-Esta historia es una narración de la vida de la reina María de Aragón, que hasta el día de hoy no ha sido debidamente representada en la literatura ni en la ficción. La trama contiene ficción, pero para desarrollar los acontecimientos históricos que sucedieron realmente. Muchos de los personajes pertenecen por completo a Masashi Kishimoto, más otros personajes, los hechos y la trama corren por mi cuenta y entera responsabilidad para darle sentido a la historia. Les sugiero oír "Ojos Así" de Shakira para Sakura, "Carry You" de Fleurie & Ruelle para Hinata, "Diamonds" de Rihanna para Ino y "To Be Human" de Sia para Mirai.


La reina Seina se había enfrentado a grandes dolores en su vida, ser reina la había hecho sentirse realizada como cristiana al hacer la voluntad de Dios, pero no le había traído felicidad como mujer ni madre, es más, había tenido que sacrificar sus sentimientos en pro del bienestar del reino de Castilla, he ahí el lema que la unía a su esposo el rey Pein; Tanto Monta, Monta Tanto, ambos eran soberanos en sus propios reinos, que esperaban hacer uno solo en el futuro. Pero la reciente muerte de su madre, la reina Sumiye, llamada la reina loca por su aparente inestabilidad mental, la había herido profundamente, mas tras celebrarse las exequias correspondientes, la reina católica continuaba preparando el viaje de su hija Hinata a Flandes, donde habría de desposar al archiduque Naruto, heredero del Emperador Minato, y su tía Mikoto había partido de regreso a Portugal para comunicar su exigencia al rey Sasuke para que desposara a la princesa Takara. Sentada ante su escritorio, en las penumbras de sus aposentos y firmando documentos, acompañada por su fiel amigo Hidan Akatsuki, la reina portaba un sencillo vestido negro, de escote alto y cuadrado con bordado de oro, ceñido bajo el busto—sobre una enagua rojo claro de cuello alto y cerrado—, con mangas acampanadas y que se componían de unas inferiores color rojo claro, y unas superiores color negro, falda de una sola capa y un manto de terciopelo gris azulado que cubría sus hombros, a juego con la religiosa cofia que cubría su largo cabello castaño que caía tras su espalda en una coleta.

—Entregad esto al rey, requiero su consejo— encomendó la reina, tendiéndole al noble el documento que acababa de firmar.

—Sí, Alteza— reverenció el Akatsuki de inmediato, mas fue incapaz de abandonar la habitación, ya que algo rondaba por su mente.

—¿Sucede algo, Hidan?— preguntó Seina, leyéndole el pensamiento a su viejo amigo, —podéis decir cuánto queráis.

—Por el amor que os profeso, y por lo que vos sentís por Castilla, me atrevo a revelaros el motivo por el que el rey Sasuke prefiere a la princesa Takara, en vez de a la infanta Sakura— comunicó directamente el noble, consiguiendo la total atención de su reina. —He reflexionado largamente en ello, y si algo torciese los planes sucesorios, la unión del rey de Portugal con la princesa Takara…también sería la mejor opción para Castilla— era osado hablar de la sucesión, pero si él se tomaba aquella libertad, era porque podía ser completamente sincero con su amiga y soberana.

Como madre, a Seina le sorprendió que su amigo y leal aliado considerara tal eventualidad, algo que podría condenarlo a morir bajo cargo de traición, la sucesión era algo que solo Dios y el soberano del reino podían decidir o cuestionar, no los demás mortales…pero si Hidan hacía aquella confesión o suposición, era porque sabía que podía ser completamente honesto con su reina, la niña a quien había conocido hace tantos años, cuando había llegado a la corte, desde Arévalo. La muerte de Sai, imposible en la mente de Seina, como madre y reina, alteraría la línea sucesoria de inmediato, no había más varones en la familia, solo mujeres, el peso del reino un día pasaría a su primogénita Takara, y al hombre con el cual se desposara. Ahora comprendía porque Sasuke quería desposar a Takara, no solo porque era hermosa y porque los portugueses aun la amaran como su princesa, no solo porque fuera mayor y una dama prestigiosa, sino porque un día quizás sería reina de Castilla, y de casarse con Sasuke, los reinos de las Españas y Portugal se convertirían en uno solo. Sin dar a entender que aquella posibilidad la hubiera afectado, manteniéndose estoica y serena como solo ella podía hacerlo, la reina Seina obsequio una ligera sonrisa a Hidan, despidiéndolo y permitiéndolo retirarse para cumplir con la encomienda que ella le había asignado, presentar el documento firmado a su esposo el rey Pein. Pero tras quedarse sola en sus aposentos, levantándose del escritorio, la reina se paseó nerviosamente por la habitación, sin poder apartar de su mente el riesgo de perder a su amado hijo, mortificada y angustiada.

Que su amado ángel, su pequeño Sai, pudiera enfermar y morir le resultaba mortalmente doloroso, y no quería imaginar cuanto habría de sufrir Castilla si aquello llegaba a suceder.


Sintra, Portugal

Cuando Mikoto regresó a Portugal, fue inmediatamente recibida por su hijo el rey Sasuke, que la recibió con un afectuoso abrazo, ofreciéndole sus condolencias por la muerte de su hermana Sumiye, pues había recibido la noticia de la muerte de su tía, como todos en Portugal, a través de una carta del rey Pein, esposo de su prima la reina de Castilla, ambos soberanos con los que se encontraba en disputa ideológica por la mano de su primogénita y las consecuencias que habría de afrontar por ello. El rey portugués portaba una camisa blanca de cuello redondo y mangas holgadas bajo una chaqueta marrón rojizo de cuello alto y cerrado, con mangas ceñidas, pantalones marrón oscuro y botas de cuero negro bajo un abrigo de cuero marrón grisáceo con cuello y hombreras de piel color negro, un atuendo que se asemejaba mucho en color a los usares luctuosos de su madre. Mikoto se encontraba ataviada en un vestido de seda negra hecho a la moda portuguesa, de escote alto y redondo con finas cuentas de oro en el contorno, y un broche en forma de ovalo decorado con perlas y finos hilos de plata que caían en el frente del corpiño, con falda de una sola capa bajo una chaqueta superior de seda negra que permanecía abierta, con mangas ceñidas decoradas con holanes en las muñecas, pendientes de oro con una lagrima al final, y un largo velo negro con bordados de oro cubría el largo cabello azabache azulado de su madre, que sonrió ligeramente cuando el abrazo entre ambos se rompió, agradeciendo que, como soberano, su hijo no se olvidara de los sentimientos de los demás, esa era una de sus mayores virtudes, su buen corazón.

—Querido hijo— suspiró la Uchiha, sintiendo que la alegría le volvía al cuerpo al estar junto a su amado hijo. —¿Recibisteis el mensaje que os envié?— preguntó, forzada a tratar asuntos de estado a su regreso, más tratándose de su matrimonio.

—No me parece buen comienzo aceptar una condición tan imperiosa de la princesa— manifestó Sasuke seriamente, suspirando profundamente con solo pensarlo.

—Hacedlo— exhortó Mikoto de inmediato, aconsejando a su hijo con absoluta libertad.

—¿Y permitir que Castilla dicte la política de mi reino?— repuso Sasuke, sin conseguir estar seguro de tamaña decisión, —¿qué pensaran los nobles?— su poder residía precisamente en la aprobación de los nobles a su reinado y autoridad.

—¿No está en vuestro ánimo expulsar a los herejes del reino?— alegó ella, sabiendo el devoto creyente que era su hijo, y a quien vio asentir en respuesta. —Aceptad entonces la voluntad de la princesa, pues os aseguro que mucho tenéis que ganar— concluyó sabiamente.

