-Esta historia es una narración de la vida de la reina María de Aragón, que hasta el día de hoy no ha sido debidamente representada en la literatura ni en la ficción. La trama contiene ficción, pero para desarrollar los acontecimientos históricos que sucedieron realmente. Muchos de los personajes pertenecen por completo a Masashi Kishimoto, más otros personajes, los hechos y la trama corren por mi cuenta y entera responsabilidad para darle sentido a la historia. Les sugiero oír "Shed My Skin" de Within Temptation para Sakura, "Evermore" de Josh Groban para Sasuke, además de "My Immortal" de Evanescence y "Somewhere" de Within Temptation para el contexto del capitulo.
24 de Febrero de 1500/Prinsenhof, Flandes
Al contrario del luto que imperaba en Castilla y que parecía no tener fin, la corte de Flandes era solo alegría, fiestas que no terminaban, lujos, joyas, colores, damas con profundos escotes y caballeros galantes prestos a seducir, Hinata debía reconocer que en su momento se había sentido escandalizada por esta corte, pero amaba tanto a su esposo el archiduque Naruto que no había dudado en imitar la moda de la corte, reemplazando sus pudorosos vestidos por los tradicionales usares flamencos, incluso ahora que estaba embarazada por segunda vez. Con un notorio vientre de casi nueve meses, la archiduquesa Hinata portaba un elegante vestido de seda celeste claro con bordados plateados—decorada debajo por un baño de seda dorada de escote en V, y que continuaba en la falda inferior—, entallado a su figura, de falda abierta bajo el vientre, con un escote bajo y redondo color dorado decorado por rosas azul claro, con mangas acampanadas forradas en piel en los bordes, ceñido bajo su busto para dejar en evidencia su vientre, y sus largos rizos azul oscuro caían tras su espalda, peinado por un tocado flamenco forrado en seda celeste con bordados dorados y decorado por perlas, con largos pendientes de cristal. Bailando con uno de los galantes caballeros en el salón, como hacían muchas damas, la archiduquesa se excusó respetuosamente y abandonó el baile, llevándose una mano al vientre al sentir un ligero malestar, pero que no atribuyo a su avanzado embarazo.
—Señora, ¿os encontráis bien?— preguntó una de sus damas al ver el malestar en su rostro.
—Sí, muy bien— contestó Hinata con una sonrisa, retirándose del salón a paso veloz.
Dos doncellas de la archiduquesa no dudaron en seguirla, lo que no pasó inadvertido para el archiduque Naruto que también se encontraba en el salón, bailando cortésmente con otra dama como norma de la caballería, temiendo que algo le hubiera pasado a su esposa y por lo que pronto pretendió seguirla, pero una de sus damas negó en silencio y le hizo saber que se encontraba bien, mas aun así Naruto regresó al baile intranquilo, sabía que no debería haber dejado que Hinata participara de las fiestas de la corte estando tan embarazada, pero no había podido negarle iluminar la corte con su brillo, pues cada embarazo la hacía ver aún más hermosa. Cada vez que tenía lugar una celebración en la corte, en el salón contiguo se instalaba un área propia para…realizar cualquier necesidad, ya fuera orinar u algo más, y dado que se había pasado horas bailando con muchos caballeros, sin hacer nada más que beber, comer y disfrutar a sus anchas, la archiduquesa Hinata adjudicó su malestar en el vientre a una necesidad, ingresando a una de las letrinas, haciéndole una señal a una de las doncellas que la seguían y que no dudo en cerrar las cortinas para que tuviera algo de privacidad. Fuera de la letrina y aguardando, las doncellas solo se observaron en silencio entre sí; caga el pobre, caga el rico, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por un grito de la archiduquesa Hinata, a quien no podían ver dadas las cortinas cerradas de la letrina, lo que las hizo observarse entre sí con desconcierto.
—¿Qué le pasa?— preguntó una de las doncellas a su compañera.
—No sé— negó la otra doncella, igualmente confundida. —¿De cuánto está preñada?— consultó en caso de que debieran considerar aquello.
—No menos de ocho— contestó ella en un susurró. Otro grito de la archiduquesa las asusto y desconcertó aún más. —No ira a sacarlo aquí, ahora...— era el lugar menos digno para alumbrar un hijo.
Si resulto extraño para sus doncellas, dentro de la letrina Hinata no estaba precisamente menos confundida, ¿no se supone que aún faltaba una o dos semanas para que naciera su hijo?, la archiduquesa intentó convencerse de que era solo una falsa alarma o una necesidad, pero cuando sintió otro dolor en el vientre y esta vez con mayor fuerza, haciéndola gritar, la Infanta castellana y archiduquesa de Flandes se alzó la falda del vestido y llevo una manos al valle entre sus piernas, dándose cuenta de que era sangre y algo más, a lo que entornando los ojos y callando su propia incredulidad, no le quedo otro medio que comenzar a pujar, ¿en qué momento había roto fuente que ni siquiera se había dado cuenta?, olvidando aquello, la Infanta gritó a todo pulmón al sentir otra contracción. El nacimiento de la infanta Fuso hace un año había sido motivo de gran alegría en la corte, el propio archiduque Naruto le había nombrado en honor a su abuela paterna y tras el parto se había mostrado inseparable de la archiduquesa Hinata, tanto que a nadie le había extrañado que apenas unos pocos meses después esta se encontrase nuevamente embarazada…ambos eran muy apasionados, casi tres años de casados y ya tenían dos hijos, ¿pero alumbrar al segundo en una letrina?, ambas doncellas y algunas de las damas presentes en la estancia se observaron con incredulidad, sin saber qué hacer, hasta que una de las dos se acercó a las cortinas que la separaban de la archiduquesa.
—Señora— llamó la doncella, sin obtener respuesta, —decid algo por favor, señora— rogó desesperada y temiendo lo peor.
—Pasad— contestó Hina con un cansado suspiro, antes de que sus doncellas abriesen las cortinas. —Una cinta, y avisad— ordenó, deseando que su esposo supiera la feliz noticia cuanto antes.
El escenario que las doncellas encontraron al abrir las cortinas no pudo ser más inverosímil; la Infanta Hinata con la falda de tan bello vestido alzada hasta los muslos, las mangas del vestido arremangadas y en sus manos un bebé sollozante y cubierto de sangre, aun unido a ella por el cordón umbilical que Hinata no sabía cómo cortar, dado que no tenía tijeras a la mano, solo se le ocurrió que con una cinta, que una de sus doncellas no dudo en tenderle pese a su evidente sorpresa. Como sus doncellas no le eran de utilidad, pasmadas y observándola, pese a que fuera de lo más normal que una madre diera a luz a su hijo, Hinata mordió el cordón umbilical con sus dientes mientras situaba a su recién nacido hijo en su falda, anudando la cinta a la base del cordón y haciendo un nudo, dos, tres, cuatro, hasta que la unión entre su hijo y ella se hubo roto, soltando el sanguinolento cordón umbilical de sus dientes y arrullando a su pequeño hijo en sus brazos. Olvidando su incredulidad, una de las doncellas se sujetó la falda del vestido y a toda prisa corrió de regreso al salón, donde la fiesta continuaba en su pleno apogeo, gritando a pleno pulmón que la archiduquesa había dado a luz, y que ahora se trataba de un varón, el heredero del archiduque Naruto, que con una deslumbrante sonrisa y sin importarle nada, no dudo en acudir al lado de su esposa, para agradecerle por el nacimiento de un nuevo hijo.
Sin importarle que hubiera nacido en una letrina.
