CAPÍTULO XLI

Fushiguro llamó a Sukuna pidiendo que le pasara a Yūji bajo el pretexto de que quería comentarle sobre una salida con Nobara y que no le respondía mensajes directos ni llamadas. Así fue como se enteró de lo sucedido en la estación de tren.

—Tuvo un accidente.

—¡¿Yūji?! —El corazón de Gojō se saltó un latido.

—Su celular —remarcó con fastidio—. No sé muy bien cómo pasó (Sukuna es muy escueto cuando Itadori está involucrado), pero de alguna manera el celular de Itadori cayó a las vías del tren y terminó destrozado. Ahora tiene tres trabajos de medio tiempo para juntar el dinero suficiente y poder comprar otro.

—Ya veo. —Una parte de sí experimentó alivio momentáneo al saber que no le contestaba por una razón de fuerza mayor y no porque estuviera molesto con él—. Y… —animó a Fushiguro a continuar.

—¿Qué?

—¿No te dijo nada de…? —Se señaló a sí mismo.

—Sukuna no es gran fanático de que te relaciones con Itadori. —Gojō era el más consciente de ello. Lo experimentó de primera mano—. E Itadori lo sabe, así que no creo que le haya comentado. Si estuviera enterado, ya tendríamos a la policía con una orden de arresto en la puerta de la casa.

Gojō chasqueó la lengua, irritado.

—¡Oh! —Una brillante idea le cambió el semblante por completo—. Se me ocurrió algo genial, Meguminola.

—Deje de llamarme así —dijo entre dientes—. ¿Qué planea hacer?

«Ojalá nada estúpido» pensó.

—¡Algo asombroso! ¡Espera aquí!

Salió a toda prisa de la cocina. Tomó las llaves del auto, colgadas en el portallaves de pared y se fue.

Regresó pasadas las seis. Fushiguro tuvo que pedir comida a domicilio. Dejó la parte de Gojō en el refrigerador.

—¡Estoy en casa! —exclamó, entrando con una bolsa blanca decorada con una manzana que Fushiguro (y todo el mundo) conocía bien.

—¿No me diga que…?

Gojō extrajo una caja de tamaño distintivo. La imagen de lo que contenía se mostraba en la cubierta. Fushiguro abrió los ojos más de la cuenta. El modelo no tenía ni un mes de haber sido lanzado.

—Se lo llevaré a Yūji como ofrenda para pedir perdón y…

—¡No! No puede darle eso a Itadori —sentenció, apuntándole con el índice.

—¿Eh? ¿Por qué no? —Deformó su boca y mejillas con un puchero.

—Por el okaeshi. —Cruzó los brazos, como si fuera algo evidente. Y sí que lo era, mas no para Gojō—. Vienen de una familia tradicional. Los crio su abuelo —explicó.

—¿Y eso qué tiene que ver?

En Japón, cuando alguien te hace un obsequio, es común devolver un detalle que cueste cerca del cincuenta por ciento de lo que te dieron. Gojō se pasaba por el arco del triunfo las costumbres y tradiciones del país.

Fushiguro creía que se debía a tres razones fundamentales: primero, su tutor cagaba diamantes; segundo, era verdad que pasó una temporada en el extranjero; tercero, le importaba un comino la opinión ajena.

—Lo va a presionar. Va a querer devolverle mínimo la mitad de lo que eso le costó.

—Ah… Bueno, puede intentarlo, no es como si pudiera pagarlo, de todas formas. —Finalizó la oración con una carcajada cargada de cinismo.

—Por eso nadie lo quiere. —Lo apuñaló con la mirada.

—Tonterías. ¡Soy adorable!

Fushiguro se frotó la frente en un intento de frenar una jaqueca.

—En todo caso, no se lo vaya a dar. ¿Qué es lo que quiere hacer? ¿Obtener su perdón o hacer que se estrese más? —Momento de usar la situación a su favor.

Gojō dejó escuchar un gruñido en reproche. Tenía un buen punto.

—¿Entonces qué voy a hacer con esto?

—Regréselo.

—No puedo. —Lo sacó de la caja—. Lo pedí personalizado. —El color original era verde aqua. Ese era negro de bordes dorados, haciendo juego con el suyo, con un detalle adicional de huella de tigre en la parte posterior—. Por eso me tardé.

—La factura. —Extendió la mano—. Déjeme ver la factura.

