ADDICTED XXXI
Gojō no solía ponerse ansioso con facilidad; es más, parecía tener un don para analizar cualquier situación con calma y actuar a su conveniencia. Sin embargo, desde que Yūji existía en su vida, ese don se había convertido en maldición, con Yūji como su kriptonita y detonante. Cerca de él, su pulso se aceleraba, dejaba de pensar con claridad e instintos primitivos embargaban cada rincón de su ser.
¿Cómo era posible que un chico de apenas dieciocho años le hiciera estremecer cada fibra muscular?
Cuando los gemelos y Fushiguro decidieron fugarse, maldijo a todas las deidades que conocía por mantenerlo apartado de su precioso Yūji. Sin contar los dramas mentales que se montó.
Por eso mismo, a la mañana siguiente, aprovechando que la clase de su chico sería la primera en impartir, se mantendría al margen de toda emoción que pudiese descolocarlo. No sólo era un ejercicio de autocontrol, también le serviría para hallar razones por las cuales le había dejado en visto todos sus mensajes y llamadas.
Luego de dictar algunos ejercicios, vio como el muchacho los buscaba con la mirada. En cualquier otra situación le habría respondido con una sonrisa, incluso podría aprovechar el momento para acercarse a él y aclarar dudas.
Una de las ventajas de los lentes oscuros era que le servía para fingir demencia respecto a los sitios que miraba.
Hizo puño la mano bajo el escritorio. Esos ojitos color miel, que le recordaban tanto a un tierno cachorro, eran su mayor perdición. Ansiaba ir hacia él, acorralarlo, exigirle una explicación del por qué pretendía alejarlo con tanto entusiasmo. ¡No! Yūji le había dado muchas pistas de que le correspondía. Eso no podía cambiar de la noche a la mañana. ¿Acaso se estaba haciendo del rogar? ¿Cómo es que un maldito mocoso…?
«No, no. No puede ser eso —dijo para sus adentros—. Yūji no es ese tipo de persona.» De lo contrario, no estaría buscando su mirada con tanto esmero.
Otra duda corroía los circuitos de su cerebro: ¿Por qué no le avisó que pretendía fugarse?
Se divertían juntos, eran cómplices de travesuras —con Fushiguro como el objetivo más recurrente—, se apoyaban mutuamente, había afecto emocional y físico de por medio. Entonces, ¿por qué…?
Siempre era él quien daba el primer paso. ¿Dónde estaba Yūji? ¿Cómo lograba aparentar que no era indispensable en su día a día, cuando sus calificaciones se tambaleaban siendo Gojō la causa de ello?
Pese a estar a mitad de clase, el chico siempre podía levantarse, caminar hacia el escritorio y simular tener alguna duda o algo así; no obstante, se encontraba ahí, en su asiento, buscando los ojos tras los lentes.
«Es suficiente.» Si Yūji no se acercaba, tampoco iría hacia él. No podía dejar que se aprovechara de la necesidad profana con la que lo deseaba. En especial por tratarse de la primera vez que existía alguien capaz de ponerlo de rodillas con sólo una palabra.
Aun así…
«¿Qué te impide venir a tan pocos pasos? ¿Acaso no soy todo lo que deseas? ¿No es por eso que me miras así?»
Itadori Yūji
Gojō-sensei? (。╯︵╰。)
Gojō perdía el tiempo en la sala de profesores cuando entró el mensaje.
Desbloqueó el celular para responder, aunque no sabía cómo contestar esa carita. ¿Estaba triste? ¿Se sentía mal? ¿Fue por lo que pasó antes en su clase? ¿Pensaba tocar el tema? ¿Debería preguntarle?
Itadori Yūji
Anoche… Estuve entrenando hasta tarde
En casa, jeje
«¿Entrenando qué?» Parecía un mal pretexto. Que él supiera, no tenía cancha de básquet y, por las veces que le comentó datos casuales de su vida, sabía que asistía a partidos callejeros con su hermano y Tōdō algunos fines de semana.
Itadori Yūji
Y no noté q se me había descargado el celular (。。 )
Gojō no tenía forma de saber si mentía o no. El niño era transparente de frente, no por mensaje. Se limitó a seguir leyendo.
