CAPÍTULO XI

Yūji dio una calada al cigarrillo entre sus labios. Lo retiró con cuidado de no tirar la ceniza hasta alcanzar con la mano el recipiente de vidrio destinado a contenerla. Elevó la mirada hacia el despejado cielo oscuro y dejó la mente en blanco, concentrándose en el efecto relajante de la nicotina que inundaba sus pulmones.

Sentado en el pasillo, con las piernas estiradas hacia el jardín interior de la casa, era capaz de sentir el oleaje del mar de la nostalgia mojando sus pantorrillas, cuando minutos atrás apenas cubría sus tobillos.

Con la segunda calada apareció Sukuna, quien se acomodó a su lado, a unos centímetros del cenicero. Tomó la caja de cigarros, extrajo uno de su interior y Yūji dejó a la vista la flama del encendedor para que se acercara a prenderlo.

—¿Tomaste dinero para tu vicio y no me avisaste? —cuestionó a los pocos segundos, en su habitual monotonía—. ¿Te parece que somos ricos, mocoso?

—Lo dices como si me pusiera a fumar a diario.

Sukuna encontró las palmas de las manos con la madera del suelo y se dispuso a relajarse con la calma de la noche.

—Sabes —agregó Yūji—, esta fue la última cajetilla que el abuelo me mandó a comprar antes de que lo ingresaran al hospital.

Su gemelo lo miró de reojo sólo para confirmar su expresión melancólica, esperando que no se pusiera a llorar o sería algo incómodo. De los dos, Yūji era sentimentalmente abierto, pero tener que consolarlo era algo extraño; no podía lidiar con ello de forma adecuada. Por suerte, nada de eso pasó y continuó escuchando el relato.

—La señora de la tienda me dijo, enojada como de costumbre, que vendría a dar una buena cátedra al abuelo por mandar a unos niños a comprar esta basura. Seguro que no imaginó que en serio vendría, pero para el velorio.

Obtuvo un gruñido leve y gutural a modo de opinión. Todavía no perfeccionaba la habilidad para traducir el lenguaje animal de Sukuna al japonés, aunque era mejor escuchar eso que un «sin comentarios». Se sentía menos ignorado.

—Tú… ¿Aún lo extrañas?

Yūji abrió los ojos en sorpresa. Era poco usual que el otro le hiciera plática.

Una sonrisa tranquila curvó sus labios y, esta vez, sus palabras tomaron matices peculiares, más apacibles y agradables al oído.

—No logro acostumbrarme del todo a llegar de la escuela y no escuchar su voz, aunque desde hace mucho dejó de ser tan difícil como la primera semana.

—Ya veo.

—¿Tú…?

Se miraron a los ojos unos cuantos segundos. Sukuna arqueó una ceja y lo instó a terminar la pregunta con un sonido gutural que sonó como un «hn».

—¿De verdad no te importó su muerte?

Antes de contestar, se retiró el cigarrillo de los labios. Pareciera que pensaba en la forma correcta de emitir una opinión. Habló una vez expulsó el humo del tabaco.

—Tuve mi luto. Me tomé una cerveza frente a su tumba. ¿No lo recuerdas?

—¿Ah? —Por poco y se le cae el cigarro al abrir la boca ante la escueta explicación—. ¡¿Diez minutos te duró el luto?!

—¿Qué esperabas? Era viejo, irascible y nunca se trató el enfisema pulmonar. Se tenía que morir tarde o temprano. —Se encogió de hombros al terminar.

—Oye —una venita de molestia saltó a un costado de su frente—, podrías ser un poco más… Espera —arrugó el entrecejo, razonando lo que había escuchado—, dijiste que ¿nunca se trató...? ¿Tenía un enfisema?

En ese momento, Sukuna recordó que el viejo jamás le mencionó a Yūji lo enfermo que se encontraba.

—¿Por qué nunca nos dijo nada?

El otro le desvió la mirada y Yūji comprendió de inmediato lo que significaba aquello.

—¿Tú estabas al tanto?

No obtuvo respuesta.

—¡¿Por qué nunca me dijiste nada?! —su voz casi se quiebra, no por la tristeza, sino por la indignación.

—Oi, tampoco lo hagas ver como si tuviéramos un complot en tu contra. Yo… —en su momento, el anciano le prohibió comentarle a Yūji del tema, pero ahora que estaba muerto ya no importaba más guardar el secreto, ¿cierto?—, encontré unos exámenes de laboratorio por casualidad. Ni siquiera se tomó la molestia de hacerlos bolita antes de arrojarlos al cesto de basura. Creí que se habían caído del mueble o algo, y los recogí.

