CAPÍTULO XX
Para alguien que acababa de pasar un examen, Yūji no lucía feliz en absoluto. El chico no era el alma del salón, pero se percibía una extraña ausencia cuando no mantenía su acostumbrada animosidad.
—¡Ah! ¡Ya no lo soporto! —gritó Nobara, que estaba sentada a un lado de Yūji, terminando de comer.
Frente a ellos, en la mesa, Fushiguro y Gojō, que hasta ese momento se mantuvieron en silencio, aunque si no explotaba Nobara, lo haría uno de ellos.
—Eres más molesto tú con esa cara larga —dijo ella—, que Fushiguro y su jeta de estreñimiento cuando se termina la leche que compra en las máquinas expendedoras.
—¿Hah? ¿Mi cara de qué?
Nadie le prestó atención. El importante en ese momento era Yūji.
Nobara recargó la cabeza sobre el hombro de su amigo y comenzó a picarle la mejilla.
—Vamos, confiesa.
Al ver eso, Gojō partió por la mitad los palillos de madera desechables que sostenía en una mano. Los escondió de inmediato. Nadie pareció percatarse de ello, salvo Fushiguro, quien al levantar la mirada y toparse con los ojos de psicópata (bautizó así a la mirada del incidente del sofá), visibles por los laterales de los anteojos redondos, decidió no hacer comentario alguno y limitarse a analizar lo que pasaba frente a él.
Yūji se quejó por medio de una especie de ronroneo extenuado que se quedó en su pecho.
—No es gran cosa. —Dejó que su rostro se fuera de lado, reposando la mejilla sobre el cabello de Nobara—. Es sólo que no dormí bien y no tengo energías para nada.
Cerró los ojos.
Aquello era parcialmente cierto. Se le notaban las ojeras y su cansancio; además de visible, era contagioso. Para sus amigos, fue un alivio que no se tratara de nada grave; sin embargo, a Gojō no le cuadraba la situación. No sabía qué era ni por qué, pero apostaría cualquier cosa a que Yūji ocultaba algo. Respetaba su privacidad (hasta donde podía) y no quería causarle inconvenientes. Las ocasionales mentirillas piadosas de Fushiguro o Nanami no eran un gran problema, pero Yūji… Yūji era diferente. En cierta zona de su torso, casi a la altura del estómago, algo hervía de rabia al imaginar que el chico le ocultaba cosas. A él. A su persona más especial en el universo.
No lo soportaba.
No le gustaba.
Lo odiaba.
—Deberías ir a casa —dijo Fushiguro mientras caminaba en dirección a las escaleras. Debía ir al club—. Tōdō terminará agarrándote a cachetadas o echándote a patadas si no rindes en el entrenamiento.
Yūji se detuvo. Había verdad en cada una de sus palabras y por un día que faltara no se iba a acabar el mundo.
—Tienes razón. —Deslizó su mochila hacia el frente para sacar su celular—. Le avisaré a Sukuna.
—Yo le digo.
Yūji buscó los ojos de su compañero.
—Compartimos club, sabes. Puedo decirle. —Se frotó la parte trasera del cuello. No quería ni planeaba explicar que usaría eso para hacerle conversación a su hermano. Igual, no esperaba mucho de eso.
—Bueno. Vale. —Asintió—. Te debo una, Fushiguro.
—Me debes veinte. —Puso un puño a la altura del hombro, mismo que su amigo no dudó en chocar.
—Ah, Yūji —llamó Gojō detrás de ellos.
Paseaba por los pasillos con la esperanza de toparse con el nombrado antes de que saliera del edificio.
—¿Sucede algo, sensei?
—Ven conmigo un momento.
Fushiguro vio a Gojō llevarse a Yūji como si fuera un cachorrito. Supuso que nada malo podía pasar. La escuela era una especie de base segura para todos ellos.
Aquel peculiar dúo se metió a un salón vacío. Gojō vigiló que no hubiese nadie cerca. Entonces, tomó al chico por los hombros.
—Dime la verdad.
Yūji inclinó el rostro, algo confundido con la situación.
—¿Ocurrió algo en casa? ¿Discutiste con tu hermano o algo así? —En el transcurso de las clases supuso que Yūji no dijo nada en la cafetería porque había más gente escuchando y que si se quedaba a solas con él, le contaría lo que estaba pasando.
