CAPÍTULO XXXIII
Fushiguro tomó asiento sobre el perímetro de mármol de la fuente clásica en el centro comercial, posando la mirada sobre una tienda de mascotas. Aguardó unos instantes en los que se debatió si debía entretenerse con su celular o no. La respuesta llegó en corto; no obstante, escrutó los alrededores una vez más y divisó a Sukuna a la distancia, caminando en dirección hacia él.
Las pupilas se le dilataron al analizar su vestimenta. Botas tácticas militares, resistentes, ligeras; pantalones con correas, dos en la pierna izquierda bajo la rodilla y dos en la derecha, sobre el muslo; el torso era cubierto por una prenda gótica larga, sin mangas, que le permitía lucir los tatuajes de los brazos en su totalidad; por delante se ceñía a la perfección a su pecho y abdomen, permitiendo detallar su esbelta figura.
Conocía a detalle esa ropa porque había sido él quien se la obsequió en su cumpleaños junto a varios accesorios. Semanas antes de aquella celebración arrastró a Yūji a una tienda gótica para usarlo de molde.
Agradeció a todas las deidades que conocía, que no se hubiera equivocado al pensar que Sukuna luciría espléndido como vampiro moderno.
—Esa es una buena mirada —dijo Sukuna, haciendo referencia a lo brillantes que lucían los ojos de su amado en comparación con la neutralidad de su rostro.
Fushiguro carraspeó como punto de reinicio.
—Deberíamos…
—Megumi. —Reposó una mano sobre el hombro contrario y se le acercó al oído—. Voy a besarte.
El nombrado no tenía ni la menor idea de cómo era posible que alguien dijera eso de forma tan seria.
—Estamos en público. —Desvió la mirada.
—Y yo sólo estoy siendo un completo caballero al avisar. No quiero tomarte por sorpresa cuando tengamos un momento a solas.
Fushiguro no sabía por qué, pero la sonrisa seductora de Sukuna, que solía interpretar como un mal augurio, hacía que sintiera escalofríos. No sabía si en el buen o mal sentido.
«Atractivo.» Ya era capaz de definirlo así. «E increíblemente molesto.»
—No tenemos ninguna foto juntos, ¿cierto? —preguntó Sukuna.
—Uh, no. —Ese tipo de cosas carecían de importancia en su día a día. Nunca se consideró fotogénico. Sólo las toleraba porque desde pequeño tuvo a Gojō de paparazzi personal.
—Entonces no creo que sea coincidencia que haya cabinas fotográficas más adelante.
La única novedad de esas máquinas, aparte de entregarte tus fotos en físico, era que te daban un tiempo limitado para que las editaras y comentaras.
Fushiguro lo siguió en el dilema de hacer su buena acción del mes al complacerlo un poco o negarse porque le resultaba engorroso y porque ya tenía esa experiencia con Yūji y Nobara. Bueno, otra sesión no iba a matarlo.
Entró primero, insertando el efectivo para su funcionamiento. Con eso podía justificar por qué se quedaría con las evidencias.
No debía sorprenderle que Sukuna tomara inmediatamente sus labios apenas se sentó a su lado, pero lo hizo, en especial por la pasión y la fiereza que predominó desde el inicio.
El primer flash de la cámara lo sacó de balance.
—¡Sukuna! —Lo reprendió.
—Te lo advertí.
No obstante, Sukuna dejó de empujarse contra el cuerpo del otro al ver cómo apartaba el rostro.
—¿No quieres?
Si Yūji ponía ojos de cachorro, Sukuna era una especie de doberman adulto muy mimado.
Sí quería besarlo, mas no como desesperado.
Empujó a su pareja por los hombros, quien se mantuvo a la expectativa, y se acomodó sobre sus piernas.
—Pero compórtate. No actúes como si no nos hubiéramos visto en años.
De nueva cuenta, Sukuna se acercó a los bonitos labios sin los que no podía vivir. Pasó la lengua por encima y la introdujo como la vez en que estuvo en el cuarto de Fushiguro.
Procedió con calma, sin amortiguar el deseo. Le arrebató a su pareja un quejido y un lento suspiro. Al sentir cómo le rodeaba el cuello con los brazos, concluyó que a su preciado Megumi le derretían los besos lentos.