Observando severamente a su hijo, Mikoto procedió a explicarle la situación que reinaba en Castilla, con el príncipe Sai de salud frágil como el heredero de ambos reinos y la princesa Takara como la única otra posible heredera, la mejor esposa para un rey, aunque a ella ya no le resultara tan encantadora ni dócil como años atrás, y Sasuke no tuvo otro remedio más que aceptar, sabiendo que se vería beneficiado con aquella unión, la idea de la expulsión de los judíos no le generaba real repulsión, pero no le hacía ningún mal a su política que esos individuos siguieran en su reino, al fin y al cabo se beneficiaba de sus ganancias y ellos de su tolerancia, ¿por qué cambiar esa realidad?, ¿solo por voluntad de los castellanos? Sasuke sabía que, si hubiera aceptado sin protestas su enlace con la infanta Sakura, quizás no habría tenido que enfrentarse a esta decisión, pero ahora no había vuelta atrás, la reina Seina estaba de acuerdo con la expulsión de los judíos, y aunque por algún motivo al azar, ahora Sasuke decidiera rechazar a Takara y volver a prometerse a Sakura, no podría postergar aquella decisión, era un precio a pagar por su propia ambición. Días más tarde, en Castilla, y tras obtener una respuesta del rey Sasuke, notificándole que los judíos serían expulsados de Portugal, la reina Seina ingresó en los aposentos de su primogénita la princesa Takara, a quien encontró ante su reclinatorio y orando con fervor como siempre, volviendo la mirada hacia ella y realizando ceremoniosamente la señal de la cruz, terminando sus oraciones y dedicándole toda su atención, con el corazón latiéndole vertiginosamente dentro del pecho.

—Es mucho lo que Castilla y la cristiandad, deberán a vuestra voluntad— afirmó la reina a su hija, con gran admiración. —Vuestro destino va a cumplirse, seréis reina de Portugal— proclamó orgullosa, pero al mismo tiempo expectante por su reacción.

Suspirando de forma inaudible, liberando el aire que había estado conteniendo durante todo ese tiempo, silentemente ansiosa por la respuesta que habría de recibir del rey Sasuke, esperando o más bien anhelando que él la rechazara, Takara se sintió decepcionada, sintió un yugo en la parte de atrás de la nuca, como si alguien le dijera que sería reina de Portugal, pero por poco tiempo, no veía que su vida llegara mucho más allá de lo que ya había llegado, sentía que entraba en una cuenta regresiva y eligió no compartir este sentir con nadie. Esbozando una ligera sonrisa tras las palabras de su madre, sin protestar, pues Dios había aceptado que Sasuke y ella se convirtieran en marido y mujer, Takara pronto volvió a encontrarse sola en sus aposentos, pues su madre se marchó para atender otros asuntos de estado, dejándola a solas con Dios, a quien se encomendó con todo su corazón y fe, pidiéndole que la ayudara a aceptar aquel azar impuesto contra su sincera vocación de permanecer viuda y volverse religiosa, ¿Por qué no podía llevar la vida que tanto deseaba?, ´¿qué mal le hacía a reyes y soberanos que la obligaban a volver a contraer matrimonio? Takara se reprendió por tener aquellos pensamientos, ¿qué importaba la voluntad de los hombres o reyes del mundo? Dios estaba de acuerdo en unir su vida a la de Sasuke, todo apuntaba a ello, y como sierva de Dios, era deber de Takara obedecer y eso es lo que haría, aunque su corazón sangrara dolorosamente y sintiera que había traicionado a su hermana Sakura…


Puede que Takara se hubiera resignado dolorosamente a que no quedaba otro camino en su destino que someterse a la voluntad de Dios y sus padres, pero cuando Sakura escuchó la noticia de labios de su madre la reina Seina, decir que se le había roto el corazón era poco para expresar el inmenso dolor que sentía. Su hermana Takara había proclamado durante años que no deseaba volver a casarse, que deseaba ser una modesta y penitente viuda, llorando hasta el fin de su vida por su querido Izuna, pero ahora todo eso le parecía mentira. Enlutada como todos en la corte, dado el reciente fallecimiento de su abuela, la reina Sumiye, la infanta Sakura se conducía con gran dignidad por los solitarios pasillos, intentando en vano ser alcanzada por su hermana Takara, sus largos cabellos rosados caían tras su espalda en una espléndida cascada de rizos, perfectamente arreglada y adornada por una bella diadema de oro de tipo cintillo decorada por perlas, y portaba un vestido negro de largas mangas ceñidas a las muñecas, decoradas con encaje y bordados dorados y plateados en franjas, y en el centro del corpiño que se entallaba perfectamente a su esbelta figura, de escote cuadrado y con falda lisa, con encaje y bordados dorados y plateados en el dobladillo. Lo que más hería a Sakura, es que su hermana Takara había puesto sobre la mesa la exigencia a Portugal de que los judíos debían ser expulsados del reino para casarse con Sasuke, no lo habían hecho sus padres ni el mismo rey de Portugal, había sido ella, ¿cómo podían pedirle a Sakura que no estuviera furiosa?

—Sakura, entended, por favor— rogó Takara, sujetando del brazo a su hermana, haciendo que se detuviera y volteara a verla.

—¿Qué queréis que entienda?— cuestionó Sakura, apretando los dientes con furia, conteniendo lo mejor posible sus emociones.

—Esta decisión no ha sido mía, sino de nuestros padres— recordó la princesa, pues Dios era testigo que no deseaba volver a casarse.

—¿Y qué habéis hecho vos?— preguntó la infanta al aire, sosteniéndole la mirada. —Aceptar, vaya duelo— si ella estuviera en su lugar, no quebraría su voluntad ante nadie.

—No tenía opción…— intentó explicar Takara, apelando a la bondad en el corazón de su hermana.

—¡Si la teníais!— interrumpió Sakura, alzando la voz al oír sus palabras. —Podríais haberos negado, defender vuestro amor por Izuna— obvió, pues el amor debería moverla lo suficiente como para arriesgar su vida y honor de ser preciso. —Sois falsa, vos y vuestras lágrimas— acusó con la voz cargada de veneno.

Una parte de Sakura aún quería aferrarse al pasado, ese pasado en que ella y sus hermanas eran instruidas para ser las joyas de Castilla y Aragón, princesas o infantas que llegaran a ser la envidia de toda la cristiandad, Takara como la inalcanzable viuda que sollozaba por Izuna, Hinata la encantadora y futura Emperatriz de los Países Bajos, ella como la futura reina de Portugal y Mirai como la reina de Inglaterra, un pasado en que todo había estado arreglado y perfectamente planeado, pero le gustara o no, era un pasado que ya no existía, pues había sido arruinado, a alguien no le había parecido aquella vida arreglada y la había desbaratado a su conveniencia, ¿quién era responsable?, ¿Sasuke por sus ambiciones de prosperidad y triunfo para Portugal?, ¿o Takara por no enfrentarse con mayor determinación a su propuesta de matrimonio? No estaba en el ánimo y la ambición de Takara volver a casarse, si le hubieran dado la ocasión, había partido al claustro más remoto del reino y habría vivido como la viuda que aún era, sin otra ambición que aguardar a que la muerte llegara a buscarla, para reunirla con su querido Izuna, pero era hija de reyes y como Sakura, Takara comprendía cuál era su deber, en ocasiones debían olvidarse por completo de los sentimientos en pro de algo mayor, que es justo lo que estaba haciendo ahora, quería creer que Izuna estaría feliz con su decisión, al fin y al cabo él había deseado que fuera reina de Portugal, aquello la consolaba, pero en el fondo sentía terror al día en que tendría que llegar al altar y casarse con Sasuke, teniendo que compartir la vida con él, como desearía haber hecho con su amado Izuna.

—Nuestros padres han decidido nuestro futuro, todo es por nuestro bien— volvió a insistir Takara, teniendo como única carta de defensa el deber que ambas compartían.

—¿De veras?, ¿por mi bien?— cuestionó Sakura, alzando la voz y sonriendo sin animo alguno. —Intentare recordarlo mientras vos partís hacia el altar— comentó sosteniéndole la mirada. —¿Sabéis que pasara ahora? He sido rechazada por un rey, Dios sabe si alguien querrá desposarme algún día, habéis arruinado mi futuro— no había otra forma de ver las cosas, su futuro nunca sería como el que había creído que tendría. —Yo estaré aquí, sola, esperando, en tanto vos estaréis en el lecho del rey, disfrutando de su afecto— obvió, ya que el matrimonio se celebraría luego del de su hermano Sai. —Desde hoy ya no tengo hermana— declaró, sin poder perdonar esta afrenta ni el dolor que le había causado.

