Algunas veces el Amor es…
Por: Escarlata
Precure pertenece a Toei, el plot es mío.
Parte 4 Un Paisaje Nuevo
El viaje había sido entretenido a su modo y permanecer juntas ayudó a que ambas chicas se conocieran mejor. No tenían muchos gustos en común, pero sin duda tenían mucho para platicar precisamente gracias a eso.
Honoka descubrió que Nagisa no era particularmente brillante en el sentido académico de la palabra, pero al contrario de eso, tenía mucha experiencia práctica gracias a su vida en un pueblo tan movido y ocupado. Supo que el padre de Nagisa era herrero y fue él quien forjó su espada con una roca que cayó del cielo una noche, poco después de que Nagisa naciera. Sabía que su madre se encargaba de una pequeña porción de tierra donde sembraba papas. Supo que tenía un hermano tres años menor que ayudaba a sus padres tanto en la herrería como en el sembradío, y que su sueño era aprender el oficio de su padre.
La joven hija de mercantes también supo que Nagisa no tenía madera para ser herrera como su padre, y que en cambio ayudaba a cuidar el pueblo junto con una pequeña patrulla hecha por otras personas de su edad, además solía ayudar en las minas y a su madre con las papas. Era una persona increíblemente activa. Eso le gustó.
Por su lado, Nagisa se enteró, no sin cierto sentimiento de tristeza que no supo ocultar, que Honoka era hija única y que sus padres murieron cuando ella tenía ocho años. El barco donde viajaban sucumbió en una tormenta y ningún pasajero ni tripulante sobrevivió, lo único que se encontró fueron trozos del barco y su bandera. La abuela Sanae desde entonces se hizo cargo de ella y la educó lo mejor posible. En cuanto a los negocios de sus padres, sus ayudantes y un viejo amigo y socio de la familia se hicieron cargo de ellos y hasta la fecha mantenían los contratos justo como sus padres los dejaron.
Por supuesto, ni los ayudantes ni el socio tenían la potestad de alterar los contratos, no cuando los padres de la joven ya habían dejado en claro y por escrito que su hija Honoka heredaría todo lo que ellos habían construido apenas cumpliera la mayoría de edad. Pero había un detalle que sus padres dejaron anotado también: la persona que desposara a su hija también podría trabajar con ella y decidir sobre esos contratos si así lo deseaba.
Esa simple línea fue a la que se aferraron los del Consejo para buscarle un Prometido a la chica lo más pronto posible, alegando que era por su bien. Una vez que Honoka Yukishiro cumpliera la mayoría de edad, el negocio sería todo suyo y nadie más podría entrometerse en sus asuntos.
Dos podían jugar el mismo juego y Honoka se aferró a que en el documento decía "persona" y no "varón", por lo que una mujer podría perfectamente actuar como su cónyuge. La suerte y los mismos Espíritus permitieron que una mujer terminara como su Prometida y Honoka estaba TAN agradecida con el universo. Además la chica le gustaba un poco, ¿para qué negarlo? Nadie le prohibía sentir algo por Nagisa Misumi aunque ésta se portara amistosa con ella y nada más. Tampoco pensaba llegar tan lejos.
Por su lado, Nagisa estaba admirada de la fuerza de voluntad de Honoka. Saber que desde la muerte de sus padres se dedicó a estudiar mucho para seguir sus pasos era algo admirable. Por lo que escuchó de Honoka, aunque era una chica que procuraba a sus vecinos y que era atenta y amable, además de muy popular en la ciudad, en realidad se trataba de un lobo solitario que no tenía amigos ni más personas cercanas además de su abuela y la gente que trabajaba en el negocio de sus padres. Todas esas personas eran mayores que ella. No tenía amigos de su edad. No tenía interés en conseguir novio o salir con un chico, Honoka le dejó en claro que los chicos no le interesaban y a Nagisa le tomó cinco días atrapar las palabras que Honoka dejó en el aire: los chicos no le interesaban, las chicas sí.
Nagisa siempre pensó que esos asuntos de romance las cosas eran entre chicos y chicas, como que ella misma en verdad deseaba tener un lindo y apuesto novio con quien bailar en los festivales y salir a pasear luego de un largo día. Pero al parecer, algunas veces el amor venía en otras formas y eso la sorprendió un poco.
