CAPÍTULO XLIII
—Maestro, ¿está seguro de esto? —preguntó Uraume, sosteniendo una mochila con fuerza. Su contenido: el dinero que Sukuna había ahorrado en los últimos cinco meses de pelea junto al de ella.
—Apégate al plan y no hagas preguntas estúpidas. —Se echó a la cabeza la capucha de la sudadera negra sin mangas que vestía. Extrajo un cubrebocas del mismo color del bolsillo para cubrirse parte de la cara.
Uraume lo imitó. No llevaba sudadera, pero sí una mascarilla roja. Su conjunto era el típico deportivo entallado que usaba cuando entrenaba.
Pese a ser casi media noche, el frío no era un inconveniente. La cercanía de la primavera con el verano lo hacía soportable. Un clima fresco que se disfruta con la piel expuesta.
A los pocos minutos llegaron a un callejón, donde había una persona de traje sobre un banquillo, fumando.
El hombre, de ojos hundidos y cabello oscuro, los miró con desinterés.
—Al Jardín de las Quimeras —exigió Sukuna, arrogante y sin rodeos.
Sin moverse de su lugar, el sujeto se retiró el cigarrillo de los labios.
«Debe ser el nuevo» pensó, mientras exhalaba el humo y reparaba en los tatuajes sobre los brazos de Sukuna.
—¿Peleadores o espectadores? —preguntó con voz pastosa.
—Peleador. —Señaló hacia atrás con el pulgar, el resto de los dedos, cerrados en puño—. Esta es mi chica.
—No es un lugar para citas —advirtió. Sukuna no contestó—. No nos hacemos responsables de lo que le pase allá adentro.
Al ver que su mirada era igual de dura que la del chico y descubrir que ni siquiera tembló, sacó un comunicador del bolsillo interior del saco.
—Dame paso a dos. Un peleador y… su chica.
—¿Nuevos? —cuestionaron del otro lado de la línea.
—Sí.
—Perfecto. Dejaremos que abra. Pásalo. —Cortó la comunicación.
El hombre caminó hacia una puerta de metal. Contaba con el mecanismo infalible de seguridad que una cadena gruesa, oxidada y ruidosa era capaz de brindar a juego con un candado.
Al abrir, el eco de la música electrónica mezclada con lo que parecía ser rap alcanzó sus oídos. También podía escucharse el bullicio lejano. Del otro lado había dos guardias armados y, al fondo de un estrecho pasillo, un elevador metálico de carga, cuya única protección era un enrejado metálico.
Con un movimiento de cabeza, el hombre de traje les ordenó entrar.
—No pueden ingresar con armas —dijo cuando Uraume pasó frente a él. Ella le dirigió una mirada feroz—. Es un recordatorio, preciosa. No pongas esa cara.
El elevador se ponía en funcionamiento con una palanca dispuesta en uno de los laterales. Hacía bastante ruido al moverse y se tambaleaba de una forma que haría pensar a cualquiera que caería al vacío en cuestión de segundos.
Bajó.
El primer nivel que se dejó a la vista, y en el que no se detuvieron, no distaba de un antro cualquiera. Gente joven dentro, con luces neón de múltiples tonalidades. La música, detestable. Un verdadero dolor de cabeza para Sukuna.
El segundo nivel lucía como un centro de reparaciones separado por cubículos. A primera vista pudieron captar partes de armas de fuego.
El tercer y cuarto nivel estaba destinado a la venta. Uno contaba con mujeres de todas edades; el otro, con hombres. Ambos sexos en las mismas condiciones: atados y desnudos en vitrinas donde sólo cabían sentados; drogados, en condiciones que los matarían en cuestión de semanas. Desafortunados productos de rezago. Los que tuvieron suerte ya habían salido en las subastas.
Se detuvieron en el quinto nivel. La plataforma metálica dio un tirón.
—Peleadores —anunció el sujeto que bajaba la palanca.
La parada de Sukuna. Bajó sólo con lo que llevaba puesto a una zona con rock pesado en el ambiente. Había cubículos con personas maltrechas; hombres en su mayoría. Unos se preparaban, vendándose las manos o golpeando sacos con manchas secas que podía imaginar lo que habían sido frescas.
Un sujeto alto de ojos negros, pequeños; cejas estilizadas, delgadas, con una sección faltante en el centro; cabello teñido en color claro, de escaso y fino bigote, se plantó frente a él.
—Ven conmigo para el registro.
Lo siguió sin mediar palabra.
El tipo le señaló una sección vacía y limpia en comparación con las ocupadas. Tenía una silla al centro, un charco de agua alrededor y un balde vacío por un lado.
