Sherlock miró por enésima vez la pantalla de su celular, había iniciado hacía más de una hora su tirada de mensajes y John seguía sin responder. Bruscamente cerró la computadora y se dejó caer pesadamente sobre el sofá. ¡Tenía una magnífica pista!, pero no podía arrancar debido a la prohibición de salir sin supervisión, aunado a ello estaba el día libre de la detective Stone, el cual era justo hoy. Sólo pensar en ella lo ponía de un pésimo humor.
Holmes la catalogaba como al resto de Scotland yard: alguien inútil pero que por el momento era (forzosamente) la llave para el acceso de casos interesantes. Después de compadecerse un largo rato, un golpe mental le hizo reparar en el hecho de que, realmente, no sabía mucho sobre la vida de la detective. Fuera de lo que pudo deducir en el primer encuentro, no tenía claro el motivo de su transferencia a Londres y solo había logrado desvelar argumentos pocos claros por parte de Lestrade. No es como si estuviera realmente interesado en saber más, después de todo, no era tan importante. Una policía recién ascendida a detective que cambió de pronto a una unidad donde sin duda sería tratada como un novato... ¿quién rayos aceptaría una transferencia con ese panorama?
En el intervalo donde debatía internamente sobre husmear en los archivos de Scotland Yard recordó la existencia de un pequeño papel, el cual se encontraba atravesado con el abrecartas sobre la chimenea. La visita de la chica de hacía tres días le había dado la dosis necesaria de adrenalina para mantener a distancia los demonios que aguardaban ocultos desde la cómoda de su habitación. Se levantó del sofá y fue a su cuarto, donde empezó a indagar entre la ropa esparcida por todo el sitio hasta dar con una camisa limpia en medio del caos.
—Aburrido —dijo Holmes mientras terminaba de abotonar su camisa. La idea de usar a su hermano como atajo para obtener el archivo de Stone le parecía un desperdicio de recursos; además, Mycroft no accedería sin un motivo que justificara tal acción.
Luego de una rápida búsqueda en Internet, ojeó la fotografía del sujeto que sonreía frente a la corte de justicia de Londres. Era sin duda alguna un hombre con un alto cargo y contactos de poder.
Tecleó velozmente un mensaje en su teléfono antes de tomar su abrigo y bajar para salir. Una vez abordado el taxi, miró su reloj: no podía hacer más que esperar pacientemente a que el remitente lo leyera y se presentara en la dirección enviada.
Necesitaba hacer tiempo antes de ir al lugar acordado, así que le indicó al chofer que se fuera por la ruta más larga y se reclinó contra el asiento mientras observaba las ruidosas calles de la ciudad a través de la ventana.
¿Realmente se había convertido en ese tipo de persona?, ¿alguien que debía seguir las reglas, pedir permiso para dar un paso cada vez que encontrara una pista? Repudiaba esa idea.
Sin pensarlo dos veces le indicó al chofer que se dirigiera de inmediato a la dirección que le había mencionado en un inicio.
La brisa fría de la mañana espabiló la mente de Sherlock, y tan pronto bajó del auto, se acomodó el abrigo y se dirigió a la entrada de unos de los edificios que sobresalían por su arquitectura barroca. Subió los grises escalones y atravesó una gran puerta donde entraban y salían personas que en su mayoría portaba costosos maletines de piel y grandes abrigos oscuros. Una vez dentro, se topó con un impresionante y amplio pasillo. Las paredes portaban una variante gama de tonalidades grises a juego con una gran alfombra ceniza y oscura, y las columnas acompañantes asemejaban al mármol con bustos de grandes pensadores griegos en cada una de ellas.
Sherlock enarcó una ceja y caminó hasta llegar a un amplio vestíbulo; la chica que se encontraba detrás del gran mostrador negro estaba tan concentrada en la pantalla de la computadora que no fue consciente de la presencia de Holmes hasta que éste se aclaró la garganta, haciendo que la mujer diera un pequeño respingón. Se acomodó los lentes de pasta gruesa para mirar bien al hombre de cabello rizado y sonrisa resplandeciente frente a ella.
—¿En qué puedo ayudarlo señor? —dijo intentando no prestar atención al aspecto desprolijo de Holmes.
