CAPÍTULO XXXVI

Hace once años

Nanami se ocupó del niño en cuanto a cuidados y alimentación. También tuvo que acudir a la primaria a informar que se hallaba delicado de salud. Shōko se presentaba casi a diario en la puerta de su casa, pues Megumi no dejaba que nadie más le practicara alguna curación o se acercara más de la cuenta.

Nanami intentó hacerle plática en múltiples ocasiones para relajar el ambiente y hacer que entrara en confianza, pero el chico sólo respondía a lo que pudiese decir «sí» o «no» con la cabeza. Comenzó a preocuparle que adoptara un cuadro de depresión o algo similar. No sabía mucho respecto a temas psicológicos. Tal vez debía consultar a un especialista o comprar algunos libros que abordaran esos temas.

Asimismo, tenía que investigar lo que pasó en la casa de Gojō, pero relegó el trabajo a la yakuza. No quería dejar al muchacho sin compañía y, aunque éste no se le acercaba demasiado, tampoco parecía estar tranquilo con la idea de quedarse en soledad.

Todo cambió para bien un día que Nanami descubrió a Megumi mirando de reojo y con insistencia el gran librero de la sala.

A Nanami le gustaba leer, aunque en los últimos años sólo se había dedicado a acumular libros porque no tenía ni un minuto libre para invertir en sus pasatiempos.

—¿Quieres leer alguno? Tómalo —dijo, sin esperar una respuesta.

—Pero…

Nanami detuvo lo que hacía con la laptop. ¡Al fin volvía a escuchar su voz!

—¿Pero…?

Megumi miró hacia el estante superior. Necesitaría una escalera para agarrar el que le llamaba la atención.

—Oh, entiendo. —Nanami se acercó para bajarle alguno.

—El marrón —dio indicaciones—. El que está entre los dos azules.

Al fijarse en el título se topó con un ejemplar de Indigno de ser humano, de Osamu Dazai. No estaba seguro de que aquella fuese una lectura correcta y pertinente para alguien de siete años, pero si le interesaba, lo mejor era dárselo. De eso a que se transformara en un adolescente pegado al celular, que no leyera ni por equivocación, era mejor tenerlo atento a algo que nutriera su psique.

—Aquí tienes. —Se lo extendió.

Megumi agradeció con una corta reverencia, como había hecho hasta entonces ante todo lo que se le proporcionaba.

Así inició la afición de Megumi por los libros. No captó el mensaje de ese en particular, pero sí adquirió la motivación para seguir estudiando. De paso, empezó a mantenerse más cerca de Nanami para preguntarle por los kanjis que no entendía.

Cuando Gojō volvió, el pequeño barco que esos dos recién aprendían a dirigir, comenzó a navegar por aguas turbulentas, sin saber que aquel era el primer indicio de que se avecinaba un huracán.


—Me pusieron al tanto —declaró Gojō, apenas Nanami le abrió la puerta de su apartamento—. ¿Dónde está Megumi?

—En la habitación en la que sueles quedarte cuando…

No terminó de hablar. Gojō pasó por un lado, casi empujándolo. Botó los zapatos en la entrada. Nanami lo vio subir las escaleras de dos en dos. Era raro verlo tan… ¿Enojado? ¿Impaciente? Desconocía si estaba preocupado y, aunque quisiera intervenir, ellos dos vivían juntos. No debía entrometerse.


—¡Meguminola! —Ingresó a la habitación con un cambio radical de actitud.

El nombrado, acostado boca abajo, leyendo, dirigió una mirada indiferente a quien acaba de entrar. No se molestó en saludar. Regresó a la lectura y apretó los labios en una fina línea para contener la frustración.

Nanami le dijo que Gojō volvería en tres días a lo mucho, pero pasaron semana y media sin saber de él. Sin recibir una llamada. Como si ni siquiera le importara haberlo dejado solo. ¿Y si Nanami no se presentaba ese día? ¿Habría quedado a su suerte todo ese tiempo? ¿Qué sería de él a esas alturas?

—También me alegra verte —agregó Gojō, acercándose para despeinar al niño, quien le respondió con un manotazo.

—Estoy concentrado. No molestes.

