CAPÍTULO XLVI

Antes de reunirse con Yūji en los asientos traseros, Gojō movió los del piloto y el copiloto hacia adelante con el objetivo de tener más espacio.

Sólo uno cabía acostado y ese no era él, así que le tocó arrodillarse en la zona donde comúnmente reposaban los pies.

—Nervioso —susurró contra los labios de su amante mientras paseaba la mano con total libertad sobre la tela que apretaba el pene endurecido de éste.

Pese a no recibir respuesta, el rostro sonrojado de su pareja, que comenzaba a sumergirse en éxtasis, le dijo lo que necesitaba saber.

—Haré que te sientas muy bien.

Dejó de lado su tarea central. Recorrió la playera ajena para dejar expuestos los pezones. Llevó la boca a uno de ellos, repartiendo amplias y húmedas caricias con la lengua, previo a succionar y mordisquear en ocasiones.

Yūji soltó un jadeo. Advirtió un mar de diferencia entre ser tocado ahí y lo que su profesor hacía ahora.

La razón por la que se cambió de asientos demandaba atención. El juicio se le nublaba sólo de pensar en tener a su novio entre las piernas; no obstante, cuando éste se separó y procedió a aflojarle los shorts, los remanentes de cordura le ilustraron una situación alarmante cuando vio que la prenda se deslizaba en su totalidad por sus piernas.

—Se… Sensei.

«No me digas que ya te arrepentiste». Gojō replicó con la mirada, intentando no lucir severo o malhumorado. Detestaba a los indecisos.

—Lo que dijo antes. ¿Sólo me la va a chupar?

En los bonitos ojos marrones de brillo ambarino, Gojō notó cierta inseguridad. Debían aclarar las cosas antes de incurrir en una situación engorrosa y con remordimientos.

—¿Qué insinúas? —Habría sido brusco si lo golpeaba con un «explícate».

—Ah, bueno… ¿Voy a tener que hacer lo mismo? —Una parte de sí no era capaz de concebir que sólo él iba a recibir placer.

«Otra vez el asunto de dar y recibir —dijo Gojō para sus adentros—. Este chico sí es un caso especial». Sin embargo, le encantaba esa parte de él. Podrá parecer estúpido, pero incluso un demonio tendría problemas para obligarlo a firmar un contrato con letras pequeñas. Desconocía si era precavido por instinto o si sólo ocultaba serlo.

—¿Recuerdas lo que te dije antes? ¿Las opciones?

Yūji asintió.

—¿En qué momento dije que me debías dar una también?

—Eso… —La vergüenza le impidió continuar.

—Yo le ocasioné esto a Yūji. —Masajeó su entrepierna por encima de la ropa interior—. Así que debo hacerme responsable. No al revés.

Marcó un descenso de besos desde el diafragma hasta la pretina de los bóxers, bajo los cuales introdujo ambos índices, tirando lentamente hacia abajo. Al divisar mejor la línea de vello púbico, levantó la vista, esperando toparse con un muchacho excitado; encontrando a uno atribulado.

Debía hacerlo caer de una vez por todas.

—Soy un hombre de palabra —pronunció con una confianza que al mismo tiempo desprendía galantería—. No haría nada que no quisieras.

—Cuando lo dice con esa mirada a veces me cuesta creerle.

—Oh, vamos. Sabes que no te mentiría —ronroneó—. De todas las personas, Yūji, eres el único a quien jamás le haría algo así. —Hasta ese momento, aquello era verdad. Prefería quedarse callado a romper la confianza que se tenían—. Además, soy muy obediente.

—Permítame dudarlo. —Entrecerró los ojos, suspicaz.

—¿Recuerdas el encerrón que nos dimos en la sala de interrogatorios de Nanami?

«Cómo olvidarlo». Yūji se ruborizó, si es que se podía aún más.

—¿Acaso he faltado a lo que te prometí? No te he puesto ni un solo dedo encima en la escuela. ¿No crees que mi buen comportamiento me hace merecedor de una pequeña recompensa? —Presionó la parte inferior del rostro contra la entrepierna de su muchacho, rogando con caricias ejercidas por la lengua sobre la delgada tela, que le permitiera obtener lo que deseaba.