—Sakura…— llamó ella, pero su hermana se negó a escucharla, zafándose de su agarre y alejándose cuanto antes.

Sus padres estaban barajando la posibilidad de casarla con el rey de Escocia, vecino de Inglaterra donde su pequeña hermana Mirai sería reina, o bien con el rey de Francia, ¿pero cuál de esos reyes era digno de ella? Ambos de una u otra forma eran enemigos de Castilla, ¿ella sería suficiente para pactar una paz lo bastante duradera como para traer paz a Castilla y a sus padres? Con seguridad, no como si podría haber hecho de haberse convertido en reina de Portugal, como esposa de Sasuke, y eso es lo que más le dolía a Sakura en el alma, porque sentía que había fallado, todo por causa de su hermana. En vano, Takara intentó alcanzar a su joven y veloz hermana, pero fue una lucha fútil, con lo alta y decidida que era Sakura—más que ella, aunque fácilmente pareciera dócil y aburrida, con su actitud indiferente—, y tras la cual se encontró jadeando muy pronto, a solas en aquel pasillo, viendo a su hermana alejarse más y más. Takara se sentía horrible, sentía que le estaba quitando el futuro y la vida a su hermana, por ello tampoco había querido desposar a Sasuke, aun no quería hacerlo, pero el destino, Dios y sus padres habían decidido, y Takara no podía hacer nada más a estas alturas, que aceptar.

La suerte estaba echada.


Laredo/22 de Agosto de 1496

Luego de tener la confirmación del rey de Portugal de que se celebraría el matrimonio con la princesa Takara, la reina Seina hizo que una comitiva partiera al puerto de Laredo, donde la infanta Hinata abordaría una flota de barcos que la llevarían a ella y a todo su sequito a Flandes, pero no partió sola en su largo viaje, sino que a ella también se unieron la reina Seina, el príncipe Sai, la princesa Takara y las infantas Sakura y Mirai, toda la familia estaba ahí para despedirla, excepto el rey Pein que había despedido a su hija en la corte, en la cual había decidido permanecer para hacerse cargo de todo. Descendiendo del carruaje en que había permanecido durante todo su viaje, viendo como los sirvientes bajaban su arcones y cofres con ropa, joyas y demás, Hinata tenía un semblante muy triste en su bello rostro, con su largo cabello azul oscuro cayendo tras su espalda y sobre su hombro derecho en una cascada de rizos, peinado por una rejilla dorada decorada con finas cuentas de oro, pendientes de diamante en forma de lagrima y un modesto vestido rojo con abullonadas mangas blancas que se ceñían desde los codos a las muñecas, con bordados dorados, y sobre el vestido yacía una capa superior o manto color purpura, de cuello redondo y cerrado hasta la altura del vientre, con mangas que se abrían desde los hombros, hermosa pero muy triste. ¿Amaría a Naruto?, ¿Naruto la amaría a ella? sentía mariposas en el estómago por solo pensar en él, pero también mucha incertidumbre, la aterraba la idea de no volver a ver a su familia, pues una vez emprendiera su viaje, solo Dios sabía que pasaría con ella.

—¿En qué pensáis, hija?— preguntó la reina Seina a espaldas de su hija, bajando del carruaje.

—Pronto estaré camino a Flandes, madre, y lejos de vos— obvió Hinata con su voz cargada de pesar y melancolía.

—Es la voluntad de Dios— recordó ella, intentando convencerse de ello y olvidar su sentir de madre.

—Y también la vuestra— añadió la infanta, pues no estaría aquí si su madre no estuviera de acuerdo.

—Así es— afirmó la soberana, bajando la mirada y deseando internamente que todo fuera diferente.

La reina Seina no iba a negarlo, en cierto modo la consolaba que sus hijas—Hinata siendo la más emocional y romántica de todas—fueran capaces de aceptar que tenían sobre si un deber más grande del que quizás les correspondía como humildes jóvenes, eso la hacía dormir tranquila por las noches, sabía que ellas estarían a salvo sin importar a donde fueran al crecer y convertirse en mujeres…pero como madre, su corazón sangraba ante la idea de la separación. Tranquilizando las preocupaciones de su madre, Hinata volteó a verla con una ligera sonrisa, antes de aproximarse a la nave en que habría de viajar a Flandes, conteniendo el aliento en el trayecto, con su madre a su lado en todo momento y sus hermanos varios pasos más atrás, descendiendo de carruaje en que había viajado. Separándose de sus hermanos mayores, mas ceremoniales y rigurosos que ella, la infanta Mirai se sujetó la falda del vestido y corrió para alcanzar a su hermana Hinata, abrazándola con todas sus fuerzas, ¿por qué debía pasar esto?, ¿por qué no podían permanecer juntos como la familia que eran? Mirai no deseaba alejarse de Castilla y sus padres, pero sabía que un día también habría de hacerlo. Sonriendo e inclinándose a la altura de su bajita hermana menor, Hinata la beso en la mejilla, acunando su rostro entre sus manos, encantadora con su cabello negro peinado para caer como una cascada de rizos tras su espalda por una trenza en forma de cintillo, y ataviada en un vestido marrón claro de escote cuadrado y mangas ceñidas hasta las muñecas, sobre una enagua blanca de escote en V y hombros caídos, además de falda de una sola capa.

—Portaos bien, Mirai— solicitó Hinata con voz dulce, —pensaré mucho en vos— prometió, intentando contener lo mejor posible sus emociones y no romper en llanto.

—Os extrañaré, Hinata— se lamentó Mirai, sin desear que su querida hermana se marchara.

—No os preocupéis, volveremos a vernos— aseguró ella, como si supiera que así sería.

—¿Nos visitareis?— preguntó la pequeña infanta, ya que quizás Flandes estuviera más cerca de Inglaterra.

—O quizás vos me visitareis a mí— aclaró Hinata, sin perder la esperanza de volver a ver a su hermanita, —pero sé que nos veremos otra vez— algo le decía que esta no sería la última vez que se vieran.

Sonriendo ligeramente, intentando conformarse con aquella respuesta, Mirai volvió a abrazar a su hermana con todas sus fuerzas, siendo inmediatamente correspondida, con un abrazo aún más efusivo por parte de su hermana, ¿cómo no abrazar a Mirai? Para Hinata, su hermana era la niña más adorable que podía existir, con once años y una gran alegría que siempre intentaba ocultar por una máscara de dignidad, pero no conseguía aminorar su bondad ni su gran corazón, y conocer tan bien a su hermanita la hacía estar convencida de que Inglaterra sin lugar a dudas tendría a la mejor reina, no podría ser de otro modo. Animosa ante la alegría de su hermana menor, que rompió el abrazo y la dejo libre, Hinata se acercó a sus otros hermanos, siendo abrazada por Sai, el futuro rey de Castilla y Aragón, y que en solo un tiempo más habría de casarse, con la hermana de su futuro esposo, y a quien esperaba poder conocer al llegar a Flandes, luego estaba su hermana Takara, que triste y luctuosa como siempre la abrazó amorosamente, y por último su hermana Sakura, que hace solo unos meses había cumplido catorce años. Se veía más alta que Takara y Sai, más serena y estoica, con sus brillantes ojos esmeralda de gran prestancia, sus largos rizos rosados cayendo tras su espalda como una cascada por un cintillo de rejilla color dorado, un crucifijo de oro decorado por perlas alrededor de su cuello, y un vestido rojo oscuro de escote cuadrado, con mangas ceñidas hasta los codos y que se tornaban acampanadas, con falda de dos capas, una superior con dobladillo de oro, y una inferior color borgoña con bordados dorados.

—Sed feliz, hermana— deseó Sakura de todo corazón, —y no olvidéis que siempre estaréis en nuestro pensamiento— nunca la olvidaría, al menos ella no.

