a guardarlo cuidadosamente.

Es de grande y de color naranja oscuro. El día de su graduación, Izuku había optado por vestirse formalmente, al estilo occidental, con un traje de color ocre claro que destacaba la intensidad del verde de su cabello y ojos. Hasta la camisa que había elegido era de un blanco impoluto, con botones de color azul oscuro que quedaban ocultos bajo la corbata. Esta, junto con su cabello, pulcramente peinado en lugar de los alborotados mechones disparados que habitualmente lleva, había sido el único toque de vistosidad. Al contrario que Katsuki, cuyo atuendo había sido más informal, Izuku había conservado la chaqueta abrochada, que se le ajustaba perfectamente en hombros y cintura, estilizando su figura, hasta el final de la ceremonia, e incluso después.

Estaba tan guapo, tan elegante, tan radiante y tan exultante, que la lengua de Katsuki había sido más rápida que su cerebro y había dicho la tontería del botón antes de refrenarse a sí mismo.

Al acabar la formación en la U.A., Katsuki no había regalado su segundo botón a nadie, a pesar de que muchos otros alumnos de todas las especialidades estaban como locos y era prácticamente el único tema de conversación entre ellos. La tradición, que dicta que el segundo botón de la chaqueta del uniforme de los chicos debe darse a la chica a la que se quiere o, en su defecto, a aquella que lo solicite, había sido la gran preocupación de casi todos sus compañeros. Eijiro se lo había dado a Mina, por supuesto, y aquello había sido motivo de celebración, pero Katsuki no había querido regalárselo a nadie y había asustado a aquellas chicas que se habían acercado a él con intención de pedírselo a base de comentarios cortantes. No había sido el único: Shouto había tenido menos éxito alejándolas, pero también había conservado todos sus botones.

Sin embargo, al tener a Izuku estrechamente cercado por sus brazos tras la ceremonia de graduación, eufórico y emocionado tras su discurso, un poco nervioso por conseguir la aprobación de Katsuki, que no necesitaba, este lo había dicho en voz alta, aunque Izuku no llevara uniforme escolar alguno.

«¿Y a quién le vas a dar tu botón?»

«Ya no estamos en secundaria, Kacchan», había contestado Izuku, azorado, y Katsuki había tenido que contenerse para morderle los labios y comerle la boca allí mismo, excitado por su ingenuidad.

«Es una lástima, entonces», había susurrado, aprovechando la cercanía para mordisquearle el lóbulo de la oreja pícaramente, consiguiendo que el rostro de Izuku se encendiese de color más intenso que el de sus botones anaranjados.

Katsuki sólo había pretendido insinuar sutilmente lo importante que era para él la graduación de Izuku. Lo orgulloso que estaba de sus logros. Lo muchísimo que lo quiere. Sabe que es torpe para expresarlo en voz alta, incluso cuando hace un esfuerzo por ello, porque Izuku se merece que se lo recuerden, que no lo den por hecho. Había sido una forma de declararse discretamente, de decírselo, pero Izuku no había dudado en arrancar el segundo botón de su chaqueta para ofrecérselo.

«No soy una jodida chica», había mascullado Katsuki, odiando la oleada de calor que le había invadido el rostro, rivalizando con el color púrpura de las avergonzadas mejillas pecosas de Izuku.

Aun así, había tomado igualmente el botón anaranjado de la palma de la mano de Izuku y no se ha separado de él desde entonces, salvo cuando lo deja en la taquilla de la agencia para enfundarse en su traje de héroe, procurando no perderlo. Es por eso que había comprado la cajita puzle: quería tener un lugar donde conservarlo, aunque eso suponga no llevarlo encima, porque la alternativa es arriesgarse a perderlo. Al fin y al cabo, un omamori es más grande que un botón de la chaqueta de un traje. Lo ocurrido con el que le regaló a Izuku le ha hecho querer guardarlo para que no le pase lo mismo.

Como el propio Izuku ha dicho, es el primer regalo personal que tiene de él y quiere atesorarlo.

Hambrientos, devoran la comida que han comprado sentados en el suelo, sobre uno de los rompeolas del puerto. Gracias al avance de la noche y la brisa marina que llega desde el mar, fresca y agradable, la temperatura ha descendido lo suficiente como para no ser agobiante. Tras terminar, los dos se quedan allí sentados el uno junto al otro, embelesados observando el paisaje. Han tenido que dar un paseo largo, alejándose de las calles principales donde se desarrolla el festival, y la comida casi se ha enfriado, pero ha merecido la pena.

Katsuki atrae hacia sí a Izuku cuando este termina de cenar y se acurruca, permitiéndole apoyar la cabeza en su pecho. Lo escucha suspirar, satisfecho y feliz. Katsuki comparte el mismo sentimiento de plenitud que él. Distraídamente, le acaricia los rizos alborotados del cabello en silencio, disfrutando de la brisa refrescante, del relajante sonido de las olas golpear contra el rompeolas, del gusto salino del ambiente, de las voces lejanas de aquellos que pasean por el espigón, adentrándose en las aguas sin perder la tierra firme, del ruido y la música, atenuados por la distancia, que los envuelve, y del paisaje oscuro del mar repleto de pequeños barcos.

