CAPÍTULO XLIV

El sonido del despertador le martilleó los sueños a Yūji. Estiró la mano para agarrar el celular y silenciarlo. La rutina de todo lunes consistía en dormir cinco minutos más, salir corriendo pasada media hora y llegar a la escuela justo a tiempo para desayunar lo que metió sin cuidado en un refractario antes de que comenzara la primera clase.

Ese lunes, sin embargo, algo distinto sucedió. La pantalla del celular anunciaba las notificaciones de mensajes de Gojō. Eran tres.

Al abrir el chat, vio una imagen que mostraba desde el pecho hasta la mitad de los muslos de su profesor. Sólo llevaba encima bóxers en color gris oscuro, delineando a la perfección el bulto conformado por los genitales.

Una segunda imagen acompañaba a la primera. Se veía de los pectorales hacia arriba. Gojō tenía una toalla pequeña que iba de hombro a hombro; el cabello, algo húmedo, peinado hacia atrás, salvo por la parte donde tenía la cicatriz. Le guiñaba un ojo a la cámara para dar un toque coqueto.

Al pie de todo, un texto:

«Quiero verte~ ».

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

El ícono de su profesor se puso en línea y comenzó a escribir.

Gojō Satoru

Feliz aniversario (っ˘з(≧◡≦)

Itadori Yūji

Ehhh?! ∑(O_O;)

Gojō Satoru

Un mes~

Itadori Yūji

Pasó muy rápido

Gojō Satoru

¿Hm~? ¿Qué dices?

¿Que estando conmigo el tiempo se pasa tan rápido que ni lo notas y los días parecen horas?

Dios, Yūji, qué poético (*/▽\*)

Itadori Yūji

Sígale XDDDD

Gojō Satoru

Prepárate.

Itadori Yūji

Para?

Sensei?

Gojō dejó de responder.

Yūji, por otro lado, escuchó a su hermano salir de la habitación. Para variar, ese día podría arreglarse y no llegar corriendo. Ojalá lo despertaran así más seguido.

«Así que un mes, ¿eh?» pensó, siendo esto lo único que tuvo en la cabeza todo el día, junto a una sonrisa apacible, no bobalicona o que delatara su enamoramiento. La cabeza, en las nubes.

Gojō le hacía demasiado bien a su vida. No sólo lo ayudaba con lo que se le dificultaba, también se divertían bastante, ya fuese enviando mensajes, haciendo videollamadas o quedando en algún sitio los fines de semana. Casi ni se sentían los trece años de diferencia.

A mitad de la clase de Mei Mei, el hombre que lo hacía soñar despierto, interrumpió.

—¿Me permites a un alumno?

Cuando se tomaba en serio su trabajo como docente, la faceta de seriedad y templanza que le daba porte hacía que impusiera respeto y la estatura favorecía.

—Adelante —respondió ella.

—Itadori Yūji.

El nombrado se señaló, incrédulo.

—Serán un par de minutos —agregó Gojō.

Todos miraron al susodicho, preguntándose qué había hecho, con excepción de Fushiguro.

«¿Qué pretende?». Llamaba demasiado la atención. Era raro que los maestros sacaran a alguien de clases, a no ser que se tratara de algo grave.

Yūji siguió al otro en silencio. Entraron al cuarto de interrogatorios de Nanami a través de la sala de consejo; el otro ingreso era por la sala de profesores, pero como el propio Nanami se encontraba allá trabajando, sería una pésima idea llamar su atención.

Gojō echó llave a la primera puerta en la mañana y a la segunda en cuanto ambos estuvieron dentro.

—Esto… —Yūji cortó el mutismo al centrarse en lo que hacía—, ¿hice alg…?

Shhh. —Se apresuró a ponerle un dedo sobre los labios—. Nanami está de ese lado —susurró, señalando la puerta que cerró en la mañana—. No queremos que nos descubra, ¿cierto?

Sustituyó el fino roce de su dedo sobre los labios de su chico, con los propios. Yūji abrió los ojos con sorpresa. Se echó hacia atrás, colocando una mano sobre la boca opuesta.

—¡¿Qué hace?! —murmuró, presa de las alarmas que hacía saltar su sentido de nobleza—. Si Nanamín está cerca… Además, seguimos en la escuela. Alguien podría… —Volvió la mirada hacia la ventana. Las cortinas se hallaban cerradas, por no mencionar que estaban en un segundo piso.

Gojō le tomó la mano por la muñeca, previo a depositarle un beso en el dorso.

—Yo te dije que te prepararas, ¿no es cierto? —habló juguetón contra su oído.

