CAPÍTULO XXXVIII
—¿Vino Itadori? —preguntó Fushiguro al terminar de ducharse y bajar a la cocina por la noche.
—¿Por qué la pregunta? ¿Lo esperabas?
Yūji le comentó a Gojō que lo estaba viendo a escondidas de su hermano, pues tenían ciertos problemas. Gojō no tuvo que indagar demasiado en el asunto; imaginaba algo así. Por ende, concluyó que tampoco debía comentarle a Fushiguro. Si él se enteraba era probable que llegara a oídos de Sukuna.
—No. Eso sólo… —Cuando Fushiguro tomó su pijama descubrió que la ropa de repuesto que Yūji tenía en su vestidor estaba incompleta. ¿Qué cuentas le daría si preguntaba por ella?—, que faltan unas cosas que dejó.
También estaba la posibilidad de que las hubiera puesto con las cosas de la ropa sucia.
—¿Es un pantalón oscuro y una sudadera amarilla? —agregó, recordando la vestimenta que se puso Yūji luego de bañarse por la tarde.
Fushiguro asintió.
—Ah, estaba en la ropa sucia. La lavaré mañana.
Una vez más, la improvisación de Gojō arregló los descuidos de Yūji.
El año escolar llegó a su fin. Fushiguro continuó asistiendo a terapias obligadas con Sukuna. Pronto los pasaron a terapia de pareja y, al tiempo, con un sexólogo.
El rápido progreso de la pareja se debió a dos razones. Primero, Sukuna cooperaba pese a saber que era una reverenda estupidez; segundo, Fushiguro siempre fue consciente de sus problemas, sólo que llevaba años ignorándolos. Quería seguir adelante para ver en qué momento se hartaba Sukuna. De cierto modo, la terquedad de ambos los hacía avanzar.
Un miércoles por la mañana, Nobara y Fushiguro se encontraron frente a la casa de los Itadori. Extrañados, tocaron el timbre. Los gemelos salieron empujándose. Ambos tenían planes, pero no habían comentado nada al respecto.
Yūji y Nobara aprovecharon para molestar a Fushiguro sobre lo que iba a hacer con Sukuna; éste último los echó a patadas. Le urgía quedarse a solas con su novio.
Nobara y Yūji se dirigieron al centro comercial.
—¿Lleva mucho tiempo esperando, Gojō-sensei? —preguntó Yūji, acercándose hacia la banca donde el otro estaba sentado.
—Para nada. Acabo de llegar —mintió. Había esperado afuera de las puertas de cristal a que abrieran el lugar.
—En el camino se me ocurrió que podíamos ir a…
Nobara se aclaró la garganta con fuerza, interrumpiendo a su compañero.
—Después —dijo Gojō, mirando al chico—, primero tenemos que ir de compras con Nobara.
Yūji chasqueó la lengua. Su rostro era el claro signo de hartazgo. Nobara exclamó un pequeño «Yay», y fueron directo a ver las líneas de ropa con las que colaboraban las joyerías de Gojō. Ese había sido el trato. Nobara debía sacar a Yūji de su hogar para ir al centro comercial y ella botaba a su amigo con el profesor. Como pago, Gojō le compraría algunas cosas que le llamaran la atención.
Nobara no era ciega ni mucho menos ingenua. Cuando habló del plan con Gojō, intuyó las intenciones que éste tenía con Yūji, mas no dijo nada. No iba a privar a su amigo de los beneficios de un sugar daddy joven, aunque debía disimular la envidia de no conseguir uno ella misma.
De vuelta en casa de los Itadori, Fushiguro y Sukuna llevaban minutos enteros desfogándose en la habitación de este último. Por extraño que pareciese, era idea de Fushiguro, quien comenzaba a frustrarse por no avanzar al ritmo que le gustaría. Según sus cálculos, no le tenía tanta fobia al sexo como antes, aun así, le costaba mantener una erección. El simple pensamiento de lo que ocurría si terminaba completamente desnudo era lo que se lo bajaba.
