CAPÍTULO XXXIX

En un abrir y cerrar de ojos, Fushiguro experimentó dos escenas completamente inconexas. En la primera, Sukuna lo montaba en el sofá; en la segunda, tomaban un relajante baño en el ofuro de la casa junto a Yūji, quien volvió cerca de las nueve de la noche.

Por el club de básquet estaba acostumbrado a ducharse con Yūji, no con Sukuna; pese a todo lo que habían hecho, se sentía fuera de lugar.

En silencio, reflexionó sobre cómo fue capaz de tener sexo con un hombre. Su hombre.

Le gustó. No lo negaría. De paso, comprobó su teoría de que, con la preparación necesaria y el juego previo, nada debía salir mal.

Si Sukuna pudo hacer eso, él también. ¿Verdad?

Cuando los gemelos comenzaron a hundirse en el agua a causa de un sueño que parecían compartir, Fushiguro salió de su ensimismamiento.

—¡¿Cómo demonios se coordinan para algo así?! —voceó, tomando en cada brazo a un baboso diferente para despertarlos y obligarlos a abandonar el cuarto de baño.

Mientras ayudaba a Yūji a preparar la cena, volvió a toparse con las cervezas del refrigerador. Entonces, tuvo una idea. No sabía si funcionaría, mas nada perdía con intentar.


—¿Cómo van las cosas con Itadori? —preguntó Fushiguro, sentándose a la mesa, donde Gojō organizaba en su laptop el material de apoyo para el próximo periodo escolar.

—¿En qué sentido? —Debía hacerse un poco el tonto para no liarla.

—Se mensajean y todo eso, ¿no?

—Ah, sí, hablamos un poco. Es natural. Nos llevamos bien.

Fushiguro había visto mensajes de él entrando en el celular de Yūji cuando estuvo en su casa, así que no recibir mentiras era una buena señal.

Suspiró.

—Escucha, sé que te gusta. Sigue siendo extraño viniendo de ti y tal vez me pareció raro al inicio, pero no es como si fueran la única pareja con diferencia de edad en el mundo. —Necesitaba abordar el tema de un modo u otro sin parecer sospechoso.

—¿A qué tratas de llegar?

—Quiero ayudarte.

Gojō ladeó el rostro, intentando discernir si frente a sus ojos se reproducía una alucinación provocada por comer más de la cuenta y echarse en el sofá a tomar la siesta.

—Apoyarte para que salgas con Itadori —explicó—. Paso tiempo con él. Y con Sukuna. Sé cosas.

—Algo quieres. ¿Es dinero? —Era una propuesta extraña salida de la nada, con el antecedente previo de que su muchacho ya le había dejado muy en claro que estaba en contra de eso.

Fushiguro se encogió de hombros.

—He pensado las cosas. Creo que, si quiere meter a alguien a la casa, sería conveniente para ambos que fuera él.

Gojō lo comentó antes en un contexto que le dio escalofríos. Yūji era alguien que no lo dañaría, todo lo contrario.

—Además —continuó—, Itadori no es interesado, no tiene malas intenciones, incluso cuida la cantidad de dulces que te llevas a la boca. Es alguien de confianza.

Gojō lo sabía de sobra. Eran parte de las razones por las que Yūji le atraía tanto, sin olvidar su increíble carisma y el hecho de que era difícil aburrirse con él.

—Por cierto —cambió de tema—, ¿recuerda cuando le dijo a Sukuna que iba a dejarnos la casa sola a fin de mes? Cuando me estaba ofreciendo.

Gojō no supo cómo interpretar el rostro ajeno en esos instantes.

—¿Sigues molesto?

—No, de hecho… —Sí lo estaba, pero se obligó a relajarse tomando aire—, necesito que en verdad desaparezca este fin de mes, empezando el viernes. El lunes ya puede volver.

Gojō sonrió con picardía. Fushiguro desvió la mirada.

—¿Qué pasa?

—¿Todavía les quedan condones?