Un sexy escalofrío (si podía describirse así), recorrió a Yūji de pies a cabeza.

«¡Con que a eso se refería en la mañana!» dijo para sus adentros, dejando que su pareja le repartiera cariño por el cuello.

Gojō lo empujó hacia atrás, a que las piernas de Yūji se encontraran con el escritorio de madera, donde lo incitó a sentarse.

—No deberíamos… Ah, Gojō-sensei. —Dejó que la piel que tenía expuesta fuese succionada con suavidad y cuidado de no dejar marcas mientras aferraba las manos al saco que cubría la espalda opuesta

—Bueno, si en verdad deseas volver a tu clase de química, puedes hacerlo. —Juntó el cuerpo del muchacho con el suyo en un fino contoneo de cadera—. O puedes tenerla aquí conmigo. ¿Qué decides, Yūji?

El nombrado tragó saliva. La voz de su novio era seductora; que se quitara los lentes y mordiera una de las terminales de éstos, sólo ayudó a que su autocontrol se destruyera cual ola embravecida que impacta contra un castillo de arena. Los primeros golpes serían duraderos, aunque el destino que le aguardaba era ineludible.

—Deje de jugar sucio. —Frunció el entrecejo—. ¡Sabe que me gustan sus ojos!

—¿Sólo mis ojos? Eres cruel y superficial —añadió con un falso dramatismo—. También tengo lindos sentimientos y… —En la pausa que hizo, se sacó la corbata y abrió hasta el tercer botón de la camisa. Tomó la mano ajena y la hizo pasar por el pecho—, corazón.

Yūji se derritió al sentir la calidez. Gojō en verdad era una cosa seria y… Lo difícil era no seguirle la corriente.

—Vamos, no te quedes con las ganas —habló con voz de cortesano—. Hazlo.

Yūji tuvo sus reservas, pero terminó apretando el pectoral de su pareja. Al no estar el músculo tenso, era tan grato como manosear un glúteo o una mejilla.

Con las yemas de los dedos delineó la clavícula, la manzana de Adán, la línea de la mandíbula, la base de la nuca. De un momento a otro, atrajo a Gojō, dejándolo frente a sí y no dudó en reclamar sus labios.

En respuesta, Gojō lo acostó sobre el escritorio. Emitió un corto jadeo y profundizó en la dulce boca de su estudiante. Le fascinaba devorarlo. Nunca ansió tanto el húmedo contacto de otra lengua ni deseó con locura condimentar su saliva con la ajena, hasta que Yūji llegó a su vida.

Era un martirio tenerlo cerca en la escuela, al alcance de su mano, y no poder tocarlo ni degustarlo como anhelaba.

Como su muchacho vestía una sudadera con cierre al frente, la abrió, aguantando las ganas de dar un tirón certero al cierre.

No paró. Desabotonó la camisa del uniforme hasta la mitad. Dejó descansar los jugosos labios de su amado para trazar un camino de besos por el esternón. Todo estaba saliendo a pedir de boca.

Se congelaron cuando el picaporte de la puerta se giró de un lado al otro, bloqueado. La fugaz descarga de adrenalina subsecuente hizo que separaran y, como si pensaran en lo mismo, empezaron a acomodarse la ropa.

Los embargó un alivió momentáneo al escuchar un «Maldita sea, Gojō», del otro lado.

El celular del profesor comenzó a vibrar en el bolsillo del pantalón. Lo respondió al terminar de atarse la corbata.

—¡Hey! ¡Nanami! Es raro que me llames, ¿al fin vas a admitir que la oficina se siente sola y vacía sin mí?

—Déjate de bromas —cortó de tajo el jugueteo—. Cerraste la puerta de nuevo, ¿cierto? ¿Dónde pusiste la llave? —No era la primera vez que le hacía eso.

En el cuarto cerrado, frente a una de las paredes se encontraba un librero, donde él guardaba documentos importantes de consulta.

—Sabes, tengo muy buenos modales… —alargó la conversación para que Yūji siguiera las indicaciones que le daba con la mano.

Colocó una mesita frente al escritorio con dos sillas, cada una en extremos opuestos, sin arrastrar por el suelo, levantando todo

—Poseo muy buenos principios y hasta tomé clases de etiqueta. Me enseñaron que todas las puertas deben permanecer abiertas antes del mediodía para que las habitaciones se oxigenen y cerradas pasado ese tiempo para mantener un clima agradable (en invierno, al menos).

»Además, respeto completamente la privacidad ajena. Toco antes de abrir y cierro después de entrar o salir, así que no sé a cuál de todas las puertas que he cerrado te refieres.