—No puedes drogarte antes de la pelea. Por la puerta de allá sale el anunciador. Debes seguirlo cuando diga tu nombre. Serás llevado al ring y asumo que el resto lo puedes intuir. Espero no lleguemos al momento en el que también deba explicar esa parte. —Algunos no eran más que piezas de ajedrez con un daño cerebral considerable como para recurrir a eso—. Nadie te conoce. No esperes a que te reciban bien e intenta no morirte. Detesto que me den trabajo extra arrastrando cuerpos.
Sukuna sonrió. Todos recordarían su actuación ese día.
—¿Y bien? ¿Cuál es el nombre del señorito?
Uraume apenas y podía abrirse paso entre empujones y malos olores.
—Hola, hola. ¿Qué hace un bombón como tú por aquí?
Un sujeto moreno de olor nauseabundo y ojos rojos se le tiró casi encima. Se tambaleaba, aunque contó con la suficiente coordinación para tocarle el trasero.
Se arrepintió de llevar prendas tan ceñidas, pues sintió un dedo hundiéndose de más entre sus nalgas.
En una fracción de segundo le soltó una patada al rostro. Si la música hubiera estado más baja, se habría escuchado un escabroso crujido.
Los ojos del sujeto se voltearon. No se levantó del suelo.
Alrededor de ella los espectadores guardaron silencio. Más del debido. Alguien que parecía gorila con corbata se acercó a la zona.
«Mierda» pensó. Debía hacer algo al respecto. No podía permitir que la echaran de allí.
No obstante, el gorila se llevó la mano al comunicador de la oreja. Tomó al sujeto del piso de un tobillo y lo arrojó hacia un hueco en la pared, cubierto por una cortina.
A ella la dejaron tranquila y quienes le rodeaban se abrieron paso por donde caminaba. Así, llegó a una taquilla con cristal templado tras la que se hallaba una vieja bruja de manos torcidas y dedos artríticos que adornaba con diversos anillos en un intento por embellecer lo único de su cuerpo que aún era presentable. Más que su cara, al menos.
—Esta es una zona de apuestas, niña —dijo de forma hosca—. No sé cómo te dejaron entrar, pero no es un lugar donde puedas dejar tu mesada. En los pisos de más abajo te puedes prostituir. Si tienes suerte, te darán unos cuantos centavos.
Uraume tuvo la creencia de que el cristal no era para protegerla a ella, sino de cuidar a los apostadores de recibir los escupitajos y saliva, que los dientes grandes y amarillos no lograban retener dentro de la boca de la bruja.
Adicional a la amable sugerencia, señaló un letrero por encima del cristal.
«100,000 monto mínimo».
Entre Sukuna y ella duplicaban esa cantidad.
Abrió la mochila y dejó ver los fajos de billetes que contenía.
—¿Esto será suficiente?
La bruja la miró con desprecio. Con movimientos lentos, pero decisivos, abrió una pequeña escotilla.
—Más te vale que sean reales.
Las manos deformes y temblorosas de la vieja se movieron con agilidad sobre el dinero. Lo colocó en un contador de billetes y éste no detectó ningún problema con ellos.
En un papel aparte, escribió la cantidad que anunciaba el aparato.
—¿Cuál será la distribución?
—Todo a Ryōmen Sukuna —exclamó.
La arena de combate era un recinto enrejado octagonal cerrado. El acero rodeaba a los peleadores en su totalidad. Éstos ingresaban al interior por medio de puertas situadas en extremos opuestos.
Entre la plataforma y los espectadores había cuatro metros de distancia. Un anillo de vacío perfecto, que sólo se interrumpía en dos puntos: los puentes que conectaban el interior para que ingresaran los leones a ese reducido coliseo de entretenimiento.
—¡Bienvenidos, ladies and gentlemen, al espectáculo de media noche! —inició el anunciador, entrando al octágono—. Espero que hayan hecho sus apuestas a tiempo, porque nuestra querida Enya-ba acaba de cerrar su cubículo.
Al decir aquello, la zona donde Uraume había obtenido un miserable ticket por su inversión, cerró con cortinas metálicas que cayeron veloces con un estruendo.
—¡Como siempre, esperamos que nuestros generosos patrocinadores se encuentren de maravilla! ¡Mantienen vivo este hermoso Jardín de Quimeras!
Abrió los brazos de golpe, señalando hacia los palcos superiores, forrados con cristales recubiertos con espejos de vinilo que no permitían ver hacia el interior. De ese modo evitaban los altercados hacia quienes financiaban el lugar.
—¡Esta noche contamos con un novato prometedor! ¡Luego de semanas buscando un reemplazo para Kirara, al fin tenemos a nuestros diez jugadores completos!
Las ovaciones no se hicieron esperar.