—Os voy a extrañar mucho, Sakura— confesó Hinata sin tapujos, pues envidiaba secretamente su serenidad. —Rezaré por vos, como sé que vos haréis por mí— prometió para que ella también pudiera ser feliz, fuera cual fuera su destino.

—No lo dudéis— aseveró la infanta al instante, permitiéndose esbozar una ligera sonrisa.

Mucho menos emocional que Mirai, siempre tranquila y sin perder de vista a todos quienes ahí se encontraban, tanto sus sirvientes como los que habrían de acompañar a Hinata, Sakura envolvió sus brazos alrededor de su hermana, en un abrazó que pudo ser visto como frio en el exterior, pues fue breve, pero para Sakura significaba la despedida perfecta, pues cuanto menos afectuosa fuera con ella, más fácil le resultaría a Hinata no lamentar el no verla por largo tiempo, aunque al igual que ella, Sakura deseara poder volver a verla, ya la extrañaba, puede que Hinata fuera pura emoción donde ella era calma, pero siempre se extrañaba el afecto de alguien tan maravillosa como ella. Rompiendo el abrazo, comprendiendo el mensaje que su hermana quería darle, Hinata esbozó una última sonrisa y que sabía Sakura atesoraría tanto como ella su abrazo, volviendo la mirada hacia su madre, con quien compartió el último y más afectuoso de los abrazos, sabiendo que quizás no habría otro, y ya sin más dilación, la infanta procedió a abordar una de las naves que habrían de llevarla a Flandes, con sus sirvientes y personal ya abordo para asistirla en todo cuanto necesitara; La Lomelina, así se llamaba el buque. Una vez que lo vientos soplaron favorables para la travesía, el centenar de naves castellanas—con más de dos mil tripulantes a bordo—abandonó Laredo, y en el puerto, presenciando como la infanta Hinata comenzaba su larga travesía, la reina Seina y sus hijos contemplaron el mar con fascinación y temor entremezclados, Hinata era la primera en partir a lo desconocido, para iniciar su propia vida, pero pronto también lo harían sus hermanas…


Flandes, Borgoña

La armada de la infanta Hinata tuvo una accidentada travesía, fondeando en Middelburg, y padeciendo las despiadadas embestidas de las olas a tal punto que una de las naves—la que transportaba su ajuar y vestidos—naufragó, y no hubo más remedio que lamentar el contenido y fortuna perdido en ello, mas a pesar de todo la infanta Hinata no pudo sentirse triste, ya que fue bien recibida por las autoridades y los nobles de la localidad, partiendo por Jiraiya el arzobispo de Besançon, mano derecha del archiduque Naruto, además de la hermana de este, la archiduquesa Ino y su abuela Mito Uzumaki, fascinándose por el lujo y la exhibición de riqueza de Flandes, que contrastaba con la austeridad imperante en la corte castellana. Pero el archiduque Naruto no estaba al tanto de nada de eso, no se encontraba en la corte para recibir a su esposa, sino que practicando la caza y tiro con arco, disfrutando de su libertad, y no era para menos, si tenía el apelativo de El Hermoso, se debía a su gallardo porte, alto y galante, con corto y rebelde cabello rubio, ojos azules como zafiro y rostro encantador, con rasgos tan detallados como los de la más hermosa de las estatuas. Hiroshi, duque de Amegakure, descendió de su caballo y se apresuró en acercarse al archiduque, que soltó la flecha de su arco, viéndola impactar en el centro de su objetivo, sonriendo ladinamente y no de arrogancia sino simple certeza de sus capacidades, volviendo la mirada por sobre su hombro al reconocer al noble que se acercaba, mientras un sirviente se aproximaba a él con un vaso de agua.

—Hiroshi— correspondió Naruto, inclinando ligeramente la cabeza, procediendo a beber agua.

—La flota llegó ayer al puerto, señor— procedió a informar el Amegakure, sabiendo que su señor ansiaba ser informado de ello.

—¿Y cómo está la Infanta?— preguntó el archiduque, bebiendo todo el contenido del vaso en un instante.

—Bien, mi señor— garantizó el noble, pudiendo distinguir el brillo de emoción en sus ojos. —Ha llegado esta mañana a Bruselas, y fue recibida por vuestra abuela y vuestra hermana— aseveró, orgulloso por poder comunicarle aquella noticia.

—Bien— asintió Naruto, más que satisfecho. —Señor Amegakure, ¿cuántas jornadas nos separan de Bruselas?— preguntó con curiosidad, para iniciar su viaje cuanto antes.

—Cambiando de postas, podemos estar en palacio mañana por la tarde— calculó él fácilmente.

—Excelente— sonrió ladinamente el archiduque. —¡Mi caballo!— gritó a uno de sus sirvientes.

Sonriendo ante el entusiasmo del archiduque, Hiroshi le indicó a uno de los mozos que se aproximara con su caballo, como procedió a hacer uno de los sirvientes de Naruto, que subió con premura a su corcel, acomodándose los guantes y asiéndose de las riendas cuanto antes, haciendo que el corcel galopara a toda prisa, con Hiroshi pisándole los talones y con esfuerzo. Saber que Hinata estaba en la corte lo complacía enormemente, y más que su hermana y abuela la hubieran estado acompañando durante todo este tiempo, su hermana Ino era mujer de corazón dulce y animo sereno, estaba seguro de que ella podría hacerle entender a la infanta que no era su intención estar ausente de la corte al momento de su llegada, es más, estaba deseoso por verla, la boda por poderes se había celebrado tiempo atrás, pero él deseaba poder poner sus ojos en la mujer que habría de ser su esposa, ¿sería tan bella como había escuchado que era? Su leal amigo Jiraiya había viajado a Castilla como su representante y la había conocido, le había asegurado que era una joven encantadora, pero Naruto tenía como norma estudiar las cosas con sus propios ojos, y esta vez no sería distinto. Cierto era que Naruto había tomado hasta poco tiempo atrás este matrimonio como una imposición paterna, no había deseado casarse, menos con una hija de los reyes católicos, que eran enemigos de su aliado el rey de Francia, pero la alianza era ventajosa para su futuro como Emperador, y las cartas de Hinata adictivas, con toda su pasión y amor.

Sentía amor por una mujer a la que no había conocido más que por cartas.


—¡Presenten, armas!— gritó uno de los soldados cuanto el archiduque llego a palacio.

Ignorando el proceder de los soldados, y acompañado por Hiroshi en todo momento, Naruto ingresó en su palacio, dirigiéndose cuanto antes a la sala del trono, sabiendo que en su camino informarían a Hinata para que se reuniera con él y finalmente pudieran conocerse como ambos tanto ansiaban, o eso deseaba Naruto de todo corazón, ¿lo desearía también ella? Por un momento, el flamenco deseó haberse retirado a sus aposentos y cambiado de ropa, pero estaba tan deseoso de conocer a esta fascinante criatura, que desestimo la idea de inmediato, portaba una chaqueta rojo purpureo de cuello redondo y mangas ceñidas, con faldón casi hasta las rodillas—sobre una camisa de cuello redondo y mangas holgadas—bajo un abrigo marrón dorado, sin mangas y que permanecía abierto, guantes rojos, botas marrón rojizo, con una daga pendiendo de su cinturón y su cabello ligeramente despeinado dada la agitada travesía, lucía autentico, como era realmente, un apasionado de la caza y un hombre de emociones fuertes, estaba siendo honesto con Hinata al conocerla, solo esperaba que ella no se sintiera disgustada con su aspecto…vaya broma, se sentía intimidado por una mujer, y ni siquiera la había visto. Ingresando en el salón del trono, el archiduque fue recibido por una comitiva de nobles, que como siempre lo saludaron con profundas reverencias, entre ellos su hermana Ino y su abuela Mito, pero Naruto no se fijó en ninguno de los presentes, solo se mantuvo de pie en el centro de la habitación, conteniendo el aliento cuando Jiraiya ingresó en la estancia.

