Había perdido el rastro del vehículo en el que viajaba Holmes.

La detective pagó al conductor al acabar la infructuosa persecución y decidió adentrarse entre la multitud para intentar hallar al hombre, lo cual era una tarea titánica: pareciera estarse celebrando algún tipo de evento dada la cantidad de personas que entraban y salían constantemente de los pubs y restaurantes de los alrededores. Después de examinar rápidamente a la muchedumbre, una figura que se movía con rapidez captó su atención: se trataba del detective. "Te tengo", pensó con astucia.

Comenzó a seguirlo a paso apresurado mientras se abría camino y esquivaba a las personas que se le cruzaban. Por unos segundos lo perdió de vista hasta que de nuevo visualizó la cabellera rizada que se movía en dirección a un pub.

La detective se detuvo en la entrada del "Dragon Rojo", uno de los bares más cotizados de la zona y donde había visto entrar hacía unos pocos minutos a Sherlock.

Tal y como sospechaba, el lugar estaba tan lleno que apenas cabía un alma más. Suspiró y se abrió paso hasta llegar a una mesa vacía que se situaba cerca de la barra. Poco después, una chica rubia se le acercó; era una de las meseras. Pese a su evidente agotamiento, la joven se mostró sonriente ante la detective.

—Buenas noches, ¿puedo ofrecerle alguna de nuestras bebidas estrella o prefiere ver el menú y ordenar después?

Stone sonrío.

—Creo que sólo tomaré un vaso de agua. Estoy en servicio —dijo mostrando discretamente la placa en su cinturón.

—Oh, ya veo. Enseguida se lo traigo —contestó la chica al anotar la orden en su libreta y acto seguido tomó el menú de la detective, no sin antes dedicarle una sonrisa más a Stone.

La detective miró a su alrededor en un intento de vislumbrar a Holmes entre la multitud que miraba entretenidamente el partido que se celebraba. Finalmente halló una silueta familiar: recargado sobre la barra se encontraba Sherlock Holmes charlando con una mujer que, si captaba bien la imagen, mostraba indicios de incomodidad por la presencia del hombre.

La detective se vio interrumpida cuando apareció de nuevo la mesera con el vaso de agua que había pedido momentos antes.

—Aquí tiene —dijo antes de colocar el vaso de agua y servilleta en la mesa— ¿necesita algo más?

—Creo es todo, muchas gracias —a tal comentario, la chica asintió.

La mesera se giró para tomar la orden de otro cliente cuando algo captó su atención; la detective siguió la mirada de la chica que parecía estar en dirección a Holmes.

—¿Está todo bien? —preguntó Stone.

—Ehm, sí... es sólo... me parece extraño que hayan permitido pasar a ese vagabundo— señaló hacia Sherlock.

La detective apretó los labios para no reír ante la comparación y pensó que sería una excelente oportunidad para que alguien más se quejara de él y de esa manera tener una excusa para detenerlo. Cuando volvió la mirada, notó que la mujer de al lado del detective empezaba a ponerse más inquieta; fue entonces que se levantó y caminó hacia ellos. Al acercarse se dio cuenta de que la mujer no iba arreglada para una salida nocturna, pues traía ropa deportiva y una maleta a sus pies (pareciera como si recién hubiese llegado de viaje), pero llevaba el rostro perfectamente maquillado.

—Disculpe señorita, ¿hay algún problema? —dijo mirando a ambos.

Sherlock giró los ojos.

—Sí, tú —dijo Sherlock. La detective se limitó a lanzarle una mirada asesina.

—Perfecto, un jodido policía —dijo la mujer que había alcanzado a ver la placa de Stone—. Este hombre ha estado interrogándome toda la maldita noche y yo sólo vine aquí a beber un trago. Lo último que necesito es verme involucrada con policías, así que si va a hacer su trabajo —señaló bruscamente con su bebida a su acosador, derramando unas cuantas gotas en el acto—, ¡quítemelo de encima y desaparezcan de mi vista!

Stone detectó un ligero aliento alcohólico en la mujer.

—Bien, vamos Holmes —Stone hizo un movimiento con la cabeza en señal de que se moviera.

—No pienso ir a ningún lado —le respondió mientras acomodaba una mirada altiva.

La detective, enfurecida, sólo sonrió. Lo último que necesitaba era armar una escena.

—Si no lo hace, lo arrestaré —dijo entre dientes.

—Oh, quiero verte intentarlo —sonrió ante tal desafío.