—A nuestro primer elemento ya lo conocen bien. Con dos metros de estatura, un peso que ya no nos molestamos en medir y usando la cabeza de una botarga de panda que robó el primer día que llegó aquí. Denle la bienvenida a: ¡Panda!
Gritos. Chiflidos. Bullicio. La energía característica del lugar no se hizo de esperar cuando el susodicho ingresó a la arena y se desgañitó con un inusual grito animal.
—El desdichado que luchará contra él será el novato que les mencioné antes. —Sacó un papel del bolsillo—. Con ochenta kilos de peso y apenas sobrepasando el metro-ochenta de estatura, demos la bienvenida a: ¡Ryōmen Sukuna!
El presentador echó a correr del octágono. Por su salida, entró Sukuna. A diferencia de Panda, él recibió pocos aplausos, incluso abucheos. Gritos como «¡Mátalo!», «¡Desaparécelo como a Kirara!», no lo desanimaron. Por el contrario, disminuyeron. Los más cuerdos sabían que era inusual ver a un hombre indeseado entrar con la gracia y el porte de un rey.
—Papá. Nanako. Ya empezó —dijo una chica de ojos tan oscuros como su cabello.
—Mimiko, no te recargues en el cristal —agregó Nanako, dejando el celular sobre una mesa, antes de acercarse hacia donde se hallaba su gemela.
Nanako, a diferencia de su hermana, usaba el pelo tan largo que se lo recogía en un rodete y hacía poco se lo había teñido de castaño claro, mas en los ojos se notaba que eran idénticas.
—No se va a romper.
—Lo sé. Pero las instalaciones no me dan confianza. Podría zafarse de su sitio en cualquier momento.
El padre de ambas se encontraba más atrás, recibiendo un masaje sobre una camilla. En su espalda se exhibía un tatuaje que abarcaba desde el cuello hasta los glúteos y un poco más.
La imagen era de un fiero tigre, marcando su descenso a través de gruesas raíces de aparente deformidad natural, dando la ilusión de proteger a su portador. El resto de la piel fue grabada con el horimono de un paisaje tradicional sacado de una leyenda en la que abundaban las flores de cerezo.
—No seas tan dura con ella. Sabes que Panda es su favorito.
Él hizo un gesto con la mano y el masajista se detuvo, ayudándolo a tomar asiento, antes de ofrecer asistencia con la vestimenta. Le gustaba la ropa de los sacerdotes budistas al considerarla cómoda, elegante y con una representación espiritual que le hacía sentirse en paz consigo mismo.
Como deseaba continuar con el masaje luego del espectáculo, dejó la kasaya de tonalidad dorada de lado y se colocó la yukata negra, con un brazo dentro y el otro fuera.
Fue hacia donde las niñas y elaboró señas para que el masajista y el guardaespaldas acercaran un sofá de tres plazas, donde se acomodó al centro.
Al fijar su atención sobre el octágono, un detalle particular captó su atención.
—¿Quién es el chico tatuado de pelo rosa?
—Ryōmen Sukuna —respondió Mimiko—. Eso dijo el presentador.
—Hanami —habló él, dirigiéndose a su guardaespaldas, una mujer demasiado alta y robusta para su propio bien. Una excelente peleadora. La había reclutado al verla en la arena, muchos años atrás—. Trae a ese muchacho aquí cuando sus quince minutos de fama concluyan.
—Por supuesto.
—Y pide a los de abajo la información que tengan de él.
—De inmediato.
—¿Le ves potencial? —preguntó Nanako, acomodándose a su lado.
—¿Puede ser nuestro guardaespaldas? —siguió Mimiko.
—Primero tenemos que saber sus antecedentes —dijo su padre—, y…
—Es una pena que traiga mascarilla —interrumpió Nanako.
—Espero que sea guapo.
—Y que tenga una linda voz.
«Me están ignorando» pensó el padre.
Panda era conocido por pelear con diferentes estilos y solía decir que representaban a sus distintas personalidades. Un tipo enigmático. Gran sujeto de espectáculo, mas no el mejor peleador del lugar.
Sukuna tuvo algunas dificultades al inicio del round, dedicándose a esquivar desde problemáticas patadas hasta golpes erráticos. Pasados unos minutos, aumentaron la intensidad de las luces sobre sus cabezas.
Cuando no había el suficiente intercambio de puños, sangre derramada o dientes volando, se recurría a dos tácticas para interesar a la audiencia; la primera consistía en la manipulación de luz para deslumbrar a los contendientes; la segunda, introducir armas.
Sukuna maldijo por lo bajo al sentirse cegado por la iluminación. Supo que la situación empeoraría si no se hacía cargo de ese maldito Panda.
En un momento de descuido intencionado, su oponente lo tomó de la capucha y vio ahí su oportunidad para deslizarse por la plataforma, terminar desnudo del torso y echar la prenda sobre la cabeza de botarga.
