CAPÍTULO XXIX
Hace trece años
—¡¿Adivinen quién volvió con un bonito souvenir?! —exclamó Gojō, sosteniendo por el cabello a dos cabezas femeninas en una mano y una masculina en la otra.
Con excepción de la cabeza del hombre, las otras dos mostraban un cuello magullado, cercenado de manera inexperta por un cuchillo de cocina tan grande que podría contar como machete y un tenedor.
Los miembros de la yakuza presentes en la amplia cochera, ahora vacía, salvo por el auto particular del cabeza de familia, suspiraron al ver que ese descarado estaba manchando otra vez el piso con sangre.
De no ser por la posición que tenía, lo obligarían a limpiar su desastre con la lengua.
—Oyabun —mencionó uno de los guardias, agachando la cabeza para saludar a su patrón en cuanto lo vió bajar por las escaleras.
—¡Mira! ¡Mira lo que traje! —Gojō, cual niño pequeño exhibiendo un trofeo obtenido en la escuela, comenzó a sacudir las cabezas—. Empezamos con este bastardo dolor en el culo: Fushiguro Tōji.
Dejó caer la cabeza desencajada que, por alguna razón, también carecía de lengua. En su trayecto hacia el suelo, la pateó como si se tratara de un balón de soccer.
—Ijichi —en tono serio, se dirigió hacia el delgado hombre de lentes que en ese momento era chofer del Oyabun.
—¡S-Sí!
—Cada que yo patee una de estas tú dices: ¡Gol! —Brincó de alegría con la última palabra.
—¿G-Gol? —preguntó con un asombro que le revolvía las tripas.
—Sí, así, pero con más emoción. —Se aclaró la garganta antes de proseguir—. También traje a esta señora, porque estaba ahí.
Al dar una patada a esa cabeza, una débil voz se escuchó decir «gol» como si estuviera a kilómetros de distancia.
Gojō chasqueó la lengua, molesto. La cabeza de la niña la pateó hacia atrás, más o menos hacia la posición en la que calculó que estaba Ijichi, importándole poco salpicarse más en el proceso.
Ijichi esquivó los restos humanos justo a tiempo, soltando un chillido asqueado y procediendo a cerrar los ojos y sacar un pañuelo del interior de su traje para cubrirse la nariz y la boca en un intento por sofocar el vómito.
—Satoru, no lo molestes, ¿quieres? —dijo el Oyabun cerca de él, levantando un puño a la altura del pecho para chocarlo con el de su compañero—. ¿Y qué hiciste con el niño?
—¿Qué niño?
El Oyabun suspiró antes de continuar.
—No me digas que ni siquiera lo investigaste.
—¿No tenía sólo una cría? —Para él, las personas que se interponían en su camino no eran más que animales; sucios y asquerosos simios.
—Bueno, sí, pero se juntó con esa mujer hace poco. —Señaló la cabeza—. Así que tendría dos crías a las cuales mantener ahora.
—Ah… He, he.
—¡Nada de he, he! —Le propinó un coscorrón—. ¡Ve a arreglar esto rápido!
—¡Ah, está bien, está bien! —Se sobó por encima de la frente con fastidio. El golpe no había sido fuerte—. Pero voy a necesitar un baño.
—Sólo… Hazte cargo.
—Llamé a los nuestros cuando venía de camino. —Con eso se refería a la policía que tenían comprada para que les cubriera las espaldas como los primeros respondientes y que desaparecieran los indicios de los crímenes—. Así que, si no le importa, su alteza —ejecutó una leve reverencia aristocrática—, voy a darme un baño primero.
Al ser albino, en su cabello contrastaba a la perfección el color de la sangre y ni hablar de su piel.
Gojō se presentó casi dos horas después en la casa de los Fushiguro, vestido con una impecable gabardina negra y sus usuales lentes oscuros. Un hombre se le acercó cuando estaba a pocos pasos del área acordonada.
—Lo lamento mucho. Esta es un área restringida, no puede pasar.
—¡Ah! Inspector —dijo otro policía acercándose a ellos—. Discúlpelo. Este chico es nuevo, así que no conoce su cara.
En ese momento, Gojō sacó de los bolsillos una placa perfectamente falsificada del departamento de inteligencia de la policía.
—¡Pe-Perdone! Pase, por favor —habló el mismo hombrecillo que le había prohibido la entrada.
—Por aquí —indicó el policía en su trayecto hacia el interior, donde un par de personas tomaban fotografías.
—Hemos recogido lo importante. No se preocupe —dijo una mujer cerca de ellos.
—¿Todos son comprados? —preguntó Gojō en voz neutral.