20 de Mayo de 1500/Granada, Reino de Castilla
El tiempo pasaba plácidamente en Castilla, donde el pequeño príncipe Yosuke de poco más de un año de edad juzgaba todo a su alrededor con felicidad, sonriendo mientras se arrastraba sobre la alfombra, aplaudiendo mientas veía a su tía y madrastra la Infanta Sakura sonreírle y hacer rodar una pequeña pelota por el suelo para que el pequeño la atrapase, aplaudiendo y haciendo que sus ojos esmeralda se iluminasen cada vez que el pequeño atrapaba la pelota y se la arrojaba a ella. El tiempo transcurrido y a portas de cumplir dieciocho años, hacía que la Infanta Sakura se hubiera convertido en una joven aún más encantadora, ataviada en un sencillo y femenino vestido de seda blanca—debajo una enagua blanca de escote cuadrado y hombros caídos—que se ceñía a su esbelta figura, de corsé ceñido con detalles rojos en el contorno del escote cuadrado, con una línea vertical hasta la altura del vientre y bordados de rosas, con mangas abullonadas desde los hombros a las muñecas, con elegantes cortes que se anudaban por hilos color ojo, con holanes blancos, y larga falda lisa, con sus largos rizos rosados cayendo tras su espalda y peinados en una trenza en forma de cintillo sobre su coronilla, con pendientes de oro en forma de corazón decorados lágrimas de perlas. Encantada por el pequeño Yosuke, alargando una de sus manos para revolver sus cortos cabellos castaños, Sakura aplaudió cuando el Infante le arrojo la pelota, que ella le regreso con una luminosa sonrisa.
—Yosuke, Yosuke, aquí— llamó la Infanta Mirai a la diestra de su hermana.
Igualmente sentada sobre la alfombra de los aposentos de su sobrino el príncipe Yosuke se encontraba la Infanta Mirai, ligeramente más solemne o seria que su hermana Sakura, el luto la había afectado personalmente en cuanto a su alegría se refería, pero no dejaba de ser una gran belleza a sus catorce años, portando un bello vestido de seda dorada, con escote alto y cuadrado—debajo una enagua beige claro de hombros caídos—, con el corpiño plagado de bordados dorados que recreaban hojas con perlas engarzadas, mismo patrón que tenían las mangas ceñidas debajo de unas superiores, lizas y más brillantes, que se volvían acampanadas, con falda de dos capas, una inferior y otra superior, con sus largos rizos azabaches cayendo sobre sus hombros y tras su espalda, con un crucifijo de oro alrededor del cuello. Sentada junto a la chimenea y con una discreta sonrisa se hallaba la reina Seina, aun ataviada en los usares propios del luto, pero enormemente feliz por tener a su nieto a su lado, siempre al cuidado de sus dos hijas y de las nodrizas…sabía que Sakura partiría a Portugal cuando obtuvieran la bula papal y se celebrara la boda por poderes; y Mirai ya casi tenía quince años y el rey de Inglaterra estaba impacientándose porque partiera a sus dominios para casarse con su hijo. Con la noticia de su nuevo nieto llamado Boruto en la mente, el rey Pein ingresó en la habitación en ese momento, observando a sus hijas Sakura y Mirai, al igual que a su pequeño nieto el príncipe Yosuke.
—Sakura será una buena madrastra, es muy cercana a Yosuke— comentó la reina Seina en voz baja, advirtiendo la presencia de su esposo tras de sí.
—Sé cuánto os complace cuidarle— comprendió el rey Pein, situando sus manos sobre los hombros de su esposa, —pero, ¿no pasáis excesivo tiempo con él?— su esposa descuidaba todo con tal de pasar tiempo con el Infante.
—Nada hay más valioso que él, Pein, es el heredero de tres reinos— razonó la soberana, sin dudarlo.
—Pero la corona es vuestra hoy— recordó el aragonés, señalando la obvia juventud de su nieto. —Yosuke crecerá solo, nada va a pasarle— cierto era que su nieto tenía una salud frágil, pero era sano a pesar de todo.
—La providencia ha sido cruel con nos— suspiró la reina Seina, cerrando los ojos con pesar. —Quien sabe cuándo se dará por satisfecha— no quería imaginar que el altísimo permitiese que sufrieran otra perdida como las que ya habían vivido.
La corte estaba feliz, por así decirlo, el nacimiento del Infante Boruto en Flandes significaba otro heredero para la sucesión y era motivo de júbilo para su hija la Infanta Hinata, que ya había alumbrado dos hijos perfectamente sanos y con gran facilidad, pero la reina Seina no estaba feliz, si por su hija Hinata que sabía había logrado encontrar la felicidad junto a Naruto en Flandes—llegaban a ella noticias de arrebatos de celos por parte de su hija, pero los celos eran normales en su familia, ella en su juventud había sido muy arisca con Pein con respecto a sus amantes—, pero su yerno le provocaba inquietud con sus ambiciones, puestas en el trono de Castilla, lo mismo que inquietaba a su esposo Pein. Pese a escuchar la conversación de sus padres, Sakura eligió desentenderse de ello, moviendo la pelota y haciendo que Yosuke alzase las manos, rogándole que se la diera, y lo que ella no pudo negarle, el pequeño príncipe había traído de nuevo la felicidad a Castilla, a su madre la reina Seina, y por ello ambas Infantas lo amaban sin reservas, en especial Sakura que, como futura reina de Portugal, ya veía al pequeño como su propio hijo, pues solo así cuidaría bien de él, como se lo había prometido a su hermana Takara. Cuando la conversación de sus padres parecía haberse estancado, en el umbral de la habitación apareció el Arzobispo Hiruzen Sarutobi, vestido en su humilde hábito franciscano pese a su muy respetable cargo, trayendo en su mano derecha una carta.
—Altezas— reverenció el Arzobispo solemnemente, haciendo que ambos soberanos volteasen a verlo. —Es la dispensa, vuestra hija puede desposar al rey Sasuke— anunció al acercarse a los Reyes Católicos, con el documento en sus manos.
—Gracias, Dios...— suspiró la reina Seina, enterrando el rostro entre sus manos, presa del júbilo.
Por primera vez en tan largos meses, que se habían tornado en un año y poco más—la misma edad que tenía el príncipe Yosuke, la reina Seina sonrió con auténtica alegría mientras alzaba la mirada hacia su siempre leal amigo el Arzobispo Sarutobi, porque sabía que su hija Sakura casaría con un buen hombre y Dios mediante encontraría la felicidad, ahora todo sería para mejor, y eso la llenaba de una felicidad que pareció infinita, diferente a la de su esposo el rey Pein que solo asintió con una sonrisa victoriosa para él que era un soldado, confiando en que Castilla y Aragón se beneficiasen del futuro enlace entre su hija Sakura y el rey Sasuke, que ahora era cosa segura, pronto comenzarían los preparativos para ello. Serena y siempre resuelta, acostumbrada a comportarse como se esperaba de ella, Sakura intentó levantarse del suelo y acudir a besar la mano el Arzobispo para agradecer la buena noticia, pero no pudo hacerlo, sentía tanta felicidad ante la sola idea de ser la esposa de Sasuke que todo cuanto pudo hacer fue permanecer de rodillas con una luminosa sonrisa adornando sus labios e iluminando sus ojos esmeralda, llevándose una mano al centro del pecho, como si no pudiera creer el destino que ahora recaía sobre ella pese a haber sido consciente de ello desde hace tantos años; iba a ser reina de Portugal…
20 de Julio de 1500
Reunidas a solas en los aposentos de su hermana Mirai, pues habían despedido a sus doncellas, precisando de algo de tiempo a solas antes de que alguna de las dos tuviera que partir a uno de sus respectivos matrimonios, ambas Infantas se encontraban en silencio y sentadas delante de la chimenea, atareadas en sus propios quehaceres; Mirai bordando un pañuelo con gran esmero y Sakura por su parte practicando el hacer una camisa, desde que eran pequeñas su madre les habían instruido el arte de cocer ropa para los pobres, como jubones, pantalones, camisas y demás, pero ahora Sakura estaba preparándose para su vida de esposa al lado de Sasuke mientras usaba la aguja, pensando en cómo sería todo una vez que se casaran, pues los preparativos para ello estaban finalizando, solo hacía falta que él la reclamase y ella partiría a Portugal. Sakura portaba un bello vestido aguamarina—debajo una enagua blanca de cuello en V, con holgadas mangas que se ceñían en las muñecas y terminaban en holanes—de ceñido corsé con bordados dorados, escote cuadrado y anudado en el frente del corpiño, con cortas mangas ceñidas hasta los codos, larga fada de una sola capa hecha de seda dorada y ribeteada en encaje, con un fajín que se anudaba en el frente y colgaba hasta la altura de las rodillas, con sus largos rizos rosados cayendo tras su espalda, y alrededor de su cuello una guirnalda de oro decorada por cristales celestes.
