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Normalmente, siempre era una boda, un solo evento en el templo de preferencia de los novios con una cantidad fija de invitados; el juez que los casaba casi siempre era el encargado de realizar a su vez la ceremonia simbólica o un monje, si es que la pareja era religiosa, pero los matrimonios jóvenes ya no incurrirán en esas creencias. Casi nunca había dos casamientos como en occidente en donde la gente se unía por civil y eclesiástico, pero las únicas dos veces que había tratado con esos casos, había sido sencillo y ella de igual forma solo se había encargado del evento más grande. Con Taishō había sido diferente: él y su esposa habían hecho una cena de compromiso; una boda civil con banquete y un montón de invitados, en el cual, de los vestidos elegidos, la novia usó el más sencillo; y por último, una boda simbólica llevada a cabo en la hacienda de la familia de InuYasha, únicamente familia y gente demasiado cercana fue invitada, un banquete más sencillo y sustancioso, un pastel enorme, pero sin repisas de cristal, todo menos elegante aunque con un toque más acogedor, como una cena entre familia, justamente. Además, Kagura llevaría el vestido más bonito para esa ceremonia al aire libre.
Y, a diferencia de la vez anterior, en aquella ocasión no se sentía nerviosa, ya la peor prueba había pasado y todo había quedado espectacular así que no tenía un ápice de miedo por que algo vaya a salir mal. Ese día el sol brillaba con intensidad, la carretera se veía increíblemente despejada; Ayumi a su lado se retocaba el protector solar mientras ella conducía a velocidad moderada y le subía a la música para disfrutar el estar manejando a las ocho de la mañana.
Ese día tenía ganas de embriagarse hasta que no le quedara instinto de supervivencia y Satō ya lo sabía.
Se había quedado en la sala del departamento esperando a que ella se terminara arreglar, leía una revista de entretenimiento sin ponerle demasiada atención a las letras mientras movía la pierna cruzada a medida que los segundos pasaban. La conocía ya lo suficiente como para saber que estaba un poco reservada con él y eso lo tenía inquieto; el día anterior casi no habían hablado por una razón u otra. Descruzó las piernas apenas escuchó el sonido de los tacones por el piso caoba.
—¿Qué tal me veo? —Se asomó con su espectacular vestido, zapatos, peinado y maquillaje como si no estuviera segura de la belleza que irradiaba.
Automáticamente él se puso de pie dejando a un lado la revista y con la boca semiabierta solo pudo atinar a pestañear y balbucear.
—Ammm…, yo creo que te ves increíble, Sango —pudo articular por fin, sintiéndose bobo.
Realmente era una de las mujeres más bellas que había visto en toda la vida, pero era ese toque especial de dulzura y rudeza combinadas a la perfección que le parecía tan fascinante y diferente a todo lo que había sentido antes, a todas a quienes había conocido antes y vaya que se había topado con cada belleza en su vida.
La abogada agachó la vista, sonrojada y dejando escapar una risita nerviosa—. Muchas gracias.
Aunque Miroku le atraía más de lo que era humanamente sano, no estaba lista para el compromiso, no estaba lista para una relación y todavía necesitaba darse el tiempo de conocerse mejor, aunque admitía que a veces le desesperaba un poco esa dinámica extraña que tenían en donde a veces había besos y evidentes insinuaciones, pero jamás nada concreto, sin embargo, la mayoría del tiempo no era así y era por eso que después de mucho pensar, había decidido que era mejor dejar las cosas claras.
