CAPÍTULO XXXV

Hace once años

A Megumi le tomó minutos enteros regresar a la realidad. Tenía los ojos resecos y enrojecidos por la falta de parpadeo. Sentía la garganta rasposa, lastimada y un horrendo sabor metálico al fondo.

«¿Por qué?» dijo para sus adentros, llevando las puntas de sus trémulos dedos a los labios partidos y las pequeñas costras que habían comenzado a formarse.

«Ah, cierto.» Recordó que horas atrás un hombre robusto lo había obligado a engullir su miembro erecto.

Vomitó poco después de eso, razón por la cual se llevó el peor golpe que hubiese recibido en la vida. Palpó la zona cercana al párpado izquierdo. Ni siquiera hizo presión cuando su piel se quejó y en las yemas le quedaron remanentes de sangre seca.

Tal era su estado de shock, que no era capaz de llorar, emitir sonido alguno o escuchar que alguien llamaba a la puerta. En su lugar, comenzó a recibir impulsos tétricos y desgarradores del resto de su cuerpo. Su cabeza palpitaba y le impedía pensar con claridad. Bajó la vista de su único ojo bueno para notar que, pese a estar sentado sobre sus piernas, no las sentía realmente.

Entre sus muslos se deslizaban hilos de un fluido carmesí que manchaba el sofá sobre el que se hallaba. Reposó las manos sobre las rodillas y su campo de visión se tornó borroso. Pequeñas cascadas silentes se deslizaron por sus mejillas. Eran lo único cálido que percibían sus sentidos.

«Están saliendo.» No hubo ni un sólo quejido o gimoteo. Tampoco se sorbió los mocos o se limpió con el antebrazo como reflejo. Sólo dejó que todo fluyera.

En completo silencio.

La puerta se abrió con lentitud. Al percibir el movimiento, tuvo la necesidad de escapar; sin embargo, ante la incapacidad de movimiento lo único que logró fue apretar los brazos contra sí mismo.

«Otra vez...» pensó, a sabiendas de lo que pasaría cuando volvieran.

Perdió el control sobre sus esfínteres y orinó, formando un charco que se mezclaba con los fluidos que ensuciaban el lugar.


—Sí, ya estoy llegando —habló Nanami a su auto, el cual, mantenía la llamada telefónica gracias a la bendita tecnología.

Del otro lado estaba Gojō.

—Vale. Dejé una copia de la llave bajo el tapete de la entrada. No sabía dónde más colocarla.

—Entendido.

—Voy a deshacerme de este número en cuanto cuelgue.

—Si no recibo un mensaje tuyo al tercer día, te doy por muerto.

—Tan lindo como siempre, Nanami. ¡Oh! Ya llegué.

Colgó.

Gojō tuvo que salir de emergencia hasta Hokkaido para asesinar a un hombre llamado Shiu Kong. Un informante escurridizo que, se rumoraba, hacía una dupla emergente con Fushiguro Tōji.

Abandonó la ciudad sin decir una sola palabra —la costumbre—, y fue un día más tarde que recordó que era un codiciado papá soltero, por lo que contactó a Nanami para que se hiciera cargo de su bendición. Calculaba tardar de tres días a una semana en volver.

Nanami le dijo hasta de qué se iba a morir por su nivel de irresponsabilidad. El otro idiota sólo rio mientras le daba una disculpa barata y le prometía traer algún recuerdo bonito y caro a regreso.

Nanami bajó del auto y llamó a la puerta.

—¿Fushiguro? —preguntó, con la vaga esperanza de que el chico estuviese parado del otro lado, cauto—. Soy Nanami. Nanami Kento. El rubio de lentes.

Cuando tenía asuntos que discutir con Gojō, y conociendo sus horribles horarios de sueño, solía llegar a altas horas de la noche o de madrugada, por lo que rara vez veía al chiquillo y jamás los habían presentado de manera formal

—Gojō me dio una llave. —Se agachó para levantar el tapete de hule y recogerla—. Voy a entrar.

La incorporó al llavero para darle tiempo al otro de que abriera por su cuenta, cosa que nunca pasó.