—¿Para quién bordáis, Mirai?, ¿para quién os hace sonrojar así?— preguntó Sakura pícaramente, haciendo que hermana se sonrojase aún más.
—Ya sabéis la respuesta— contestó Mirai en voz baja, temiendo quedar en evidencia.
—Pero me gustaría escucharla— contestó ella, sin apartar la mirada de su hermana.
—Sí, es por Konohamaru— asintió la menor de las Infantas sin otro remedio. —Recibí otra carta suya— su voz sonó como un suspiro soñador.
—¿Y?— insistió su hermana mayor, escuchándola con suma atención.
—Son cartas…personales— confesó Mirai finalmente, sonrojándose todavía más. —Konohamaru es muy vehemente, y apasionado— ya anhelaba convertirse en su esposa.
—En ese caso hacéis bien al no compartirlas con nadie, ni siquiera con vuestra hermana— aclaró Sakura finalmente, teniendo sus propias ansias de mujer.
—Sakura— llamó la menor de las Infantas a su hermana mayor, que asintió en respuesta, —¿es ingenuo creer que estoy enamorada de un hombre al que jamás he visto?— preguntó, en caso de que estuviera cayendo en un error.
—Amamos a Dios, y creo que no lo hemos visto, jamás— recordó su hermana mayor, al fin y al cabo fe era lo que más debían tener.
—Espero que Dios no haya leído las cartas que he escrito a Konohamaru, o no me consideraría tan devota— murmuró Mirai, sabiendo que su hermana la escuchaba.
No le había dicho nada a su madre para no entristecerla, pero la verdad es que Mirai estaba deseosa de partir a Inglaterra, Konohamaru era muy romántico y respetuoso en sus cartas, y las historias de los embajadores le hablaban de una tierra tan maravillosa que no podía esperar a conocer, esperando de todo corazón que su suegro el rey Genma Shiranui viviera muchos años para que Konohamaru y ella pudieran aprender de la gobernanza del reino que habrían de heredar, así serían buenos reyes cuando llegara el momento. La menor de la Infantas se encontraba ataviada en un vestido bicolor; un corsé inferior color naranja—debajo una enagua blanca de cuello en V y mangas holgadas con cortos holanes—, encima un corsé superior de escote en V ligeramente más alto, con mangas ceñidas—al inicio unas cortas hombreras blancas—que se abrían a la altura de los codos y continuaban hasta las muñecas, falda lisa y encima una chaqueta naranja brillante con bordados salmón, de escote en V y cerrada por tres botones de oro a la altura del vientre y falda abierta en A, con su largo cabello azabache peinado en una larga trenza que caía tras su espalda, adornada por una diadema de tipo rejilla hecha de hilo dorado y cristales ámbar, y alrededor de su cuello una guirnalda de oro decorada por perlas en forma de lagrima. Ambas hermanas se sonreían entre sí cuando las puertas de la estancia se abrieron sorpresivamente por una de sus doncellas, que ingresó agitada y con una expresión de angustia.
—Altezas— reverencio la doncella temblorosamente ante su propio exabrupto.
—¿Qué ha pasado?— interrogó Mirai, pero la doncella bajo la mirada y no supo responder.
—El infante Yosuke…— adivinó Sakura, quedándose sin aliento ante la sola idea.
Nadie tuvo que decírselo a Sakura, ella lo supo cuando la doncella guardo silencio ante sus preguntas, levantándose velozmente de su asiento y sujetándose la falda del vestido mientras abandonaba velozmente la estancia, ignorando si es que su hermana Mirai la seguía o no, intentando guardar la mayor dignidad posible mientras con paso veloz se dirigía hacia los aposentos de su sobrino el príncipe Yosuke, con el ceño ligeramente fruncido haciéndola parecer estoica y distante, hasta enojada, pero en realidad estaba preocupada y angustiada, solo que no sabía cómo más exteriorizarlo. Conteniendo el aliento al ver abiertas las puertas de los aposentos de su sobrino, que no deberían encontrarse así ante la salud frágil del menor, Sakura oró en silencio porque Yosuke solo se encontrase enfermo, quizás era fiebre, pero su esperanza trastabillo al ver a un fraile aparecer en el umbral y pasar a su lado, realizando la señal de la cruz y bisbiseando una oración que la dejo helada mientras ingresaba en la habitación. Llevándose una mano al centro del pecho al finalmente alcanzar a su hermana, Mirai casi se colgó de su brazo al ingresar en la estancia, temiendo lo peor y que desgraciadamente se impuso como real cuando ambas Infantas vieron a su padre de pie ante la cuna vacía del Infante Yosuke, que fue delicadamente envuelto en una sábana por un galeno y sus enfermeras…no podía ser cierto, tenía que haber un error, y Sakura se lo repitió incansablemente mientras su padre volteaba a verlas.
—Unas fiebres mortíferas, nada se ha podido hacer— declaró el rey Pein con desolación en su habitualmente estoica mirada.
Habiendo vivido tantas perdidas en tan poco tiempo, Mirai ni siquiera pareció reaccionar ante la noticia, la escuchó, pero además de entreabrir los labios y desenfocar su mirada, no pareció afectada o más bien no supo cómo demostrarlo, con sus manos a cada lado de su cuerpo y temblando como hacia su cuerpo, muy diferente a su hermana Sakura que se quedó paralizada en su lugar, sin apartar la mirada del cuerpo del pequeño Yosuke, sin poder creer las palabras que su padre había pronunciado. Habiendo cargado en brazos a Yosuke desde que había nacido, habiéndolo mimado, jugado con él y amado con la devoción de a un hijo, Sakura no pudo soportar un solo instante más la visión del pequeño príncipe envuelto en aquel sudario improvisado, sujetándose a falda del vestido y dejando atrás a su hermana Mirai, caminando o más bien casi trotando hacia sus aposentos, necesitando encontrarse a solas desesperadamente, mientras el llanto pugnaba por abrirse paso en su garganta, cubriéndose los labios con una mano para ahogar un sollozo, sintiendo como si el corazón le latiese en la garganta y algo o alguien le oprimiese dolosamente el corazón. La expresión de tristeza y profundo dolor en el rostro de la Infanta cambio tan pronto como vio las puertas de sus aposentos, reemplazándola por un ceño fruncido y un gesto tenso, apretando los labios mientras ignoraba a los guardias y abría personalmente las puertas, sobresaltando a sus doncellas en el interior.
—Dejadme, salid— ordenó Sakura tan pronto como ingresó en la habitación.
—Alteza…— se sobresaltó Karin, dando un paso más cerca de su amiga.
—Dejadme he dicho, quiero estar sola— insistió la Infanta, alzando la voz.
