"La leyenda del solitario hombre del agua"

.

.

.

.

A través del silencio cabalga la estrecha hondonada donde las estrellas refulgen y la tenue luz de la noche abraza el extraño claroscuro que se forma en las grietas de la tierra húmeda y frondosa. La caoba se enreda impidiendo ver claramente lo que hay en frente.

Suspira.

El vapor escapa de sus labios creando nubes húmedas.

Katsuki Bakugo afila la vista, atenta y taciturna. La chamarra diseñada para la inclemencia del frío lo abriga, apegándose a su piel como si quisiera fundirse con él.

Sus enormes botas aplastan la suave tierra, que acepta sin opción su furiosa tempestad. Entre ligeras bocanadas de aire para igualar el esfuerzo de caminar a esas expensas de la noche, solo, requería concentración y no meras distracciones.

Miró las hojas secas. Bufa.

Están echas añicos como su testarudo carácter.

Llegado a un punto en que la estrecha hondonada se abre en medio de una colina despejada. Saca el termo de la mochila y bebe un largo e insonoro trago de café, que aún estaba caliente. Su agarre se afloja conforme la bebida se disuelve en las comisuras de su cuerpo.

Inspira. Decide tomarse otro trago de café amargo, sin leche ni azúcar. Dirige sus ojos furtivos a los lados, atisbando la sombra de la copa de los pinos, la caoba, los maples, los robles.

Todo se combina en una lúgubre oscuridad apestada de las horas que vienen. Las horas de un próximo amanecer.

Maldice.

No le alcanzará el café para el siguiente hostal de descanso. ¡Con un carajo! Lo que faltaba. Y las malditas raciones de pan y queso se acabaron cuando tomó otro descanso en las praderas del reino Yuuei. Debió haberse llevado un puñado de manzanilla para comer los pétalos y triturarlos con los dientes. Mínimo un poco de pasto con pinta de flores aliviaría su hambre. La maldita molestia de un vacío en las entrañas lo desafía a mantener más forzadamente la cara de indiferencia pintando los matices de su rostro.

Guarda el termo en la mochila y continúa caminando. Los pies cansados, los músculos de sus piernas hartas de flexionarse simulan troncos postrados con el viento arrasando las hojas de sus extremidades.

Se siente tal cual a la fruta que se le arrancan las cáscaras y las cáscaras fueran sus piernas, sus pies. Despiertan en él un humor soporífero cayendo en la arrogancia.

Su cuerpo caliente por los efectos del café son como el desenlace que deja el chile cuando se come. Primero arde, luego quema, y las cenizas son el calor que no se remueve ni con el ferviente anhelo de neutralizar el Ph de su cuerpo.

Es ácido. Todo su cuerpo se siente ácido.

Los vellos de la piel se levantan reacios a reaccionar a la más mínima sensación o impresión de oír un ruido, de moverse del pesado ritmo que dentro del cansancio llevaba.

Las horas de la noche transcurren en la obsoleta acidez envolviendo las ramas de su cuerpo.

No entiende cuál es la maldita razón de hacer este viaje.

Para empezar, viajar sin motivo no era lo suyo. Lo suyo era el orden, planear con anticipación, tener itinerario, pero sobretodo un motivo. Un jodido motivo.

Ah. Sí, lo tiene. Sí tiene un motivo.

Maldice.

Odia el motivo. Lo desechó en donde la basura de su cerebro desecha lo irrelevante. Ese idiota es irrelevante, su unión a él es irrelevante, su personalidad es irrelevante, su voz, su cara, sus ojos, sus pecas todo de él es irrelevante.

Sin embargo, ahí está. Caminando para verlo. Para encontrarse con él.

Suspira largo y ancho.

No puede odiarlo.

Cómo podría si aceptó ser su prometido. Nadie lo llevó arrastrando a los brazos de ese idiota. Él lo hizo ver así, pese a no serlo. Les hizo creer a todos hasta a sí mismo por un instante que esto era una total estupidez. Un teatro absurdo representado en una ceremonia de compromiso de la cual él no quería formar parte. Fue actuación frente a un individuo que aparentemente era irrelevante en su vida.