Dio otra calada al cigarro antes de proseguir.

—Se dio cuenta y me dijo que no te lo comentara.

Yūji apretó los puños.

—¿Y desde cuándo le hacías tanto caso al abuelo, eh?

Era más que obvio que Sukuna era el niño rebelde de la casa. Si el abuelo decía «negro», Sukuna rebatía con «blanco»; si el abuelo les indicaba que se fueran por la izquierda, Sukuna tomaba el camino de la derecha. Era un cuento de nunca acabar. Yūji también lo hizo derramar bilis en ocasiones, aunque la frecuencia no se comparaba en absoluto con la de su gemelo. Yūji parecía un santo a su lado.

—En esta ocasión estuve de acuerdo porque tú eras el más apegado a él —explicó—. Lo habrías llevado al médico sin pedirle opinión.

—¡Por supuesto! ¡Era lo lógico!

—¿Y sabes en cuánto habría salido el tratamiento?

—¡Eso era lo de menos! Mientras él…

—Escucha —interrumpió, levantando un dedo frente al rostro para indicar que cerrara la boca—, luego de contar el dinero que dejó en la casa, saqué una conclusión. Puede que el viejo necesitase algún tipo de cirugía o trasplante, más la internación, los medicamentos, la rehabilitación y la edad… Seguro pensó que sería un desperdicio, que sería egoísta de su parte morir dejándonos mucho menos de lo que tenemos. —No era un imbécil que buscara colocarse una venda en los ojos, todo lo contrario, era demasiado perceptivo; consciente de cuánto los adoraba su viejo y de la clase de cosas de las que los quería mantener al margen.

También sabía que Yūji era el favorito, quizá por ser más emocional y sensible. Al abuelo le preocupaba que eso le afectara de manera negativa mientras crecía, razón por la que jamás lo dejó llorar demasiado, inclusive lo regañaba si no controlaba sus emociones.

Sukuna era todo lo contrario, con un rostro adusto e indiferente. Wasuke y él se parecían en cierta medida y podían compartir la misma habitación sin hablarse todo el día. Eso no significaba que estuvieran molestos o incómodos, tan sólo disfrutaban el silencio. Eso sí, eran bastante apasionados cuando observaban competencias de artes marciales mixtas por televisión y era rutina verlos apostar por el mejor peleador.

Seguro que Yūji no era consciente de ello, pero Sukuna se mentalizó a que el abuelo no les duraría mucho más de tres o cuatro años desde el momento en el que encontró sus exámenes médicos. Wasuke comenzó a toser y presentar síntomas característicos de insuficiencia respiratoria; por supuesto, culpaba al cigarro. Yūji caía en su pantomima y no hacía más que decirle que lo dejara o se vería obligado a no solapar más su vicio. Sukuna, en cambio, conocía la verdadera razón por la que aquello ocurría.

Yūji aplastó la colilla en el cenicero y se tiró en el suelo de costado, dando la espalda a su gemelo y asimilando con relativa paz lo que acababa de descubrir.

—Ustedes par de… egoístas.

Su perspicacia era poca cosa, no obstante, tampoco era tan torpe como para no darse cuenta cuando las intenciones adquirían nitidez ante sus ojos porque esos dos, su abuelo y su hermano, no quisieron preocuparlo… ¿verdad?

Sukuna expulsó el humo del tabaco en un suspiro silencioso e imitó las acciones ajenas, colocando la espalda contra la de su clon patético y sentimental. Era un alivio que las noches comenzaran a ser frías, de lo contrario el calor opuesto le generaría el asco suficiente como para ni siquiera planteárselo.

Transcurrieron los minutos con una quietud inusitada, no por eso incómoda o pesada.

—Sukuna.

—¿Hm?

—Deberíamos ir iguales a la escuela.

En el rostro de Sukuna se formó una ocurrente sonrisa.

—Dos Sukunas entonces.

—¿Hah? ¡Ni hablar! Aquella vez del cine fuimos dos Sukunas, ahora tocan dos Yūjis.

Por fortuna, la voz de Yūji ahora parecía más juguetona, lo cual, era un alivio; al mismo tiempo le preocupaba que su estado de ánimo variara con tanta brusquedad.