Sujetándose ligeramente la falda del vestido, para no tropezar ni deslucir, ya habiendo perdido su ajuar durante su travesía a esta tierra, Hinata ingresó en la sala del trono siguiendo los pasos del arzobispo Jiraiya, siendo recibida por nobles caballeros y hermosas damas que la reverenciaron a su paso, dedicándole sonrisas muy ligeras, casi imperceptibles, lo que indicaba que la estaban evaluando. Según Jiraiya le había dicho, los flamencos eran gente jovial, que adoraban las fiestas, y aunque la corte de Castilla destacaba por su austeridad, Hinata estaba más que dispuesta a adaptarse, mas por ahora este silencio—roto únicamente por el eco de sus pasos y los de su sequito que caminaba tras ella—la hizo sentir muy nerviosa. Entonces sus ojos se fijaron en él, el hombre que sabía era su esposo y cuya belleza y galantería la sedujo con una mirada, tenía un porte insuperable que la cautivo por completo y la hizo incapaz de apartar la mirada de él, sin comprender del todo porque. Había visto a hombres atractivos con anterioridad, pero en ese momento Hinata creyó estar vislumbrando algún tipo de aparición divina; rostro gallardo y mirada airosa, sin parecer descortés, y contrario a los rostros impávidos de los presentes, él le sonrió radiante nada más verla, sin evaluar nada, únicamente contemplando su rostro. Su corto y rebelde cabello rubio, ligeramente despeinado, parecía hacer destellar aún más sus bellos ojos azules, en que a nada estuvo de perderse, porque nunca había visto ojos así de intensos y cautivantes.

—La carta, señora— recordó una de sus doncellas, haciéndola salir de su estupor.

Apenas la vio entrar, Naruto creyó que todo cuanto le habían dicho de ella era falso; si, encantadora, alegre, radiante y todo cuanto le habían hecho saber, pero también mucho más, nunca había visto a nadie tan hermosa, ese rostro tan fimo y delicado era como el de un ángel, de rasgos únicos, labios perfectos, nariz respingada, ojos grandes y claros como dos perlas, a los que se volvió adicto inmediato, y rizos azul oscuro a través de los cuales descendió como quien cae por una cascada, colisionando con almohadas de seda, gasa y tafetán que componían el conservador vestido que ella portaba, y que la hacía lucir perfecta. El vestido era de color naranja, con escote alto y redondo—debajo una enagua blanca de cuello redondo, ligeramente más alto—, con bordados de oro, ceñido corpiño que resaltaba su esbeltez, mangas ajustadas a las muñecas que finalizaban en largos holanes con bordados de oro, falda de dos capas, una superior color naranja y una inferior color granate con bordados dorados, pendientes de oro en forma de rosa, y alrededor de su cuello la gargantilla de oro y diamantes en forma de lagrima que él le había enviado como regalo...si había mujer más perfecta que ella, Naruto no la conocía. Volviendo la mirada por sobre su hombro, Hinata recibió la carta de una de sus damas, escrita de puño y letra de su madre la reina Seina, y que ella desdobló y procedió a leer, con las manos temblando y no solo por los nervios, se sentía desnuda bajo la intensa mirada del archiduque, que no apartaba sus ojos de ella en ningún momento, la hacía sentir hermosa pero al mismo tiempo muy vulnerable, y le gustaba esa sensación, no, le encantaba.

—Tengo el honor de dirigirme al archiduque de Austria, duque de Borgoña y de Brabante, siendo portadora de los deseos de bienaventuranza de la parte de mis amados padres, los reyes de Castilla y Aragón— leyó Hinata, con su dulce voz trastabillando de vez en vez a causa de los nervios, —y de manifestar así mismo mi gozo y satisfacción, al establecer entre nuestros reinos un lazo de eterna unión, merecedora de la bendición del Papa y de la Iglesia— completó estrechando la carta entre sus manos, regresándola a su doncella.

El amor a primera vista existía, los flamencos eran asiduos creyentes de ello, por lo cual Naruto de inmediato asocio el modo en que se sentía perdido, con esta posibilidad, y es que estando frente a una criatura tan cautivante, no pudo evitar manifestar cual cantar a su propio corazón, pues nada más verla estaba completamente prendado de ella, el amor se trataba de sentimientos, pero también de impulsos, y en aquel momento Naruto fue incapaz de contenerse, sujetando de forma totalmente sorpresiva la nuca de la principesca joven, estampando de inmediato sus labios contra los de ella que emitió un jadeo ante su acción, mas Naruto solo pudo sentirse perdido…si su belleza era grande, el candor y dulzura de sus labios era aun mayor; estaba completamente obnubilado. Correspondiendo debidamente al beso tanto por satisfacción propia como por deber—en dichas circunstancias—, Hinata intento mantener el decoro ante la presencia de testigos, que escucho murmurar y reír animadamente, nunca antes la habían besado, mas en cuanto sintió los labios de Naruto abandonar los suyos, sintió que moría ante la helada, anhelando su calor e incapaz de apartar sus ojos de su rostro. ¿Por qué nadie le había dicho que los besos podían sentirse así?, ¿era tan placentero y satisfactorio el matrimonio? Hinata no pudo dejar de sonreír al encontrar su mirada con la de Naruto, que siguió observándola atentamente, como si le resultara lo más fascinante sobre la tierra, de la misma forma en que ella lo veía a él, como si estuvieran solo, solos con su pasión y la atracción que los unía.

—La infanta y yo deseamos celebrar nuestro enlace inmediatamente— declaró Naruto para sorpresa de todos los presentes. —¿Quién debe darnos la bendición?— preguntó al aire.

—Señor, está previsto que el señor obispo de Malinas, bendiga la unión— recordó Jiraiya a su joven señor. —Pero eso será, si Dios lo quiere, dentro de una semana— así se había acordado, eso no podía adelantarse de ninguna forma.

—La ceremonia tendrá lugar el día previsto, pero la infanta y yo deseamos celebrarlo en la intimidad, ahora mismo— afirmó el archiduque, modificando sus palabras. —¿Estáis de acuerdo, Alteza?— preguntó volviendo la mirada hacia Hinata, que solo pudo asentir, sonriendo ligeramente. —Vuestra bendición, arzobispo— solicitó calmadamente, animoso al contar con la aprobación de Hinata.

—Arrodillaos— indicó Jiraiya, aproximándose a la joven pareja, que obedeció con la mayor presteza. —El señor, que hizo nacer en vosotros el amor, confirma este consentimiento mutuo que habéis manifestado ante la iglesia— pronuncio tan ceremoniosa y brevemente como le fue posible, para contentar a todos. —Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre— declaró para hacer valido aquel matrimonio.

Sin más demora e irguiéndose, tendiendo una mano a Hinata para ayudarla, haciéndose una idea de lo complicado que debía resultarle moverse con aquel hermoso vestido, Naruto aguardó a que ella se encontrara de pie al igual que él, y entonces envolvió uno de sus brazos alrededor de su cintura y la otra a la falda de su vestido, cargándola en brazos para sorpresa del sequito castellano y gracia de los nobles flamencos, pero ninguna de sus reacciones fueron del interés de Naruto, quien no apartó sus ojos de Hinata, ¿esto era demasiado apresurado para ella?, ¿la había ofendido? En lugar de sonrojarse o apartar la mirada, y lejos de dejarse abrumar por el miedo, sin saber cómo sería su primera vez y si le dolería—solo había oído escasos rumores al respecto—, Hinata se encontró ansiosa por compartir la cama con su esposo, pues ambos se habían unido ante Dios, y no sería nada impropio el compartir la cama como marido y mujer, descubriendo los placeres que como hombre y mujeres tenían el derecho de conocer para procrear a un hijo, por lo que mantuvo la frente en alto mientras era observada tanto por su sequito como por los nobles flamencos. Debía comenzar a acostumbrarse a esta corte, si Naruto era feliz aquí, ella debía aprender a ser como ellos, después de todo, como su esposa todo lo que deseaba era hacerlo feliz. Sonriendo con aparente arrogancia, que en realidad era satisfacción, Naruto apartó sus ojos del hermoso rostro de Hinata, dirigiéndolos hacia los nobles, pues había tomado como esposa a una infanta de Castilla y Aragón, y como tal todos habrían de respetarla, y amarla como él la amaría.