—Sí —respondió el policía que lo recibió—, menos el chico de antes.
—Muy bien. Estoy buscando un niño.
—Está en una de las patrullas. Mi compañera se está haciendo cargo de él.
—Bien. Me lo llevo. Dame las llaves.
—¿Perdón?
—Las llaves del auto —demandó, estirando la mano con la palma viendo al techo.
—E-Están pegadas en el tablero.
Gojō se alejó en silencio del hombre con cara de sorpresa. No era difícil adivinar lo que sucedería a continuación. Si bien, su familia yakuza no solía meterse con mujeres o niños, pero esa era la excepción a la regla.
—¡Yahoo! ¡Nitta! —exclamó Gojō, abriendo la puerta de la patrulla—. Me haré cargo del pequeño, así que puedes regresar adentro con tu compañero.
Al escuchar eso, la chica intentó no pasmarse. Se mantuvo bajo control e hizo lo que le pedía.
En el asiento trasero Gojō encontró a un chiquillo de cabellos negros alborotados, pálido, delgaducho, de mirada perdida, que vestía unos pantaloncillos cortos.
Se agachó para intentar tenerlo de frente.
—¿Tú no deberías estar hecho un mar de lágrimas o algo así? Dime que por lo menos te orinaste en los pantalones cuando llegaste a casa.
«Ojalá te hubiera dado un infarto al entrar. ¿No ves que me quitas el tiempo?» pensó.
Unos fríos ojos verdes se fijaron sobre los suyos y en ese momento pudo recordar a Tōji una vez más. Sí que se parecían. Era indudable que ese engendrito había salido de las bolas del otro.
Tal vez debería asfixiarlo o intentar quemarlo vivo. ¿Qué eran esos modos de ignorar a sus mayores?
«Escuincle malcriado... Bueno, tu padre no tenía modales, para empezar.»
—¿No deberías presentarte como todos los demás? —dijo el niño.
—¿Hah?
—Todos los que se me acercan me dicen su nombre y me enseñan una placa.
—Eres un bicho astuto. —Sonrió.
Era como si la mente de esa pulga estuviera partida en dos: la cruda realidad y una extraña fantasía que se negaba a dejarlo despertar por completo.
—Gojō Satoru. —Mostró su placa—. Ahora baja de ahí.
Esconder un auto de policía era más engorroso que llevar el suyo propio.
—A partir de ahora, me haré cargo de ti hasta que encuentren algún familiar tuyo que se pueda hacer responsable.
—¿Y si no lo encuentran?
—Orfanato —dijo a secas, viendo como el chico agachaba la cabeza.
Al salir del carro, el niño lo siguió en silencio. Gojō no escuchaba sus pasos. Sentía que había recogido a un gato de la calle. Esos animalitos eran silenciosos como ninjas.
No tardaron en cambiar de vehículo y ponerse de camino a una casa en las afueras de la ciudad, que se solía utilizar para torturar a cualquier desgraciado que fuera contra los deseos de la yakuza.
El niño no dijo ni una sola palabra. Gojō comenzó a desesperarse. No era normal que los mocosos no hicieran ruido ni preguntas ni nada. Sólo cuando llegaron a su destino se escuchó como si un cachorro intentase gruñir.
Miró por el espejo retrovisor interior. El chiquillo se llevó una mano al estómago y se limitó a posar los ojos sobre la ventana.
Gojō se mantuvo en su asiento un par de minutos hasta escuchar ese gruñido de nuevo. Esta vez el niño se sonrojó.
—Tienes hambre.
—Un poco.
—¿Un poco? Suena a que en algún punto tu intestino grueso comenzará a comerse al delgado.
El chico lo ignoró.
Ahí estaba lo que sacaba a Gojō de sus casillas. Cualquier otro en su misma situación, no sólo tendría un trauma por ver a sus padres decapitados, sino que estaría berreando por la falta de comida.
Abrió la guantera. Extrajo un paquete de galletas de chispas de chocolate y las arrojó hacia el asiento trasero.
—Cómetelas.
El chiquillo las tomó como si fuese lo menos apetitoso que le habían ofrecido en la vida.
—Esto…
Los niveles de irritación de Gojō continuaron en aumento.
—¡¿Qué?!
—¿Sueles comer este tipo de cosas?
—¡Por supuesto! Son deliciosas. —Agarró un caramelo y se lo llevó a la boca. No le duró nada, pues lo partió con los dientes y así se lo tragó.
Más de fuerza que de ganas, y porque no había tenido otro alimento desde el desayuno, el pequeño destapó las galletas y comenzó a masticar la primera.
