Algunas veces el Amor es…
Por: Escarlata
Precure pertenece a Toei, el plot es mío.
Parte 2 Más que una Chica Noble
Nagisa se tumbó en la cómoda cama del cuarto de invitados de la modesta mansión de los Yukishiro. Fue hasta ese momento que notó que pese al tamaño, el lugar era más bien sencillo, sobrio. Parecía más un templo antiguo a momentos. No tenían muebles extra ni accesorios caros como los que llegó a ver en el castillo o el palacio de gobernación de Wakabadai. Según lo que escuchó durante la cena, solamente tenían un par de empleados que les ayudaban con la limpieza y mantenimiento de la casa y los jardines. Nagisa ya no estaba segura si su ahora Prometida y la abuela eran parte de la Nobleza o no.
Por cierto, la abuela Sanae le agradó bastante, tenía una presencia que calmaba mucho.
Ya estaba duchada y tenía puesta su ropa de dormir. Había sido un largo día. De alguna manera consiguió lo que quería pero fue en la más inverosímil de las circunstancias. Y entre más se hundía en el silencio, más pensaba las cosas. Una mala costumbre suya, pensar demasiado, analizar en exceso y dejar que su mente se hundiera en escenarios imaginarios.
Otra cosa de la que se enteró durante la cena y que la tenía particularmente tensa, era que luego de desayunar, atenderían a una reunión con un Consejo de gente poderosa, el mismo Consejo que tenía la custodia de Yukishiro Honoka. Era una situación extraña, pero Honoka le dijo que no debía preocuparse, bastaba con que dijera que sí estaba dispuesta a seguir siendo su Prometida. Eso significaba más duelos, pero si sus siguientes oponentes eran igual de inexpertos como el chico con el que peleó por la tarde, entonces no tendría mucho problema en enfrentarlos. Eso quería pensar.
"Puedo hacerlo", le dijo al silencio del cuarto y cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño.
Mientras, en la sala de estar, Honoka leía un libro mientras disfrutaba una taza de café, tenía un aroma delicioso capaz de perfumar toda la casa, además de contar con un sabor fuerte capaz de mantenerla despierta toda la noche si quería. Entre pequeños sorbos a su bebida leía un libro sobre plantas de otros lugares más allá de las fronteras.
Ya que había acordado con su Prometida todos los puntos importantes para cuando amaneciera, podía relajarse un poco con su actividad favorita: leer. Tener la mente despejada era lo mejor para descansar bien y encarar al Consejo con la cara en alto. Quizá todo sería más fácil si no tuviera esto, pensó mientras se miraba un momento la mano derecha. Sonrió. "Pero entonces no sería tan divertido ni los tendría a ustedes, ¿verdad?" Preguntó en voz baja, sonreía. Le dio otro sorbo a su amargo café y siguió leyendo.
Tenía la mala costumbre de dormirse hasta entrada la madrugada por culpa de sus lecturas, su abuela constantemente le recordaba que se le formarían ojeras en sus lindos ojos si seguía así. Al menos ésta vez recordó usar sus anteojos de lectura, en eso no podrían reñirle.
Sin querer pensó en su Prometida. Sonrió. En serio era linda, pero estaba al tanto de que la situación era alocada y seguramente Nagisa no estaría muy cómoda con estar al lado de otra mujer en calidad de prometidas, justo como lo estaría cualquier otra chica normal. Honoka suspiró mientras miraba de manera perdida las ilustraciones del libro. Algunas veces el amor era raro, impredecible y obedecía al corazón más que a la norma.
Y la norma de todos decía que una mujer y un hombre eran los que debían contraer nupcias, tener familia y perpetuar su sangre y sus tradiciones para la posteridad. Una versión demasiado perfecta y poco realista del amor, debía decir. No que fuese imposible, estaba completamente segura de que ahí afuera había familias felices hechas de un padre, una madre y un montón de lindos hijos. Estaba más que al tanto de familias que se rompían, otras que vivían con la distancia (como la propia) y otras que no eran las mejores.