—Busco al Sr. Gallagher —contestó con una falsa sonrisa que solía usar cuando intentaba lucir afable.
—Lo siento, el señor Gallagher sólo atiende con citas programadas —mostró una amplia sonrisa que desapareció tan pronto notó el cambio en el semblante del hombre frente suyo—, pero podría agendarlo para la siguiente semana —se apresuró a decir, no quería que el hombre armara un alboroto.
—Usted no comprende —dijo recargándose sobre el mostrador—, tengo que verlo —insistió apretando fuertemente los dientes.
La chica deslizó la silla hacia atrás y encaró al pelicurvo pese a que sus manos temblaban.
—Llamaré a seguridad —advirtió en lo que tomaba el teléfono para marcar pero el hombre la tomó desprevenidamente por la muñeca.
El grito de ayuda de la mujer atrajo la atención de un grupo de personas que esperaban sentadas en uno de los muebles del lobby.
Dos guardias acudieron y tomaron por los hombros a Holmes que forcejeó pero fue finalmente sometido por ambos, quienes lo esposaron y sentaron en uno de los sofás de cuero negro del lobby mientras los curiosos miraban.
—¿Es que acaso no puedes estar lejos de los problemas? —escuchó Sherlock en el instante que los guardias lo sentaban a la fuerza. Levantó la vista para encontrarse con un par de ojos castaños que lo tenían fijo con una mirada reprobatoria.
La detective Stone suspiró con pesar mientras se tallaba la frente con la palma de su mano derecha, preguntándose qué haría con aquel hombre que sólo parecía poner a prueba su paciencia y a quien debía agradecer por haber interrumpido su tan esperado día libre.
Holmes, por su parte, dedujo que John le había clavado la estaca por la espalda al avisarle a Stone sobre sus planes; no podía odiar a su mejor amigo pero habría preferido a Lestrade y a toda su flota de inútiles, incluso la sargento Sally, aunque esta última era un hígado en igual o menor medida que Stone. La indignación no se quedaba corta. Quizás sí lo odiaba un poquito.
—Estoy trabajando —dijo alzando ambas cejas en un intento por mantener su orgullo a flote pese a estar esposado.
—¿Trabajando? —Stone se cruzó de brazos y sonrió sarcásticamente.
Uno de los guardias se acercó a ellos.
—Disculpe, señorita, ¿lo conoce? —dijo mirando a Stone y señalando con el índice a Sherlock, quien torció la boca.
—Sí —respondió con cierta vergüenza—, ¿podría…? —sonrió y señaló hacia las muñecas de Holmes. Al notar la desconfianza del hombre, buscó dentro del bolsillo interior de su chaqueta y mostró su placa— Recibí el reporte, yo me haré cargo —el hombre no tenía por qué enterarse de la mentirilla, algo necesario por hacer si quería resolver lo antes posible el asunto y devolver al rizado a Baker Street para poder disfrutar del resto de su día en paz.
El guardia procedió a abrir las esposas y una vez hubo terminado, el exprisionero se talló sus adoloridas muñecas.
—Su amigo, el Doctor Watson, sin duda lo conoce a la perfección —comentó Stone en lo que el otro se acomodaba la bufanda del cuello y refunfuñaba sobre su "camarada"—, aunque pareció darle el beneficio de la duda —Holmes enarcó una ceja ante el comentario.
Por la expresión del hombre, la detective dedujo que debía aclarar.
—No me dijo explícitamente que estabas aquí, pero cuando me marcó esta mañana preguntándome si estaba en Baker Street, supuse que algo no estaba bien —Stone suspiró al notar que no se había equivocado—, y, bueno... heme aquí, después de tres turnos seguidos, sin desayunar y sin disfrutar de mi día libre —sentenció disgustada.
Holmes se levantó del sofá y dio un vistazo de arriba a abajo a la detective.
—Quizás la próxima vez deberías priorizar el desayuno por sobre actividades… físicas —alzó ambas cejas—, y por tu mal humor no parece ser una fuente confiable de endorfinas.
El rostro de la detective reflejó incredulidad ante lo dicho por Sherlock, y cuando finalmente comprendió sus palabras, sintió sus mejillas enrojecer y abrió la boca indignada para replicar.