—Entonces no y te jodes.


Fushiguro levantó el rostro. Un viento frío y escabroso le descendió por la columna al observar a los gemelos exactamente iguales; es decir, sabía que los gemelos idénticos eran justo eso, pero los diferenciaba al instante por la manera en que se peinaban, además de uno que otro detalle como la mirada y la voz.

En esta ocasión, ambos tenían el cabello hacia abajo, como Yūji, usaban una licra deportiva del mismo tono y sus expresiones lucían relajadas. No le fue difícil imaginar que usarían el mismo tono al hablar, como aquella vez en el cine. No obstante, quien se sentaba a su derecha día con día era Yūji, así que el chico que se acomodó a su lado no podía ser…

—Buenos días a todos —saludó Nanami con la formalidad que le caracterizaba—. Vamos a comenzar con la lección de hoy.

En algún punto, mientras atendía las clases, Fushiguro descubrió que había perdido su goma, aunque lo más seguro era que Gojō la hubiera tomado y después se olvidará de devolverla, así que se giró hacia su compañero.

—Itadori, voy a tomar tu borrador —indicó, al tiempo en que estiraba la mano hacia su mesa.

—Oh —respondió una voz profunda y sarcástica—, con que el estudiante modelo también puede ser irresponsable.

Fushiguro se congeló con el brazo extendido cuando la forma de hablar característica de Sukuna llegó a sus oídos.

«¡¿También cambiaron de lugar?!» pensó, luego de establecer contacto con los ojos hoscos de ese tipo y fruncir el entrecejo en respuesta.

De un momento a otro, el chico comenzó a reír sin hacer demasiado escándalo. Esa risa suave y bobalicona era la de Yūji.

—Ay, lo siento, lo siento —se disculpó, cubriéndose la boca—. Debiste ver tu rostro, Fushiguro.

«¡O sea que sí era el idiota!»

—No vuelvas a hacer eso —agregó entre dientes, conteniendo el enojo y las ganas de darle un buen coscorrón sólo porque estaban a mitad de la clase.

Yūji sabía que Fushiguro, desde su pelea interrumpida, experimentaba un extraño malestar cuando Sukuna se volvía tema de conversación o era mencionado. Por otro lado, a Nobara le hervía la sangre y se irritaba.

No es como si tuviera un lado sádico, pero sí quería divertirse con sus amigos ahora que había dos Yūjis en el aula.


Durante la hora del receso, se separaron. Hicieron una competencia para llegar a la cafetería, pues se vendería pan de yakisoba y era bien sabido que se terminaba rápido. También acordaron encontrarse en una de las bancas de la salida posterior. El edificio evitaba que les diera el sol, así que eran demasiado frías, sumado a la época de ventiscas otoñales, era normal que se hallasen desiertas.

Fushiguro fue el primero en salir. Compró algo distinto donde no se aglomeraba toda la escuela. No le gustaban las multitudes y si quería un pan de yakisoba siempre podía conseguirlo en un mejor lugar con la mesada que Gojō le pasaba sin falta, evitando ser aplastado en el proceso. Entonces, ¿por qué competía con sus amigos? La respuesta era algo infantil: le gustaba quedar en primer lugar y que lo vieran como el ganador.

No obstante, ese día le sorprendió ver a Yūji sentado en una de las bancas, comiendo sin compañía. Significaba que había quedado segundo.

Chasqueó la lengua por su derrota y se sentó a un lado de su compañero, con sus hombros y rodillas en contacto. En parte, era para tener menos frío. Asumió que Yūji no lo sentiría al llevar encima una de esas cosas térmicas que Sukuna vestía de forma cotidiana.

—No sé cómo le hiciste para salir primero, pero ahora me das —señaló el pan—, por ponerte a comer sin esperarnos.

—Gemelo equivocado, mocoso —dijo Sukuna, restándole importancia y llevándose a la boca lo que tenía en la mano.

—Sí, claro —soltó en un bufido a modo de burla—. No te daré el gusto de verme caer de nuevo en tu truco barato de imitar a Sukuna.

Antes de que él diera la mordida, Fushiguro lo jaló por la muñeca para robar comida. Eso sí, el bocado no fue grande, tampoco quería parecer abusivo. Sukuna levantó una ceja ante el atrevimiento y no tuvo oportunidad de hacer o decir algo porque interrumpió una tercera voz frente a ellos.

—Este… ¿Có-Cómo te lo digo, Fushiguro?