"Entonces… ¿Hay alguna chica que te guste?" Preguntó Nagisa durante el último tramo del viaje. Llegarían a su territorio en un rato más, ¡el viaje les tomó sólo cinco días gracias a esos veloces caballos! ¡Estaba tan feliz!
Honoka rió suavemente ante la pregunta. "De momento no estoy en posición de buscar novia, así que debo contenerme un poco", respondió. No le diría a Nagisa que la persona que le estaba llamando poderosamente la atención era ella. No había razón, no cuando escuchó que el deseo de Nagisa era casarse con un chico lindo y fuerte y tener una familia y una hermosa casa como la de sus padres, y vivir felices para siempre desde luego. "A decir verdad, lo que más me preocupa ahora es asustar a tus pretendientes si nos presentamos como Prometidas en tu pueblo", dijo la chica, repentinamente seria.
Nagisa puso un gracioso gesto de derrota y Honoka lo notó.
"No te preocupes por eso, no tengo pretendientes en mi pueblo", dijo, claramente lamentándose por ello. "Digo, soy amiga de todos ahí y los adultos me adoran, tengo amigos y amigas pero… Nadie se me ha declarado hasta el momento".
Honoka frunció el ceño. "Eso no es posible, eres muy linda y fuerte", declaró, seria y enfadada. "Deberías tener muchos pretendientes".
Nagisa se sonrojó mucho al escuchar eso y miró a un lado. "Bueno, confieso que tuve uno y no negaré que lo intenté y salí con él aunque no me atrajera. Pensé que con el tiempo podría gustarme", suspiró hondo, decir eso no la dejaba bien parada. "Pero no me gustó, se lo dije y él lo entendió", al menos fue un chico comprensivo, por eso seguían siendo amigos.
"Ya veo", Honoka volvió a mirar al frente. El cambio de clima y de paisaje era visible. A pesar de que la vegetación no era tan predominante como en zonas que ya habían pasado, seguía teniendo su encanto. Había canteras de un tamaño respetable, seguramente donde trabajaban los locales. Aún a la distancia adivinó qué material era. "Todo eso es piedra caliza, ¿verdad?" Preguntó Honoka, saliéndose del tema sin querer.
Nagisa sonrió. "Sí, aquí mismo se separa el material y se manda para pedidos grandes. Las minas de las que te hablé están cerca de aquellas montañas, te las mostraré cuando lleguemos".
"Me encantaría", la hija de mercantes se notaba contenta. Su Prometida no hizo más que negar suavemente con la cabeza.
Honoka era lista pero claramente le faltaba mundo por conocer y al menos en eso quería ayudarla. Los caballos subieron por una colina y finalmente pudieron ver todo el paisaje. Lamentablemente, no había una razón para maravillarse como normalmente pasaría, no cuando Honoka vio desde el mejor de los sitios la destrucción que habían dejado los deslaves que provocó la tormenta. Estar rodeados de colinas y canteras tenía sus riesgos.
Honoka puso un gesto serio y se detuvo.
"¿Ese es tu pueblo?" Preguntó, señalando la zona al centro del paisaje. Era un asentamiento bastante grande, había muchas casas coloridas, pero calculó que al menos la mitad de ellas quedaron enterradas por el alud de tierra y lodo que bajó desde las colinas. De su mochila sacó unos prismáticos que se usaban para navegación y que fue uno de los últimos regalos de cumpleaños que sus padres le dieron. Pudo ver la destrucción a detalle. "Tienes razón, los campos quedaron arrasados y los ríos alrededor siguen con lodo. Esa agua no se puede beber", suspiró hondo. "¿Tienen pozas de agua?"
"Sí, un par, pero una de ellas se llenó de lodo y la otra apenas da abasto", explicó Nagisa con desagrado de sólo recordar que también la linda plantación de papas de su mamá quedó afectada. "Las minas están inundadas también".
Honoka decidió bajar del caballo. "Los espíritus siguen alborotados por culpa de la destrucción", cerró los ojos y se dejó acariciar por una suave brisa. "¿Puedes oírlos?"
