CAPÍTULO XLII
Sukuna preguntó lo evidente acerca del nuevo celular. Yūji le dijo que era un obsequio de Gojō y no hablaron más. El pleito entre ellos persistía.
Fushiguro no necesitó hacer ninguna clase de averiguación. Le sorprendió que Yūji no pareciera tener remordimiento al usar el móvil.
Nobara intuyó algo. Era evidente quién lo había comprado para quién. La duda era: ¿A cambio de qué?
Cuando el trío de costumbre se reunió en casa de Fushiguro, Nobara prestó especial atención para unir las piezas del rompecabezas.
—¿Está Gojō-sensei? —cuestionó Yūji. El último en llegar.
—Sí —respondió Fushiguro.
—¿En su habitación?
—Sí.
Yūji miró hacia las escaleras.
—Voy a saludar.
Los otros dos fingieron restarle importancia. Al menos hasta que el tercero en discordia desapareció del rango de visión.
—¿Qué es lo que sabes? —indagó Nobara.
Fushiguro se hizo el desentendido.
—Vamos. Sabes tan bien como yo que Itadori ha estado actuando extraño desde que apareció con celular nuevo. —Le soltó unos inofensivos golpes sobre el lateral del torso—. Habla.
—Aunque quisiera…
Nobara detuvo el ataque.
—No lo sé.
—¡Pero si eres el que vive con Gojō-sensei!
—Eso no significa que me cuente todo lo que hace. Sí, le compró el teléfono a Itadori cuando se enteró que el suyo había pasado a mejor vida, pero logré convencerlo de que no se lo diera.
—Hoh. —Se cubrió la boca, ocultando una sonrisa socarrona—. Eso suena a que estás celoso. Querías el teléfono, ¿cierto?
—Tonterías. —Cruzó los brazos.
Es verdad que experimentó una pizca de envidia cuando Gojō llegó con un modelo de reciente lanzamiento, personalizado, para Yūji. Durante varios años sólo fueron ellos dos. Lo que no era para Gojō era para Fushiguro. Así de simple.
Desde que Yūji llegó a sus vidas, esa ley se había alterado. Ahora Fushiguro sentía como si tuviera que competir, aunque sabía de la clase de sentimientos que su tutor tenía por su amigo y que era a causa de eso que recibía atenciones especiales.
Ahora comprendía los sentimientos de la clásica Cenicienta de cuento infantil. Ver que tu padre comienza a ser seducido y tú pasas a segundo plano deja un amargo sabor de boca.
No obstante, mientras no tuviera que hacer la colada y vivir en el sótano, todo estaría bien. Lo último que quería era perder la cordura y hablar con ratones.
Gojō escuchó la puerta de la habitación abrirse. No podía ser Fushiguro. Siempre tocaba antes de entrar.
Giró la silla. Supo de quién se trataba por el evidente cabello rosado. Posó la mirada sobre el trasero de su chico, quien le dio la espalda y sacó la cabeza hacia el pasillo para cerciorarse de que ninguno de los otros dos lo había seguido.
Al cerrar, Gojō fingió ser un hombre decente.
—Sensei. —La sonrisa de su rostro se amplió de manera inconsciente.
—Vaya, sí recuerdas que también vivo aquí. —Extendió los brazos, rodeando la cintura ajena cuando estuvo al alcance.
Yūji colocó las manos sobre las mejillas del profesor, inclinándolo hacia arriba para poder repartir besos cómodamente. No eran profundos e intensos como los de algunos días atrás en la sala, sino más tranquilos.
—¿Quieres ir a algún sitio más tarde?
—Voy a pasar el día con Fushiguro y Kugisaki. Sólo vine a saludar.
—Viniste a ponerme celoso y dejarme con las ganas —se quejó; mitad broma, mitad verdad.
Se aferró con fuerza. No quería dejarlo ir. Fushiguro podía entretenerse con Nobara. Seguro no notarían que Yūji faltaba.