Luego de entrar y cerrar a sus espaldas, avanzó por el genkan hasta llegar al escalón donde se retiraría los zapatos; no obstante, se saltó ese paso al apreciar a la distancia al pequeño desnudo y maltrecho, a juego con la mesilla de vidrio frente al sofá, hecha añicos.

—Fushiguro. —Se acercó al nombrado y frenó a una distancia prudente al ver cómo se encogía y palidecía con cada paso que daba.

«Santo cielo» dijo para sí mismo al notar con mayor detalle lo obvio.

En aquel entonces cargaba armas consigo, por lo que llevó su diestra bajo el saco para sostener la empuñadura de la pistola semiautomática. No la sacó para no espantar al niño. Sólo se previno para actuar en la peor de las situaciones.

Escrutó la sala con detenimiento, notando un casquillo de bala impactada no muy lejos de la mesa. Seguro había sido un disparo de amenaza y la cristalería pagó el precio.

—¿Hay alguien más aquí?

Megumi apenas logró negar con la cabeza.

—Bien. —Soltó el arma—. Iré por algo para cubrirte. No tardo.

Fue escaleras arriba y se metió a la recámara de Gojō. Pasó al baño y tomó una toalla. Marcó el número de Shōko, la única médico que conocía, y le dio un resumen de la situación. Ella le indicó cómo tratar el cuerpo de Megumi y que por ninguna razón lo limpiara hasta tomar las muestras necesarias. Eso sí, no podían quedarse en la casa, así que debía ingeniar alguna manera para salir rápido.

Nanami no podía lucir alterado o preocupado frente al chico. Lo sabía bien. Se le estrujaba el corazón cada que lo veía. Él era muy débil con los niños. Le gustaban. En el buen y sano sentido de la palabra. Siempre quiso tener una familia y vivir el proceso de crianza que nunca se le otorgó al recibir entrenamiento desde temprana edad para ser, en esencia, un mayordomo. Uno que serviría a la yakuza.

—No sé dónde están todas las cosas en esta casa, pero usemos esto para taparte por ahora, ¿de acuerdo?

Según le dijo Shōko, debía ir con cuidado, no ser brusco y pedir la aprobación para todo lo que fuera a hacer. También le dijo que hiciera preguntas de rutina, pero Nanami estaba acostumbrado a interrogar criminales, drogadictos y gente del bajo mundo en general, así que le dejaría los detalles a Shōko.

Megumi asintió. Entonces le fue colocada una toalla sobre la espalda y se envolvió por necesidad.

—¿Sabes quién soy?

Otra vez, Megumi asintió.

Lo tenía archivado en su memoria como esa figura lejana, madura y responsable —cosa que su tutor no era—, que regañaba a Gojō todo el tiempo. Cruzaron palabras justas y necesarias, como saludos y despedidas, nada más allá de eso, aunque le causaba curiosidad.

Nanami empujó los vidrios rotos con el zapato para hacerse un espacio en el suelo, donde se puso de rodillas. Eso permitiría que fuese Megumi quien lo viera desde arriba.

—Escucha, Gojō tuvo que salir en un viaje de negocios y tardará en volver. Me encargó echarte un ojo mientras tanto, pero el desgraciado me avisó hace un par de horas y recién dejé la oficina. —Acompañó sus palabras de un movimiento suave, hasta posar una mano sobre el hombro opuesto—. Lamento que… que hayas estado solo. Gojō y yo tenemos una buena amiga —cambió el tema—. Es médico. Debo llevarte con ella para que te atienda.

Megumi se limitó a presionar la toalla entre sus manos.

—Tengo el auto estacionado justo afuera y podrías cortarte con los vidrios si bajas, así que tendré que cargarte.

Por alguna razón que Megumi desconocía, otro par de riachuelos descendieron de sus ojos.

—No… ¿No quieres? —Casi maldice a Buda cuando vio al niño negar.

—¿Volveremos? —musitó Megumi, con un tono ronco y destrozado, la mirada muerta, casi perdida, sin ningún gesto adicional que la acompañara.