Llega a un punto en que se tienta en detenerse mas no lo hace. A juzgar por cómo se abre el camino entre la hondonada y las gruesas arboledas, falta poco. Se dice que debe avanzar un tanto más si no quiere perder el último filamento de paciencia que le sobraba.

Su idiota prometido de nombre Izuku Midoriya era un dios. Sí, un dios. Un ser celestial, de esos que encuentras en los libros de mitología japonesa, pero que a su vez, constaba de una mera leyenda, debido a las escasas referencias de su presencia en la época feudal de Japón, misma que su existencia fue vista en determinados pueblos lejos de las capitales, por allá en donde algunas personas lo vieran. Haciendo actos milagrosos, trayendo agua en zonas de sequías, de las cuales los residentes agradecían enormemente su contribución al crecimiento económico e intercambio de productos.

Los pueblerinos le ofrecían ofrendas en agradecimiento y petición exclusiva a cambio de que las lluvias nunca faltaran. En efecto, las lluvias no faltaron, pero el grande y poderoso dios se encontraba solitario viviendo en las entrañas de un pozo. Los residentes no estaban percatados de que la soledad estaba matando al dios que tanta fertilidad trajo a sus cosechas.

Sin embargo, un día un anciano recurrió al dios en petición de que trajera hiciera un desvío en el camino del río que daba de las montañas hacia el pueblo para que un pequeño riachuelo nutriera sus hierbas medicinales y flores. Al ver que no traía ninguna ofrenda el dios desconfiado preguntó cuál sería el precio con el que pagaría su exigencia, a lo que el gentil anciano ofreció a su hermosa nieta a cambio, sabiendo que el dios se encontraba preso de una aplastante tristeza.

Desconcertado, el dios del agua, aceptó tomar a su nieta como su esposa, pues su nieta a pesar de su inmensa belleza no tenía prospectos y mucho menos a alguien de su favor.

Su nieta al enterarse que había sido ofrecida a un matrimonio del cual no accedió, protestó, incluso llegó a amenazar a su abuelo con abandonar el pueblo con tal de no casarse con un dios nefasto y horrible que sólo pedía cosas a cambio de dar su afanosa lluvia. Sin embargo, ni sus protestas detuvieron la eventual llegada del dios del agua a ingresar en su forma humana a casa del anciano, ataviado en sus mejores prendas tradicionales trayendo consigo un jarrón del más fino material envuelto en una pintura agraciada de unos dragones verdosos de agua danzando en el cielo despejado con pétalos de lirios bañando sus cuerpos escamados, que la mujer al ver esos ojos verdes y cabello verde imprimiendo la esencia del bosque que tanto amaba del pueblo, que aceptó casarse con él.

Katsuki no la culpa. Él también cayó rendido ante esos tempestuosos y refulgentes ojos verdes cuando al conocerlo en su infancia se le presentó la oportunidad de convivir con él cada verano en que las lluvias solían ser más intensas y recurrentes en Japón, que Izuku cobraba su máximo fulgor, sólo de esa manera Katsuki podría vislumbrar los matices de éste. Fue bueno que se le presentó esa oportunidad, puesto a que si lo hubieran obligado siendo un menor de edad odiaría con todas sus fuerzas a ese idiota.

Sin embargo, su madre no lo obligó. Le dijo «Este hombre es Izuku. Es un dios con el que tus ancestros, en su caso, ancestras se han casado (un hombre nunca ha contraído matrimonio con él). Ha sido tradición ofrecer al hijo o hija mayor a ser su pareja y vivir con él toda la eternidad. Pero tus ancestros no aguantaron el sacrificio y con los años se rindieron de esa vida y prefirieron morir. En mi caso, no decidí casarme con él, ya que no quise ese destino. Pero aun así, respeto esa tradición generacional y te lo presento. Si quieres casarte con él, adelante, si no quieres, no te podemos obligar. Sólo conócelo cada verano en que su fuerza es más prominente y puede pasar más tiempo contigo» Katsuki de escasos cuatro años asintió protestante ante tal bombardeo de información, ante la impresión de ver a un hombre en apariencia de unos veinte años cabello verde alborotado al ritmo del agitar de los árboles, ojos verdes semejantes al páramo, pecas que capturan la esencia del cielo nocturno, una sonrisa tan deslumbrante que podría derrotar al más frío de corazón.