—¡Suficientes!

Gojō dejó escapar una risita. Casi olvidaba lo divertido que era molestarlo.

—Entonces…

—Muy bien, Megumi, muy bien. Les dejaré la casa. Sólo puedes destrozar tu cuarto, ¿bien?

—Sí —respondió, irritado. Vaticinaba los inicios de una jaqueca.

El celular sobre la mesa sonó. Gojō lo levantó para contestar los mensajes. Fushiguro supo de inmediato de quién se trataba. Su tutor no sonreía como idiota frente a la pantalla con cualquiera.

—Parece que tu viejo todavía tiene sus años de gloria por venir (tengo una cita) —canturreó.

—Técnicamente, esos años empiezan a los treinta, así que… —comentó por lo bajo—. ¿Sukuna lo sabe?

Gojō encogió los hombros.

—Como sea, no te presiones —dijo Fushiguro, antes de levantarse.

Aww, ¿qué es esto? ¿Estás preocupado por mí? ¿O tal vez te altera que tu segundo padre adoptivo sea de tu edad?

—El que me preocupa es Itadori —habló, levantando el rostro, los brazos cruzados—, puede ser un poco ingenuo. No te propases con él.

—Descuida, a diferencia de ti, yo no voy a coger con nadie toda la noche —decoró el final de la frase con una risa burlesca.

Fushiguro desbloqueó su propio celular.

—Voy a avisar a Sukuna que Itadori está por encontrarse con un tipo peligroso.

—¡Hey! ¡No arruines la brillante vida amorosa de tu padre! —Brincó de su asiento, buscando arrebatarle el teléfono.

—¡¿Quién arruina el qué de quién?! ¡Voy a salvar la vida de mi amigo! —Alejaba el dispositivo lo más que podía. Sentía alivio de que el viejo y molesto Gojō estuviera de regreso. En parte.


El fin de mes Gojō cumplió su palabra y Sukuna apareció en la casa con una maleta pequeña, cilíndrica y oscura; la que usaba para transportar sus cosas del gimnasio a su hogar y viceversa. La diferencia era que no contenía ropa deportiva, sino un par de cambios casuales, insumos sexuales, alcohol y uno que otro detalle adicional.

Fushiguro habló con él tiempo atrás. Le planteó la posibilidad de embriagarse (sólo él) antes de tener sexo, pues quería desinhibirse de manera forzada. A Sukuna le pareció una idea curiosa, no por ser algo «novedoso» (no lo era), sino que su novio lucía muy recatado para buscar ese tipo de soluciones.

Una vez en la habitación, Sukuna lanzó los condones y el lubricante a la cama. Sobre el buró puso una botella de vino, whiskey y soda de ginger ale. Sacó un paquete de medias de red, que le extendió a Fushiguro cuando subió con dos vasos de vidrio.

—Te compré algo bonito para que te luzcas.

Fushiguro las tomó de mala gana. Las habría lanzado por la ventana de no ser porque, a cambio de alcohol bueno (él no sabía nada de eso y Gojō era pésimo con la bebida, así que no compraba), le concedería una petición. Sukuna no le quiso decir hasta tenerlo delante.

«Sólo será por esta vez» dijo para sus adentros.

—Tenías un short muy corto la última vez que vine. Puedes usarlo si no quieres salir sólo con las medias.

Fushiguro dejó momentáneamente el paquete sobre la cama. De un cajón sacó una correa para perro y una gargantilla ajustable de piel sintética de una pulgada de ancho, adornada con argollas metálicas de donde podía sujetar la cadena.

Se la puso a Sukuna en las manos.

—También te compré algo bonito.

Woff, woff —ladró Sukuna, con la misma vitalidad de un muerto—. No puedes estar hablando en serio. ¿Este es tu objeto seguro?

Hmhn.

El sexólogo le recomendó a Fushiguro tener cerca un objeto que le hiciera sentir seguro (de ahí el nombre) o que le brindara comodidad. Como ejemplo les dio el caso de los niños que llevan consigo un peluche o una cobija que aprecian demasiado.