Lo derribó con una patada al cuello y se abalanzó, sosteniéndole la mano derecha con el cuerpo. Aprovechó la posición para empujar la cadera hacia arriba y romperle dicha extremidad.
De ahí en adelante se dedicó a divertirse, triturando huesos poco a poco. Panda usaba demasiada energía y era bastante violento. Contra inexpertos en combate seguro los destrozaba de forma bruta. Sukuna tenía más resistencia y pensaba antes de actuar. Era su punto fuerte.
Al finalizar, volvió a su mugroso y hediondo espacio de descanso. Uraume se encontraba allí en pie, cargando con la mochila vacía.
—¡Maestro!
—¿Qué pasó?
—El…
—El patrón quiere verte —dijo el tipo del bigote chistoso.
Luego de eso fueron escoltados hacia uno de los palcos tras los cristales.
—Vaya, cuánta eficiencia —dijo un hombre de cabello negro y largo, con características expansiones en los lóbulos de las orejas, mientras vertía un líquido ámbar dentro de dos vasos de cristal—. Es inusual ver a alguien llegar en una sola pieza el día de su debut. Permíteme felicitarte.
Se acercó a Sukuna y ofreció uno de los vasos.
Sukuna lo miró a él. Al recipiente. No aceptó nada.
El hombre puso una sonrisa zorruna. Hanami hizo crujir los nudillos y a ella le fue entregado el alcohol.
—A tu salud. —El hombre levantó el vaso a la altura del rostro y dio un sorbo.
Hanami lo bebió de golpe.
Sukuna escrutó la habitación. Las dos chicas en el sofá con traje de colegiala no le dieron ninguna información relevante. Podían ser o no verdaderas estudiantes. El tipo frente a él seguro tenía fetiche por las menores de edad. Debía ser quien dirigía el lugar. No por nada se refirieron a él como «Patrón». Además, presentía que podía ser algún jefe de la mafia o, mínimo, con un cargo importante. Se rodeaba de mucho lujo y seguridad como para tratarse de un cualquiera.
—Bueno, ¿dónde están mis modales? Mi nombre es Getō Suguru y dirijo este lugar, pero asumo que ya lo estabas intuyendo.
—Ryōmen Sukuna —se presentó, del mismo modo en que se inscribió para el octágono.
—Es una linda chica la que tienes ahí. —Pasó los ojos hacia Uraume, quien se hallaba de pie tras su maestro.
—¿Para qué me llamaste? —Fue directo al grano.
—¡Oi! —bramó Hanami, parada frente a la puerta que fungía de entrada y única salida—. ¡Más cuidado con el tono que usas!
Getō levantó una mano, indicando que no hacía falta su intervención.
—Me gusta la gente directa. Es una buena cualidad que no se observa en el japonés promedio.
A Sukuna le daba mala espina que ese tipo luciera tan sereno y amigable. No sabía qué tan sucias podía tener las manos el dueño de un lugar como ese. Por suerte, no era tan ingenuo como para tragarse que se trataba de un buen tipo.
Getō dio media vuelta, tomando asiento en un sillón negro de una plaza, separado de otro igual por una mesilla elegante tallada en madera con detalles de escayola.
Sukuna analizó el tatuaje del tigre cuando lo vio girarse. Lo que quedaba a la vista, al menos. Estaba al tanto que éstos contenían un simbolismo particular entre la yakuza; desconocía cuál era. Se maldijo por no poseer en sus registros mentales información suficiente.
—Charlemos un rato. —Señaló con la mano extendida el lugar frente a sí.
Sukuna se acomodó, con las piernas separadas. Era la viva imagen de un pandillero ideal para el cine y la televisión. Uraume se mantuvo de pie a su lado.
—Niñas. —Las llamó Getō.
Nanako se levantó, entregando en silencio varias imágenes impresas en tamaño de media carta, que revisaba junto a su hermana. Volvió junto a ella sin mediar una sola palabra.
Getō puso tres fotos sobre la mesa. En ellas se mostraba a Sukuna disfrutando de las peleas callejeras con una sonrisa de oreja a oreja.
—Me han informado que vales lo que se te paga. Te felicito. También quiero agradecerte por dejar vivo a Panda. Me habría dolido tener que buscarle un reemplazo. Pocas veces encuentro a los indicados para anexar a mis filas.
Sukuna no hizo ningún gesto. Poco le faltó para dar señales de sorpresa. Si lo habían mandado llamar y el Patrón lo felicitaba, ¿significaba que recibiría una invitación formal para unirse a ellos?
—Tienes mucho potencial —continuó—; sin embargo, no quiero volver a verte. Ni aquí ni en mis zonas de conflicto.