Itadori Yūji
Me acabo d escapar d la práctica…
Podemos hablar? (; ω ; )
Su corazón se saltó un latido. Que alguien te dijera «podemos hablar» era el anuncio de un fatídico desastre. Sin mencionar que la carita llorando lo calmó en un sentido y lo alteró en otro. Tal vez su muchacho estaba teniendo alguna clase de problema. Tal vez era por un asunto más personal que se aisló. Tal vez necesitaba de él y sólo era un imbécil que no sabía interpretar las señales de forma correcta.
Itadori Yūji
Estoy… eeh… ve q hay una parte detrás del campo d béisbol con muchos arbolitos y así? ( ´ ▽ ` )
Me metí ahí pq como Tōdō se d cuenta d que me salí del gimnasio y me encuentre, me reinicia la vida d un golpe σ( ̄、 ̄〃)
Bueno…
Está ocupado?
Estaré esperando un rato (´ ∀ ` *)
«Campo de béisbol con arbolitos. Campo de béisbol con arbolitos.» Hizo memoria para saber a qué se refería.
«¡Ah!» ¿No era esa la zona en la que algunos alumnos solían confesarse?
«¡No me digas que…!» Los ojos se le abrieron de par en par.
Existía la posibilidad de que Yūji estuviese dándole vueltas al asunto de no saber cómo declarar sus sentimientos y que por eso se hubiera aislado del mundo que le rodeaba.
Sí. Tenía muchísimo sentido. Más de lo que debería. Después de todo, Gojō aún recordaba el comentario que Yūji hizo en navidad.
«Bueno, es cierto que si saliera con alguien como Gojō-sensei, la diferencia de edad sería terrible.»
Seguro que no lo había dicho con mala intención. El verdadero problema era…
Agitó la cabeza.
Eso no importaba ahora. Su preciado Yūji se había debatido mucho tiempo y no podía hacerle esperar.
Frente a los dichosos arbolitos no había nadie. Se adentró varios pasos por un camino que pronto comenzaría a desvanecerse y ahí fue cuando lo vió. Yūji estaba de pie, con el uniforme negro del equipo de básquetbol, dejando ver cuan trabajados estaban sus brazos y piernas.
Gojō evitaba colarse a las prácticas durante periodos prolongados porque le excitaba ver a Yūji sonrojado, jadeante y sudoroso a causa del ejercicio. Le hacía imaginar cómo luciría abriendo las piernas sobre su cama.
Tragó saliva.
—¡Sensei!
Se acercó con el buen ánimo que le caracterizaba, el cual, comenzó a deformarse en su rostro ante una expresión de preocupación.
Gojō lo vio mover las manos en todas direcciones mientras le explicaba, otra vez, lo escrito por mensaje.
La tensión desapareció de sus hombros cuando supo que no le había mentido respecto a entrenar (hacer ejercicio de fuerza y resistencia) en casa. Como dato adicional, le dio detalles de cómo se había fugado.
—Y eso fue lo que pasó. —Agachó la cabeza—. Lo siento mucho, sensei.
Más lo sentía Gojō por no escuchar una declaración de amor. No todo estaba perdido. Aprovecharía ese encuentro tanto como le fuera posible.
Cerró la distancia. Atrapó entre sus brazos al chico, agachándose un poco para que la diferencia de estatura no fuera fuente de incomodidad.
Yūji se sorprendió. De no estar acostumbrado a ese tipo de contacto, no habría respondido de inmediato, rodeando el torso contrario. Esperaba ser reprendido, pero tampoco se quejaba. A decir verdad, temía enfurecer a Gojō por la simple y sencilla razón de que nunca lo había visto en una faceta similar.
La manera en que las enormes manos de su profesor envolvían su cuerpo y la firmeza con la que era sostenido, se encargaron de desvanecer sus inseguridades. Se volvió presa de un calor peculiar que le fascinaba experimentar cuando estaban a solas.
—Bien, ahora que has confesado —dijo Gojō con un atisbo juguetón en sus palabras—, te llevaré a la sala de detención.
Yūji palideció.
—¿Eh? —soltó en un hilo de voz, la temperatura en descenso.