Y luego estaba ella misma, sin poder verse a sí misma a futuro con un esposo e hijos, porque su corazón no se sentía contento con un hombre, porque sus manos anhelaban percibir y disfrutar el calor de otras manos siempre y cuando perteneciera a otra mujer. Su amor no tenía lugar ahí, no en el tiempo y el lugar donde había nacido. A esas alturas de su joven vida ya era capaz de ver el asunto con gracia.
Y de nuevo pensó en Nagisa. Jugar a que eran una pareja por un año completo sonaba divertido, lo admitía. Siempre y cuando Nagisa también quisiera jugar con ella, en su corazón deseaba que sí.
"En serio es linda", murmuró Honoka, dando otro sorbo a su café y luego miró al aire. "¿No lo creen, amigos?" Y unas chispas brillaron ante ella, dándole la razón y regañándole enseguida.
"No te duermas tarde", le dijeron.
"No prometo nada".
Y los pequeños rieron.
~o~
"¿Estás segura que puedo usar éstas ropas? Se ven caras", dijo Nagisa mientras se miraba una vez más. Usaba un precioso vestido que sólo en sus más locas ensoñaciones había imaginado. Sus ensoñaciones habituales eran usar un vestido así mientras estaba en un festival bailando con el más guapo de los mozos. La más natural fantasía de una doncella, ¿verdad? "No me gustaría arruinarlas", murmuró con gracioso enfado.
"Puedes usarlas, además te ves muy hermosa con ese vestido, creo que te queda mejor a ti que a mí", comentó Honoka de manera bastante gratuita y con una sonrisa dulce.
"¡Eeeeek! ¡No digas esas cosas! ¡¿No te da pena?!" Reclamó Nagisa con el rostro y las orejas rojas, se tapó la cara por culpa de la vergüenza. "¡No puedo creerlo…!"
"¿Pena? ¿Por qué?" La duda era sincera. "¿No le dices a tu madre o a familiares o amigas cuando se ven hermosas usando algo lindo?" Cuestionó Honoka.
Nagisa gruñó un poco. A decir verdad, sí, le era sencillo lanzarle flores a su madre cuando se ponía un vestido nuevo, o a sus amigas del pueblo cuando lucían lindos accesorios que conseguían en los mercados ambulantes que llegaban cada final de estación. El asunto era que fue una hermosa chica de buena familia la que le lanzó el cumplido y se sintió rara. Se aclaró la garganta para poder responder algo sensato.
"Bu-bueno, es que tú no eres mi madre ni una familiar y… Tampoco una amiga", eso último lo dijo entre labios.
Honoka sonrió. "Te cedo la razón. Con el tiempo nos volveremos amigas mientras ambas así lo queramos. Creo que es lo mejor si vamos a pasar tiempo juntas", dijo con calma.
Nagisa se rascó la nuca. "Supongo que… Supongo que tienes razón".
El par viajaba en una carroza enviada por el Consejo mismo. A Nagisa le sorprendió que incluso hubiera guardias escoltándolas. ¿Todo eso por una chica que no usaba una sola joya encima? Su Prometida ni siquiera parecía interesada en las riquezas, era más bien del tipo humilde, bastante modesta además. Muy bien educada, eso no se negaba.
"Oye, Honoka", murmuró Nagisa cerca de ella. "Dime la verdad, ¿me van a matar?"
Honoka rió de manera linda y melodiosa. "No, no te van a matar, la seguridad la mandan por mí".
"¿Eres peligrosa?"
"Algo así".
Nagisa no supo qué decir ante las palabras de Honoka. Se hizo silencio durante el resto del camino, muy pronto llegarían al Castillo, que era donde estaba la Cede del Consejo. Nagisa sintió un golpe de nervios al ver que atravesaban el portal principal. Tragó saliva.
"¿Qué es lo que debo decirles?" Preguntó una ansiosa Nagisa.
"Nada si no quieres, puedo encargarme yo misma de la conversación", respondió Honoka con voz calmada y segura. "Pero si insisten en hacerte preguntas, diles que ganaste mi mano justamente y pretendes mantenerme como tu Prometida, eso debería bastar".