—¿Ves? Te dije que eran deliciosas.
—Son demasiado dulces… —Pasó el bocado.
—¡¿Perdón?!
—Seguro que por comer estas cosas todo el tiempo tu sentido del gusto se dañó.
«Ah, no. Eso sí que no.» Gojō encendió de nuevo el coche y pisó el acelerador hasta llegar a su propia casa. Nadie podía criticar su paladar. Menos un apestoso niño come-mocos.
Luego de dos horas de viaje, Gojō sacó al engendrito del carro. Lo cargó bajo el brazo y lo botó en el sofá.
—Te quedarás ahí hasta que yo te lo ordene.
Sin saber qué rayos acababa de ocurrir, el chico obedeció. Su hora de sueño habitual estaba a punto de llegar y su cuerpo lo sabía, así que en poco tiempo se quedó dormido. De tener energía de sobra, seguro habría renegado al instante.
—Oye, pulga.
Gojō lo removió por el hombro sin nada de tacto, haciendo que el otro frunciera el ceño en cuanto despertó.
—Ven acá.
El pequeño siguió a Gojō hasta el comedor, quien le señaló una silla, indicando que se acomodara. Aunque obedeció, tuvo que sentarse sobre las rodillas, pues la mesa le quedaba alta. Era la primera vez que estaba en una de tipo occidental.
Gojō fue a la cocina y regresó con una charola amplia en la que cargaba varios platillos que conformaban una comida completa.
—Y no te vas a parar de aquí hasta que te acabes todo —dijo, como si amenazara a alguien de muerte.
Nadie podía insultar su sentido del gusto. Mucho menos su cocina. Era un excelente chef. Haría que ese engendro se tragara sus propias palabras, aún si él jamás hubiese dicho nada en contra de sus habilidades culinarias.
El pequeño no entendía nada. Estaba tentado a regresar al sofá, mas su estómago le reclamó no estar empinándose sobre cualquier plato porque todos olían delicioso. Se le hizo agua la boca. Se centró en el arroz frito; solía comerlo en blanco y sin ningún condimento. Se llevó una cucharada a la boca. Más tardó en hacer eso que en llevarse la segunda dentro, y otra más.
Gojō se cruzó de brazos y resopló con orgullo al ver que el otro casi se atragantaba.
El niño siguió con un cuenco de verduras salteadas en algún tipo de salsa agridulce. Bebió un poco de agua y, después, degustó el mejor pescado que hubiese probado en su corta vida.
Gojō estuvo a punto de pedirle cuál era su opinión ahora, pero sus labios se sellaron de inmediato al ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas al chiquillo, en silencio sepulcral, casi de luto, sin dejar de comer.
Fue extraño.
Muy extraño.
«¿Lloras por una comida y no por tus padres?»
Gojō estaba lejos de saber que un simple platillo recién hecho había bastado para hacer que el pequeño recordase a su madre. No a la de Tsumiki. La original. La que quizá era un poco inexperta en la cocina, pero que siempre lo recibía con cariño y estaba dispuesta a llevarle un plato de sopa caliente en cualquier situación.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, al ver que el otro estaba a punto de terminar.
—Megumi… Fushiguro.
«Te pareces a Tōji. Y, al mismo tiempo, no eres como él.»
Tōji no lloraba.
«Me pregunto… si tenerte sería benéfico para mí a largo plazo.»
Luego de varias semanas en las que Gojō estuvo desaparecido, Nanami fue a su casa, el único lugar donde a nadie se le había ocurrido buscar porque rara vez se encontraba allí.
Se sorprendió a sobremanera por dos cosas; la primera, Gojō se hallaba en su respectivo hogar; la segunda, tenía a un niñito en la sala haciendo… ¿tarea?
Se retiró los anteojos para sobarse el puente de la nariz.
—Gojō.
—¿Qué pasó? —preguntó con la boca medio llena de papas fritas—. ¿Quieres?
Nanami negó con la cabeza.
—¿Qué es eso? —Señaló con el pulgar al pequeño.
—Ah, eso. No seas grosero, tiene nombre. Mira. —Hizo una breve pausa para terminar su bocado—. ¡Hey! ¡Meguminola! —Soltó un silbido al final y agitó una mano para llamar su atención.
—¿Megumino…? No es un perro —la molestia en su habla era notoria—. ¿No dijiste que te harías cargo de él?
—¿Huh? Pero si eso hice. Hasta lo metí a la escuela.
—¡Eso no es a lo que…! —interrumpió sus propias palabras a propósito—. Tranquilízate un poco —susurró para sí mismo.
Gojō sonrió con malicia y siguió comiendo papitas.