—Señoras, señores— se despidió Naruto, recorriendo con la mirada a los presentes. —Nos veremos en la ceremonia oficial, dentro de una semana— proclamó, divertido por lo gracioso que sonaba aquello.

Dando la espalda a los presentes, Naruto abandonó el salón del trono, hacia sus aposentos, cargando en sus brazos a tan preciada carga como era no solo infanta de Castilla y Aragón, sino que ahora también archiduquesa de Borgoña y Brabante, su esposa…que bien sonaba eso. Decirse feliz era poco para Naruto, tenía por esposa a la mujer más hermosa que había visto y con el corazón más cándido y dulce que hubiera conocido, dócil pero llena de deseos por hacerlo feliz, pero más de lo que ya se sentía era imposible, mas él quería ver a donde los llevaría el futuro, ansiaba pasar el resto de su vida junto a esta mujer que parecía sacada de un cuento de hadas, y deseaba poder colmarla de todo cuanto se merecía y más. Envolviendo sus brazos alrededor del cuello de Naruto, disfrutando de sus últimos instantes de inocencia, Hinata volvió la mirada por sobre el hombro de él, divisando las sorprendidas miradas de sus doncellas y sirvientes, pero en nada afecto a Hinata la idea del escándalo que seguramente habría causado en Castilla su proceder, ¿por qué preocuparse? No estaba en Castilla, estaba en Flandes, y desde hoy todo sería diferente, tras nada más ver a Naruto ya se sentía presa de estas tierras, de esta corte, de la gente y de sus labios, un solo beso la había hecho su esclava y extrañamente sabía que siempre lo sería, y no tenía intención de resistirse a sus propios deseos, ni a los de él. Regresando su mirada al apuesto rostro de su esposo, Hinata sonrió radiantemente, apoyando su cabeza contra su hombro mientras él la cargaba en brazos, dirigiéndose hacia su habitación para consumar su matrimonio…


Palacio de Burgos

Si la mar había sido inclemente con Hinata, lo fue aún más con Ino en su viaje a Castilla, ya que una violenta tempestad amenazó con enviar a pique la armada que la transportaba, a tal punto que en el viaje Ino había escrito su epitafio en caso de fallecer; aquí yace Ino, ¡infeliz ella!, pues dos veces casada, murió doncella. Pero, gracias al altísimo, las aguas del cantábrico se apiadaron de la flota e Ino pudo desembarcar en Santander. Mas a pesar de tan ajetreada travesía, solo comparable a la que había vivido Hinata, Ino se mantuvo calmada en todo momento, algo excepcional en una joven de su edad, habiendo abandonado su hogar para dirigirse a lo desconocido, pero los dominios de su padre no habían sido el hogar de Ino durante mucho tiempo, pues había crecido en Francia durante su compromiso fallido con el rey Carlos VIII. Cuando Ino hizo su entrada en el salón del trono, todos contuvieron el aliento, era hermosa, la muchacha más encantadora que habían visto, pero fue su atuendo lo que llamo la atención, en Castilla imperaba el decoro y la austeridad, y el vestido de Ino, hecho de seda esmeralda, fue una novedad, de escote cuadrado que se acentuaba perfectamente a sus curvas, dobladillo en V y fajín bajo el busto con bordados de oro que recreaban laureles, falda de una sola capa y mangas ceñidas que continuaban en holanes de gasa, con su largo cabello rubio oscuro cayendo tras su espalda, cubierto a medias por un tocado flamenco con un velo, además portaba pendientes de diamante en forma de lagrima y un crucifijo de oro alrededor de su cuello.

—Al parecer es cierto; en Flandes no se entiende el decoro como en Castilla— murmuró la reina Seina, solo para que su esposo pudiera escucharla.

Como mujer religiosa, y aunque en ese momento se encontrara ataviada con un pesado manto que replicaba los estandartes de Castilla y Aragón, con la corona de su reino sobre la cabeza, la reina Seina había aprendido desde su más temprana juventud que el exceso de cosméticos y lujos tenían mucho que ver con la devoción cristiana de una persona, ella se enorgullecía de tener a grandes pensadoras y eruditas en su corte, que no precisaban de aceites, perfumes ni joyas para cautivar, sino de su sola labia y aguda mentalidad, por lo que ver a una joven como Ino, tan deslumbrante en sus ajuares flamencos, la decepciono ligeramente, mas no lo demostró, sentada en su trono junto a su esposo el rey Pein, que sonrió ligeramente, ya que a él no le molestaba ver a una joven tan encantadora usando un escote más bajo y ceñido que los que se veían en Castilla o Aragón, después de todo esa era la moda francesa, y debían aceptarla, Ino aprendería a adaptarse a su corte, con el tiempo. Ajena al comentario de la reina, con su rostro iluminado por una sonrisa, Ino se acercó a los tronos en que yacían los reyes, con el rostro iluminado de alegría por tener el privilegio de estar en esta corte, de la que tanto había oído, realizando una profunda reverencia, esperando ser del agrado de sus suegros, con su llegada podía ver que mucho habría de cambiar de su persona para adaptarse, la verdad no tenía idea que su escote pudiera provocar tanto asombro, pero sí de adaptarse se trataba, Ino era una experta, y estaba ávida de aprender.

—Altezas—pronunció Ino, con su dulce voz cargada de respeto, —he ansiado este momento por largo tiempo, sabed de mi emoción, y de mi vasallaje a vos— manifestó sinceramente y con la mayor dignidad que le fue posible.

—Querida Ino, sentíos en vuestro reino— invitó la reina Seina amablemente, aún evaluando a la hermosa joven.

—Sed bienvenida, desde este momento sois una más entre nos— correspondió el rey Pein, satisfecho con tan encantadora novia.

—Decid, ¿ha sido benévola la mar durante vuestra travesía?— curioseo la soberana, inmensamente fascinada por el mar.

—Todo lo contrario— negó la archiduquesa, palideciendo ligeramente al recordar la angustiante experiencia, —mas la providencia ha intervenido al fin para permitir mi llegada— añadió, llevándose distraídamente una mano al crucifijo de oro alrededor de su cuello. Sin moverse de su lugar, ni apartar la mirada de los reyes católicos, Ino intentó localizar a su esposo, el príncipe de Asturias, sin que se lo presentaran, pero nadie a su alrededor parecía ser tan noble caballero. —¿Y el príncipe Sai?— preguntó finalmente, con un hilo de voz a causa de los nervios.

En ese momento, a espaldas de Ino comenzó a sonar una alegre melodía de laúd que lentamente la hizo voltear hacia una de las esquinas, donde se encontraban los músicos, y cuando los cortesanos se apartaron, le permitieron posar sus ojos en el príncipe Sai, que como un noble caballero se encontraba sentado con los músicos, tañendo un laúd para hacer brotar aquellas hermosas notas y que hubieron cautivado por completo a Ino, no era una muchacha frívola, adoraba la historia, la música, los idiomas y el conocimiento, y le tocó profundamente ver que él parecía compartir sus aficiones, le hizo sentir que había encontrado el lugar al que pertenecer, algo que había deseado desde pequeña. Antes de la llegada de Ino, Sai había pensado en hacer que prepararan un torneo de justas, a fin de combatir y complacer a su futura esposa, mostrándose galante, era bien sabido que a las mujeres les deslumbraba el brillo de la armadura…pero no quería engañarla, él nunca había tenido la lozanía de un guerrero, su padre era el Rey Soldado, él el príncipe cazador y amante de la música, y a través de la música es que tuvo intención de conquistar a Ino, a quien vio avanzar lentamente hacia él. Si había una joven más encantadora o hermosa, Sai jamás la había visto, su rostro era dulce y sus ojos aguamarina brillaban como estrellas, haciéndolo sonreír ligeramente mientras tocaba las ultimas notas de aquella serenata en su honor, encontrando su mirada con la de ella, que aplaudió efusivamente cuando la melodía termino, sonriendo con gran alegría.