»Miroku, hay algo de lo que necesito hablarte y quiero que lo tomes con tranquilidad —se animó a hablar y su compañero pareció ponerse muy tenso—. Créeme, de alguna forma me halaga, pero no quiero que en esta ocasión me presentes a tus conocidos como tu pareja, quiero decir…
—Oh, te refieres a eso… —de alguna forma respiró, la verdad es que no era tan malo como lo creyó porque, aunque no le gustaba del todo, Sango ya le había dicho desde un principio que había tres reglas luego de haberle confesado que le gustaba: cero mentiras, saber que no estaba lista para el compromiso y dejar que pasara el tiempo suficiente hasta que se sintiera segura de dar un paso. Sabía que se había excedido, pero era muy tarde para cuando se había dado cuenta y al final del día ella tampoco le había dicho nada así que pensó que tal vez no había sido tan malo. Era un idiota—. Lo siento, en verdad lo siento.
—Lo sé, créeme que en otras circunstancias de mi vida habría estado muy contenta, pero por ahora… —calló un segundo, suspirando. El mes siguiente se cumplirían ya cuatro años desde aquel día horrible y todavía se sentía feo—, ya sabes que tengo un pasado que me lo impide.
Miroku tomó aire y luego de eso asintió, calmando sus ánimos que se habían alborotado antes de iniciar la conversación.
—Sí, entiendo y espero algún día tengas la suficiente confianza como para contarme —sabía que algo horrible le había pasado como para que no quisiera ni mencionar el nombre de la persona que la había hecho pasar tan mal, solo tenía claro que ese idiota era el motivo de las heridas de Sango y ahora era él quien las resentía porque de verdad ella le gustaba. La vio asentir apenas y quitar la mirada—. De todos modos, lo siento, de nuevo.
—Pensé mucho en si decirlo o no, pero es que hoy asisten tus padres y no quería que tal vez… —inspiró hondo y se sintió tonta, ¿estaba asumiendo que era lo suficientemente importante en la vida de Miroku como para que la presentara a sus padres? Vaya falta de sensatez—. Lo siento, no sé ni por qué lo digo, porque yo…
—Está bien —desde su lugar le dedicó una sonrisa conciliadora y con caballerosidad le ofreció el gancho de su brazo—. Mejor acompáñame a la boda simbólica de mi mejor amigo.
—Gracias por la invitación —caminó hacia él con cuidado y también le dedicó una sonrisa antes de engancharse.
—El esmoquin te ha quedado impecable —escuchó decir a su madre, orgullosa, parecía emocionada por el evento. Él ya no tanto.
Por muy absurdo que sonara, Kagura le había dicho que no habría noche de bodas hasta el día siguiente y de nuevo se había ido a dormir a otra habitación. Su impresión después de haber encontrado a Sesshōmaru aparentemente discutiendo con ella tampoco le ayudaba, ¿habría un problema entre ellos? Ella había insistido en que no, pero era obvio que después de eso prácticamente había pedido volver a la mansión porque se sentía horrible, que le dolía la cabeza, estaba cansada y demás. Además, los ánimos no andaban tan altos cuando antes de viajar hasta ahí se habían despedido de Sesshōmaru porque salía de la casa directo a Sendai. Le molestaba porque él habría querido llegar a ese día con la misma ilusión de cuando le había propuesto matrimonio, pero la verdad era que a esas alturas ya pensaba que solo estaba cumpliendo con el itinerario. Era horrible ver cómo en esos seis meses de planeación en vez de haberse unido parecían cada vez más distantes, había que ver cómo se emocionaba tan poco cuando escogían el apartamento o los muebles para su sala. A la final muchas de las cosas habían terminado a su gusto. A esos momentos la única esperanza que le quedaba era que ella mágicamente cambiara después de por fin procesar que estaban bien casados y volverían a ser los mismos que antes de irse a vivir juntos.
Su padre abrió la puerta de la habitación que estaba funcionando como camerino y los invitó a dirigirse al altar en donde ya todos los invitados estaban acomodándose al respectivo lugar para esperar a la novia que estaba en otra habitación de la enorme casa.
—¡Kagura, ¿está todo bien?!
Se puso alerta cuando escuchó la voz femenina desde fuera. Se secó las lágrimas para procurar sonar bien antes de responder. Dejó el celular sobre la cómoda y se miró en el espejo: todo el maquillaje se había arruinado, definitivamente tenía que hacer algo, aunque tardara un tiempo extra.