Una a una, dejó caer las imágenes. En ellas, Sukuna estaba en la escuela, en el club de básquetbol, en el restaurante de los padres de Uraume.
—¿Entiendes? Itadori Sukuna —pronunció con un tono serio y amenazante, distinto al jovial y relajado que había empleado hasta ese momento.
Sukuna apretó los dientes. Una gracia asesina le deformó las facciones. Si conocía su verdadero nombre, también sabía dónde estudiaba, qué hacía y a dónde iba. El desgraciado sabía todo. ¡Todo! De lo contrario no tendría esas evidencias en su poder.
—No queremos que nada malo pase con tu hermano. —Colocó dos fotos más entre ambos. En ellas se mostraban dos jóvenes similares—. Yūji, ¿cierto? ¿Te cuento algo? —cambió de tema—. A mí me gustan mucho los gemelos.
»Por desgracia, a veces los hermanos pelean y puede que en este momento no te importe demasiado. Así que, si no lo haces por su bien, ¿qué te parece hacerlo por el de este otro muchacho?
Sukuna se levantó de golpe cuando una foto de Fushiguro cayó frente a él. Parecía mirar algo a la distancia. Lo que terminó por ponerle el corazón a tope, fue darse cuenta de que lo vigilaban. Demasiado, pues cada imagen era tan nítida y cercana que horrorizaba.
Fue una pedrada directa a su orgullo, pues él siempre estaba a la defensiva y jamás notó que alguien lo siguiera o pareciera sospechoso.
Hanami le echó las manos a los hombros y lo obligó a tomar asiento de nuevo.
—Oh, no te pongas así. Tengo algo para ti.
Si Sukuna no actuaba de forma más violenta era porque sabía dónde estaba parado. Nadie lo conocía en ese subterráneo con salidas limitadas al exterior. Aunque Uraume era fuerte, no podrían irse de rositas del lugar. Sin mencionar que la pelea con Panda le había drenado suficiente estamina.
Getō tronó los dedos.
Al cabo de unos segundos entró la vieja Enya-ba con un portafolio metálico y se lo entregó a Uraume.
—Todo tuyo, bonita —soltó de mala gana.
Getō le agradeció con la mirada y ella salió escupiendo pestes en voz baja. Odiaba perder dinero.
—Pueden revisarlo —les indicó.
Uraume no dudó ni un segundo en hacerlo, pues el portafolio lucía bastante pequeño; un poco más grande que un folder de papel. Dentro había billetes de alta denominación encintados como solían almacenar los bancos.
—E-Está todo —tartamudeó, tras hacer un cálculo estimado con la mirada transformada en signo de pesos.
—Por supuesto. Aquí somos gente honesta —respondió Getō con una sonrisa imperturbable. La misma sonrisa que tuvo en su rostro todo ese tiempo y que comenzaba a sacar de quicio a Sukuna—. Hanami.
—Señor. —Se puso a sus órdenes.
—Acompáñalos a la salida. No queremos que los asalten en el camino.
—Por supuesto.
Los siguientes días, tanto Yūji como Fushiguro notaron a Sukuna iracundo. Más de lo usual. No tenían modo de saber la razón y ninguno se animaba a preguntar.
No obstante, alguien sí parecía tener conocimiento pleno de lo que pasaba.
En uno de los recesos, Fushiguro siguió a Uraume a una distancia prudente. Ella llevaba el almuerzo. Sukuna solía comer en su compañía a la sombra de uno de los edificios menos concurridos del complejo.
Fushiguro tenía planeado interceptarla y hacerle unas cuantas preguntas, pero lo dejó pasar. Le molestaba que ella supiera más de las cosas de Sukuna, que él mismo. Por orgullo no podía ser tan evidente respecto a sus celos, sin contar con que se trataba de un arma de doble filo.
Ella era demasiado leal a Sukuna. Incluso si le decía lo que necesitaba saber, no había garantía de que no le contara al otro lo que le había cuestionado. Sukuna, tan reservado como era, podía molestarse y eso no era lo grave, sino que su confianza en Fushiguro podría disminuir a causa de ello.
El mejor plan de acción era acercarse, sin hacer ruido, para oír lo mejor posible. Quedó de pie a la vuelta de la pared donde los otros dos estaban.
Pasaron minutos en silencio. Tuvo un malestar en la boca del estómago ante el presentimiento de que, tal vez, no hablaban porque había sido descubierto.
El alivió relajó su cuerpo cuando escuchó la voz de Uraume, indignada.
—Estoy segura de que en una pelea a puño limpio le habría ganado a ambos.
Sukuna no dijo nada.