—Siempre quise aprender a tocarlo, pero nunca saque de él una melodía tan bella como esa— confesó Ino, completamente obnubilada por tanto talento y gallardía— Vuestro talento es admirable— celebró, encantada por conocer al hombre que pronto sería su esposo en toda regla.

Levantándose de su lugar, entregando el laúd a uno de los músicos que lo habían asistido en su serenata, Sai se acercó a Ino y tímidamente tendió su mano para entrelazarla con la de ella, sucumbiendo ante el encanto de la hermosa flamenca, Sai esperaba que su prometida no fuera una muchacha frívola e insensata…aun que lo fuera, él intentaría comprender su modalidad, procuraría interesarse en lo que a ella le interesara, pues no podía esperar que a ella le agradaran los libros y la música como a él, pero ya estaba absolutamente fascinado con ella nada más verla, tan alegre y espontánea, tan diferente de los nobles castellanos y aragoneses que había conocido desde siempre, tan original y especial. Inspirando aire profundamente y aminorando su radiante sonrisa pues sabía que tanta emocionalidad no era bien vista en Castilla como si en Flandes, Ino estaba deseosa de hablar con Sai en privado, anhelando conocerlo y aprender que tanto tenían en común, además de la pasión por la música, los modales españoles de él le parecían majestuosos y gallardos, él le resultaba completamente encantador, pero para la relajada usanza flamenca bajo la que había vivido hasta hace poco en la corte de su hermano Naruto—en Flandes—, a Ino le resultaban ajenas las restricciones, mas desde ahora este habría de ser su hogar, y como tal habría de aprender todo lo que hiciera feliz a Sai, que ya parecía estar dando todo de sí para hacerla feliz a ella, iban a ser marido y mujer después de todo, porque Ino en definitiva no había llegado tan lejos como para echarse atrás.

—Soy Ino, y ante vuestra corte digo con júbilo que voy a ser vuestra esposa— anunció la archiduquesa ceremoniosamente, sin olvidar el protocolo.

Ante aquellas palabras, todos los presentes estallaron en vítores y aplausos, incluso los reyes de Castilla y Aragón, además de las presentes infantas Sakura y Mirai, pero quien más feliz se sintió ante aquella resolución definitivamente fue Sai, sonriendo y sosteniendo la mano de su futura esposa entre las suyas, animado por el desparpajo de Ino, besando el dorso de su mano con gran vasallaje, pues desde hoy todo su afán estaría en ser el esposo que ella merecía, y en hacerla feliz. Con las mejillas sonrosadas y mordiéndose distraídamente el labio inferior, Ino intentó contener su alegría y esbozar la sonrisa más apropiada para tan ceremoniosa corte, pero sus ojos destellando de jovialidad no pudieron ocultar su alegría a Sai.

Había encontrado un hogar en el corazón de Sai, y él en su corazón.


Capilla de Santa Ana, Burgos/3 de Abril de 1497

Celebrada en la capilla de Santa Ana, en la ciudad de Burgos, la boda del príncipe de Asturias y la archiduquesa Ino fue el espectáculo más magnifico que se había visto durante años en las Españas, era la boda del heredero al trono, la paz significaba prosperidad, una meta que finalmente parecía alcanzada gracias a los reyes católicos, que asistieron al enlace con profundo orgullo, viendo a su hijo—el heredero de dos reinos—unirse en matrimonio con tan encantadora joven. Afortunadamente el vestido de novia de Ino fue más del agrado de su suegra la reina Seina, de escote alto y en V, con los hombros ligeramente caídos pero muy apropiado para la corte castellana, hecho de seda marfil, con mangas ceñidas que continuaban en holanes beige claro, falda de una sola capa, y elaborados bordados dorados en los hombros, el escote, el frente el corpiño y el contorno de su cintura, con su largo cabello rubio cayendo tras su espalda como una cascada, cubierto por un velo blanco que era sostenido por una diadema de oro en forma de cintillo, y pequeños pendientes en forma de corazón decorados por perlas. Las hermanas del príncipe, la princesa Takara y las infantas Sakura y Mirai estuvieron presentes en la boda con gran solemnidad, especialmente la primogénita con su característico animo luctuoso, mientras el arzobispo de Toledo Hiruzen Sarutobi oficiaba el rito según los preceptos de la Iglesia, contemplando como la pareja intercambiaba anillos y se juraban fidelidad y compañía eterna, en lo que durasen sus vidas mortales.

—Yo, en nombre de Dios todo poderoso, os uno en santo matrimonio— declaró Hiruzen a la pareja, y a todos los presentes.

Sonriéndose el uno al otro con inmensa felicidad, intercambiando miradas cómplices, obteniendo su propia privacidad de tan pomposos ceremoniales, Sai e Ino se irguieron de sus respectivos lugares, tomados de la mano, mientras del órgano de la catedral brotaba una melodía solemne, acode en intensidad con la profunda emoción que colmaba los corazones de todos los allí presentes. Desde su lugar, la reina Seina no iba a comentarlo en voz alta, pero aún hoy se lamentaba por haber protegido en exceso a su único hijo varón, mimándolo y atesorándolo como su ángel, quizás había causado esa debilidad innata en él, tan frágil, pero no, él habría de fortalecerse por su cuenta de ahora en más, pues se había vuelto un hombre, y al lado de Ino en el futuro rey de Castilla y Aragón necesitaban y merecían…


Tras la boda, el príncipe de Asturias y su esposa partieron en peregrinaje por el país, dejándose ver en las principales ciudades para conquistar la devoción del pueblo, jóvenes, bellos y enamorados, en tanto en la corte los enviados de Inglaterra y Escocia se presentaron como estaba previsto, para cerrar un acuerdo en el caso de los ingleses, y brindar a la princesa Mirai el título de princesa de Gales, así como para negociar en el caso de los escocés, que esperaban poder mostrar sus respetos a quien podía convertirse en su futura reina. De pie al costado de los tronos de los reyes católicos se encontraban las dos infantas, Sakura ataviada en un vestido celeste claro de escote alto y cuadrado—el borde de color rojo, y debajo una enagua blanca de hombros caídos—, falda de una sola capa y mangas abullonadas con largos holanes, y sus largos rizos rosados cayendo sobre sus hombros y tras su espalda, pendientes de oro y rubí en forma de lagrima, y al frente de su corpiño un collar de oro con un dije en forma de cruz, decorado con cristales ónix, del que pendían tres perlas en forma de lagrima. Inocente, a sus once años, la infanta Mirai portaba un vestido verde claro con bordados dorados, de escote redondo—bajo este una enagua blanca de escote ligeramente más alto—, falda de una sola capa, hombreras rojo claro, mangas holgadas que se ceñían en las muñecas, con aberturas cerradas por listones y que terminaban en holanes blancos, con su largo cabello negro cayendo sobre su hombro derecho, recogido en una trenza y decorado en su coronilla por una diadema de oro decorada por perlas, con un crucifijo de oro alrededor de su cuello.

—Permitid que os presente a nuestras hijas; Sakura y Mirai— procedió la reina Seina a los emisarios.

Sentada sobre su trono junto a su esposo, la soberana de Castilla se veía más poderosa que nunca, inmensamente feliz tras el enlace de su amado hijo, portando un vestido de seda dorada—debajo, una enagua blanca de cuello alto y redondo—de escote cuadrado y falda de una sola capa, con mangas holgadas que se ceñían en las muñecas, y largos holanes blancos, sobre el vestido un abrigo de seda verde claro con bordados dorados que permanecía abierto, sin mangas, y su rostro era despejado por la impoluta cofia blanca con finos bordados dorados, sobre la cual yacía la corona de Castilla. Ante aquella presentación, los enviados de Inglaterra y Escocia, enfundados en los respectivos usares de sus reinos, reverenciaron a tan nobles jóvenes como lo eran las hijas menores de Aragón y Castilla, ambas muy hermosas y encantadoras, la infanta Mirai era un año mayor que el príncipe Konohamaru, pero tan adorable y deslumbrante—pese a su escasa estatura—que el emisario inglés estaba convencido de que cautivaría a Inglaterra. La infanta Sakura, por otro lado, satisfizo a los escoses, su rostro lozano y sonrosado, y su cabello rosado, además de su temple sereno fue un soplo de aire fresco de la bulliciosa corte escocesa, alta y esbelta, digna de llamar reina algún día, inclinando la cabeza a modo de saludo bajo la mirada de ellos y como también procedió a hacer su hermana pequeña, quizás no fuera la mayor beldad que se hubiera visto, pero se veía a leguas que era inteligente y muy determinada, además de joven y en edad fértil que era lo que más contentaría al rey Utakata.