—Tú... —dijo alzando ambas manos y cerrandolas en forma de puño para contener sus ganas de apretarle el cuello a Holmes— iré por un café —dijo exasperada, dejando caer sus manos derrotadas mientras se giraba para buscar la máquina expendedora que había visto cuando entró al edificio.
—Negro con dos de azúcar —le encargó Sherlock, quien empezaba a teclear en su teléfono.
—Para MÍ —replicó en voz alta. Holmes alzó la vista hacia la detective que se alejaba y torció la boca.
Stone miró sin mucho ánimo la máquina expendedora roja que tenía frente a ella. No parecía tener alternativa, habría preferido un chocolate caliente pues el café solía agravar mucho más su ya recurrente insomnio. Mientras esperaba que la máquina surtiera el vaso, sus pensamientos deambularon hasta escuchar la voz de Evans diciéndole "quédate". Su teléfono había sonado esa mañana luego de haber tomado una larga ducha y prepararse para pasar el resto del día junto a su novio como recompensa después de una semana de dobles turnos. La vida en Londres era demasiada cara para costear con su sueldo de policía de Scotland Yard; desafortunadamente, el ascenso a detective no trajo consigo un aumento a su salario, lo que la había obligado a tomar turnos extras y algunas veces prestar sus servicios como guardia privado. Al final su intuición para los problemas fue más fuerte y terminó contestando la llamada de Watson, algo por lo que ahora se lamentaba.
El fuerte ruido de la máquina la sacó de sus cavilaciones; tomó el vaso que rebosaba, lo limpió con una servilleta y al virar se topó con su reflejo en la puerta de cristal de la entrada principal. Fue entonces que notó que su cabello castaño cayendo sobre sus hombros, el vestido negro floreado con medias y botines negros y su maquillaje al que le había dedicado más tiempo del usual, parecían estar arruinados por su habitual chaqueta de piel negra que usaba comúnmente para el trabajo. Suspiró y alzó la vista al techo.
—¿Por qué me odias? —preguntó casi en un susurro con la esperanza de que alguna fuerza cósmica le diera una respuesta.
Giró y dio un respingo al toparse con Holmes que también miraba hacia el techo. Stone arrugó el entrecejo esperando un comentario burlesco de parte del rizado.
—Hay cámaras de seguridad —comunicó Sherlock y Stone siguió su mirada hasta la esquina del techo del edificio—, tenemos que entrar a su oficina —sentenció con tono seguro.
—No vamos a irrumpir en una oficina —dijo escandalizada pero en tono quedo.
—No vamos a perder tiempo con burocracias —bufó Holmes, pero ante la expresión de Stone que no parecía tolerar nada de ilegalidades, no tuvo más opción que aceptar su manera.
Ambos caminaron de vuelta al área de recepción, pero esta vez fue la detective quien intercambió palabras con la chica rubia del mostrador que lanzaba miradas asesinas a Sherlock. Luego de un par de minutos y tras mostrar su placa a la joven, ésta accedió a llamar a la oficina del abogado.
Un hombre rubio y de ojos verdes salió de uno de los elevadores y se dirigió hasta Holmes y la detective.
—Buenas tardes. Soy Mark, el asistente del señor Gallagher, él llegará en un par de minutos. Por favor síganme —les indicó que lo acompañaran al ascensor y marcó el botón número cuatro.
El elevador se detuvo en el cuarto piso donde descendieron y fueron guiados por el hombre rubio, quien los condujo hasta una enorme oficina que Holmes consideró bastante familiar en diseño.
—¿Desean algo de beber? —dijo mirando a ambos.
—Un vaso de agua estaría bien —dijo Holmes sonriendo. La detective pidió lo mismo.
El hombre asintió y salio de la oficina cerrando las puertas tras de sí.
Tan pronto se cerraron las puertas, Sherlock empezó a inspeccionar uno de los muebles de la elegante oficina.
—¿Se puede saber que estás haciendo? —inquirió Stone en voz baja sin despegar la vista de la puerta.
—Aaaah… buscando un libro —respondió Sherlock dándole la espalda mientras hojeaba una libreta.