Y así, Katsuki lo veía cada verano. Pasaban la mayoría de los días explorando las montañas, gusto que se fue desarrollando con el tiempo hasta convertirse en una afición suya, un método de relajarse del estrés y el disturbio de la vida adolescente.

También Izuku lo introdujo el conocimiento de las hierbas medicinales, de modo que podía secarlas para conservación, hacerlas infusiones, jarabes, ungüentos, etc.

Katsuki no negaba que ese conocimiento por muy inservible que parecía en la sociedad del siglo XXI donde los héroes ejercían un mayor poder que los dioses, o de cualquier origen mitológico.

Con su particularidad de explosiones y su sueño tangible de ser el mejor héroe de todos se entremezclaba con el oculto anhelo de no compartir con nadie su relación con Izuku, quien pese a no ser reconocido como tal, perdía fuerza y valor en la sociedad, lo cual la decadencia de su historia aledaña ocasionaba que pronto caería en el olvido total. La posibilidad de compartir su vida a lado del hombre que conoció en su infancia y con quien ha pasado su niñez, adolescencia y transición a la adultez, pues contaba con diecisiete años a punto de cumplir los dieciocho suponía una situación de recelo por este momento; además, era la primera vez que pasaría su cumpleaños dieciocho con su idiota prometido.

Jamás había pasado sus cumpleaños con Izuku. El dios le daba regalos en el verano, todas las cosas que a él le gustaban en el momento, o en su lugar, esa temporada de su vida. Pero no habían pasado por eso juntos. Es una experiencia nueva, algo que desencadenaba en él una sensación de burbujeo abrazar su interior.

Un rubor se gesta en sus mejillas. No es que esperara algo más entre ellos. No se han besado siquiera, Izuku ha sido muy recatado en su trato con él, pese a que desde la ceremonia de compromiso se volvió de alguna manera, distante. Y le disgusta ese trato.

Lo odia.

Izuku, él, no tiene la menor idea de cómo se siente. De cómo la maldita frustración se siembra en su interior cuando sus sentimientos por él permean el ambiente, lo tiñen del rojo de sus ojos y lo bañan del dulce palpito de su rubor.

Si Izuku con sus muestras afectivas eufóricas dejara de ser tan denso las cosas entre ellos fluirían mejor. Pero eso es sólo un pensamiento. Resopla, torciendo el labio superior hacia arriba sus ojos en blanco.

El sonido de unas cascadas revolotean. El agua correr, deslizarse sobre las rocas, el aroma fresco de la brisa se hacen oír.

La arboleda se abre en un ángulo panorámico.

Pisa en una rama alargada y gruesa. Cruje.

—¡Oi, bastardo!—Llama al idiota que se suponía debía estar sentado en la orilla de las rocas con las piernas dentro del agua transparente, mas no está.

Katsuki frunce el ceño. Deposita su mochila en el suelo. Sabe que las ramas que controla Izuku la tomaran y la llevarán al templo.

—¡Deku!

Trae a colación su apodo: el apodo que él le designó. Se lo puso a los cuatro cuando vio que Izuku no podía usar adecuadamente una pelota de fútbol para jugar y éste no lograba dar una con la pelota, además contaba con la presencia de que Izuku adoptaba distintas formas humanas adaptadas a su edad. A veces Izuku se hacía pasar por un niño de cuatro, luego a uno de ocho, después a uno de catorce y llegando al aspecto de dieciséis, del cual fue la última vez en que se vieron, tras la celebración de su compromiso en el templo sagrado del agua localizado en las afueras de Osaka, donde pasaron unos días muy turbulentos, puesto a que los nervios de Katsuki sacaron su lado más arisco e Izuku que no sabía calmarse a sí mismo, mucho menos a él.

Fue un desastre. Katsuki se repudiaba por ello, pero más porque Izuku carecía de habilidades para menguar la tensión del ambiente, de las energías, por así decirlo. Y el bastardo idiota no daba una. Aún no estaban casados y ya tenían discrepancias.

Ni un lado salía a salvo de la tempestad de ambos.