No tenía nada cubriéndole el torso y su pene se encontraba endurecido, frotándose contra el de Sukuna por encima de toda la ropa. Hasta ese momento, todo bien.
Cortó el beso, agitado, en busca de recuperar la compostura. Sukuna no dejó de mover la cadera, por lo que tuvo que tragar saliva en un vago intento de sofocar un jadeo con eso. Se sentía bastante bien. Tal vez podrían avanzar más ese día.
Miró directo a los ojos de su pareja, notando que debía elevar unos milímetros las pupilas para hallarlos. Los hombros de Sukuna tampoco estaban a la altura de siempre. Bajó los ojos al suelo, descubriendo que éste tenía los pies bien plantados en el piso.
—¿Desde cuándo eres más alto que yo? —pregunto, molesto. Por alguna razón se sentía traicionado.
—¿Qué esperabas? Estoy en crecimiento. Juego básquet. Debiste verlo venir, enano.
Fushiguro le mordió el cuello con saña como medida preventiva para evitar que el ego se le subiera más de la cuenta. Además, no era como si hubiera crecido diez centímetros de golpe. A simple vista, diría que eran unos dos… Tal vez tres.
Sukuna apretó los dientes, sofocando un quejido. Apartó a Fushiguro y chocó su frente con la opuesta. Fue brusco, aunque evitó usar la fuerza necesaria para noquearlo o lastimarlo.
—Suficientes libros de vampiros para ti. Comienza a leer otra cosa antes de que comiences a brillar.
—Ya cállate.
Aprovechando la cercanía, juntó de nuevo sus labios con los de Sukuna. En verdad le resultaba insoportable cuando hablaba de más en situaciones como esa.
Le fascinaba que la lengua de Sukuna se entrelazara con la propia. Le daba la impresión de ser de terciopelo y vaya que sabía cómo usarla. Comenzaba a acostumbrarse a beber de su boca. No era una mala señal, en especial porque seguía sin tolerar muy bien el contacto físico.
A esas alturas ya era capaz de disfrutar con el tacto. La espalda opuesta era una maravilla. Bastante más amplia que la suya; le permitía encontrar cada músculo como si estudiara anatomía y ni hablar de cómo sus propios pectorales competían con los ajenos. Le gustaba tensar a Sukuna, porque de ese modo los apretaba y le agradaba el ligero empuje que producían.
Al poco tiempo, le desabrochó los pantalones. Se suponía que ese día quedarían en ropa interior. No estaba nervioso, tampoco tranquilo. Sukuna era impredecible y temía que se propasara. Aunque, siendo sincero, ¿cuándo no lo hacía?
—Date la vuelta —ordenó Sukuna.
—¿Eh? —Tensó los hombros—. ¿Qué v…?
Sukuna interrumpió tomando la mano de Fushiguro para hacer que le tocara la entrepierna.
—Voy a restregar todo esto contra tu trasero. Date la vuelta —repitió.
A causa de la excitación su voz salía rasposa, dura; le hacía parecer desconsiderado y hosco. Fushiguro se habría sentido agredido y forzado, de no ser porque ya lo había experimentado antes. Debía juzgar a su pareja por acciones, porque con las palabras arruinaba todo.
Colocó las manos sobre la pared e inclinó el torso hacia adelante porque Sukuna, al colocarle una mano en la cadera y otra en un hombro, lo orilló a tomar esa posición.
No pasó mucho para comenzar a sentir el pene de Sukuna frotándose contra su trasero. Era algo nuevo —para Fushiguro—. Sukuna no quería agobiarlo —como en anteriores ocasiones—, porque se le bajaba la erección y le tocaba ir al baño a terminar, así que intentó algo distinto.
Acercó el cuerpo lo más posible al ajeno. Besó, lamió y mordió con suavidad cuanto podía de la parte trasera del cuello y los hombros.
—Megumi —le susurró al oído, antes de cerrar los dientes en torno al lóbulo de la oreja y tirar de la piel hasta soltarla—. ¿Has pensado en perforarte? Tengo unos aretes que te quedarían muy bien.