Se mantuvieron así hasta que la cabina les dio las gracias por su compra.
El hilo de saliva suspendido de boca a boca al separarse hizo que las mejillas de Fushiguro se tiñeran de un tenue carmín. Se cubrió la parte inferior del rostro y terminó enrojecido hasta las orejas cuando sus ojos se toparon con el resultado de la sesión fotográfica semierótica.
Sukuna miró divertido cómo metía las imágenes a la bolsa y cerraba en el acto, dejando escapar un suspiro de alivio.
Fushiguro acuchilló con la mirada a su diabólico novio al escuchar una risa burlona a sus espaldas y se giró para descubrir lo complacido que éste se encontraba.
—Vamos.
Se levantó y salió de ahí como si nada. Sukuna se arrepintió de no haberle puesto una nalgada en el acto.
Al contrario de Yūji, Sukuna no era gran fanático de la televisión y el cine, pero si debía escoger algo de entretenimiento, las películas de terror siempre eran una buena opción. No sabía que también eran las favoritas de Fushiguro.
Compró un par de boletos para una sala VIP. A Fushiguro le parecía un desperdicio de dinero pagar de más por la misma película en diferentes asientos. Era verdad que la comodidad era superior, pero en ese tipo de situaciones sintió que no lo valía. Cuando quiso pagar su parte, Sukuna no se lo aceptó. En su lugar, le dijo que podía cargar con los bocadillos como forma de pago.
Al instante en que las luces de la sala se apagaron, en la sala, Fushiguro sintió una mano rodear sus hombros; fue inclinado para estar más cerca.
—¿Qué haces? —murmuró a modo de reclamo—. Estamos en…
—Un lugar donde nadie nos puede ver —interrumpió, metiéndole una palomita de maíz en la boca—. No pagué una sala así por gusto, ¿sabes? ¡Oh! —Su expresión cambió de golpe por una de sorpresa, a leguas se notaba que era fingida—. ¿En verdad no lo viste venir? —A juzgar por lo de la cabina fotográfica, era una posibilidad.
—No pensé que fueras a hacerlo. —Frunció el entrecejo.
Gojō solía comprar boletos VIP por comodidad; al medir casi dos metros, necesitaba bastante espacio. Fushiguro solía mantener su distancia por costumbre y aunque en diversas ocasiones observó a parejas bien juntitas disfrutando una película, nunca creyó que llegaría a ser su caso.
—Tanto detestas estar cerca mío —agregó Sukuna—. Romperás mi corazón.
Fushiguro chasqueó la lengua. Por el tono de voz ajeno, sabía que quería molestar. Sin embargo, Sukuna estaba siendo muy directo y podría ser que sí quisiera molestarlo, del mismo modo en que gozaba tenerlo cerca. Era completamente normal que alguien enamorado deseara tener contacto con la persona que lo traía en las nubes.
Según Internet, nadie escogería una película de terror para besuquearse o, cuando menos, no era lo ideal. Esa era la mayor preocupación de Fushiguro, puesto que los empleados transitaban la sala en momentos establecidos y lo que menos esperaba era que los echaran del lugar o les vetaran la entrada.
Suspiró. Se arriesgaría. A fin de cuentas, y recordando lo que llevaba en la bolsa, ese día había decidido tomar riesgos.
Se acomodó más cerca, con el lateral de su cuerpo estableciendo el mayor contacto posible.
—Así me gusta.
Le escuchó decir, antes de recibir un beso en la mejilla.
No riñó a Sukuna porque a sus memorias llegó el momento en que éste le comentó que aprovecharía cualquier oportunidad para tomar sus labios. Evitar esa acción en un momento «ideal» sólo podía significar que Sukuna era consciente de que ese lugar no les brindaba la privacidad necesaria, ¿no es cierto?
Pudo relajarse con eso en mente y porque su novio delincuente no pasaba de acariciar su hombro, su brazo o juguetear con sus cabellos. Sobraba decir que no prestó atención a la película en absoluto. Sukuna a veces se reía con algunas escenas gore; ante sus ojos se desarrollaba una comedia.