Nagisa asintió. Honoka sonrió.
La carroza finalmente se detuvo y el par de chicas salieron. Nagisa admiró los interiores por mero instinto. Llegaron a lo que era un jardín interior con una fuente de agua al centro. Estaban frente a una alta puerta doble protegida por cuatro guardias. Mucha vigilancia a su parecer. Se ajustó bien la espada a la cintura, aseguró su insignia bicolor en la solapa de su vestido y miró a su Prometida. Por su lado, Honoka tomó aire y con un gesto le indicó a Nagisa que la siguiera, ésta asintió en silencio.
Ni siquiera hubo necesidad de anunciarse, los guardias directamente las dejaron pasar.
Honoka conocía el sitio de memoria. Parecía una sala de juzgado. Los asientos estaban dispuestos de forma semicircular, al centro del semicírculo estaba el asiento más grande, que era el del representante principal del Consejo y quien hacía llegar sus peticiones e ideas directamente a los Reyes. Justo en medio de la amplia sala había una mesa simple que podía tener uno o dos asientos según la ocasión.
Ésta vez había dos sillas.
"Tomen asiento", indicó el jefe del Consejo luego de echarles una severa mirada al par de jóvenes. Apenas éstas se acomodaron donde les correspondía, volvió a levantar la voz, pero ésta vez dirigiéndose al resto de los presentes. "El motivo de ésta reunión, es que la heredera de la familia mercante de los Yukishiro está comprometida con una persona totalmente ajena a cualquier rama de éste honorable consejo".
Honoka apretó los puños por debajo de la mesa, su gesto seguía serio y luchaba por mantenerlo así. Nagisa notó eso de reojo antes de volver su atención al sujeto.
"Por lo tanto, pongo a votación que se anule su compromiso y se elija un nuevo compañero para la Señorita Yukishiro por medio de un torneo", continuó.
"Y personalmente, creo que esa postura no sólo es estúpida, sino totalmente irresponsable e inmadura", alegó Honoka de inmediato sin poder soportarlo más. Puso sus manos en la mesa y se puso de pie, encarando a ese montón de adultos.
Nagisa abrió los ojos con sorpresa. ¿En qué momento esa amable y dulce señorita ganó una voz de mando capaz de dar miedo? Ella misma respingó por el susto al escucharla.
"Señorita Yukishiro, queremos asegurar su futuro ya que sus padres no están para poder apoyarla", alegó el Jefe del Consejo, levantando igualmente la voz. "Usted pertenece a un linaje honorable de mercantes que han traído mucho a nuestra ciudad y al reino entero. A falta de sus padres, nosotros estamos aquí para asegurar su futuro".
"¿Mi futuro o el suyo?" Preguntó Honoka con el ceño fruncido y la voz tensa.
El Jefe del Consejo igualmente frunció el ceño. "Señorita Yukishiro, le pido que mida sus palabras. Recuerde que está bajo nuestra protección por orden directa de Sus Majestades".
A Nagisa no le gustaba el tono de esa "conversación", ¡más bien parecían amenazas! Apretó sus propios puños mientras sentía que el enojo comenzaba a hervir en su pecho. Por su lado, Honoka se mordió un labio, supo qué responder.
"Y por misma orden del Rey y petición de ustedes, es que mi mano debe ser ganada por alguien fuerte. La señorita Misumi Nagisa, aquí a mi lado", señaló educadamente a su acompañante, "fue la que derrotó a mi prometido anterior en un duelo declarado y en igualdad de condiciones. Cuento con el testimonio de los vecinos de la localidad", y sacó de su bolso un documento firmado por los mismos vecinos que consiguió desde el día anterior. "El origen y la condición social de mi ahora Prometida no es motivo de discusión, después de todo, éste honorable Consejo está formado por miembros de todas partes del reino y que han nacido en distintas cunas", tomó aire. "Ella tiene mi mano".
Y el Jefe del consejo finalmente miró a la chica de la espada de hoja negra.
"¿Misumi Nagisa, verdad?"