Nagisa cerró los ojos y se concentró. Todas esas noches estuvo practicando su comunicación con los Espíritus y podía escuchar sus murmullos si se concentraba, pero aún tenía mucho camino por delante. "Es como si hablaran todos al mismo tiempo".
"Sí, los Espíritus de las Tormentas suelen dejar mucho alboroto a su paso, sobre todo entre los Espíritus que conviven con las personas", explicó Honoka. Enseguida miró a Nagisa con una sonrisa. "Desde aquí puedo trabajar". Así nadie las vería, no necesitaba a la Orden Espiritual detrás de ella también.
"¿En serio?" Nagisa sonrió. "¡Muchas gracias, Honoka! ¡Eres increíble!" Bajó del caballo y le dio un fuerte abrazo por culpa de la alegría.
Honoka rió suavemente. "Dame las gracias cuando termine", no quería, pero se tuvo que soltar. Nagisa tenía brazos fuertes y cálidos. Se aclaró la garganta mientras le encargaba sus prismáticos a Nagisa. "Es más amplio de lo que pensé, pero te aseguro que todo quedará como estaba antes", dijo con mucha confianza. "Me voy a agotar", miró a su Prometida con un gesto apenado. "Así que quedaré a tu cuidado una vez que termine".
"¡Yo te protegeré!" Exclamó Nagisa con alegría. "¡Después de todo, soy tu Prometida!" Declaró, señalándose a sí misma con un pulgar y bastante orgullo.
Honoka se ruborizó de manera ligera y asintió, tenía una linda sonrisa en los labios; misma que hizo que las mejillas de Nagisa ardieran de repente. Ambas se aclararon la garganta y Honoka se puso seria. Era hora.
La primera y única vez que Nagisa vio que los Sacerdotes daban la bendición a la tierra fue por medio de las pequeñas esferas cargadas de poder espiritual, el proceso fue más bien simple. Los pequeños cristales se soltaron en la tierra y el aire y todo a su alrededor brilló. En cuestión de minutos todo pareció reverdecer y llenarse de brillo y vitalidad. Pero esa memoria no se comparaba a lo que estaba presenciando en ese momento.
Honoka se quedó de pie donde estaba, se llevó ambas manos al pecho y comenzó a murmurar palabras en tan baja voz que Nagisa no podía escucharla y mucho menos entenderle. La respiración de Honoka era lenta y profunda, los latidos de su corazón eran acompasados y de hecho en cada latido de su corazón, un brillo se expandía desde debajo de sus pies. Dicho brillo avanzaba hacia el territorio que tenían enfrente.
Nagisa comprendió porqué Honoka decidió hacerlo ahí, era demasiado llamativo.
La luz se expandió hasta llegar propiamente al pueblo y sus alrededores y Nagisa abrió los ojos como platos al ver, gracias a los prismáticos de Honoka, que esa misma luz desvanecía como por arte de magia la destrucción y dejaba todo como estaba antes. No sólo eso, las zonas reparadas se notaban más vivas que antes. Además, Nagisa pudo escuchar las voces en el ambiente menos alborotadas, lo que quería decir que los Espíritus se estaban aplacando gracias a la energía de Honoka.
Nagisa miró a su Prometida, estaba concentrada, no había dejado de murmurar lo que imaginó era un rezo, de hecho notó que estaba comenzando a sudar copiosamente. Entre más minutos pasaban, Honoka más sudaba y se notaba un temblor en todo su cuerpo. Nagisa la notó tragar saliva más de una vez, pero su Prometida no perdía el ritmo de su rezo ni de su respiración. Volvió a revisar la zona con los prismáticos y su sorpresa fue enorme al ver que ya todo estaba como antes. ¡Y sólo tomó unos minutos!
"Wow", Nagisa volvió a mirar el paisaje con sus propios ojos. ¡Estaba más hermoso que nunca! Al notar que el brillo se detuvo, percató que las palabras de Honoka también y ésta estuvo a punto de caer al suelo cual muñeca de trapo.
Honoka se quedó sin fuerzas y no tardó en notarse a sí misma en brazos de su Prometida.