—¡Deku!—Vuelve a gritar insuflando aire de su pecho.

Se detiene en seco cuando siente el frío tapar sus ojos. No ve nada pero conoce el tacto. Las formas huecas de sus manos cubriendo las imperfecciones de sus huesos, el aliento caliente inmiscuirse tras el orificio de su oreja. Se estremece.

—Viniste muy enérgico, Kacchan. Asustas a los pájaros.

Katsuki lo empuja con el codo en el costado. Su contacto desaparece.

—¡Tu que no apareces, imbécil!—Sisea.

—No fue mi intención, Kacchan. No vienes en este temporada y tengo la tarea de preparar tu habitación.

Es entonces que Katsuki repara en el hecho de que no lo ha visto y el puñado de insultos que tenía para expresar su aparente enojo por su pésimo recibimiento perecen. No halla forma de abrir la boca para decirle que necesita un momento para reparar en ver su rostro, el mismo que no ha visto en meses.

Además, el idiota le dice «Kacchan». Un apodo de la infancia que éste decidió ponerle porque sí, porque no encontró motivos para llamarlo así.

—¡Cuál habitación, idiota. No necesito ninguna habitación!

Izuku se ve desconcertado por un segundo, mas enseguida se repone.

—La preparé de acuerdo a tus gustos—Asegura optimista.

—Idiota—Gruñe. No evita dejar escapar el sonrojo de sus mejillas cubrirlas. Los sentimientos así muchas veces se ciernen sobre él, a veces apoderándose de su razón, otras arrasando con la sensación de que si no toma la iniciativa el compromiso se irá por la borda. Katsuki no quiere eso.

Mira a Izuku. Su sonrisa, sus pecas formar esquinas reluciendo sus hoyuelos enraizarse en sus pómulos, sus ojos entrecerrados entre el disfrute de contemplarlo en esa faceta, en ese instante.

Aprieta los dientes.

Ni siquiera se han besado.

—¿Quieres verla? La decoré basándome en la recolección de datos relacionados contigo—Indica con la mano extendida. —Ya me encargué de recolectar tu mochila. ¿Sabes? Es lindo verte antes de cada verano. Espero esos días con ansias—Suspira con pesadumbre y a su vez, una inmensa alegría. —Me deprime esperarte tanto tiempo, pero siempre es una recompensa poder verte.

Katsuki clava su mirada en el suelo. Está seguro que sus mejillas arden más que cuando tiene el fuego de Todoroki cerca cuando entrenan. Es diferente. Lo es porque es Izuku.

—Estúpido—Resopla.

Su corazón hace ese movimiento que ejerce cada vez que está con Izuku. Parece como si saltara de su posición y regresara a su sitio en menos de lo que pensaba. Era un movimiento que pasaba desapercibido, pero aun así lograba sentirlo.

Izuku lo conduce hacia la cabaña donde reside, pese a que no necesita conducirlo, puesto a que conoce mejor su hogar que cualquier otra persona que se haya atrevido a ingresar en contra de los deseos del dios. Izuku no es tan permisivo como su apariencia y actitud dan a entender que lo es; al contrario, es impositivo si requiere serlo, así como es sumamente permisivo con él, pero lo es por razones obvias.

Katsuki es el siguiente en el linaje de los Bakugo a casarse con él, mas pese a ello, Katsuki lo quiere porque Izuku es quien lo ha hecho experimentar sentimientos ajenos a la norma autoimpuesta de su naturaleza.

Izuku le deja hacer lo que quiera. Cuando Katsuki se marcha por su cuenta a pasearse por el bosque y los sirvientes de Izuku—las ramas de los árboles— intentan convencerlo de que no vaya sin éste, Izuku le dice «Eres Kacchan, por supuesto que puedes irte sin mi. Eres fuerte. Te puedes defender, no me necesitas» sin embargo aunque diga eso, Katsuki lleva consigo un amuleto atado alrededor del cuello que Izuku le regaló el día de la ceremonia de compromiso.

Recuerda que lo tomó de la mano, desprevenido. Él mostró enfado, pese al aparente rubor que cubría su rostro, y qué decir de su corazón; estaba a punto de amartillar su cuerpo. Sólo porque Izuku cogió su mano.