Para Fushiguro, el librero de su cuarto y la bufanda de Sukuna podrían tomar ese papel, pero como tenía un novio de lo más impredecible, debía estar preparado para todo.

Sukuna dejó escapar un gruñido de fastidio. Tomó de mala gana el collar y comenzó a ajustarlo sobre su cuello. Fushiguro sonrió complacido y se metió al vestidor, mirando con desgano las medias.

«No puedo creer que le gusten estas cosas». Mínimo era un fetiche decente.

Se las colocó bajo el short que le pidió y se puso la playera más ceñida que encontró.

Al salir, Sukuna lo miró, poniéndose en la piel de un demonio que ve a su ofrenda caminar directo hacia él. Sentado al borde de la cama con las piernas separadas, dio un sorbo al whiskey que había servido sobre uno de los vasos.

—Puedo ver claramente cómo mueves la cola. ¿Tanto te excita esto? —habló Fushiguro, regresando el vaso ajeno al buró.

Previo a acostar a su pareja en la cama, se acomodó sobre éste para provocarlo con un beso corto sobre los labios, percibiendo de manera leve el aroma de la bebida.

—Soy un hombre débil y necesitado. ¿Tú qué crees? —Subió la mano por una de las piernas y no dudó en meterla bajo el short, apretando una nalga.

—Para esto no pierdes nada de tiempo. —Se incorporó, sentándose a un lado y tomando el vaso para beber su contenido.

Le quemó la garganta, no al punto de resultar insoportable. El sabor de la malta fermentada en barricas llegó a cada una de sus papilas gustativas. No era un experto, pero no volvería a tomar eso por gusto a no ser que fuera necesario.

—Es fuerte —comentó con dificultad, regresando el recipiente a su sitio.

—Traje ginger para rebajarlo. —Su pareja le dijo que nunca antes había probado el alcohol, por lo que se dispuso a hacerle grata la experiencia en lo posible.

—¿Para qué es el vino? —preguntó al ver a Sukuna servirle de éste y porque le parecía excesivo tener dos botellas para él solo.

—Para cruzarlo y que se te suba más rápido.

No lo mezclaría. No en el vaso. Se tenía la creencia de que tomar bebidas de diferente procedencia (cebada, trigo, centeno, uva y otras) emborrachaba con mayor facilidad.

Era parcialmente cierto, aunque por las razones equivocadas. Lo que produce el efecto de embriaguez es el porcentaje de alcohol y la velocidad de su consumo. En este caso, Fushiguro estaría introduciendo a su sistema una bebida de cuarenta por ciento y otra de sólo ocho. La soda, por otro lado, sólo favorecería su absorción.

Sukuna le hizo beber de manera acelerada mientras lo estimulaba. En caricias ocasionales al cabello, notó que seguía húmedo en algunas partes.

Fushiguro se había metido a bañar antes de que el otro llegara. Gracias a Internet supo cómo lavar ciertas zonas de su cuerpo, sin olvidar que llevaba algunos días con una dieta específica.

Sukuna descubrió que su novio ya no parecía incomodarse o temblar cuando acariciaba su entrepierna. Fue más atrevido al meter la mano bajo la ropa.

Al ser demasiado líquido lo que ingresaba por su boca, Fushiguro hizo una parada técnica en el baño. Sukuna le indicó que regresara sin ropa interior (sólo con las medias y el short).

Así lo hizo. Fushiguro percibía un cosquilleo en la nuca, un mareo que comenzaba a poner pesado su cuerpo. Seguía consciente. Era bueno. No pretendía hacer estupideces.

Antes de retomar la bebida, agarró la correa y tiró de ésta, atrayendo a Sukuna para poder besarlo un rato. Le gustaba a sobremanera tener contacto con su lengua. Desconocía la razón, pero se volvió fanático de los besos profundos y húmedos.