Gojō había recapacitado en muchas cosas. No demasiadas. Las suficientes para no tomar a Megumi del cuello y decirle «Mira mocoso de mierda…»

Por extraño que pareciese, entendía que las víctimas no eran sólo de bandos enemigos, sino también del suyo propio.

—Debiste pasarlo un poco mal, eh —habló en voz baja, aun así audible.

Megumi tuvo un tic en el ojo. Apretó los puños y tensó los hombros, tanto, que sus brazos temblaron.

—¿Un poco, dices? —comentó entre dientes.

En un movimiento rápido tomó la almohada sobre la que se hallaba recargado y se la arrojó a Gojō a la cara, quien la interceptó sin mucho esfuerzo y la regresó a donde pertenecía.

—¡Nada de esto habría pasado si tú…! —Sus facciones eran pura rabia contenida, incluso las lágrimas que se acumulaban en la parte inferior de sus ojos se debían a la revoltura de emociones violentas e intensas que no encontraban la forma de explotar—. ¡Si tú…!

Gojō no dejó de mirarlo con cierto asombro. Le parecía curioso que algo tan chiquito actuara con tanta intensidad. Podría compararlo con un cachorrito huraño a quien la gente había pateado lo suficiente como para comenzar a gruñir a toda cuanta persona intentaba acercarse.

Dejó los anteojos sobre un mueble cercano. Lo primordial era establecer contacto visual con el animalito, luego…

En lo que dura un parpadeo, el chico aprovechó para ponerse en pie sobre la cama y saltar a los brazos de Gojō. Él no dudó en atraparlo, sorprendido por la sucesión de eventos.

—Eres de lo peor —dijo Megumi, escondiendo el rostro en el cuello ajeno y apretando sus ropas con toda la fuerza que fue capaz de reunir en las manos—. Viejo irresponsable.

—Y aun así soy mejor que tu padre.

Megumi hizo más presión porque, para bien o para mal, Gojō se hallaba de vuelta.

«Bienvenido a casa.»


Después del emotivo reencuentro, Megumi regresó a su seriedad habitual. Se sentó al borde de la cama y Gojō se hincó frente a él en el suelo.

—Ahora, necesito que me digas una cosa —su voz era profunda, seria, no daba lugar a cavilaciones—, ¿recuerdas cómo era la persona que te violó?

Ni Nanami o Shōko fueron capaces de sacarle algo, así que dependía de él hacer el trabajo sucio y sin nada de tacto.

Megumi desvió el rostro. Con una mano, Gojō le tomó de las mejillas, un poco brusco y lo obligó a mantener la mirada.

—Necesito detalles.

Por primera vez, Megumi sintió pavor de aquellos ojos tan claros como el cielo. Ese alto panorama en el que su mente se fundía con la calma ahora le producía casi tanto o más miedo que las pesadillas que lo habían asaltado en los últimos días.

De las facciones de Gojō se eliminó su usual jovialidad y despreocupación, en su lugar, fueron reemplazadas por un gesto monótono y calculador, cual bestia a punto de saltar a la yugular.

En instinto de preservación de Megumi lo obligó a mirarse las rodillas y Gojō se deslizó hacia abajo como una serpiente, con tanta calma que pareció antinatural, todo para entrar de nuevo en el rango de visión.

—¡Tu ex! —respondió, cerrando los ojos en el proceso.

Percibió como Gojō se alejaba. Se atrevió a levantar un párpado, descubriendo que ahora lo veía con la seriedad de antes, no como un extraño psicópata.

—¿Sí…? —Lo animó a proseguir. Había tenido aventuras con muchísima gente como para saber a quién se refería.

—E-Ella… —tartamudeó, poco antes de recomponerse. ¿Qué pasaba con él ese día?—, dijo que te estaba buscando, así que abrí la puerta y… bueno…

Esperó un regaño. Un reclamo. Un golpe. Algo que le dijera que había sido estúpido hacer eso, como solía hacer su madrastra. En vez de eso, Gojō lo incentivó.

—Sigue.

—Tsukumo Yuki.

«Ah, la rubia pechugona» pensó Gojō. No tenía por qué desconfiar del niño, poseía una excelente memoria.

—Entró junto con otras tres personas…

—¿Cómo eran? —preguntó al instante.