—Ah. Eso. —Agradecía que tanta gente cercana se preocupara por él, aunque si causaba problemas incluso a su profesor, quizá debió considerar explicarse mejor durante el receso—. En verdad, no es nada. No suelo pasar malas noches y justo estaba hablando con Fushiguro al respecto. Lo mejor será tomar una siesta. En nada estaré como nuevo.
Bostezó.
—¡Oh, por cierto! —continuó—. ¡Muchísimas gracias por las asesorías! —Agachó la cabeza—. Me sirvieron como no tiene idea. Prometo compensarlo de algún modo.
Yuji lucía agotado a juicio de Gojō. Eso sí, no parecía forzar la gratitud en la voz y por el incidente entre Nobara y Sukuna, sabía de sobra que era un pésimo mentiroso, así que relajó los hombros.
«Haces que me preocupe por esta clase de minucias... Y no tienes idea de lo que me estás haciendo.» Se limitó a revolverle el cabello con ternura al ver que, incluso a solas, se mostraba transparente y honesto.
«Te haré responsable por esto tarde o temprano, Yūji.»
—Muy bien. —Detuvo la sesión de caricias, mas no le quitó la mano de encima, sólo la pasó hacia la nuca para atraerlo un poco más, como si estuviera a punto de contar un secreto—. Sabes, tengo el auto en el aparcamiento y los asientos son muy cómodos (te has subido antes). —No por nada era un vehículo de lujo—. Suelo tomar siestas ahí cuando el director me echa de la sala de profesores por estar haciendo el vago.
—¡Pero no lo diga con tanta confianza! —soltó una carcajada, no con la vivacidad de siempre, aunque eso le alentaba a sentirse mejor—. ¡Finja ser trabajador y responsable!
—Soy tan trabajador y responsable, que por eso me merezco siestas de media jornada laboral. —Levantó el pulgar como si reseñara el producto de un infomercial.
Tomó el rostro del muchacho por el mentón y lo elevó con cuidado para hacer que sus ojos se encontraran.
—Te propongo algo.
Yūji escuchó con atención.
Gojō le sugirió subir al carro y dormir un rato. Se negó al inicio para evitar causar molestias innecesarias, pero las genuinas ganas de relajarse y descansar pudieron con él. Además, en casa estaría solo y si aceptaba la invitación de su maestro, tendría compañía, que era justo lo que necesitaba. Por otra parte, los asientos del auto no tenían nada que envidiarle a una cama, quizá la única diferencia era el cobijo. Cosa que Gojō solucionó poniéndole encima su abrigo.
Era un alivio que se pudiera regular la temperatura de los asientos, de lo contrario, Gojō tendría que haber dejado solo al chico y regresar al interior del edificio. El clima no estaba como para quedarse a la intemperie sin ropa suficiente por mucho tiempo.
En una situación normal, Gojō hubiese caído rendido al instante; no obstante, Morfeo podía irse al carajo, porque quería estar en brazos de Yūji o ser él quien le diera descanso.
En sus treinta primaveras sobre la Tierra, esa era la primera en la que deseaba tanto a alguien; en la que se sentía tan necesitado de una esencia que no fuera la propia; en la que anhelaba con locura arrebatar la libertad de otra persona para mantenerla a su lado.
«¿Por qué no te sientes igual?» Él podía darle todo. Todo. Cualquier cosa.
Sabía que Yūji no era tan tonto como para ignorarlo. Conocía su casa, su auto, sus mascotas, sus habilidades, su intelecto. Se ocupaba de cada comida del día cuando se reunía con Fushiguro y Nobara en su hogar los fines de semana. Le había dado ropa, clases particulares, comprensión y atenciones que no tenía con nadie más. ¡Incluso le era fiel sin ser nada! Entonces, ¿qué era lo que faltaba?
¿Qué?
¿Dinero? ¿Joyas? ¿Lujos?
¡¿Qué?!
Gojō no descansó en absoluto. Se dedicó a analizar cada centímetro de piel, cada poro y expresión en el semblante de su alumno mientras dormía, hasta el anochecer.
Nanami Kento
Pasa a la sala de profesores cuando tengas tiempo.
A Sukuna le pareció extraño recibir ese mensaje, aunque acudió sin rechistar, dado lo que significaba para él ese profesor en específico.
—Dame un momento —dijo Nanami en cuanto lo vio abrir la puerta.