—Te estoy escuchando hablar del otro lado. Abre la maldita puerta. No te lo repetiré de nuevo —colgó.

—Siéntate y no digas nada, sólo sígueme la corriente —susurró contra el oído de Yūji antes de depositarle un último beso en la mejilla e ir a quitar el seguro del picaporte.

Al ingresar, Nanami se sorprendió al ver a su ahijado frente a un pupitre. Éste se giró lo suficiente para que sus ojos establecieran contacto.

—¿Yūji? ¿No se supone que deberías estar en clase? —fulminó a Gojō con la mirada—. ¿Qué haces aquí?

—Ah, yo…

—Le estoy dando una pequeña charla sobre la importancia de definir lo que desea ser en el futuro —interrumpió Gojō—. ¿Verdad, Yūji?

El chico asintió, efusivo.

Nanami enarcó una ceja.

—Las papeletas ni siquiera se han repartido.

—Pero lo harán pronto —siguió Gojō—. Le preocupaba dejar la suya vacía. Y los dos sabemos que tú eres el designado para tener este tipo de charlas con los chicos. Justo en esta habitación.

Nanami se sintió ligeramente herido de que el fin de semana Yūji no le hubiese comentado nada al respecto. Invitó a comer a los gemelos, pudo aprovechar el momento si tenía alguna inquietud.

Gojō logró divisar esa consternación en sus expresiones.

—¿Qué pasa? ¿Celoso de que me viera a mí, su profesor favorito, en lugar de ti?

Nanami dejó salir un «hmp» grave de la garganta.

—En absoluto. Si se siente cómodo contigo, adelante.

Avanzó hacia el estante para tomar la carpeta que necesitaba y volvió por donde vino, dejando a los dos solos otra vez.

Gojō se acercó a Yūji, colocando la frente contra la opuesta.

—Lo logramos justo a tiempo.

—Le dije que no deberíamos. ¡Se notaba a leguas que era una pésima idea! —clamó, modulando la voz, evitando que fuera muy alta, pero remarcando la llamada de atención. En sus facciones se notaba cierto fastidio. Su novio parecía más un adolescente que él mismo.

Gojō intentó dar un último beso de despedida. En eso, la puerta se abrió de nuevo y se lanzó por un abrazo para disimular sus acciones.

—Por cierto —agregó Nanami—, deja de sacar a Yūji de clases y mantén a raya tu favoritismo antes de que empiece a haber quejas por parte de otros alumnos. —No dijo nada de lo que veía. No era raro verlos teniendo tanto contacto—. Si quieren seguir tratando el tema, pueden hacerlo cuando terminen las clases.

Gojō apretó la mandíbula. Levantó el pulgar para hacerle saber que todo estaba claro. Se obligó a callar, porque de abrir la boca sólo saldría un «¡Deja de arruinar mi bello romance de preparatoria! ¡Metiche!», con un tono caprichoso e infantil.

La puerta se volvió a cerrar.

—No más besos en la escuela.

—Pe-Pero… Yūji —suplicó, colocando su rostro a escasos centímetros del opuesto.

—No. Más. Besos. En. La. Escuela —puntualizó cada palabra, inexpresivo.

Gojō se puso en pie al momento en que la campana sonó. Fue a recuperar sus lentes del escritorio. Se sentía… extraño. Era la primera vez que la persona con quien salía, le ordenaba. Una pizca de molestia se revolvió con tres de fascinación.

Sin embargo, eso no fue todo. Mientras intentaba asimilar lo ocurrido, le llegó una fuerte nalgada que le hizo saltar en su lugar, contraer los hombros y soltar las gafas.

Se giró hacia Yūji, con el evidente brillo de la sorpresa volviendo más claros sus ojos de cielo.

—«No besos» no significa que tampoco pueda tocarme. Sólo… Bueno, dejemos eso para otros sitios —declaró sin verlo a la cara, fingiendo acomodar mejor la capucha de la sudadera sobre el uniforme—. ¡Ah! Volveré a clase ahora. —Corrió hacia la puerta por donde salió Nanami—. Nos vemos más tarde, sensei.

Con una sonrisa tranquila y agitando la mano, le dijo adiós.

Gojō apenas pudo responder levantando el brazo. En sus treinta y una primaveras sobre la faz de la Tierra nunca, nadie, jamás, le había dado una nalgada. ¡Ni siquiera de niño!

Que Yūji hiciera eso… Lo prendió.

Se rodeó a sí mismo con ambos brazos y presionó más de la cuenta la zona entre los hombros y los codos.