"¡Sí!" Respondió la aludida con súbitos nervios mientras rápidamente se ponía de pie.
"¿Usted está de acuerdo con desposar a la Señorita Yukishiro a pesar de que ambas son mujeres?" Preguntó con tono duro.
Nagisa respiró hondo y repentinamente ganó un aire de seguridad que sorprendió a Honoka. Si había algo que Nagisa estaba detestando de todo eso, era que Honoka parecía ser más la prisionera de todos esos sujetos. "No hay regla que me lo impida. Además, gané su mano en una pelea limpia, ¡pregúntenle a ese tipo!" Señaló al ex prometido de Honoka que estaba ahí presente. "Si la quiere recuperar, entonces que pelee conmigo primero", declaró. "Son las reglas, ¿o no?"
"Señorita Misumi, ¿tiene alguna idea de lo importante que es la señorita Yukishiro?"
"No", fue la firme respuesta de Nagisa. "Sólo sé que ella es amable y la gente la quiere y la tiene en buena estima. Tiene su propio encanto y estoy dispuesta a conocer más de la Señorita Yukishiro, además", frunció el ceño y tomó la mano de Honoka, "¡ahora es mía!" Declaró con fuerza, mostrándoles a todos sus manos unidas.
Los miembros del Consejo se horrorizaron ante semejantes palabras y acciones, más de uno casi cayó de su asiento. Honoka abrió los ojos como platos mientras sentía que toda ella hervía. ¿En serio dijo eso? Quizá se dejó llevar por el momento, seguramente tratando de protegerla o algo. Eso no evitó que su corazón se acelerara como nunca antes.
"¿Es su última palabra, señorita Misumi?" Preguntó el Jefe del Consejo con voz recuperada.
"¡Sí! Quien quiera su mano debe pelear conmigo y ganarme, son las reglas, ¿verdad?"
Hubo un sepulcral silencio. Más de uno quiso hacer alusión a que la chica de la espada negra era una simple pueblerina sin fama ni renombre, pero eso se vería bastante mal ante los miembros de sangre plebeya, que eran casi un tercio de los integrantes del Consejo. Todos se miraron entre sí, no hubo necesidad de discutir más, la decisión fue unánime.
"Aprobamos que seas su prometida, señorita Misumi. De la misma manera, puedes y serás retada por su mano, cualquiera puede hacerlo y no tienes permitido escapar ni retractarte", dijo el Jefe con severidad.
"De acuerdo", respondió Nagisa, que sentía que su dosis de valor y coraje comenzaba a descender de manera alarmante. Sus piernas fueron las primeras que empezaron a ceder. Se sujetó más fuerte de la mano de Honoka, sólo para sentir una oleada de alivio cuando ésta enredó sus dedos con los de ella y la sostenía con firmeza.
"Señorita Yukishiro, usted sabe en qué situación está, ¿verdad?"
"Sí, mi señor, y haré todo lo posible por seguir los pasos de mis padres y seguir trayendo maravillas a mi reino", respondió Honoka sin bajar la mirada ni soltar a Nagisa.
"Pueden retirarse, señoritas".
Ninguna de las dos esperó más ni se despidió, Honoka fue la primera en moverse y llevarse a Nagisa consigo. La carroza seguía afuera, así que subieron de inmediato y se sentaron lado a lado. Ambas tenían el corazón latiendo como caballos a todo galope. La carroza comenzó a moverse de regreso a casa de los Yukishiro. No se soltaban de las manos.
"Sentí que me desmayaba", dijo Nagisa casi sin aire, estaba tumbada de manera poco agraciada en el asiento acolchado.
"Yo también", respondió Honoka con su mano libre en el pecho, su corazón aún galopaba.
"Esos sujetos son aterradores".
"Ni que lo menciones".
Y las dos volvieron a ponerse rojas al mismo tiempo al recordar porqué estaban tomadas de la mano. Se soltaron y cada una se giró por su lado. Estaban apenadas, se les notaba.
"Lo que dijiste… Bueno", murmuró Honoka.