El nombrado tensó los hombros porque la persona que habló con una leve pausa tenía indiscutiblemente la voz de su amigo Itadori.

—Yo soy Yūji. —Se señaló a sí mismo con un gesto nervioso en el rostro.

Él y su hermano tenían una especie de tregua donde el otro no podía atentar contra la integridad de ninguna persona que los confundiese cuando aparentaban ser el gemelo opuesto.

La situación se tornó bastante embarazosa, para Fushiguro, cuando menos, que tenía el rostro a escasos centímetros del de Sukuna.

—Ni siquiera puedes comer con propiedad. —Le retiró con el pulgar algo de aderezo que tenía sobre el labio superior y lo lamió con descaro—. Patético.

Fushiguro palideció al inicio, luego, cedió a que un intenso sonrojo le cambiara por completo la tonalidad de la piel. Eso sí, hizo todo lo posible por mantener la compostura.

«Interesante reacción —interiorizó Sukuna—. De alguna manera se las apañó para poner una buena cara.» En un lenguaje más burdo podría argumentar que lucía lindo. Lástima que no gozara de tan amplio léxico.

Fushiguro tragó lo que mantuvo en la boca, importándole poco no haber masticado bien y se levantó sin hacer ruido.

—Vámonos —habló en voz baja cerca de Itadori.

—¿Y Kugisaki?

—¡Le mandamos un mensaje! —sentenció, antes de tomar a su compañero del brazo para arrastrarlo consigo.


Nobara soltó una carcajada estridente en cuanto escuchó el relato de la desventura de Fushiguro, quien se limitó a cubrir la mitad de su rostro con la parte superior del saco del uniforme.

—¡Qué triste tu vida! —A esas alturas se tenía que agarrar el estómago con una mano y echarse aire en la cara con la otra.

Yūji asintió de brazos cruzados.

—Te metiste con la comida de Sukuna. Ni siquiera a mí me perdona eso y mira que soy yo quien casi siempre cocina en la casa.

—Fue un placer haberte conocido, Fushiguro.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, Yūji y Nobara dieron dos aplausos a la altura del pecho y comenzaron a rezar un mantra budista recitado en funerales.

Después de que Sukuna le dejara un ojo morado, Fushiguro recurrió a una de sus superiores, Maki Zen'in, para retomar su entrenamiento los fines de semana. Podría acudir a Gojō también; pese a como lucía y actuaba, era un excelente peleador, pero desde lo ocurrido con Yūji cuando estaba dormido prefería mantener la distancia, al menos hasta que se le pasara la incomodidad.

«Hablando del rey de Roma» pensó, pues Gojō se acercó al trío de adolescentes sentados en el suelo mientras mordía el borde de una lata cuyo contenido era gaseoso y alto en azúcares.

—¿Qué están haciendo?

—Fushiguro le buscó pleito a Sukuna —respondieron los chicos al unísono.

—Ah, con que es eso.

Acto seguido, colocó la bebida sobre la cabeza de Yūji, quien se mantuvo quietecito ejerciendo su trabajo temporal como mueble.

—Seré benévolo y considerado. —Realizó una búsqueda rápida de ataúdes en el celular y le mostró la pantalla al futuro cadáver—. ¿De qué color lo vas a querer?

La carcajada de Nobara no se hizo esperar cuando se asomó a ver las imágenes.

—Tuviste una buena vida, al menos —agregó Yūji.

—¿Hah? Pero si apenas tengo diecisiete años —aclaró Fushiguro, aguantando las ganas de poner los ojos en blanco como debió hacer desde hace minutos.

—Dije «buena», no larga.

Esta vez fue el turno de Gojō para reír junto a Nobara.

Yūji se retiró la soda de la cabeza antes de que pudiera tirarla por accidente. Pretendía devolverla a su dueño, mas el diseño captó su atención.

—Oh, ¿no es esta una edición limitada de temporada?

—¡Así es! —contestó Gojō, colocándose en cuclillas a un lado de su estudiante—. Veo que eres bastante observador.

—Supongo —encogió los hombros—. ¿A qué sabe?

—¿Por qué no lo descubres por ti mismo?

—¿Está seguro?

—Adelante, adelante —canturreó, incentivándolo a beber su contenido.

—Bueno… ¡Gracias!