Acomodó unos papeles y se movió hacia la sala de juntas acompañado de su estudiante. Requería privacidad y que el resto de docentes estuvieran realizando sus actividades en el mismo espacio que él, no le favorecía.
Luego de cerrar la puerta y tomar asiento junto a Sukuna, sacó el tema más evidente.
—¿Necesito decirlo?
—El mocoso. —Sukuna rodó los ojos.
Nanami se ajustó los lentes.
—¿Hay alguna razón por la que esté tan distraído? ¿Surgió algún problema?
Sukuna negó con un vago movimiento de cabeza.
—Falta de sueño.
—Y ambos sabemos que Yūji podría dormir en el piso de la estación del metro sin inconvenientes, así que vamos al grano.
Sukuna esperó por la pregunta indicada. Podía estimar a Nanami, mas no le soltaría información sin discreción.
—¿Qué le hiciste?
—¿Hah? —Puso los ojos en blanco—. ¿Por qué tengo que ser yo el causante de que esté así?
Nanami subió los codos a la mesa. Entrelazó los dedos y utilizó los pulgares como soporte para su barbilla. Sus ojos adquirieron voz y parecían decir «¿En verdad quieres tener esta conversación?»
Sukuna suspiró con hartazgo.
—Está bien. Puede que la mayor parte de las veces que termina así sea por una estúpida discusión conmigo, pero esta vez yo no hice nada.
—¿Entonces?
Previo a dar respuesta. Subió un brazo a la mesa, lo flexionó y recargó la mejilla contra la palma.
—Es… una especie de pesadilla.
—¿Pesadilla? —Tenía entendido que ninguno de los dos era reactivo a cosas de terror y suspenso.
—Más o menos. Un recuerdo del pasado, mejor dicho.
—¿Puedes hablar de ello?
Sukuna se habría levantado luego de enunciar un objetivo «no»; no obstante, se trataba de Nanami. No sólo compartían secretos, sino que se trataba de una figura paterna tácita, que tanto él como Yūji aceptaban, sin necesidad de hablarlo o ponerse de acuerdo.
—Nanami-sensei.
Esta vez fue el turno del nombrado para escuchar y responder.
—Era realmente cercano a nuestro padre, ¿no es cierto?
Nanami asintió.
—Supongo que también conocía al viejo.
—El señor Wasuke. Sí.
—Imagino que le habrá comentado cómo fue que murió su hijo.
Intercambiaron miradas. Para Nanami no fue difícil suponer que esa era otra prueba sorpresa de Sukuna. Si respondía mal, no habría marcha atrás. Se arriesgaría.
—Decapitación.
Sukuna gruñó con un tono difícil de describir. Podía interpretarse como el de alguien que termina de unir las piezas de un extenso rompecabezas.
—Nosotros vivíamos con él en un apartamento —comenzó con el relato—. Teníamos cinco años, creo. El viejo llegó de visita un día y coincidimos todos en la sala cuando un completo extraño entró.
Nanami conocía parte de la historia por lo que le hizo saber su Oyabun. Wasuke lo mandó al demonio cuando se presentó en su casa y esta sería la primera vez que escuchaba los detalles de un involucrado.
—¿Recuerdas al hombre?
Sukuna asintió. No le fue difícil suponer que quería una descripción, así que se la dio.
—Alto, fornido; cabello negro, lacio; ojos verdes. Tenía una cicatriz que le partía ambos labios en vertical cerca de una de las comisuras.
«Fushiguro Tōji» pensó, tensando la mandíbula en el acto. Le impresionaba la cantidad de detalles que era capaz de evocar.
—Llevaba con él una especie de sable o espada. Entonces...
Una parte de Nanami se estremeció cuando vio a Sukuna sonreír como si hablara con una retorcida admiración.
—Nunca vi a nadie separarle la cabeza del cuello a una persona de un solo golpe. No pasaron ni treinta segundos para que todo terminara, probablemente.
Después de eso, la expresión del muchacho volvió a la normalidad. Neutra, casi aburrida, como de costumbre.