«¡Ay, Yūji!». Una voz extasiada gimió en su interior.


Yūji se despidió de Nanami al salir de la sala de profesores. Tras alejarse lo suficiente, se recargó de espaldas a la pared.

Tenía el rostro sonrojado en su totalidad.

«¡¿Qué hice?!». Tomó una gran cantidad de aire por la nariz y lo dejó salir con lentitud por la boca para calmarse.

Había visto en algunas ocasiones que Sukuna palmeaba el trasero de Fushiguro. Creía que era una conducta más o menos normal entre parejas, pero la reacción de su profesor fue tan…

Se frotó la cara.

Acto seguido, se miró la palma de la mano. Cerró y abrió algunas veces.

«Eso se sintió bien». No lo negaría. Le gustaría hacerlo de nuevo, aunque por la cara que puso su maestro, dudaba si debería.


Los días transcurrieron con relativa normalidad. «Relativa». Porque los buenos días de Yūji correspondían a una o dos fotos nuevas de Gojō en poses que no dejaban nada bueno a la imaginación.

Luego de una semana, mientras revisaba algunas notificaciones en el celular, un nuevo mensaje de su novio apareció. Una imagen.

Yūji se detuvo en seco. Abrió los ojos más de la cuenta. Tragó con dificultad al sentir la garganta seca. El rubor de las mejillas se intensificó junto al avance del segundero en el reloj.

Era Gojō acostado sobre sábanas escarlata. El contraste de éstas con su piel nívea, lucía maravilloso, y eso no era todo. Se veía una parte de su rostro, con el párpado a medio camino de cerrarse, en un gesto bastante sensual a juzgar por lo naturalmente apuesto que era.

Los músculos de su torso se distinguían tan bien, que se sentía capaz de tocarlos si pasaba los dedos sobre la pantalla. A diferencia de ocasiones anteriores, se mostraba el pene a medio endurecerse. Para Yūji, tenía un tamaño considerable, por lo que supuso que era la erección completa.

Un par de palabras acompañaban el retrato erótico.

«Úsala para lo que quieras~ ».

Yūji salió de su ensoñación al percibir un flash de cámara no muy lejos de él.

Al levantar el rostro, se topó con Sukuna, que estiraba el elástico de los pantalones del pijama junto con los interiores para tomar una foto de lo que había bajo éstos.

Ambos se miraron.

—¿Qué? —preguntó Sukuna con monotonía—. Megumi la pidió.

—¡¿Pedir esas cosas es normal?!

Sukuna mostró la pantalla de su celular.

Fushiguro Megumi

Mándame una foto de tu parte.

Después de eso, seguía la obscenidad que acababa de mandar Sukuna. Yūji alcanzó a ver el mensaje de respuesta.

—Oh, ya te contestó.

Fushiguro Megumi

¡TU PARTE DEL TRABAJO, BESTIA!

Sukuna rio por lo bajo de manera maliciosa, satisfecho con su fechoría, al tiempo en que volvía a la sala, donde había aventado su mochila, para buscar su parte del trabajo.

Gojō Satoru

(。•́︿•̀。)

Itadori Yūji

Sucedió algo?

Gojō Satoru

No me has respondido

Se mordió la uña del pulgar minutos enteros. Yūji aparecía en línea, con la imagen vista y sin ninguna clase de comentario.

Gojō Satoru

¿No te gustó? o(TヘTo)

Itadori Yūji

nononono

nada de eso!

C ve muy bien, sensei!

EXCELENTE

Se me fue el tiempo mirado (⁄ ⁄⁄ ▽ ⁄⁄ ⁄)

Gojō Satoru

( °▽° )

Yūji hizo una búsqueda rápida en Internet que le dijera cómo crear una carpeta segura en su dispositivo para guardar esa clase de cosas. Debía prevenirse. En especial ahora que Nobara solía pedirle el celular cada tanto para tomar selfies bajo el argumento de que él tenía mejor cámara. A Fushiguro le alivió dejar de ser el camarógrafo designado.

Mientras tomaba un baño, Yūji reflexionó sobre todo lo que acababa de ocurrir. Sukuna mandaba de broma ese tipo de fotos para molestar a Fushiguro, mientras que Gojō lo hacía… ¿Por? ¿Intenciones eróticas? ¿O para recibir algún cumplido?

Al salir del agua, tuvo una idea.

Itadori Yūji

Sensei, estoy terminando de bañarme

Quiere una foto?

Gojō Satoru

¡Yūji! ¡Qué picarón!