—Ya. Suélteme. Sospecharán si no vuelvo pronto. —Empujó, sin lograr despegar al otro ni un centímetro.
—Que lo hagan. Igual planeas decirles, ¿no?
—¡Pero no hoy! No estoy mentalmente preparado.
—¿Alguna vez lo estás?
Yūji reparó unos segundos en el significado de esas palabras.
—¡Qué grosero!
Cuando Fushiguro y Nobara se hartaron de esperar, subieron las escaleras. En el pasillo escucharon un escándalo. El tipo de ruido que hace alguien cuando intenta mover un piano por su cuenta.
Yūji se encontraba de pie, rojo por el esfuerzo; pasos al frente de la habitación de Gojō, quien se hallaba aferrado a una de las piernas contrarias cual niño pequeño.
Los otros dos sintieron mucha pena ajena. Sus rostros, deformados por la vergonzosa escena.
—¿Me ayudan? —pidió Yūji, jadeando.
Sus amigos lo ignoraron y siguieron su camino, concluyendo que se comportaban igual que siempre.
—¡Hey! ¡No me ignoren!
No fue hasta quince días más tarde que la verdadera revelación ocurrió. Durante una sesión de estudio. Si se le podía llamar así a Yūji leyendo manga, Nobara revisando tips de revista y Fushiguro terminando la tarea que dejó Utahime.
—Ya está.
—¡Felicidades! —exclamaron Yūji y Nobara al unísono, soltando vítores y aplausos.
Cada quien se acercó por un lado, mirando con insistencia al único responsable de la habitación.
Fushiguro chasqueó la lengua. Sus expresiones eran la viva imagen del fastidio. Aun así, estaba resignado a que aquello pasara.
—Bien. Tomen foto. ¡Y ni se les ocurra transcribirlo tal cual! —Se giró hacia uno de ellos—. Itadori.
—¡Sólo fue una vez! Me estaba quedando sin tiempo. Prometí que no pasaría de nuevo.
Al finalizar, Yūji dejó el celular sobre la mesita. Centró la atención en el teléfono.
«Debo decirles». Se los debía. En especial a Fushiguro, pues en un momento de estupidez le confesó que le había soltado mucha información suya a su hermano antes de que comenzaran a salir.
—Hay algo que quiero contarles.
Los dos le prestaron la atención debida.
—Estoy saliendo con Gojō-sensei.
A Fushiguro no le sorprendió en absoluto. Lo veía venir. Aunque esperaba la declaración por parte de Gojō a su debido tiempo.
—¡Ah! ¡No puede ser! —Nobara se dejó caer al suelo. Como todos estaban sentados sobre la alfombra, la distancia no fue un peligro—. ¡Me niego a creer que todos tienen novio menos yo!
Los chicos pensarían que se encontraba molesta por la expresión dibujada en sus facciones, de no ser porque ya sabían cómo exteriorizaba su drama.
—Tú estás saliendo con un delincuente. —Señaló a Fushiguro—. Y tú con un viejo. —Señaló a Yūji.
Gojō, escuchando todo del otro lado de la puerta, recibió la pedrada de lleno en la cabeza.
—Incluso Maki-senpai comenzó a salir con Okkotsu Yūta antes de graduarse —continuó ella—. No entiendo. Si soy más bonita que ustedes dos juntos. ¡Y menos enojona que Fushiguro!
—¡Oye! —El mencionado frunció el entrecejo.
—Shhh, no le des la razón —susurró Yūji.
—¡¿Qué es lo que me falta?! —Se reincorporó en su sitio.
Escrutó a Yūji con la mirada, notando cómo se le marcaba la playera en los pectorales, así como el ancho y la buena silueta de sus brazos. Siguió con Fushiguro. Por la ropa holgada no se divisaba gran cosa, así que se atrevió a tocarle el pecho y las abdominales.
—¿Pero qué haces? —La apartó justo a tiempo.
Por último, Nobara revisó las últimas publicaciones que Maki había subido en el gimnasio y las mostró a los chicos.