No están solos, porque hay personas por doquier, allá donde miren: familias paseando, niños jugando con sus koinobori, adolescentes agitando bengalas que chisporrotean y les iluminan los rostros alegres y entusiasmados, parejas como ellos, diseminadas por el rompeolas, besándose, metiéndose mano o simplemente paseando y conversando en voz baja, al amparo de la oscuridad nocturna. Pero la paz que se respira es tal que Katsuki podría cerrar los ojos y, salvo el tacto de Izuku a su lado, real y tangible, siente que podrían estar solos en el universo, en este mismo instante, creado única y exclusivamente para ellos dos.

A medianoche dejan de contemplar el ritmo suave del oleaje estrellarse a los pies del rompeolas y se vuelven hacia el paseo marítimo, lleno de luces y colores, y abarrotado de gente. No son los únicos, en la playa, los rompeolas y los espigones cercanos pueden ver los rostros iluminados por las bengalas de la gente que también observa el fuego de las hogueras crepitar. Este arde, distorsionado por los finos hilos de humo que se elevan cuando llega el momento de quemar los deseos que la gente ha escrito. A lo lejos, en la playa, algunas personas prefieren métodos más tradicionales, y se pueden ver unas pocas linternas elevándose al cielo y otras pocas flotando a lo lejos en uno de los riachuelos que desemboca en el mar, como diminutos patitos que navegan sin rumbo por las aguas tranquilas de una bañera.

Katsuki entrelaza los dedos de su mano libre con los de la mano izquierda Izuku y le da un apretón cuando los fuegos artificiales restallan en el cielo nocturno y despejado, iluminándolo de bellos colores y formas. Se siente bien estar así sentados, entrelazados y cerca el uno del otro, enfriándose por primera vez en varios días gracias a que la ola de calor empieza a remitir justo esa noche, llenándose los pulmones con la salada brisa fría en lugar del calor aplastante de las noches anteriores. El tiempo que iba a hacer ha sido una incógnita hasta ahora. Las últimas noches, tanto en la prefectura de Shizuoka, donde está Musutafu, como en la de Kanagawa, donde se sitúa Hiratsuka, han experimentado violentos estallidos tormentosos, sucedidos de lluvias torrenciales, a causa del calor. Hoy, sin embargo, el cielo está nublado, pero el aire sólo huele a la humedad del mar y el calor es seco y cede ante el frescor nocturno, así que no hay temor a que estalle una tormenta de verano y les fastidie la única noche de estos dos días de descanso que han conseguido coordinar en la agencia.

—Al menos no habrá tormenta —susurra Izuku, estremeciéndose bajo el abrazo de Katsuki, pensando lo mismo que él.

«Una noche perfecta», piensa Katsuki, ya olvidada la fatiga del agobiante calor durante el viaje y el malhumor disipado hace varias horas gracias a la presencia de Izuku.

—Podría caer el chaparrón más intenso del año y te juro que no habría leyenda capaz de impedirme cumplir cualquiera de los deseos que pudieses tener esta noche —responde Katsuki con fiereza.

Se vuelven de nuevo hacia el horizonte marítimo y se quedan así un par de horas, relajados. De vez en cuando, Izuku dice algo y se embarca en un murmullo adormilado durante unos minutos. Katsuki lo escucha en silencio, sin interrumpirlo, acariciando su espalda con movimientos circulares en el abrazo donde lo tiene recogido. Aunque disminuye la afluencia, tanto en el paseo marítimo como en la playa, así como en el espigón, sigue habiendo gente, la mayor parte personas de su edad o adolescentes excitados y hormonales por la calidez del verano. Se ven menos bengalas encendidas y, a lo largo del rompeolas hay varias parejas haciéndose arrumacos en la oscuridad, más intensa cuando la mayor parte de las luces del festival se apagan y los tenderetes de las calles adyacentes al paseo marítimo recogen.

—La paz que luchamos por conservar es preciosa, Kacchan —murmura Izuku. Katsuki nota en el cuello su aliento, cálido y húmedo, cuando habla y respira.

—Lo hicimos bien, nerd.

—Lo hicimos bien —asiente Izuku.

Este inspira, haciéndole cosquillas en el cuello al hundir la nariz en el hueco de su hombro, murmurando para sí mismo algo sobre el olor de Katsuki y lo agradable que es. Bajo la ropa interior, su pene se excita, algo que se acentúa cuando la lengua de Izuku traza espirales en la piel de su cuello y luego marca con suavidad los dientes, succionando levemente.

Moviendo la cabeza hacia atrás para facilitarle el acceso, Katsuki se pone cómodo. Respira profundamente, llenando el pecho de aire salino, disfrutando de cómo besa y lame su cuello hasta llegar a la oreja, enredándose con los diferentes aros y pendientes. La inclina hacia abajo, saliendo al encuentro de los labios de Izuku y ambos se besan despacio, sin prisa.

El piercing de la lengua de Katsuki acaricia la lengua de Izuku. El del labio de este se roza con los suyos. Lo atrapa entre los dientes, tirando de él con suavidad. Izuku succiona, atrapando la lengua de Katsuki dentro de su boca para lamerla con ansia. Las manos de ambos buscan los pliegues por donde pueden esquivar la tela del yukata, tratando de encontrar algún acceso de piel directa sin ser demasiado obvios. No oyen más que los sonidos húmedos y cadenciosos de sus besos.

Los besos de Izuku son adictivos, así que se besan durante largo rato. Se interrumpen sólo para que Katsuki pueda regar las pecas de Izuku con suaves toques de sus labios y para que Izuku dé besos cortos y superficiales a los labios de Katsuki, y muerda su nariz, su barbilla y la línea de la mandíbula. Ambos dejan que la excitación de los besos les invada lentamente, sin prisa, sin brusquedad, igual que las decenas de parejas que hacen lo mismo que ellos en el rompeolas. Sin más objetivo que el de besarse y obtener placer de ello, sin deseo de ir más lejos.