¡Por supuesto! ( ▽ )

Fue así como Yūji se paró frente al espejo, empañado, en el que no se podía ver nada. Sólo se distinguía su silueta de forma vaga.

Contuvo una carcajada al enviar el resultado.

Itadori Yūji

( ̄︶ ̄)

Gojō Satoru

Yūji…

Itadori Yūji

Sucede algo?

Gojō Satoru

A veces no sé si lo haces a propósito o si simplemente eres así…

Itadori Yūji

( ╹▽╹ )?

Continuaron platicando. Comenzaba a ser costumbre mantener el contacto por la noche.


El día anterior al festival deportivo de primavera, el bien conocido trío que conformaban Nobara, Yūji y Fushiguro, logró salirse con la suya al acaparar un puesto de galletas de último momento. Así que, al término de las clases, se dirigieron a la casa designada como punto de encuentro para ponerse a hornear.

Por la noche, cuando Gojō regresó a su hogar, se le activó el interruptor de la glotonería. Nunca había sido recibido con un olor a galletas recién hechas.

Lo mejor de todo, y que casi hace que se le cayeran los lentes de sorpresa, fue toparse con Yūji, quien portaba un mandil blanco y cargaba una charola que planeaba dejar sobre la mesa del comedor, pues en la cocina ya no había espacio.

—Bienvenido a casa, sensei —exclamó.

El nombrado se acercó de inmediato, abrazándolo por la espalda.

—Dime, ¿en qué momento nos casamos y comenzamos a vivir juntos?

—Eso sólo ha pasado en su imaginación.

—Entonces, ¿me estás seduciendo? —No se lo pensó dos veces para comenzar a besar el cuello de su chico.

—En absoluto. —Intentó hacerse a un lado, sin ser brusco, para que el otro lo soltara—. Pare. Kugisaki y Fushiguro están en la cocina.

Gojō chasqueó la lengua con evidente fastidio. Rodó los ojos y recargó la barbilla sobre la cabeza opuesta.

—Vaya forma de arruinar el ambiente.

Yūji regresó adentro después de advertirle que no se comiera nada. Sus amigos fingieron no haber escuchado la conversación.

Gojō, por su parte, se acostó en el sofá. Encendió la televisión con el mando a distancia y sacó su celular del bolsillo para ignorarla.

No obstante, reparó que en la mesilla del frente había tres teléfonos. Sabía quiénes eran sus dueños. Tomó el de Yūji y analizó la carcasa transparente que le había comprado para protegerlo. No tenía ningún rayón y lucía impecable. Su muchacho cuidaba bien las cosas.

«Todo esto, es demasiado bueno para ser verdad, ¿no crees?». Una voz que conocía bien, pero que no era suya, comenzó a susurrarle al oído.

«Es joven. Es risueño. Tiene un gran carisma. Habla con todo el mundo. ¿Piensas que en verdad disfruta salir con un viejo?».

Gojō agitó la cabeza. Él no era viejo y Yūji lo quería mucho.

«¿De verdad? ¿Por qué no lo confirmamos?».

Hizo visible la pantalla de bloqueo al tocarla dos veces. Para acceder al dispositivo debía poner una huella dactilar o seis números.

Ni modo.

«Vaya, ridícula forma de autoconvencimiento para no aceptar que el niño te engaña».

Yūji no lo engañaba.

«¿De verdad? Tú lo has hecho antes. No sería raro que ahora que decides tener una relación seria, seas tú a quien bote cuando se aburra. Tú, mejor que nadie, sabes cómo funciona el karma».

Una extraña tensión hizo que frunciera el entrecejo.

Eso era… cierto.

«Deberías aprovechar ahora que está ocupado. Además, no tiene nada de malo. Tú compraste el teléfono. Lo pusiste a tu nombre. Puedes revisarlo si te viene en gana».

Miró la imagen en pantalla. Era Yūji con Fushiguro y Nobara. ¿Acaso no debía aparecer él junto a su amado? Es decir, los otros dos eran sus amigos, pero él era el novio. Tenía prioridad. Le daba todo lo que necesitaba y más.

Eso sólo podía significar que Yūji buscaba mantener las apariencias y podría estar hablando con alguien más a sus espaldas. Alguien de su edad. Alguien con quién podría volverse cercano y dejarlo, pues con ese alguien no tendría que ocultar nada.

No.

No podía dejar que eso ocurriera.

Yūji no podía abandonarlo.

Necesitaba corroborar que todo estaba bien. Hurgar en sus mensajes, sus imágenes, sus redes. ¿Qué tal que lo tenía excluido de algunos posts para que no viera lo que hacía en realidad?