Se miraron a los ojos. Katsuki escudriñándolo, Izuku sonriendo.

«Tengo algo para ti» fue lo que le dijo en tono seguro.

«Qué» Salió de un escupitajo de sus labios.

Esperaba que Izuku hiciera una estupidez con sus poderes como hacer caer granizo en ese día tan caluroso de agosto para lucirse tras colocarse los anillos y que Izuku hiciera sus reverencias a su familia. Pero no. Izuku se colocó a sus espaldas luego de soltar su mano, que, sudorosa por su tacto y en parte por el calor abrasador, tragó saliva.

Percibió su nerviosismo brotar del aliento de su ahora prometido. Katsuki tensó el cuerpo al avistar ambas manos de éste rodear su cuello con gentileza. El frío de sus dedos tocaron su clavícula y estremeció.

El objeto que se apoderó de ese espacio de su piel era liso. Parecía que fue hecho de tallos de flores silvestres secas. Al bajar la mirada vio que su suposición fue acertada. Eran los tallos de flores silvestres puestos al sol para secarse y así volverse moldeables. Se trataban de simples tallos enrollados en una trenza con una joya de un material que él desconocía en el centro de ambas clavículas.

Izuku se colocó frente a él tan rojo de la cara como él. O quizás más.

«Es un amuleto» Obvió su prometido, jugueteando excesivamente con las manos.

«¿Para qué me lo das?» Inquirió, reprimiendo que su voz sonara temblorosa.

«Es para que me llames» Lo dijo cual susurro macerar sus cuerdas vocales.

«¿Hah?»

«Es para que me llames cuando me necesites» Fue más firme. «Ahora eres mi prometido, Kacchan. Esta vez no tenemos por que esperar a que sea verano para vernos. Puedes llamarme cada vez que me necesites. Si dices mi nombre en esa joya en forma de diamante estaré inmediatamente ahí, a tu lado. Sin importar la hora, el día, el momento, lo que sea»

Katsuki tenía un sinfín de palabras que podía conjeturar con la intención de externar lo que pasaba por su mente, sin más preámbulo apretó la joya con su puño, esbozando una sonrisa ladina enseñando los dientes.

«Te tomaste en serio el papel de ser mi prometido, eh Deku»

Izuku se tornó del color del betabel. Soltó una risa nerviosa.

«Qué dices, Kacchan. Siempre me lo he tomado en serio»

Katsuki forzó una risa arrogante.

«Tonterías, idiota»

«Me lo he tomado en serio desde el principio, Kacchan. Cuidarte, protegerte, ayudarte, esas cosas las hice con las mejores intenciones»

«Lo mismo le has de ver dicho a la otra» Refunfuñó.

A la mención de la primera esposa de Izuku, éste se tensó. Negó con la cabeza.

«No, no le dije eso. Pero esto no se trata de ella. Esto se trata de nosotros»

«¿Qué es de nosotros?»

Para esos momentos, Katsuki quería cerciorarse que la unión con Izuku venía de un lado colateral, no unilateral.

«Mis sentimientos, Kacchan» Katsuki enarcó una ceja, desafiante. «Te quiero» Dijo en un hilo de voz. Katsuki estremeció en su sitio. «Te quiero realmente. Quiero estar contigo» En un impulso, Izuku lo tomó de ambas manos, sosteniéndolas firmemente. El frío se fundía con el calor formando una combinación entrañable. «Creía que la soledad podía acabarse con la compañía que fuera. Pero no fue así. Ella no fue feliz conmigo, al igual que yo tampoco lo fui. Me di cuenta que llenar la soledad con una pareja a mi lado no era lo que curaría este cruel sentimiento, sino que se curaría aprendiendo a lidiar con la soledad y en algún momento encontraría a la persona correcta…» Se detuvo abruptamente.

Katsuki podía escuchar los latidos de su corazón al ritmo de las palabras de Izuku acompañarlo.

«Así que la encontraste» Bufó.

Izuku esbozó una sonrisa. Apretó sus manos.