Al menos por ahora, aunque Katsuki intuye que una noche como esta no va a terminar en el cumplimiento de su deseo de tanabata. No va a ser hoy cuando parta a Izuku en dos, bruscamente y sin apenas preparación, gozando de lo apretado que es el culo de su novio en esos momentos, de lo flexible que se ha vuelto gracias al entrenamiento, permitiéndole sujetar sus tobillos mientras lo folla y doblarlo sobre sí mismo para poder penetrarlo más a fondo, más fuerte, preocupándose, al menos por unos minutos, solamente de su propio placer.

No le importa. Es tan excitante follar con Izuku así, apresurado y rudo, como cuando lo atrapa en el vestuario de Dynamight y ambos tienen que terminar en unos minutos, antes de que pueda entrar alguien y pillarlos, como cuando, igual que ahora, se besan y acarician durante horas, suavemente, hasta que uno de los dos lleva su mano un poco más lejos y la excitación desemboca, plácidamente, en un armonioso vaivén que los precipita a un orgasmo relajante y sosegado. Si hoy es un día de disfrutar de sus labios sin impacientarse, así será. Porque puede cumplir su deseo de tanabata siempre que quiera, cada vez que se lo proponga a Izuku. Y ahora que la perspectiva de vivir juntos está más cercana y es más real que nunca, no habrá nada que se lo impida.

—¿Damos el festival por terminado y volvemos al ryokan? —pregunta Katsuki al cabo de un rato, con la voz enronquecida por la excitación y los labios sensibles por los largos besos.

—¿Tan rápido quieres cumplir tu deseo? —dice Izuku con traviesa picardía. Katsuki lo mira con los ojos entrecerrados, amenazante.

—No tientes a tu suerte, nerd. —Quizá se ha equivocado y hoy Izuku sí desee algo diferente a la idea de tumbarse en el futón, abrazarlo por detrás y follarlo suavemente sin apenas moverse, hasta que ambos llegasen al orgasmo y se dejasen derrotar por el sueño.

Izuku se levanta con una carcajada y le da la mano, sin añadir nada más. Vuelven al ryokan caminando, en lugar de llamar a un taxi. Es demasiado tarde como para tomar un bus y es un paseo largo, pero no les importa, porque las calles de Hiratsuka son bonitas y tranquilas y el trayecto hasta el ryokan, que está un poco apartado, rodeado por un parque que le da un aire de naturaleza urbana, les proporciona cierta intimidad. Es Izuku quien monopoliza la conversación, charlando animadamente. Katsuki escucha atentamente, respondiendo con algún que otro monosílabo con una sonrisa en el rostro que no podría borrar ni aunque quisiera, porque está disfrutando mucho de la noche.

Llegan al ryokan, que ya está en silencio, y una amable recepcionista camarera les proporciona la llave de su habitación. El establecimiento, dadas las horas de la madrugada, está silencioso. Caminan hasta su dormitorio con pasos ligeros e inaudibles, pero antes de llegar a ella, Izuku se pone un dedo en los labios, pidiéndole discreción, y tira de la mano de Katsuki con decisión. No tarda en reconocer a dónde se dirige: la zona de los baños termales.

—¿Qué narices, nerd? —Izuku, conteniendo una carcajada, vuelve a ponerse el dedo en los labios. Katsuki, adivinando sus intenciones, bufa y pone los ojos en blanco.

—Vamos, no seas aguafiestas, será divertido —susurra Izuku.

—No lo será si alguien escucha el ruido de las duchas y viene a revisar por qué hay gente aquí —dice Katsuki, accediendo a dejarse llevar hasta la zona de baños y taquillas mientras sonríe con anticipación—. Joder, nerd, y que sea yo el que llevo la mala fama y tú el que tiene la cara de modosito… Un día me vas a volver loco, ¿sabes?

—Unos crían la fama y otros cardan la lana —responde Izuku, con descaro, desatándose el obi y dejándolo en una de las taquillas.

Haciendo el menor ruido posible, ambos se desnudan, dejando los yukatas tirados descuidadamente en la taquilla, sin molestarse en cerrarla. Entre silenciosas carcajadas, exigiéndose silencio mutuamente, se lavan en una de las duchas, enjabonándose el uno al otro. Los dedos de Katsuki se detienen sobre el piercing del pezón de Izuku, tirando de él con malicia. Izuku, sin amilanarse, hace lo mismo con el que adorna su glande en respuesta, provocando un estremecimiento en Katsuki.

Tenían pensado disfrutar de los baños al día siguiente, antes de regresar a Musutafu, pero a Katsuki le gusta mucho más esta idea. Su cuerpo, lleno de tatuajes y piercings, suele despertar miradas juzgadoras en algunos baños públicos, aunque esto cada vez sea menos frecuente. Habría preferido un ryokan con baño en suite, aunque no fuese de aguas termales, pero este estaba más cerca de la zona del festival, tenía habitaciones libres y era más barato. Usar los baños ahora, en cambio, significa tener intimidad y gozar plenamente de la experiencia con él e Izuku a solas.