"Gracias", dijo Honoka con una sonrisa débil, tenía los ojos cerrados.
"Ah… Ah… Quedaste más cansada de lo que imaginé", Nagisa estaba preocupada. "Estás empapada de sudor", era como si alguien le hubiera vaciado un balde de agua a su compañera, incluso su cabello estaba húmedo.
"Con una siesta y comida estaré bien, no te preocupes", a ciegas y como pudo, Honoka acarició una de las mejillas de Nagisa.
Nagisa asintió muchas veces. "Te quitaré ésta ropa mojada y descansarás mejor, ¿de acuerdo?" Su voz sonaba suave para no alterar a Honoka. "Aún tenemos pan y queso del que compramos en el camino, prenderé fuego y te prepararé café, ¿qué dices?"
"Me… Me encantaría", respondió una débil Honoka antes de desvanecerse.
Si Nagisa no se alarmó fue porque sabía que ella simplemente quedó agotada por el cansancio y dormía. Respiró hondo y cargó a Honoka en sus brazos. Como pudo se llevó a los caballos por las riendas y llegaron a un pequeño claro lejos del camino principal. De momento no pensaba en lo contentos y sorprendidos que debían estar todos en su pueblo, lo que más le preocupaba era el bienestar de su Prometida.
"Gracias por esto, Honoka", murmuró Nagisa y besó la frente de Honoka sin pensarlo.
Al darse cuenta de lo que hizo, se sonrojó y miró a todos lados, como temiendo que alguien la hubiera visto. Pero no, sólo estaban los caballos bebiendo agua y comiendo hierba fresca de los alrededores. Sin perder el tiempo, cumplió con su palabra y encendió una fogata antes de quitarle la ropa empapada a Honoka. Tragó saliva.
"No puedo creerlo", murmuró Nagisa con mucha vergüenza. Los cuerpos femeninos desnudos no le eran nuevos, a veces sus amigas y ella, junto con otras muchachas del pueblo, iban al río a bañarse en grupo cuando hacía mucho calor. No había nada nuevo bajo el sol, pero desnudar a su Prometida lo sintió como algo totalmente atrevido e inapropiado.
Palpó la blusa de Honoka un par de veces, indecisa si hacerlo o no, y bastó notar su palma empapada para saber que no era momento de entrar en pánico. Debía quitarle la ropa húmeda a Honoka o podría resfriarse, además, el haber sudado tanto le haría daño, debía darle mucha agua para reponer líquidos. Más seria y decidida, Nagisa comenzó a desnudar cuidadosamente el cuerpo de Honoka. Debía quitarle todo para que estuviera más cómoda.
"No estamos casadas todavía pero no te preocupes, yo te cuidaré", murmuró Nagisa con la culpa en la espalda mientras alejaba la mirada todo lo posible y, usando sólo su tacto, le quitaba el resto de su ropa interior. No la vio, al menos no del todo, no lo creyó correcto, pero sí pudo ver sus piernas y parte de su torso y no pudo evitar el pensamiento de que la piel de Honoka era muy linda. "Ahora debo secarte", y rápidamente le echó una toalla encima como si fuera una manta. Bastó frotar un poco por encima de la toalla para secarla. "Vaya, eres ligera", murmuró mientras la movía cuidadosamente hasta dejarla cubierta con una manta y recostada en una posición más cómoda. Sonrió al ver el gesto pacífico de su Prometida. "Descansa, Honoka".
Ganas no le faltaban de besar su frente de nuevo, pero ya se había atrevido a mucho. Suspiró hondo para componerse.
"Nagisa…" Murmuró Honoka entre sueños.
"¿Honoka?" Nagisa de inmediato se acercó más para revisarla, pero sólo dormía. Suspiró de alivio y la cubrió bien. "Descansa, anda, yo te cuidaré".
Podía esperar un rato más para llegar a casa, lo importante en ese momento era Honoka y su bienestar. Le debía mucho y le pagaría con creces.
~o~
"¡Vaya, en serio eres preciosa!" Exclamó Rie con alegría mientras tomaba las manos de la acompañante de su hija. "¡Y muchas gracias por ayudarnos!"