Las doncellas de la Infanta conocían de sobremanera su carácter tan sereno como tempestuoso, pero en ese momento se veía tan frágil, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada, que las damas que le servían dudaron en si obedecer, Karin en particular quiso quedarse, pero si lo que su Infanta necesitaba era estar a solas, ellas obedecerían, por lo que fue la primera en abandonar la habitación, instando a las demás a hacer lo mismo, cerrando las puertas tras de sí y dirigiendo una última mirada a su amiga, prometiendo consolarla tan pronto como ella dejara salir su dolor. A solas, sin nadie que pudiera juzgarla o decirle que hacia mal al llorar—una Infanta de Castilla y Aragón debía anteponer el deber a los sentimientos—, Sakura se acercó con andar endeble a su escritorio y sobre el cual apoyó ambas manos en busca de firmeza, pero ver todos los libros y documentos ahí habían solo la hicieron enojar aún más, arrojando todo al suelo con un grito de frustración, mientras sollozaba, necesitando gritar, hacerle saber a Dios cuan furiosa se encontraba por la injusta muerte de su pequeño sobrino, el Infante Yosuke, ¿por qué?, ¿qué podía haber hecho mal un inocente niño como para que su vida fuera tomada?, ¿cómo una vida tan joven podía terminar sin haber vivido siquiera el tiempo suficiente para que todos a su alrededor pudieran amarlo? Sakura pensó en su hermana Takara, a quien había prometido cuidar de su pequeño hijo, y se sitio miserable por no haber podido hacerlo mejor.
Volviendo la mirada hacia su altar, donde yacía el crucifijo de plata ante el cual rezaba cada noche, Sakura deseó arrojar al suelo todo cuanto allí se encontraba, deseo que Dios le diera una explicación de porqué había hecho aquello, tomando la vida de su amado sobrino al que con el tiempo había aprendido a amar como a un hijo, deteniéndose frente al altar y tomando el gran crucifijo con ambas manos, deseando arrojarlo al suelo y verlo romperse, pero no pudo hacerlo, sus manos temblaron y su cuerpo se quedó inmóvil, no pudo llevar a cabo ese pensamiento y pronto se dio cuenta de que por muy enojada y destrozada que se encontrase tras vivir tantas perdidas, no podía culpar a Dios, a quien tanto amaba, la razón de su fe en el mundo y la humanidad, no podía adjudicarle al creador sus lágrimas, su pesar y su desconsuelo, porque no eran su culpa. Dejando el crucifijo en su lugar y sintiéndose culpable por haber pensado así, Sakura se desplomó de rodillas ante el altar, realizando la señal de la cruz y uniendo sus manos, murmurando una plegaría y rogándole a Dios que la perdonase, rompiendo en llanto, llorando por su amada hermana Takara, rogándole que la perdonara por no haber podido hacer más, por no haber sido mejor madrastra, y rogándole a Dios y a la Virgen porque el pequeño Yosuke fuera un ángel para toda Castilla desde el cielo, porque necesitarían de consuelo y protección en los días venideros, pues sin el pequeño Yosuke, su hermana Hinata y su esposo el archiduque Naruto eran ahora los herederos al trono de Castilla.
Se avecinaban días aciagos y difíciles.
Cuando el llanto paso, y pudo pensar con cordura, aun a solas en sus aposentos y con los ojos rojos a causa de las lágrimas, Sakura se sentó frente a su escritorio y escribió una carta compuesta por una breve crónica de lo acontecido, pero con su más sincero y transparente pésame para Sasuke, sentía que debía informarle de la muerte de su hijo, porque si había sido doloroso para ella, no podía imaginar cuan doloroso sería para él saber lo ocurrido, y prefería que lo supiera por una voz amiga como lo era ella, olvidando por completo que llevaba meses sin escribirle con tanto sentimiento desde que él había intentado adelantar su boda, leyendo sus cartas y contestándole de forma escueta para no dejar tan en evidencia sus sentimientos por él, pero ahora todo era distinto. Aunque ya no estaba enojada con Dios, pues no tenía porque, Sakura ahogó un sollozo de profundo pensar mientras escribía cada palabra, sintiendo como si se las dijera personalmente a Sasuke, deseando poder estar a su lado y abrazarlo para consolarlo en su dolor, pero no podría. Sakura sintió como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, pero no sé molesto en secarlas, le había prometido a su hermana Takara—el día de su funeral—que cuidaría del pequeño Yosuke y que lo amaría como si fuese su propio hijo, y lo había hecho en el alma, porque hoy el dolor de su corazón era el de una madre herida, que informaba de tan funesto hecho a su futuro esposo.
Majestad, os escribo con el corazón cargado de pesar y temó ser portadora de malas noticias. Os informó de la muerte de vuestro hijo, mi sobrino, el infante Yosuke. Su muerte fue natural, y temo que nada se ha podido hacer. Desde la distancia os ofrezco mi más sentido pésame, pues vuestro dolor es el mío, y os aseguro que aunque no lo veáis, vuestro hijo podrá descansar en paz, tenéis mi palabra de que aquí ha sido feliz, y que si su vida llegó a su fin, ha sido voluntad de Dios, y no de otros. Sakura, Infanta de Castilla y Aragón. Sentado sobre su trono, a solas en el imponente salón, solo con sus pensamientos, Sasuke enterró el rostro entre sus manos; el dolor en su corazón era grande, no solo como hombre sino también como rey, su hijo Yosuke había muerto, y con ello Portugal también había perdido a su único heredero, dejándolo a él más vulnerable que nunca, ahora y de quererlo, su sobrino el duque de Braganza fácilmente podría urdir un complot para librarse de él, y sus aliados lo respaldarían como contendiente al trono…todo lo que había soñado se perdería. Pero lo peor de todo, al menos para Sasuke, es que ahora más que nunca, su boda con Sakura habría de postergarse nuevamente, cierto es que ambos tenían la bula para casarse tras tan larga espera, mas no sabía cómo serían las cosas en Castilla, pero al menos en Portugal los fastos de una boda serían incompatibles con el duelo, durante semanas e incluso meses, en que fácilmente el duque de Braganza podría quitarle el trono.
No solo el trono portugués sufría un duro revés, sino que él tendría que dar la espalda a Sakura hasta entonces, y la ofendería, lo sabía, ¿cómo posponer su enlace?, ¿cómo evitaría que Sakura se arrepintiera de ser su prometida?, ahora que por fin podían casarse, que el Papa había dado el beneplácito a su unión, el luto volvería a separarlos como los había unido tras la muerte de Takara. Sasuke podía imaginar el dulce rostro de Sakura con una expresión de tristeza, dolor y decepción, y él no la culparía, pues mucho la había ofendido sin desearlo, empleando todos estos meses en intentar ganar su perdón, y que ni siquiera sabía si había obtenido. Recordaba el brillo en sus ojos cuando le había dicho que deseaba desposarla, e igualmente grande habría de ser ahora su dolor, pero ¿qué podía hacer? Yosuke era su hijo, sería natural lamentar su muerte, como padre, pero tampoco quería perder a Sakura, quería que ella fuera su esposa, se negaba a creer que Dios no los quisiera unidos, para él esto no era un revés sino una prueba. Con los ojos brillando de ingenio, Sasuke se levantó de su trono y aproximó al escritorio, de donde tomó papel y pluma para comenzar a escribir a toda prisa. Quizás fuera la locura más grande de su vida, pero estaba seguro, deseaba desposar a Sakura, y nada ni nadie lo haría cambiar de opinión, no solo era beneficioso y necesario para Portugal, sino también necesario para él, y lo importante era que ambos deseaban unir sus vidas, y para tan noble labor, Dios no pondría trabas.