Gojō la sacó de la misma bolsa.

«¡¿Planeaba darle también eso?!» exclamó Fushiguro para sus adentros.

Al ver el ridículo precio fijado en el papel, lo hizo bolita. De todos modos, no podía devolver el aparato.

—Bajo ninguna circunstancia vaya a darle eso a Itadori. ¡Jamás! —Sabía que eso no frenaría a Gojō; era terco y necio como una mula—. Puede que en su cumpleaños o en navidad, para no ponerle presión. ¡Pero no ahora! ¿Entendió?

Gojō aceptó a regañadientes. No le gustaba la idea de mantenerse incomunicado con su Yūji. Por suerte, no sería por mucho tiempo. Sólo debía esperar a… navidad. ¡Ocho meses más!

Se deprimió.


El primer día de clases fue caótico. Los alumnos revisaban sus aulas asignadas y las materias correspondientes. Yūji no tenía clase con Gojō sino hasta pasado mañana. No podía esperar tanto.

Intentó acercarse a él en los recesos y usó como pretexto el ir al baño cuando, a través de la ventana, lo vio salir del edificio hacia la máquina expendedora donde se abastecía diariamente con sus adoradas gomitas.

En todos los intentos fracasó. Era como si el universo estuviera en su contra. Sin embargo, no era su culpa, sino de Gojō, quien tenía medidos los movimientos de su chico y lo evadía a propósito. Temía encararlo.

Los últimos días vacacionales los dedicó a ingeniar situaciones para verse y ahora que estaba a pocos pasos, se sentía abrumado, azorado.

Finalizado el horario escolar, no pudo evadir más el destino. Yūji, escondido en el armario de servicio, no muy lejos de la sala de profesores, saltó frente a él. Tenía el ceño fruncido.

—He intentado acercarme a usted todo el día, sensei.

—¿D-De verdad? —titubeó, mas no se echó hacia atrás porque tenía una imagen que mantener.

—Sí. ¿Tiene un momento?

—Ah… Sí… Podemos pasar a la sala de inquisición. —Llamaban así a la habitación aislada del mundo exterior donde Nanami solía sermonear estudiantes y dar consejos como el tutor académico que era.

—Preferiría un lugar fuera de la escuela. —Relajó su expresión al ver que los astros no estaban en su contra y sólo había sido un día difícil.

—¿No tienes que asistir al club de básquet?

—No. Tenemos libre el primer día —mintió sin pensarlo demasiado para no delatarse y sonrió, calmado.

Gojō pudo saborear un mal augurio en ese gesto. Debía controlar el temblor de sus rodillas.


Al subir al auto, el profesor fue el primero en hablar para intentar romper la tensión del ambiente.

—¿Deberíamos ir al restaurante? —Uno familiar. Cómodo. Cercano. Habían comido allí antes. El chef era muy bueno.

—Preferiría ir a otro lugar. Traigo el uniforme. —Nunca reparó en ello cuando su maestro le impartía tutorías y en aquel entonces incluso salían al centro comercial, salas de arcade y jaulas de bateo.

Quizá no se trataba de eso, sino de lo que debían hablar. No era un tema en el que convenía reunir público.

—¿Podemos ir a su casa?

—¿Quieres ir a tu casa?

Preguntaron ambos al unísono.

Cada quién se exaltó en su interior. Era bueno saber que esa telepatía seguía vigente.

—La suya está bien —dijo Yūji—. Está más cerca.

Gojō accedió. No cruzaron ni una palabra más en el camino.

Al llegar, como ya era costumbre, Yūji les dio mimos a los perros. Gojō metió la mano al bolsillo para tomar el celular y hacerle algunas fotos, pero se contuvo mordiéndose el interior del labio.

Yūji pasó al baño a lavarse las manos e intentar poner en orden su discurso. Al salir, Gojō se hallaba sentado a la mesa, en el extremo donde sólo cabía una silla, su lugar de siempre.

Fue un poco incómodo acomodarse a un lado en silencio.

—Sobre lo que ocurrió la última vez… —empezó—. Fue un poco complicado al inicio, pero estuve pensando bien las cosas y quiero pedirle algo.

Gojō fijó los ojos en un mueble lejano. Agradecía que los lentes redondos ayudaran a disimular mejor hacia dónde dirigía la mirada. Seguro le diría que era un pervertido y que no quería verlo nunca más.