—¡Sí, Kagome, todo bien! ¡¿Están ya esperándome?! —Hizo la pregunta para ganar tiempo mientras tomaba una esponja con polvo traslúcido y lo colocaba bajo su ojera. Bajó la mirada cuando un nuevo mensaje entró al chat y se mordió los labios, loca por responder. Tenía tanta presión encima que iba a explotar.
—¡No todavía, pero ya se están ubicando! —Le hizo saber. Kagura también les había pedido a sus papás que la dejaran un rato sola y que mejor la esperaran abajo, así que lo último que le restaba era despachar a la azabache.
—¡Gracias! ¡¿Puedes bajar y cubrirme unos quince minutos más?! ¡Me estoy retocando, ya bajo! —Se quedó en silencio para estar pendiente de cada movimiento de la organizadora. Agradecía esa preocupación y atenciones, pero necesitaba estar sola.
—¡Claro, sin problema, te estamos esperando!
Respiró hondo cuando se vio sola otra vez y regresó la vista al vestido que obviamente se había sacado apenas estuvo lejos de todo. Claro que iba a demorar más de quince minutos.
Kagome caminó por el inestable camino de césped verde mientras el viento le daba en todo el cuerpo. Por alguna razón sus manos estaban frías, pero se sentía emocionada. Los invitados ya estaban sentados de forma ordenada mientras que el novio conversaba distraídamente algo con su mejor amigo. La azabache caminó por en medio de los invitados mientras hacía reverencias a todos sin quitar la sonrisa. Sango la miró desde su lugar y le hizo un pulgar arriba en señal de apoyo y diciéndole que todo había quedado espectacular.
—Señores —irrumpió entre la conversación y el padre de Kagura se puso de pie para unirse a ellos. Cuando obtuvo la atención de los tres, habló—: Kagura me pidió unos minutos más, me voy a estar comunicando con ella por el celular para que cuando esté lista, el señor Toriyama pueda ir por ella a la casa, ¿de acuerdo?
—Sí, está bien, gracias, Higurashi —el primero en agradecer fue InuYasha, por alguna razón la seguridad con la que ella había dicho eso le transmitió también calma y lo hizo relajarse. Asumía que el hecho de que hubiera estado tanto tiempo con Kagura podría ser una garantía de que la wedding planner tenía las cosas más claras que él respecto a su boda. La azabache hacía bien su trabajo.
—Gracias, Kagome —secundó Miroku de inmediato. Él era el encargado de tener los aros en una almohadilla blanca con bordes dorados que Kagome no dudó que fueran bordados de oro.
—Estaré pendiente entonces, señorita —el señor Toriyama hizo un gesto con la cabeza y volvió a sentarse.
Una vez dada la información, Kagome volvió a su lugar entre los invitados y se sentó al lado de Ayumi, quien también lucía muy emocionada. Esas bodas al aire libre siempre eran tan relajantes y bellas.
Los minutos empezaron a pasar y al principio InuYasha le hizo una señal al pianista para que tocara alguna pieza clásica y ambientara el momento; el padrino de Kagura, quien los iba a casar, tomó asiento alegando que estaba muy grande como para esperar de pie mucho tiempo, por su parte el novio decidió quedarse ahí para aguardar, paciente; Miroku, en señal de apoyo a su amigo también se quedó parado, pero este miraba los mensajes en el chat grupal con Sango y Kagome en donde se enviaban cualquier cosa, pero esta vez Higurashi opinaba sobre lo raro que le parecía que después de haber tenido a una maquillista profesional, Kagura dijera que se tenía que retocar el maquillaje. Al final todos encontraron algo con qué distraerse mientras los minutos seguían pasando. Los quince ya se habían cumplido y Kagome no recibía respuesta de Kagura.
