-Esta historia es una narración de la vida de la reina María de Aragón, que hasta el día de hoy no ha sido debidamente representada en la literatura ni en la ficción. La trama contiene ficción, pero para desarrollar los acontecimientos históricos que sucedieron realmente. Muchos de los personajes pertenecen por completo a Masashi Kishimoto, más otros personajes, los hechos y la trama corren por mi cuenta y entera responsabilidad para darle sentido a la historia. Les sugiero oír "Nightcall" de London Grammar para Sakura, "Silence" de Marshmello & Khalid para Sasuke, "Undo" de Sanna Nielsen para Takara y "The Purge" de Within Temptation para el contexto del capitulo.


Guadalupe, Castilla

Tras dejar pasar el tiempo del luto, emocionalmente hablando, se determinó que la reunión familiar con la ahora reina de Portugal y su esposo tendría lugar en la ciudad de Guadalupe, donde pasaron melancólicamente la Semana Santa de 1489, los Reyes Católicos sentados sobre sus tronos en espera de la llegada de su primogénita. La reina de Castilla portaba galas luctuosas y regias para la ocasión, con la solemne cofia gris oscuro enmarcando su rostro y cubriendo su cabello, y el resto de sus ropajes pasaban inadvertidos bajo el pesado manto de tafetán y armiño que representaban los estandartes de Castilla y Aragón, con hombreras de piel, y la corona de Castilla sobre su cabeza, lo apropiado para recibir a los reyes de Portugal, y sentado a su lado en el trono contiguo se hallaba su esposo el rey Pein, vistiendo la misma pesada capa, solo que sin hombreas sino mangas holgadas que se abrían a la altura de los hombros, cuello alto y cerrado y la corona de Aragón sobre su cabeza. A la diestra del trono, siempre muy cerca de los reyes católicos se encontraba la archiduquesa Ino, que portaba un sencillo vestido negro de corpiño gris oscuro, de escote cuadrado y falso escote inferior en V, sobre este un chaqueta superior de terciopelo negro que se cerraba bajo el busto y mangas holgadas ceñidas a los codos y que se abrían como lienzos, debajo unas inferiores ceñidas a la muñecas, y sobre su largo cabello rubio portaba un tocado flamenco de seda negra.

Al lado de la archiduquesa Ino se encontraba la infanta Sakura, ataviada en un sencillo vestido negro—debajo una enagua blanca de escote en V—de escote alto y cuadrado decorado por finas perlas en el contorno, mangas holgadas que se ceñían por encima de las muñecas donde se formaban ceñidas muñequeras de cuero con detalles cobrizos, y falda de dos capas, sus largos rizos rosados caían sobre su hombro derecho y tras su espalda, perfectamente peinados para despejar su rostro, formando una trenza sobre su coronilla, y resaltando unos finos pendientes de oro en forma de corazón decorados con perlas en forma de lagrima, con las manos cruzadas a la altura del vientre y su mirada esmeralda perdida en un punto de la nada, seria y distante. A su lado se encontraba su hermana Mirai, que portaba un modesto vestido negro, de escote en V sobre un corpiño gris oscuro de escote alto y cuadrado, a juego con ceñidas mangas ajustadas a las muñecas, encima una chaqueta superior de terciopelo negro, anudado en el frente, de larga falda lisa, ceñido un par de centímetros por sobre las cintura por un fajín gris oscuro con cuentas doradas, y holgadas mangas acampanadas, sobre su largo cabello negro yacía un tocado de seda negro con bordados plateados y un largo velo negro que caía tras su espalda, alrededor de su cuello se encontraba una guirnalda de oro con cuentas ónix y pendientes a juego, siempre triste y con la mirada baja, abrumada por el luto.

Reunidos como estaban todos en la sala del trono, rodeados por un número mínimo de nobles de su entera confianza, amigos de la familia real, fue un soplo de aire fresco, una gran alegría el momento en que la ahora reina Takara y su esposo el rey Sasuke aparecieron en el umbral del salón, tomados de la mano y acompañados por un pequeño sequito de sirvientes. Tan pronto como vio a su cuñado ingresar, estoica y seria como se esperaba que actuara, Sakura sintió como si un puñal se clavara dolorosamente en su pecho, Sasuke era todo cuanto había imaginado y más; galante, alto, gallardo, sin lugar a dudas el hombre más apuesto que había visto en su vida, y todo lo que sabía de él hizo que su encanto pareciera mayor, se sintió frustrada porque su hermana Takara le hubiera arrebatado la posibilidad de convertirse en su esposa, pero pronto se recriminó a si misma por pensar así, pues Sasuke ahora era su cuñado, y cualquier vínculo entre ambos más allá del afecto de hermana y hermano—legalmente hablando—era imposible, y ella debía recordarlo. Soltando la mano de su esposo, Takara se sujetó la falda del vestido para no tropezar mientras se aproximaba al trono en donde se encontraban sus padres los Reyes Católicos, un gesto al que la reina Seina correspondió de inmediato, levantándose del trono al encuentro de su hija, abrazándose entre sí con todas sus fuerzas, conmovidas profundamente por las dolorosas circunstancias de tan añorado reencuentro.

—Madre, ¿cómo os encontráis?— preguntó Takara tan pronto como el abrazo se rompió. —Llegaron a Portugal rumores de que os encontrabais enferma— señaló como fundamento para su preocupación.

—La muerte de vuestro hermano fue un puñal, que se clavó hondo en mi pecho— sosegó la reina a su primogénita, con emoción apenas contenida.

—Ambas sabemos cuan despiadada parece a veces la voluntad de Dios— mencionó la ahora reina de Portugal.

—Más hemos de acatarla— repuso su madre con melancolía y forzada aceptación.

Hasta hace solo unos años atrás, la reina Seina había creído firmemente que Dios era misericordioso y magnánimo, se había sentido profundamente agradecida con él por haberle dado tan maravillosa familia; cuatro hijas y un hijo, por mantener la paz en el reino de Castilla como ella tanto había soñado, dentro de todo había conseguido darle seguridad y hacerle sentir que el futuro seria brillante, que todo siempre estaría bien…hasta que su adorado hijo Sai había muerto, había querido creer que quizás su misión en la vida era ser un ángel para toda la familia y los reinos de Castilla y Aragón, que por eso no había vivido lo suficiente para convertirse en rey, dejando viuda a la pobre Ino, pero cuando la muerte también había cobrado la vida de su pequeña hija, Seina se había dado cuenta que quizás se había hecho una idea errónea de Dios. Sin poder olvidar a ninguna hora de cada día la muerte de su amado Izuna, soñando con él por las noches, pensando en él por las mañanas, a medio día, a cada instante, Takara había aprendido siendo muy joven que Dios podía parecer cruel, pero de una u otra manera ella había aprendido a conciliar sus actos con la voluntad del altísimo, creía firmemente que era una sierva de Dios, como infanta de Castilla y Aragón y reina de Portugal, reemplazando su expresión triste por una ligera sonrisa al volver la mirada hacia su cuñada Ino, que intento esbozar una sonrisa antes de verse envuelta en un afectuoso abrazo.

—Ino…— suspiró Takara, rompiendo lentamente el abrazo y obsequiándole una nueva sonrisa. —Sakura, Mirai, me alegra volver a veros— saludó por igual, bajando la mirada ante su hermana Sakura, rememorando su aún latente riña.

—Es un consuelo veros, hermana— habló Mirai, esbozando una ligera y triste sonrisa.