—Ah, bueno, no sé cómo decirlo, así que seré directo… —Una débil sonrisa nerviosa, que exteriorizaba a la perfección su conmoción, le decoró el semblante—. Me gusta. Quiero que salga conmigo, sensei.

—Sí, eso me imaginé —suspiró, desanimado—. No te preocupes. No me volveré a acerc… ¿Ah?

Su pasmo se debió a que sus manos, entrelazadas sobre la mesa, fueron sostenidas por las de Yūji. Además, le tomó los lentes por el puente y los deslizó hacia abajo para retirarlos.

—No prestó atención a nada de lo que dije, ¿verdad? —Le divertía y se notaba. No disimuló en absoluto.

—Dijiste… Dijiste que…

Yūji asintió, motivándolo a continuar.

—Que tú no…

—Que quiero que salga conmigo —corrigió. Tal vez un ejemplo ayudaría más—. Así como Fushiguro y mi hermano. Usted y yo. Una relación. ¿No…, le gusta la idea?

Gojō parpadeó de incredulidad. Acto seguido se puso en pie, tirando la silla. Tomó el rostro de Yūji y se apoderó de sus labios con los propios.

Se tomó su tiempo en probarlos, familiarizándose con la textura, la temperatura, lo delgados que eran en comparación a los suyos. Ladeó el rostro. Yūji lo imitó, en sentido contrario.

Sabía que al chico le gustaba la televisión, así que le daría su beso de película.

Lamió el labio inferior. Yūji los entreabrió tanto por sorpresa como por un instinto que no sabía que poseía.

Gojō se guio hacia adentro. Yūji respingó al sentir como la lengua de su maestro acariciaba la suya, buscando enrollarla de algún modo y succionando delicadamente para animarlo a hacer lo mismo con él.

Yūji le echó los brazos al cuello. Se empujó sobre la boca opuesta complementando los movimientos ajenos. Un agradable vuelco en el estómago le hizo saber cuánto había anhelado un momento así.

Se sentía deseado, querido, correspondido. Podría volverse adicto a eso.

Al separarse hubo un sonido viscoso y acentuado. Gojō atrapó una vez más la lengua contraria, chupando como quien busca dejar libre de saliva un caramelo.

Ambos se perdieron en los ojos del otro, ignorando que sus bocas seguían demasiado cerca, entremezclando sus alientos.

—¿Qué tal tu primer beso? —preguntó Gojō, trayendo a Yūji de vuelta a la realidad.

—Segundo —indicó.

Algo dentro de Gojō se alteró, encontrando calma inmediata al escuchar el resto de la respuesta.

—El primero me lo dio en la entrada de mi casa.

—¿Te gustó? ¡Puedo darte más!

Yūji no alcanzó a responder. En menos de lo esperado, ya tenía a Gojō encima suyo. La silla se meció hacia atrás. Se abrazó de su profesor como acto reflejo para no caer. Gojō lo tomó en brazos sin romper el contacto, levantándolo por los muslos.

Duraron así varios minutos. Yūji, en su inexperiencia, dejó que la saliva acumulada escurriera por las comisuras de los labios y el músculo dentro de su boca comenzó a exigir un descanso.

Se limpió con la manga de la sudadera e hizo lo mismo con Gojō cuando logró terminar el beso. Si el rubor de sus mejillas le dio color al inicio, ahora competía contra el bochorno de la fiebre al extenderse más allá por la vergüenza de terminar todo batido.

Gojō le restó importancia. Mostraba la complacencia de un rey. Yūji no había visto aquel par de gemas topacio tan brillantes como en ese momento.

Al poco tiempo estuvo de regreso en el suelo.

—Aguarda un momento. —Gojō corrió hacia las escaleras. Al pie de estas, frenó y se giró—. Tengo algo para ti. No te vayas.

—¿A dónde iría? —Encogió los hombros.

Gojō subió a su habitación. En el cajón del buró tenía el celular del que Fushiguro no cesaba en repetir que mantuviera lejos de Yūji y que reservara para una ocasión especial. El inicio de su magnífico romance de preparatoria contaba como ocasión especial, ¿no es cierto?

Al volver, se lo entregó a su —ahora sí— precioso novio adolescente.

—Para ti.

Bastaba ver la imagen en la caja para saber lo que era.

