CAPÍTULO XXIII
—¡Ah! ¡¿Qué diablos te pasa?! —gritó Yūji mientras se sobaba la cabeza, luego de recibir un violento golpe por parte de su hermano.
—¿Por qué demonios dejas que te hagan eso? ¿Huh? —Su voz, normalmente profunda, alcanzó matices que rozaban la ira.
—¿De qué hablas?
—El buffet. Todo lo que hacías con ese imbécil.
—Ah, Gojō-sensei. —Esbozó una mueca de molestia—. ¿Qué tiene? Que a ti no te agrade, no significa que lo vaya a evitar.
—¿Es que acaso no has notado cómo te toca? ¿El cómo invade tu espacio? Entiendo que te lleves bien con esa rata albina, pero todo tiene su límite. —Cruzó los brazos. Lucía como el viejo Wasuke regañándolos cuando eran unos simples chiquillos.
—Lo de hoy fue una simple actuación. Ya sabes, por la promoción —explicó—. Fushiguro y Kugisaki también fingían ir en pareja. Lo mismo que tú y Uraume.
—Pero nosotros, a diferencia de ustedes, teníamos decencia. Poco faltaba para que ese pedazo de escoria te pusiera sobre la mesa y te comiera a ti también.
—¡Eres un exagerado! —explotó, fastidiado de que lo insultaran tanto a él como a su profesor.
—¡Sólo hago mi trabajo!
—¡Nadie te lo pidió!
—¡No me interesa! El mayor aquí soy yo y harás lo que te diga.
—¡Quiero verte intentándolo!
Acto seguido, Yūji se encerró en su habitación. Lo pasó genial toda la tarde como para que Sukuna le arruinara la noche. Odiaba que criticara a Gojō. Odiaba que le dijera cómo actuar. Odiaba que lo tratara como un idiota. Sin embargo, si había algo que detestara más que todo eso junto, era el hecho de pelear con él. Solían arreglarse a golpes por asuntos aún más ridículos que ese, pero no quería hacerlo más.
Desde que falleció su abuelo, se juró a sí mismo cuidar de Sukuna en lo posible. Siempre se metía en problemas y tenía un temperamento horrible. Era más fácil que Yūji cediera ante sus exigencias a que el otro lo hiciera y porque lo entendía era que prefería recluirse un rato o, cuando menos, hasta que ambos tuvieran la cabeza fría.
Escuchó a Sukuna mover el picaporte trabado, previo a que sus pasos se alejaran por el pasillo.
Era consciente de que su hermano era un ególatra y un manipulador de mierda, aunque de un par de años a la fecha comenzó a sentirse cercano a él de forma genuina. Incluso lo percibía más transparente y honesto cuando estaban juntos y a solas; aprendió a descifrar los pequeños gestos tras su mal carácter.
No era la primera vez que Sukuna le decía «haz esto» o «no hagas aquello» y, por el simple motivo de llevarle la contraria, no le obedecía. Al tiempo resultaba que se lo decía por algo y no sólo para controlarlo, así que volvía arrepentido y, en ocasiones, acompañado de varios raspones.
Recibía un «te lo dije, torpe» a modo de bienvenida y dejaba de ser molestado en el proceso. Podía ser que lo de esta ocasión también tuviese un propósito oculto. Tal vez… ¿Sukuna estaba celoso?
Antes de Gojō, cada que necesitaba algo de contacto humano o mimos, en primer lugar, estaba su abuelo, que le daba algunas palmaditas en la cabeza y luego lo mandaba lejos; después, Sukuna, que se hacía el difícil y forcejeaba con él, pero terminaba resignado. Desde que Gojō le correspondía ese afecto ya no se pegaba tanto a Sukuna, así que quizá experimentase algún tipo de envidia debido a la falta de atención.
Seguro que se trataba de eso. No lo preguntaría de manera directa o su hermano lo negaría sin dudarlo. Debía buscar alguna alternativa para descubrirlo.
Por su parte, Sukuna, que no era muy dado a comunicarse de manera asertiva, se metió a la cocina. No había mejor forma de afrontar los problemas sino con comida.