—Tanto a Hanami como a ese tal Suguru. Además, no…
—¡Ya cállate! —interrumpió de forma brusca—. La próxima vez que hables de eso te arrancaré los dientes uno por uno. Y será lo más bonito que voy a hacerte. —Lo último que buscaba era revivir el sentimiento de impotencia. Lo odiaba más que nada en el mundo. Estar a los pies de alguien más era una putada.
—Lo siento —murmuró.
Información ambigua, aunque sustancial.
Fushiguro intuyó que algo había pasado entre Hanami, Suguru y su novio. Uraume había estado presente y Sukuna, por alguna razón, no pudo hacer nada.
Lo más importante: ¡¿Por qué él no estaba enterado?!
Apretó los puños.
Él era el novio de Sukuna. Él era con quien iba a terapia. Él era con quien tenía sexo. ¿Dónde estaba la confianza? ¿Por qué tenía que descubrir las cosas de esa manera?
Las cortas uñas de sus dedos se le clavaron en las palmas al cerrarlas con más fuerza de la necesaria.
Tenía tantas ganas de dar la vuelta, encararlo y exigir respuestas.
«No. Eso sería una estupidez». Si Sukuna no le platicaba al respecto debía existir una razón para ello.
«Piensa, Megumi. ¿Por qué Sukuna te ocultaría algo?». Creer que lo engañaba fue lo que primero llegó a su cerebro.
Agitó la cabeza.
Por la forma en la que había amenazado a Uraume, eso no podía ser.
Si se iba por el lado amable, podría ser para protegerlo o para evitar preocuparlo. En ese caso, ¿en qué podría meterse Sukuna que le resultara riesgoso a él también?
«Una pelea». ¿Qué clase de pelea? No imaginaba a Sukuna perdiendo. En especial porque había tenido un encuentro express con Gojō sin recibir daño alguno y éste último, muy a su pesar, era la persona más fuerte que conocía.
Regresó por donde vino.
Tras dar cientos de vueltas al asunto, concluyó que Sukuna sí confiaba en él, pero lo consideraba débil. Por Yūji sabía que entrenaba a Uraume. Era obvio que se sentiría más seguro con alguien a quien había instruido personalmente, en lugar del chico al que le había puesto un ojo morado a los pocos días de conocerse y con el que comenzó a salir al cabo de medio año por casualidad divina.
No pudo pensar en nada más durante el resto del día, así que recurrió a la solución más simple y sencilla de todas.
Se escabulló de la práctica de básquetbol y esperó en el área cercana al estacionamiento donde los estudiantes dejaban sus bicicletas. Al poco rato, apareció Uraume, quien usaba una para ir y venir de su casa a la escuela. Solía retirarse más temprano de lo usual de sus actividades extracurriculares.
—Te estaba esperando.
Uraume arrugó el entrecejo.
—¿Por qué?
—Quiero tener un enfrentamiento contigo. Aquí. Ahora.
—Me rehúso. —Sostuvo el manubrio de la bicicleta para sacarla del cicloparqueadero.
Fushiguro le puso la mano encima para detenerla. Nada brusco. Se limitó a girarla un par de centímetros para que pudieran verse de frente.
—Será algo rápido y seguro. Como una práctica. Sé que Sukuna te entrena. Sólo quiero ver los resultados.
—Puedes preguntarle directamente sobre eso.
—Bueno, bueno, bueno —dijo un tercero.
Ambos voltearon al reconocer a quién pertenecía la tercera voz a la distancia.
—Mi chico y mi pupila se encontraron a la hora de la salida. Qué lindo. —Sukuna se acercó a ellos con una sonrisa que les produjo escalofríos.
Fushiguro retiró de inmediato la mano y Uraume incrementó la distancia. Los dos tenían la suficiente agudeza mental para deducir lo que imaginaba el otro.
—No es lo que parece —intervino Uraume.
Sukuna, con el juicio nublado a causa de su pésimo humor, atrapó a la chica por el cuello en un movimiento rápido, ejerciendo presión al instante.
—¿Cuándo te di permiso de hablar, pedazo de...?
—¡Sukuna! —Fushiguro saltó de inmediato, cerrando los dedos sobre la muñeca de su pareja—. Déjala. Sólo estaba hablando con ella.
—Ah, mira, qué irónico. El señorito que estaba en contra del contacto físico ahora necesita tocar a la gente para hablarle —habló con saña—. ¿Quién lo diría? Las terapias no son tan inútiles después de todo.
Fushiguro resopló. Ese había sido un golpe bajo. Sonrió altivo y de medio lado antes de contestar.
—Y el dios generoso que piensa con la cabeza fría se está dejando llevar por ridículas ilusiones. ¿Qué pasa? ¿Los sentimientos humanos son demasiado para ti?