—Esto…

—Megumi me dijo que el tuyo había sufrido un fatídico accidente. Planeaba dártelo desde antes, pero… Bueno, pasaron cosas.

—Ah… —Podría ignorar muchas cuestiones universales, pero tampoco vivía en una cueva. Sabía de marcas—. ¿Está seguro?

—Adelante, adelante.

Al sacarlo del empaque, Yūji se topó con un modelo que lucía más elegante y estilizado de lo que solía portar. Eso iba más acorde con los gustos de Fushiguro o Gojō. No con él.

Sin embargo, ¿no sería maleducado de su parte regresarlo diciendo que no era adecuado para él? Así como era su profesor, seguro terminaba pensando que deseaba algo más lujoso.

Pese a que anhelaba ver su reacción más que nada, Gojō se desilusionó de que Yūji no pareciera tan emocionado como imaginaba. Acaso… ¿Fushiguro dijo la verdad? ¿Le generaba presión recibir objetos así? ¡Tal vez esperaba algo más!

—¿Qué ocurre? ¿No te gusta? ¿Prefieres otro modelo?

—¡No! —exclamó, entre alarmado y desconcertado—. No, es decir. ¡Me gusta! Es bonito.

Gojō sonrió, eliminando sus preocupaciones. Aun así, ¿por qué su chico no se veía feliz?

—Se ve bastante cool y… —Gojō prestó especial atención a lo que estaba a punto de oír—, también bastante caro. Lo agradezco y aprecio el gesto, pero no puedo permitirme tener algo as…

—Yūji —lo llamó con voz profunda, casi severa, tomándolo por los hombros y frotando con suavidad—. Quédatelo. Lo necesitas, ¿no?

—Pues… Sí, pero no puedo pagar por esto.

—¿Y quién te lo está cobrando?

«Nadie» pensó. Aunque era un principio de etiqueta básico. Dar y recibir. Él podía ser muchas cosas; torpe y desorganizado en ocasiones, mas no un descarado.

Gojō se llevó una mano al puente de la nariz. Tomó aire y lo dejó escapar con lentitud. Levantó la silla que tiró en el calor del momento. No la acomodó frente a la mesa. Se sentó allí mismo.

—Ven.

Yūji se acercó, cohibido, aún pensativo sobre lo que debía hacer. El otro le sostuvo la muñeca y haló con suavidad hasta dejarlo de pie frente a sí, entre sus piernas.

—¿Quieres pagar por eso?

Yūji afirmó, decidido. Era lo correcto.

—Te propongo una manera de hacerlo. —El muchacho escuchó sin perder un solo detalle—. Este es tu último año de preparatoria. Quiero que sobrepases tus límites y saques un nueve como promedio final.

Yūji palideció. Nueve-y-algo era el promedio de Fushiguro y Sukuna. ¡No podría sacar eso ni de chiste!

—Si lo logras, será como si hubieras pagado por él.

—Sensei… Debe estar bromeando.

Nope.

—¡Es imposible! Soy Yūji. —Se señaló a sí mismo por debajo de la barbilla—. Itadori Yūji. No Sukuna. Nos parecemos, pero no en eso.

—Lo sé. ¿Crees que podría confundirte con él? Serán gemelos, pero te reconocería en cualquier situación. Después de todo, tú eres mi Yūji.

El nombrado intentó no centrarse en que eso último sonó más sensual de lo que debería.

—Me tiene demasiada fe.

—¡Así es!

—Yo a lo mucho seré bombero —dijo, ignorando lo anterior—. No el próximo Albert Einstein.

—Bueno, si consideras que un nueve es muy complicado y no lo logras, al final del año te recojo el teléfono y todos felices.

Yūji se llevó una mano a los labios, meditando. No sonaba mal. En el mejor de los casos sacaba buen promedio y obtenía un teléfono lujoso; en el peor, le daría tiempo suficiente para ahorrar la beca deportiva, devolver el celular caro y comprar uno más modesto. ¡Era un plan sin fallos!

—De acuerdo.

Gojō le vio sinceridad en el rostro. Por si fuera poco, no le recogería el aparato incluso si sacaba las calificaciones de costumbre. A lo mucho le llamaría la atención si se distraía y las bajaba.

Como no podían congelar ese momento para siempre y en algún momento debían partir, Gojō creyó oportuno tratar cierto tema.

—Por cierto, creo que esto se veía venir pero, ¿podrías mantener nuestra relación en secreto? —Decoró la pregunta con un guiño.