Se refería a los que le regaló Nanami. Estuvo a nada de tirarlos por el excusado cuando se enteró que pertenecían a la estúpida franquicia del viejo rabo verde, pero recapacitó en el momento justo. Podía darle algo caro y bonito a Megumi.
—¿Tienes que sacar el tema justo ahora?
En ese momento, Sukuna comprobó una de sus teorías; Fushiguro se relajaba más o tomaba algo de confianza, siempre que lo mantuviera pensando en algo diferente a lo que hacían.
—Considéralo. Te los mostraré en un rato.
En ningún instante detuvo el vaivén de sus caderas y como su imaginación tenía combustible suficiente, se veía penetrando a su novio en esa posición. Eso le ayudó a venirse. ¡Por fin! Seguía siendo triste hacerlo con los bóxers puestos, aunque no tanto como apuñalarse la ingle en el baño o ducharse con agua fría.
La tela, color gris azulado, comenzó a tornarse más oscura en las zonas donde se impregnaba de semen.
Fushiguro quedó a la expectativa cuando Sukuna dejó de moverse. Este último, sin soltar el agarre, comenzó a introducir los dedos bajo el elástico que se ceñía sobre la cintura ajena.
—Hey, Megumi, ¿no te gustaría que…?
—¡No! —Detuvo al otro por la muñeca. Sukuna percibió cierto temor en él—. No hace falta —dijo, obligándose a sí mismo a calmarse.
—Vamos, no voy a hacerte nada. Sólo te ayudaré a llegar más rápido.
—No es eso. —Seguía duro como roca, lo cual, era algo bueno. O eso esperaba. El problema era que jamás se había tocado y que alguien más lo hiciera por primera vez, resultaba… embarazoso.
—¿Temes que se te baje? —La mano que tenía libre la llevó hacia uno de los pectorales opuestos, masajeando con deseo, justo antes de apretar el pezón.
A Fushiguro le temblaron las rodillas. No era demasiado sensible en esa zona, mucho menos si la tocaban por mucho tiempo, pero cuando era de manera ocasional, resultaba satisfactorio.
—Yo… nunca… —Era una verdadera molestia tener que decir cosas que no quería, pero con Sukuna era eso o tenerlo jodiendo durante horas. No había muchas opciones. Puso los ojos en blanco, aprovechando que no estaban de frente, y habló, desconectando una buena parte del cerebro—. Nunca me he masturbado antes. Así que, dejar que tú lo hagas es…
—Hmm. Ya veo. —Se separó un poco, poniéndose de rodillas.
En menos de lo que dura un parpadeo, tomó la ropa interior de Fushiguro y la bajó hasta los tobillos. Lo único que éste alcanzó a hacer en respuesta, fue abrir los ojos de la impresión. Al momento siguiente estaba tumbado sobre el futón, con Sukuna encima, observando esa maldita sonrisa arrogante y orgullosa que tanto lo sacaba de quicio.
Era obvio que iba a mandar al otro al diablo, por lo que Sukuna le tomó de las manos para inmovilizarlo.
—¡Sukuna! —gritó, molesto, para llamar su atención.
—Tranquilo —dijo, mientras le besaba la mejilla—. Tranquilo.
Fushiguro apartó el rostro y comenzó a recibir besos en el cuello, que cada vez bajaban más.
—No voy a masturbarte. Como el completo caballero que soy —agregó, en un terrible intento por no parecer demasiado sarcástico—, te cederé el honor de que seas tú mismo quien se dé cariño en la comodidad de su habitación. Es más, si necesitas material, puedo mandarte algunas fotos —bromeó, aunque planeaba hacerlo de verdad.
Fushiguro resopló. Quería patearlo, pero Sukuna lo mantenía inmóvil, acomodado entre sus piernas y con todo el peso del cuerpo sobre sí. Era extraño que su pene rozara con la piel de otra persona; sin embargo, la erección seguía ahí y su juicio se mantenía nublado, tal vez porque no era la primera vez que intentaba imaginar cómo sería llegar a un momento similar al que vivía.