Yūji se estremeció. El profesor era demasiado intenso para su noble corazón. En momentos como ese recordaba el abismo de diferencia que había entre ambos. ¿Cómo podía cerrar la brecha cuando no estaba a la altura?

No podía negar la excitación que abrasaba su cuerpo, pero temía llevar las cosas demasiado lejos. A diferencia de Fushiguro y su hermano, él no podía avanzar de manera tan apresurada. No pretendía alcanzarlos. No era una competencia y, en comparación, llevaba poco tiempo saliendo con Gojō.

—Si llega a ser demasiado para ti, sólo dilo y me detendré. ¿Vale?

«Este hombre me está leyendo el pensamiento», concluyó, tragando saliva.

Desconocía si estaba siendo transparente o si ambos se hallaban en la misma sintonía. En cualquier caso, agradecía el gesto.

Al asentir, dio a Gojō luz verde para que lo despojara de su ropa interior, sólo de una pierna, la cual, se echó al hombro para acomodarse mejor. Tomó con firmeza el miembro de su chico, masajeando el tronco con una mano.

Llevó la lengua hacia la base, permitiendo que se acostumbrara al calor y la humedad, en lugar de devorar su falo como primer movimiento.

Algo en su interior se removió al arrancarle un suspiro. Haría un buen trabajo para obtener gemidos como pago. Podría conformarse con eso.

Dio un masaje circular al glande con el pulgar durante un minuto completo. Obtuvo dos cosas: un jadeo prolongado y líquido preseminal.

«Va a correrse rápido». Acto seguido, se metió la punta a la boca y el trabajo que ejercía con el dedo comenzó a hacerlo con la lengua.

—¡Sen…! Se… —Se calló a sí mismo al suprimir un gemido. Cosa que no pudo hacer en las siguientes ocasiones.

Gojō parecía medir los centímetros con los labios. Bajaba uno y subía hacia la coronilla. Bajaba dos y volvía. Tres y de regreso. Cuatro. Cinco. Seis. Un poco más y llegaría a la mitad.

Yūji tuvo el impulso de ponerle las manos en la cabeza y empujarlo hasta tocar fondo. Su profesor lucía en extremo erótico al ahuecar las mejillas mientras lo torturaba con la lentitud en que atendía su erección.

—Gojō-sensei —gimió con claridad al estar completamente dentro de aquella cavidad tan mojada y deliciosa.

Enredó los dedos sobre la mata de suaves y blanquecinos cabellos, percibiendo cómo subía y bajaba. Le brindaba la ilusión de tener el control sobre el movimiento, aunque la realidad fuera distinta.

El sonido viscoso proporcionado por la saliva le proveyó del impulso necesario para apretar las piernas. Al escuchar un quejido ajeno, aflojó. Eso se repitió en más de una ocasión.

Gracias a que Gojō era una persona demasiado grande para el promedio, no le costaba trabajo cubrir todo el miembro de su novio. Además, por experiencia, intentó replicar lo que le gustaba que le hicieran. No sólo se trataba de sacar y meter sin que los dientes rozaran; usar la lengua en el ascenso y el descenso también jugaba un papel importante.

En su vida creyó que chupársela a un hombre pudiera producirle placer. Tal vez debía culpar a los sonidos que Yūji le regalaba, pues comenzaron a combinarse con sus fantasías más salvajes y fue cuestión de tiempo para que su pene se endureciera también.

En esa situación no era una opción volver a carretera, esperando a que se le bajara en el camino. Sin embargo, tampoco podía atacar a su pareja. Apenas logró convencerlo de que lo dejara comerle la polla.

Se separó a la fuerza.

—Yūji —llamó su atención—. ¿Puedo tocarme?

El nombrado quedó en blanco unos instantes, anhelando seguir siendo atendido.

—¿Po-Por qué me pregunta eso?

El tiempo que tardó en contestar, Gojō lo utilizó para besarle la base de la erección y el abdomen.

—Dije que no haría nada que Yūji no me permitiera —agregó, en un tono que mezclaba la sensualidad con la urgencia—. Además, esta es la primera vez que Yūji intima con otro hombre, ¿no es así? Quizá no quieres ver el mío o te parece pervertido que lo haga.

—¡Lo que estamos haciendo ya es lo suficientemente pervertido!