Nanami quería abrazarlo y decirle que podía confiar en él, aunque no sabía si eso le haría reaccionar de manera negativa. Lo que menos deseaba era perder el avance que llevaban hasta ahora.

—Sólo cuando Gojō regrese —respondió.

De nueva cuenta, Megumi asintió.

Aquella pregunta sería lo único que Nanami le escucharía decir por el resto del día y de los tres siguientes.

—Dime si te lastimo en algún momento.

Acto seguido, lo tomó en brazos y lo llevó hasta el asiento trasero del auto. Le dijo que podía acostarse y fue un alivio que quisiera. De ese modo salía del rango de visión de los policías que patrullaban las calles. De lo contrario, ¿cómo explicaría llevar a un niño golpeado y violado en la parte trasera del auto?

Al cabo de unos minutos llegaron a la casa de Nanami. Shōko ya los esperaba en la entrada. Megumi notó que del cuello de ella colgaba un gafete, por desgracia, no pudo leer muchos de los kanjis que había en este. Lucía cansada, ojerosa y pálida. ¿No se suponía que un médico debía ser un claro ejemplo de salud?

—¿Dónde puedo revisarlo? —preguntó Shōko casi con monotonía.

Nanami no se detuvo para nada hasta llegar a su propia recámara.

—Aquí.

—Bien. Me encargaré del resto. Tú… —señaló la puerta con la mirada—, puedes intentar localizar a Satoru.

Nanami así lo hizo. Dejó al chico sobre la cama y salió de la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas.

Shōko nunca fue buena lidiando con niños.

—Satoru me ha hablado mucho de ti —soltó una mentira parcial mientras colocaba un maletín en un buró cercano—, dice que eres muy maduro para tu edad.

Megumi no dijo nada.

—¿Cuántos años tienes?

Pasó un poco de tiempo para que respondiera. Shōko sacó un estuche metálico con telas cortadas en cuadros pequeños, sobre las que vertió un líquido transparente e inodoro contenido en un tobo con rosca.

—Siete —añadió con voz débil, casi monótona.

—Oh, significa que ya estás en la primaria. Bien por ti.

Tomó un par de guantes. Previo a colocarlos, mantuvo la mirada fija en el pequeño. No le dirigía la vista. El lateral del rostro que podía observar era morado, verduzco en algunas zonas, y estaba tan hinchado que le había cerrado un ojo a esas alturas.

—¿Conoces a Gojō? —habló Megumi, luego de un buen rato.

Ugh, a veces quisiera decir que no, pero sí. —No pudo preguntar la razón tras esa cuestión, el otro se le adelantó.

—¿Desde cuándo?

Megumi recordaba que, además de los tres sujetos que abusaron de él, entró una mujer alta, rubia, de senos exuberantes, que en algún momento fue pareja de su tutor. Ella lo ignoró por completo y fue escaleras arriba, buscando cosas de valor. O eso supuso, porque la vio salir con algunas alhajas entre manos; las que de seguro no cupieron en su bolso.

Apretó la toalla que lo envolvía por culpa del recuerdo.

—Lo conocí de vista muchos, muchos, muchos años atrás —comenzó Shōko—. De los cuales, llevo unos tres o cuatro lidiando con él. Y sé lo que puedes estar pensando. ¿Cómo una mujer tan refinada puede mezclarse con un sujeto como él? —habló mientras se ajustaba los guantes—. Pues, verás, puede que Satoru sea un tercio de malas intenciones; otro tercio pura avaricia; un octavo aserrín y lo que sobra puede considerarse cerebro, pero no es un mal sujeto. Al menos… —hizo una pausa, donde algunos recuerdos lúgubres y bañados en sangre hicieron acto de presencia—. Con los suyos es bastante protector. Así que no te preocupes, ten por seguro que no dejará que esto se quede así.

Megumi no sabía muy bien el porqué de ese discurso, aunque le ayudó a calmarse. La forma de hablar de esa mujer le recordaba un poco a Nanami. Supuso que si eran cercanos, no tendría razones para desconfiar.

—Por cierto, me llamo Shōko. Ieiri Shōko. —Le mostró el gafete—. Creo que por el apuro no nos presentaron.