Gran parte del tiempo resultaba lioso ser el único gemelo con cerebro. ¿Es que Yūji no era capaz de verlo? Una cosa era Nanami, que se preocupaba por ellos y les brindaba confianza, manteniendo cierta distancia. Otra muy diferente era Gojō, que sin conocerlos, se terminó acercando a uno de ellos para proporcionarle ropa, afecto, educación (extracurricular) y a saber qué más; faltaba recibir dinero en efectivo.
Sukuna no se tragaba que aquello resultaba de buena voluntad. Gojō terminaría pidiendo algo de Yūji a cambio. No le gustaba en absoluto el rumbo que tomaba la relación de esos dos.
Golpeó la mesa con el puño cerrado.
Si algo le causaba frustración era que el idiota de su gemelo fuese tan ciego, tan confiado, tan…
—Imbécil —susurró.
Otra cosa generaba impotencia y malestar en algún lugar de su pecho. Era algo que identificó desde niño y que le causaba muchos problemas. Quizá fue resultado de compartir el útero nueve meses, pero, de alguna manera, reaccionaba a las emociones del otro.
Desde que Yūji se encerró en su cuarto, no hizo más que experimentar una pesada irritación y amargura; le enojaba más el no ser capaz de relajarse hasta saber que su otro yo se encontraba bien.
De forma mística, advirtió una presencia a sus espaldas, por lo que volteó de manera brusca y alcanzó a ver como Yūji se escondía tras la pared.
Levantó una ceja. Lo estaba vigilando como a un animal peligroso.
Buscó en las gavetas de la alacena hasta dar con un paquete de galletas, del cual, extrajo sólo una. Sin hacer ruido, se dirigió hacia la puerta y extendió la mano con la galleta. A los pocos segundos, otra mano se acercó para tomarla y, en breve, se la quitó de entre los dedos con la misma rapidez en que una rana atrapa a una mosca revoloteando a la distancia.
Tras comer la ofrenda de paz, Yūji miró la cajetilla de cigarros que sostenía entre los dedos.
—Me preguntaba si… ¿Quieres salir a fumar un rato?
—¿Con este maldito frío?
Anticipándose a los hechos, Yūji tomó la chamarra que se colgó con anterioridad en un brazo y la sostuvo en el aire al igual que su gemelo hizo con la galleta.
Sukuna miró con asco la prenda. Desde que la ropa de la juventud de Gojō llegó a su casa, se había rehusado a vestirla. No sólo le hacía sentir miserable, sino humillado porque, en definitiva, ellos no se podían permitir el comprar cosas de marca; bueno, sí, aunque no tan caras.
Yūji bajó un poco el brazo. Sukuna fue afectado, de nuevo, por esa extraña maldición que tanto aborrecía y no necesitó tener al otro de frente para ver con claridad su rostro apesadumbrado.
Le arrebató la chamarra y, antes de arrepentirse demasiado, se la acomodó. Total, ya era muy tarde para regresar las cosas y sería una pena quemarlas o tirarlas a la basura, en especial porque muchas eran de su estilo.
Desvió la mirada al salir y toparse con su hermano, pues el desgraciado lucía tan feliz, que parecía emitir luz propia y lo que menos deseaba en esos instantes era terminar como invidente; con uno de los dos que lo fuera, tenía más que suficiente.
Una vez afuera, donde acostumbraban consumir su vicio, se mantuvieron en silencio durante un par de caladas. Yūji fue el primero en romper con el mutismo.
—Entonces… —Depositó la colilla en el cenicero dispuesto entre ambos—, ¿cuándo voy a tener a Fushiguro de cuñado?
Sukuna soltó un «hmp» en lo que Yūji acomodaba las piernas en flor de loto.
—Gojō-sensei me dijo que también le gustas.
Sukuna se giró en cámara lenta con la mente en shock y un rostro que era la viva imagen de la repugnancia.
—¡A Fushiguro! ¡A Fushiguro! —aclaró Yūji, alarmándose por el malentendido.