"Espera"
Era lo único que le había dicho después y ya eso a la organizadora no le estaba sonando muy bien. La gente había empezado a murmurar y los padres de la pareja la miraban con cierta desesperación desde sus lugares. Se sintió tan avergonzada que le dieron ganas de salir corriendo, pero es que no era su culpa, ¿qué más podía hacer?
Media hora había pasado y Kagura no daba señales de aparición. Una vez más la azabache le escribía. De pronto el móvil vibró con un mensaje de ella que la hizo ponerse más pálida que una hoja de papel. Se puso tan fría que Ayumi regresó a verla de inmediato.
"Será mejor que dejen de esperar, Kagome. Lo siento"
Abrió tanto los ojos que le dolieron. Sin pensarlo y con las manos heladas fue hasta el chat con Sango y Miroku para mandar un par de mensajes con un "119" que significaba emergencia. Ambos le respondieron rápidamente.
"¡Tienen que acompañarme ya a esa casa! No sé qué sucede, pero creo que Kagura no está"
"¿Qué diablos? ¿Cómo que no está?" Sango fue la primera en responder.
"¿Qué está pasando, Kagome? Mira que tengo al novio muy cerca"
"Solo pidan disculpas y vengan conmigo"
La pareja alzó la cabeza para mirar a todos lados y divisar a Kagome levantándose lo más disimulada que podía. Era obvio que se iban a alarmar, especialmente quienes estaban más cerca de los tres. Miroku le dijo a InuYasha que no se preocupara y que se quedara con los invitados, pero este se quedó con las palabras en la boca antes de que pudiera protestar. Izayoi miró cómo los tres se alejaban hasta la casa y aquello le trajo muy mal presentimiento. El novio intentó calmarse, pero ya presentía que algo había salido muy mal.
—¿Algo le pasa a mi hija? —La madre de la novia empezó a mirar a todos lados, pero Tōga intentó calmarla.
InuYasha maldijo por lo bajo sin poder quitar la mirada del inmueble.
—¿En serio crees que se ha escapado? —Repitió Sango, agitada por cómo estaban subiendo las escaleras—. Pero con quién.
—No tengo idea —respondió con la cara contraída por una repentina angustia que la estaba atacando.
—Será mejor que lo comprobemos —acotó Miroku, quien tenía una expresión más bien decisiva. Si aquello era cierto, se confirmaría lo que estuvo temiendo todo ese tiempo, ¡Kagura no podía tener el descaro!
Al llegar a la puerta, Kagome fue quien la tocó y llamó con delicadeza.
—Kagura, ¿estás ahí? —Miró a la pareja como si en ellos esperara una respuesta, pero no hubo nada.
Sin esperar más, Takeda metió mano a la manija y abrió la puerta de golpe, revelando el cuarto vacío…; los tres se quedaron de piedra al comprobar que no había nadie y que el vestido yacía entallado al maniquí.
—Dios mío… —susurró Kagome y sintió el corazón querer salirse por el pecho. Aquello jamás le había pasado, estaba en shock.
El pelinegro fue quien lideró la entrada a la habitación enfocándose en una pequeña nota doblada sobre la cómoda junto a los anillos de compromiso y boda que habían sido de ella. Sintió tanta ira cuando los tomó que quiso apretar la hoja, pero obviamente se detuvo.
—Miroku… —Sango también empezaba a sentirse horrible, de verdad no podía creer que eso estaba pasando.
—Maldita sea, tenemos que decírselo ya a InuYasha —sin esperarlo giró sobre sus talones y salió del cuarto mientras detrás de él corrían las chicas.
—¡Espera, Miroku!
Apenas los vio salir y traer ese semblante, sin importarle nada, InuYasha empezó a caminar a su encuentro para acortar el camino. Al instante todos se pusieron de pie y el pianista dejó de tocar.
—¡¿Qué sucede?! —Por su mente estaba pasando lo peor, pero no podía perder el control todavía.