Sukuna descubrió la torpeza en su pareja, por lo que podría no faltar demasiado para empezar a disfrutar en grande. Lo sedujo para sentarlo sobre su regazo. Le sacó la playera y él imitó la acción.

En lo que Fushiguro servía más alcohol, Sukuna dio otro uso a su boca para dejarle leves marcas sobre la parte trasera del cuello. Con las manos alternaba entre caricias amplias que iban de la espalda a los hombros o del abdomen hasta el pecho, donde no dudaba en hacer círculos sobre los pezones o incluso los presionaba.

—Sukuna… —Dejó el recipiente vacío sobre el mueble. Echó la cabeza hacia un lado, recargándose en el hombro opuesto. Se sentía aturdido, tenía sueño y estaba caliente. El bulto entre sus ingles, producto del toqueteo, era más que evidente.

—¿Ya tuviste suficiente?

Al recibir un quejido como respuesta, comenzó a sacarle el short. Tomó la red y la rompió justo por el medio, liberando la erección de Fushiguro. El fetiche de Sukuna no eran las medias como tal, sino romper la ropa durante el sexo.

Acostó a su chico. Mandó al demonio sus propios pantalones e interiores.

Esa era la segunda vez de Megumi viéndolo en completa desnudez, pero la primera en que le excitaba tanto estar cerca de saborear ese cuerpo.

Las abdominales, los pectorales, los bíceps perfectamente marcados y cubiertos por los tatuajes brindaban un salvajismo erótico a la escena. ¿O sería por los efectos del alcohol? No. No estaba ebrio. Era consciente de lo que experimentaban sus sentidos; quizá de forma más lenta o más intensa. No lo sabía con exactitud.

Sukuna se acomodó entre las piernas opuestas, haciendo más grande la abertura de las medias para tener un mejor acceso.

—La última vez había algo de vello por aquí —comentó, pasando el pulgar por la zona púbica—. ¿Te arreglaste para mí? ¿Debería sentirme halagado?

—Cállate —arrastró la palabra. No se le ocurrió nada más elaborado.

Sukuna rio. Le puso la cadena sobre el pecho, haciéndolo estremecer por el frío del metal. Se relamió los labios. Iba a disfrutar como nunca. Tanto tiempo de espera y dedicación al fin daba frutos.

Empapó un par de dedos en lubricante, los cuales llevó al ano de su pareja con el fin de masajear el exterior. Fushiguro se removió. Un brusco cosquilleo le hizo hundir la parte baja del vientre. Tomó una bocanada de aire en consecuencia.

—Voy a meterlos —indicó, empujando dos por el estrecho orificio, saboreando con el tacto el calor con el que eran cubiertos.

Fushiguro se tensó. Una chispa de incomodidad se propagó por su cuerpo, como si hacer eso estuviera mal.

—Relájate —le susurró Sukuna al oído con voz ronca.

Fushiguro tiró de la cadena como reflejo. Escuchó un gruñido de su bestia, que en poco tiempo decidió succionar la piel de su cuello, dejando marcas rojizas.

Sukuna no era de palabras románticas ni gestos amables. El simple hecho de dilatar a su novio ya debía ser indicio suficiente de lo que significaba para él, la importancia que tenía y los privilegios que le otorgaba.

Tendría una última consideración. Sólo por esa ocasión.

—Escucha.

Fushiguro se llevó el brazo a la cara, obstruyendo su visión. Lo retiró al oír la voz ajena.

—En mi puta vida he preparado a alguien para esto. —Dejó caer un chorrito de lubricante sobre la mano antes de meter el tercer dedo. Fushiguro le apretó los hombros, ahogando un quejido. Él sonrió—. Y eres el primer rostro que veo mientras lo hago. —Antes de eso sólo buscaba satisfacerse, era común poner a sus conquistas en cuatro—. Siéntete afortunado. —Se colocó una mano en el centro del pecho—. Este dios bondadoso te ha escogido como la excepción.