Megumi sintió cierta incomodidad con lo que estaba a punto de decir. ¿Lo tomaría por mentiroso? ¿Le creería? No estaba seguro.

—Uno era el chico con el que estás saliendo. El de pelo negro.

—¿Kokichi?

Megumi asintió. Escuchó a Gojō maldecir en voz baja.

—¿Qué hay de los otros dos?

Más calmado por no recibir represalias o malos comentarios, habló con más confianza, no por eso evitó sentirse mal.

—Uno estaba algo gordo; cabello gris y tatuajes. Tatuajes rojos en ambos brazos. Parecían lava escurriendo y escuché que le llamaron Jōgo. El otro era más alto, muy musculoso. Llevaba mascarilla y el pelo puntiagudo. Nunca oí que lo llamaran por algún nombre. No que recuerde.

El silencio invadió el ambiente. Gojō intentaba procesar la información de forma óptima para saber si en sus registros mentales había personas con tales descripciones. Le molestó no tener resultados inmediatos, pero siempre podía investigar a Yuki y Kokichi. Los haría hablar a punta de sus más ingeniosas torturas de ser necesario.

—¿Y quién de ellos te…?

—Los tres —interrumpió, sin muchas ganas de escuchar esa palabra de nuevo.

—¿Qué hay de Yuki? —Con ella eran cuatro.

—Sólo robó algunas cosas. —Se encogió de hombros—. De tu cuarto. La vi llevar algunas pulseras y collares en las manos.

Gojō se puso de pie. Parecían eventos inconexos, aunque debía haber alguna clase de relación entre ellos. Cruzó los brazos y caminó en círculos por la habitación, decidiendo cómo iba a actuar. Cuando maquiló un buen plan, se detuvo. Giró sobre sus talones, haciendo que las puntas de los pies apuntaran en dirección a su muchacho.

—Vas a quedarte otros cuantos días con Nanami hasta que…

—¿A dónde vas? —interrumpió.

—A hacer unas diligencias. —Fue por los lentes oscuros para colocarlos de nuevo en donde acostumbraban ir—. Cosas aburridas y burocráticas —mintió.

—Voy contigo. —¡Ni loco se volvía a quedar solo en casa!

—Ni hablar. Estorbarías.

—Pero…

—Además —le puso un dedo frente a los labios—, ¿no te dijo Shōko que pronto tendría que llevarte a hacer algunos exámenes médicos?

—Bueno, sí, pero…

—Entonces es todo. —Dio un aplauso al aire—. Tienes que recuperarte para poder ponerte al día en la escuela.

Megumi hizo un puchero de fastidio.

—Si necesitas algo pídeselo a Nanamín. Es un hombre de confianza. No le tengas miedo. —Se acercó en plan de cuchicheo, colocando una mano sobre el costado de la boca, como si estuviera por contarle un secreto—. Acá entre nos', le gustan mucho los niños. Si le haces ojitos es probable que te compre todo lo que pidas.

Luego de eso, Gojō contó a Nanami lo que planeaba hacer. O algo así. En realidad, sólo le pidió una casa equipada que dejara a la Inquisición en ridículo y un caballo, mientras él hacía algunas investigaciones. Por salud mental, Nanami no exigió ninguna clase de explicación adicional.


La casa de Gojō fue restaurada gracias al buen servicio de limpieza que ofertaba su familia yakuza y una vez terminadas las encomiendas, volvió con el niño.

Megumi se sintió ofendido de que el maldito sillón blanco de la sala siguiera allí. ¿Acaso Gojō intentaba molestarlo? Por si fuera poco, incluso si ya no estaba solo, había ciertas habitaciones que le revolvían el estómago sólo con dar un paso dentro.

La más obvia era la sala; la otra, su propia habitación. No sólo le costaba dormir y andaba cansado todo el día, sino que comenzó a experimentar un estrés descomunal, que escaló al punto de hacerle mojar la cama por las noches. La vergüenza de que Gojō lo descubriera y el temor de que se burlara de él, hicieron que sus horas de sueño disminuyeran drásticamente.