Izuku se adelanta a él, metiéndose primero dentro del agua y se sienta, relajándose con un suspiro satisfecho y cerrando los ojos mientras se desliza hasta que la barbilla roza el borde del agua. Conteniendo otra carcajada, Katsuki lo imita, sentándose a su lado, hombro con hombro, cadera con cadera, rodilla con rodilla. La noche ha sido lo suficientemente fresca como para que agradezca, ahora sí, el calor del agua termal del onsen.

—¿A que es genial? —suspira Izuku, todavía con los ojos cerrados. Katsuki sonríe, pero no contesta, relajándose también.

La paz del baño es inmensa. Sólo se escucha un breve chapoteo de agua cuando uno de los pies de Izuku comienza a acariciar la pantorrilla de Katsuki, lenta y cadenciosamente. Este respira hondo, disfrutando de la caricia. Segundos después, las yemas de los dedos de Izuku le rozan apenas la piel del muslo, recorriéndolo lentamente desde la rodilla hasta la cadera. Katsuki se tensa involuntariamente, excitado, y la risa traviesa de Izuku se expande por todo el baño, reverberando en el agua y amplificando su volumen.

—Me vas a volver loco, nerd —gruñe, sin demasiada fuerza, cuando los dedos de Izuku tamborilean sobre el vello de su pubis y luego se cierran alrededor de su polla, masturbándolo suavemente. Katsuki se pone duro paulatinamente, estimulado por sus caricias y el agua caliente.

—Sólo estoy tentando a mi suerte —susurra Izuku, con la voz estrangulada de deseo y Katsuki sabe, sin necesidad de mirarlo, que se está mordiendo el piercing del labio.

Tenía razón en su suposición inicial. Hoy no cumplirá el deseo de tanabata de Izuku, aunque quizá por la mañana sí tenga oportunidad de hacerlo. Ahora se relaja, dispuesto a permitir que sea él quien marque el ritmo que desee.

Los dedos de Izuku dejan de tocarlo y Katsuki abre los ojos. Izuku se incorpora, saliendo del agua lo justo para sentarse entre sus piernas, que Katsuki abre al momento, haciéndole sitio. Se recuesta sobre su pecho, acomodándose, y Katsuki abraza la cintura de Izuku de forma automática, presionándolo con más fuerza contra él. Su erección se aprieta contra el culo de Izuku y su espalda, durísima.

—Ah… —suspira Izuku, contento—. Ahora sí voy a poder relajarme.

Katsuki, que en estos momentos no está relajado en absoluto, se ríe suavemente en la oreja de Izuku, que apoya la nuca en su hombro con una sonrisa en la cara y se mueve, descarado, rozando la polla dura de Katsuki con su cuerpo. Este gruñe, exigente, ansioso de más placer, pero Izuku no se preocupa por su reacción y sigue moviéndose lentamente, frotando su culo contra la polla de Katsuki.

—Si sigues provocándome así, te juro que te llevo en pelotas a la habitación y cumplo mi deseo —dice Katsuki con tono amenazador.

—¿Tan rápido quieres cumplirlo, Kacchan? —dice Izuku, riéndose entre dientes, que evidentemente tiene otro plan. No llega a contestar a la pregunta. Tiene una respuesta ácida preparada, pero Izuku ha levantado las caderas, incorporándose lo suficiente para alinear la polla de Katsuki con su esfínter y sentarse lentamente sobre ella, con un gruñido.

—Espera, espera… Tengo lubricante en el bolsillo de la ropa que… —Siempre lleva varios sobrecitos de lubricante encima, debido a la afición de ambos a no permitir que estar lejos de casa les impida echar un polvo, pero Izuku niega con la cabeza y desciende un poco más. La presión sobre su polla es tan exquisita, que Katsuki pierde la voluntad de intentar razonar con él.

Con una resistencia impresionante, Izuku aguanta en la posición medio acuclillada en la que está, jadeando. Inspira profundamente un par de veces, tratando de controlar la respiración. Por su parte, Katsuki siente que la cabeza le baila en un breve mareo que no sabe si atribuir al calor del baño termal o a la fuerte presión que el culo de Izuku hace sobre su glande.

Tratando de ayudar, pone las manos en los glúteos de Izuku, ayudándole a sostener su peso mientras este se va sentando poco a poco sobre su polla. La sensación, de una calidad diferente a la térmica natural del onsen, hace que a Katsuki se le seque la boca y cierre la garganta, dejándolo incapaz incluso de elogiar al nerd.

El esfínter de Izuku cede poco a poco, apenas lo justo para permitir la entrada de su polla, apretándose con fuerza a su alrededor. El intenso calor del agua ha ayudado a que esté más relajado y dilatado, así como el sexo casi diario que tienen desde que Izuku se graduó y empezó a trabajar en la agencia, pero la misma agua es mala compañera de viaje para el sexo que necesita lubricación. Cabezón como él solo, Izuku no ceja en su empeño y, aunque tarda un rato largo, finalmente consigue sentarse por completo sobre su polla. Con un suspiro de satisfecho placer vuelve a recostar la espalda contra el pecho de Katsuki, abrazándose a sí mismo con sus manos.

Con gusto, Katsuki le permite guiarle las manos para rodearse el abdomen, estrechándolo. Sobrepasado por las sensaciones, traga saliva varias veces, todavía intentando controlar las sensaciones de tener a Izuku sentado en su regazo, empalándose con su polla, sin apenas lubricar ni dilatar, estrecho y tan cálido, y apoya la frente en la nuca de Izuku, inspirando profundamente para regular su respiración. Comprendiendo, este se lleva el dorso de la mano de Katsuki a los labios y lo besa con gentileza.