Sukuna bajó hacia uno de los pezones. No dudó en chupar y mordisquear sin brusquedad. Donde sí empleó algo de fuerza, fue en mantener separadas las piernas opuestas, empujando por el interior de los muslos mientras se incorporaba.
—¿Qué vas…?
—A darte una mamada —se anticipó a lo que su pareja iba a preguntar.
El rostro de Fushiguro, plagado de conmoción e incertidumbre, le obligó a detallar más la acción.
—Te voy a dar sexo or…
—¡Sé lo que es una mamada! —El sonrojo que cubría sus mejillas se debía al fastidio, más que a la pena o la incomodidad.
Sukuna estaba a punto de hacer lo impensable. A él le habían hecho varias, pero jamás imaginó tener que meterse el miembro de alguien más en la boca. Si eso no le decía a Fushiguro cuán especial era para él, no sabía qué lo haría.
Había leído algunas cosas en Internet y tenía presente lo que le gustaba sentir, así que eso debería ser suficiente para que resultara grato. Además, no es como si el pene de Fushiguro fuese de un grosor descomunal e imposible de engullir.
Sukuna logró llegar a su destino, contrariado y apenas tolerando las réplicas negativas. No mandaba a su chico al carajo porque ya tenían mucho camino recorrido como para dar marcha atrás.
—Podrías fingir que lo llevas esperando mucho tiempo y te va a gustar. Tu cara me quita las ganas.
—Por mí, mejor. Quítate.
Tragándose el orgullo, Sukuna tomó el pene de Fushiguro por debajo del glande para manipularlo mejor. Llevó los labios a la base del tronco, donde pasó la lengua, previo a succionar la piel. Repitió sus acciones hasta llegar a la punta, donde comenzó a masajear en círculos con la lengua, presionando hacia abajo y haciendo más amplio el descenso. Logró meter dentro de su boca el pene hasta la coronilla.
Fushiguro no dejaba de ahogar quejidos que se debatían entre entregarse a un nuevo placer o rehusarse a este. En una fracción de segundo frente a sus ojos se sobrepuso la imagen de sí mismo, siendo obligado a realizar esa acción, por lo que se oponía a verlo como satisfactorio.
Cerró los ojos para deshacerse de la imagen mental. Al abrirlos, se topó con Sukuna, quien ya había comenzado a subir y bajar la cabeza sobre su falo.
Él estaba ahí por cuenta propia, tomando la iniciativa. No parecía odiarlo ni sufrir, mucho menos lucía asqueado por chupar el miembro de otro chico de esa forma.
Fue entonces que decidió recostarse por completo, echando miradas furtivas hacia abajo de vez en cuando.
Tener el calor de la boca sobre el pene era más que agradable, aunado a la suavidad aparente que la saliva brindaba al actuar como lubricante, hicieron que sintiera un cosquilleo peculiar entre las ingles.
Aumentó la velocidad con la que sus pulmones subían y bajaban. De vez en cuando hundía más de la cuenta la parte baja del abdomen, ejerciendo un poco de presión. Empujaba hacia arriba cuando Sukuna se alejaba de la base y se acercaba a la punta. No levantaba la pelvis del futón, pero los músculos y el resto del cuerpo reaccionaban en conjunto.
Sukuna sonrió para sus adentros.
Fushiguro jamás advirtió la incomodidad de los dientes. Sukuna evitaba el roce a toda costa. Lo que quizá resultaba en contraste con la delicia de la lengua, eran las ocasiones en que su erección chocaba con el paladar.
Recibir el estímulo visual de tener a su pareja entre las piernas volvía cada sensación más intensa. No sabía si era a causa de lo que sentía por él —algo innegable y lo suficientemente irracional como para poner su mundo de cabeza—, o si era consecuencia de las malditas terapias que comenzaban a juntarlos en más aspectos de los que contemplaban.