—¡Es esto, ¿verdad?! ¡Me faltan músculos! —Puso cara de asco al decir eso. No le fascinaba la idea.
—Tal vez. ¡Suerte con ello! —Yūji puso el pulgar en alto. Esperaba ver a su amiga musculosa. Probablemente se reiría mucho en el proceso.
—Tú vas a ayudarme.
—¿Eh? ¿Por qué?
—Porque tienes más músculo que cerebro.
Yūji puso una mirada maquiavélica.
—¡Bien! ¡Dame quinientas flexiones ahora!
—¡Me niego! ¡Te lo acabas de inventar!
—¡Las hago todas las mañanas!
—¡Mentiroso!
Fushiguro empezó a irritarse por tanto grito. Al estar en medio de ambos, se dio el lujo de poner a cada uno una mano en la cara y empujarlos. Estaban casi encima de él.
—Antes de que empiecen —cambió de tema—. ¿Cómo les fue con el proyecto de Gojō-sensei?
—¿Huh?
—¿Qué proyecto?
—Ustedes dos… —Inhaló y exhaló con lentitud—, en verdad son un caso perdido. ¡¿Cómo que cuál?! Debían plantear las dimensiones de una figura tridimensional a la que le cupiera un litro de agua y construirla. Dio dos semanas. Se entrega este martes. Ustedes decidieron hacer equipo.
Al oír eso último, ambos palidecieron. Intentaron disimular el pánico del rostro.
—¿Qué hay de ti? —preguntó Nobara, nerviosa—. No vemos tu proyecto por ningún lado. Debes estar bromeando. ¿Quieres engañarnos? Dile, Itadori.
Yūji tuvo una visión del futuro en la que recursaba la asignatura. Hace unos días le prometió a Gojō subir sus calificaciones y comenzó con el pie izquierdo. ¡¿Cómo vería a su novio a la cara?! ¡¿Por qué hasta ahora razonaba lo inconveniente que era salir con un profesor?!
—Kugisaki —habló con voz de ultratumba—, Sukuna hizo eso. —Él era la pareja de trabajo de Fushiguro—. Una pirámide.
—Tetraedro —señaló Fushiguro.
—¡¿Qué vamos a hacer?!
—¡No lo sé!
Nobara gateó hasta donde Yūji y lo sostuvo por los hombros; los ojos determinados, como si estuviera esperando una oferta de maquillaje.
—Agente Itadori Yūji. Hay algo que sólo usted puede hacer. Su misión, si decide aceptarla, es…
Yūji tragó saliva con dificultad. Puso la mano sobre el picaporte de la puerta de la habitación de Gojō. Giró el rostro hacia el otro extremo del pasillo, donde Nobara efectuó un saludo militar antes de encerrarse en el cuarto de su amigo.
«No puedes echarte para atrás ahora —se dijo a sí mismo—. No es sólo ella. Tu calificación también está en juego».
Entró a la habitación. Gojō estaba acostado, jugando en la tableta. Puso pausa y desvió su atención.
—Yūji. —Se sentó al borde de la cama—. ¿Necesitas ayuda con algo?
En lugar de responder, el susodicho empujó a Gojō contra el colchón, subiendo encima de él, con las piernas separadas por la cintura opuesta.
—Soy yo quien quiere ayudar a sensei.
Gojō no sabía dónde centrar su atención. La mirada coqueta de Yūji; la forma en que la playera holgada (prestada por Fushiguro) con cuello en «V» dejaba ver el torso marcado y bien desarrollado; la lengua inexperta que se abría paso por su boca.
«Su misión, si decide aceptarla, es seducir a Gojō-sensei y convencerlo de que nos dé más tiempo para presentar el proyecto».
Ante la creencia de que se había quedado dormido y experimentaba el inicio de un rico sueño erótico, no dudó en meter las manos bajo la ropa, saboreando con el tacto los músculos de la espalda.
La leve presión no incómodo a Yūji. Todo lo contrario. Era como recibir un suave masaje; a veces le producía cosquillas, en especial cuando bajó hacia las costillas.