—¿De verdad no quieres?
Nanami le soltó un manazo a la bolsa, arrojándola lejos. Tuvo demasiados problemas por la ausencia de Gojō como para encontrarlo jugando a la casita.
—Necesito una explicación. Y más te vale que sea una buena.
Gojō no la tenía. Todo fue un gran accidente. Las cosas se le salieron de las manos y, en algún punto, se negó a dejar ir a Fushiguro. Era de su propiedad. Un trofeo por haber asesinado a Tōji. ¿De qué otra manera podía presumir de ello si no le dejaron conservar ninguna parte del cadáver?
Más tarde dio la cara al Oyabun. Pasaron horas hablando, casi hasta el anochecer y cuando al fin salió de la base central, a Nanami le comunicaron el cese de labores de Gojō. También le pasaron a él una razón de despido, la cual, se tomó como una broma de mal gusto. No era un empleado, estaba ahí por diversos motivos. Cuando exigió una explicación más detallada, le dijeron que Gojō no estaba del todo desvinculado de la familia. No porque no pudiera, sino porque no quiso. Tenía un trato con el jefe. Usarían las joyerías para lavar dinero y, a cambio, él podría solicitar personal y herramientas para trabajos menores. De hecho, ya había hecho su primer pedido para que los de Recursos Humanos hicieran el papeleo necesario para convertirse en el tutor legal del niño que no pudo matar. Según el propio Gojō, haber incumplido la encomienda habría sido un golpe que dejara en duda el liderazgo del jefe, pues cualquiera que desobedeciera órdenes directas, en el mejor de los casos, terminaba amputado de alguna extremidad.
Gojō también solicitó un ayudante para el lavado de dinero. Ijichi se ofreció como voluntario; no tenía estómago para la clase de cosas que debía ver y callar en la casa principal. Para suerte suya y de todos, era bueno con la contabilidad, así que sería un excelente administrador e informante.
La retirada de Nanami no fue un pedido de Gojō o algo similar. Fue decisión del jefe, quien sabía que después de perder a las únicas personas que consideraba familia y carecer de razones para mantener su humanidad, podría volverse igual o peor que Gojō en sus momentos más viles. El Oyabun no deseaba eso para él. ¿Cómo podría? Era alguien demasiado valioso, quizá más que Gojō. Así que se le ocurrió mandarlo con este último.
A la larga, Gojō necesitaría apoyo moral, alguien que le dijera cómo actuar. Podía aparentar ser un adulto responsable, pero todos sabían que no era un ser humano funcional. Si daba un paso en falso podría comprometer a todas aquellas personas que inundaban los recuerdos de su pasado.
Eso le serviría a los dos para buscar una mejor vida, empezar de nuevo y, tal vez, encontrar algo de paz en el camino.
Por desgracia, esa opción no era tan bonita como sonaba. Sí, estaban dejando atrás la yakuza; no por completo y tampoco gratis. Se les mandaría un reporte quincenal sobre la localización de todas las personas en el bajo mundo que no sólo los conocieran de nombre, sino de rostro y debían borrarlas de la faz de la tierra sin dejar rastro. En su mayoría se trataban de enemigos, gente con la que alguna vez tuvieron pactos o alianzas momentáneas. Cuando cumplieran con ello, se les otorgaría una nueva vida.
Era un trato justo y demasiado amable para lo manchadas que tenían las manos. Lavarlas nunca fue una opción; esconderlas tras un par de guantes, sí que lo era.
De regreso al presente, al momento en el que Gojō no tenía ni la menor idea de que el pequeño Megumi se había escapado de la escuela para besuquearse con el hermano diabólico del niño que le gustaba, su cabeza montó un tétrico drama en el que el par de tórtolos secuestraron a Yūji para contarle que era un completo donjuán y que no debería hacerle caso nunca en la vida.
Estaba alterado.
Incluso si llamaba una vez tras otra al celular de Yūji, decía que se encontraba fuera del área de servicio. Megumi tampoco contestaba. Era la misma situación.
Tenía que encontrarlos. Debía decirle a Yūji que no les creyera. Sí, tuvo muchas aventuras y deslices, pero eso había sido antes… Antes de conocerlo. Antes de creer que existía una nueva oportunidad para él. Antes de saber que había alguien allá afuera que podía responder a todas y cada una de sus emociones y sentimientos.
Quería a su Yūji y no estaba dispuesto a dejar que nadie se lo arrebatara. Se desharía de cualquier malnacido que se atreviera a interponerse entre ellos, incluso si esa persona era Megumi o Sukuna.
—Voy a buscarlo —dijo, levantándose de golpe de la silla.