«Seis dígitos que Yūji no olvide fácilmente» pensó por su cuenta esta vez.

Cumpleaños.

Probó introduciendo los dígitos por día, mes y año.

Error.

Mes. Día. Año.

Error.

Año. Día. Mes.

Error.

Año. Mes. Día.

El celular se desbloqueó.

Abrió la aplicación que usaban para comunicarse de manera rutinaria y, antes de hacer cualquier cosa, el teléfono le fue arrebatado por una mano que pasó encima de su hombro, atrapando el dispositivo como la lengua de una rana se adhiere a una mosca.

Se puso en pie y giró sobre sus talones. Megumi se encontraba del otro lado del sofá, la mirada molesta.

—¿Qué cree que hace?

Gojō estiró la mano.

—Devuelve eso, Megumi.

—No.

Pasaron un minuto entero en la misma posición. El ambiente se puso tenso.

—¿Por qué le estaba revisando el teléfono a Itadori?

—¿Revisando? Yo iba a jugar para pasar el rato. No es nada del otro mundo.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué juegos tiene Itadori?

Gojō guardó silencio. No tenía idea.

—Itadori —voceó Megumi para que acudiera a donde estaban ellos.

—Vamos, Megumi —agregó Gojō, al tiempo que se acercaba lo más que podía con el sillón interpuesto—. ¿Qué quieres en compensación? Sabes que puedo conseguir lo que sea.

Con eso a Fushiguro le quedó claro de que Gojō no estaba haciendo nada bueno. No tenía nada en su contra, pero no olvidaba lo que le hizo pasar antes de salir con Sukuna ni durante las primeras semanas de relación. Las palabras hirientes que le soltó, la forma en que le dio a entender su nulo valor como persona sólo por haber sido abusado en la infancia.

No perdería la oportunidad de cobrarse las cosas que le había hecho.

—Dijiste que me ayudarías.

—Y lo mantengo. Pero no puedo traicionar a mis amigos así. Si hubiera encontrado a Itadori en su lugar, créame que habría hecho lo mismo, Gojō-sensei.

—¿Me hablaron? —preguntó Yūji, avanzando hacia ellos.

Fushiguro le entregó el celular.

—Tu… novio te lo estaba revisando.

Yūji dirigió la vista a Gojō con incredulidad.

—¿Por qué haría algo así?

—No lo sé. Pregúntale. —No quería estar en medio de una plática incómoda, así que volvió a la cocina con Nobara, quien se encontraba agachada, bien pegada a la puerta para escuchar el pleito.

—Tú me hiciste así —lo culpó, susurrando. Antes ella no era partidaria de los chismes.

Fushiguro torció los labios, pero se acomodó a un lado. Quería saber en qué acababa todo.

—¿Crees que terminen por eso? —dijo Nobara en su voz más baja audible.

—No creo.

—¿Apostamos?

—Mil yenes a que dejan de hablarse un par de días.

—Otros mil a que terminan gritándose y Yūji se va.

—Hecho.

Se estrecharon la mano.


—Escucha, Yūji… —habló con cuidado de no titubear—, yo sólo estaba…

—Sensei. —Lo tomó de la muñeca con algo de fuerza.

Gojō experimentó un extraño temor al toparse con el rostro de su pareja. No sonreía ni lucía molesto. Parecía no albergar expresión o sentimiento alguno. Sin embargo, sus ojos ardían y la voz le había cambiado, una octava más grave a lo usual. Más demandante. Más peligroso. Le dio un aire a estar hablando con Sukuna.

—Hablemos de esto arriba. —Sabía la clase de amigos que tenía y, si sus instintos no le fallaban, debían estar atentos a lo que fuera que saliera de sus bocas.

Se dirigieron a la recámara de Gojō para seguir la conversación a puerta cerrada. Yūji colocó las manos sobre los hombros de su pareja y le hizo sentarse en la cama para no tener que levantar el rostro.

—Entonces —empezó Yūji—, ¿qué pretendía, sensei?

Gojō no dijo nada. Agradecía que los lentes le cubrieran los ojos, de ese modo podía desviarlos para no ver al otro de manera directa.

—¿En verdad estaba revisando mi celular?

«El que calla, otorga» pensó Yūji, tras minutos enteros de sepulcral silencio.

Convirtió la habitación en la sala de interrogación de Nanami.

Emitió un corto suspiro por la nariz. Sacó el celular. Lo desbloqueó y accedió a la configuración que contenía sus datos biométricos para agregar otra huella digital.

—Regístrela —indicó al profesor, cediendo el móvil.

Gojō frunció el entrecejo, escéptico. ¿Acaso era una trampa?