Os agradezco recibir tan dolorosa noticia de vos, habéis logrado que el dolor de semejante tragedia fuese mínimo. Pero si os escribo esta carta, no es solo para daros las gracias, sino para haceros saber que sin importar lo ocurrido, nuestra boda sigue en pie. Dios no pone trabas a los hombres para que desistan, sino para aprobar cuán grande es su deseo. Guardare la noticia de la muerte de mi hijo por unos días, los que basten para desposaros. Pero os lo advierto, no habrá fastos, ni bailes, ni damas, ni grandes besando nuestras manos, mas seremos marido y mujer. Sasuke, rey de Portugal. Días más tarde, cuando Sakura recibió la carta, ataviada en el solemne luto, con una expresión melancólica y deprimida, sentada en sus aposentos y acompañada por sus doncellas que bordaban o leían en silencio, sintió como si el corazón se le fuera a salir del pecho, situando una de sus manos por encima de su escote, como si apenas pudiera respirar al leer el contenido del documento. Quizás debería exigir más, debería exigir convertirse en reina de Portugal con la pompa y el boato que su hermana Takara había tenido en su día, pero ninguna de esas ideas rondó la mente de Sakura al leer la carta, de hecho, el documento basto para hacerla esbozar su primera sonrisa genuina en días, cubriéndose los labios y observando a la nada, abrazando la carta contra su pecho, y desconcertando a sus doncellas.
Se casaría con Sasuke, era un hecho.
24 de Agosto de 1500/Granada, reino de Castilla
Tan pronto como recibieron la noticia de la carta que el rey Sasuke había enviado a su hija Sakura, los Reyes Católicos aun afectados por el luto comenzaron con los preparativos para la boda por poderes y que habría de celebrarse tras la llegada del embajador portugués a la corte, sin mayores fastos debido al reciente luto, pero si con la solemnidad que se esperaba, prueba de ello era la reina Seina que permanecía sentada sobre su trono—a su diestra su esposo el rey Pein—, ataviada en un sombrío vestido de seda negra azulado, debajo una enagua color cobre de cuello alto y cerrado, de escote alto y cuadrado, con bordados dorados y plateados en vertical en el centro del corpiño, mangas abullonadas desde los hombros a los codos y que se tornaban acampanadas, con falda azul oscuro decorada por encaje y encima otra superior, y su rostro era enmarcado por una cofia negra purpureo con bordados dorados. Los nobles más importantes y respetados de Castilla se encontraban presentes en el salón del trono cuando, el embajador portugués Idate Morino, ingresó en la estancia con la frente en alto y andar regio, vistiendo una sobria camisa negra de cuello alto y cerrado, jubón de terciopelo con cortas mangas hasta los codos y cuello en V forrado en piel—como el borde de las mangas—, cerrado por una serie de hebillas de plata y fajín de seda, pantalones negros y botas de cuero, con su cabello castaño perfectamente peinado, bajando la cabeza y reverenciando a los Reyes Católicos.
—Tiene la palabra Idate Morino, embajador de Portugal— consintió el rey Pein en nombre de su aun afectada esposa y reina.
—Aquí en mi persona se presenta a vuestras altezas, Sasuke Uchiha— declaró Idate, bajando respetuosamente la mirada ante los soberanos de Castilla y Aragón, —es él quien os reclama a la que desde hoy será su esposa y reina— para eso había venido, para representar a su rey en la ceremonia de boda por poderes.
Informada de la llegada del embajador portugués y tan pronto como una de sus doncellas corrió a su lado para decírselo, la Infanta Sakura hizo su entrada en el salón del trono, con las manos cruzadas por sobre su vientre y la frente en alto, con sus doncellas tras de sí, sin destacar por su atuendo ya que eran tiempos de luto y las festividades estaban prohibidas, pero su altura, su porte y dignidad impresionaron al embajador Idate mientras la veía acercarse y situarse a su diestra. El embajador portugués no había tenido idea del aspecto general de la prometida de su soberano, el físico no era lo más importante, pero si bien no era tan deslumbrantemente bella como había sido su hermana mayor la fallecida reina Takara, no por ello era menos encantadora; sus cejas eran finas y naturalmente arqueadas, sus ojos grandes y profundos como dos esmeraldas, sus labios rojos y delicados, sus mejillas sonrosadas, su rostro ovalado, y sus largos rizos rosados se asemejaban a una cascada sin fin. Su esbelta figura era realzada por el sencillo vestido de seda negra, de escote redondo con opacos bordados dorados en el contorno, entallado a su silueta, con mangas ceñidas que se volvían acampanadas, y falda lisa de una sola capa, con sus largos rizos rosados cayendo tras su espalda como una cascada, adornados por una diadema de oro decorada por perlas que reposaba contra su frente, a juego con la guirnalda de perlas alrededor de su cuello con un dije en forma de granada, su emblema familiar.
—Altezas— de pie junto a los tronos de los Reyes Católicos, el Arzobispo Sarutobi dio un paso al frente, —si tenéis a bien, dispondremos la firma de las capitulaciones del santo matrimonio de vuestros hijos Sasuke y Sakura— era un gran honor para él poder oficiar la ceremonia.
—Proceded— asintió la reina Seina, esbozando una apenas perceptible sonrisa.
Tragando saliva ante el nerviosismo de ser parte de un momento tan importante, el embajador Idate volvió la mirada hacia la Infanta Sakura, sonriendo ligeramente y algo incómodo al no saber si esperar a que ella le diese la mano o él a ella primero, pero la respuesta llegó por si sola cuando la bella infanta entrelazó su mano con la suya, como habría de hacer con su rey cuando ambos se desposaran, confiando completamente en él y dirigiéndole una breve pero cálida sonrisa que lo hizo estremecer mientras regresaba su mirada al Arzobispo Sarutobi, que abrió la biblia sobre la pequeña mesa a su diestra. A algunos de los presentes debió sorprenderles que la Infanta Sakura tomase de la mano a un hombre a quien apenas y conocía, pero para ella la realidad era otra; iba a ser reina de Portugal y hoy era el día de su boda, ante Dios unía su vida a la de Sasuke Uchiha, ¿qué vergüenza habría de sentir?, en la noche de bodas le esperaba algo verdaderamente íntimo y no sentía miedo, porque ahora Portugal seria su reino y todos los servidores leales del rey, serian motivo de admiración y preocupación para ella, ello es que se mantuvo serena. Con gran religiosidad, el Arzobispo Sarutobi leyó el documento firmado por el Papa que aseguraba que la unión que tendría lugar era legítima a ojos de Dios, y a continuación efectuó la ceremonia en que ambos cónyuges se juraron fidelidad y lealtad, durante lo que durasen sus vidas.
Sakura era ya la reina de Portugal.
—Agradezco que hayáis aceptado recibirme, Alteza— manifestó Idate, profundamente honrado con la amabilidad de su ahora reina.
Sin importar cuanto tiempo llevase esperando por su boda, a Sakura le costaba creer que tras la ceremonia religiosa su vida hubiera cambiado para siempre, ahora no era solo la Infanta de Castilla y Aragón, era también la reina de Portugal y se le hizo extraño que los caballeros y damas a su paso la reverenciara con aun mayor respeto en cuestión de horas, mas permaneció en silencio al respecto y se hizo a la idea, temblando por dentro al pensar en su inminente viaje a Portugal, temiendo decepcionar al pueblo que desde ahora juraba proteger y amar con toda su alma. Fue un consuelo cuando tras la ceremonia, pudo retirarse a sus aposentos para encontrarse a solas, acompañada por el embajador Idate Morino, con quien esperaba conversar a fin de entender mejor el reino que ahora también era suyo, deseando hablar sobre el duque de Braganza que tantos quebraderos de cabeza le había provocado a su ahora esposo desde hace más de un año, escuchar sobre la corte y sus usanzas, y aprender a amar ese reino que estaba más cerca de Castilla que ningún otro. Sujetándose la falda del vestido para no tropezar, Sakura le hizo una señal a sus doncellas para que se retirasen, excepto Karin que permaneció de pie ante las puertas y vigilante como un halcón—para garantizar la honra de su amiga—, mientras la Infanta se acercaba su escritorio de donde tomó una jarra con vino que había mandado traer para atender al embajador, sirviéndole uno de los vasos mientras volvía su atención hacia él, en atenta señal de que estaba escuchándolo.