"Lo siento, tuve que decirlo, no te dejaban en paz", respondió Nagisa de inmediato. "Lamento si te incomodé… Ah… Digo… Eres mía en cierta manera… Ah… Bueno, no nos vamos a casar pero… Tu… Tú sabes", Nagisa no sabía ni qué trataba de dar a entender, se encogió sobre el asiento mientras se alborotaba el cabello. Tomó aire. "¡No me gustó la manera en la que te hablaban! ¡Tenía qué hacer algo!"
Honoka sonrió, ella mantenía su vergüenza con más dignidad. Puso una mano en la espalda de Nagisa, un simple gesto de simpatía. De agradecimiento. "Hiciste que me saltara el corazón", dijo sin siquiera contenerse.
"¡Eeek! ¡Señorita Honoka Yukishiro, no digas eso!" Nagisa se cubrió las orejas con ambas manos, toda ella ardía. "¡No puedo creerlo!"
"No estoy mintiendo. Me gustó lo que dijiste", dijo Honoka entre risas pequeñas. "Seguro que en todo el castillo se escuchó ese 'ahora es mía'".
"¡No oigo nada! ¡Nada de nada! ¡La, la, la!"
Honoka ya no pudo soportar más y se echó a reír de la más linda y melodiosa manera. Una risa pura como agua brotando de un manantial. Nagisa se destapó las orejas y escuchó esa preciosa risa, se giró lo suficiente para verla, para ver ese rostro riendo con infantil encanto. No pudo contener su propia sonrisa e igualmente se echó a reír mientras se quedaba recostada en el cómodo asiento de la carroza.
"¡Sus caras…! ¡Sus caras cuando les hablaste así…! Fue… Fue…" Honoka no podía hablar por culpa de las carcajadas.
"¡Fue increíble, lo sé!" Respondió Nagisa entre risas. "Poner a esos nobles en su lugar fue… ¡Fue fantástico!" Rió un poco más hasta sentir que el aire le faltaba. Se compuso lo suficiente para al menos ver a Honoka. "Oye, no eres noble como ellos, ¿verdad?"
"No estrictamente hablando, pero digamos que aún hay contratos a nombre de mis padres que ellos mueren por tener", dijo Honoka, igualmente recuperada del ataque de risa. Tomó aire y se sentó correctamente. "Entre otras cosas".
"¿Y puedo preguntarte sobre eso?" Cuestionó Nagisa, procurando no tocar ninguna fibra sensible. A momentos era fácil olvidar que esa linda señorita era huérfana de padres.
"Te puedo contar", tomó aire. "No es secreto para nadie en la capital y ciudades principales", miró a Nagisa con una sonrisa suave. "Mis padres eran mercantes consumados, viajaron por todo el mundo y consiguieron contratos de intercambio de productos desde el extranjero a nuestras tierras", enseguida sonrió con orgullo. "Ellos trajeron el café desde un sitio desértico a cien días de distancia a caballo, y la semilla con la que se hace el chocolate la trajeron desde un lugar al otro lado del mar".
"¿Chocolate? ¡Es mi dulce favorito!" Exclamó Nagisa con alegría. Además, el café era la bebida favorita de la gente grande de su pueblo. A ella no le gustaba beberlo, era demasiado amargo para su paladar, pero le gustaba el aroma cuando los otros lo disfrutaban. "¡Entonces tus padres fueron héroes, deberían tener una estatua en cada ciudad!"
Honoka rió de manera suave. "Ninguno de esos hombres me engaña, ellos quieren tomar control de esos contratos por medio de la persona que elijan como mi esposo… Y dárselos a productores más grandes", suspiró. "Mis padres preferían hacer tratos con los locales y pobladores, nunca con nobles o gobernantes. Ellos trataban directamente con agricultores, alfareros, artistas, pescadores… Con la gente normal", sonrió. "Y el Consejo quiere acabar con eso y quedarse con esos contratos para cerrarlos con señores nobles extranjeros", miró a Nagisa. "Si llego a mi mayoría de edad sin casarme, legalmente podré hacerme cargo de esos contratos. Por supuesto, yo quiero que las cosas sigan así, como mis padres lo dejaron".