Cortó el contacto bucal cuando sus pezones comenzaron a ser acariciados. No lo vio venir. Se estremeció.
Gojō supo que estaba consciente y en el mundo real, en especial porque el Yūji imaginario con el que acostumbraba fantasear sí sabía besar y no tardaba en rogar que lo follara. El que tenía encima lucía algo nervioso y aparentaba ser la definición de la inexperiencia.
Le dio la vuelta, inmovilizándolo contra la cama.
—Yūji, Yūji, Yūji —reclamó, en un intento sobrehumano por ocultar la frustración sexual. No quería hacer algo de lo que pudiera arrepentirse—. ¿Qué pretendes?
—¿No le gustó? —Al ver a Gojō enarcar una ceja sin decir nada, creyó que estaría molesto—. Lo siento.
Yūji terminó el relato sentado sobre sus rodillas, en el piso, cual niño regañado. Gojō escuchó con atención, al borde de la cama, la pierna y los brazos cruzados.
—Entonces fue idea de Nobara y ni siquiera han empezado el proyecto.
Yūji asintió, avergonzado.
—¡Pero ella no tiene la culpa! Yo también. Yo accedí. —Se frotó la parte trasera del cuello—. En el fondo me parecía una buena idea. Digo… —No tenía que explicar que sonaba cómodo sacar provecho de su relación—. Sí.
—Hmm. —Dejó escapar una risita al final. Se cubrió la boca pocos segundos; al no poder más, soltó la carcajada.
La cara de Yūji fue un poema al asombro. Muy en el fondo, quería que la tierra se lo tragara.
—Ay, Yūji. —Le revolvió el cabello—. ¿Te digo algo? Sabía que tarde o temprano recurrirías a algo así. —De hecho, esperaba que el chico le propusiera noches de pasión a cambio de su calificación. El ataque de risa fue porque la situación era mucho más leve e inocente de lo que imaginaba—. Soy tu profesor y sé mejor que nadie que mi materia es la que más te cuesta. Sólo no creí que algo así pasaría tan rápido. Pfft. —Se agarró el estómago.
Yūji gruño, insatisfecho. Temía ver a su novio molesto, pero quien estaba así no era otro, sino él mismo.
—¡No se ría! ¡Ya entendí! —Se puso en pie sin demora.
—Ay, ay, ay. Ok. Perdona, perdona. No pude contenerme. —Separó las piernas y atrajo al otro por el brazo, posicionándolo frente a sí. Su siguiente acción fue introducir un par de dedos bajo la playera, acariciando con el pulgar la piel que se asomaba por encima de la pretina del pantalón—. Pero hiciste un buen trabajo seduciéndome. Mereces obtener una prórroga.
Las facciones de Yūji olvidaron su enojo momentáneo. Lo único que le faltaba era brincar para complementar la emoción que había en sus ojos.
—Les daré tres días más.
La felicidad de Yūji se desvaneció de golpe. Tres días eran muy poquito. Iba a llorar.
—A no ser que quieras hacer otro trato.
—Sensei. —Entrecerró los ojos—. Empiezo a creer que es un demonio camuflado.
—¿Crees que un demonio tendría ojos tan bonitos como los míos? —Pestañeó.
—No lo sé. Pero le estoy viendo unos cuernos y una cola que le puedo asegurar que sí tiene. —Suspiró, cargando la resignación sobre los hombros—. ¿Cuál es el trato?
Gojō exhibió una mueca zorruna.
—Les daré otra semana y media, y sólo tienen que entregarme el trabajo escrito.
—¡¿Qué tengo que hacer?! —Sonaba excelente. Seguro debía firmar una donación de riñón.
—Bueno… —Sentó al muchacho sobré sus piernas y le habló al oído—, debes aceptar todos los obsequios que te dé. —Le depositó un beso en la mejilla—. Sin rechistar ni objetar nada. No puedes devolverlo tampoco, mucho menos pagar por él. También tienes que pedirme lo que necesites; ya sea para la escuela, como parte de un hobby, un antojo… ¿Entiendes lo que quiero decir?