Tras el nacimiento de su pequeña sobrina, que ni siquiera había podido respirar el aire del mundo de los vivos con sus propios pulmones, Mirai se había mostrado muy triste e introspectiva, era la primera vez que presenciaba un parto y encima de todo la bebé había nacido muerta, no había hablado durante días y aunque últimamente emitía frases cortas y escasas, esta era la primera vez en muchos días que realmente hablaba y todo se lo debía a su hermana Takara, que la familia finalmente estuviera reunida—a excepción de Hinata—parecía haberle traído un gran consuelo. Lo que también hizo sonreír ligeramente a Sakura cuando encontró su mirada con la de su hermana Takara, no había ira ni resentimiento en ese encuentro, solo tristeza por las pérdidas en común, quizás el dolor de Takara fuera mayor ya que ella no había estado presente en los ritos fúnebres como Sakura sí, pero ella desearía poder olvidar toda esa muerte, desearía no tener pesadillas todas las noches rememorando a su hermano Sai o a su pequeña sobrina a quien había acunado en sus brazos. Un tanto más tranquila al no ser rechazada por su hermana Sakura, Takara recobró el control sobre sus emociones y regreso al lado de su esposo, ambos frente a sus padres los Reyes Católicos, ante lo que la reina portuguesa reverencio profundamente a su señor y padre, pues aunque ambos estuvieran en igualdad de condiciones—como reyes que eran—, Takara como sus hermanas siempre se consideraría súbdita de Castilla y Aragón, piezas de ajedrez en un gran juego.

—Padre— saludó Takara, sin olvidar el riguroso protocolo de la corte.

—Alteza— correspondió el rey Pein, inclinando respetuosamente la cabeza ante su hija. —Castilla da la bienvenida a su futura reina— declaró para toda la corte, con la dignidad que se esperaba de aquel encuentro.

—Señores, ha sido voluntad de Dios mudar nuestros destinos— manifestó Sasuke, agradeciendo el respeto, —ante él y ante nuestros reinos, daremos cumplimiento a su dictado, con fe y con honra— solo podía hablar con ellos desde el deber que se esperaba de ellos, como soberanos que eran.

—Os lo agradecemos, Alteza— contestó la reina, agradecida con su yerno. —El camino es duro, pero quizás al final aguarden días de gloria— eso era todo cuanto podían pedir.

—¿Cuándo debemos acudir a cortes, padre?— consultó Takara, no deseando inquietarse anticipadamente dado su embarazo.

—Pronto, ya se ha cursado la convocatoria— sosegó Pein, obsequiando una ligera sonrisa a su hija.

—Madre, desearía rezar por el alma de mi hermano ante su tumba— declaró la reina portuguesa, al no haber podido despedirse de su amado hermano ni asistir a su funeral, —y también por la vuestra hija— obvió desviando la mirada a su cuñada Ino, que sonrió con agradecimiento al encontrar su mirada con la suya.

—Rezaremos juntas— asintió la reina, más que a gusto con la idea.

Dicho eso, la reina, su primogénita y la archiduquesa Ino se dirigieron fuera del salón del trono, dejando la política a los hombres—por ahora—, en tanto ellas rezaban por las almas de sus fallecidos seres queridos. Teniendo suficiente de observar a Sasuke, prefiriendo concentrar sus pensamientos en su fallecido hermano Sai y en su sobrina que había nacido muerta, a quien había cargado en sus brazos, Sakura pronto siguió a su madre, a Takara y Ino hacia la capilla real para rogar a Dios por las almas de aquellos a quienes habían perdido, por quienes sufrían, y por fuerza para enfrentar el destino que les aguardaba, con su hermana Mirai siguiéndola, no sin antes dirigir una última mirada a Sasuke, como si intentara aferrarse a su presencia para creer que era real, pero él no la vio, ni siquiera le dirigió una mirada. Habiendo enfocado su atención hasta entonces en el inescrutable rostro de su suegro, el rey de Aragón, Sasuke tardo en volver su atención hacia su esposa Takara, a quien vio partir en compañía de la reina de Castila, su viuda cuñada la archiduquesa Ino, y sus dos hermanas menores, frunciendo el ceño con curiosidad al ver el joven rostro de su cuñada más joven, la infanta Mirai, pero no el de su otra cuñada la infanta Sakura, ella le dio la espalda antes de que él pudiera ver su rostro, contemplando solo sus largos rizos rosados que caían como una cascada tras su espalda, la mujer que una vez pudo haber sido su esposa, y cuyo rostro ni siquiera había visto.

Daba igual, ya la vería durante su estadía en Castilla.


Cortes de Toledo, 1498

Sin demoras ni mayores contratiempos, el juramento de la joven reina de Portugal como heredera del reino de Castilla tuvo lugar tan pronto como las cortes se hubieron reunido, todos los nobles y señores del reino presentes en el salón del trono del palacio de Toledo, todos contemplando a sus jóvenes y futuros reyes. La joven reina Takara vestía los usares característicos de luto, un regio vestido negro—debajo una enagua gris claro de cuello redondo—de escote alto y redondo hecho de tafetán, con bordados de plata en V en el centro del corpiño, fajín ceñido bajo el busto para rebelar su apenas visible embarazo y falda inferior a juego, con ceñidas mangas gris oscuro con bordados de plata y encima unas superiores color negro, ceñidas a los codos donde se abrían, y sobre su cabello naranja recogido tras su nuca reposaba un largo velo negro con la corona de Portugal sobre su cabeza y finos pendientes de amatista en forma de lagrima. A su lado, su apuesto esposo el rey Sasuke vestía una camisa blanca de cuello redondo y mangas holgadas con finos holanes, pesada chaqueta de tafetán negro con largo faldón frontal y posterior hasta las rodillas, con detalles gris oscuro hechos de cuero en el borde del cuello y a lo largo de las mangas ceñidas a las muñecas, encima llevaba un pesado abrigo de terciopelo negro con dobladillo de oro a juego con el toisón alrededor de su cuello y su cinturón, pantalones negros y botas de cuero, con la corona de Portugal sobre su cabello azabache ligeramente despeinado, ambos escuchando atentamente la ceremonia que tenía lugar.

—Así, damos fe y prestamos la obediencia, reverencia y fidelidad, que por las leyes y fueros de este reino, le son debidas a su Alteza, Takara, como princesa heredera de Castilla— declaró Daichi el Marqués de Moya, —y a su esposo, Sasuke, rey de Portugal, como consorte— alzó la mirada hacia los presentes, esperando su respuesta al juramento.

—Así lo juramos. Amén— contestaron todos los presentes al unísono.

Con una expresión neutral, entre seria y regía, Takara volvió el rostro hacia su esposo Sasuke, esperando alguna reacción de su parte al ser relegado al papel de consorte, pero su rostro se mantuvo inalterable como de costumbre, en nada afectaba a Sasuke ser consorte de Castilla y Aragón, ¿por qué habría de hacerlo?, ya era rey de Portugal, ese era el reino que debía gobernar, su esposa se encargaría de gobernar las Españas, ¿por qué habría de ambicionar más? Sería el hijo o hija de ambos quien gobernaría sobre los tres reinos unidos, y ellos debían mantener la paz. Cuando llegó el momento de prestar juramento y sujetándose la falda del vestido con gran dignidad, Takara se arrodillo ante la biblia, sobre la cual situó su mano derecha como prueba de absoluta sinceridad y compromiso, alzando la mirada hacia el obispo Homura Mitokado que habría de escuchar su testimonio, ¿debía estar asustada?, quizás, pero Takara no lo estaba, llevaba previendo esta ceremonia de juramento desde que era niña, antes de que su hermano Sai naciera, porque había nacido para ser reina, se lo habían inculcado desde la cuna, y no le temía a su destino, fuera cual fuera. Takara asistió al solemne acto con el mismo aire taciturno que la caracterizaba desde la muerte de su amado Izuna en quien siempre pensaba, inamovible, tranquila, inalterable, serena, tanto que en ocasiones frustraba y desesperaba a Sasuke, que admiraba su templanza.