—Demonio —corrigió. Se atrevió a ponerle un pie contra la mejilla. Sukuna le siguió el jugueteo. Lo tomó del tobillo y mordió el talón, desgarrando con los dientes la media—. Me molesta que estés arriba.

—Siempre he estado por encima de ti, ya deberías estar acostumbrado.

Fushiguro tiró de la correa, la respiración profunda e irregular.

Sukuna lo tomó como un desafío y empujó los dedos con fuerza, simulando una embestida. Los separaba de vez en cuando. Al cabo de unos minutos, en los que sintió menos tenso el esfínter, miró de reojo los condones. Fushiguro tomó uno y no dudó en destaparlo, previo a colocarlo sobre el miembro opuesto.

—Muéstrame —lo incitó, relamiéndose los labios.

La sonrisa de Sukuna se ensanchó.

Sacó los dedos. Cogió la botella de vino y se llenó la boca con esta. Tomó el mentón de su amado con el índice y el pulgar, haciendo que separara los labios. Lo evidente ocurrió. Fushiguro comenzó a beber de la boca ajena, subiendo las manos hacia el suave cabello de tonalidad rosada.

Sukuna colocó su erección entre las nalgas que tantas veces había apretado y palmeado. Se restregó con movimientos precisos. Fushiguro no vio venir el momento de la penetración. Echó la cabeza hacia atrás, rompiendo con el beso.

Sukuna no se detuvo. Ni por las contracciones irregulares que percibía sobre su miembro ni por la forma en que Fushiguro respiraba, agitado.

—Ya casi la tienes toda dentro. Ánimo, ánimo.

Al quedar unos centímetros entre el tronco y la base, empujó la cadera con fuerza para entrar de lleno. Colocó las palmas sobre los pectorales contrarios, haciendo presión contra la cama, obligándolo a respirar menos.

—Mírate. Estás tan agitado. Y apenas empezamos. —Terminó besando cuanta piel del cuello sus labios tocaran, mandando al demonio la duda sobre si podía morder o no—. A este paso te vas a ir cuando me venga.

De la garganta de Fushiguro emergieron gemidos placenteros ante cada marca. Por la posición de sus manos, con una tiraba de la correa y con la otra dejaba las uñas impresas sobre un brazo.

Sukuna sacó su pene hasta la base del glande, antes de meterlo de golpe, repitiendo el proceso un par de veces. En poco tiempo comenzó a intercalar eso con embestidas más cortas y rápidas, donde su miembro no salía ni a la mitad.

—Te lo reconozco, Megumi. —Se sacó de encima la mano que lo arañaba y entrelazó sus dedos con los opuestos, para proporcionarle algo que apretar—. Eres sexy. —Con la mano libre y extendida, le soltó un golpe a la parte externa del muslo—. Muy sexy. —Hizo presión con los dedos en esa zona, dejando marcas a su paso y rasgando las medias, a las que les dio un brusco tirón y abrió hasta la pantorrilla.

Repitió lo que hizo con el vino, pero con la botella de whiskey. Una parte se derramó sobre la almohada, pues Megumi no pudo tragar todo. A diferencia del vino, éste le quemaba la garganta.

Sukuna le limpió con la lengua la mejilla, el mentón, las líneas de la mandíbula; todo sin dejar de arremeter contra ese varonil y esbelto cuerpo.

La mano de Fushiguro que sostenía la de Sukuna, de la fuerza que ejercía, ya exhibía los nudillos y las puntas de los dedos en color blanco. La que tenía libre, la usó para tocar cuanto podía del cuerpo ajeno. Empezó en el hombro y trazó un descenso por las costillas, la cintura, el trasero. No reparaba en hundir las uñas sobre la carne si las acciones de Sukuna lo orillaban a ello. Varios surcos rojizos se dibujaron con la intención de permanecer unos cuantos días ahí.

A Sukuna le fascinaba que su novio no gimiera de manera aguda. Lo hacía de forma algo ahogada, grave, era más audible cuando sus pulmones rogaban por oxígeno que cuando lo dejaban salir. Un verdadero deleite.