"Moví algunos contactos para conseguir un sacerdote espiritual libre", explicó Honoka sin siquiera dudar. Era muy buena mentirosa a decir verdad.
Nagisa estaba sorprendida de ver a Honoka tan tranquila. Por supuesto, pensaba seguir esa historia, no quería que Honoka se metiera en problemas.
"¿Segura que no podemos darle algún pago al sacerdote?" Preguntó Takeshi, que había juntado dinero con ayuda de todos los del pueblo, pero jamás vieron al sacerdote y en cambio Nagisa llegó únicamente acompañada de la chica.
Honoka negó varias veces. "No es necesario, al contrario, siento que soy yo quien les quedará a deber todavía por lo que estoy a punto de pedirles".
La pareja se miró entre sí, luego a la visita y finalmente a su hija.
"Nagisa, ¿qué está pasando?" Preguntó la madre de familia, confundida.
"Ah, mamá, verás…" Nagisa se llevó una mano a la nuca. "¿Podemos hablar en el comedor? Es un asunto bastante complicado, mejor sentémonos". A decir verdad, Nagisa no tenía idea de cómo iba a abordar el tema su Prometida, pero confiaba en ella.
Los cuatro se sentaron en la mesa de la cocina-comedor de la modesta casa de los Misumi. Honoka, por supuesto, agradeció a su modo el té que le invitaron.
"Vaya, el sabor es muy fresco", murmuró Honoka con asombro. "Éstas hojas de menta tienen un sabor delicioso, muchas gracias".
"Por nada, señorita Yukishiro", dijo una encantada Rie. Miró a ambas chicas. "¿Y bien? ¿Qué es eso de lo que quieren hablar?"
Nagisa se aclaró la garganta. "Mamá, papá", tomó aire de manera honda. "Verán, por una serie de eventos que ya les explicaremos, terminé comprometida en matrimonio con ella".
A Rie casi se le caía la taza de la mano y Takeshi se atoró con el té y tosió un poco. Apenas la pareja se compuso, miraron a las chicas con un gesto complicado de describir. Honoka decidió tomar la palabra ahora que Nagisa había abierto el tema. Mantuvo su gesto sereno y calmado, su voz era firme y suave como de costumbre.
"Nagisa se batió a duelo con mi anterior Prometido", comenzó a explicar Honoka, "y lo hizo por una razón justa pero sin saber las consecuencias de su victoria", continuó y miró con seriedad a la pareja. Decidió ser completamente sincera al menos en el asunto de su compromiso matrimonial, así que siguió hablando sin omitir los detalles sobre su situación.
Los padres de Nagisa escuchaban con la misma seriedad y haciendo preguntas ocasionales. La sorpresa y confusión de ambos pronto se transformó en preocupación ante el escenario que tenían enfrente.
"Sé que es una situación demasiado complicada, pero así se dieron las cosas", finalizó Honoka luego de monopolizar la conversación con sus explicaciones. "Por lo tanto me disculpo por poner a su hija en éste aprieto, nunca fue mi intención meterla en problemas", dijo y se inclinó ante los padres de Nagisa, sinceramente avergonzada. "Lamento mucho todo esto".
"Honoka…" Nagisa miró a su compañera. No esperaba que Honoka aún se sintiera culpable por el tema de su accidentado compromiso matrimonial. Negó muchas veces. "Yo acepté ser su Prometida. Además me ayudó a conseguir un sacerdote espiritual con sus contactos. Fue nuestro trato", dijo de inmediato.
Takeshi fue el primero en recuperar el piso, se cruzó de brazos y miró a la visitante. "Entonces… Su compromiso durará hasta tu cumpleaños, ¿verdad?" Preguntó con seriedad.
Honoka asintió. "Apenas sea mayor de edad, podré tomar el control del negocio de mi familia y el Consejo ya no tendrá poder sobre mí".
"Esas personas podrían hacerte daño, pequeña", dijo Rie con clara preocupación.
"Me necesitan viva. Si me pasa algo, el mismísimo Rey tomará cartas en el asunto y eso no les conviene a los del Consejo", dijo Honoka con mucha seguridad para calmar a los padres de Nagisa. No estaba diciendo mentiras, por cierto, aunque la verdad completa era otra.