—Vuestra Alteza, princesa Takara— nombró el obispo solemnemente. —¿Juráis de guardar y cumplir todo lo contenido en la escritura de juramento que aquí ha sido leída?— preguntó observando los ojos de la joven reina.

—Sí, juro— contestó Takara sin titubeos, habiéndose preparado para eso desde niña.

—Así Dios os ayude, y los santos evangelios— deseó él, invocando la voluntad del altísimo.

De entre los asistentes a la coronación, teniendo un lugar privilegiado a la diestra de los tronos de sus padres, junto a su hermana Mirai, Sakura esbozó una apenas perceptible sonrisa, admirando a hermana mayor, hermosa, valiente y capaz de hacer lo que sea que dictase su deber, estaba segura de que sería una gran reina y una buena esposa para cualquier hombre, especialmente para Sasuke. Sentada sobre su trono y observando el sereno rostro de su primogénita, la reina Seina sonrió ligeramente, ataviada en un luctuoso pero magnifico vestido gris azulado con bordados zafiro de mangas acampanadas con bordados de oro en el contorno y encima un pesado manto lila grisáceo estampado en todo tipo de flores color negro, de cuello redondo, cerrado en el pecho por finos bordados dorados, y mangas acampanadas que se abrían por encima de los codos, cofia gris azulado con bordados de oro que cubría su cabello y enmarcaba su rostro, y sobre su cabeza la corona de Castilla. A su lado, su esposo el rey Pein portaba una camisa blanca de cuello redondo y mangas holgadas debajo de una chaqueta de terciopelo gris oscuro de cuello cuadrado, mangas ligeramente ceñidas y largo faldón hasta las rodillas, ceñida a su cuerpo por un cinturón negro, encima un abrigo negro con bordados dorados, con mangas holgadas y abiertas desde los hombros, pantalones negros y botas de cuero, con la corona de Aragón sobre su cabeza y un toisón dorado alrededor del cuello.

—Ya solo falta Aragón— murmuró la reina Seina a su esposo.

Intentando imitar el ánimo optimista de su esposa, el rey Pein sonrió ligeramente, aunque en el fondo estaba más que preocupado, ¿qué posibilidad existía de que su hija fuera jurada reina de Aragón? En el pasado, siendo mucho más joven, había pretendido modificar la ley en caso de no engendrar un hijo varón legítimo, y no había sido posible porque en Aragón imperaba la ley sálica, las mujeres no gobernaban como en Castilla, de ellas solo se esperaba que fueran consortes, esposas, madres y nada más, ¿podría cambiarse eso?, Pein pondría todo de sí, pero tenía serias dudas…


Zaragoza, Aragón/meses después

Tras el juramento de la futura reina de Castilla en las cortes de Toledo, una nueva y frustrante rutina comenzó a asentarse en la vida de Takara y su familia, Aragón se negaba a jurarla como reina y pronto comenzaron a pasar los meses entre tensas negociaciones por cambiar dicha situación, a la que Takara de una u otra forma se había acostumbrado, sentada o más bien ligeramente recostada sobre su silla dado su vientre de casi nueve meses de embarazo, y que comenzaba a dificultarle moverse. La reina de Portugal portaba un elegante vestido de terciopelo negro—debajo una enagua gris oscuro de cuello alto—con el centro del corpiño y la falda inferior hecha de seda gris oscuro con bordados de plata, misma tela que formaba las mangas ceñidas debajo de unas superiores, negras y ceñidas a los codos donde se abrían como lienzos, y sobre su cabello naranja recogido tras su nuca usaba un tocado de tafetán gris oscuro con un largo velo que caía tras su espalda, y pendientes de perla en forma de lagrima, a juego con el fino cinturón bajo su busto y que dejaba en evidencia su embarazo. Bordar era últimamente la única instancia posible que Takara tenía para relajarse, a sus casi nueve meses de embarazo debería estar en cama o relegada a su habitación, descansando, esforzándose lo menos posible, pero en lugar de ello se la pasaba en audiencias con las cortes de Aragón, apariciones públicas y ceremonias, Sasuke muchas veces intentaba suplirla para que descansara, mas Takara sabía que no podía huir de su deber, pese a llevar un hijo en su vientre.

La noticia de que los aragoneses se negaban a jurar a su primogénita como heredera indignó y dejo atónita a la reina Seina, claro que las cortes aragonesas se amparaban en su tradición, que negaba a las mujeres el derecho de heredar el trono, pero la reina de Castilla se negaba a entenderlo, ¿no veían la gran reina que su hija llegaría a ser si le daban la oportunidad? Más nos valdría conquistar Aragón y doblegar voluntades por las armas, pensó la reina Seina, recordando sus días de batalla. Por ahora, su esposo el rey Pein estaba tratando de pactar un acuerdo, en que si bien no se juraría reina a Takara y a Sasuke consorte, si heredero al hijo que tuvieran, si era varón, era lo mejor que podían lograr por ahora. Afortunadamente todos en la corte colmaban de atenciones a la reina portuguesa, su avanzado embarazo concentraba tantas esperanzas que la joven, a su pesar, no permanecía sola ni un instante, pero la compañía de sus hermanas y su madre era una mejora insuperable. Leyendo su libro de oraciones, sentada a la diestra de su muy embarazada primogénita, y rodeada por sus dos hijas menores las infantas Sakura y Mirai, la reina Seina se sobresaltó cuando su primogénita se irguió ligeramente de su asiento, llevándose una mano al vientre en señal de dolor. Sakura pudo ver a su hermana Takara negar en silencio a la mirada de ellas tres, como siempre no deseando preocupar a nadie, lo que la hizo fruncir el ceño, ¿por qué su hermana descuidaba su salud estando levantada?, era princesa de Asturias y futura reina, pero también iba a ser madre.

—¿Os encontráis bien?— preguntó la soberana a su hija con gran preocupación.

—He sentido una pequeña molestia— contestó Takara, tranquilizando a su madre.

—Deberíais descansar— regañó Sakura a su hermana, con voz suave pero severa.

—Es normal en vuestro estado, no os preocupéis— mencionó su madre, habiendo experimentado múltiples embarazos.

—¿Cómo no he de hacerlo si el mundo entero está pendiente de mí?— cuestionó Takara, sin saber cómo aligerar las tensiones que la azoraban.

En cierto modo Takara podía decirse afortunada, estaba al lado de su amada familia y no en la corte portuguesa, rodeada de cortesanos que siempre pedían atención, con el fin de prosperar al ganar su favor, aunque también extrañaba a su cuñada Ino que había regresado a la corte de Flandes por deseos de su padre el Emperador Minato, pese al poco tiempo que habían pasado juntas Takara se había encariñado mucho con ella, pero entendía que estar a su lado durante su embarazo sería un dolor inimaginable, y deseaba de todo corazón que ella fuera feliz. Estar embarazada y ser reina, además de heredera de dos grandes reinos, era una tensión incalculable, Takara estaba lidiando lo mejor posible con su primer embarazo, pero las presiones a su alrededor siempre eran grandes. Cerrando sus manos alrededor de su bastidor, Sakura deseó poder decir algo para animar a su hermana Takara, pero las palabras no salían de su boca, y aunque desease reconciliarse con ella, no pasaba más tiempo a su lado de lo que era necesario, ¿qué debía hacer?, quería ayudar a su hermana, pero la situación se prestaba precisamente para poner nerviosa a cualquier mujer. Con una tiste sonrisa, habiendo tenido que montar a caballo y viajar incluso estando embarazada hasta en sus últimos meses, debido a su deber, la reina Seina comprendía el sentir de su hija, y desearía quitarle responsabilidades de encima, mas aunque quisiera desgraciadamente no era posible.