Al no tener una mejor respuesta, Gojō suplicó con la lascivia como arma para ver qué clase de expresiones podría producir en su joven amante.

—¡Ah, cielos! Yūji es tan erótico. Sus gemidos hacen que me descontrole y me excite tanto que me entran ganas de tocarme.

A Yūji se le terminó de freír el cerebro por culpa de su elevada temperatura.

—¡Ok, ok, ok! Puede tocarse. ¡Puede tocarse! Solo… No diga esas cosas en voz alta.

Okay —cantó, victorioso.

Yūji escuchó cómo se desabrochaba los pantalones y bajaba la bragueta, pero como su propia ropa (y la de Gojō) estaba en el camino, no tenía más opción que erguirse si quería ver la erección ajena.

¿No luciría mal si hiciera eso? ¿Sería educado? ¿Existía alguna clase de etiqueta para cuando te la estaban mamando?

Su primer y único intento se vio frustrado cuando Gojō decidió atragantarse con su pene. Una mano no dejó tranquilas sus abdominales y la otra masturbaba de manera apresurada a su dueño.

Sin embargo, ignoró el plan original y se dejó hacer. Era demasiado bueno recibir ese tipo de servicio erótico.

—Gojō-sensei —alcanzó a pronunciar antes de que su respiración se agitara más de la cuenta.

Un cosquilleo entre las ingles le avisó que estaba a punto de alcanzar el clímax.

Apretó los glúteos junto a un espasmo de placer al momento de dejarse venir en la boca de su novio, quién tragó su semen casi de inmediato, sin darle tiempo de procesar lo ocurrido.

Gojō liberó la erección que mantuvo en la boca por un buen rato, para limpiar los remanentes de esperma que escurrieron de sus labios.

Se mantuvo lamiendo hasta que el miembro de su pareja se puso flácido, sin interesarse en ponerse duro de nuevo.

—Yūji —entonó, suplicante—. ¿Puedes tocarme? ¿Quieres tocarme?

—¿Eh? ¿Por qué?

—Yo aún no me corro, pero necesito más de Yūji —fingió drama en la voz—. Y dudo que mi precioso Yūji quiera besarme después de que se la estuve chupando. Quizá si me toca, yo…

Su querido Yūji le cerró la boca al atraerlo por el cuello de la ropa y plantarle un beso profundo, casi desesperado.

Sonaría contradictorio a lo que pretendía momentos atrás, aunque, ahora que la calentura se le había bajado, no tenía intenciones de involucrarse con el pene de alguien más. Quién sabe qué podría pasar si le daba demasiadas alas a Gojō.

—Besarnos… —se detuvo para limpiar el hilo de saliva que cayó al separarse de forma abrupta—. ¿Besarnos sería suficiente?

—Por supues…

No alcanzó a finalizar. El chico bebió de su boca con la misma pasión que cuando estaba sentado en su regazo.

Fue su turno de ahogar un gemido dentro de esos lindos labios.

Ese muchacho jamás dejaba de sorprenderlo.


En el camino de regreso, no cruzaron palabras. Yūji era capaz de rememorar lo sucedido cada vez que veía a su profesor de reojo. Lo que menos quería era ponerse duro de nuevo. Por suerte, con todo lo sucedido, aunado a la comodidad del auto, no tardó en comenzar a cabecear.

Gojō estiró la mano para agarrarle una pierna. No percibió que se sobresaltara. Desvió un poco la vista, descubriendo que el chico se hallaba dormido.

No obstante, no dejó de tocarlo hasta alcanzar su destino.

Primero, se retiró el cinturón de seguridad.

—Yūji, Yūji —enunció, cantarín, moviendo al muchacho por el hombro para despertarlo—. Llegamos a casa.

El nombrado abrió los ojos, esforzándose más de la cuenta en regresar al mundo real.

—Sensei —su voz denotaba el cansancio característico de alguien que no quería despertar.

—Llegamos.

—Ah, sí —articuló apenas, tallándose los ojos.

—Yūji, respecto a lo de hoy…

—No quiero hablar de eso —interrumpió, espabilando de golpe.

A Gojō le extrañó esa respuesta brusca y alterada.

«Tal vez sí fue demasiado para él».