Yūji planeaba mantener lo suyo con discreción, así como Fushiguro y Sukuna, pero ocultarlo por completo… No le parecía del todo correcto.

—Incluso si lo intentara, creo que Sukuna no tardaría en descubrirlo. En especial porque —se rascó la mejilla, desviando la mirada—, ya le dije que Gojō-sensei me gustaba y que planeaba declararme. De hecho, por eso fue que mi cel terminó destrozado. Me persiguió hasta la estación y me detuvo a la fuerza. En eso el cel salió volando hacia las vías y… —Agitó la cabeza, obviando el resultado.

Gojō intentó procesar cómo usaría esa información para joder a Sukuna. ¡No! Más importante. Él también debía ser claro.

—Ah, supongo que si es tu hermano… Hm. Yo lo digo por Nanami.

—¿Nanamín? ¿Por qué? ¿No se llevan bien acaso?

—Ah, sí. Bueno… Es un poco más complicado que eso. Verás, él me conoce desde hace muchos años. —En su mirada fue evidente el fastidio—. Sabe las cosas que hice. Tal vez muchas no fueron buenas. O responsables. O decentes. Tal vez.

—Sukuna dijo que Gojō-sensei es un mujeriego (Fushiguro le contó). ¿Tiene que ver con eso?

—¡Fue antes! ¡Era joven e inexperto! ¡Todos hacemos estupideces en la adolescencia! —Se aclaró la garganta, pateando lejos a su yo dramático que seguido intercambiaba posiciones con él—. He cambiado. He madurado. Soy completamente fiel y profesional ahora.

Yūji se sentiría inseguro al escuchar esa confesión; no obstante, tenía un hermano al que consideraba peor que su maestro en muchos sentidos. Le había presenciado ser la peor clase de escoria, así como evolucionar y esforzarse por Fushiguro. Sólo por Fushiguro. Del resto seguía siendo cuestionable.

No había sido testigo de que Gojō fuese despreciable. Todo lo contrario. Si miraba al pasado, podría considerar que incluso lo había visto ponerse celoso. ¿No intentó arrebatarle la carta que le entregó una chica una vez? Le sugirió tirarla a la basura.

—Antes de trabajar en la escuela pasaron una serie de cosas que… Digamos que mi vida no tenía color. ¡Pero ahora sí! El punto es… Nanami sigue teniendo la idea de que no he cambiado en absoluto. Me amenazó, de hecho. Dijo que me mataría si me liaba con alguna alumna (o alumno). —Se lo echó en cara de manera más vulgar y grotesca, pero la esencia era la misma—. Y tú eres…

—Un alumno.

Gojō colocó la frente contra el pecho de su chico.

—Hagamos una cosa. —Levantó el rostro—. Si quieres que anuncie en la ceremonia de graduación que estoy saliendo contigo, lo haré. ¡Lo gritaré frente a todos! Pero este año. Sólo por este año, ¿podrías…?

—¿Mantenerlo en secreto? —completó.

Gojō asintió repetidas veces.

A Yūji le alivió que ese fuera el caso y que no quisiera ocultarlo indefinidamente. Eso sí le habría dado mala espina.

—¡Por supuesto! Sin problemas. —Levantó el pulgar, alegrando el rostro de su profesor al instante—. Aunque no podré ocultarlo de mi hermano. Ni de Fushiguro. O Kugisaki.

Gojō elaboró un pequeño mohín.

—Lo siento, sensei. Son las personas más cercanas a mí. Será problemático si intento ocultarlo de ellos. Aparte, mentir es una lata. No se me da.

—Muy bien —aceptó sin rebatir.

—Oh…, eso fue rápido.

—Es un precio justo. —Comentarlo con tres personas (de confianza) a cambio de callar un año sonaba más que bien. En especial porque se trataba de esos tres.

A Sukuna lo podía controlar mediante Fushiguro y viceversa. Nobara era una tumba que se mantendría cerrada si la sobornaba con ropa, maquillaje o zapatos. Dos de esos cubrían la espalda de su novio de manera incondicional y podía manejarlos en caso de ser necesario.

Y lo más importante de todo: al fin tenía a Yūji entre sus garras. Él sería la última persona con la que accedería a relacionarse de manera íntima. Si al muchacho se le ocurría dejarlo, primero lo destazaría, antes que permitírselo.