«Sí, está justo en frente de mi»

Esta vez fue el turno de Katsuki de sonrojarse. Por muy melosas que se escucharan esas palabras eran las que él quería oír, puesto a que le incertidumbre de los sentimientos de Izuku lo intrigaban.

«Idiota» Logró mascullar.

Katsuki sigue a Izuku directo a la pequeña cabaña aledaña al templo. La cabaña nadie podía verla, ya que contaba con un hechizo de restricción hecha por Izuku para que nadie osara irrumpir en su privacidad ni en la suya. Sin embargo, gusta estar cerca de éste, pese a que estuvo con otras personas (mujeres), y optó por elegirlo a él.

—Veo que usas el amuleto—Comenta.

Ruborizado, bufa.

—Es una estupidez—Refiere.

El idiota es demasiado observador. No se le escapa nada, pese a tener apariencia de alguien que no presta atención de las cosas mínimas.

Ingresan a la habitación que Katsuki conoce mejor que la palma de su mano. Sus ávidos ojos rojos escudriñan los supuestos arreglos mencionados, encontrando apenas un tapiz en el centro de la pared que da con el frente de su cama individual de dos dragones de agua fusionarse entre ellos creando una danza seductora y atrayente bañados por el brillo de sus escamas.

Katsuki reconoce que la verdadera forma de Izuku es un dragón verde con escamas que recubren su largo cuerpo delgado e imponente. Él ha visto esa forma una vez. Fue cuando sus poderes recién habían aparecido a los cuatro y fue a explorar los alrededores del bosque. El camino de los pinos se extendía por un trecho angosto, a su vez de largo. Avanzó con sus diminutos pies, creando chispas incompletas, casi perceptibles, cantando una canción inventada por él.

Recuerda cuán ingenioso se sentía en aquel momento hasta haber sido interrumpido por un hombre con el rostro tapado por un ataviada capa de color púrpura, quien se atrevió a amenazar con matarlo tras identificarlo como el sacrificio del dios del agua. El terror que asaltó al pequeño Katsuki fue tal que usó lo más que lograba ejecutar de sus chispas sin hacerle un rasguño siquiera al temible sujeto, quien lo atrapó del brazo apretándolo tan fuerte que estuvo a punto de romperle los huesos, de no ser por que Izuku llegó a tiempo para detenerlo que no le hizo daño.

Izuku se transformó en un enorme dragón de escamas verde azules, un cuello extendido y delgado resaltando sus afilados colmillos, un cuerpo angosto, patas cortas con garras negras de un filo impresionante, una cola larga, insuflando fuego de su pecho, las tempestades de los elementos amontonándose en cada rincón de su cuerpo. Agua, fuego. Polos opuestos unidos por el refuego de la situación.

Fue tal el impacto que Katsuki aborreció a Izuku por años. El sentimiento de inutilidad, de impotencia al no poder defenderse, su orgullo, su pasión de ser un héroe. Todo eso colmó el vaso lleno de agua burbujeante del cual de repente se vertió su contenido, derramándose.

Trató mal a Izuku por años. Ignorándolo, insultándolo. Terminó buscando contactos con santuarios expertos en eliminación de deidades, o en su caso, dioses nacidos de pequeñas leyendas, algo común en las ciudades rurales a diferencia de las grandes poblaciones urbanas.

Sin embargo, su actitud evasiva llegó a su fin tras escuchar la historia de su creación, así como de la inmensa soledad que acompañaba al entusiasta dios, venido por éste mismo, ya que la historia contada por su madre omitía muchos detalles (como ese en que Izuku comentó que no se sentía a gusto casándose con alguien que no quería ni lo quisiera). Fue entonces que comprendió mejor al idiota con el que lo habían mandado de sacrificio, dejando de verlo como una piedra en su camino.

—Es un tapiz—Señala enseguida de verlo.

Izuku asiente.