—Es sólo… —hizo una pausa en la que desvió el rostro; podía ver al otro en el reflejo del cristal—. Me acuerdo y me pongo caliente, ¿podríamos dejar el tema de lado por hoy?

Ante el sorpresivo ataque de sinceridad, Gojō echó a reír.

—Ay, Dios. No puedo contigo.

Yūji puso una completa expresión de fastidio.

—¡Es verdad! ¡No se ría!

—¿Te digo algo?

—¿Hm? —Torció la boca en un sutil puchero.

Previo a responder, se inclinó hacia el muchacho, éste se echó hacia atrás por inercia y Gojō sonrió, coqueto.

—Yūji sólo necesita dar una orden y yo estaría dispuesto a hundir mi cara entre sus piernas para darle mucho placer. En el lugar que sea.

Al chico se le subió el color al rostro con una intensidad incluso visible ante la poca luz que la luna brindaba. No logró mantener la compostura por mucho tiempo.

—¡¿Cómo puede decir eso sin sentir vergüenza?!

—Porque es algo que no dudaría en hacer. ¿Quieres probarme? —seguiría insinuándose para molestarlo, era divertido; si su novio le tomaba la palabra, sería una bonificación extra de la cita—. Haré todo lo que Yūji me pida que haga. Me portaré bien. Porque quiero ver a Yūji jadeando, gimiendo y retorciéndose de placer por mis besos. —Le depositó uno en el cuello—. Mi tacto. —Acarició su muslo—. Mi lengua. —Aprovechó la escasa distancia para lamer su oreja—. Y mi p…

—¡Muchas gracias por traerme a casa, sensei! —exclamó, cortando de golpe la erótica situación que le generaba escalofríos—. ¡Nos vemos en la escuela!

Salió del auto como si la vida se le fuera en ello, al tiempo en que Gojō dejaba escapar una pequeña sonrisa victoriosa.

Acto seguido, el muchacho abrió la puerta y se agachó para hablar un poco más.

—¿Me marca en cuanto llegue a casa?

—Por supuesto. Pero, si quieres seguir hablando, ¿por qué no pasamos la noche juntos? Puedo rentar una habitación, pedimos algo para cenar y…

—En este momento usted es un peligro para mi integridad.

Ow, parece que no logré engatusar a Yūji de nuevo.

—Y cada vez le será más difícil —siguió su juego.

—Lo espero con ansias.

No obstante, Gojō no estaba jugando con eso último. Moría de ganas por ver a qué clase de situaciones lo orillaba su bonito novio adolescente.


—¿Y bien? —preguntó Sukuna, entrando a la habitación de su hermano—. ¿Sí cogieron? Aposté con Megumi.

—No todos somos tan calenturientos como ustedes dos. —Ni siquiera frunció el entrecejo o contestó con desdén.

El día le sonrió y para que la noche dejara de hacerlo, tendría que morir alguien. Cruzar una o dos palabras con su gemelo no era inconveniente alguno.

—¿Mañana vamos a las canchas?

—Yup.


Durante la semana, la caja de Pandora que residía dentro de Yūji parecía haber sido abierta sin su consentimiento. El caos lo carcomía; su mente divagaba con cada minúsculo detalle.

Ver a Gojō a la distancia era suficiente para hacerle recordar lo que pasó en el auto. Su cuerpo reaccionaba y no le obedecía. Era incómodo buscar una manera de sentarse que no delatara la dureza entre sus piernas.

Por si fuera poco, reparaba en las facciones de su novio cada segundo. Los perfectos y carnosos labios, la nariz respingada, el perfil afilado que acentuaba su madurez; sin olvidar la piel tan nívea y tersa que moría por acariciar.

Sobraba decir que no aprendió un carajo en clases. Cuando Gojō no estaba en su salón, seguía pensando en él como si fuese víctima de un hechizo. A sus oídos, la voz de Gojō era tan poderosa como el canto de sirena.

«¡¿Cómo pueden Sukuna y Fushiguro lidiar con esto todo el tiempo y sacar buenas calificaciones?! Porque a ellos también les pasa… ¿Verdad?». Se autoconvenció de que esa parejita era una monstruosidad.

Lograba relajarse en las prácticas de baloncesto. Le ayudaba a deshacerse de toda esa energía y lujuria innecesarias.