Sukuna exhaló humo en su suspiro de alivio.
No necesitaba que alguien más le confirmara que le gustaba a Fushiguro. El día en que lo visitó estando enfermo lo tuvo más que claro. El problema era que él nunca se había declarado en la vida y esa no sería la excepción. Sería un dios generoso y dejaría que Fushiguro decidiese entre dar el paso final o no. Poseía el orgullo suficiente para no andar por ahí rogando. Lo defendería o daría la cara por él si lo viese metido en un lío, pero entre salvarle la vida y pedirle tener una relación, había un abismo de diferencia.
En fin, entre todas las cosas que meditó mientras estuvieron separados, Sukuna se dio cuenta de que el problema que tenía con Gojō no debía pagarlo Yūji. No lo entendería aún si intentase explicarlo. Sólo se aseguraría de un detalle importante antes de zanjar el tema.
—Si, por alguna razón, ese pedazo de…
Yūji le clavó la mirada. Una digna de un tigre que acecha a su presa. Sukuna se detuvo unos instantes para hacer una mejor elección de palabras.
—...tipo, llegase a pasarse de listo contigo, le partiré el cuello, ¿entendido?
—¡Entendido! —respondió encantado, era obvia la fe ciega que le tenía—. Aunque, si te genera tanta desconfianza, ¿por qué no hablas con Nanamín? Parece que se conocen desde hace mucho. Podrías sacarle algo.
—Ya lo intenté. —Depositó la colilla en el cenicero—. No soporta su personalidad del todo, pero le tiene confianza. Es… extraño. Algo no me convence.
—Eso no es nada nuevo. Te la vives sospechando de todo y de todos.
Sukuna elaboró una mueca de disgusto. Negó rodando los ojos. Era gracias a sus increíbles actividades detectivescas que siempre se salían con la suya. Muy pocas veces se equivocaba.
—No te preocupes —continuó Yūji con una sonrisa suave—. Siempre que algo pasa, acudo a ti. Después de todo, somos hermanos. Hermanos gemelos.
Sukuna desvió la mirada. Los sentimentalismos lo ponían incómodo.
—Eres molesto en ocasiones, pero no soy capaz de imaginarme una vida sin ti —finalizó Yūji.
Una especie de gruñido afirmativo brotó de la garganta de Sukuna. Así pelearan y se detestaran por ratos, siempre terminaban buscándose. Tarde o temprano lo hacían.
Cerca de la zona en la que los alumnos dejaban formadas sus bicicletas, Gojō extrajo una lata de jugo de una máquina expendedora. Se planteó llevar una para Yūji durante la hora del almuerzo; no obstante, sus pensamientos se vieron interrumpidos por una mano que lo jaló por el hombro para darle la vuelta y estamparlo contra el metal.
—Aléjate de mi hermano, estúpido viejo verde —exigió Sukuna con las facciones impávidas.
—Buenos días —siseó con una sonrisa de intenciones dudosas—. ¿Ya nos llevamos así? Me parece que yo siempre he sido respetuoso con usted, jove…
—Corta el puto rollo —escupió—. Podrás manejar al mocoso con palabras bonitas y regalos, pero te advierto que es un gran error usar tu labia conmigo. Podría salirte muy caro.
—Vaya, vaya. El gemelo frío y desinteresado resultó sobreprotector.
Si las miradas pudieran matar, para esos instantes se estaría celebrando el quinto funeral de Gojō Satoru.
—Eres perspicaz. —Cambió el jugo de mano para sostener la muñeca ajena con mayor facilidad—. Quién diría que lo notarías tú antes que mi querido Yūji.
Sukuna sintió náuseas al oír como se refería a su hermano.
No tenía caso que Gojō se fuera por las ramas. No con él. No si quería tener las cosas bajo control.
—¿Qué pasa con esa cara? ¿Estás celoso? ¿Acaso querías estar en su lugar? Oh, my…
Sukuna lo presionó más contra la máquina para cerrarle la boca. Era perturbador el tono entre dulce e insidioso con el que le hablaba. Se estaba burlando de él, no le cabía la menor duda.