Acto seguido, Sherlock estaba con la mejilla pegada a la barra mientras la detective le colocaba las esposas, dándole apenas tiempo de reaccionar con un pujido. Lo tomó toscamente de la espalda y lo obligó a caminar hacia la salida mientras todos los presentes observaban.

Una vez estando afuera y después de haberle quitado las esposas, Sherlock la miró indignado.

—¿Qué crees que estás haciendo? ¡Acabas de arruinar la que podría ser la mejor pista que tuviera hasta ahora!

—Espere, ¿de qué rayos está hablando?

—¡Ahrg!... —Sherlock inclinó la cabeza y despeinó violentamente su cabello.

—¿La chica ebria? —le dirigió una mirada incrédula—, ¿en serio? —señaló vagamente al pub—, ¿ésa es su forma de buscar pistas?, ¿acosando mujeres?

—Los testigos no suelen cooperar con la policía —dijo como si fuera algo que le tuviera que explicar con manzanas—. Los individuos alcoholizados son más fáciles de hacer hablar, y ella tiene información que me podría ser útil.

—¿Esto tiene algo que ver con el caso de la bailarina? —preguntó después de un par de parpadeos rápidos.

—Oh, Scotland Yard sigue estando lleno de idiotas que solo ven y no observan —dijo moviendo la cabeza con una cara de profundo lamento; era claro que lo hacía en tono sarcástico.

—Escuche, señor Holmes, si tiene alguna evidencia o pista, tiene que informarme de ello. Ese es el trato que se le ofreció, está bajo un periodo de prueba y….

La detective se vio de pronto interrumpida ante la estampida de fanáticos que salía del bar a celebrar el aparente triunfo de su equipo mientras agitaban banderas y gritaban. Sherlock aprovechó la distracción de Stone para escabullirse entre la turba que saltaba y cantaba. Cuando la detective se percató que había desaparecido, comenzó a buscar a su alrededor; desafortunadamente, este ya le llevaba ventaja.

—¡Esto tiene que ser una broma! —gritó encolerizada mientras avanzaba entre la multitud.

Miró hacia todos lados de la calle mientras caminaba tan deprisa como sus pies se lo permitían. Al llegar a una de las esquinas se topó con la figura de Sherlock a tan sólo unos metros de distancia, justo en el momento que emprendía hacia un callejón. Stone entrecerró los ojos, pero antes de correr, decidió quitarse los tacones.

La joven detective corrió hasta introducirse entre los edificios departamentales, pero sólo se encontró con dos contenedores de basura (los cuales parecían llevar bastante tiempo sin ser vaciados, notó). Elevó su mirada y visualizó unas escaleras de emergencia que parecían llevar hasta el techo de uno de los edificios. "¿Será posible?", se preguntó mientras se decidía entre escalarlas o llamar a Lestrade. Finalmente optó por lo primero. Uno de los contenedores estaba cerca de los peldaños, perfecto para treparse y lograr subir por estos.

Cuando por fin logró llegar al techo, el aire frío golpeó su cara, ambiente que acentuó la sensación gélida y resbalosa bajo sus pies desnudos. Miró al frente y logró distinguir a Sherlock, quien parecía estar midiendo la distancia entre un edificio y otro.

—¡Holmes! —gritó la detective con todas sus fuerzas.

Sherlock miró por encima de su hombro y puso los ojos en blanco.

—¿Es que acaso no piensas rendirte? —dijo en voz alta mientras calculaba mentalmente el espacio que separaba a ambos edificios.

—Soy algo terca —dijo en lo que se acercaba con reserva a Sherlock, que estaba de espaldas a ella— ponga las manos donde pueda verlas.

Sherlock rió como si se tratase de una burla hasta que el sonido del seguro del arma lo alertó.

—¿Acaso piensas dispararme? —dijo en tono escéptico, esta vez sin mostrar gesto alguno en su cara.

—Vamos, de rodillas. Ahora —Stone ordenó seriamente. Estaba harta de la insolencia del detective.

Sherlock estaba seguro de que sólo lo hacía para amedrentarlo. Hizo un movimiento brusco al intentar saltar pero antes de que pudiera siquiera moverse el sonido de una detonación lo paralizó.

Lestrade estaba hecho una furia. Dio un largo trago a su café mañanero; inhaló y exhaló profundamente, necesitaba tranquilizarse. Intentaba controlarse antes de tener que entrar a su oficina, donde la detective Stone y Sherlock esperaban sentados.