—¿Sensei? —Le tomó la mano, el pulgar, para presionarlo contra la pantalla.

Luego de la tercera vez, Gojō reaccionó. Lo hizo él mismo y Yūji se mantuvo a la espera.

Su chico, en verdad… ¿Planeaba darle acceso a su teléfono? ¿Sin pedirlo? ¿Sin tener una explicación a cambio?

La expresión de Yūji era tranquila, con un leve atisbo de intimidación. No podía evitar sentir que algo iba mal. Como si un golpe fuese a llegar de la nada en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Listo? —preguntó Yūji, aún si veía el proceso completado desde su lugar.

Gojō asintió y le regresó el objeto.

Yūji lo colocó en el bolsillo trasero del pantalón. Se acercó para quedar entre las piernas opuestas y con una mano acarició esos suaves cabellos blanquecinos que tanto le gustaban, así como su portador.

—¡Ahora podrá revisarlo cuando quiera! —profirió con una alegría que hizo a Gojō temblar.

Tomó el mentón ajeno, lo levantó e inclinó su propio rostro para quedar a escasos centímetros de que sus narices se rozaran.

—Sólo hay que fijar algunas reglas. No puede revisar mensajes que yo no haya abierto. No puede eliminar nada; conversaciones, imágenes, archivos, aplicaciones, contactos. Nada. No puede bloquear a nadie ni desactivar notificaciones. Tampoco puede instalar nada; debe pedirme permiso para hacer cualquier cosa de lo que acabo de mencionar. ¿Me estoy explicando bien o hay alguna duda?

Cada palabra que rozaba su piel hacía que la de Gojō se erizara. Sabía que no era normal; su pareja tenía los ojos abiertos más de la cuenta, evocando una amenaza silente; su voz era demasiado lenta y sosegada, al mismo tiempo, imponente.

Quería responderle que no, que no se explicaba bien. ¿Qué sucedería? ¿Yūji se enfadaría? ¿Le gritaría? ¿Lo golpearía?

Se le hacía agua la boca sólo de traer la imagen a su memoria.

—No… Todo bien —dijo, cerrando las manos sobre las rodillas.

Era la primera vez que el corazón se le aceleraba ante la duda de escupir algo incorrecto, pese a tener maestría y doctorado provocando de la peor forma a la gente.

—Oh, antes de que lo olvide. El abuelo nos enseñó que para obtener algo hay que ofrecer otra cosa de igual valor. Así que, sensei, su celular. —Curvó los labios en una fina sonrisa a la par en que colocaba una mano con la palma hacia arriba.

No obstante, aquella mueca no fue de felicidad. Era una amenaza. Gojō lo sabía. Cada uno de sus sentidos lo hacían.

Sus acciones exhibieron la incertidumbre de su interior. No temblaba ni se detenía. Sólo se movía en cámara lenta.

—Lo necesito desbloqueado —explicó Yūji en cuanto tuvo el objeto delante.

Gojō quedó como estatua. ¿En verdad pretendía…? Es decir, no tenía nada sospechoso guardado: sus cuentas de banco, sus correos, asuntos tanto privados como escolares; cosas que podían ser usadas en su contra en situaciones muy específicas.

—No se preocupe —rompió con el mutismo. Uno a uno, cerró los dedos del meñique al índice, sin fuerza, sin llegar tocar la palma, y con el reverso de éstos acarició la pálida mejilla de su pareja—. No planeo obligarlo. Claro que, si no lo hace, tendré que borrar su huella de mi teléfono y cambiar la contraseña. Le perdonaré lo de esta vez. Quedará como un accidente y no volveremos a tocar el tema.

Rodeó con los brazos el cuello contrario y pegó su cuerpo lo más que podía.

—Después de todo —susurró contra su oído—, yo también sé lo que se siente. Esa curiosidad de saber lo que hace tu novio cuando están en mundos totalmente distintos. Más aún cuando personas cercanas a ti suelen decir que él es el último en quien deberías confiar.

»Pero, ¿quiere saber una cosa? Yo creo que…, voy a darle otra oportunidad —concluyó al depositar un beso sobre la mejilla que antes acarició.

Gojō reaccionó al instante. Entregó su teléfono desbloqueado.

—Yūji… —hizo una pausa para buscar las palabras adecuadas—. Puedes confiar en mí. Esto… Esto no es nada —tartamudeó y se aclaró la garganta para evitar que se repitiera—. Después de todo, yo fui quien incitó a Yūji a que pidiera todo lo que quisiera, ¿no es así?

—Tiene razón. —Inclinó un poco la cabeza—. Sí.