—Lo conozco de toda la vida. No importa cuánto lo intentes, mientras yo lo diga, él nunca te verá con otros ojos. Y en caso de que lo hiciera, sé cómo manejarlo. Jamás escogería a alguien por encima de la única familia que le queda.
Gojō abrió ligeramente los ojos con esa última frase. Yūji la pronunciaba con una calidez peculiar, no era de labios para afuera, cualquier podría notar su incondicionalidad al momento de escuchar eso. A diferencia del maldito demonio que tenía delante, que la ensuciaba con veneno; a leguas se notaba que la usaba como medio de control.
Tanto su rostro como la voz adquirieron matices más serios y amenazantes. No dudó en presionar la muñeca de Sukuna para comenzar a sacárselo de encima.
—No tienes idea de con quién te estás metiendo, niño. —Podría ser su hermano, su papá, su tío, lo que fuera; le importaba una mierda.
Si alguien intentaba arrebatarle a su Yūji, él no mostraría piedad. No caería en el juego de Sukuna.
El nombrado suprimió una mueca de dolor a la par en que su agarre comenzó a aflojarse.
«¿Cuánta fuerza tiene este imbécil?» No lo aparentaba por la ropa, mas presentía que Gojō tenía algo de músculo debajo.
—¿Estás seguro de que debes concentrar tu atención en mí? No te aconsejo distraerte conmigo si tienes a Megumi en la mira.
Sukuna no se inmuto.
—Ah, eres bueno ocultándolo —continuó Gojō—. ¿Acaso crees que olvidé cómo le mirabas el culo la vez que los dejé a ti y a Yūji en casa? ¿Pretendes que ignore cuánto lo deseas?
—No estamos hablando de Fushiguro Megumi. —Cada palabra que otro pronunciaba le desencadenaba la rabia contenida que le hacía capaz de mantener su agarre.
—Ah, lo siento, lo siento. Me desvié del tema. Tienes toda la razón —dijo con un fingido y poco inocente tono de disculpa—. Tú ni siquiera hablas con Megumi. ¡Claro! Es lógico que te importe más tu hermano. Pero seguro que ninguno de los dos te ha comentado sobre los estudios de Megumi en el extranjero ni sobre el hecho de que no le atraen los hombres.
Ambos temas sacaron a Sukuna de su foco de atención durante breves segundos.
¿Estudios en el extranjero? ¿Nula atracción por alguien de su mismo sexo? ¿De qué demonios estaba hablando?
—Tú tendrás tus asuntos privados con tu hermano; yo he criado a Megumi desde que era un tierno niño. Entre nosotros también existen cosas que no hablamos con nadie, sabes.
Saboreó la frescura de la victoria al conseguir despegar la mano de Sukuna de su ropa, que por la fuerza a la que estuvo sometida, quedó arrugada.
—Te propongo un trato. —Agachó el rostro casi a la altura del opuesto, unos cuantos centímetros por arriba para hacerle saber quién mandaba ahí—. Como tú dejes de meterte en mis asuntos, yo dejaré que Megumi tome sus propias decisiones y estará allí para ti, para el momento en que decidas tomarlo. No creo que sea conveniente hacerme cambiar de parecer.
Una risa lacónica abandonó sus labios. Sukuna podía sentir un sabor amargo en la boca a causa de la ira y, antes de ser capaz de responder algo, sonó el timbre de la escuela. Prolongar la discusión o soltar un golpe antes de retirarse no eran opciones, pues llamaría demasiado la atención.
—Piénsalo bien —concluyó Gojō antes de retirarse.
Si Sukuna se movía antes con Fushiguro, que él con Yūji, haber soltado todas esas mentiras para frenarlo y confundirlo habrían sido inútiles. Por suerte, tenía una corazonada. Sukuna era demasiado orgulloso y Fushiguro también, por lo que ninguno de los dos cedería a declararse con tanta facilidad. Eso le brindaría todas las oportunidades que necesitaba.