Yūji hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Su rostro, por otro lado, expresaba incomodidad y descontento. No terminaba de agradarle la idea.
—Puedes rechazar la propuesta. Claro que te daría sólo tres días más para lo del proyecto, ja, ja.
—¡Está jugando sucio!
—Para nada —canturreó—. Dime, Yūji, ¿acaso las parejas no están para apoyarse mutuamente? Si tú pudieras darme todo lo que te quiero dar a ti, ¿no lo harías?
Con eso mataría dos pájaros de un tiro. Acostumbraría a Yūji a recibir objetos costosos y lo haría depender económicamente de él. La situación escolar era la que menos le preocupaba. Su chico era mediocre para el nivel de un genio con talento nato, pero aceptable para el grueso de la población.
—Está bien —contestó al cabo de unos momentos—, pero tengo una condición.
—¿De qué se trata?
—Si yo le pido algo, tiene que llevarme con usted a comprarlo. —De ese modo aseguraría obtener lo justo y necesario, en lugar de fomentar el derroche de dinero.
—Muy bien —aceptó. Era un avance—. Y ya que estás aquí… —Aprovechó para repartir unos cuantos besos y lamidas por el cuello.
—Sen… ¡Eso da cosquillas! —Aguantó los escalofríos y soltó un quejido doloroso al recibir una fiera mordida, apartándose en el acto—. ¡¿Pero qué está haciendo?! Si los chicos ven esto...
—Que lo vean. —Una sonrisa maliciosa le deformó el rostro. Apretó al muchacho contra su cuerpo—. Que se note que cumpliste bien la misión de conseguir más tiempo.
Yūji tragó con dificultad. Aprendió que, sin importar la situación, debía manejarse con cuidado si involucraba a su maestro favorito.
—Quiero preguntar y al mismo tiempo no —dijo Nobara, la mirada fija sobre las marcas de chupetones y mordidas en la piel contraria.
Fushiguro no opinó. Le daba asco y le hacía sentir incómodo. Además, debieron verlo venir.
—Tenemos una semana y media más para entregar el trabajo. No hace falta el modelo, sólo la parte escrita —explicó Yūji en voz queda. No lloraba por el ultraje nada más porque él mismo se lo buscó.
—Nunca dudé de ti, nuestro más valiente guerrero. —Le colocó una mano en el hombro.
—Deja que me recupere y te voy a ahorcar, Kugisaki.
—¿Hah? ¡¿Y yo qué culpa tengo?! ¡Ya sé, ya sé! ¿Y si te invito el almuerzo esta semana?
Al caer la noche, Nobara fue al cuarto de visitas. Se adueñó de la habitación el día que Gojō la pasó para allá en un intento frustrado por robar a Yūji. Éste último aún compartía con Fushiguro. A ninguno de los dos le resultaba inconveniente.
Pasadas las doce, Yūji se levantó para ir al baño. Fushiguro se despertó por el movimiento, aunque fingió seguir dormido.
Al terminar de hacer sus necesidades, Yūji miró la puerta. Un pensamiento peculiar le rondaba la cabeza desde antes de ir a la cama. Aprovechó la creencia de no haber despertado a su amigo, como en otras ocasiones, y se fue, poniendo los pies en marcha hacia la habitación de Gojō.
¿Debía tocar? ¿Y si lo despertaba? ¿Sería mejor abrir y ya? Una cosa era hacerlo de día y otra muy diferente irrumpir de noche, cuando se suponía que tenías la guardia baja.
«Maldita sea». Debió pensarlo mejor antes de actuar.
—Yūji.
Se sobresaltó al escuchar la voz de su maestro a espaldas. ¡¿Ni siquiera estaba en su cuarto?! ¡¿Qué hacía afuera?! ¡¿Acaso era un búho?!
—¿Pasa algo? —Le puso la mano en la cabeza.