—Brillante —escupió ácidamente la palabra mientras miraba a todas partes dentro de la oficina.

La detective le lanzó una mirada poco amigable.

—Yo no fui el idiota que quiso lanzarse de un edificio —dijo imitando el tono sarcástico de Holmes.

—No iba a lanzarme, si hubiese querido lanzar a alguien habría sido a ti —alzó ambas cejas.

Ambos se limitaron a lanzarse dagas con los ojos cuando fueron interrumpidos por el Inspector Lestrade. El hombre se sentó bruscamente en su asiento y se unió a la competencia: ya verían quién sería el triunfante en matar con la mirada.

—Y… bien, ¿alguien me puede explicar cómo es que terminaron en la azotea de un edificio, protagonizando una escena suicida con una detonación de arma? —dijo elevando la voz gradualmente, apretando los dientes e intentando mantener la compostura.

Nadie contestó.

—Creí que estaba armado, seguí el protocolo y… —Sherlock levantó una ceja y lanzó una mirada de sorpresa hacia la detective.

—¿Armado? —redirigió sus ojos a Lestrade—, vaya creí que era estúpida pero sin duda su IQ es mucho más bajo que el de Anderson —dijo mordazmente.

—¿Sabe?, creo que será imposible no partirle la cara —dijo la detective, también mirando al Inspector Lestrade.

—¡Suficiente!, cierren la maldita boca —su paciencia había llegado al límite—. Detective Stone, cuando pregunté por usted, sus superiores aseguraron que era alguien capaz de mantener la calma y retener la cabeza fría para situaciones estresantes con individuos como —buscó la palabra—… él —dijo señalando con la mano a Holmes, quien arrugó el entrecejo.

—Está respirando, qué mayor prueba de mi paciencia que eso —dijo enarcando una ceja.

Lestrade le dio crédito por ello a la detective, aunque no lo dijo en voz alta. De algún modo, sabía que cualquier otro pobre diablo en su lugar le habría partido desde hace mucho la cara a Holmes o, en el peor de los casos, dado un tiro.

Mientras, Sherlock miraba su abrigo, el cual no había tenido tiempo de inspeccionar después de tanto tumulto. Después de unas pocas palpadas descubrió un orificio de bala situada un poco más abajo del brazo.

—¡Arruinó mi abrigo! —culpó indignado a la detective.

Stone levantó ambas cejas.

—Fallé, ¿eh?... qué mal —dijo como si fuera algo de poca importancia.

Pero antes de que iniciaran una nueva riña, Lestrade golpeó fuertemente la mesa con las manos. Ambos dieron un respingo y miraron al Inspector.

—Escúcheme bien —apuntó con el dedo a los dos—: espero que esta sea la última vez que los vea en mi oficina por un asunto así —dirigió su dedo específicamente Stone—, o le aseguro que pasará el resto del año detrás de un escritorio rellenando papeles —esta vez señaló con el dedo hacia Sherlock—, y tú sólo resolverás casos de gatos extraviados. Pueden irse.

Ambos asintieron y salieron de la oficina.

Lestrade se percató de los pies descalzos de la detective antes de verla salir, pero prefirió no ahondar en el asunto y se tomó su tiempo para dar un largo suspiro.

Stone caminó hasta su escritorio y se dejó caer sobre su silla.

—Vaya, tan pronto conociste al fenómeno y ya está dándote problemas, ¿eh? —dijo la detective Donovan en lo que se recargaba en la orilla del escritorio.

—Rellenar papeles suena más atractivo ahora —se pasó la mano por el cabello y suspiró.

Sally le dio una palmada en la espalda para animarla.

Stone abrió uno de sus cajones para buscar el formato para su primer informe pero se detuvo cuando se percató que hacían falta varias de las carpetas que estaba segura había guardado esta mañana.

—¿Ocurre algo? —preguntó sally al ver el rostro de preocupación de la detective.

—Creí haber guardado unos documentos pero… no están —dijo revoloteando el cajón de su escritorio.

"¿Será posible?", pensó y miró a su alrededor.

—¿Has visto a Holmes? —preguntó a Sally, quien negó con la cabeza.

—Estuvo aquí hace como quince minutos, creí que te estaba esperando.

—No habría razón para que me esperase… —la detective apretó las manos tanto como pudo, ¡podía apostar a que el chico rulos se había llevado las carpetas!, ¿a quién más podrían interesarle casos sin resolver?

Stone se levantó tan deprisa que no dio tiempo a Donovan de reaccionar.