—Joder, nerd… —susurra Katsuki cuando por fin recupera el aliento, sonriendo de esa forma característica, de lado—. Un día estás acojonado por si alguien nos ve y unos meses después eres tú el que me lleva al límite como un pequeño pervertido. —Izuku se ríe con una carcajada clara que rebota en el agua y las paredes, pero a Katsuki le importa un comino si alguien los oye, está mucho más concentrado en las sensaciones que despierta en él la piel de Izuku.

Este se remueve, acomodándose mejor contra su pecho y relajándose. Katsuki suelta el abrazo, tratando de darle libertad de movimiento y de sostenerle si lo necesita. Tentativamente, empuja cuidadosamente con las caderas hacia arriba, pero Izuku niega con voz seria:

—Ah, no. Este no es tu deseo. Deseaste, prometiste, partirme en dos, no que yo lo hiciese por mi cuenta. Así que quédate quieto y no te muevas. —Katsuki gruñe, conforme—. Abrázame otra vez —pide Izuku, guiándole de nuevo las manos alrededor de su abdomen. Gustoso, Katsuki obedece.

—No me des órdenes, nerd —masculla Katsuki, frustrado por no poder desencadenar su orgasmo libremente, pero Izuku lo ignora, respirando profundamente, y reúne hasta el último ápice de sus fuerzas para no moverse, empujar las caderas hacia arriba y follarse a Izuku hasta correrse.

—Sí puedes acariciarme y tocarme, si te apetece —murmura Izuku, con voz suave, casi soñolienta, empapada de placer. No es una súplica.

«Es un permiso», comprende Katsuki, excitado.

—Si te acaricio es porque me da la gana —responde, en cambio, tanteando con los dedos el abdomen de liso y musculado de Izuku en una caricia electrizante. Una de sus manos sigue el camino del escaso vello del abdomen hacia el pecho y la otra el hueso de la cadera en dirección a su pubis.

Cuando lo conoció, Izuku era delgado, de miembros proporcionados y vientre liso, pero tras las maratonianas jornadas de ejercicios desde que empezó a ayudarlo a entrenar, allá por la época en la que creía que el chico tenía un Don que se ha intensificado desde que la guerra acabó e Izuku entrena para ser un héroe mejor cada día, ya no es el muchacho flaco de hace un año. Su vientre tiene los músculos ligeramente marcados, sus pectorales se han ensanchado, sus brazos tienen muchísima más fuerza que originalmente y la envergadura de sus hombros ha crecido. También se le marcan los músculos de los muslos, sobre todo cuando las piernas de Izuku se tensan bajo la caricia de sus dedos, delatando su excitación.

Enredar los dedos en el vello púbico de Izuku hace que este vuelva a tensarse, y Katsuki sonríe, satisfecho de encontrar puntos que consigan ese efecto, porque cada vez que lo hace, el culo de Izuku se aprieta alrededor de su polla, concediéndole una mínima fracción del estímulo que tanto ansía.

Espoleado por los resultados, empieza a tocar cada parte del cuerpo de Izuku que tiene a su alcance… excepto su pene, dispuesto a torturarlo de la misma manera en la que está sufriendo él. A Izuku no parece molestarle. No suplica por más, respirando relajado y haciendo pequeños ruiditos de placer cada vez que Katsuki roza algún punto sensible que se mezclan con los suyos propios porque el culo de Izuku aprieta con fuerza en todas y cada una de esas ocasiones.

Acunarle los huevos con su mano derecha es un éxito en su nueva tarea de exploración, pues el culo de Izuku se aprieta con fuerza durante largos segundos cuando lo hace, premiándole con un intenso estímulo extra. Pellizcarle el pezón que no tiene perforado después de acariciarlo con los dedos arrugados y ásperos por el agua caliente, otro más.

—Estoy pensando en ponerme otro ahí para ir a juego —murmura Izuku al mismo tiempo que Katsuki sigue acariciándole el pezón en círculos en compensación por el siguiente pellizco al que le somete, buscando obtener la ansiada recompensa en forma de placentera presión en la polla. Lleva la otra mano al otro pezón, donde cuelga el aro de titanio, pequeño y ligero, y tira de él con rudeza, consiguiendo otro gemido de Izuku, otro apretón más.

—Ei estará encantado de que se lo pidas. Podemos pasar por allí mañana por la noche, de camino al regresar a casa, si te apetece. —Susurra estas palabras al oído de Izuku, roza sus pezones una última vez y baja los dedos por la línea de fino vello verde hasta el pubis de Izuku rodeando su polla hasta alcanzar sus testículos de nuevo.

En estos meses, ambos han vuelto en varias ocasiones al estudio de Mina y Eijiro. Izuku ha hecho muy buenas migas, sobre todo con Mina. La segunda noche que llevó a Izuku estaban también Yaomomo y Shouto, este último sin camiseta, permitiendo que Mina le retocase uno de los tatuajes antiguos para corregir la pérdida de color. Ninguno sabía que estarían allí, pero a Izuku no le había importado.

«No seas idiota, nerd, todos los héroes de nuestra promoción frecuentan el estudio de Mina y Ei», se había burlado Katsuki al ver la cara de asombro de Izuku al ver a Yaomomo, vestida apenas con un pantaloncito y un sujetador deportivo que no dejaba rastro a la imaginación.

«Y últimamente, Togata y Amajiki también», había apostillado Eijiro.

«Aunque es cierto que quizá Iida no sea el que más probablemente te encuentres aquí», había matizado Mina con una carcajada.