Stone rodó los ojos y caminó hasta Holmes para extender su mano. El hombre levantó la vista hacia la detective.
—Qué —dijo secamente.
—El libro —movió los dedos en señal de que se lo entregara.
Holmes torció la boca y extendió la libreta hacia la mujer, pero esta apartó la mano antes de tomarla y la dejó caer. Holmes miró la libreta abierta en el suelo y luego a Stone.
—Ups —expresó la detective alzando ambas cejas.
Sherlock la miró con sospecha.
—Vaya… —Stone puso sus manos sobre su cintura— ¿podrías recogerla por mi? —dijo sonriendo.
Al caerle el veinte, Holmes se agachó cuidadosamente para recoger la libreta y aprovechó para husmear de reojo en las anotaciones, que en su mayoría eran citas programadas. La levantó del suelo y la cerró para entregarla a Stone.
—Bien —dijo sonrientemente mientras le entregaba la libreta de pasta gruesa a la detective.
—Borra esa petulante sonrisa de tu cara —sentenció Stone mientras le apuntaba con libreta en mano—. ¿Recuerdas?, "Señor Maravilloso", así que enfócate.
—Vaya, hacía mucho que no escuchaba eso —dijo una voz ajena, causando que Stone y Holmes tornaran hacia la figura parada en la entrada de la oficina.
Era un hombre alto y de porte impecable; desde sus relucientes zapatos oxford, recorriendo por su elegante y oscuro abrigo azulado que contrastaba con sus ojos claros, hasta dar en su cabello castaño perfectamente peinado. Nada estaba fuera de lugar.
Caminó hacia ambos y solicitó con sonrisa en cara la libreta que sostenía Stone.
—¿Me permite? —dijo cortésmente.
La detective extendió la mano y se la entregó. Mentalmente se sermoneaba por haberse dejado atrapar en el acto.
El hombre caminó hacia el mueble donde habían obtenido el cuadernillo y lo colocó nuevamente en su lugar; se giró y se quitó el abrigo para depositarlo en el respaldo de la silla que se ubicaba detrás del enorme escritorio.
—Bien, si es para alguna beneficencia —dijo mirando al desprolijo de Holmes— mi asistente, el señor Mark, podría encargarse sin necesidad que yo estuviese aquí —dijo sonriendo pero sin ocultar que se forzaba a ello.
—No estamos aquí para apelar a su egolatría disfrazada de caridad —espetó Sherlock con una mirada afilada.
—Soy la detective Stone, éste es Sherlock Holmes… detective consultor de Scotland Yard —dijo señalando con un movimiento de cabeza—, a quien le falta un filtro entre el cerebro y la boca —externó a manera de disculpa.
El hombre centró su atención en la detective y en su poco apropiado selección de guardarropa para estar trabajando.
—¿Debería estar impresionado? —enunció en tono burlón, mirando nuevamente a Sherlock.
—Por dónde empiezo… —dijo Holmes arrugando el entrecejo mientras juntaba las palmas de las manos y descansaba el mentón sobre la punta de sus dedos— El lápiz labial en el cuello interno de su camisa: probablemente de la rubia-oh, no olvidemos a la pelirroja con vestido rojo... lo sé por la lentejuela en su abrigo —mencionó señalando hacia una de las mangas—; su sastre hizo un buen trabajo al arreglar la rasgadura de su *chartreux, también se nota que cambió el gemelo izquierdo por uno de imitación para reemplazar el que perdió. Manicura y crema hidratante para manos: la fricción y el sudor le causaron resequedad debido a los guantes de imitación de piel, yo pediría el reembolso de mi dinero. Y para no desviarnos más del tema, dígame: ¿hace cuánto frecuenta el Moulin Rouge? Estoy seguro que desde que lo adquirió, dado a que no se tomó la molestia de cambiar de decorador para mantener la misma línea de estilo barroca pero más narcisista en su oficina y en cuanto a su pregunta… sí, debería estar impresionado —finalizó Holmes mostrando una gran sonrisa petulante.
La detective parpadeó impresionada ante tal demostración; lo había visto hacer eso con ella la primera vez que se conocieron, pero seguía siendo igual de asombroso. Nunca se lo diría en voz alta, claro.