—Parece que… tienes experiencia con esto —añadió un comentario soez, no con la intención de humillar, sino de molestar, como solía hacer con él casi a diario.
Sukuna se separó con un ruido de succión similar a un beso. Tragó los fluidos que se acumularon; una probable mezcla de saliva y líquido preseminal.
—Megumi —pronunció con esa voz ronca que al nombrado tanto le gustaba, le erizaba la piel—, no olvides que también soy hombre.
Puso el pulgar sobre el orificio en la punta del pene y comenzó a mover en círculos, variando la presión, obligando al chico a experimentar escalofríos en las piernas y dejarle débiles las rodillas.
Una risa socarrona y grave no se hizo de esperar.
—Es donde mejor se siente, ¿verdad?
Lo dejaba descansar del masaje tras contar de tres a cuatro segundos y alternaba con un bombeo firme, pero lento, al resto del tronco.
Fushiguro se mordía el interior de las mejillas para distraerse y evitar alterar la voz o la respiración. No aguantó demasiado. Soltó un jadeo pesado y apretó a Sukuna con las piernas a modo de reproche.
Sukuna, victorioso, bajó la mirada, buscando qué más hacer por ahí. Pensó en pasar los dedos sobre el vello púbico, aunque eso no tenía nada de excitante. Podía jugar un poco con los testículos y el perineo.
—Eres tan erótico. —Algo mejor pasó por su mente. Descendió un par de dedos hacia el ano—. ¿Quieres que nos divirtamos un poco por aquí?
A Fushiguro le bastó percibir un leve roce sobre aquella zona tan delicada para ponerse alerta.
Con un pie, empujó a Sukuna por el hombro. Tal vez fue demasiado brusco, porque éste puso una cara de cólera. Nada descomunal en él cuando alguien iba en contra de sus caprichos; sin embargo, había sido culpa suya por avanzar tanto sin avisar. Ese no había sido el acuerdo.
Fushiguro agitó la cabeza despacio, agotado, apenas consciente de lo mucho que se dejó llevar.
Sukuna lo vio mover los ojos de manera fugaz hacia la puerta de salida, antes de que comenzara a incorporarse. No lo dejó. Casi al instante, lo tomó por los hombros y lo obligó a acostarse.
—Tranquilo, tranquilo —susurró contra los labios opuestos—, era una pequeña broma.
—Tú nunca has sido bueno en eso. Ya lo habíamos discutido.
Por alguna razón, a Sukuna le prendía que Fushiguro lo tratara con indiferencia y le dirigiera esos ojos que parecían querer asesinarlo.
Al tener la boca entreabierta, Fushiguro aprovechó para pasar una mano hacia la nuca opuesta y atraer a su pareja con el afán de meter la lengua, encontrarse con la ajena y tener un largo beso húmedo. Solía ser lo que más disfrutaba. Eran ardientes, fogosos y parecía un sensual jugueteo con una bestia hambrienta.
Lo había comenzado a pasar bien. No iba a dejar que las ocurrencias de su delincuente a domicilio le arruinaran el momento.
—¿No tienes un trabajo que terminar? —dijo al cortar el beso.
Sukuna quiso morderlo. Fushiguro se echó hacia atrás para impedirlo.
—Más te vale quedarte quieto —ordenó Sukuna.
Fushiguro obedeció, complacido por lograr su objetivo de fastidiar a Sukuna.
Por mero reflejo, cuando Sukuna se llenó la boca con la erección opuesta, Fushiguro dirigió las manos hacia esos cabellos de peculiar color. Aunque a primera vista pareciese que su novio mantenía el look de pandillero con gel y sudor, en realidad, usaba crema para peinar —igual que Yūji—, lo que no sólo hacía que fuera agradable al tacto, sino que lo impregnaba de un agradable olor.
Conforme pasaba el tiempo, comenzó a empujar hacia abajo, tirando sin fuerza de aquellas hebras rosadas cuando llegaba a la base.