—Nos vio a mi hermano y a mí. Ni siquiera parpadeamos. Éramos unos malditos críos en toda regla. Fue él quien nos hizo las cicatrices. —Llevó una mano a la parte baja de uno de los ojos, justo sobre el pómulo. Tanto él como Yūji tenían un par igual—. Entonces, se dirigió al viejo y le dijo: si esto no sirve como advertencia, muy pronto nos volveremos a ver. —Hizo una breve pausa antes de proseguir—. Imagino que esas palabras le calaron a Yūji, porque cada que sueña con eso, ahí se corta el relato. Sin embargo, el tipo se fue. El abuelo nos guardó en la recámara para curarnos las heridas y que no viéramos el cuerpo. Luego, se puso a hacer algunas llamadas telefónicas. No las escuché todas con claridad, o tal vez sí, sólo que no las recuerdo por alguna razón.
«Con que así fue como pasó.» Mentiría si decía que no le causó cierto dolor y remordimiento saber aquello.
—¿Y pasa seguido? —Cambió de tema para no hablar más de Jin—. ¿Que Yūji lo...?
—Al inicio sí —interrumpió—. Casi a diario. Siempre se levantaba en mitad de la noche por lo mismo. Con el paso de los años dejó de ser frecuente. No le había ocurrido desde los quince, de hecho. Quizá el fallecimiento del viejo tuviera que ver en eso.
No era un secreto, al menos, no para Sukuna que, si había algo a lo que Yūji le tuviese un descomunal miedo, era al hecho de hallarse completamente solo en el mundo. Esa era la razón por la que siempre le echaba bronca a Sukuna cuando hacía alguna cosa peligrosa. Esa era la razón por la que no podía, ni debía, contarle sobre las peleas en las que se metía junto a Uraume cada fin de semana.
—Agradezco la confianza —habló Nanami, tras unos momentos de cavilación.
—A todo esto. ¿Dónde se encontraba en aquel momento?
—¿Yo?
Sukuna asintió.
Nanami fue sorprendido con la guardia baja, aunque debió verlo venir. Le manejó la historia de que fue el mejor amigo de su padre (cosa cierta), pero había detalles que no le podía contar por su propia seguridad. No todos los días buscas toparte con un hombre de antecedentes criminales que jamás fue atrapado en el acto.
—Por desgracia, en ese momento me encontraba en el extranjero —mintió—. Estaba haciendo mi proyecto de maestría en Dinamarca y pude regresar una vez lo terminé.
—Hm. Ya. —No tuvo más remedio que creerle. Jamás había escuchado que su maestro tuviese un grado superior a la licenciatura, aunque eso podía averiguarlo más tarde. Le daría el beneficio de la duda.
—Si esto se vuelve crónico (que no creo) —comentó mientras veía a Sukuna ponerse en pie—, considera convencerlo de tomar alguna terapia.
El chico no afirmó ni le negó nada, tan sólo se limitó a despedirse con un movimiento de mano.
Al quedar solo en la habitación, Nanami se retiró los anteojos y cerró los ojos para descansarlos.
Una parte de él quería contarle la verdad a Sukuna. Sabía que tenía la madurez necesaria para afrontarlo, aunque quizá sólo quería hacerlo para sacarse un peso de encima. Por no haber hecho nada en aquel entonces.
Optó por mantenerse al margen hasta que cumpliera los veinticinco, como mínimo. No debía apresurarse. Desconocía qué tan vengativo podía ser Sukuna; es más, era ajena a varios rasgos de su personalidad. Pasaba mucho tiempo con los gemelos; sin embargo, mientras Yūji era un libro abierto y fácil de leer, Sukuna era impredecible y complicado.
No sabría cómo explicarle que la persona que asesinó a su mejor amigo era justo el padre biológico de Megumi y que fue Gojō quien se encargó de darle muerte mucho tiempo atrás. A toda su familia, de hecho. Por suerte, Fushiguro jamás se enteró del trabajo de Tōji y tampoco sabía que la persona que lo tenía bajo su cuidado era la misma que le arrebató a sangre fría a su madre y a su hermana.
Era una historia extraña y enredada, y nunca esperó que todos los actores de la obra se juntaran en el mismo teatro.
Gojō Satoru
Oi ~( ´ ▽ ` )~
¿Tienes a Sukuna en la mira?
Un tenue carmín dio color a las mejillas de Fushiguro. El mismo que desapareció de un instante a otro. ¿Cómo era que Gojō estaba enterado de que…? No, no, no. No debía sacar conclusiones apresuradas. Seguro se refería a otra cosa.