No obstante, no dejaría que esa situación se repitiera cada semana. Por lo que, a primera hora, el sábado, tocó la puerta del hogar de Fushiguro. Él y su hermano tenían una cita, por lo que podría hablar abiertamente con Gojō.

Por desgracia, Yūji no nació con suerte ni con estrella. El mismo Fushiguro fue quien lo recibió, Sukuna detrás.

—¿Está Gojō-sensei?

—¿Van a salir? —Fushiguro le devolvió la pregunta.

Él y Sukuna tendrían una cita porque creían que Yūji estaría ocupado en casa con la cantidad abrumadora y antinatural de tareas que dejaron en la escuela. Ellos tenían ese asunto resuelto porque la terminaron durante los pequeños recesos entre materias.

—No —respondió Yūji—. Pero tengo buenos motivos para verlo.

—¿Y eso es…?

—¡Yūji! —Gojō se acercó a la puerta—. Pasa, pasa.

—No me dijo que Itadori vendría —agregó Fushiguro, cruzándose de brazos.

—¿Y desde cuándo debo avisarte de ese tipo de cosas? —Sonrió con una pizca de malicia. Ver a Fushiguro frunciendo el entrecejo siempre era un deleite. En cualquier caso, debía hacer que ese par se largara de una buena vez—. ¿Ves esto? —Señaló con el índice la pequeña mochila que su novio cargaba—. Quedamos en que le daría algunas asesorías —mintió. Yūji no se inmutó pese a saberlo; es más, quería besarlo por hacerse cargo de la situación.

»Tiene un amigo con muy poca paciencia y un hermano a quien le importa un comino su educación. ¿A quién creen que recurre cuando tiene un problema de este estilo? A su novio —respondió al instante—. ¿No es evidente?

»Puedes tomar asiento donde siempre —le dijo a Yūji.

El chico asintió y se acomodó en la mesa del comedor. Del interior de la mochila extrajo un par de libretas y lápices.

Sukuna chasqueó la lengua en señal de molestia y se colocó los zapatos en la entrada.

—Te espero afuera. Este tipo en verdad me repugna —masculló. Incluso si su gemelo no aparecía, ellos ya estaban por retirarse.

A Fushiguro no le parecía correcto dejarlos a solas, pese a no desaprobar del todo su relación.

—Vuelvo al rato.

—Disfruten su día —se despidió Gojō. Giró sobre sus talones y se aproximó al chico una vez la puerta se cerró—. ¿En verdad vienes por asesorías? Me lo saqué de la manga, pero parece ser que a este paso podría volverme profeta. —Infló el pecho, sonrió con confianza y colocó ambas manos a los laterales de la cadera.

—Ah, no. No es eso —dijo, regresando las cosas a la mochila—. Las compré en el camino porque me hacían falta. Fue un verdadero golpe de suerte que se le ocurriera eso.

Gojō levantó las cejas, pasmado.

—Entonces… —Tuvo un cambio de actitud, más mimosa; dejó de lado los lentes, rodeó al muchacho con los brazos y frotó su mejilla contra la opuesta, así como el otro solía hacer cada tanto—, ¿acaso Yūji me extrañaba tanto que no podía vivir sin mí y corrió hasta acá sólo para verme?

—Algo así —habló, carente de entusiasmo. Era demasiado temprano para destruir las ilusiones de su pareja—. Sensei, la verdad es que necesitamos hablar. Bueno… Tengo algo que decirle.

La expresión, comúnmente amable con destellos inamovibles, que se dibujaba en las facciones de Gojō cada que estaba cerca de su chico, comenzó a quebrarse a la velocidad de quien arroja agua a un lienzo fresco.

Se vio obligado a adoptar una extraña neutralidad forzada, en contraste con la agitación de su interior. Bajó una rodilla al suelo con el afán de adoptar una posición más cómoda. Ponerse en pie para que Yūji lo mirase hacia arriba podría no ser una buena decisión.

¿Había hecho algo que lo incomodara? Hablaban con regularidad, no tenían problemas ni siquiera discutían.

«¿A qué está jugando ese mocoso?» escupió con fastidio una voz en su interior, la cual, calló de manera abrupta. No le permitiría hablar así de su Yūji.