«En realidad…». Izuku no había terminado la frase, pero Katsuki la comprendió perfectamente. Al contrario que a él, e incluso a Shouto, en cierta ocasión en las duchas de unos calabozos, a Yaomomo siempre la había visto vestida con el uniforme, así que no se esperaba su espalda cubierta por un tatuaje enorme que se perdía bajo el pantalón corto y alcanzaba la parte trasera de los muslos.

«Normalmente no necesito utilizar la grasa de esas partes para mi Don, es más cómoda la parte delantera», había explicado Yaomomo, afable, respondiendo a su silenciosa pregunta del porqué del lugar escogido.

Shouto, por su parte, había dejado a Izuku examinarle ambos brazos, que normalmente lleva cubiertos con manga larga, autorregulándose con su Don, decorados con un dragón de estilo japonés de hielo en el derecho y otro de fuego en el izquierdo, ambos llenos de color, formas y multitud de flores como fondo. Ensimismado, Izuku había contemplado cómo Mina trabajaba en reforzar el color de varias de esas flores, desgastadas por el Don de fuego de Shouto.

«Fue su forma de escenificar que había conseguido conciliar sus dos lados», explicó Katsuki. Serio, aunque con expresión amable, Shouto había asentido en dirección a Izuku, que lo había mirado extrañado. «Digamos que no tuvo una infancia sencilla y tuvo que aprender a convivir con su fuego».

«¿En serio? Pero su Don… ¡sus Dones son geniales!», había balbuceado Izuku, arrancando una sonrisa a Shouto, que había vuelto a asentir.

«Imagino que a alguien como tú debe parecerle una estupidez pelearse con una habilidad innata con la que se nace, pero… A veces ocurre», había explicado Shouto, someramente. Izuku había fruncido el ceño, digiriendo sus palabras, pero Katsuki no le contó más detalles sobre la relación de Shouto y Endeavour hasta más tarde, cuando regresaron a su apartamento.

Esa noche sólo Shouto había aprovechado la visita para retocarse uno de los tatuajes. Después, apagaron las luces del estudio y cenaron juntos en la amplia cocina de Eijiro y Mina, charlando animadamente. Izuku se había sentido mucho más integrado y participado con soltura. A principios del mes de abril, volvió a pedir permiso a Katsuki para llevar allí a sus propios amigos con motivo de una postergada celebración conjunta de las graduaciones de Izuku, Hatsume y Shinsou, así como la finalización de exámenes de primer año de Kaminari.

«No tienes que pedirme permiso, ya habíamos hablado de esto», había mascullado Katsuki.

«Son tus amigos, es vuestro espacio».

«¿Que tus amigos se lleven bien con los míos no es algo bueno?»

«Mis amigos ya se llevan bien contigo y con Shouto, la única diferencia…». Katsuki había asentido, comprendiendo. Al fin y al cabo, pelear juntos en una guerra, incluso a pesar de la diferencia de edad, profesiones y orígenes, es algo que une a las personas. Incluir en esa dinámica a Eijiro y Mina era algo diferente, más consciente. Y Katsuki estaba deseando hacerlo, asombrado de vivir una época de su vida en la que está a gusto con tantísima gente a su alrededor, además de sus cuatro amigos de la adolescencia. Es, sin duda, un cambio que atribuir a Izuku, uno agradable.

«Les van a caer bien. No seas idiota, celebradlo como queráis, no significa que yo no pueda quedar con mis amigos a solas cuando quiera», había insistido Katsuki.

Habían reservado el Ryūjin Studio para la noche de un sábado y la amplia sala se había quedado pequeña al llenarse de las voces entusiasmadas de todos ellos. Mina le había cedido el control de la música a Sero, que resultó pinchar profesionalmente los fines de semana, algo que no habían sabido hasta entonces. Eijiro y Mina trabajaron durante gran parte de la noche, así que la improvisada discoteca había sido la más luminosa en la que habían estado jamás. Para Katsuki, que también había declinado tatuarse o perforarse en esa ocasión, como para Izuku, que había negado con la cabeza ante la oferta de Eijiro de perforar el otro pezón, había sido divertido contemplar como espectador al resto haciéndolo.

Shouto y Yaomomo tampoco se habían hecho nada, pero ella estuvo charlando con Hatsume sobre diseños de nuevos materiales prácticamente toda la noche y él se había sentado con Mina, interesándose en el proceso del tatuado. Esta incluso le había permitido trazar algunos rellenos del tatuaje de Uraraka, en el hombro. Amajiki y Togata habían estado más interesados en interferir en la improvisada labor de Sero como DJ, y el resto, entusiasmados en diferentes grados por la idea, se habían apresurado a pedir y elegir diseños o preguntar dónde dolía menos una perforación.

Al tatuaje de Uraraka en el hombro se había sumado otro en la cadera de Hatsume, una dilatación discreta en la oreja de Shinsou, otro en la ceja para Sero, acompañado de un pequeño tatuaje en el gemelo de uno de los diseños minimalistas de Mina, aunque lo había tatuado Eijiro. La pareja había tenido que trabajar al unísono en el complicado tatuaje a lo largo de todo el brazo de Kaminari que la chica le había diseñado en cuanto se enteró de cómo funcionaba su Don y que les llevó la mitad de la noche afanándose para poder terminarlo.

Cuando Hatsume se había acercado a Izuku, tratando de convencer a su amigo de que, si había sido el promotor de la idea, no podía irse de allí sin nada, este se había reído y levantado la camiseta hasta el cuello, mostrándole el tatuaje de la clavícula y el piercing en el pezón.