Los primeros días pudo ocultarlo. Él mismo cambiaba las sábanas, colocando una toalla debajo para que la orina no ensuciara las limpias. Se cambiaba el pijama y bajaba a la cocina en busca de una fruta o un yogurt. Si se topaba a Gojō en el proceso, ya tenía como justificante que le había dado hambre y necesitaba un bocadillo; si no lo veía por ahí, era momento para llevar las cobijas al cuarto de lavado, meterlas en la lavadora con unas cápsulas de detergente y poner la configuración que había visto a Gojō usar en muchas ocasiones.

En su mente infantil era un plan perfecto y lo habría sido, de no ser porque a Gojō le parecía extraño encontrar la lavadora encendida con un ciclo finalizado y un juego de sábanas y ropa para dormir.

Llamó a Nanami para saber si el chico también lo hacía con él, porque nunca le mencionaron ese detalle.

Tras una breve charla, llegaron a la conclusión de que Megumi podría estar experimentando un estrés postraumático y que debía ir a terapia.

Como remedio momentáneo, Nanami le dijo que si Megumi se sentía seguro a su lado —aunque no sabía qué clase de daño mental permanente debía tener una persona para sentirse así junto a Gojō—, sería una buena idea que intentara dormir con él por un tiempo; en lo que perdía el miedo. También le prohibió terminantemente utilizar el apodo de «Megumiados», que había escuchado durante la conversación.


—Megumi —llamó Gojō, viéndolo bajar por las escaleras para ir a tomar el desayuno—, en tus caminatas nocturnas a la cocina, ¿has notado algo extraño?

—¿Como qué? —Ladeó el rostro.

—Ah, no sé, como que se mueven cosas, se caen trastes…, o se enciende la lavadora.

—No —respondió, encogiéndose de hombros. Tuvo una sensación de vuelco en el estómago; no solía mentir, aunque tampoco estaba dispuesto a hablar de ello.

—Vaya… ¡Entonces tenemos un fantasma en casa! Qué emoción. Siempre quise uno de esos.

Megumi pasó por alto la ridícula emoción de su tutor y continuó con su trayectoria original.


Un par de noches más tarde, luego de que Megumi confirmara la ausencia de Gojō en los pasillos, bajó las cobijas de la cama junto con el pijama que había mojado e hizo lo de costumbre en el cuarto de lavado. Al salir, uno de sus mayores temores se hizo presente: Gojō.

Él lo esperaba de brazos cruzados por un lado del marco de la puerta. Ambos se miraron unos instantes. Gojō, esperando palabras que nunca llegaron; Megumi, incómodo por la situación, desvió la mirada, molesto. No con Gojō, sino consigo mismo por haber sido descubierto.

Al instante, echó a correr, pero el otro lo pescó del cuello de la ropa.

—Pero miren qué tenemos aquí —dijo Gojō, en tono jovial—. Yo esperaba encontrar a un poltergeist con un trastorno obsesivo compulsivo por la limpieza, pero sólo era Megumi, el fantasmita amigable.

El susodicho elaboró una mueca con tintes de fastidio. Gojō se agachó, separando las piernas y colocándose en cuclillas luego de soltarlo.

—Oi, Megumi, ¿por qué no me habías dicho nada?

—No tenía ganas —respondió, sin dirigirle la mirada. Apretó el borde inferior de la playera. ¿Acaso no podía ver lo embarazoso de la situación?

—No tienes ganas de hablar, pero de orinar sí.

—¡No es a propósito! —Se le pusieron coloradas hasta las orejas.

Gojō al fin había logrado que lo viera a los ojos, así fuera sólo para recibir gritos.

—Apenas puedo mantenerme despierto —habló Megumi, hallando en ello su pretexto para buscar algo de paz en la habitación—. Ya me voy. Buenas noches.

Gojō tuvo la brillante idea de levantarlo del piso y echárselo al hombro cual costal de papas.

—¿Pero qué…? ¡Bájame! ¡En verdad necesito dormir!

—¿Qué te parece dormir conmigo? —Por primera vez, haría caso a un consejo de Nanami.

—¡Ni hablar!

Ow, romperás mi corazón. Bu, bu, bu —hizo un ruidito muy alejado de fingir el llanto—. Aparte de eso, ¿no está tu cama mojada? ¿Cómo piensas dormir así?