—Sed paciente con nuestros desvelos— rogó la reina a su hija, sabiendo lo que sentía.

—Haced caso a nuestra madre— secundó Sakura a su hermana mayor, —pensad en cuanta esperanza hay en vuestro vientre— obvió, encontrando su mirada con la de Takara, pero pronto se arrepintió de decir esas palabras. —Disculpadme— se excusó, levantándose de su lugar a toda prisa.

Decirle a Takara que solo se enfocara en su embarazo afectaba a Sakura, porque eso de una u otra forma involucraba a cierto hombre en quien ella no dejaba de pensar, y que provocó que apenas y fuera capaz de abandonar la habitación sin sollozar en el proceso, ella que estaba acostumbrada a contener sus emociones, se sentía devastada, pero ya no enfadada con su hermana, ¿cómo la estaba probando Dios?, el hombre del cual se había embelesado desde que le habían dicho su nombre ahora era su cuñado, lo veía desde lejos casi cada día, había evitado hablarle o pasar tiempo cerca de él porque sentía que se le rompía el corazón, se estaba enamorando de Sasuke, y era doloroso que él nunca la viera, ni aun estando en la misma habitación…era el esposo de su hermana y nunca habría nada entre ambos, su hermana esperaba a su hijo, ¿por qué su corazón no quería entenderlo? Con una mirada triste, entendiendo los sentimientos de Sakura, a quien era tan unida, Mirai se levantó y dejo su bordado sobre su silla, sujetándose la falda para seguir a su hermana, aunque era difícil dado lo bajita que era en relación a Sakura. Takara suspiró profundamente ante la partida de su hermana, estaba casada pero no había olvidado a su amado Izuna, y jamás podría, Sasuke era el mejor marido que podría haber deseado, mesurado, paciente, comprensible y amable, pero Takara nunca dejaba de pensar en que le había robado el marido a su hermana, y temía que Sakura nunca la perdonara.

—No debería presumir de mi embarazo, no frente a Sakura— consideró Takara en voz alta. —Espero que algún día pueda perdonarme— deseaba reconciliarse con su hermana.

—Nada debe perdonaros— corrigió la reina, intentando apartar esos pensamientos de la mente de su hija.

—Le robe el marido— obvió ella, sin poder olvidar aquello, ¿cómo hacerlo?

—No habéis hecho tal cosa— negó su madre de inmediato, —Sasuke os eligió a vos, y Sakura ha de vivir con esa realidad— lo ocurrido había escapado de su control hace tiempo. —Ahora solo vuestro bienestar y el de vuestro hijo son importantes— recordó, descendiendo su mirada al vientre de su hija.

—Perded cuidado, madre— sosegó Takara con una ligera sonrisa, —todo marcha bien, y yo estoy feliz con ello— aseguró acariciando su vientre por sobre el vestido.

Sonriendo y compartiendo el ánimo de su hija, la reina Seina situó su mano sobre el vientre de su primogénita, siento como el bebé se movía y vivía. Takara no podía ocultarlo; no amaba a Sasuke, pero ambos compartían un afecto y respeto sincero, y eso era suficiente para poder vivir en paz el uno con el otro, ella se había reconciliado con la vida y agradecía a Sasuke la nueva paz que había obtenido, y del vínculo que ambos compartían—forjado en base al respecto, la admiración, la amistad y el aprecio más sincero—nacería un hijo que quizás un día gobernaría sobre Portugal, Castilla y Aragón. Pese a ser reina, haber nacido como princesa, hija y nieta de reyes, Takara no ambicionaba grandes cosas para su hijo más que fuera feliz, ¿pero viviría para verlo? Takara no había querido comentar nada, siempre sumida en sus propios pensamientos y cavilaciones, ni siquiera con Sasuke, pero desde que había descubierto su embrazo había comenzado a temer no poder ver crecer a su hijo, no porque fuera a nacer muerto o lo perdiera, sino porque era Takara quien comenzaba a presentir que su muerte estaba cerca.

Y ese presentimiento no la abandonaba.


22 de Agosto de 1498

Esa tarde, mientras estaba en sus oraciones, elevando sus plegarías a Dios por los miembros de su familia, sus súbditos, la iglesia y la paz, la reina Seina fue informada de que su primogénita había entrado en labores de parto, y que la partera pronosticaba que el bebé tendría problemas para nacer, ya que venía en posición contraría, de nalgas, por lo que la reina se dirigió a los aposentos de su primogénita, siendo alcanzada por sus hijas menores en el trayecto. La infanta Sakura portaba un elegante vestido—debajo una enagua blanca de cuello en V—de seda esmeralda oscuro con bordados plateados, de escote alto y cuadrado, con mangas holgadas que se ceñían al tornarse en muñequeras negras con holanes blancos, y falda de dos capas, y sus largos rizos rosados caían sobre sus hombros y tras su espalda, haciendo pasar desapercibidos unos pendientes de oro con perlas en forma de lagrima. La infanta Mirai portaba un austero vestido de seda gris oscuro—debajo una enagua gris oscuro de cuello alto y redondo—de cuello redondo con detalles carmesí y dorado, anudado en el frente del corpiño por hilos gris claro, hombreras con holanes de igual color, mangas ceñidas y largos holanes que se anudaban al final, falda lisa, y su largo cabello negro recogido en una larga trenza por una diadema de rejilla decorada por cristales, y pendientes en forma de lagrima.

Deteniéndose en el umbral de las puertas, la reina Seina tardó un par de segundos en ingresar a la habitación, dirigiendo de inmediato su mirada a su primogénita, que yacía recostada sobre la cama, ataviada en un sencillo camisón blanco de cuello redondo y mangas holgadas que se ceñían en las muñecas, con la falda levantada hasta la altura de sus muslos mientras era examinada por las parteras, y sus cabellos naranja caían sobre sus hombros, pegándose a su frente y su cuello debido al sudor que comenzaba a poblar su piel. Al lado de la cama se encontraba el obispo Homura Mitokado, confidente de la reina portuguesa y que oraba en silencio por ella para reconfortarla, aunque eso ultimo parecía no estar dando resultados, pues Takara no se sentía mejor ni peor. Takara había querido creer que estaba equivocada, que su presentimiento era el de una preocupada madre primeriza, pero cuando quedo en evidencia que el parto se presentaba complicado, reafirmo que ella no iba a sobrevivir, por lo que enfocó sus fuerzas únicamente en alumbrar a su hijo, en nada más. Cuando la reina Seina ingresó en la habitación, el obispo Homura administraba la comunión a su hija, que de inmediato encontró su mirada con la de ella, reemplazando su rostro aparentemente inalterable por una absoluta expresión de angustia, soportando lo mejor que podía las fuertes contracciones que la azoraban.

—Salid todos, salid— ordenó la reina, sin incluir a las parteras y al obispo.

—Vos no, Sakura, quedaos— rogó Takara, llamando a su hermana, que no dudo en situarse a su lado. —Madre, tengo tanto miedo...— confesó con la voz quebrara.

—Estad tranquila, hija mía, Dios no nos va a abandonar— aseguró la reina a su hija, entrelazando su mano con la de ella.