Gojō Satoru
Yūji, Yūji σ(≧ε≦σ)
¿Puedes pasar a verme a la clase 1-C antes de ir al club?
Itadori Yūji
claro (b ᵔ▽ᵔ)b
Sin dar muchas explicaciones a la hora de la salida, Yūji le pidió a Fushiguro que se adelantara. El chico asintió y buscó a Sukuna con los ojos, pero éste salió poco después tras su hermano.
Fue extraño. Nunca antes le había molestado quedarse sin compañía. Resultaba preferible en muchos sentidos. Sin embargo, parecía haberse acostumbrado a tener a los gemelos cerca.
—¡Estoy entrando por la puerta como una persona normal! —anunció Yūji, al ver que no había nadie más que su maestro en el aula.
—¿Cómo estuvo el día? —Gojō se sentó sobre el escritorio, esperando a que el otro se acercara lo suficiente como para tomarlo de las manos. Las frotó entre las suyas, pues estaban un poco frías.
—Bien. Nanamín-sensei me agrada, pero sus clases me dan muchísimo sueño. —Ladeó el rostro, suspirando por lo bajo como si se derritiera.
—No te culpo. Nunca fue demasiado divertido.
—Lo sorprendente sería que hubiese tenido un pasado como adolescente rebelde y alocado. —Miró el interior del aula al finalizar su comentario—. ¿Necesita que le ayude con algo? —No sabía por qué otra razón podría citarle en un salón en lugar de la oficina de profesores.
—Ah, eso... ¿Tienes planes con Megumi o Nobara este fin de semana?
—No. Aún no.
Gojō alcanzó a ver a Sukuna asomándose por la puerta, antes de esconderse de inmediato. No levantó la curiosidad de Yūji, pues no dejó ver el movimiento de sus ojos gracias a que los lentes oscuros se interponían.
Era ahora o nunca.
—En ese caso, ¿quieres salir conmigo?
Yūji tardó un poco en procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué sucede? —inquirió Gojō—. ¿No te gusta la idea?
—A-Ah, no. Tan sólo me tomó por sorpresa. —Llevó una mano a la parte trasera de su cuello—. Sería la primera vez que saldríamos solos; sin contar lo de las tutorías.
—Entonces…
—¡Cuente con ello! —Levantó un pulgar.
—¿No preguntas a dónde vamos?
Yūji negó con la cabeza.
—Cualquier lugar es divertido si estoy con Gojō-sensei, así que dejaré que me sorprenda. —Le gustaba cambiar de aires de vez en cuando—. Eso sí, ¿cuánto dinero debo llevar más o menos? —No le quedaba demasiado para terminar el mes y, en el peor de los casos, tendría que pedirle prestado a Sukuna.
Gojō le tomó del mentón con dulzura.
—Si yo te invito, lo justo sería que yo pagara, ¿no es así?
Yūji no alcanzó a decir nada más, pues en ese momento comenzó a vibrar el celular que llevaba en el bolsillo. Lo sacó para ver quién llamaba, divisando el nombre de Sukuna en la pantalla.
Gojō también lo vió de reojo.
—Debo contestar. —Se apartó de su profesor—. Lo siento.
—No te apures.
—¿Pasó algo? —preguntó con curiosidad, el teléfono contra el oído. Era raro que su hermano le llamara y más en la escuela. Siempre se mandaban mensajes.
Gojō concentró el sentido del oído para escuchar los sonidos a su alrededor. En momentos así, su habilidad de músico era de gran ayuda. La voz de Sukuna no parecía cercana. Se levantó y asomó al pasillo en ambas direcciones. Él no estaba cerca.
—¡¿Eh?! ¿Este fin de semana?
La voz de Yūji lo regresó adentro.
—¿No te puedes ocupar de eso tú solo? Quedé con alguien más el...
«Ese bastardo astuto.» Gojō intuyó por dónde iba el asunto. Seguro quería evitar que Yūji hiciera planes, aunque ya era demasiado tarde.