Megumi guardó silencio. No tenía ganas de anunciar lo que su imaginación le sugirió tras ver una toalla y papel periódico.

—Sólo será por esta vez —dijo, sujetándolo mejor para no tirarlo por accidente—. ¿Acaso no te da flojera colocar sábanas otra vez?

—Pero… —dejó de luchar, resignado—, ¿y si vuelve a pasar?

—¿Eh? ¿Cómo? ¿Todavía tienes reservas para vaciar?

Megumi no respondió. Ya no sabía hacia dónde iría la conversación y quería dejar de hablar de eso.

—Estarás bien —finalizó Gojō.

Así fue como el chico comenzó a pasar las noches en compañía de su tutor. Éste, a su vez, lo paraba a mitad de la noche para que no hiciera sus necesidades sobre la cama y, eventualmente, Megumi regresó a la normalidad, con el pequeño detalle de que ahora el menor ruido, luz o movimiento lo hacía despertar.


De vuelta al hotel donde Fushiguro contaba aquella anécdota traumática a Sukuna, no hizo más que emplear palabras de conclusión.

—A las pocas semanas de eso nos mudamos a esta prefectura. Perdí el año escolar y Gojō-sensei me estuvo dando clases una temporada para nivelarme (también me enseñó a pelear). Sentí que eso era más importante y nunca fui a terapia. Creí que pasaría con el tiempo y… —suspiró. No hubo necesidad de agregar nada más.

Con lo que había ocurrido ese día se evidenció que Fushiguro jamás superó el incidente del todo.

Giró el rostro, a la expectativa de ver cuál sería la reacción de Sukuna. Frunció el entrecejo al notar que su vándalo de porquería se llevaba una porción de sushi a la boca.

—¿Qué? —dijo, antes de comenzar a masticar.

—¿Siquiera pusiste alguna clase de atención a lo que te conté?

Sukuna tragó.

—Por supuesto, pero ¿cuál es tu problema? No escucho con la boca, sabes.

Una venita de molestia se marcó en una de las sienes de Fushiguro.

—No sé ni por qué me molesto contigo. —Se limitó a frotar el puente de la nariz, intentando guardar la compostura.

Sukuna tomó un trozo de jengibre para finalizar su comida.

Ahora tenía mucho más sentido que Fushiguro excusara a Gojō de varias cosas. Es decir, el tipo fue lo único que tuvo como apoyo en una época caótica y complicada. Mínimo le habría agarrado algo de afecto o respeto.

Fushiguro bebió de una de las botellas para refrescar la garganta. No terminaba de creer que le había contado eso a alguien por primera vez.

Miró la hora en el celular más cercano. Pronto darían las ocho de la noche.

—En fin, es una pena que hayas pagado la habitación —habló, poniéndose en pie.

Tenía en mente tomar sus cosas para ir a casa; Sukuna lo interceptó por la muñeca y tiró de él sin brusquedad, pero con la fuerza suficiente para hacer que regresara. Cortó la distancia tanto como fue posible, posó ambas manos a los costados de la cadera ajena y susurró con los labios casi rozándose.

—¿Cómo que es una pena? Aún podemos usar la habitación. Pagué por ella toda la noche, no por un par de horas.

—¿Sigues con eso? —¿Acaso le había hablado a la pared?—. ¡Ya te dije que yo no quiero…!

—No vamos a follar —interrumpió, siendo breve y conciso—. ¿Acaso piensas que soy un animal?

—¿En verdad quieres que responda eso?

A juzgar por los ojos serios y retadores de Fushiguro, Sukuna ya había recibido un «sí» por respuesta.

—Vamos, hombre, no puedo creer que creas eso cuando soy de lo más amable y carismático (aunque sólo contigo).

—Permíteme dudarlo.

Sukuna intentaba relajar el ambiente. Fushiguro le había tomado las muñecas para comenzar a separarlo, pero mantuvo firme el agarre. Tal vez debía ser más directo.

—¿Recuerdas ese día en tu habitación?

Fushiguro desistió en alejarse de Sukuna. Aquella vez quedó grabada en su memoria como uno de los recuerdos más gratos que tenía. Hacía que se relajara y, al mismo tiempo, le entraban ganas de ver a Sukuna. Con él se sentía seguro, también intranquilo. Era una combinación inexplicable.