Él, por otra parte, llenaba la habitación con gruñidos y quejidos guturales.

—¡Cómo aprietas, carajo! —maldijo, la voz áspera, cargada en éxtasis—. Es como si tu culo rogara por más.

Fushiguro sabía que debía mantener relajado su esfínter. Al inicio parecía una tarea imposible, incluso apretaba cuando la erección de su pareja se hundía por completo en él y aflojaba cuando la sacaba.

Sukuna podía parecer un bruto y sí, lo era, pero era más el vigor y la presión que ejercía, que la velocidad con la que lo embestía. Muy dentro de sí, agradecía eso. Se sentía intenso, sin llegar a ser violento. Presentía que se estaba conteniendo, que, si de él dependiera, lo follaría sin piedad; lo rompería allí mismo, así como a la única prenda que llevaba encima, ya hecha jirones.

Pese a no sentir que hiciera falta, iba a pedir más lubricante.

—Suk… —Se interrumpió con un gemido poco estrangulado al final.

El nombrado vió cómo aquellos ojos esmeraldas se tornaban más vívidos y cristalinos a causa del lagrimeo que comenzaba a acumularse.

No era un experto en anatomía, mas supo que había dado con la próstata de su amante al analizar la manera en que éste se removía en espasmos de placer; los gemidos se volvieron más sonoros y el rostro reflejaba la angustia por alcanzar el anhelado clímax.

El estímulo visual era inenarrable. Centraba su atención en cada fibra, cada poro, cada gota de sudor.

Aquella fue la primera vez que Sukuna eyaculó antes que su pareja.

—Mierda —dijo entre dientes, antes de comenzar a jadear.

Por suerte, Fushiguro se vino justo después, vertiendo su esperma en el abdomen opuesto, dejando que fluyera hacia el suyo, influenciado por la posición y la gravedad. Sukuna, con la atención algo dispersa, notó el dolor de cuello, producto del brusco tirón a la cadena que Fushiguro dio al momento de correrse.

Ambos estaban agitados, intentando recordar cómo se respiraba correctamente, como si sus órganos lo hubiesen olvidado.

Sukuna colocó las yemas de los dedos sobre el semen y lo esparció sobre la piel de su novio en círculos de escaso diámetro. Tuvo la idea de sacarse el condón y verter el contenido sobre el mismo lugar para mezclarlos. Sin embargo, terminó por hacer un nudo, botarlo hacia un lado y dejarse caer encima.

—Quítate, gordo —habló Fushiguro, dándole palmaditas en la espalda—. Pesas.

Obtuvo un ronco quejido a modo de respuesta.

Ladeó el rostro, topándose con las botellas de alcohol por la mitad.

—Fue una buena idea —musitó.

No lo repetiría. Sólo lo había utilizado para dejar de pensar en cosas innecesarias.


Por la noche, cuando Sukuna despertó, no tenía a Fushiguro a su lado. Buscó su celular en el buró aledaño a la cama y lo usó para iluminar la habitación. No sabía dónde se hallaban los apagadores.

A los pies del colchón encontró una muda de ropa, conformada por una pijama y los bóxers que tenía al inicio. Se los colocó junto con los pantalones y bajó con el torso descubierto a buscar a su ya-no-tan-traumado novio.

Lo encontró frente a la barra de la cocina con un emparedado en una mano y el celular en la otra. Vestía una playera de manga larga color negro. Sin pantalones. No podía ver si llevaba ropa interior. Esperaba que no.

Al andar descalzo, se acercó sin hacer ruido y le puso las manos sobre la cintura.

—Eres frío y desalmado —comentó, previo a morder con suavidad debajo del oído.

—Mira quién habla.

—Me dejaste solo. No tienes corazón. —Falló en su intento por dramatizar.

Le arrimó su miembro flácido al trasero. No planeaba frotarse o provocarlo, sólo quería ponerse ahí.