—Imagino que sabes que lo que hiciste va contra las reglas, ¿verdad?
—A-Ah, bueno… Uh… —Comenzó a removerse para intentar huir, no de forma brusca, cabe aclarar—. ¡Me engañó!
—Sigo siendo profesor. ¿Lo olvidas?
—¡Exijo a mi abogado!
Gojō dejó escapar una risa bobalicona, ciñendo las manos sobre la cintura opuesta. Tenía unas abdominales bien marcadas. Moría por pasarle la lengua encima.
—Tú. —Se acercó al oído ajeno, hablándole en un tono profundo, seductor, difícil de analizar—. En verdad eres una presa difícil.
Al percatarse del repentino temblor de Yūji, se alejó. Puso una expresión mucho más serena y prosiguió con su acostumbrada voz laxa.
—Ah, los Yūjis salvajes son tan complicados de cazar.
El nombrado lo miró con los ojos entrecerrados. No sabía si podía hablar o lo que dijera a partir de ese momento sería usado en su contra.
—Sé que tanto tú como yo nos queremos ahorrar el veredicto del aburrido juez Nanami —continuó Gojō—. Por lo tanto, ¿qué te parece si llegamos a un acuerdo aquí y ahora?
—Uhm. —Sentía que lo estaban engañando.
—¿Por qué esa cara?
—Suena sospechoso.
—Todo lo que digo lo es —se mofó.
—¡Eso no ayuda!
«En verdad...» Suspiró. «Sensei es una persona muy extraña.»
No por eso le desagradaba. Todo lo contrario. Era gracias a lo impredecible que resultaba, que siempre lo pasaba de maravilla en su compañía, sin dejar de lado que aprendía toda clase de cosas nuevas e interesantes.
—Muy bien —dijo con cierta resignación y a la expectativa de lo que le iba a proponer—. ¿De cuánto es el soborno?
—Déjame ver. —Llevó una mano a sostenerse el mentón, como si no hubiera decidido desde antes lo que pediría—. Vamos a ponerte a prueba. Dices que entrenas en casa, ¿cierto?
Yūji asintió.
—¿Sabes pelear?
—Sí. El abuelo nos enseñó algunas cosas a Sukuna y a mí cuando éramos pequeños, aunque hemos aprendido algo más con videos de Internet.
—¿Practicas con alguien más aparte de tu hermano?
—De vez en cuando con Tōdō… —Hizo una pausa para hacer memoria—. ¡Ah, también con Uraume!
Gojō enarcó una ceja. Le daba curiosidad, mas no podía desperdiciar ese tiempo con preguntas irrelevantes.
—¡Lo tengo! Entonces, a partir de ahora entrenarás conmigo.
Creyó que Yūji se emocionaría, pero sólo lo vio parpadear un par de veces.
—¿Usted sabe pelear? —Casi al instante recordó el escueto relato de su hermano de que se había liado a puño limpio con el profesor y, pensándolo bien, Sukuna era bastante bueno en cualquier materia digna de una escuela de delincuentes.
—Sí. —Al momento de decir eso, aprovechó que no había soltado a Yūji, para pegarlo a su cuerpo—. De hecho, te sorprendería saber lo fuerte que soy.
Lo normal habría sido esperar un sonrojo, sorpresa súbita, inclusive vergüenza, pero el chico siempre conseguía superar sus expectativas. Lo vio poner una sonrisa como si tuviera delante algo realmente bonito. Casi que había brillitos a su alrededor.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué esa cara?
—Oh, no es nada. Sólo me alegro porque no podría entrenarme nadie mejor que Gojō-sensei. A decir verdad, me llevé una gran sorpresa el día que Sukuna me comentó que los suspenderían a ambos por pelear en las escaleras. No conozco mucho los detalles, pero sé de las habilidades de mi hermano y Gojō-sensei salió prácticamente ileso de ese encuentro, ¿no es cierto? La verdad es que me emociona saber que puedo aprender toda clase de cosas a su lado.
El asombro tomó posesión de las facciones de Gojō al inicio. Luego, sus labios se curvaron en una mueca orgullosa.
—Ya veo. Tienes una gran intuición.