—Lo puse en honor de que seas mi prometido—Revela antes de que él pudiera preguntar siquiera un «¿Por qué?». —Son de mi especie. No. A decir verdad, viene de mi leyenda, la leyenda del dios del agua, aquel que nutre las tierras infértiles de los pueblos de escasos recursos. Sabes que mi poder es alimentado por las historias que las personas dicen sobre mi leyenda, que puedo traer riquezas en los sitios más pobres y desolación a los más fructíferos. Puedo traer agua en desiertos y drenar los oasis de los mismos. En las historias contadas a través de boca en boca añadieron el detalle que yo fuera un dragón, porque los dragones representan tantas cosas en la simbología de los dioses. Poder, riqueza, desesperación, ineptitud. Sentimientos puramente humanos—Le dedica una mirada complacida. Katsuki alza una ceja. —Quiero que lo tengas—Concluye.

Katsuki hace un gruñido de asentimiento. En realidad no le desagrada tener un tapiz en su habitación. Es más, lo ve como una decoración extra.

Atisba su mochila descansando en la esquina donde reside la ventana.

—Entonces, te dejo descansar. Debes estar cansado de venir hasta aquí.

—¿Hah?—Murmura.

¿Lo deja en su habitación y se va a ir? Como sospechaba, Izuku no está tan interesado en él como lo él lo está por éste. Aprieta la quijada. Es un sentimiento unilateral. Tan molesto.

Izuku lo ve con esos ojos inocentes aludiendo a que rehuye de su mirada. Eso lo cabrea.

—No quiero importunarte, Kacchan. Vienes desde muy lejos—Argumenta. —Mientras yo permanezco en el mismo lugar haciendo mi trabajo.

—¡Estúpido!

La cara de Izuku se congela. Sus ojos desorbitados, su boca entreabierta en una sonrisa nerviosa, su tez más clara, las manos en el aire sin saber a dónde dirigirse.

—¿Eh?¿Kacchan?

Es su prometido. Se conocen de más de una década. Puede tocarlo. Quiere tocarlo. No es justo ser el único ansioso de éste.

—¡No entiendes nada!—Empuña las manos, temblando. Las venas de sus brazos resaltando palpitantes. Izuku se le queda mirando, confundido. Lo sabe porque ladea la cabeza sin remover la expresión anterior. La sangre le hierve. —¡Soy tu prometido, imbécil!

—¿Kacchan?

—Dices que soy tu prometido. Actúa como uno—Demanda bajando el tono. —No huyas de mi. No me subestimes—Izuku pestañea repetidas veces sin apartar la vista de él. —Me tienes aquí. ¡Haz algo! ¡Demuéstralo!

—¿Qué quieres que haga?—Balbucea torpe.

—Lo que sea. Tócame—Sugiere.

Izuku abre tanto los ojos que parecen salirse de sus órbitas, su cara se enrojece.

—¡K-Kacchan!—Exclama sorprendido.

Si no hace nada pensará que no está interesado en él.

—Haz algo. Rápido—Apura.

Detesta verse vulnerable. Pero sabe que si no dice lo que quiere Izuku se pasará la vida a su lado manteniendo distancias con base a sus estúpidas creencias tradicionales de no tocarlo hasta el matrimonio y tocarlo en ocasiones especiales.

Izuku baja la mirada presionando ambas manos en un puño.

—Cosas como tocarte—Su voz suena trémula. —Es algo que he querido hacer muchas veces. Pero no sabía si tu querías lo mismo o porqué aceptaste casarte conmigo. Esas cosas me volvían loco de sólo pensarlas. Pensar que no sentías nada por mi cuando yo siento demasiado por ti. Tanto tanto que no cabe el sentimiento en la materia de mis poderes y los siglos de mi existencia. Saber que aceptaste estar conmigo me hizo enormemente feliz. No fue fácil acercarme a ti sin suponer que huirías de mi cercanía—Izuku alza la vista. Sus ojos verdes se clavan en los suyos. Katsuki tiembla de emoción. Ve anhelo en ellos.

Desconoce cuántos segundos, minutos, los miró, puesto a que en menos de un instante lo tenía a escasos centímetros de su sitio. Se puede hundir en el mar de su mirada.

Izuku sube una mano en su pómulo, situando sus dedos en la tibieza de su piel. Katsuki no puede apartar la vista de sus ojos. Encienden un fuego en la base de su estómago que lo recorre por todas las entrañas hasta las esquinas recónditas de sus venas.

—No sabes las veces— Lo dice casi jadeando. Inhala, detiene el aire en su pecho y lo exhala con un—: No sabes las veces que he querido tocarte.