El resto de los nobles o religiosos presentes en la estancia acató la orden de la reina de inmediato, reverenciando a su soberana y las infantas antes de salir de la estancia, dejando solo a las parteras para encargarse de la reina portuguesa, y al obispo Homura para intentar sosegar sus temores e inquietudes, como también intentarían hacer su madre y reina, además de sus hermanas. Aunque con presteza se hubiera arrodillado junto a la cama de su hermana, sujetando su mano derecha, Sakura tragó saliva sonoramente, temblando al solo recordar el parto de la pobre Ino que estaba de regreso en Flandes, ¿acaso ocurriría lo mismo ahora?, ¿el bebé estaba en peligro?, negando mentalmente, Sakura esbozó una amable sonrisa, intentando calmar a su hermana, alzando una de sus manos para apartar sus cabellos de su frente, orando para sí porque esta vez no ocurriera nada de eso, no podía suceder. Intentando aferrarse a las palabras de su madre y agradeciendo infinitamente la presencia de su hermana Sakura, que sostenía su mano, Takara apretó los dientes y frunció el ceño al sentir otra dolorosísima contracción que fue capaz de soportar, conteniéndose para no gritar…las horas comenzaron a pasar una a una, Takara no podía contarlas, tampoco su madre o sus hermanas, solo comenzaron a darse cuenta cuando el sol desapareció en el horizonte y cayo la noche, a lo que una doncella ingresó para encender las velas de la habitación.

—Aguantad, hija mía, por favor— rogó la reina con la voz cargada de emoción y angustia.

—Aguantad, Takara— respaldó Sakura, a la diestra de su hermana. —Os perdono— declaró entonces, sorprendiendo a su hermana Takara que la observo con incredulidad. —Por favor, aguantad— imploró, esbozando una triste sonrisa, intentando infundirle ánimo.

Todo este tiempo se había mostrado distante de su hermana, sin saber cómo perdonar o disculpar que Takara se hubiera casado con Sasuke, si no la había perdonado es porque no había sentido que tuviera motivos para odiarla, pero ahora comprendía que lo que más necesitaba su hermana era su perdón, y siendo así Sakura la perdonaba de todo corazón, perdonaba todo, todo el sufrimiento consciente o inconsciente que su hermana le hubiera causado, en ese momento solo quería que volvieran a ser hermanas en toda regla, que ese bebé naciera y que su hermana pudiera tenerlo en sus brazos, se juraba que olvidaría a Sasuke e iría feliz al altar con el rey Utakata de Escocía, todo con tal de que su hermana sobreviviera al parto y fuera feliz, era una promesa. Sin importar cuantas horas pasaran, el obispo Homura continuo orando con devoción junto a la cama sobre la cual yacía la reina de Portugal, que gritaba con profundo dolor ante cada nueva contracción, pujando con todas sus fuerzas ante la preocupada mirada de las parteras que observaban entre sus piernas, negando como respuesta pues el parto no progresaba, las horas pasaban y comenzaba a existir la posibilidad de tener que realizar una cirugía y decidir entre la vida de la madre o la del hijo. Sosteniendo la mano de su hija, la reina Seina sollozó con los ojos rojos a causa de las lágrimas, angustiada ante la idea de que su hija no pudiera con el parto, ni su nieto o nieta.

Hecha una maraña de nervios, la infanta Mirai se situó tras las parteras, intentando ayudar en lo que pudiera, angustiada por su sufriente hermana, con su madre la reina Seina sujetando su mano izquierda y su hermana Sakura su mano derecha, secándole el sudor de la frente, ¿qué podían hacer? Cada minuto que pasaba implicaba un gran riesgo para el bebé así como para Takara, que gritó fuertemente, desplomándose sobre las almohadas, sollozando al no encontrar fuerzas para seguir pujando, temiendo que su bebé muriera, la gota que rebalso el vaso para Sakura, que en un arrebato soltó la mano de su hermana y se subió a la cama, situando sus dos manos sobre el vientre de Takara, presionando con medida fuerza, intentando empujar a su sobrino o sobrina, para ayudarlo a nacer, pasando sus manos por su vientre mientras recargaba su peso sobre ella como impulso, escuchando gritar a Takara que no protesto ante su ayuda sino todo lo contrario, se esforzó por pujar, sin darse por vencida. Desviando la mirada hacia su hermana Mirai, que asintió con una sonrisa junto a las parteras, y viendo que el bebé estaba comenzando a salir, Sakura presionó con más fuerza el vientre de su hermana, que soltó un profundo grito mientras el bebé finalmente abandonaba su vientre, sollozando de forma estridente como señal de que estaba vivo, sacando una sonrisa a la reina Seina, a las infantas Sakura y Mirai, y a su muy agotada madre...


Fuera de los aposentos de la princesa Takara se encontraban su esposo el rey Sasuke, su padre el rey Pein y el leal amigo de la reina de Castilla, Hidan Akatsuki, el rey de Aragón y el rey de Portugal paseándose nerviosamente por el pasillo, ansiosos por noticias pero también mortalmente preocupados, pues habían sido informados de que el parto se presentaba complicado y que había que prepararse para lo peor, Pein estaba acostumbrado a ese tipo de resoluciones, su esposa había alumbrado a un niño nacido muerto, había arriesgado su vida al alumbrar a su hija Sakura hacía tantos años y precisamente habían dejado de compartir la cama como marido y mujer para evitar que se repitiera ese riesgo tras el nacimiento de su hija Mirai, pero Sasuke estaba aterrado, iba a ser padre por primera vez y no sabía que esperar. El rey portugués vestía una sencilla y holgada camisa blanca de cuello redondo, encima una larga chaqueta marrón oscuro de cuello redondo, cerrada por finos nudos en el centro del pecho en vertical hasta el abdomen, donde se ceñía a su cuerpo por un cinturón de cuero negro, mangas ligeramente abullonadas, largo faldón en el frente y la parte posterior, pantalones marrón oscuro y botas negras, con el cabello ligeramente despeinado ante sus propios nervios, acercándose a la venta, cuya luz del alba despuntando no le proveía sosiego sino todo lo contrario, ¿por qué estaba ocurriendo aquello?, ¿por qué Dios amenazaba con apartar de su lado a su esposa y su hijo?, ¿qué es lo que había hecho mal?

—¿Por qué Dios nos castiga de esta manera?— cuestionó Sasuke en voz alta.

—Es momento de confiar en su misericordia— aconsejó el rey Pein a su yerno.

—Concede a las campesinas hijos sanos de los que en nada depende, y sin embargo...— intentó señalar el soberano portugués, para justificar su preocupación.

—Sosegaos, os lo ruego— insistió el aragonés con mayor firmeza. —Vuestra angustia de poca ayuda es— quizás por ello precisamente es que los hombres no estaban presentes en el parto.

Claro que había mucho que envidiar a las personas de a pie, hombres y mujeres que no sabían lo que implicaba gobernar y sacrificase por ello, tenían la fortuna de tener hasta diez hijos sanos durante sus vidas y solo se dedicaban a verlos crecer, un privilegio que en ocasiones ni los mismos reyes podían tener, pues habían de confiar el cuidado y educación de sus hijos a doncellas, institutrices y nobles, ¿estaba mal desear algo de felicidad y normalidad?, Sasuke creía que no, sin importar cuan imposible e inalcanzable pareciera. Hablando objetivamente, Pein comprendía los pensamientos de su yerno, si el hijo de Takara y Sasuke era un varón, los reinos de Castilla y Aragón, las Españas, estarían a salvo, habría paz volviéndose uno solo, por no señalar la enorme riqueza si se anexaba el reino de Portugal, en ello debían concentrarse mientras esperaban, en las posibilidades. Tras una espera que pareció no tener fin, Sasuke apoyando ambas manos en el marco de aquella ventana por la que contemplaba el alba, las puertas de los aposentos de su esposa se abrieron y de ella emergieron las parteras, con su mandiles blancos tinturados de sangre, la más veterana de ellas cargando a un pequeño bebé en sus brazos y con el cual se aproximó al rey de Portugal, que sin aliento solo pudo imitarla, lentamente, sin apartar su mirada de aquel pequeño, cuyos difusos cabello castaños apenas y eran distinguibles en su cabeza; a Sasuke dejo de importarle si era niño o niña, solo que era suyo.