Miroku traía un rostro de total derrota e ira contenidos mientras las chicas atrás se notaban casi asustadas. No, algo estaba muy mal ahí.
—Lo siento, hermano, pero creo que no va a haber boda —cuando lo tuvo lo suficientemente cerca le extendió el papel junto a los aros. El aludido miró su mano y luego a su mejor amigo como pidiéndole una explicación—. Tienes que ver lo que dice, yo no lo sé.
Kagome ni siquiera quiso ver, pero no podía moverse siquiera. Atrás, todos empezaban a aglomerarse, evidentemente alarmados ya.
Con ligereza y las manos temblando, Taishō abrió la nota y la leyó, no era nada extensa.
"Lo lamento, InuYasha, en verdad traté, pero no puedo hacernos esto. Gracias por todo, pero ya no puedo hacerlo"
El ambarino sintió que todo su mundo se vino abajo, pero no pudo articular palabra, únicamente releyó la nota unas tres veces más sin procesar bien lo que decía, solo leyendo letras. Una vez que la información llegó a su cerebro volvió la vista a su amigo, estaba dilatada y encendida, únicamente había un remolino de odio que se estaba formando dentro de él. Los ojos dorados volvían a pedir una maldita explicación.
Kagome sintió entonces que una ola horrenda la golpeó y por un segundo todos pasaron a segundo plano menos él, quien era el protagonista de su dolor en el pecho. Conocía tanto esa mirada de decepción, incredulidad y odio que estaba viendo en InuYasha, conocía perfectamente cómo la humillación se materializaba de esa forma tan brusca y se vio en él, revivió el dolor y sintió que casi le faltaba el aire.
Taishō aplastó la nota entre sus dedos al igual que apretó los anillos, pero no los botó, sin pensarlo metió todo a su bolsillo del pantalón antes de mirar hacia atrás casi de reojo.
Para él todo estaba muy claro.
—Se fugó con Sesshōmaru.
—¡¿Qué?! —La pregunta vino por parte de los tres que parecieron no entender nada.
—Así es… —empezó a asentir y al segundo siguiente se giró por fin hacia los demás—. ¡Mi maldito medio hermano estaba acostándose con mi esposa! —Escuchó una exclamación colectiva de puritanos hipócritas que le enervó la sangre y le agotó la paciencia en segundos—. ¡Ay, por favor, seguro que han visto cómo alguien le pone los cuernos a su pareja miles de veces! —Se volvió a posicionar en donde había estado esperando a la novia.
—¡InuYasha! —Tōga le alzó la voz para llamarle la atención por la falta de respeto, pero su hijo le devolvió la mirada más fría que jamás había visto.
—Por lo visto, no hay boda, así que voy a pedirles amablemente —les sonrió a todos como un desquiciado y empezó a caminar hacia el altar con pasos acelerados e iracundos— que se larguen —notó que todos siguieron murmurando después de su pedido y no se movieron—. ¡Que se larguen ya, maldita sea! ¡Lárguense! —Explotó y tiró por el suelo los anillos de la almohadilla como para empezar.
Sin más remedio, la gente empezó a retirarse. Tōga e Izayoi suponían que, si eso era verdad, en serio no podrían hacer nada para parar a InuYasha. Lo vieron una última vez cuando empezó a tirar todo, incluso el piano del pobre artista.
»¡Aaahg, malditos! —Gritó casi rasgando su garganta mientras que sin piedad tiraba el altar con sus propias manos y destruía todo lo que había al paso. Pateó las sillas, tiró las flores, recogió el piano solo para agarrarlo por las patas y estrellarlo contra el piso una y más veces.