«¡Qué bien guardado te tenías el secreto! ¡Por eso conocías el lugar!» había dicho, en tono a medias acusador y a medias bromista, inclinándose para ver más de cerca el diseño del tatuaje de Izuku. «¿Qué clase de amigo eres que ni siquiera me cuentas estas cosas? ¿Este va a ser tu logotipo de héroe profesional?»

Izuku había asentido, orgulloso. Como finalmente había aceptado la oferta de Mina de permitirle diseñarle su marca de héroe profesional, era frecuente ver a ambos intercambiar mensajes de texto y fotografías del proceso creativo, que dura hasta hoy.

Kaminari y Sero conectaron muy bien con Eijiro, algo que Katsuki debía haber podido prever, pues la edad de Sero y su carácter es similar al de Eijiro y la personalidad divertida de Kaminari, por mucho que Katsuki asegure que es un idiota, es arrolladora y carismática. Después de esa primera toma de contacto, está empezando a ser habitual verlos rondando por el estudio, charlando y pasando tiempo, en el resto de visitas que han hecho Izuku y él y, aunque Katsuki admite que echa de menos los tiempos en los que sólo estaban ellos cuatro, le gusta la idea de ver al grupo en el Ryūjin Studio, cohesionado y compartiendo algo más que unos meses difíciles. Además, es adicto a la costumbre de Izuku de acomodarse encima de su regazo cuando están allí, como si Katsuki fuese el sofá más cómodo del mundo, igual que la primera noche, con la excusa de dejar libres los asientos disponibles para los demás.

Exactamente igual que ahora, sólo que la piel desnuda de Izuku y el calor apretado alrededor de su pene están a punto de volverle loco.

Acaricia, pellizca y tira del piercing del pezón una vez más y mordisquea las orejas de Izuku, lamiéndole la curva del cartílago hasta llegar al lóbulo, que succiona con ganas, arrancando otro gimoteo de Izuku que reverbera en el agua y, por supuesto, más de la deliciosa presión que tanto ansía. Peina con los dedos el cabello de Izuku, encrespado por culpa de la humedad, con un volumen anómalo en él, tratando de domarlo, pero este arranca débiles chispas de la palma de su mano, y se alborota todavía más.

—Lo siento —murmura Izuku. Katsuki está a punto de preguntarle por qué se disculpa exactamente, pero su novio comienza a apretar rítmicamente el culo, presionando con fuerza—. El piercing. Lo siento igual que el primer día.

La primera vez que habían follado con el nuevo piercing de Katsuki, había sido un cúmulo de nuevas sensaciones para ambos. Izuku se había quejado al principio, alegando que le molestaba al entrar porque le rozaba el ano, y después no había sabido qué decir acerca de la experiencia general, limitándose a comentar que podía notar la bola metálica del frenillo en su interior, incluso con el preservativo.

Cuando Eijiro le había cambiado al aro y habían follado sin condón, la impresión había sido la misma, aunque para ese momento Izuku ya había empezado a cogerle el gusto y había empezado a decir que la fricción extra era excitante y placentera, en absoluto dolorosa. A Katsuki le había aliviado. Habría bastado que Izuku no se adaptase para quitárselo al momento, pero le habría pesado, pues la barra de acero que une el aro por ambos extremos roza en el interior de su uretra, desplegando, cada vez que penetra a Izuku, un placer desconocido hasta ese momento.

—¿Cuándo aprietas? —pregunta Katsuki, para asegurarse de que ha comprendido bien lo que dice Izuku. Ahora no lo está acariciando, pero este sigue contrayendo y relajando el culo rítmicamente, cada vez más rápido, jadeando al mismo ritmo.

—¡Sí! —dice Izuku, demasiado alto. La exclamación reverbera en las paredes y Katsuki no está seguro de si es la respuesta a su pregunta o un gemido de placer.

Encantado con la forma en la que Izuku tiembla encima de su regazo, la respiración agitada, las contracciones cada vez más veloces… Katsuki se rinde ante la tozudez de Izuku de no permitirle empujar y le acaricia el torso una vez más, descendiendo las manos hasta su vello público, acariciándolo y llegando a la erección de Izuku, dura y que da un pequeño tirón al mismo ritmo que su culo se contrae. La envuelve con su mano, grande y callosa, y le acaricia el glande con el dedo pulgar antes de sacudirla de arriba abajo con movimientos lentos y firmes, sincronizándose con las contracciones de Izuku.

Katsuki ha olvidado su ansia por correrse. Le da igual. Como si Izuku, al terminar, decide levantarse y que ambos se vayan a dormir. Sólo quiere que el cuerpo de Izuku siga tremolando de placer entre sus brazos y mordiéndose el piercing del labio para para contener el volumen de los gemidos a la vez que apoya la cabeza en su hombro. Ya sólo le interesa el orgasmo de Izuku, proporcionado por sus manos y por la invasión de su polla en su culo.

Está completamente rendido a su disposición.

Un último apretón del esfínter de Izuku, más fuerte y duradero, alrededor de su polla está a punto de volverlo loco por la embriaguez de proporcionarle un placer tan intenso. El gemido gutural de Izuku y el temblor descontrolado de su cuerpo le indica que se está corriendo. Sigue masturbándolo, sin detenerse, hasta que el propio Izuku le detiene sujetándolo por la muñeca, incapaz de hablar por la falta de aliento.