En citas pasadas, el recorrido ideal era perder un buen rato en la librería, pasar a un restaurante e invertir horas platicando. Un desvío hacia la tienda de mascotas, donde Fushiguro hablaría sobre sus perros; una visita al parque, donde buscaría sonsacar a Sukuna algo de su infancia, otra pelea con Yūji, seguro. En definitiva: una cita aburrida para el resto del mundo, quizá también para Sukuna, quien le seguía el juego a saber por qué razón.
No obstante, ese día llevaría a cabo su propia prueba de valor o alguna estupidez así. No tenía mucha seguridad en su plan, pero tampoco era muy difícil de seguir. Debía soportar todo hasta el final para demostrarse a sí mismo que había dejado el pasado atrás y, sobre todo, para echarle a Gojō en cara que podía hacer de todo como cualquier persona.
¿En verdad quería eso? No.
¿Era necesario? Sí. No. Tal vez.
¿Usaría a Sukuna para obtener lo que quería? Un poco. Sí, pero no es como si él no fuera a disfrutarlo. Es más, si confiaba en la experiencia que de seguro tenía, lo pasaría bien. No perdía nada en el proceso.
Revisó con discreción la hora sobre la pantalla del celular. La película debería estar por terminar, así que comenzó a pasear su tacto sobre una de las piernas ajenas. Para su desgracia e inexperiencia —nerviosismo e incomodidad—, lo hizo de manera poco erótica. Si su novio lo notó o no, evitó hacérselo saber. Parecía entretenerse más con la pantalla.
Al aparecer los créditos se aventuró a besar la línea de la mandíbula.
Un ronroneo de complacencia escapó de la garganta de Sukuna.
—¿No te quejabas hace unos momentos de esto?
—Intento crear un momento aquí, así que cierra la boca.
Cuando Fushiguro alcanzaba sus límites de paciencia no dudaba en dar respuestas soeces. ¿Por qué Sukuna lo sacaba de quicio en cuestión de segundos? Eso era un misterio aún.
No solía iniciar besos, pero tenía presente el momento en que el otro le había soltado la manera de hacerle callar.
Al juntar sus labios con los ajenos y moverse un poco, le sorprendió no obtener respuesta alguna. Se vio obligado a separarse unos milímetros para buscar respuesta en los ojos avellana, que solían colorearse de un encanto peculiar cuando lo miraban a él. Y sólo a él.
—¿Qué? ¿No dijiste que cerrara la boca?
—¿Y desde cuándo eres tan obediente?
Sukuna sonrió.
«Increíble.» Esa era la forma en que describiría a Fushiguro, además de fascinante y cautivador. Cada día que pasaba hacía algo que despertaba aún más su interés.
Su respuesta se tradujo en tomar la boca opuesta. Lento, determinado, sin prisa. No olvidaba las preferencias de su chico y era importante tenerlas en cuenta para que continuara abriéndose como hasta ahora. ¿Qué tanto tendría para mostrarle? No lo sabía y la incertidumbre era capaz de seducirlo a niveles inhumanos.
Se molestó cuando las luces se encendieron. Lo tomó como indirecta para salir de ahí. Al mismo tiempo sintió alivio, besuquearse en una sala oscura daba paso a muchas indecencias y Sukuna debía seguir aparentando no ser el adolescente caliente que claramente era.
—¿A dónde quieres ir ahora?
Fushiguro le puso un condón en la mano.
—¿Un hotel te parece bien?
Los párpados de Sukuna se abrieron más de lo usual, dándole un aspecto de que no creía lo que acababa de escuchar.
—¿Cómo?
—¿No quieres?
Sin dejar de enfocar sus ojos verdes, con un poder seductor que desconocía que tenía, sobre los contrarios, Fushiguro colocó los dedos índice y medio sobre el esternón de su novio y los bajó con lentitud hasta la línea media abdominal. Sukuna lo detuvo por la muñeca antes de que continuara el descenso que parecía no querer finalizar.
—¿Cuántos trajiste?
Fushiguro miró su bolsa por el rabillo del ojo.
—No lo sé. Agarré dos paquetes y…
—¡Perfecto! —interrumpió, levantándose del asiento—. ¿Lubricante?
—Los condones ya tienen.
Por ocasión única y especial, Sukuna mantuvo al margen sus ganas de echar una carcajada. Al juzgar por la seriedad de la respuesta, supuso que Fushiguro se había lanzado en completa ignorancia; eso o andaba igual de cachondo que él y no pensó con claridad. Cualquiera que fuese el caso, lo trataría bonito. Que fuese el primer hombre con el que tendría sexo no significaba que no tuviera experiencia dándole a alguien por el culo.