Sukuna dejó de desquitarse con la garganta de Uraume. Ella recuperó el oxígeno perdido en una bocanada al ser liberada.
Si antes le caía mal Fushiguro por su actitud distante, ahora lo repudiaba por ocasionar problemas a su maestro.
—Lárgate —ordenó Sukuna—. Y me mandas por mensaje lo que ocurrió aquí. —Volvió la mirada hacia Fushiguro—. Tú puedes contarme tu versión de los hechos camino al gimnasio. Todos se están preguntando dónde rayos se metió el capitán y le tocó al segundo al mando salir a buscarlo —mintió.
La parte verdadera: Tōdō dejó a cargo a Megumi al graduarse (ya era justo y necesario), éste, a su vez, escogió a Sukuna como vicecapitán.
La parte falsa: Nadie advirtió la ausencia de Fushiguro, aún era pronto para ello; Sukuna, que siempre tenía un ojo encima de él, fue quien se alteró a los pocos minutos, así que salió a buscarlo.
Verlo de cerca con Uraume activó sus celos irracionales.
La chica partió de inmediato, dejando atrás a la feliz pareja.
—Dime la verdad, Megumi —sonó más a ultimátum, que a petición.
—Sé que la entrenas. —Pretendía dejarlo sin explicación y no dirigirle la palabra hasta verlo más tranquilo; sin embargo, la forma más rápida de salir de esa y obtener algo de lo que buscaba, era con lo que estaba por dialogar—. Quería ver su avance por medio de un combate de práctica.
—¿Por qué te interesaría eso?
Fushiguro desvió el rostro. Exponer sus inseguridades sólo lo haría ver como alguien del calibre de Gojō por el tipo de tema que debía abordar.
—Megumi, Megumi, Megumi. —Le pasó una mano por la cintura, para reducir la distancia—. ¿No aprendimos nada en la terapia? Debemos dejar los secretos de lado para que esto funcione. ¿O, acaso, ahora que obtuviste mi cuerpo pretendes desecharme? Eso me dolería. Mucho.
—Aléjate de mí Satanás —musitó. Sukuna parecía divertido, nada afligido.
Gruñó por lo bajo, creando el tiempo necesario para elaborar un argumento más aceptable.
—¿Luzco débil? Para ti —especificó—. Tengo mis reservas y quiero saber cuál es la diferencia entre nosotros. Sólo eso.
—¿En verdad quieres saber?
Fushiguro asintió.
—Yo te puedo decir.
Al oír eso, se atrevió a mirarlo a los ojos.
—La diferencia entre tú y ella son un par de senos. —Bajó la mano hacia las nalgas de Fushiguro—. Un lindo culo y un gran…
—Sukuna —exclamó, poniendo los ojos en blanco.
—Habrá que verlo. —Soltó a su novio y encogió los hombros—. Sólo no dejes que pateé tu cara. Es su carta de triunfo (y es lo único bonito que tienes).
—Voy a matarte.
—Puedes intentarlo si sobrevives a este sábado. —Sacó la lengua.
Fushiguro quiso morderla, mas Sukuna la regresó a donde pertenecía justo a tiempo. Entre ellos, cada vez se volvía más común hacer eso.
—¿A qué hora?
—A eso de las diez. En mi casa, por supuesto. —Le asombraba la facilidad con la que el otro lograba ponerlo de buen humor sin hacer gran cosa. No se equivocó al elegir desgastarse por él.
Al retomar sus pasos hacia el gimnasio, Fushiguro lo detuvo por el brazo y volvió a cerrar la distancia.
—Por cierto, estos días has estado bastante enojado. ¿Pasó algo? —ante el evidente silencio, agregó algo más—. Ya sabes, debemos dejar los secretos de lado para que esto funcione.
Sukuna soltó un bufido a modo de risa.
«Bastardo astuto» pensó. Usando sus propias palabras en contra.
Suspiró, cansado. Le irritaba más recordar todo lo que pasó, aunque por razones obvias, no podía contarle.
—No pude darle su merecido a unos tipos y me frustré.
Fushiguro relajó su expresión tensa. Esos debían ser los Hanami y Suguru que escuchó a Uraume mencionar.
—¿Pasó algo grave? —No era su intención indagar más de lo debido. Nunca lo era. No de forma directa.
—A veces hay tipos problemáticos frecuentando los rumbos de Uraume. Esta vez, la policía apareció antes de que iniciara algo.
—Eso es bueno.
Sukuna rodó los ojos.
—Y, ¿qué hacías cerca de donde vive Uraume?
—Ayudo a sus padres con el restaurante —le contó la misma mentira que manejaba con Yūji—. ¿Qué más podría hacer? Soy un gran tipo.