Desde una distancia prudente, a pesar de los esfuerzos de Sango por llevársela, Kagome observaba el descargo de furia más grande que jamás había presenciado. Las lágrimas habían empezado a rodar libres por su cara y de nuevo mil veces se vio en él claramente. ¿Su medio hermano y la mujer que quería? No podía sentirse tan identificada y no solo por la traición, también por esa ira, ese dolor y ese odio que InuYasha estaba demostrando en ese momento. Le habría gustado tanto poder hacer eso ella también en su momento. El corazón le hincaba porque jamás habría pensado que ver eso era volver a revivir todo su propio dolor, además de que al haber estado en ese proceso durante seis meses junto a ellos lo hacía el doble de peor; las palabras de Miroku llegaban a su mente y se arrepentía de no haberlas apoyado, porque quizás no habría podido evitar nada de eso, pero por lo menos no sentiría que lo había ignorado estando en sus narices.
Por primera vez en la vida después de esa mierda, Kagome Higurashi sentía el dolor en carne viva a través de otra persona, a través de un hombre que conocía poco, pero hacía mucho. Por primera vez lloraba por ese dolor en otra persona. Por primera vez en la vida después de conocer a InuYasha sentía una genuina empatía por él y aunque en su mente hiciera ruido, tenía ganas de abrazarlo, quería consolarlo tal y cómo ella hubiera querido que hicieran con su persona en aquella ocasión; se había abierto en su pecho la insana necesidad de apoyarlo como si aquel iracundo hombre frente a ella fuera una versión suya que podía tratar de proteger en nombre de la Kagome que fue destrozada casi cuatro años atrás.
De pronto, ojos ámbar y ojos chocolates se encontraron entre el remolino de sentimientos que ambos estaban experimentando. InuYasha se detuvo un segundo entre ese torbellino de odio y desde ahí notó que esa mujer estaba llorando y no se había movido un centímetro desde la última vez que recordaba haberla visto. ¿Lloraba? ¿Lloraba por lo que le estaba pasando? ¿Se había quedado ahí para ver su humillación? ¡¿Se estaba burlando de él a pesar de que había dicho que quería que todos se largaran?!
—¡Lo siento mucho, InuYasha! —No pudo evitar soltar con toda su voz quebrada al igual que su corazón. Sabía que él no podría entender por qué estaba tan afectada, pero poco le importó, la verdad era que a ese momento ya no importaba nada.
—¡¿Por qué sigues aquí?! —Su grito volvió a tomar vigor cuando dejó de preguntarse cosas y solo reconoció la presencia de alguien más allí—. ¡Dije que quería que se larguen! ¡Vete de aquí, no quiero verte, no quiero a nadie, ¿es tan difícil para ti comprender?!
La azabache cerró los ojos y con aquel grito sintió que de alguna forma salió de un trance. Volvió a abrir los párpados, inspiró hondo llamando a la mujer sensata que había en ella, destruyendo esos sentimientos de empatía, volviendo a ser Kagome y salió corriendo del lugar sin más.
InuYasha se quedó ahí viéndola alejarse, devastado y cuando se vio completamente solo, cayó de rodillas.
Era el hombre más miserable que había pisado la tierra.
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Solo van 5 capítulos y ya hay tanto drama.
11 de marzo. Vaya, debo admitir que este es uno de mis capítulos favoritos del fic, todo lo que pasa me encanta, en especial la última escena. Recuerdo que cuando ideaba este fic, el resumen iba a ser el mismo de ahorita, pero agregaba: "InuYasha es un novio que ha sido plantado de la peor forma", pero luego de eso pensé que sería tremendo spoiler y quería que fuera un poco más misteriosa para ustedes. Agradezco infinitamente sus hermosos comentarios, espero que ahora sí sea más claro por qué decía tanto que InuYasha y Kagome compartirían algo que iba a ser lo que los haría unidos.
Les dejo un beso enorme y mis más sinceros agradecimientos a mis hermosas: Rodriguez Fuentes, Rosa Taisho, Marlenis Samudio, MegoKa, Tatiana Ocampo, Susanisa, Benani0125, josicar, kcar, Invitado, Carli89 y Annie Perez.