Era una delicia estar completamente dentro. Sukuna ejercía un poco de vacío al succionar y ahuecar las mejillas. De saber que la sensación era tan buena, se habría animado a llegar a eso un poco antes.
Notó una presión diferente en su miembro, que no provenía de las acciones de Sukuna y al mismo tiempo sí lo hacía. No podía pensar en otra cosa, salvo querer que fuera más rápido.
No tardó en ahogar un gemido al momento en que vertió su semen en el interior de la boca ajena, dejando que su irregular respiración reclamara lo que en su cuerpo hacía falta.
Sukuna resopló. ¿Cuándo había siquiera imaginado tener el esperma de otro tipo recorriendo sus mejillas y garganta?
Se separó. Dejó escurrir un pequeño hilo blanquecino que manchó el muslo de Fushiguro. Tragó sin protestar, sin hacer gestos. No era una textura común, mas no era desagradable del todo.
Se relamió los labios para limpiar los remanentes. Fushiguro pensó que eso había sido bastante sexy.
—Buen trabajo —agregó, acariciando las piernas de Fushiguro de manera lasciva. Eran demasiado tersas para imaginar que eran de hombre—. ¿Por qué diablos son tan suaves?
—Depilación láser —respondió, mientras recuperaba el aliento—. Y crema humectante. —No tenía ninguna tendencia metrosexual, tan sólo le gustaba la comodidad.
En ciertos deportes, como el ciclismo, vóleibol o el propio básquetbol, se recomienda a los atletas tener las piernas afeitadas para facilitar el examen físico al médico en caso de existir una lesión. La estética es opcional.
Al inicio se apoyaba de su fiel amigo el rastrillo; después, Gojō le hizo la sugerencia del láser —el tipo no tenía un sólo pelo fuera de lugar—. Ahora ahorraba tiempo y esfuerzo, y presentaba mejores resultados. También se animó a hacer lo mismo con las axilas porque sí.
El resto del día fue tranquilo. Con una excepción.
Fushiguro se encontraba lavando los trastes que usó para comer en lo que el otro terminaba de acomodar la ropa que el hermano le dejó doblada al pie de la habitación.
De un momento a otro, el diablo entró a la cocina sin hacer un solo ruido. Lo tomó de la cadera y se recargó contra su trasero. No estaba erecto, pero Fushiguro comenzó a notar cierta manía.
Al inicio fue escéptico y mantuvo los ojos abiertos para saber si lo hacía con otras personas a modo de coqueteo. Le alivió saber que no era así. Sucedía sólo con él, mas no sabía cómo interpretarlo. ¿Acaso era un ofrecimiento para animarlo a tomar la iniciativa en momentos de mayor intimidad?
Sukuna era un sujeto de compleja interpretación. Al principio de la relación, le molestaba; ahora lo tomaba como el puzzle del día para ejercitar el cerebro. Era entretenido descifrar qué rayos intentaba.
—Sería una buena situación —dijo Sukuna—. Solos. Aquí. Tú, vistiendo sólo un mandil. Yo, empotrándote sobre la mesa.
—Sigue soñando. Es gratis, no como el mandil que debes comprar para que eso se cumpla. ¿Te alcanza? —Conocía la situación económica de los gemelos; sobre la herencia del abuelo. Era propio de ellos hacer ese tipo de comentarios. Fomentaba la creatividad.
—Maldito niño rico. —Le pegó una nalgada con fuerza.
Fushiguro le dio un codazo en las costillas. Entonces, Sukuna supo que había dolido. Cuando no, no recibía golpes como reclamo. Así que le sobó y el otro hizo lo mismo.
Pese a todo, Sukuna tuvo cierto asunto metido en la cabeza por un buen rato. No era su estilo andar adivinando o jugar al telépata.
—¿Aún detestas la idea? De lo que pasó hace rato.
Fushiguro mantuvo el mutismo. Hace rato pasaron muchas cosas.
—Dejarme estimularte por detrás.
Aunque Fushiguro no evadía el tema como antes, le resultaba engorroso.