Fushiguro Megumi
Sigue aquí cerca.
Gojō Satoru
Muy bien.
¿Puedes traerlo contigo? (。•̀ᴗ-)✧
Fushiguro Megumi
¿Al auto?
Gojō Satoru
Ajam. ( ̄▽ ̄)
Fushiguro Megumi
¿Para qué? ¿O qué?
Lo siguiente que recibió fue una imagen de Yūji en el quinto sueño sobre el asiento del copiloto.
Intuyó que Gojō no quería despertarlo, sino llevarlo a casa y como sería raro aparecer allí de la nada, llevar a Sukuna era la mejor opción. Además, por lógica, ellos no tenían llaves de un hogar que no era suyo, así que no podían dejarlo en su habitación; tendrían que esperar a que alguien más llegara.
Le comentó a Sukuna lo que estaba pasando y en poco tiempo aparecieron en el aparcamiento del instituto.
El camino de ida fue extraño. Incómodo en muchos sentidos, tanto positivos como negativos. El respaldo de Yūji se encontraba reclinado, casi pegado al asiento trasero, lo que les dejó menos espacio a Sukuna y a Fushiguro para acomodarse. Como ambos solían separar las piernas al sentarse, tenían de dos, cerrarlas para crear distancia entre ambos o ir cómodos, pero haciendo mucho contacto. La segunda opción fue lo que ocurrió.
Por alguna razón, siempre que Sukuna veía a Yūji dormido, le entraba un sueño intenso y difícil de controlar. A saber si era por su conexión rara de gemelos, pero aquello pasaba en todas y cada una de las ocasiones. Que el auto fuera estúpidamente cómodo no le ayudó a aguantar las ganas de cabecear.
Cuando llegaron a la casa, ya tenía un ojo cerrado y un hombro medio recargado en Fushiguro.
—Qué lástima —dijo Gojō—. Tomé el camino más largo para ver si te dormías tú también.
Fushiguro pasó la mano y medio cuerpo por enfrente de Sukuna para abrir la puerta apenas lo vio fruncir el ceño, a nada de ponerse a la defensiva en cuanto la risa de Gojō se hizo presente. No había que ser un genio para sentir la tensión entre esos dos.
—Vamos, te ayudaré a bajar a Itadori.
Sukuna salió del vehículo. Al haber más espacio ahora, Fushiguro se inclinó sobre el asiento de Yūji como pudo. Estiró su cuerpo cual gato para alcanzar la manija y abrir.
Sukuna no disimuló ni un poco al enfocar todo su rango de visión en el trasero de Fushiguro que, sin ser prominente, resultaba incitante y atrayente para él. Le producía darle una buena mordida o, cuando menos, una nalgada.
Nada de eso pasó desapercibido para Gojō gracias a uno de los espejos. Una sonrisa chesiriana deformó sus facciones.
—Atrapado —canturreó en voz baja, no por eso menos audible.
Fushiguro volvió hacia Gojō, sin entender muy bien la situación.
Sukuna supo que se refería a él cuando giró el rostro y se topó con la cara del idiota en uno de los espejos. Cerró la puerta trasera. Se apresuró a abrir la de la casa y regresó por Yūji. Con ayuda de Fushiguro lo cargó a cuestas. Este último, por su parte, se pasó al asiento delantero, regresando el respaldo a su posición original.
Los gemelos se perdieron en el interior de su hogar. Gojō despeinó a Fushiguro antes de arrancar el auto.
—Yo digo que sí se te hace.
Desde el día que Sukuna enfermó, prestó especial atención a su pequeño saltamontes. Sería un pésimo padre si no pudiera detectar los comportamientos de adolescente enamorado de su propio hijo.
—¿Qué cosa? —preguntó Fushiguro, colocándose el cinturón.
—Bien, ¿qué se te antoja para cenar hoy?
Escuchó un pequeño gruñido como respuesta.
—No tengo ganas de cocinar nada —prosiguió—. ¿Te parece bien una pizza?
—Pero que no tenga pimientos.
—Con pimientos extra será.
«Uno, dos, tres...» Fushiguro perdió la cuenta de la cantidad de veces que tuvo que recurrir a eso para no enojarse con su tutor.
¡Muchas gracias por leer! Recuerden estar bien hidratados y nos vemos el próximo domingo. (。•̀ᴗ-)✧