—Voy a ser reina de Portugal, Dios lo quiera así— mentó Sakura, ya que el matrimonio no se había consumado y por ende su posición era vulnerable, —esta será solo una de mis muchas responsabilidades, y he de ser buena anfitriona con aquellos que sirven a la corona, y al reino— dejó la jarra sobre la mesa mientras se acercaba al embajador con dos copas en las manos. —Bebed, servido por las manos de una infanta de Castilla y Aragón— tendió con una amable sonrisa y una actitud de lo más encantadora.
—Y ahora reina de Portugal— recordó el embajador, agradeciendo su gesto. Habiendo oído de la fiereza de los castellanos, Idate no pudo contener un gemido de satisfacción al probar el vino, fuerte y afrutado, y que trato de beber por completo, exitosamente como la reina Sakura que dejó su vaso vacío sobre la mesa. —No está mal, buen vino— apreció, pese a que ser catador de licores no fuera lo suyo.
—Hacéis sentir mi paladar a la altura— rió la ahora reina portuguesa. —Yendo al punto, sin intención de ser descortés, habéis dicho que deseabas entregarme algo— recordó, teniendo curiosidad sobre que era ese algo.
—El rey me ha dado una carta de su puño y letra, para vos— Idate extrajo del interior de su jubón un sobre sellado que tendió a su reina, —y también este obsequio— sorprendida ya de por si por la carta, Sakura alzó la mirada con incredulidad. —Pasad— ordenó al sirviente que debía estar esperando fuera de la habitación.
En solo cosa de segundos un emisario que vestía los estandartes de Portugal ingresó en la estancia, con la cabeza y la mirada baja, respetando a la que ahora era su reina, y alargando sus manos en las que cargaba un almohadón de seda purpura con bordados dorados y sobre este un cofre bañado en oro y ricamente adorando, una joya por sí misma y que sin embargo no era el presente que el rey portugués le había enviado a su ahora esposa, el presente estaba adentro y quedó en evidencia cuando el embajador Morino se volvió para abrirlo, revelando ante los incrédulos ojos de Sakura un festín sin par. Dentro del cofre reposaba una elegante gargantilla compuesta por dos hileras de finas perlas que parecía brillar ante la luz, y entre ambas vueltas yacía una cadena de oro de la que pendían cinco dijes de oro solido—uno más grande y dos más pequeños a cada lado—decorados por diamantes en el centro, un regalo costoso y absolutamente insuperable, que Sakura tuvo la necesidad de palpar con sus propias manos, acercándose para tomar del cofre aquella fastuosa guirnalda y examinarla; había escuchado las rentas y ciudades que el rey de Portugal le obsequiaba como dote, pero esto…se sintió mal por haber dudado de los sentimientos de Sasuke, y por haber sido tan fría en sus cartas en todos estos meses de compromiso, porque ahora no tenía ni la más remota idea de cómo hacerle saber que estaba feliz de ser su esposa, y tocada en el alma por su deseo y respeto, aquella joya era la prueba irrefutable.
—Por Dios, es…es soberbio— por primera vez en su vida, Sakura realmente estaba sin palabras.
—Y el respeto que encierra es igualmente grande, Alteza, no lo dudéis— aseveró el embajador, repitiendo las mismas palabras que su rey había dicho.
—Hacedle saber al rey Sasuke que, desde hoy, siempre lo llevare conmigo— solicitó la ahora reina de Portugal, aferrando tan hermoso presente a su pecho.
Estaba nerviosa aunque no lo demostrase, aun tenia temor de decepcionar al pueblo portugués, pero lo que más la inquietaba era no poder hace feliz a Sasuke ni lograr que él sintiera tan siquiera afecto real por ella, si, había dicho que le gustaba pero aunque fuera egoísta de su parte, Sakura tenía la esperanza de que algo más que atracción naciera entre ambos, quería aferrarse a esa creencia como se aferraba ahora al collar que Sasuke le había enviado, ¿por qué sino no dejaba de soñar con él casi todas las noches?, pero ahora las cosas eran diferentes, ya no era la prometida del rey de Portugal, sino su esposa. Intentando no parecer embelesado como un infante que tenía delante una de la grandes maravillas de la creación, el embajador portugués tragó saliva sonoramente mientras esbozaba una ligera sonrisa al contemplar el sereno rostro de la Infanta Sakura...ahora su reina, la reina Sakura de Portugal; había tenido ocasión de conocer a la primera esposa del rey Sasuke, la reina Takara, una beata admirable y solemne, muy melancólica y que si bien había dirigido una corte austera y sobria, no había causado en él mayor sorpresa, pero ahora sentía que estaba observando a un ángel de sonrisa amable, aunque discreta, con ojos dulces y voz melodiosa, además de actitud encantadora, la reina que Portugal merecía tener y que todos admirarían, estaba convencido. El futuro ahora era seguro para Portugal…
Sentada ante su tocador, observando el espejo delante de ella, Sakura peinó sus largos rizos rosados que caían sobre sus hombros, enmarcando su rostro y cubriendo sus hombros, ataviada en un ligero camisón blanco con tintes rosáceos, de hombros caídos y con encaje en los bordes del escote cuadrado, mangas holgadas que se ceñían en las muñecas y falda larga, dirigiendo una sonrisa a su leal amiga Karin que realizó una profunda reverencia antes de abandonar la habitación, como siempre siendo la más fiel de sus doncellas y la que más tiempo trataba de asistirla, pero por ahora Sakura necesitaba a estar a solas, sus padres, su hermana Mirai y ella partirían hacia la ciudad de Santa Fe mañana temprano para aproximarse a la frontera y pasar juntos sus últimos días, y paralelamente sus doncellas se despedirían de sus familias para seguirla en su viaje a Portugal y en su vida en la corte en los años venideros. Escuchando las puertas de sus aposentos cerrarse, Sakura dejó el peine sobre su tocador, apartando la silla en que se encontraba sentada, sujetándose la falda del camisón mientras dirigía sus pasos hacia su escritorio como no se había atrevido a hacer a lo largo de todo ese día, el embajador Idate Morino partiría de regresó a Portugal mañana temprano llevando una carta que ella había escrito para el rey Sasuke, llamándolo por primera vez esposo, y agradeciendo su regalo, pero en el transcurso de todo el día no había tenido ocasión de leer la carta que él le había escrito, hasta ahora.
Sobre el escritorio de la ahora reina de Portugal, yacía el hermoso cofre de oro esmaltado que el embajador Morino había traído consigo y que Sakura abrió delicadamente, extrayendo primerio la carta sellada que había guardado ahí, y luego la hermosa guirnalda de perlas, oro y diamantes que examinó con una luminosa sonrisa antes de cerrarla alrededor de su cuello, necesitando sentir tan significativo obsequio alrededor de su cuello, pues para eso estaba destinado, Sasuke se lo había enviado para ello y prometía llevarlo alrededor de su cuello cuando volvieran a verse. Con la carta en la mano y la preciada guirnalda alrededor de su cuello, Sakura se dirigió hacia su cama, rompiendo con cuidado el sello de lacre y desdoblando la hoja mientras contenía un ansioso suspiro, dándose prisa en sentarse sobre la cama; Querida Sakura, muchas afrentas nos han mantenido separados desde la última vez que nos vimos, y sé que os he ofendido de forma inconmensurable desde que nos conocimos, pero sabed que esa jamás ha sido mi intención y me arrepiento de no haberos elegido a vos desde la primera vez que oí vuestro nombre, la sorpresa de Sakura no pudo ser mayor al leer esa última frase y que hizo latir más rápido su corazón, aumentando la esperanza que ya de por si sentía, porque por muy románticas y dulces que fueran las palabras de Sasuke en sus cartas, nunca antes había mencionado que hubiera deseado unir su vida a la suya en lugar de con su hermana Takara…no hasta este momento.