—Fushiguro Megumi —respondió por cortesía.

—Lo sé.

«Yo diseccioné el cuerpo de tu padre, sabes.» Increíble dato curioso del que tuvo que morderse la lengua para no soltarlo de manera casual.

—Ahora —continuó—, necesito que dejes esa toalla de lado y te pongas en cuatro.

Megumi abrió más de la cuenta su ojo sano.

—Debo evaluar la gravedad de tus lesiones —explicó ella—. Por desgracia, este es el procedimiento.

Con mucho esfuerzo y algo de recelo, Megumi hizo lo que le pedía.

Shōko se alivió al no ver indicios de un prolapso rectal o de un maltrato en pene y testículos; sin embargo, el desgarre del ano era brutal. Podían verse varias fisuras que exponían trozos de carne roja y brillante, proporcionando un crudo contraste con el resto de la piel de esa zona. Supo de inmediato que el muchacho lo pasaría terrible al tener que defecar incluso con una dieta blanda.

—Voy a pasar unas telitas húmedas sobre tu ano y entre las piernas, ¿está bien?

Megumi creyó que era para limpiarlo, así que no puso ningún pretexto. A ser posible, deseaba tomar una ducha cuanto antes. Se sentía repulsivo y sucio.

Shōko tomó muestras con los cuadritos de antes —ahora humedecidos—, bajo el supuesto de que Gojō quisiera armar un alboroto legal y crear un expediente. Las tendría que analizar para confirmar los espermatozoides o hacer pruebas para detección de antígeno prostático en caso de que el violador estuviese vasectomizado.

—Listo. Ya puedes acomodarte.

Lo tapó con la toalla para que no se sintiera tan expuesto. Acto seguido, sacó un par de soluciones orales y cápsulas. No tenía sentido explicarle a un niño cómo funcionaba la profilaxis postexposición al VIH y por cómo estaban las cosas, no podía darse el lujo de esperar a que Megumi se recuperara para llevarlo a hacerse exámenes de laboratorio.

Vertió un jarabe en el vasito medidor y se lo pasó.

—Tómate esto. —Salió de la habitación, topándose con Nanami en el pasillo cual madre preocupada—. Necesito que me traigas un vaso con agua.

Nanami ni siquiera pudo preguntar cómo estaba el muchacho; le cerraron la puerta en la cara.

Shōko engañó parcialmente a Megumi al decirle que aquella medicina era para ayudar a desinflamar los golpes y que su cuerpo se tranquilizara. Lo llevó al baño y puso a llenar la tina con agua caliente.

Aprovechó para revisar que no tuviera heridas o contusiones en la cabeza mientras le lavaba el pelo y no perdió detalles de los nítidos hematomas alrededor de los tobillos, las muñecas y el cuello. En varios lugares se distinguían las marcas en forma de media luna que las uñas habían dejado al encajarse.

Lo que más le sorprendía de todo ese asunto, era que el niño estuviera como muerto en vida. No lucía desesperado ni apunto de llorar, era, tal cual, un muñeco de trapo. El único momento en el que le vio esforzarse por contener una expresión de ardor e incomodidad, fue cuando una mezcla de sangre y semen comenzó a deslizarse de entre sus glúteos.

No perdió la oportunidad de recolectar aquello en un frasco esteril de plástico, indicando que era importante sacar todo eso de su cuerpo para que no experimentara ninguna otra situación similar en lo que quedaba del día.

Cuando Shōko salió, Megumi agradeció para sus adentros que le dejara un momento a solas. Abrazó sus rodillas y se miró los dedos de los pies a través del agua. Pensaba en muchas cosas y, a la vez, en nada.

Quería contar a Gojō lo ocurrido y, al mismo tiempo, callar y olvidar; despertar al día siguiente y que todo hubiese sido un mal sueño.

En sí, los golpes eran lo de menos en esa situación. A veces su madrastra también le pegaba por poner mala cara. O eso decía ella, porque nunca lo vio sonreír y temía que su padre la dejara por culpa de no poder hacer feliz al mocoso.