Fushiguro torció la boca. No agregó nada más hasta que llegaron a los vestidores. No sabía qué hacían ahí. Intuía algo. Tal vez sería besado. Sukuna evadía el afecto en público —tampoco es como si en privado tuviera un amplio repertorio—, aunque nunca desperdiciaba una oportunidad en la que pudiera tocarlo.
—Si tuvieras alguna clase de problema… —La frase quedó suspendida.
Sukuna le pasó una mano por la nuca, bajo el cabello, robando sus labios en el acto.
—Serías el primero en saberlo.
Mentira.
Hubo un pequeño puente el día viernes. Nanami invitó a comer a los gemelos. El calor de inicios de verano empezó a hacerse notar, por lo que llegaron con ropas ligeras.
Al ingresar por el pasillo de entrada, la primera puerta a mano izquierda era un medio baño; pasando éste, la sala, donde se encontraba un ventilador trabajando.
Nanami había subido de peso en invierno —kilo y medio— por comer mucho pan. Nada grave. Aprovechó el calor de la temporada para sudar y ejercitarse. Según él, así perdería grasa más rápido. Sabía que se engañaba a sí mismo.
Sólo en pleno auge del verano mantenía el aire acondicionado instalado por todo el departamento en funcionamiento. No era tan masoquista como para no hacerlo, por no mencionar que sería más fácil sufrir una insolación y quedar calvo, a bajar de peso.
—Pónganse cómodos —les indicó.
Cuando iba de regreso a la cocina, Sukuna dio un leve golpe con el codo a su hermano para llamar su atención. Con los ojos señaló la espalda de Nanami. A causa del sudor, la camisa blanca se había adherido al cuerpo en ciertas partes; en la zona dorsal incluso se transparentaba.
Yūji notó una mancha oscura.
—Nanamín. —Al acercarse, advirtió que no era producto de la suciedad—. Woh, ¿también tienes un tatuaje?
—Demonios —susurró para sí mismo—. ¿Se nota demasiado? —Giró la cabeza, en un intento inútil por descubrir cuánto se mostraba.
—¿Podemos verlo? —preguntó Sukuna.
A Yūji, como si fuera un niño curioso, se le iluminaron los ojos. Nanami no podía decirle que «no» a eso.
Exhaló, resignado. Se aflojó la corbata como si le costara moverse.
—Sólo no lo divulguen, ¿ok?
—¡Entendido! —exclamó Yūji.
Sukuna se acercó, parándose a lado de su hermano.
Nanami les dio la espalda y se desabotonó la camisa. Les mostró la imagen por la confianza que les tenía. Además, Sukuna ya estaba tatuado y Yūji parecía no ser muy afín a la idea de que una aguja con tinta perforara su piel.
Las pupilas de Sukuna se dilataron en sorpresa.
Se trataba de un tigre de mirada desafiante, descendiendo a través de gruesas raíces, con algunas flores de cerezo acarreadas por el viento.
«Imposible». ¿Cuál era la probabilidad de que dos personas tuvieran una imagen enorme e idéntica sobre la espalda? Incluso estaban presentes los mismos patrones en forma de oscuros abanicos que cubrían los hombros y parte del brazo.
El de Getō Suguru no pudo analizarlo en su totalidad, pero la mirada del tigre era inconfundible.
—¿Tiene algún significado? —cuestionó Yūji, atónito porque el tatuaje no parecía terminar en la espalda, sino más allá de los pantalones.
—El animal es fortaleza y las flores de cerezo representan la fugacidad y la lealtad —explicó—. Ni se les ocurra hacerse algo así —advirtió, severo; más para Sukuna que para Yūji—. Es difícil lograr conseguir un buen empleo y un lugar para vivir.
—Parece de yakuza.
—Sí, justo por eso.
—Entonces, ¿por qué te lo hiciste?
—Porque era joven y estúpido. —Durante la plática terminó de ponerse la camisa. Se volvió hacia Sukuna—. Y porque quería darle un infarto a mi abuelo.
La víctima de la indirecta entornó los ojos. Demostró todo su fastidio en un gruñido prolongado.
Por otra parte, sería muy sospechoso interrogar a Nanami y si daba pistas de que él estaba metido en algo engorroso, podría salirle el tiro por la culata.
No obstante, que Nanami no tuviera cicatrices de batalla y que todos sus dedos se mantuvieran unidos a sus manos y pies, era un buen indicio de que no estaba vinculado a actividades delictivas.
O eso quería creer. Todavía no podía dar nada por sentado. Necesitaba indagar más sin levantar sospechas. Era eso o quedarse con la duda eterna.
Saben, nunca me ha gustado narrar peleas. Lo intenté con Sukuna y Panda, pero nada me convencía, así que lo tuve que cortar. Perdón por eso. x'D