—Tenéis motivos para ser felices, altezas, vais a casaros con los mejores pretendientes— manifestó el embajador inglés, tanto en nombre de su príncipe como del rey de los escocés.

—¿Cómo es el príncipe de Gales?— se apresuró en preguntar Mirai, ansiosa a más no poder.

—Konohamaru es un joven extraordinario, inteligente y de mente despierta— describió el enviado inglés mientras uno de sus acompañantes se acercaba a la princesa, con un pequeño retrato en las manos, —su atractivo no puede parecer tan admirable, pero su mente es envidiada por todo futuro rey— las cualidades de un monarca eran más apreciadas que su encanto físico, o así debería ser.

Conteniendo el temblor que intentó adueñarse de sus manos, Mirai recibió encantada el retrato del enviado inglés y que ella acunó delicadamente, observando con fascinación y gran curiosidad al joven allí plasmado, el hombre que dentro de solo unos años habría de ser su esposo y un día rey de Inglaterra. En el retrato, Konohamaru no se veía como un joven particularmente atractivo, es decir, Mirai había visto a hombres mucho más galantes en Castilla y Aragón, pero el artista responsable de aquella obra parecía haber retratado muy bien sus brillantes ojos azules que parecían llenos de bondad, con rebelde cabello castaño, con un sombrero inglés sobre su cabeza que lo hacía parecer un caballero muy galante e inocente, algo en él hizo que el corazón de Mirai saltara de alegría en su pecho y sonriera lo más discretamente posible. La respuesta del enviado inglés y el retrato que acompaño a su descripción colmó de ilusión a Mirai, pero Sakura por el contrario, permaneció silente y con un gesto entre indiferente y al mismo tiempo adusto cuando el enviado escocés se aproximó a ella, era costumbre de ella no alterarse ni mostrarse particularmente feliz o decepcionada, no se esperaba que mostrara sus emociones sino que acatara la voluntad de sus padres y eso haría, ¿qué más importaba? Su destino iba a ser el de reina que era lo importante, al menos su hermana Takara no había arruinado del todo su vida y eso la consolaba, pero en el fondo aún sentía como que algo faltara en su corazón, porque su futuro esposo no sería Sasuke.

—En cuanto al rey Utakata, dudo que exista un hombre más encantador y amable en todo el orbe cristiano— garantizó el enviado escocés, con el tacto propio de un embajador.

A diferencia de Sasuke, que ya tenía veintisiete años, el rey Utakata de Escocia tenía veintitrés, menos de diez años más que María, que recibió serenamente el retrato que le tendió el enviado escocés y que mostraba a un hombre de rostro muy atractivo, con rasgos entre toscos y rebeldes, pero al mismo tiempo finos y dóciles, con largo cabello castaño oscuro y con una boina de aspecto francés sobre la cabeza, muy galante y con una mirada segura, de marrón claro. Silente, Sakura no se dejó impresionar, mucho había escuchado de la galantería y atractivo del rey Utakata, su madre era muy buena recabando información como reina que era, pero además Sakura tenía conocimiento que el rey de Escocia era un mujeriego empedernido e impenitente, que encima de todo tenía una guardería de hijos bastardos…una carta de presentación nada agradable, pero como hija de reyes y habiendo sido educada para mantenerse inmutable a frivolidades emocionales como aquellas, Sakura supo fingir la suficiente satisfacción como para sacarle una sonrisa al enviado escocés y para tranquilizar a sus padres, haciéndoles saber que no apuñalaría a nadie en un arrebato de disgusto, eso no iba con ella. De los enviados ingleses y escoceses, los ojos de la reina Seina pasaron a Sakura, prestando atención a sus expresiones, dichosa al ver que ella parecía conforme con su destino, pero fue la alegría de su pequeña Mirai lo que realmente pareció importarle.

El destino estaba escrito, pero aún faltaba tiempo para que los planes se concretaran.


PD: Saludos, mis amores,prometí iniciar esta nueva historia, y aquí la dejo, agradeciendo su apoyo y deseando como siempre que mi trabajo sea de su agrado :3 Me temo que quizás desde ahora solo pueda actualizar una historia por semana, ya que volví a estudiar y mi tiempo será escaso, pero no dejare inconclusa ninguna de mis historias, tienen mi palabra :3 este fin de semana volveré a actualizar "Kóraka: La Sombra del Cuervo", luego "Titanic Naruto Style" y por ultimo "A Través de las Estrellas" :3 esta historia esta dedicada a mi queridísima amiga Ali-chan 1966 (agradeciendo su asesoría y aprobación, dedicándole particularmente esta historia como buena española), a mi querida amiga y lectora DULCECITO311 (a quien dedico y dedicare todas mis historias por seguirme tan devotamente y apoyarme en todo), y a todos que siguen, leen o comentan todas mis historias :3 Como siempre, besitos, abrazos y hasta la próxima.

Personajes:

-Sakura Haruno como María de Aragón -Sasuke Uchiha como Manuel de Portugal

-Takara Uchiha como Isabel de Aragón -Mikoto Uchiha como Beatriz de Portugal

-Seina Uchiha como Isabel I de Castilla -Pein Haruno como Fernando II de Aragón

-Hinata Hyuga como Juana I de Castilla -Naruto Uzumaki como Felipe de Habsburgo

-Sai Yamanaka como Juan de Aragón -Ino Yamanaka como Margarita de Austria

-Utakata como James IV de Escocia -Miso Uzumaki como Margarita de York

-Mirai Sarutobi como Catalina de Aragón -Konohamaru Sarutobi como Arturo Tudor

-Hidan Akatsuki como Gonzalo Chacón -Hiruzen Sarutobi como Francisco Jiménez de Cisneros

-Hiroshi Amegakure como Guillermo de Veyré. -Jiraiya como Francisco de Busleiden.

Realidad & Precisión: muchos de los diálogos concernientes a Hinata y Naruto están tomados de la fabulosa película de Vicente Aranda "Juana la Loca", y de algunas escenas de Irene Escolar en la serie "Isabel", pues a diferencia de obras que he leído y películas que he visto, yo no representare a Hinata como una loca, porque Juana nunca estuvo verdaderamente loca, y merece que se le represente dignamente. Además, ambos sintieron una tracción magnética al momento de verse y tuvieron que casarse apresuradamente para poder consumar el matrimonio, por lo que si Naruto parece muy embelesado, es porque sucedió realmente y no un hecho ficticio. La sensación que causa Ino, al llegar a Castilla, no se debe solo a la pompa y boato de sus ropajes, sino que a su escote, ya que en esa época las mujeres llevaban escotes nada reveladores y que estaban casi a la altura de los hombros, y Margarita de Habsburgo—su personaje—fue una de las primeras mujeres del siglo XV que llevo escote, como se ve en algunos retratos de su juventud. Como mostré al final del capitulo, la verdadera María de Aragón llego a ser considerada como novia por el rey James IV de Escocia y por el rey Luis XII de Francia, de hecho hay antecedentes de un retrato de la infanta presentado ante el rey, lo que deja entrever que el enlace se considero como algo muy serio, al menos durante un tiempo.

También les recuerdo que además de los fics ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron y que pretendo iniciar pronto), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia"), "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer), "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul") :3 Para los fans del universo de "El Conjuro" ya tengo el reparto de personajes para iniciar la historia "Sasori: La Marioneta", por lo que solo es cuestión de tiempo antes de que publique el prologo de esta historia. También iniciare una nueva saga llamada "El Imperio de Cristal"-por muy infantil que suene-basada en los personajes de la Princesa Cadence y Shining Armor, como adaptación :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3