Yūji no dio mucha importancia a sus acciones. Con toda la naturalidad del mundo tomó un sorbo y lo mantuvo en la boca para analizar el sabor. Por otro lado, Gojō le observó con suma atención, como un lince que busca cazar a un ciervo. Eso era, en esencia, un beso indirecto, algo que al muchacho no le pasó por la cabeza.

Fushiguro fijó la mirada en Gojō con la vaga sensación de que éste enfocaba aquellos ojos perturbadores tras los anteojos en su amigo.

—¿Y bien? —se limitó a preguntar en el proceso de tener de regreso la gaseosa.

—No es por criticar sus gustos, sensei, pero esa cosa es básicamente diabetes enlatada.

Gojō mostró la lengua, teñida de un ligero azul por la bebida, a modo de reclamo.

También recibió una ligera punzada de decepción al no obtener la reacción que esperaba; sin embargo, una naciente manía en su interior le susurraba mantener el recipiente de aluminio como colección ahora que había entrado en contacto con los labios de Yūji.

¿Sería eso exagerado u obsesivo de su parte?

En cualquier caso, tendría que esforzarse si quería ser tan notado como deseaba, lo cual, era ridículo, estúpido y le molestaba a sobremanera. Nunca se había preocupado por tremenda minucia, todo lo contrario. Toda una vida acostumbrado a destacar demasiado.


—Ahora, les repartiré la actividad a entregar la semana entrante —anunció Gojō, mostrando unos cuantos folios antes de terminar la clase—. Van a trabajar en parejas.

A sus oídos llegaron suspiros cansados y divisó a algunos alumnos poniéndose las manos en el rostro o recargando la frente en el pupitre.

—Vamos, no pongan esas caras. Ustedes necesitan desarrollar competencias sociales y, yo, cobrar un cheque a fin de mes. Así que es un ganar-ganar —bromeó.

La historia tras esa tragedia se remontaba a un par de horas atrás, cuando olvidó imprimir hojas suficientes y se vio obligado a salir corriendo porque Nanami estaba a nada de reportarlo con el director Yaga por llegar tarde a impartir su asignatura. Luego recordó que la llamada de atención sólo le bajaría el sueldo y ni siquiera necesitaba de lo que esa escuela le pagaba para vivir como el asqueroso rico que era. Tal vez estaba muy acostumbrado a que Nanami le pisara los talones todo el tiempo… ¡Y eso que era menor que él! Debía pensar cómo vengarse. Dibujar un pene en la silla del escritorio de Nanami de repente parecía una buena e ingeniosa idea.

—Cuando mencione sus nombres, uno de ustedes viene por la hoja. Todas son diferentes para evitar que se copien unos a otros. De nada —entonó con ironía.

Sabía de sobra que más de uno lo veía con desprecio. Si él iba a sufrir calificando ocurrencias numéricas, arrastraría a sus estudiantes consigo quitándoles el sueño y haciendo que se rompieran la cabeza en el proceso.

—Uraume con Yūji.

El chico la buscó con la mirada para saber quién tomaría los ejercicios, pero ella, que se sentaba más al frente, estaba a pocos pasos del profesor para recibir la tarea.

Gojō se hallaba ansioso por saber cómo resultaría aquello. Ambos eran algo descerebrados para las matemáticas. Aparte, existía el rumor de que ella era la novia de Sukuna, cosa que lo tenía sin cuidado, pero que tomó extrema importancia mientras decidía las parejas. Lo que menos quería era hacerlo trabajar con alguna niña que pudiera coquetearle y Nobara quedó descartada porque los puso juntos el mes pasado.

—Megumi con… —hizo una pausa para esbozar una sonrisa cargada de malicia y diversión—, Sukuna.

Fushiguro puso los ojos en blanco.

«¡¿Tanto quiere comprar el ataúd?! ¡Cómprelo usted, métase en él y no salga nunca, por favor!» De estar en casa seguro que aquellas palabras no hubieran quedado dentro de su cabeza, pero en la escuela debía comportarse.

Miró de reojo hacia Sukuna, quien se mantuvo de brazos cruzados con la vista al frente y sin la menor intención de ponerse en pie, así que fue él quien dejó su asiento atrás.

Por alguna razón, mientras avanzaba se sintió como espécimen de exhibición. Le puso de malas, sí, aunque le restó importancia con rapidez. No era raro colgar la etiqueta de «difunto» a quien sea que fuere nombrado para trabajar con Sukuna, salvo que la persona en cuestión se llamase Uraume o Yūji.