Rie y Takeshi se miraron entre sí con seriedad y asintieron, para enseguida mirar a Nagisa con dureza. Honoka tragó saliva, preocupada por su reacción. Nagisa, en cambio, suspiró con anticipado fastidio.
"Nagisa, debes cuidar de tu Prometida", fue el severo regaño de Rie.
"Ya lo sé y ya lo estoy haciendo, mamá", respondió Nagisa, fastidiada.
"Tu espada es fuerte, resistirá lo que sea, pero recuerda que quien sostiene la espada eres tú", dijo un serio Takeshi.
"Ya lo sé…"
"Además debes ser amable con ella y muy respetuosa, ¿entendido?" Continuó Rie sin relajar su gesto.
"Lo soy…"
"Sirve que aprendes buenos modales al lado de una señorita bien educada, nosotros no pudimos enseñarte aunque lo intentamos", se lamentó Takeshi de manera exagerada.
"¡Oye! ¡No soy una salvaje!"
Honoka parpadeó dos veces con un gesto de sorpresa antes de echarse a reír de una linda manera y con su voz dulce y clara. Los Misumi le miraron antes de sonreír y fueron los padres de Nagisa quienes ahora sentían pena por la chica por una razón en especial: era huérfana de padres, cuidada por una abuela que si bien la crió correctamente, había cosas que no se podían sustituir. Rie se puso de pie y puso su mano en la cabeza de Honoka, ésta calló al sentir el cálido tacto materno, incluso abrió los ojos un poco más antes de mirarla con algo de sorpresa en el rostro.
"Señora Rie…"
"Mi hija cuidará de ti, pequeña", dijo la mujer, dulce y maternal. "Además eres bienvenida a éste pueblo y a nuestra casa cuando quieras".
Fue el turno de Takeshi de actuar, palmeó la espalda de la joven con calidez. "Estás dispuesta a hacer un buen trabajo, estoy seguro que tus padres estarían orgullosos de ti".
Esas palabras derribaron a Honoka por completo, se sintió a punto de llorar pero resistió y solamente asintió. No pudo decir nada, tampoco se movió. Por su lado, Nagisa ya se daba una idea de que Honoka seguramente extrañaba a sus padres, pero verla así y a punto de llorar le dio a saber que el tema tenía muy afectada a su compañera. No había nada que Nagisa pudiera hacer por ella en ese aspecto, por suerte, sus padres sí y eso la puso feliz.
"Vendremos seguido de visita, Honoka quiere conocer toda la región y eso tomará tiempo. Debemos volver a la capital, pero vendremos pronto, se los aseguro", dijo Nagisa con una sonrisa enorme. "¿Verdad, Honoka?"
"Sí, Nagisa me contó las maravillas de su hogar y tengo muchas ganas de conocer todo. A decir verdad, no he tenido oportunidad de viajar mucho por toda ésta situación", dijo una recuperada Honoka. Su voz aún sonaba temblorosa pero era lo normal. No quería llorar enfrente de los padres de Nagisa, no era adecuado. Pronto recordó lo otro que quería hablar con ellos. "Estoy consciente de que Nagisa trabaja también para ayudar en casa y no me agrada la idea de llevármela lejos de donde la necesitan", recuperó la sonrisa. "Como ya les explicamos, no nos vamos a casar, pero de todos modos les debo un dote por el año que Nagisa no podrá estar aquí, así que", sin esperar más, de su mochila de viaje sacó un costal de piel del doble de tamaño de su puño y se los dio a los padres de Nagisa… "Espero que esto compense aunque sea un poco que aleje a su hija de su hogar por tanto tiempo".
Nagisa se sorprendió en serio y se sonrojó mucho. "¡Honoka!" Y se horrorizó más al ver que eran muchas monedas de oro. "¡No gano tanto en un año!" Se tapó la cara con pena.
"Esto es mucho, pequeña, no podemos─", dijo Takeshi pero no pudo terminar.
"Por favor, acéptenlo", insistió Honoka con gentileza y enseguida sonrió. "Pueden usar una parte de eso para construir un establo para el caballo de Nagisa".