—Muy bien, muy bien. Entiendo. —Yūji alargó con resignación las palabras tanto como pudo—. Bye, bye.
Gojō tuvo tiempo de sobra para regresar a donde se encontraba sentado, pero no le agradaba en absoluto el semblante pesaroso que tenía su chico.
—Uhm, sensei…
—¿Algún problema?
—No, bueno… sí. —Bajó la mirada al piso antes de dirigirla hacia su maestro—. Temo que no podré salir con usted el fin de semana. Olvidé que tenía algo pendiente con Sukuna. Perdón. —Juntó las manos en señal de arrepentimiento y agachó la cabeza.
Gojō supo de inmediato que estaba mintiendo, mas no le riñó. Le pasó una mano por el cabello, respondiendo con la mejor de sus sonrisas.
—Bueno qué se le va a hacer.
—Entonces… —Levantó el rostro.
—Será otro día.
Yūji asintió como si nada hubiese ocurrido. Por dentro, le daba vergüenza haber pasado por eso.
Luego de despedirse y que todo regresara a la normalidad, Gojō sacó un caramelo de sus bolsillos. Se lo llevó a la boca y lo mordió para intentar calmarse, aún si algunos pedazos se adherían a las muelas. Terminaría pasando la lengua varias veces hasta lograr retirarlos.
«Con que esas tenemos, eh.» Miró por la ventana y pudo ver a Yūji correr hacia el gimnasio.
No dejaría que Sukuna se regodeara en su victoria durante mucho tiempo.
Cuando regresaron a su hogar, Gojō aprovechó para contar a Fushiguro lo ocurrido con el gemelo problemático. Con ciertos detalles omitidos, como el inexistente viaje al extranjero.
—Y también le dije que a ti probablemente no te van los hombres —aclaró Gojō—, ya sabes, para que se ponga las pilas en conquistarte.
—¿Qué? —Tuvo el súbito impulso de ahorcar a su tutor. Apenas se logró contener. Eso podría arruinar lo que había conseguido con Sukuna—. Yo nunca he dicho que no me gusten los hombres.
—¡Momento! —Se bajó los lentes para saber que sus ojos no lo engañaban y se sacó cera de un oído con el dedo meñique para cerciorarse de que había escuchado bien—. ¿Entonces eres gay?
Fushiguro se cubrió la boca, razonando con calma sus palabras.
—¿Por qué nunca me lo habías contado? —Gojō fue hacia su muchacho y se sentó sobre el descansabrazos del sofá—. Esta es una forma muy triste de salir del clóset.
—Tampoco he dicho que soy…
—Debes saber que no te culpo —interrumpió, tocando su propio pecho con la mano para darse aires de superioridad—. Viviendo con un hombre hermoso, apuesto y exitoso como yo, bien pudiste desviarte en algún momento.
La tirria que experimentaba Fushiguro se hacía más evidente sobre su rostro con cada segundo que transcurría.
—¡Déjeme hablar, maldita sea!
Gojō hizo oídos sordos. Su nuevo plan se puso en marcha en ese preciso instante. Si lograba que Fushiguro tomara una mayor iniciativa con Sukuna, eso lo distraería lo suficiente para tener el camino libre con Yūji.
Todo dependía del chico sonrojado de enojo frente a él.
«No me falles, Megumi.»
A modo de recordatorio, en esta historia no existió nunca un Getō que encaminara las acciones/moralidad de Gojō. Tampoco hubo ningún evento en su pasado que le hiciera cambiar para bien (como los que han leído el manga de JJK conocerán 👀), por lo que su personalidad terminó... así. XD Una mezcla de lo peor del Gojō adolescente con lo peor del Gojō adulto. (?)
Les comento también que las actualizaciones cambian al día de hoy (sábado) durante la mañana/tarde pooorque ya estoy de regreso en la universidad. Primera semana y ya tengo tareas para ahogarme en ellas :') Entonces no voy a aguantar hasta media noche para publicar y se me hace medio cruel dejarlos en espera hasta el domingo en la tarde, por eso recorrí el día. x'D