Quizás nuestra felicidad ahora sería mayor de lo que ha sido, pero cuando leáis esta carta, ya seremos marido y mujer, y os prometo que sabré ser un buen esposo para vos, os honrare y protegeré siempre, y juro por encima de todo seros leal en cada aspecto de mi persona, soltando un incontenible suspiro, Sakura sintió la temperatura subir y sus mejillas sonrojarse, llevaba todos estos meses soñando con Sasuke todas las noches y pensando en él al despertar, ¿él había pensado en ella?, ¿había anhelado que estuvieran juntos tanto como ella a quien su propia cama ya le resultaba demasiado grande y fría para ella sola?, su corazón latió aún más rápido al pensar que la respuesta fuera sí. Guardad esta carta como prueba, de que nada me impedirá cumplir con esta promesa hacia vos, pues poco hombre sería, no podría haber sido de otra forma, porque atesoraría esta carta junto a todas las demás, llevándola consigo a Portugal. Vuestro esposo, Sasuke rey de Portugal, las lágrimas por poco y afloraron en los ojos de Sakura al leer esa última frase, porque era el complemento de la frase que ella había escrito al final de su carta al rey portugués, su ahora esposo; Vuestra esposa Sakura reina de Portugal. Doblando cuidadosamente la carta, Sakura se recostó sobre la cama, abrazando el documento contra su pecho, disfrutando del silencio de su habitación, de sus últimos días como una mujer "soltera" en el sentido de que aún no compartía la cama con su esposo, pero si lo haría dentro de poco tiempo, luego de que finalmente cruzara la frontera y llegase a Portugal.
Mañana partiría hacia Santa Fe.
Septiembre de 1500/Santa Fe, reino de Castilla
Tras tanto tiempo de preparaciones, todo estaba listo y dispuesto, y tras pasar una larga semana en la ciudad de Santa Fe junto a sus padres y su hermana menor, la Infanta Sakura ahora debía partir a Portugal, cruzando la frontera por Fregenal y Moura para llegar a Alcacer do Sal, donde su celebraría su boda oficial y donde el rey Sasuke la estaría esperando. Reunida en el salón del trono junto a sus padres y su hermana Mirai, la Infanta Sakura portaba un bello y femenino vestido de seda celeste claro, de escote cuadrado—debajo una enagua blanca de mangas holgadas que se ceñían en las muñecas, con hombros caídos—con bordados plateados, detalles dorados en el contorno y cortas mangas hasta los codos, así como falda de una sola capa, con un elaborado broche de oro con rubíes en forma de cruz que pendía de su escote, con una perla en forma de lagrima al final y que era sujeto por una larga cadena de perlas en forma de M invertida a los lados de su corpiño, sobre el vestido un abrigo de seda gris perla con el interior forrado en seda oliva, con capucha, y sus largos rizos rosados caían sobre sus hombros y tras su espalda, peinados para formar una trenza a modo de cintillo, resaltando unos finos pendientes de oro en forma de corazón decorados por lágrimas de perlas. Dejando salir la emotividad por primera vez en su joven vida, Sakura abrazó amorosamente a su padre el rey Pein, que supo apreciar el momento, pues sabía que sería la última vez que vería a su hija.
—Sakura— nombró el rey a su hija, rompiendo el abrazo. —Sabed que velare por vos en la distancia, día y noche— el bien de su hija, sería el de Castilla y Aragón. —Contad con mi bendición, y nunca olvidéis de donde venís, ni quien sois— confiaba en que su hija fuera leal a él, y a sus dominios, así la habían educado.
—Nunca lo olvidare, padre— prometió Sakura con una discreta sonrisa y la frente en alto.
La siguiente en despedirse e igualmente bella que su hermana mayor para la ocasión fue la Infanta Mirai, profundamente conmovida pese a lo seria y solemne que pareciera, dado que el prolongado luto la había ensombrecido, ataviada en un vestido de seda mantequilla, de escote cuadrado—debajo una enagua blanca de escote en V—falda lisa y mangas ceñidas que se tornaban abullonadas a la altura de los codos antes de continuar ceñidas hasta las muñecas, terminando en cortos holanes, sobre el vestido una chaqueta de seda oliva sin mangas, plagada de bordados dorados y plateados que replicaban jazmines, de profundo escote en V que se anudaba y cerraba a su figura por un fajín bajo el busto, y con bordados dorados en el dobladillo, con un crucifijo de oro alrededor de su cuello y su largo cabello azabache peinado en una trenza que caía tras su espalda, adornado por una diadema de oro decorada por perlas. Mirai no lo demostraba pero estaba asustada, estaría sola hasta la llegada de su hermana Hinata para ser jurada heredera, y Dios solo sabía cuánto tomaría aquello, estaría sola para partir a Inglaterra, para imaginar a su futuro esposo el príncipe Konohamaru, lo que hizo que abrazara con fuerza a su hermana, anhelando recordar esta despedida y los días felices que habían pasado juntas, ¿por qué tenían que separarse?, ¿por qué no podían estar juntas para siempre?, como si Sakura le leyera el pensamiento, rompió lentamente con el abrazo.
—Os extrañare mucho, Mirai— declaró Sakura, esforzándose porque su voz no se quebrase. —No importa que reino nos separe, ni cuan ancho sea el mar, siempre pensare en voz— siempre sería su hermana menor, y siempre pensaría en ella, era una promesa. —Sed valiente, fuerte, y feliz, y haced que Inglaterra os ame, como todos lo hemos hecho siempre— no habría mejor reina que su hermana, estaba segura.
—Y vos enamorad a los portugueses, como habéis hecho con su rey— alentó Mirai con una sonrisa, pues a su hermana no le faltaban encantos. —No os será difícil, nadie es más encantadora que vos— cuando los portugueses la conocieran, la amarían, estaba segura de ello.
—Vos lo sois más— replicó ella con una sonrisa, no considerándose para nada excepcional, —rezaré cada día porque siempre os amen, a donde sea que vayáis— prometió, decidida a tener a su hermanita siempre en sus oraciones.
Mordiéndose el labio inferior para contener un sollozo, Mirai fue consolada por su padre el rey Pein, que situó una de sus manos sobre su hombro, y lentamente la guio para que abandonasen el salón del trono, cuanto menos tiempo pasasen juntas sus hijas, menos dolorosa sería la despedida, y su esposa la reina también precisaba de ello, esbozando una ligera sonrisa mientras observaba el sereno rostro de su hija. Como digna Infanta de Castilla y Aragón que era, Sakura partía a Portugal llevando una dote de doscientas mil doblas de oro, entre ellas diez mil en joyas, aportando además las rentas anuales de 4.500.000 maravedíes castellanos en las villas de Sevilla, Fregenal, Aracena, Cazalla y Constantina, acompañada de un gran número de sirvientes, guardias, doncellas y un personal completo para asistirla, envestida en un gran lujo. El rey Sasuke por su parte había sido muy generoso, pues en su contrato matrimonial le había concedido a Sakura las rentas señoriales de las villas de Viseu y Torres Vedras, además del título de "Princesa de Portugal", el mismo que su primogénita Takara había tenido antes de ser su esposa, iba a Portugal no como Infanta de Castilla y Aragón, sino también como la esposa del rey de Portugal. Orgullosa de la mujer que era su hija, la reina envolvió sus brazos alrededor de Sakura, disfrutando de su calor, su perfume floral y su serena presencia, que mucho le haría falta en los días venideros, pero Portugal la necesitaba mucho más.