«¡Sí! ¡Casi me mata de un infarto!» respondió su conciencia.
—No. Nada. Es sólo… Bueno...
Quería dormir con él.
—Ah, creo que entiendo —dijo, juguetón—. Querías asaltarme mientras dormía. Yūji, no te conocía esas mañas.
—¡Miren quién lo dice! —reclamó, modulando la voz para que el efecto fuera el mismo, sin despertar a toda la cuadra de un grito.
Gojō rio por lo bajo. Llevó la mano al picaporte y abrió.
—¿Entras conmigo? ¿O prefieres seguir coqueteándole a mi puerta con la mirada?
Ambos se pusieron cómodos en la cama. Estaba fría, por supuesto. Gojō había trabajado en la sala hasta hacía poco. A Yūji no le importó. En especial porque su novio le proveía del calor necesario al abrazar su cuerpo.
Era su primera vez siendo la cuchara pequeña. Mentiría si dijese que no lo esperaba. Después de todo, era bajito en comparación a su profesor, que medía casi dos metros.
La posición era extraña para él. Jamás la había experimentado. Podía sentir la respiración de Gojō en la nuca, así como los besos ocasionales.
—Sensei. —Se mordió la lengua, cayendo en cuenta de que eran pareja ahora. Llamarlo así era un poco… Bueno, Gojō no se había quejado al respecto, pero ¿no sería mejor ser más directo?
—¿Hm?
—¿Cuántos años tienes?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Al menos no era una queja sobre que no lo dejaba dormir con lo que hacía. porque quería devorar a Yūji y apenas lograba mantenerse a raya entre beso y beso.
—Treinta y uno.
El silencio persistió un buen rato.
—¿Te preocupa? La diferencia de edad.
—Ah, no realmente. Es sólo que en la tarde pasó algo y me surgió la duda.
Gojō, que escuchó de manera parcial la plática de los niños, imaginó que fue cuando Nobara lo llamó viejo.
Murió la conversación. No así las acciones. Gojō acariciaba de forma discreta los brazos opuestos. Bajó al torso y, luego, a los muslos.
Yūji estaba ahí para él. Podía acercar la entrepierna hacia el trasero de su chico y frotarse contra éste para obtener algo de placer.
Estaba cerca.
Tan jodidamente cerca.
Y tan malditamente urgido.
Llevaban poco saliendo. No podía presionarlo. Era demasiado pronto. Primero debía consentirlo y mimarlo; acostumbrarlo a acumular responsabilidades y favores de forma subliminal para que no pudiera negarle nada. Yūji era demasiado noble. Le brindaría un trato adecuado.
«Cuando el momento llegue, prometo tratarte bien». Podía garantizarlo.
Se levantó de la cama.
Yūji comenzaba a quedarse dormido con las caricias. Las sentía como un agradable masaje.
—¿A dónde…?
—Sala —interrumpió Gojō—. Olvidé apagar la laptop. No tardo.
Dejó al chico atrás y se dirigió al baño de la planta baja. Si no se masturbaba en ese momento, quién sabe qué podría hacerle a su pareja en la recámara. No tomaría riesgos. Mucho menos después de todo lo que le había costado hacerse con él.
Tuvo que darse alivio tras devolverlo con Megumi y compañía, por el intento de seducción en la tarde; ahora lo repetía para evitar cometer alguna estupidez.
Andaba muy enérgico. Pese a ser un treintón, su cuerpo actuaba como si tuviera la mitad de la edad.
Al regresar a la habitación no dudó en pegarse al otro lo máximo posible. Incluso le echó una pierna por encima de la cadera. Y Yūji se sintió querido. Jamás había dormido abrazado por alguien. A lo mucho, su espalda chocaba con la de Sukuna cuando tenía alguna pesadilla; eso le ayudaba a calmarse.
En ese instante experimentaba algo diferente. Tan nuevo y nostálgico. Le encantaba y, por un momento, deseó que la mañana jamás llegara.