La otra mano se detiene en el centro de su cintura, desplazando sus dedos en la base de su columna. Katsuki arquea la espalda, dando un paso adelante.

La mano de Izuku se abre completa en su columna.

Son casi del mismo tamaño, con Katsuki rebasando a Izuku en esa forma, por unos cuantos centímetros.

Izuku inclina la cabeza. Katsuki cierra los ojos. Sus latidos acelerados constan del único ruido existente. Izuku une sus labios a los suyos. Katsuki se hace piedra.

La mano en su columna lo aprieta atrayendo su cuerpo a él. Sube sus manos a sus brazos y se agarra a ellos. Quiere palpar sus brazos, saber que está ahí.

Izuku se mueve sobre sus labios casi respirando de estos. Se mueven lentos, pausados. Izuku acomoda su cabeza para no chocar sus narices.

Se siente bien.

No puede pensar en más que el contacto de sus labios se siente bien. Es sumamente cálido, suave.

Izuku se separa de él, sacándole un ceño fruncido.

No espera que Izuku con los ojos cerrados, bese la comisura de sus labios, la línea de su mandíbula, sus mejillas. Katsuki respira profundo. Encaja los dedos en sus brazos.

—Kacchan, Kacchan— Su voz se agita sobre su piel. Sus labios recorren su rostro en un afán por memorizarlo completo.

De pronto, se detiene. Los dedos descansando en su pómulo descienden en su cuello, deslizándose tras su nuca fungiendo de apoyo. En un arrebato, lo vuelve a besar. Katsuki se deshace en la locura que supone estar en contacto con él, en el velo de su cuerpo, de su calor.

Katsuki se pierde de lleno en el espacio que no contiene todo el revuelo de sus sentidos.

Las manos de Izuku empiezan a recorrer su cintura como si quisieran explorarla, o como si buscara arrancarle la ropa. Katsuki se estremece. No puede controlar las turbulentas emociones que consumen sus entrañas en un revoltijo de sensaciones.

Ha logrado algo importante. Un gigantesco avance en su relación.

Izuku. de repente, se separa de sus labios, exhalando lentamente.

—Te quiero— Pronuncia Izuku.

Su mano navega en su mejilla; su forma ahuecada se ajusta a la suya. Son dos partes que se unen perfectamente en simetría.

Katsuki asiente. No dilucida el porqué no corresponde mas se guarda todo para sí mismo. Mira los labios de Izuku esbozar una sonrisa.

Katsuki se inclina a besarlo. Diluye sus labios en los contrarios. Se funde en ellos. Abraza a Izuku por la cintura. En su tiempo conociéndose jamás lo había abrazado, sino más bien, optaba por darle codazos en el costado.

Sin embargo, se dice que demostrar afecto por su prometido no está tan mal. En su defensa, se siente bien.

Tiene deseos de quedarse envuelto en los brazos del dios.

Izuku es quien se separa de él nuevamente. Parece inquieto, por alguna razón, y él no entiende por qué.

Katsuki lo ve frunciendo el ceño.

—Quiero tocarte más. Hacer más— Dice en tono suplicante. Las manos de Izuku tiemblan situadas en ambos lados de su cintura. Katsuki no repara en cómo las cosas se tornaron de ese modo, pero not tiene quejas. —Yo no… tu cuerpo, lo quiero, quiero todo— Tropieza con su boca. —No pensé que, no pensé que tu quisieras. ¿Lo quieres?O te dejo descansar.

Katsuki bufa.

Como si pudiera descansar en esa situación.

—Haz lo que tengas que hacer, Izuku— Sonríe ladino.

—Entonces…

Katsuki amplía su sonrisa desafiante, concediéndole a Izuku las respuestas que busca descifrar.

Izuku abre tanto los ojos que supone explotarán. No se percata del momento en que sus manos se apoderan de su cuerpo con el afán de conocerlo completo.

.

.

.

.

NOTA: Hace tiempo que no subía nada y por fin escribo un one-shot de estos dos. Me inspiré en un manga llamado "Kamisama no Uroko" Hinohara Meguru.

Habrá continuación de esta historia o tal vez lo deje donde se quedó.