—¿Qué con eso?

—Tenemos una habitación para nosotros. Sin nadie que moleste. ¿No quieres aprovechar para conocernos mejor?

Con la última pregunta comenzó a introducir lentamente los dedos bajo la playera de su novio, acariciando de manera delicada la piel que envolvía la cintura.

Fushiguro se estremeció al inicio. Sukuna bajó los labios hacia el cuello contrario; pausado, como pidiendo permiso. En cuanto percibió a su pareja inclinarse, exponiendo esa zona, no dudó en pasar primero la lengua, seguido de varios besos, unos más fuertes que otros.

Sukuna era una corriente de lava, lenta, pero peligrosa. Al mismo tiempo era un huracán violento que arrasaba con todo a su paso. Fushiguro nunca sabía si estaba en el ojo de la tormenta o a punto de arder hasta las cenizas. De lo único que tenía completa certeza era de que siempre lo arrastraba hacia territorios nuevos e inexplorados.

Llevaba mucho tiempo dejándose someter por la corriente del caudal, apenas manteniéndose a flote como una balsa a la deriva. ¿Por qué? ¿Desde cuándo era así? ¿En verdad necesitaba de otros para lograr sobrevivir?

Estaba harto y fastidiado de todo. No era algo que ocasionaba Sukuna, era producto de sus propias acciones.

«Hasta aquí.» Él también tenía sus deseos. También tenía derecho a actuar. También era capaz de imponerse.

No volvería a esperar a que otros actuaran para saber cómo reaccionar. Él también podía dar el primer paso.

Llevó una mano a los cabellos rosados de su pareja. Tiró de éstos hacia atrás, obligándolo a separarse. No lo hizo con violencia, sino como quien busca dar indicaciones a un amante con gestos en lugar de palabras.

Al tenerlo de frente, juntó sus labios. La paciencia fue escasa, la timidez no tenía cabida en esa relación.

A Sukuna le tomó con la guardia baja que la necesidad y la pasión de su pareja fueran capaces de coexistir. Sonrió a medio beso, justo antes de responder con el mismo ímpetu.

Pasó las puntas de las uñas sobre la espalda baja del otro, llenándolo de una plácida sensación que se tambaleaba entre las cosquillas y un masaje. Después, redirigió una mano hacia el trasero, por encima del pantalón, apretando con una pizca de perversión; la otra, la subió a la espalda, entre los omóplatos, adquiriendo la calidez del cuerpo bajo la tela.

Fushiguro dejó que lo tocara hasta hartarse. Luego, lo arrojó sobre la cama, sentándose a horcajadas sobre el torso, previo a desabrochar la ropa de tintes góticos que parecía haber sido diseñada para ese cuerpo.

Pasó las manos desde el abdomen hasta los hombros, presionando los pectorales en el proceso; siguiendo las líneas de los tatuajes, viendo la sonrisa maliciosa y gustosa de esa maldición hecha persona. Asimismo, curvó los labios en un gesto altivo, que Sukuna interpretó como reto.

Le sacó la playera y un parpadeo se quedó corto con la velocidad en la que ambos juntaron sus cuerpos, frotando cada centímetro de piel, dejando que se conocieran los rincones que aún no se habían presentado.

Entre giros de cama y la diversión tácita, la ropa se fue perdiendo, con excepción de la interior. Fushiguro había sido claro marcando límites y Sukuna debía aparentar que no le prendía que lo obligaran a respetarlos.

Con el paso de las horas, la gracia salvaje dio paso a buscar la placidez en el cansancio. Las luces se apagaron. Bajo las cobijas, Fushiguro recargaba la cabeza sobre el pecho opuesto y una de sus piernas halló su lugar entre las contrarias.

—Eres una buena almohada.

—¿Debería protestar para recuperar mi nivel de animal? —replicó con sarcasmo.

—Bestia —corrigió.

—¿Qué diferencia hay?

—Los animales obedecen y son un poco más racionales.

Sukuna respondió con un gruñido, los ojos cerrados. Ahora estaba más que seguro de una cosa.

«Vas a ser mío, Fushiguro Megumi.»