—Es sólo que no quedamos en eso —dijo, tranquilo, improvisando.
—Bueno, ¿qué tal ahora? Imagino que has tenido suficiente consideración.
Soltó a su chico y se recargó de espaldas a la barra, subiendo los codos en esta. Notó el característico movimiento de piel que indicó que Fushiguro había tensado la mandíbula. Cuando no quería hablar de algo, apretaba los dientes.
—Te hice sentir bien hace rato, ¿no es verdad? Sólo tienes que dejar todo en mis manos, poner la mente en blanco y, no sé, gemir un poco más no nos vendría nada mal.
Recibió unos ojos que claramente decían «¿Tenemos que seguir hablando de esto?», en un tono esmeralda importunado. En mejores épocas habrían sido una amenaza con patearlo fuera de la casa.
Por cada mirada inquisitiva de Fushiguro, había una retadora de Sukuna. Así que la plática no se quedó ahí.
—Tengo experiencia. No hay de qué…
—Sé que tienes experiencia —habló Fushiguro, fuerte y claro, sin llegar a ser un grito—. No tienes que mencionarlo cada vez. —No le molestaba no ser el primero, cada quién vivía las cosas a su manera y no tenía razones para meterse con el pasado de otro; él era el menos indicado, de todas maneras—. Es sólo…
Sukuna esperó la respuesta completa. Tenía la noción de que descubriría algo importante.
—¿Tengo que ser yo el pasivo? —Rodó los ojos.
—Es lo más cómodo para ambos. Me dejas todo el trabajo y te concentras en aflojar y disfrutarlo.
—Pero es humillante —dijo entre dientes, de manera apenas audible.
«Ah, conque era eso —pensó Sukuna—. Al menos ya superó la fobia irracional». En retrospectiva, era un avance abismal.
—Entonces —concluyó—, si fueras el activo… —suspendió la oración para saber cuáles eran las intenciones opuestas.
—Claro. Lo intentaría —finalizó, a sabiendas de que Sukuna no invertiría posiciones por el orgullo que se cargaba.
—Hmm.
Acto seguido, Sukuna abandonó el lugar. Fushiguro pudo terminar de enjuagar los trastes.
Salió a practicar su juego favorito «¿Dónde está Sukuna?». Lo encontró en tiempo récord. Ni siquiera tuvo que buscarlo. El susodicho lo tomó por la muñeca, lo arrastró a la sala y lo tumbó sobre el sofá, subiendo a horcajadas sobre él para evitar que se levantara. Se sacó la playera y la arrojó al piso.
Fushiguro se limitó a seguir la trayectoria de la prenda, que acabó sobre la mesilla cercana, en la cual, se encontraba una botella de lubricante y un paquete de condones. Debían ser de lo de Gojō, no podía ser de otra manera.
«¡No me digas que…!» ¡Eso era ridículo! En el rostro de Sukuna encontró la determinación de cien guerreros. Aparte, ¿se había equivocado en una predicción? ¡¿Otra vez?! ¿No se supone que la maldición de no acertar en lo impredecible se terminó en cuanto comenzaron a salir?
—Muy bien, Megumi —inició, desabrochándose los pantalones—. Te voy a enseñar que sin importar la posición, vas a estar gimiendo por lo bien que te hago sentir. Así que me dejas todo el trabajo y te concentras en aflojar y disfrutarlo —repitió las palabras de antes con una sonrisa soberbia.
Fushiguro tragó con dificultad. Pese a saber lo que estaba a punto de suceder, no tenía ni la menor idea de lo que ocurriría a partir de ese momento. Y tampoco podía retractarse.
Como no quiero decirlo de forma abrupta en el capítulo de la próxima semana, de una vez les comento que ya nos vamos despidiendo del SukuFushi. Sólo es este cap y el que sigue, y ya. Bye-bye. (o'ω'o)ノ
Por cierto, en el siguiente cap llegamos a la mitad de la historia. ( ╹▽╹ ) ¡Al fin! Gracias por toda la paciencia y la lectura continua.