—Es varón— comunicó la partera con su voz carente de emoción.

Por inercia, una ligera sonrisa se adueñó del rostro del rey Pein; lo pactado con las cortes de Aragón ahora era un hecho, si sus dominios no aceptaban a su hija Takara como futura reina, si podían jurar heredero a su hijo, que siendo varón cumplía con todos los requerimientos, claro que aún había detalles a definir como que el pequeño permaneciera en Castilla y se educara en los reinos de las Españas hasta que el rey Sasuke solidificara su poder en Portugal, deshaciéndose de enemigos como su joven sobrino el duque de Braganza, pero esos pormenores ya se resolverían con el tiempo. Como si comprendiera los pensamientos de su suegro, Sasuke pensó en su hermana mayor Miso, hasta hace poco heredera al trono portugués y que había renunciado a sus derechos por una vida amena y digna de una viuda, dejando tal rango en manos de su sobrino Kagen Uchiha, hijo de su otra hermana, Emi, y que ahora representaba una amenaza para que su hijo llegara al trono, una amenaza que él sofocaría, era una promesa. Con sumo cuidado, Sasuke alargó una de sus mano para acariciar la frente de su hijo y sus cortos cabellos castaños, mas el bebé no se movió ni emitió sonido alguno, dormía tranquilamente, sereno como su madre, y a quien Sasuke deseaba agradecer de mil y un formas por el presente que le había hecho, el mayor que cualquier rey sobre la tierra pudiera recibir y que todo hombre en el fondo anhelaba tener; un hijo, ¿cómo no estar inmensamente agradecido?

—¿Y mi esposa?— preguntó Sasuke, sintiendo que debía agradecerle a Takara todo su esfuerzo.

Ante aquella pregunta, la partera alzó la mirada para encontrar sus ojos con los del rey portugués, sin emitir una respuesta, en su lugar bajando la cabeza y continuando con su camino a la habitación contigua para limpiar al pequeño recién nacido, sin embargo su silencio no hizo más que angustiar todavía más al rey portugués y al rey de Aragón.

¿Qué le había sucedido a Takara?


Decirse agradecida era poco para Takara, esbozando una apenas perceptible sonrisa con las encasas fuerzas que tenía, observando a su hermana Sakura de pie tras su cama, de no haber sido por ella no habría podido alumbrar a su hijo, una gran alegría que en ese momento le permitió olvidarse del dolor del parto que tanto la había fatigado, haciéndola permanecer recostada sobre la cama, incapaz de moverse, sentía como sus piernas temblaban debajo de su camisón, no había hemorragia, infección ni nada parecido, y sin embargo Takara no tenía fuerzas, sentía como la vida se evaporaba de ella minuto a minuto, pero no le importaba, porque había cumplido con su deber. De pie junto a la cama, a la diestra de su hija, la reina Seina intento animarse, a diferencia de la bebé de Ino, el hijo de Takara era un varón, pequeño y pálido pero en quien permanecía la vida, el heredero de tres reinos, el futuro de Castilla estaba asegurado, pero como madre sentía que el corazón se le estaba rompiendo, observando a su fatigada primogénita y acompañada por sus dos hijas menores de pie tras la cama, nunca había visto a su Takara tan débil y enferma, y le afectaba saber que si se encontraba así era por ella, que no le había permitido tomar los votos tras enviudar de su amado Izuna, sino que la había empujado a otro matrimonio, al parto que cobraba la vida de muchas mujeres.

—Es un varón, Takara— recalcó la reina a su hija, muy emocionada. —Os dije que Dios estaría de nuestro lado— obvió, intentando no enfocarse en nada más.

—Sabéis tan bien como yo, que me estoy muriendo— musitó Takara con la voz entrecortada.

—¿Por qué decís eso?— reprendió a su hija con ternura. —Solo necesitáis descansar— acotó, tratando de sobreponerse.

—Por fin podré hacerlo— suspiró Takara con una sonrisa, la más radiante hasta entonces. —Mi alma está tranquila, he cumplido mi deber con vos y ahora cumpliré con el señor— por fin se reuniría con su amado Izuna. —Cuidad de mi hijo, más lo habéis deseado que su propia madre— encomendó, no teniendo fuerzas para aferrarse a la vida.

—Todo es culpa mía, yo os lleve al matrimonio— clamó la reina ahogando un sollozo. —Perdonadme— rogó, sintiendo las lágrimas deslizarse por sus mejillas.

Debería haber escuchado a Takara, debería haberle permitido convertirse en monja y vivir dignamente como viuda, relegada de la vida en la corte, pero las decisiones políticas habían sido más importantes y la había emparejado con Sasuke, obligándola a casarse otra vez, cuando lo que debería haber hecho era rechazar a su propuesta de matrimonio y ofrecer a Sakura en su lugar, que brillaba como una estrella en la habitación, con nervios de hierro y una fortaleza emocional que la reina Seina admiró profundamente, si hubiera hecho las cosas de manera diferente quizás su hija estaría a salvo, no al borde de la muerte. Sin desvanecer la sonrisa en su rostro, consolando a su madre, no teniendo nada que reprocharle, pues sabía que solo había cumplido con su deber como reina, justo como ella, Takara apartó la mirada de su madre hacia el umbral de la habitación al escuchar pasos, viendo a Sasuke ingresar apresuradamente, seguido por su señor padre el rey de Aragón, ambos pálidos a causa de la angustia, algo que Takara ignoró para no angustiarse en esos últimos momentos. Viendo materializarse todas sus preocupaciones en su pálida y débil esposa, recostada sobre la cama y cuyas piernas temblaban dado el laborioso trabajo de parto, Sasuke se acercó a la cama, reemplazando a su suegra la reina Seina, arrodillándose a la diestra de su esposa, que uso gran parte de sus fuerzas en entrelazar una de sus manos con las de él, brindándole consuelo con esa sola acción.

—Sois un buen hombre, Sasuke— susurró Takara con las últimas fuerzas que le quedaban.

—Mi señora, guardad vuestras fuerzas, debéis recuperaros— apremió Sasuke, esforzándose por no reparar en su extrema palidez. —Nuestro hijo necesita de vos, y yo...— puede que no hubieran encontrado el amor, pero un rey necesitaba a su reina, y él a su esposa.

—Llorad, más no os aflijáis por mí— sosegó ella en voz baja. —Pues, voy al encuentro del único esposo que debí aceptar— empleó su último aliento para decir aquello.

Había intentado evitar el matrimonio con Sasuke por todos los medios, había intentado respetar la memoria de su amado Izuna, pero al final sus padres habían impuesto su voluntad, y como hija todo lo que Takara había podido hacer era obedecer, yendo al matrimonio de buena gana, creyendo que Izuna comprendería sus razones para convertirse en reina de Portugal, y él lo hacía, pero estar casada con Sasuke había permitido que Takara comprendiera que nunca deberían haber unido sus vidas, él era un gran hombre que haría feliz a cualquier mujer sobre la tierra, merecía enamorarse y ser feliz con una mujer que pudiera amarlo, y esa mujer estaba en esa habitación, se trataba de su hermana Sakura. Apartando la mirada de Sasuke, a quien dejaba libre para unir su vida a la de alguien más si ese era su deseo, Takara dirigió su atención a su hermana Sakura, con sus rizos rosados ligeramente despeinados y las lágrimas deslizándose por sus mejillas sonrosadas, pero no tenía por qué llorar ni afligirse, así como su hermana había perdonado su error, Takara le deseaba la mayor felicidad, sonriendo ligeramente, prometiendo velar por ella sin importar donde estuviera, solo pidiéndole con una última mirada que cuidara de su pequeño hijo. Encomendándole esto último a su hermana, sin palabras, Takara alzó la mirada hacia el cielo, conteniendo el aliento al sentir como todo el dolor y el sufrimiento que había sentido se evaporaban, porque estaba en paz.