—Aunque, bueno, muchas veces usted solito se vanagloria demasiado y dice que es increíblemente fuerte (aunque yo nunca he sido testigo de ello).
Gojō hizo oídos sordos a eso último.
—Por otro lado… —La ropa solía ser engañosa y Yūji recordaba a la perfección la primera vez que llegó a casa de Fushiguro, topándose con su profesor semidesnudo—. Sensei también tiene algo de músculo.
Dirigió una mano hacia el brazo contrario, palpando y ejerciendo una leve presión sobre los bíceps. Intentó comparar al tacto quién de los dos ganaría si lo retaba a unas vencidas.
—¿Itadori?
Una tercera voz femenina se escuchó tras ellos.
En un arrebato, tomó a su maestro por la camisa y lo arrojó hacia los arbustos para esconder su presencia. No supo cómo ni porqué, pero algo dentro de sí le dijo que nadie debería encontrarlos así de juntos en una zona tan aislada.
Yūji volteó justo a tiempo para ver como una chica de un curso superior, Setsuko Sasaki, removía una cortina de vegetación para cruzar hacia donde se hallaba él.
—Oh, senpai. ¿Quedaste de ver a alguien? —La notó nerviosa, incluso incómoda, así que puso ambas manos frente a sí, creyendo que había preguntado demasiado—. ¡No te preocupes! Ya me iba, sólo…
—Itadori —interrumpió con una voz y mirada más decisivas.
Gojō no sólo maldijo a la chica, sino a quien fuese que hubiese regado las plantas. El follaje era tupido, así que los rayos del sol no alcanzaban a entrar para secar la tierra y entre más pasaban los segundos, más sentía cómo se le humedecía la espalda.
—Vi cuando venías para acá —dijo Sasaki—, y yo…
Se conocieron porque ella repetía matemáticas en el grado de Yūji. Gojō los había hecho trabajar en equipo en alguna ocasión para uno de sus mentados proyectos que todo el mundo odiaba.
Sasaki creyó que Yūji se vería con una chica por la fama de la que gozaba ese sitio, pero pasaron los minutos y nadie se acercó. Fue entonces cuando corrió al salón de ocultismo, donde estaba su mochila, y sacó una carta que había escrito hace tiempo y que jamás tuvo el valor de entregar.
Todas las cosas pasaban por algo y quizá lo que presenció fue una señal divina. Una oportunidad que no se volvería a repetir. Sobraba aclarar que el tiempo que desperdició volviendo a su club y recibiendo aliento de su compañero Iguchi, coincidió con el momento en que Gojō hizo de las suyas.
Agitó la cabeza para acomodar sus pensamientos.
—Bueno, eso no importa. La verdad es que yo quería darte esto.
La carta, que mantenía oculta tras la espalda, la pasó al frente y la entregó con ambas manos.
Yūji se desconcertó durante varios segundos. Algo en esa escena estaba mal. Cualquier espectador diría que Gojō escuchando aquello era lo que no cuadraba en la imagen, pero Yūji sólo podía pensar que quien recibía las confesiones era Sukuna, no él.
Seguro era un fallo en la Matrix.
—Ni siquiera tienes que responder —continuó Sasaki mientras Yūji proseguía a sostener el papel amarillo pastel, cuidadosamente doblado y sellado con un sticker de gatito—. Sólo… quería que lo supieras.
Sin escuchar una respuesta, dio media vuelta y regresó por donde vino. Ese fue el límite de su autocontrol. Si no huía en el momento, seguro comenzaría a decir una sarta de estupideces que arruinarían el ambiente.
Yūji miró hacia los arbustos y hacia el camino por el que salió la chica. Repitió la acción un par de veces.
¿Qué se supone que debía hacer?
Empezar con lo que tenía más cerca podía ser una buena opción, por lo que le tendió una mano a Gojō para ayudarlo a levantarse. Lo dejó caer de nuevo al escuchar más ruido a sus espaldas.
Giró sobre sus talones y levantó la mirada, como buscando las copas de los árboles en un intento por disimular su meditación sobre todo ese asunto.
Sasaki regresó.
—Po-Por cierto. —Se aclaró la garganta. Ya había hecho demasiadas locuras ese día. Una más no cambiaría su suerte—. ¿Qué haces aquí?