Fushiguro no creyó que Sukuna experimentara algún tipo de desesperación. Pasaron a comprar lubricante y agua con relativa calma; no obstante, todo dio un inesperado giro en el elevador del hotel, cuando las manos de su pareja le tomaron con firmeza de la cintura, por debajo de la playera. El pene firme, endurecido y aún bajo los pantalones de su pareja comenzó a ser restregado contra su trasero. Como si eso no fuera suficiente, suaves mordidas fueron depositadas sobre la piel de su cuello, generando escalofríos que Sukuna interpretó como excitación.
No podía ver el rostro de Fushiguro, tan sólo notó el temblor y cómo se cubrió la boca con una mano.
«¿Tan rápido ahogando gemidos?» No lo dijo porque tenía la boca ocupada y dudando sobre si dejar marcas sería buena idea o mejor esperaba hasta llegar a la habitación.
En todo caso, lo tomó como un reto en el que debía descubrir cómo hacer que Fushiguro llorara de placer. El susodicho logró controlar su pánico interior —y exterior— poco antes de llegar a la puerta. Centró su atención en las cosas que Sukuna arrojó a la cama y en el torso descubierto de éste, quien no dudó en sacarse prendas superiores al instante de pisar el cuarto.
Nunca antes sintió tanto alivio de ver una piel tatuada tan cerca suyo.
Sukuna decidió dar un empujoncito a su novio al hacer que le colocara las manos sobre el abdomen y las pasara por todo su cuerpo.
—Ponerme un solo dedo encima es un privilegio que sólo tú tienes. Aprovecha.
Fushiguro se sintió gustoso al dejar que su lengua se encontrara con otra que bien conocía. Lo que quizá debió ver venir fue que, a diferencia de ocasiones anteriores, los besos del momento eran voraces, Las manos de Sukuna le recorrían la espalda con un deseo cercano a la lujuria y ni mencionar de la entrepierna que se friccionaba contra la suya propia, la cual, estaba lejos de tener una erección.
«Sólo tengo que aguantar, sólo tengo que aguantar, sólo tengo que aguantar...» Se repetía una y otra vez.
El extraño mariposeo que lo asaltó semanas atrás, juntos en su habitación, se había esfumado sin dejar rastro, como si nunca lo hubiera experimentado, dejando el amargo recuerdo de la imaginación; en su lugar, eran desagradables punzadas de pánico que parecían esforzarse en hacerle vomitar.
El asunto empeoró cuando fue arrojado sobre la cama, con Sukuna buscando acomodarse entre sus piernas, antes de levantarle la playera por encima de los pezones.
—Vaya, vaya. Mira nada más qué tenemos aquí —dijo, relamiéndose los labios al terminar.
Ya le había echado el ojo —en el club de básquetbol— a Fushiguro, pero no fue hasta ese momento que pudo examinar a detalle esas abdominales y los pectorales. La ropa holgada ocultaba bastante bien ese sexy cuerpo; no lo superaba a él o a su gemelo en musculatura, pero no dudaba que algo más de proteína y ejercicio con peso los dejaría a la par.
Algo debió notar Sukuna, porque se inclinó para susurrarle al oído.
—¿Por qué esa cara? ¿Nervioso?
Le terminó de retirar la playera y prosiguió a succionar pequeñas zonas de la piel del cuello.
—Puede que duela un poco, pero confía en mí. Haré que se sienta bien.
Nunca percibió la profunda voz de Sukuna tan peligrosa como en ese instante. El tacto que antes era cálido y afable, ahora escocía cual filo de bisturí empeñado en abrirlo como animal para obtener un beneficio unilateral.
Se sentía acorralado, sofocado. Por reflejo, empujó a Sukuna por los hombros; quería espacio, necesitaba respirar. Ver la puerta a la distancia no hizo más que incrementar la angustia.
—Espera…
Ahogado por completo en el hedonismo y ensordecido por sus más bajas pasiones, Sukuna ignoró aquel suspiro quebrado. En su lugar, tomó las muñecas de Fushiguro y las aprisionó sobre su cabeza, contra la cama, utilizando una sola de sus manos.