Fushiguro apretó de más el sándwich.

«¡¿No quedaste satisfecho, desgraciado?!». Le entraron ganas de patearlo.

Llevaba despierto unos cuarenta minutos. Salvo las marcas de dientes y los moretones originados por la presión excesiva, no tenía el cuerpo particularmente dolorido. La única excepción era que se sentía rozado del…

Al buscar en Internet encontró ungüentos con hidrocortisona recomendados para aliviar la irritación y picor del ano. A esas alturas de la noche no podía salir a la farmacia. Estaría abierta, pero no eran horas. En todo caso, mandaría a Sukuna a comprar lo que necesitaba o lo pediría por aplicación móvil.

Por suerte, halló útiles remedios alternativos, entre ellos, la vaselina. Si no recordaba mal, en el botiquín de la casa debía haber un tarro pequeño.

Luego de aplicarlo en la zona afectada, el prurito desapareció al cabo de unos minutos.

—¿No hay uno para mí?

Escuchó preguntar a Sukuna, quien señalaba su comida con los ojos.

—Te lo doy si me llevas al cuarto. —Le pasó un brazo sobre los hombros—. Apúrate —indicó, pegándole una mordida al emparedado—. O me lo acabo.

—Ni creas que siempre vas a poder manipularme con comida —comentó, cargándolo estilo nupcial.

—Repítelo hasta que te convenzas de ello.

Sukuna rio por lo bajo. Era buena señal ver que la confianza y los juegos seguían presentes.

A falta de sueño, en la cama tuvieron otra conversación.

—Yo —inició Fushiguro—, creí que no te importaría. —Se refería a la situación en general, las terapias, la paciencia.

—¿Hm?

—Ya sabes, a primera vista parece que no te importan los demás.

—Porque no lo hacen —declaró, escueto.

—Pero te preocupes hasta por Itadori —recalcó.

—Es casi una obligación para mí ver que ese mocoso se mantenga vivo. —En muchas situaciones era conveniente contar con un gemelo idéntico.

—Y lo que has hecho por mí hasta ahora…

—Escúchame bien, Megumi. —Se giró. Su pareja hizo lo mismo y quedaron frente a frente—. Si soy así es por tu culpa, antes era un ser indestructible sin sentimientos.

Fushiguro quedó atónito.

—¿Acaso acabas de intentar ser romántico?

—¿Hah? ¿No fue obvio? Lo soy todo el tiempo (sólo contigo).

«¡¿En qué otras ocasiones lo has sido?!». ¡Era la primera vez que Fushiguro lo notaba! Al menos, de manera verbal.

—Dios mío —suspiró—, tú sí que tienes un serio problema con eso… Por otro lado, es bastante sorprendente saber que tienes sentimientos.

Sukuna abrió la boca ante la indignación.

—¿Acaso crees que podría repetir lo de hoy, sin sentir nada, con cualquier persona?

Fushiguro no dio una respuesta inmediata. ¿Necesitaba darla? Todo aquel que conociera de tres minutos a su amado podría contestar con una tasa de éxito del cien por ciento.

—En ciertas cosas —agregó Sukuna— puedes ser peor que ese bastardo (Gojō), ¿sabes?

Fushiguro curvó los labios en una fina línea que separaba la osadía de la malicia. Empujó a su pareja contra la cama y se subió encima con cierta gracia felina.

Ese fue el inicio de un fin de semana muy alocado.


¡Al fin hemos llegado a la mitad de la historia!

No saben qué feliz soy por alcanzar la mitad del camino junto a todos ustedes. De verdad, muchas, muchas gracias por tenerme tanta paciencia y seguir disfrutando de mis ocurrencias semana a semana.

A veces siento que la fortuna me ve con buenos ojos. ;v;

Por otro lado, este fue el último cap del SukuFushi XD (tendrán otra escenita por ahí del cap 43 o 44), así que díganle adiós. De aquí en adelante sólo los veremos haciendo cameos. (?)