Sabía que le destrozaría escuchar que esperaba a alguien más, aunque era mejor comenzar a enfrentar su destino cuanto antes.
—Me escondo de Tōdō porque tengo flojera de entrenar hoy —habló rápido para que la mentira no fuera tan obvia. Levantó un pulgar, con la mirada seria, para rematar.
Sasaki soltó una risilla sincera.
—En verdad eres todo un caso.
Eso relajó el ambiente. Ella se despidió con mayor naturalidad y, ahora sí, regresó a su club.
Yūji aguardó unos instantes. Al ver que no volvía, estiró la mano hacia la zanja a la que había arrojado a su profesor sin saber qué cara poner.
—Lo siento much… ¡Woh!
En un movimiento certero, Gojō tomó al chico por el antebrazo y lo jaló. Yūji cayó sobre su pecho e invirtió posiciones en el acto, dejando al muchacho de espaldas contra la tierra húmeda.
—He decidido adelantar tu primera sesión de entrenamiento —explicó Gojō—. Veamos cuánto tiempo tardas en levantarte.
Al inicio, Yūji no procesó cómo acabó en esa situación, pero una mueca divertida apareció en sus facciones cuando esas palabras llegaron a sus oídos.
Gojō quería reclamarle el por qué le recibía cartas a las niñas cuando lo tenía a él como la mejor elección de su vida. Luego recordó que aún no formalizaban lo suyo y, por ende, no podía desquitarse.
Ambos pasaron minutos dando vueltas sobre el barro. No les importó hasta que en un mal movimiento Yūji le sacó los lentes a su profesor de un codazo y, al girar, escuchó un crujido que no le gustó para nada.
Se detuvieron al instante, descubriendo que los anteojos pasaron a mejor vida y que ambos tenían suciedad en toda la ropa, la cara y hasta en el cabello.
Yūji fue el primero en erguirse, ignorando que se hallaba a horcajadas sobre el cuerpo ajeno. Se miró las manos, descubriendo que ya eran de otro color y ni hablar del uniforme.
—¡Sensei! ¡¿Cómo voy a explicar esto?!
—Di que te diste un revolcón conmigo —añadió con mirada de complicidad.
—¡Eso suena aún peor!
Gojō echó a reír con descaro.
Se levantaron con cuidado para no resbalar con el lodo. Cruzaron los arbustos hacia el camino seco y Yūji agradeció haber soltado la carta justo antes de caer, de lo contrario, a saber en qué deplorables condiciones se encontraría para esos instantes.
Hizo el intento de limpiarse las manos en el uniforme. Más no lo podía arruinar. Levantó el papel con cuidado.
—Bueno, bueno —habló Gojō—. Eres deportista, buen peleador y un completo casanova. ¿Hay algo que no se te dé bien? Aparte de mis clases, claro.
Yūji soltó un sonido similar a un «pffft».
—No es lo que se imagina. En realidad, es la primera vez que me ocurren este tipo de cosas. De no ser porque a Sukuna le pasaba seguido, creería que eso de recibir confesiones por escrito se trataba de un mito.
—Bueno, pero no te desmerezcas. —Con los nudillos, una de las pocas partes de su cuerpo que no tenían tanta tierra, levantó el rostro ajeno—. Tienes un encanto físico peculiar.
—¡Qué va! No tengo cara, sólo cuerpo. —Miró la carta entre sus manos. Al instante, una curiosidad se le vino a la mente—. ¿Qué hay de sensei? Seguro recibía muchas confesiones a mi edad. —Plan con maña. Quería saber qué hacía Gojō en el pasado para darse una idea de cómo responder—. De hecho, no me sorprendería que continuara recibiendo este tipo de cosas.
No suponía mal. Gojō recibía muchas propuestas, unas más indecorosas que otras por parte de algunas alumnas. Por pactos que tenía con Nanami, nunca le había puesto un dedo encima a una estudiante, aunque la fecha de caducidad de esos acuerdos verbales se cumplió en el momento en que conoció a Yūji.
—Pues, en realidad, en mis épocas de estudiante había un chico que era más popular que yo, así que no recibía propuestas de nada.