Nagisa no dijo nada a eso. Sonaba duro. Ahora comprendía porqué la casa de los Yukishiro lucía sencilla y porqué Honoka, aunque educada y acomodada, no tenía los mismos aires que los otros nobles. "Honoka, no quiero decir nada raro pero… Podrían matarte", bajó la voz, "Estás en peligro. Si lo que quieren son los contratos de tus padres, podrían hacerte daño, o a la abuela", tan sólo pensar en eso la aterró.
"Me necesitan viva, Nagisa", suspiró hondo y miró a su Prometida con gravedad, bajó mucho más la voz. "¿Puedo confiarte un secreto? Es algo importante y la verdadera razón por la que me quieren mucho más que a los contratos comerciales de mi familia".
El gesto de Honoka puso seria a Nagisa.
"¿Es grave?"
"De vida o muerte".
Nagisa asintió. "Cualquier cosa que me confíes, la llevaré a mi tumba".
Honoka asintió también. "Te cuento llegando a mi casa".
Decidieron guardar silencio, después de todo, la carroza donde viajaban había sido enviada por el propio Consejo, a saber si las estaban escuchando o no. Además, el tema que Honoka iba a tratar con Nagisa merecía la privacidad de la humilde mansión de los Yukishiro.
Una vez llegaron a casa, el par entró y la abuela les recibió con una sonrisa y algo ligero para comer. Sanae estaba al tanto de que los enfados que Honoka sufría en esas juntas siempre le provocaban hambre. Nagisa sufría del mismo mal y ambas chicas comieron con gusto todo lo que la abuela les sirvió mientras le contaban lo sucedido en la junta.
"Muchas gracias por cuidar de mi Honoka", dijo la abuela con dulzura y le acercó un postre más de arroz dulce a Nagisa. "Sé que está en buenas manos contigo".
"El plan es que nos ayudemos mutuamente", respondió Nagisa con una sonrisa apenada. Ni Honoka ni ella comentaron sobre el 'ahora es mía' que escandalizó a los miembros del Consejo. "Así que yo cuidaré de su nieta, señora Sanae".
"Puedes llamarme 'abuela', querida", rió la mujer. "Estamos temporalmente emparentadas", agregó, divertida.
Nagisa también rió. Honoka sonrió mientras las veía, ya había terminado de comer y de momento disfrutaba de una taza de café. Le tomó el gusto a la bebida, le hacía recordar a sus padres, de pequeña los recordaba contándole historias de sus viajes y dándole regalos traídos de lugares lejanos mientras bebían café.
"Abuela, le voy a contar a Nagisa sobre eso", avisó Honoka, seria.
"Oh, comprendo", fue la calmada respuesta de Sanae. "Debes confiar mucho en ella".
"Sí. Además, parte de nuestro trato fue darle Recursos a su hogar. No los conseguirá por medio de los Sacerdotes Espirituales, ya lo intentó, así que yo misma me encargaré del asunto", informó Honoka.
"Recuerda ser discreta, cariño".
"Lo seré".
Nagisa se puso de pie apenas Honoka hizo lo mismo. Ambas se disculparon con la abuela y caminaron al jardín interior central de la casa, un hermoso espacio protegido por la construcción que tenía césped, flores, un hermoso barril con agua y rocas grandes alrededor, la cereza del pastel era un árbol de cerezo al centro cuya copa sobresalía y le daba un hermoso aspecto a la mansión a la distancia. Nagisa sonrió.
"Es hermoso", dijo la guerrera mientras miraba más de cerca. Se sentó en una de las rocas al ver que Honoka hacía lo mismo. "Bien, te escucho".
"Seguramente estás al tanto de que sólo los Sacerdotes Espirituales pueden pedir el poder de los Espíritus en pequeñas porciones para bendecir las tierras, ¿verdad?"