Se sentó de lado para variar la posición. Era incómodo recargar todo su peso sobre su trasero como una persona normal. Primero, sentía caliente, seguido de cierta presión que poco a poco comenzaba a escocer.


—¡Listo! —suspiró Shōko en cuanto bajó a la sala y se dejó caer sobre el sofá—. Lo dejé tomando un baño.

—Buen trabajo. —Nanami le ofreció un cigarrillo y algo de fuego, previo a sentarse a su lado—. ¿Cómo…?

—Se recuperará —interrumpió, sabiendo de antemano lo que iba a preguntar—. En el escritorio te dejé algunos medicamentos que tomé del consultorio de mi padre, junto con una nota de los horarios en que debes dárselos.

—¿Encontraste algo?

Shōko negó con la cabeza antes de responder.

—Sólo tomé muestras —dio una calada al cigarro a modo de pausa, dirigiendo la mirada al techo—. Sinceramente, espero no encontrar nada… De momento sólo es profilaxis para VIH.

Al ver cómo Nanami apretó las manos y tensó la mandíbula, no le quedó más que agregar otras cuantas palabras.

—Ese niño va a quedar con una cicatriz de por vida. Lo que menos queremos es que se le pegue algo incurable. Te encargo que le hagas preguntas en la semana; si apareció algo que antes no estaba o si hay algún tipo de secreción…

—Te avisaré.

—Cuanto antes. ¿Pudiste contactar a Satoru? —cambió de tema.

Nanami negó.

—No tiene caso. Se deshizo del número. Sólo queda esperar a que se reporte. —Pasó ambas manos por el rostro, retirando los lentes en el proceso. Recargó la espalda por completo en el respaldo y echó la cabeza hacia atrás.

—Y, ¿averiguaste algo? —Supuso que Nanami no fue capaz de hacer que Megumi le soltara alguna palabra sobre lo ocurrido.

—Es muy reciente, Shōko. Deja al pobre chico descansar.

—Pero es importante saber de quién se trata. Si es un pedófilo más del montón que vigilaba a Megumi desde algún tiempo o…

Ante el evidente silencio, Nanami no tuvo más que dar pie a que la mujer dijera todo cuanto había en su lista de sospechas.

—¿O…?

—Alguien que tiene asuntos pendientes con Satoru.

Sí, eso era lo que Nanami más temía. Llevaban algún tiempo intentando borrar sus huellas tras su despedida de la yakuza.

Luego de mermar algunos grupos delictivos y asesinar a ciertos capos, se mudaron de la prefectura. Según los informantes, nadie debería ser capaz de saber de ellos, salvo los que se hallaban en los extremos del país.

—Su rostro lucía tan…

—Vacío —completó Nanami.

Shōko seguía sin comprender del todo cómo un niño podía mostrarse tan carente de emociones.

—No sabemos qué tipo de vida tuvo con Tōji —agregó él—. Según Gojō, cuando lo conoció ya era así. No lloró la pérdida de su familia y tampoco se veía preocupado por lo que sería de él en el futuro... Como si estuviera resignado a que eso ocurriera.

No hubo más conversación a partir de ese momento. Aunque quisieran hacer algo más por el chico, sabían que no debían meterse con las cosas de Gojō; sin mencionar que ninguno era bueno lidiando con menores de edad.

Para despejar la mente, Nanami fue a comprar algo de ropa para alguien de la complexión de Megumi y un paquete de toallas femeninas que Shōko le encargó. Más tarde ella le explicaría al niño cómo usarlas para no manchar la ropa interior y le terminaría de curar el rostro antes de partir.

Pese a todas las atenciones, Megumi no tuvo nada de apetito para la cena y le costó conciliar el sueño. Por desgracia, ese fue sólo el inicio de las noches caóticas que estaba a punto de tener.


Si no mal recuerdo, creo que yo cuando estaba de vacaciones les publicaba el domingo a las 12:00, pero me da flojera mover la fecha de actualización. (?) Eso sí, si no ven cap los viernes, seguramente salgan los sábado. Lo que pasa es que en épocas decembrinas ando de un lado para otro y a veces se me va el avión ;v;