—¡¿Eh?! ¡¿Cómo?! ¡¿Existe alguien aún más apuesto que Gojō-sensei?!
Gojō sonrió con una mezcla de emoción y arrogancia. Juntó los labios como para pronunciar la «u» y llevó uno de sus índices cerca de ellos.
—Uhm, ¿acaso Yūji me ve con esos ojos?
El nombrado desvío la mirada. Su rostro no era la definición del fastidio, pero si levantaba demasiado el ego de su profesor había un ochenta por ciento de probabilidades de que se pusiera insoportable los siguientes treinta días.
Antes de responder, el llamado de la vida salvaje llegó a oídos de ambos.
—My best friend. ¡¿Dónde te encuentras?!
No sería exagerado decir que los gritos de Tōdō tenían la peculiaridad de retumbar en las construcciones vecinas.
Aún si sabía que no podía ser visto, Yūji se agazapó de manera instintiva y Gojō hizo lo mismo tras él, cubriendo su espalda en su totalidad.
—¿Y bien? —preguntó Gojō en voz baja, por encima del hombro contrario.
—¿Hm?
—¿Qué piensas hacer al respecto? —Intentó evitar que sus emociones se distinguieran al hablar, su voz salió más seria de lo que acostumbraba.
Señaló la carta para que el otro lo tuviera más claro.
—Ah, eso. Pues… No la veo de la misma forma, así que…
Gojō quiso tomar el papel, pero Yūji lo alejó justo a tiempo.
—¿Qué hace?
—La tiraré a la basura por ti.
—¡¿Por qué haría eso?!
—Porque soy muy amable y no quiero que te sientas culpable al hacerlo tú mismo.
Pese a que la sonrisa de Gojō solía relajar a Yūji, algo en todo eso le inquietaba.
—Yo… Creo que lo menos que puedo hacer es leerla y rechazarla con propiedad. No creo que a nadie le guste que tiren sus sentimientos a la basura.
—Hmm. —No agregó nada más porque no tenía sentido armar un alboroto ante algo que ya estaba decidido.
Yūji tenía planeado rechazarla. Eso le ahorraba tener que amenazarla directamente o ir a revisar su expediente para conocer la dirección de su hogar y mandar matones a que la dejaran mal parada; nada grave, lo suficiente para que no se pudiera presentar en la escuela a causa de una hospitalización de urgencia.
Los gritos de Tōdō sonaban cada vez más distantes. Yūji esperaba que no fuese como los relatos de terror en los que mientras más lejos escuches la voz, es porque más cerca se encuentra el espectro.
Se puso en pie. De casualidad vio los anteojos de Gojō y los recogió. Tenían una pata menos y uno de los cristales oscuros estaba encajado en la tierra en lugar de la montura.
No podría mandarlos a reparar.
—Yo… S-Siento esto. ¡Pero juro que se los repondré! Ah, ¿puedo preguntar dónde los compra?
«Ay, querido, como si los pudieras pagar» respondió para sus adentros.
—No te preocupes por esas minucias. Ya estaban algo rayados —mintió—. La verdad es que entre cambiar las micas y comprar unos nuevos no hay mucha diferencia, así que planeaba ir por otros este fin de semana.
Yūji dejó escapar el aire que contuvo de manera inconsciente.
—Qué alivio.
Al abandonar el sitio en el que se hallaban, Gojō fue a su auto por un cambio de ropa que cargaba en el maletero en caso de emergencia. Yūji se adentró a los vestidores al más puro estilo misión imposible y tomó su pants de deportes.
Más tarde, ambos se encontraron en las duchas para quitarse la mugre de encima.
Yūji se dio un regaderazo rápido para regresar al club lo antes posible. Gojō no pudo evitar compararlo con un pequeño cuervo. Él, por su parte, no supo cómo demonios logró mantener a raya la erección que amenazaba con hacerse presente en el momento en el que Yūji comenzó a desnudarse.
Ansiaba acariciarlo, tocarlo, marcarlo; dejar en esa piel la advertencia de que nadie más podía tenerlo entre sus posesiones...
Yūji se presentaba con mayor frecuencia en sus fantasías.
No tenía la menor duda de que comenzaría a volverse loco.