Rie miró a su esposo y comprendieron que negarse a la joven sería inútil, además, si eso la hacía sentir mejor, lo aceptarían. Takeshi terminó por asentir y ambos miraron a su visita.
"Si vendrás seguido, tendremos que agrandar el cuarto de Nagisa para que estén cómodas y tengan privacidad", dijo la madre de familia, bromeando.
"¡Mamá!" Gritó una avergonzada Nagisa.
Honoka sólo rió.
"Sé que debes volver pronto a la capital", comentó Takeshi. "¿Pero se quedarán al menos ésta noche?" Preguntó.
Nagisa justo recordó que no habían acordado cuánto tiempo se quedarían ahí, sólo estaba al tanto de que debían volver pronto. Miró a Honoka en espera de su respuesta, haría lo que su Prometida creyera más conveniente.
"Los caballos deben descansar, viajamos a marchas forzadas para llegar rápido", explicó Honoka. "¿Está bien si nos quedamos un par de días mientras los caballos se recuperan?"
"¡Por supuesto!" Exclamó Takeshi y miró a su hija. "Lleva a Honoka a tu cuarto para que acomode sus cosas y descansen las dos".
"Les llamaremos cuando esté lista la cena", dijo Rie y le dio un cariño más a Honoka. "Vayan a descansar, fue un viaje largo y luces muy cansada, pequeña", agregó, dulce.
Nagisa se hizo la desentendida ante ese comentario. A pesar de la breve siesta, obviamente Honoka no se iba a recuperar con sólo una hogaza de pan, queso y una taza de café, necesitaba comida de verdad, un baño y una noche de sueño completa. Sí, se veía un poco pálida a decir verdad.
"Honoka se agotó porque no está muy acostumbrada a viajes largos, pero yo arreglaré eso, mamá", dijo Nagisa con una risa muy casual y enseguida tomó a Honoka de la mano para llevarla a su dormitorio. "Ven, vamos, te prestaré algo de mi ropa para que te cambies, somos casi la misma talla", aunque su ropa no era tan bonita y elegante como la de Honoka.
"Vamos", respondió Honoka con una sonrisa dulce, se despidió con un gesto de los padres de Nagisa antes de que ésta la llevara casi arrastrando al dormitorio. Ver a Nagisa avergonzada era lindo, lo admitía.
Ya dentro del cuarto, Nagisa cerró la puerta y abrió la ventana para que entrara algo de aire fresco. Sonrió e invitó a Honoka a mirar el paisaje desde ahí.
"Mira, esto es lo que admiro cada mañana cuando despierto", dijo Nagisa e hizo espacio para que Honoka viera también.
"Wow", Honoka se quedó sin palabras. Podía ver las montañas y varios parches de árboles donde viajaba el río cual enorme serpiente. Sonrió. "Es hermoso. No se compara a lo que yo veo, sólo son casas".
"Cuando viajes como tus padres, podrás ver muchos paisajes".
Honoka sonrió. "¿Sabes? Sería lindo viajar juntas durante éste año".
"Sí, suena a una gran idea", respondió Nagisa sin pensarlo. Miró a su Prometida una vez más, apenada. "Por cierto… Ah… Muchas gracias por ayudarme a reparar mi pueblo. Fue pesado para ti, sigues cansada".
"No fue nada", respondió Honoka enseguida. A decir verdad se agotó más de lo que calculó, quedó bastante drenada y aún se sentía cansada, pero no lo diría. No fue necesario de todos modos, de pronto sintió que Nagisa la cargaba y la echaba a la cama. "¡Nagisa!"
"Ahora vas a descansar otro rato, yo iré a ayudar a mamá con la comida", dijo mientras le quitaba las botas a su Prometida.
"¡Nagisa, puedo hacerlo sola!"
"Lo sé", respondió la muy pilla y aprovechó cuando Honoka se sentó en la cama para poder besar su mejilla. Se sonrojó. "Gracias", dijo con tímida voz y salió corriendo del cuarto.
Honoka se quedó en la cama sujetándose la mejilla y con el rostro rojo como tomate.
"No puedo creerlo", murmuró Honoka y se tumbó en la cama. Huele a ella…
CONTINUARÁ…