Acto seguido, registró sus datos biométricos.

—Las reglas para ambos serían las mismas —aclaró—. ¿Eso le parece bien?

—¡Por supuesto!

Gojō sostuvo la cadera de Yūji entre sus manos. Quería obtener un beso. En su lugar, Yūji lo tomó de la muñeca y emprendió su andar hacia la puerta.

—Le aparté unas galletas. Bajemos ahora antes de que Kugisaki y Fushiguro las desaparezcan.

Gojō parpadeó algunas veces antes de seguir a Yūji, quien recuperó su característico semblante afable, como si el chico de antes hubiera sido un espejismo originado por la tensión y la incertidumbre.

Mientras hablaban, Gojō experimentó el delirio de hallarse a los pies de su novio. Nadie lo había condicionado. El pensamiento de que existía una persona capaz de manejarlo a su antojo hacía que la sangre le hirviera y subiera de golpe a la cabeza.

¿Qué ocurría con él? ¿Qué le había hecho? Y, ¿por qué se sentía tan caliente e inquieto? ¿En verdad todo estaba bien ahora?

«¿Qué debo hacer?». Una parte de él necesitaba a Yūji desnudo encima de su cuerpo y a la otra le daba miedo acercarse por temor a resultar herido.

Cuando los chicos terminaron de hacer sus dichosas galletas, se ofreció a llevarlos a casa. Primero dejó a Nobara; después, a Yūji.

Se despidieron de beso en el auto, aprovechando la oscuridad de la noche y Gojō se mantuvo en éste minutos después de que su chico se metiera a casa.

Todavía estaba inquieto, así que sacó su celular. Debía cerciorarse de que nada había cambiado entre ellos para poder volver tranquilo a su hogar.

Gojō Satoru

Buenas noches, te quiero.

Esa era su primera «relación formal», por lo que debía esforzarse en mantenerla tanto como fuera posible. Las dos últimas palabras que escribió jamás las había dicho de boca y le producían una molesta acidez.

Se sentía ridículo.

Itadori Yūji

Igual, sensei!

Aunque yo lo quiero más (o´∀`o)

Gojō Satoru

No, no. Yo quiero más a Yūji porque no me importa cruzar media ciudad para dejarlo en la puerta de su casa. (。•̀ᴗ-)✧

Itadori Yūji

Yo lo quiero más porque lo quiero aunque esté viejito ( ̄▽ ̄)

Gojō Satoru

¡Apenas tengo 31!

¡Estoy en la flor de la juventud! \\٩(๑`^´๑)۶//

En todo caso, yo quiero más a Yūji porque no lo repruebo en matemáticas y le doy asesorías sin cobrarle. (¯▿¯)

Itadori Yūji

Sensei…

Yo lo quiero más porque no lo denuncio ( ╹▽╹ )

Gojō Satoru

Itadori Yūji

~('▽^人)

Gojō Satoru

Ok, tú ganas esta

Itadori Yūji

( ̄︶ ̄)

Para variar, a Gojō le pareció divertido lo que acababa de ocurrir. Sin mencionar que, ¿era su imaginación o Yūji empezó a escribir bien por arte de magia? ¿Sería cosa del autocorrector del nuevo teléfono?

Lo importante era que todo entre ellos se mantenía por buen camino. Se preocupó en vano.


Les informo que hice una pequeña corrección con la edades de los personajes. Nada de vital importancia para la trama, pero les aviso por si quieren tomarlo como dato curioso.

¿Recuerdan el cumpleaños de los gemelos (cap XXIV)? No cumplieron 18, cumplieron 17.

Me confundí porque primero escribí el cumpleaños de Megumi (cap XXI) y él sí cumplió 18 (sí, es 1 año mayor que los gemelos y Nobara). ¿Por qué? Porque Megumi perdió un año escolar cuando abusaron de él. Nanami le dijo a Gojō que lo sacara para priorizar su recuperación y que, después, él se encargaría de nivelarlo para que tomara un examen y lo colocaran en el grado que le correspondía, pero Megumi no quiso y siguió su vida como si nada.

Y sí, debí narrar eso pero se me olvidó. xD Ya lo agregaré cuando me ponga a editar esta historia una vez que la termine.

Como saben (o tal vez no), el año escolar en Japón comienza en abril. Aquí coincide con el capítulo... ¿XL? ¿XLI? Uno de esos. xD Así que, ¿cómo andan las edades en este punto de la historia?

18: Nobara, Sukuna, Yūji

19: Megumi

29: Shōko

31: Gojō, Getō

38: Nanami