—Vamos, niño. Coopera un poco. Estás viendo cómo me la pones de dura…
De todas las malditas palabras existentes. ¿Por qué Sukuna tuvo que elegir esas? No fueron exactas, pero sí muy similares a las que deseaba olvidar con desesperación; palabras que con perfidia le desgarraban el alma sin clemencia alguna.
—Suéltame —dejó de ser un susurró, aunque aún carecía de voz.
—Me pone que te hagas el difícil.
Fushiguro terminó por resquebrajarse al escuchar eso. No tenía manera de zafarse y ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Forcejeó, sintiéndose impotente en su totalidad. No obstante, centró su atención en la rodilla, en su pierna. En retrospectiva, no era un niño y todavía gozaba de movimiento en las extremidades inferiores.
«No de nuevo...»
—¡Dije que me sueltes! —bramó tan alto como para hacer eco en la habitación.
Sukuna paró durante un par de segundos. Eso había sonado extraño.
Ese tiempo fue suficiente para que Fushiguro empujara hacia un lado la cadera, liberara una mano y soltara un certero puñetazo por encima del rostro. No fue dirigido, pero impactó sobre una de las sienes de Sukuna, causándole una leve conmoción que lo mantuvo anquilosado unos instantes.
Empujó a su pareja y aprovechó el momentum para salir de la cama. Cayó al suelo y se levantó de inmediato con una flexión para proceder a encerrarse en el baño. Por alguna estúpida razón, la vergüenza le invadió antes de alcanzar la puerta de salida y le gritó que salir corriendo a la calle, desnudo del torso, era una pésima idea.
Al sentirse seguro, la adrenalina esparcida por sus venas se esfumó en un parpadeo. Comenzó a hiperventilar y a sudar frío. Se tocó el vientre con una mano, doblándose hacia el frente.
Escuchó el picaporte ser forzado del otro lado. Un temblor súbito hizo que le flaquearan las piernas, por lo que usó el lavabo como apoyo para no caer. Apenas y pudo ver su rostro pálido en el espejo cuando las arcadas alcanzaron su garganta y volvió lo poco que había comido en el cine.
Un par de lágrimas se derramaron por sus mejillas. La presión del estómago y la acidez abrasando el esófago le produjeron esa reacción, por lo que el llanto cesó cuando las náuseas cedieron.
Finalizó con tos seca, irritante. Como si su cuerpo buscara expulsar los remanentes de la pesadilla.
Miró la puerta por el rabillo del ojo. Luego de intentar ser forzada la primera vez, nada más ocurrió. Quizá por eso su cuerpo se «calmó» tan rápido. Su mente iba a mil por hora y sabía que sería su perdición salir en ese instante.
Se hallaba temeroso, confundido, patético. Incluso le temblaban los dedos de las manos.
¿Por qué tenía tanto miedo salir? Más bien, ¿desde cuándo le tenía terror a Sukuna?
Tal vez no era a él en específico, sino a la forma de encararlo.
¿Cómo podría explicarle que lo estaba usando como experimento para tener pruebas de que la tortura psicológica de Gojō ya no tenía efecto? ¿No arruinaría eso su relación? Si quedaba alguna para mantener, claro, porque conociendo a Sukuna, no se quedaría de brazos cruzados. Pese a ser raro e impredecible, nunca lo había golpeado; en lo que llevaban de novios, al menos, antes de eso sí que tuvieron un problemilla que le dejó un ojo morado. Gracias a eso sabía que tenía por pareja a un gran peleador y si en pleno uso de sus facultades no pudo ganarle, no tendría oportunidad a mitad de un shock. Podría intentarlo, pero ¿no era eso ya demasiado violento para una relación?
Abrió la llave del agua. Puso las manos debajo del chorro en un intento por despejarse y obtener algo de paz. Aprovechó para hacer que el vómito se fuera y se enjuagó la boca. No lograría evitar a Sukuna eternamente y tampoco podía salir hecho un desastre. Entre más pronto aclararan lo ocurrido, sería mejor para él. Para ambos.
Sus opciones eran, a lo mucho, tres: la primera, en la que recibía el golpe de regreso, porque tenía un novio regido por la Ley del Talión; la segunda, en la que le explicaba lo sucedido y terminaban con lo suyo por su propia estupidez; la tercera, y la menos probable de todas, en la que era obligado a terminar lo que empezó.