Sasuke no apartó la mirada de su esposa, cuyo pecho dejo de subir y bajar lentamente, y su mano se soltó de la suya, con su mirada zafiro desenfocada, carente de vida, lo que lo hizo bajar la cabeza pesadamente, sabiendo que Takara había muerto. Contemplando la mirada desenfocada de su hermana mayor, que pronto comprendió había muerto, Sakura tembló como una hoja en el viento, su hermana le había agradecido que perdonara su traición, que la hubiera perdonado por quitarle al hombre que debería haber sido su esposo, y le había agradecido que ambas hubieran podido pasar sus últimos momentos como verdaderas hermanas, por lo que Sakura cerró los ojos y se lamentó profundamente por no haberla perdonado antes, lamentando haber desperdiciado tanto tiempo, sintiendo las lágrimas deslizarse por sus mejillas mientras su hermana Mirai apoyaba su cabeza contra su hombro, sollozando mientras la abrazaba. Su madre la reina Seina apartó la mirada de su ahora fallecida hija, con lágrimas en los ojos, volviendo la mirada hacia un crucifijo que permanecía sobre el pequeño altar en que su hija había orado por largo tiempo, ese símbolo religioso tan solemne y soberbio irritó a la reina de Castilla, que lo contempló en silencio, henchida de rabia, avanzando hacia este, desmayándose en los brazos de su esposo el rey Pein…


Dejando pasar las horas necesarias, comenzaron prontamente los preparativos para el funeral de la fallecida reina de Portugal, y sin importar cuan abatida se encontrase, la reina Seina estaba decidida a asistir y despedir a su hija como se merecía una reina, olvidaría el dolor y su propio pesar que la hacía temblar, misma opinión que compartía su hija la infanta Sakura. A solas en sus aposentos, habiendo despedido a sus doncellas, Sakura aliso la falda de sus galas, esforzándose por lucir lo más presentable posible, ataviada en un sencillo vestido negro—debajo una enagua blanca de escote en V—de escote alto y cuadrado decorado por finas perlas en el contorno, mangas holgadas que se ceñían por encima de las muñecas donde se formaban ceñidas muñequeras de cuero con detalles cobrizo, falda lisa de dos capas y sus largos rizos rosados caían sobre sus hombros y tras su espalda, perfectamente peinados para despejar su rostro. Por desgracia, la reina Seina se había acostumbrado a vestir el luto desde que su hijo Sai había muerto, había tenido ilusión de dejarlo atrás, pero no había sido posible, pues con solo meses de diferencia entre sí, Dios había apartado de su lado a su nieta recién nacida y ahora a su primogénita Takara, sin embargo, no pudo reprimir un estremecimiento al ingresar en los aposentos de su hija Sakura, a quien contempló ante el espejo, ataviada con las luctuosas ropas que habría de lucir en el solemne funeral de su hermana.

—El rey Sasuke ha anunciado su presencia en el funeral de Takara— mencionó la reina mientras se acercaba a su hija.

—No podía ser de otra manera, era su esposa— comentó Sakura con aparente indiferencia.

No era ninguna tonta, puede que su hermana hubiera muerto hace solo unas horas, pero el pesar del luto no se aplicaba a los soberanos o reyes como si pasaba con los demás seres humanos, los reyes eran elegidos por Dios para hacer su voluntad, siendo Sasuke un rey tan joven y lidiando con tan incierta sucesión al trono de su reino, se esperaba y era imperativo que volviera a casarse para tener más descendencia, su hijo recién nacido no era suficiente para garantizar la sucesión, no en esos tiempos en que se podía morir por cualquier enfermedad, y la única candidata apropiada para convertirse en esposa del rey portugués era ella, a quien había rechazado anteriormente por su hermana Takara. Sakura no podía ni podría olvidar jamás que Sasuke había elegido a Takara por sobre ella, le gustaría volver el tiempo atrás y tener una oportunidad de lograr un lugar en el corazón de rey portugués, pero ya era tarde. Aunque afectada por su propio dolor de madre y su melancolía, la reina Seina percibió el disgusto de su hija en el laconismo de sus palabras, Sakura tendía a ser muy franca y directa, ese quizás era su mayor virtud y defecto, no era como su fallecida primogénita Takara que callaba lo que sentía o fingía estar de acuerdo para agradar a otros, no, era ella misma siempre, justo como la reina Seina había sido en su juventud, pero toda mujer debía aprender que no todas las batallas podían ganarse.

—Es un hombre recto y amable, será un buen esposo para vos— musitó la reina, intentando apaciguar a su hija. —Vuestra hermana Takara fue dichosa con él— pocas veces se encontraba a un hombre así, y no había que desaprovechar la oportunidad si se tenía.

—No ansió el amor, madre— replicó Sakura, sin ceder en sus convicciones, —pues si lo hiciera no podría soportar mis deberes, sea donde fuere— había nacido para ser reina, y se había hecho a la idea de olvidarse de los sentimientos desde que era niña.

—Pronto voy a perderos— recordó su madre con dolor, no deseando que su hija se alejara de su lado sin importar que fuera para desposarse y formar una familia, —me consolaría que fuese por una unión feliz— Sasuke representaba esa posibilidad, por eso quería que se casara con él.

—Cumpliré mi cometido, con la ayuda de Dios— determinó la infanta, sin aceptar ni negar lo que su madre le pedía. —Nada espero salvo ser una buena hija y una buena esposa— obvió, entrelazando su mirada con la de su madre, a quien admiraba tanto. —La felicidad...vos lo sabéis, madre, es demasiado pedir— ser reina y obtener la felicidad parecían ser dos cosas que pocas o ninguna vez se relacionaban.

Con una triste sonrisa, deseando haber tenido la entereza y disposición de su hija cuando había tenido su edad, la reina Seina se inclinó para depositar un beso sobre la frente de la infanta, acariciando sus largos y sedosos cabellos rosados, ojala y su hija pudiera abrir su corazón al amor, siendo una mujer tan joven no podía volcarse al fatalismo sin haber siquiera intentado ser feliz, no podía rendirse todavía, y aunque Seina sabía que su hija se negaría, ella negociaría su matrimonio con el rey Sasuke, porque era el mejor hombre que pudiera tener por esposo. Sakura sonrió ligeramente bajo la mirada de su madre y soberana, había aprendido mucho del matrimonio de sus padres; su padre el rey Pein engañaba a su madre con muchas mujeres casi sin tener en cuenta sus sentimientos, ¿y qué si Sasuke era un buen hombre?, ¿eso significaba que no iba a cansarse de ella y tomar amantes?, tonta sería si no lo pensara, pero a decir verdad le daba igual, ser reina implicaba aceptar cosas así, y ella lo haría, pero no estaba segura de querer ser la esposa de Sasuke, no tras lo ocurrido, ¿y si él tampoco la quería ahora? Los planes habían cambiado, sin embargo ahora Sakura no quería tener nada que ver con Sasuke, no de buena gana, él había exigido que Takara fuera su esposa, eso la había llevado a morir en el parto, y ahora ella habría de convertirse en su esposa.