El semen de Izuku flota en el agua clara y limpia del baño termal antes de disolverse lentamente y Katsuki reza, por el bien del resto de clientes, que el onsen tenga un sistema de depuración de agua.

—¿Puedes abrazarme otra vez? —suplica Izuku en voz baja.

—Ahora mismo podría hacer cualquier cosa que me ordenases, nerd. —Lo envuelve con sus brazos, protector, y le besa la cabeza.

No dice nada más. Se limita a quedarse dentro de él, abrazándolo, dejando que los últimos coletazos de placer que siente Izuku se transmitan su propio cuerpo a través del contacto con su piel.

—¿Cualquier cosa? —La voz de Izuku suena soñolienta y exhausta.

—Lo que tú quieras —repite Katsuki, preguntándose qué desea su novio—. ¿Quieres que te seque, te lleve a la habitación y te acueste? ¿Qué vaya a por algo de comer?

—Que te muevas a placer, Kacchan —dice Izuku, subiendo las plantas de los pies encima de los muslos de Katsuki, todavía con la polla de este dentro de su culo—. Haz lo que quieras conmigo para correrte.

—Tus deseos son órdenes, nerd —murmura Katsuki, con un tono de voz gutural.

La ingravidez del agua le ayuda a empujar, aunque hay poco margen: al sentarse encima suya, Izuku se ha metido su polla prácticamente entera. No es necesario, tampoco. Está tan excitado que, con la presión añadida del culo de Izuku, intencionada, porque está menos adormilado de lo que aparenta, es suficiente. No lo suelta en su abrazo. Esconde la cara en el cabello alborotado de Izuku, aspirando su aroma, y se lo folla. Le bastan cinco embestidas antes de correrse dentro de Izuku en un orgasmo intenso, chispeante y, por un instante, placenteramente eterno.

—Joder… —suspira cuando abre los ojos. Ni siquiera es consciente de haberlos cerrado, pero lo ha hecho con tanta fuerza que ahora sólo ve pequeñas chispas de colores y la vista tarda un rato en acostumbrársele a la tenue iluminación del onsen—. ¿Así? —pregunta, ansioso por saber si ha cumplido exactamente el deseo de Izuku.

—Exactamente así. —La voz de Izuku suena impregnada del placer que tiene sus extremidades desmadejadas en el agua—. ¿Te ha gustado?

—Ha sido la ostia, nerd. La ostia —recalca, jadeando, todavía dentro de Izuku. Habitualmente, pierde la erección más rápido, pero hoy no parece que su pene tenga prisa por volver a su estado de reposo.

—¿Te molesta si te quedas dentro? —pregunta Izuku, que sabe perfectamente lo sensible que se torna la polla de Katsuki tras el orgasmo. Esta vez, sin embargo, es diferente a las demás, porque no sólo no está abrumado por la estimulación de la penetración, sino que la siente… agradable. Cálida. Íntima.

—En absoluto.

—Quédate dentro, entonces. Por favor —dice Izuku, apoyando la cabeza sobre el hombro de Katsuki y permitiendo a sus piernas flotar. Katsuki lo besa en la mejilla e Izuku se remueve bajo su abrazo como un gatito mimoso—. Puedes quedarte dentro todo el tiempo que quieras.

La erección de Katsuki va perdiendo fuerza dentro de Izuku de forma paulatina, pero no la saca, complaciendo a su novio. Puede hacerlo. Al contrario que Izuku, cuyo pene en reposo es pequeño y crece mucho en proporción, el de Katsuki es largo y carnoso y le permite penetrarlo incluso si no está completamente duro.

La respiración de Izuku se relaja, cadenciosa. Katsuki sabe que este se ha adormilado cuando su pierna derecha da una sacudida involuntaria, igual que hace por las noches, cuando duerme aprisionado en el abrazo de Katsuki. Se remueve, traspuesto, y en ese movimiento, su pene se desliza fuera del culo de Izuku.

—Nos vamos a la cama, nerd —susurra en su oído.

Izuku asiente con un balbuceo adormilado. Cuidadoso para no resbalar, Katsuki se mueve con cuidado para cogerlo en sus brazos y sacarlo del baño. Lo pone en el suelo y, aunque Izuku se sostiene de pie por sí mismo, es Katsuki quien lo seca con la toalla antes de recoger las ropas y pertenencias de ambos, ponerle el yukata por encima por si se cruzan con alguien y lo guiarlo hasta su habitación.

Ya acostados en el futón, con Izuku desnudo, con los pies enredados entre las piernas de Katsuki, acurrucado entre sus brazos y con su respiración haciéndole cosquillas en el cuello, Katsuki sonríe y lo estrecha con más fuerza.

—Cumpliremos todos nuestros deseos, nerd. —Este asiente en sueños, dormido, reaccionando instintivamente a su voz y Katsuki cierra los ojos, agotado también—. Todos y cada uno de ellos. Porque tenemos madera de vencedores. Y, sobre todo, esperanza e ilusión.


¡Ya casi llegamos al final! Sólo queda un capítulo más, un epílogo para Izuku que saldrá el sábado 15 de julio. Esto quiere decir que el viernes no habrá actualización. Originalmente, pensaba sacar este capítulo el viernes 14, pero pensé que era una chorrada dividir estas dos partes y luego atiborrar con dos días seguidos la semana que viene, así que así ha quedado. Y ya que estamos: lo que han hecho en este capítulo debe ser tremendo tabú en Japón, jajaja.