—O.K. —inició Stone con una sonrisa incómoda— estamos aquí por su relación con la señorita Milenka y, bueno… también con el Moulin Rouge —dijo en un intento por hacer desaparecer la tensión que se respiraba en el ambiente.
—Milenka… —articuló apartando la vista de Holmes— oh, qué puedo decirle, fue una magnífica relación, era una mujer bastante… fogosa —dijo formando una sonrisa un tanto lasciva mientras se acariciaba el mentón en lo que la recordaba.
Oliver Gallagher era sin duda un hombre con una enorme confianza en su apariencia, y tal como lo había descrito la chica, un individuo acostumbrado a ser el centro de atención, en especial el femenino. La detective acababa de confirmar de primera mano lo dicho por la prensa del corazón sobre aquel hombre acostumbrado a romances con mujeres hermosas; su seducción era su mejor arma y para una chica como Milenka habría sido la fantasía de lo prohibido, o mejor dicho, una sonrisa que incitaba al pecado. Incluso para Stone, quien estaba en una relación estable, podría haber puesto sus rodillas a temblar si aquel hombre la hubiese tomado con la guardia baja.
—¿Dónde estuvo la semana que Milenka desapareció? —interceptó la voz de Sherlock, haciendo que Stone sacudiera la cabeza para despejar su mente.
—No tuve nada que ver con su muerte —sentenció con un semblante más sombrío—. Fue triste cuando se terminó, pero ella sabía que nuestra relación no era exclusiva. Sin embargo, parece que el corazón roto le duró poco tiempo; según supe, halló alguien nuevo.
—¿Y usted no tuvo problemas con eso? —inquirió Stone.
—Fui yo quien terminó la relación —alzó ambas cejas—. La vida sigue detective. Realmente lamento su muerte, pero como dije, ella halló a alguien más y decidió irse por su cuenta— se encogió de hombros.
—Eso no puede saberlo con certeza —expresó Stone arrugando el entrecejo.
—Creo que he sido lo bastante amable al contestar sus preguntas. Fácilmente pude haberme rehusado, pero no tengo nada que esconder. Pueden preguntar a mi asistente y a la secretaria para corroborar mi coartada —indicó rodeando el majestuoso escritorio para sentarse en la gran silla de piel—. Realmente espero encuentren quién asesinó a Milenka, y por favor no vuelvan a entrevistar a mis clientes sin mi presencia —con un movimiento elegante de la mano hizo el ademán de que podían retirarse.
Sherlock abrió la boca para hablar pero fue interrumpido por el sonido del teléfono de la detective, quien tomó la llamada y segundos después le dedicó una mirada de preocupación a Holmes. Habían encontrado algo.
—Muchas gracias por su tiempo, seguiremos en contacto —Stone asintió con la cabeza y tomó a Sherlock por la manga del antebrazo para sacarlo de la oficina.
—¿Qué ocurre? —preguntó Holmes una vez estado afuera.
—Katherina...—Stone suspiró al notar el semblante serio de Sherlock— la chica que nos contactó el otro día está desaparecida y... ¿el Inspector Lestrade me comentó que tiene información de algo que le pediste? —dijo confundida.
Tan pronto terminó de comunicar la detective, el asistente de Gallagher hizo acto de presencia.
—El señor Oliver me ha pedido que les entregue su itinerario. Si hay algo más en lo que pueda ayudarles, por favor indíquemelo —dijo sonrientemente el joven de los ojos verdes.
—Por el momento es todo —informó Stone—, ya conocemos la salida —a lo que el eyudante asintió y observó cómo el par desaparecía en el elevador. Sonrió y giró de vuelta a la oficina.
Gallagher estaba de espaldas mirando hacia la enorme ventana que daba hacia la ciudad.
—Se han ido —anunció su asistente.
—Bien —asintió tomando un sorbo de su copa de champagne.
Caminó de regreso a su escritorio y alzó la mirada para admirar el enorme cuadro que colgaba de la pared por encima de su cabeza; un imponente animal pintando al óleo con sombríos tonos negros y rojizos se veía acompañado de incalculables constelaciones de estrellas que rodeaban sus grandes y puntiagudos cuernos.