Prefería partir a Escocia y desposar al rey Utakata, y se lo dejaría claro a Sasuke.


El funeral de la reina Takara tenía lugar en el salón del trono, todos los nobles se encontraban reunidos en torno a la mortaja de la joven reina portuguesa, y de entre todos los presentes destacaba el rey Sasuke quien presidía el funeral por decisión de los reyes Católicos, más alto que la mayoría, orgulloso y digno de admirar a pesar de lo evidentemente quebrado que se encontraba anímicamente, ataviado en una camisa blanca de cuello redondo, mangas holgadas que se ceñían en las muñecas, encima una chaqueta negra de cuello alto y cerrado, con mangas ceñidas a las muñecas, encima un largo abrigo de terciopelo negro cerrado en V en la mitad del pecho por cuatro botones de plata, cortas mangas hasta los codos y hombreras de piel, pantalones negros y botas de cuero. La reina Seina ingresó en el salón del brazo de su esposo el rey Pein, ataviada con trágicas ropas de luto, y un largo velo negro cayendo sobre su rostro, como sus hijas menores las Infantas Sakura y Mirai, que ingresaron detrás de la pareja real. Recostada sobre un complejo féretro y cama de sedas con bordados de oro yacía la mortaja de la reina Takara, ataviada con los hábitos de monja, ya que antes de morir había pedido ser enterrada en el Convento de Santa Isabel de Toledo, y sus padres respetarían su decisión en la muerte, como no habían hecho en vida. La reina Seina solo se apartó de su esposo para acercarse a su hija, sobre cuya frente deposito un casto beso, prosiguiendo con su camino al trono sobre el cual se sentó, con su esposo a su lado.

—Oídme bien: nada me va a separar de ese niño— declaró la reina en voz baja, aludiendo a su nieto, —aquí ha nacido, y aquí crecerá, pues tan rey va a ser de Castilla como de Portugal— nada ni nadie iba a hacer que cambiara de opinión.

—Pensamos como vos, y haremos lo posible— declaró el rey para calmar a su esposa.

—No, mi señor, es decisión tomada— rebatió Seina con idéntica fiereza que su hija Sakura en sus convicciones. —Prometí a mi hija que cuidaría de él, y voy a dejarme la vida en ello— Sakura le había dicho que intentaría ser una madrastra temporal para el pequeño, ambas estaban comprometidas a cuidar de él, —pues si algo le ocurriera, Hinata sería la sucesora— y con ello su yerno Naruto sería rey consorte.

—En estos momentos, eso sería una catástrofe— obvió Pein, con gran preocupación.

—Siendo así, debemos evitarlo por todos los medios— zanjó ella, inamovible.

Como madre, Seina consideraba que había cometido un error imperdonable; debería haber respetado la voluntad de su hija, debería haber dejado que ella viviera su luto y se retirase a un convento como tanto había deseado hacer tras enviudar de Izuna, pero ella había antepuesto el bien de la corona a los sentimientos de su hija, la había perdido, la había llevado a la muerte, y todo cuanto ahora podía hacer era velar por su pequeño hijo, como ella le había pedido que hiciera. Ajeno a la conversación de los reyes Católicos, Sasuke se despojó de su anillo de matrimonio y se aproximó al cuerpo de su esposa, ciñendo el anillo a uno de sus dedos a modo de despedida, ambos habían encontrado cierto grado de felicidad juntos, y él quería honrar eso, sosteniendo la mano en que ciño el anillo y besando respetuosamente el dorso de esta. A la diestra del trono de sus padres y reyes, junto a su hermana Mirai que se mostraba sombría y profundamente afectada, por un instante Sakura tuvo el impulso de acercarse a Sasuke, ofrecerle sus condolencias y reconfortarlo al hacerle saber que no era un extraño en aquellos reinos, que no estaba solo ya que era parte de su familia y siempre lo sería, pero pronto negó para sí y permaneció al lado de su hermana, ¿por qué su corazón la impulsaba a lo que no debería hacer?, no iba a casarse con Sasuke sino que con el rey Utakata, iba a ser reina de Escocia no de Portugal…


PD: Saludos, mis amores, ya sé, no me digan, casi dos semanas ausente, y me disculpo de todo corazón pero estoy hasta el cuello de trabajos, informes y atada de manos, además envié mi laptop al servicio técnico y no podía escribir, pidiendo su comprensión, pero reafirmando que seguiré actualizando todas mis historias, lo prometo :3 la próxima semana actualizaré nuevamente "Kóraka: La Sombra del Cuervo", luego "Reina de los Vampiros" y por último "El Sentir de un Uchiha", lo prometo, por lo que deséenme suerte :3 esta historia esta dedicada a mi queridísima amiga Ali-chan 1966 (agradeciendo su asesoría y aprobación, dedicándole particularmente esta historia como buena española), a mi querida amiga y lectora DULCECITO311 (a quien dedico y dedicare todas mis historias por seguirme tan devotamente y apoyarme en todo), y a todos que siguen, leen o comentan todas mis historias :3 Como siempre, besitos, abrazos y hasta la próxima.

Personajes:

-Sakura Haruno como María de Aragón -Sasuke Uchiha como Manuel de Portugal

-Takara Uchiha como Isabel de Aragón -Mikoto Uchiha como Beatriz de Portugal

-Seina Uchiha como Isabel I de Castilla -Pein Haruno como Fernando II de Aragón

-Hinata Hyuga como Juana I de Castilla -Naruto Uzumaki como Felipe de Habsburgo

-Ino Yamanaka como Margarita de Austria -Minato Namikaze como Maximiliano de Austria

-Utakata como James IV de Escocia -Kagen Uchiha como Jaime de Braganza

-Mirai Sarutobi como Catalina de Aragón -Hidan Akatsuki como Gonzalo Chacón

Realismo & Amor: la reunión entre los Reyes Católicos, su hija Isabel y su cuñado Manuel tuvo lugar en la ciudad de Guadalupe en España, luego se convocaron las cortes y fueron declarados herederos en Toledo, antes de trasladarse a Zaragoza, donde pasaron meses ya que Aragón se negaba a reconocer a una mujer como reina debido a la ley sálica, y se decidió que si el bebé que nacía era varón, él seria jurado como heredero. No hay pruebas de que María haya estado presente en el parto de su hermana Isabel o que haya colaborado, eso es ficción de mi autoría, de hecho María interviene en el parto de una manera que yo hice en la vida real, de ahí que se me haya ocurrido la escena, por lo que es una mezcla de realismo y ficción. En efecto, históricamente y cuando Isabel murió, los Reyes Católicos necesitaban mantener la alianza con Portugal, y como el rey Manuel seguía siendo joven y no tenía mas descendencia que un niño recién nacido y frágil, María le fue ofrecida como novia y futura reina, algo que representare mejor en el próximo capitulo, así como la inevitable atracción entre ambos, pero por ahora Sakura no tiene intención alguna de casarse con Sasuke luego de que él la rechazara, y encima de todo que su hermana haya muerto por haberse casado con él.

También les recuerdo que además de los fics ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron y que pretendo iniciar pronto), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia"), "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer), "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul") :3 Para los fans del universo de "El Conjuro" ya tengo el reparto de personajes para iniciar la historia "Sasori: La Marioneta", por lo que solo es cuestión de tiempo antes de que publique el prologo de esta historia. También iniciare una nueva saga llamada "El Imperio de Cristal"-por muy infantil que suene-basada en los personajes de la Princesa Cadence y Shining Armor, como adaptación :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3