"Sí, hace muchos años vi uno, cuando tocó la bendición en mi pueblo. Soltó unas esferas en la tierra y el agua, luego una la rompió en el aire y toda la región reverdeció y floreció", contó Nagisa. Lo recordaba como si hubiera sido ayer. "También llenó las canteras de materiales y los ríos de peces. Los animales estaban más sanos que nunca".
"Lo que no sé si sepas, es que formar esos Recursos", Honoka se refería a las esferas de las que Nagisa habló, "toma mucho tiempo, meditación y concentración, además de que los Sacerdotes deben estar en total armonía con los Espíritus para pedir su poder concentrado".
"Suena complicado", murmuró Nagisa.
"Lo es, en ocasiones tardan semanas dependiendo del poder y la afinidad del sacerdote", continuó Honoka. "Para volverse parte de la Orden Espiritual, se debe tener una afinidad natural a los Espíritus, y luego seguir con un arduo entrenamiento".
Nagisa asintió varias veces, no entendía a dónde quería llegar Honoka con tantas explicaciones, pero debía ser importante si tenía ese gesto serio. "Comprendo", enseguida refunfuñó. "Por eso los lotes llegan cada estación, ¿verdad?"
Honoka asintió. "La historia detrás de la Orden Espiritual es más larga y te la puedo contar después con más calma, pero lo que sí te puedo decir, es que hace muchísimas generaciones, había personas con mucha afinidad a los Espíritus, capaces no sólo de pedir su poder, sino de usarlo con sus propias manos. Ahora ya no las hay, al menos no como antes", sonrió de manera suave y extendió su mano hacia Nagisa, sólo para mostrarle cómo de su palma brotaban unas chispas luminosas que hacían el ruido propio de un relámpago en miniatura. Sonrió cuando Nagisa acercó su dedo. "No lo toques, no te gustará la sensación", dijo Honoka con una sonrisa suave.
"Honoka… Esto…" Nagisa podía sentir cómo los vellos de sus brazos de levantaban por una extraña sensación que sólo daban los rayos de una tormenta. Tragó saliva. "Eres como los Sacerdotes Espirituales…"
"Más bien, como los primeros Sacerdotes Espirituales", aclaró Honoka, cerró su mano para desaparecer esas chispas, luego extendió su palma al barril lleno de agua. "Tengo mejor compatibilidad con los Espíritus del Rayo, pero los demás me escuchan y puedo pedirles que hagan esto", su mano comenzó a moverse como acariciando el viento. El césped comenzó a crecer, los botones que aún no abrían comenzaron a florear, el agua del se desbordó, el cerezo igualmente floreció en la base de la copa pese a estar fuera de estación.
Nagisa no podía creerlo, miró a Honoka con inmensa sorpresa. "Tú puedes bendecir la tierra", murmuró la guerrera.
Honoka asintió. "Ahora imagina lo que harán los del Consejo conmigo si consiguen los contratos y tienen éste poder a su disposición…"
No era un escenario difícil de visualizar. Con los contratos exclusivos y el poder de Honoka, esos sujetos iban a tener productos para mercar de manera ilimitada. Y a saber si la obligarían a tener hijos que posiblemente heredarían ese poder. Pensarlo era horrible. Miró a Honoka con tristeza. Nagisa no pudo contenerse, tomó sus manos.
"Te protegeré de esos sujetos, lo prometo", dijo con su gesto cargado de temor. "Tu poder… Tu poder es hermoso, te protegeré hasta que seas libre del Consejo", continuó.
"Gracias, Nagisa", respondió Honoka con una sonrisa que no pudo contener, así como tampoco resistió el deseo de enredar sus dedos con los de su Prometida. "Con éste poder ayudaremos a tu pueblo. Saldremos mañana mismo", dijo enseguida.
"¿Sabes?" Nagisa recuperó su sonrisa, más al sentir la calidez de las manos de Honoka. "Pensé que yo era la única que podía hacer eso de las chispas", dijo y sus manos igualmente soltaron las chispas de un rayo. Ninguna sintió daño alguno entre sus manos, al contrario.
Honoka abrió los ojos con sorpresa. Sonrió.
CONTINUARÁ…