—Mi Sakura— suspiró la reina Seina, rompiendo el abrazo y acariciando los largos cabellos de su hija. —Habéis nacido princesa y debéis aceptarlo, es cierto que vuestro matrimonio con Sasuke obedece a fines políticos y no he querido ocultároslo, pero también es posible una parte de felicidad— Sasuke era un buen hombre, y esperaba de todo corazón en que hiciera feliz a su hija. —Nadie, salvo Dios, tiene en su mano el poder y el conocimiento de lo que está por venir— el amor estaba en todos lados, solo había que saber encontrarlo, y para ello a su hija no le faltaban encantos.
—¿Cómo sabré si Sasuke me ama como yo lo amo a él?— preguntó Sakura finalmente, con un nudo en la garganta.
—Con el tiempo— contestó la soberana católica. —Tal vez no os lo diga nunca, y si fuese así, acogeos al consuelo de vivir en santidad con un hombre, y si os preguntan, responded que lo amáis— pudo ver un atisbo de decepción en los ojos de su hija, pero esa era la realidad. —Es una tarea inmensa hija mía, a veces una tarea dolorosa y terrible, pero que solo nosotras podemos realizar— eran mujeres después de todo. —No olvidéis que vuestro deber para con Castilla es vuestro matrimonio; vuestra hermana Hinata en el Imperio de los Habsburgo, Mirai en Inglaterra, vos en Portugal, formáis una alianza católica indestructible alrededor de nuestra madre patria, en nombre de Dios— su hija mantendría la alianza y cumpliría con su deber.
—No os fallare madre, os lo juro— prometió la Infanta, decida a dejarse la vida en ese sueño. —Todo mi afán, será llegar a ser tan buena soberana como vos— dudaba llegar a ser tan gloriosa como su madre, pero se esforzaría por ser al menos su sombra.
—Lo seréis, estoy segura— asintió la soberana castellana con una sonrisa de orgullo, —y espero que el rey Sasuke os ame como merecéis y os haga feliz— su hija tenía todo para ser amada, y confiaba en que el rey portugués no tardaría en caer a sus pies.
Hasta hoy, Sakura se había callado sus miedos e inseguridades; amaba a Sasuke, haber estado comprometida con él, haber podido verlo en persona, hablar con él, ser besada por sus labios y seducida por sus cartas la había enamorado, y temía que el tiempo no fuese benévolo, temía que Sasuke no llegase a sentir lo mismo, y no lo culparía, ¿qué hombre podría olvidar a su hermosa hermana Takara?, ella debía parecer una triste sombra, y sin embargo a pesar de todo la Infanta castellana estaba determinada a complacer a su marido, a hacerlo feliz y cumplir con todas las expectativas que se tendrían de ella, dar herederos sanos y numerosos sería la más importante, su única meta en la vida. Ansiosa y a la vez nerviosa por cumplir con su deber, Sakura dio un paso atrás para marcar las distancias, y realizó una profunda reverencia para despedirse de su madre y soberana, con una ligera sonrisa en sus labios y que mantuvo mientras le daba la espalda y se volvía hacia los guardias que esperaban por ella en el umbral del salón, caminando con la frente en alto y una máscara de inalterabilidad en el rostro que causo la admiración de todos quienes la vieron mientras transitaba por los pasillos, abandonando el palacio, su reino y la vida que había llevado hasta ahora, porque desde hoy era la reina de Portugal, la esposa del rey Sasuke…
PD: Saludos mis amores, prometí que actualizaría esta semana y lo cumplo, como siempre agradeciendo su apoyo y deseando siempre que mi trabajo sea de su agrado :3 Les recuerdo que por ahora solo puedo actualizar una historia por semana, por mis estudios y el escaso tiempo de que dispongo, pero no dejare inconclusa ninguna de mis historias, lo prometo :3 las próximas actualizaciones serán "A Través de las Estrellas", luego "Kóraka: La Sombra del Cuervo" y nuevamente la "La Reina Olvidada" lo prometo :3 esta historia esta dedicada a mi queridísima amiga Ali-chan 1966 (agradeciendo su asesoría y aprobación, dedicándole particularmente esta historia como buena española), a mi querida amiga y lectora DULCECITO311 (a quien dedico y dedicare todas mis historias por seguirme tan devotamente y apoyarme en todo), a ktdestiny (agradeciendo que me brinde su opinión en esta nueva historia, y dedicandole los capitulos por lo mismo), a Gab (prometiendo que todo mejorara a partir de ahora, y que le dedicare todos los capítulos como agradecimiento por tomarse el tiempo de leer esta historia) y a todos quienes siguen, leen o comentan todas mis historias :3 Como siempre, besitos, abrazos y hasta la próxima.
Personajes:
-Sakura Haruno como María de Aragón (18 años) -Sasuke Uchiha como Manuel de Portugal (31 años)
-Seina Uchiha como Isabel I de Castilla -Pein Haruno como Fernando II de Aragón
-Idate Morino como Diego de Silveira -Karin Uzumaki como Amalia Ulloa (18 años)
-Takara Uchiha como Isabel de Aragón -Hiruzen Sarutobi como Francisco Jiménez de Cisneros
-Hinata Hyuga como Juana I de Castilla (20 años) -Naruto Uzumaki como Felipe de Habsburgo (22 años)
-Mirai Sarutobi como Catalina de Aragón (15 años) -Konohamaru Sarutobi como Arturo Tudor
-Genma Shiranui como Enrique VII de Inglaterra -Kagen Uchiha como Jaime de Braganza
-Yosuke Uchiha como Miguel de la Paz –Boruto Uzumaki como Carlos I de España
Contexto Histórico & Amor Real: tal y como menciono en la primera escena del capitulo, el que llegaría a ser el rey Carlos I de España y V de Alemania, nació el 24 de Febrero del año 1500 en Prinsenhof, Flandes, y curiosamente se registro o comento que nació en una letrina, de hecho en la fabulosa película de Vicente Aranda se muestra a Juana participando de una celebración de la corte en un avanzado estado de embarazo, retirándose al sentir un malestar, y alumbrando a su hijo, lo que decidí representar porque se ve muy plausible. En el contexto de Castilla, el Papa concedió la bula que permitía el matrimonio entre el rey Manuel y la Infanta María entre Mayo y Julio de 1500, casi al mismo tiempo en que murió el hijo del rey portugués, el infante Miguel, sin haber alcanzado a cumplir siquiera dos años. Pero a pesar de todo, el rey Manuel habría enviado una embajada a Castilla para que se celebrara la boda por poderes en Agosto, ceremonia que se realizo discretamente y de la cual no se saben muchos detalles, cuando la corte castellana aun estaba de luto, y a fines de Septiembre e inicios de Octubre, María partió con gran boato hacia Portugal, ostentando el titulo de reina. El embajador Diego de Silveira fue muy querido al corte portuguesa durante el reinado de Manuel y María, por lo que decidí representar que el fue el apoderado en la ceremonia de matrimonio.
También les recuerdo que además de los fics ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron y que pretendo iniciar pronto), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia"), "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer), "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul") :3 Para los fans del universo de "El Conjuro" ya tengo el reparto de personajes para iniciar la historia "Sasori: La Marioneta", por lo que solo es cuestión de tiempo antes de que publique el prologo de esta historia. También iniciare una nueva saga llamada "El Imperio de Cristal"-por muy infantil que suene-basada en los personajes de la Princesa Cadence y Shining Armor, como adaptación :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3