Se miró una vez más en el espejo. Había recuperado algo de color en su proceso de reflexión. Antes de dirigir su mano a la perilla, inhaló tanto aire como sus pulmones le permitieron y lo exhaló con lentitud. Sin embargo, previo a hacer su movimiento, escuchó como la puerta contigua, la de salida, se abría y se cerraba junto al sonido de pisadas que cruzaban a paso decidido.
«¿Qué?» Asomó la cabeza, mirando en ambas direcciones. Los zapatos de Sukuna no estaban en la entrada, por lo que regresó al interior de la habitación, encontrando sólo su ropa por el suelo.
¿Acaso esa era la forma en que Sukuna le hacía saber que estaba por su cuenta?
«Deberías aprovecharte de eso (que no sabe nada). Porque él sí planea hacerlo»
Aunque ni siquiera indagó en sus recuerdos, las jodidas palabras de Gojō resonaron en su interior.
¿Significaba que todo ese tiempo… su tutor tuvo razón? ¿Nunca fue con el objetivo de hacerle sentir mal? ¿En verdad podía pensar como Sukuna y le estaba advirtiendo por su propio bien?
Era cierto que Gojō era bastante mayor que él y entre más confianza agarraba, menos filtro ponía a lo que salía de su boca, pero ¡¿cómo demonios esas palabras tan crudas tenían razón de ser?!
Mordió su labio inferior en un intento por mantener los pies en la realidad, supo que estaba yendo demasiado lejos cuando un sabor metálico alcanzó su lengua. Lejos de entristecerse por todo ese asunto, estaba molesto.
Molesto con Gojō al ser tan claridoso. Molesto consigo mismo por haberse enamorado. Molesto por idear un plan tan estúpido. Molesto por no aprender de sus errores, porque al volver a casa, derrotado, Gojō sería el único en saltar con su «te lo dije» y, una vez más, le molestaría sentirse inferior a un viejo inmaduro que andaba tras un adolescente.
Presentía que sería molesto explicarle eso a Yūji, porque si no lo escuchaba de su boca, lo haría de la de su hermano.
Otro inconveniente. Uno penoso.
Volvió a ponerse la ropa. Se sentía ridículo por haberse esforzado en lucir bien para… Bueno, ya no importaba. Por eso sólo usaba prendas con las que se sintiera cómodo. Sólo él importaba y si no se procuraba a sí mismo, nadie más lo haría. Ya lo tenía muy claro.
Recogió su bolsa. Sacó los dos paquetes de condones que hacían bulto y los arrojó al cesto de basura.
«Estúpidas cosas problemáticas.»
Tomó el celular. No eran ni las tres de la tarde. Si se apuraba, llegaría a tiempo para la comida y no tendría que recalentar nada en el microondas. Muy a su pesar, Gojō cocinaba bien. Era de sus pocas cualidades positivas. Tal vez le volvería a pedir que lo entrenara. Desde que defendió a Nobara tuvo la tentación de pedírselo. No lo hizo por mero orgullo. Otra equivocación más. Estaba harto de cometer errores, pero nada de eso habría pasado si hubiese dejado de involucrarse con tanta gente. Por algo las personas eran su principal fuente de estrés.
De alguna manera posó los ojos en la bolsa de la farmacia sobre la cama. En su interior seguía el lubricante —terminó en la basura también— y la botella de agua. La destapó para beber y engañar el hambre.
No se había alejado tanto de casa, pero presentía que el camino de regreso le resultaría particularmente largo.
Este... la próxima semana no hay... uh... Addicted...
¡Perdón otra vez! (╥﹏╥) Ustedes no saben, pero mi beta es bastante enfermiza y como últimamente está muy presionada en su universidad y por asuntos familiares, siento que tanto estrés le bajó las defensas y está muy mal la niña. Hasta me preocupé porque no me contestó mensajes en medio día y ya la hacía yo en el hospital. PERO resulta que sólo colapsó y sigue viva, pero en reposo. No quiero meterle presión extra con este fanfic.
Lamento este inconveniente, pero gracias por todo el apoyo y la paciencia hasta ahora. (╥﹏╥) Ustedes, criaturas, son unos soles. (◍•ᴗ•◍)