—Lo que pasa es… —Detuvo su discurso. Dio un cuarto de vuelta sobre la silla para tener de frente a Gojō—. En clase… No consigo concentrarme en ninguna clase. En especial en las de Gojō-sensei —habló con firmeza, las mejillas adquirieron un rubor característico que sólo se presentaba cuando se encontraban ellos dos solos en el mundo.

—¿Y eso es novedad? —cuestionó con más tranquilidad, un toque de mofa, al notar que no era un asunto delicado.

—¡En verdad es preocupante! ¡Pasó la semana y no aprendí nada! ¡Nada de nada! Antes sólo tenía ligeras dudas, pero entendía lo que veía en clases (más o menos). ¡Ahora ni siquiera recuerdo qué temas vimos! ¡Y no se ría —advirtió, al notar cómo el otro intentaba contener un gesto divertido—, que esto es todo por su culpa! Gojō-sensei no sale de mi cabeza. Es abrumador.

Gojō rio por lo bajo. Estaba feliz. Demasiado feliz. Malditamente feliz.

Tomó las manos de Yūji. Depositó un beso en éstas como regalo de consolación. Lo vio dirigir los ojos hacia una esquina y torcer la boca, como en todas aquellas veces en las que le daba por su lado cuando lo agobiaba con una actitud insistente y chocosa. Lo hacía para molestar de forma ocasional porque disfrutaba sacar toda clase de expresiones de Yūji.

—Sólo estás enamorado, mi chico. No lo hagas ver como un tormento. Disfrútalo más, ¿quieres?

A Yūji le tomó por sorpresa la sonrisa de su amante. No porque tuviera algo distinto a las que había visto antes, sino por el modo en que abordaba la situación.

Gojō no lucía alterado de ninguna manera mientras que él era incapaz de pensar con claridad. ¿Acaso no sentían lo mismo el uno por el otro? ¿No era correspondido con la misma intensidad?

El brillo en los ojos de Yūji pareció nublarse. Gojō se turbó. Una extraña preocupación se le clavó en las entrañas.

—Yūji —musitó.

—¿No siente lo mismo? En comparación mía…, sensei parece estar muy bien.

—¡Já! ¡¿Bromeas?! ¡Me estoy volviendo loco! —Lástima que el muchacho no supiera cuán literal era aquella aseveración.

Una vez más, Yūji no daba crédito a lo que veía y escuchaba.

—Entonces, ¿por qué luce tan bien? Como si nada pasara.

—Bueno, eso es porque estoy haciendo algo de trampa. —Guiñó un ojo—. ¿Sabes cuántos años he dado las mismas clases una y otra vez? Me las sé de memoria. Tú, por otro lado, debes aprender cosas que no has visto antes.

Aunque Gojō fue quien sintió la extraña presión en el vientre, Yūji suspiró como si fuera él el afectado.

—Con que era eso. —Una enorme carga abandonó sus hombros.

—Si yo pudiera mandar al demonio todas mis responsabilidades y encerrarte en una jaula donde sólo yo pudiera verte, lo haría. No me gusta que nadie más te vea, que nadie más te toque, que nadie más te escuche.

Un escalofrío se deslizó con una violencia creciente por la columna de Yūji. Puso una mano sobre los cabellos albinos y la deslizó hacia la mejilla tras acariciarlos un rato.

—No diga eso con tanta naturalidad. Por un momento me lo creí.

En especial por esa sonrisa tan hechizante que Gojō ponía cada que le coqueteaba. Bastantes problemas tenía lidiando con su sensualidad natural, como para soportar la cantidad de expresiones hipnóticas que le dedicaba en cada descuido.

Tragó saliva con dificultad.

«No de nuevo» dijo para sus adentros.

—Aparte de eso. Hay otro problema que… —Se llevó una mano al cuello, sobando la parte trasera. Evadió los preciosos ojos de su pareja a toda costa.

«¡Ah! ¡Qué fastidio es lidiar con esto!». No tenía por qué avergonzarse frente a Gojō. Se sacaba de quicio porque no era un tema que discutiera de manera cotidiana, aunque tampoco era nada del otro mundo. Además, su pareja ya le había dejado en claro que lo comprendía en su totalidad.

—Desde lo que hicimos en el auto me pongo duro con más frecuencia que antes. Es molesto. En especial porque cuando pasa dura bastante.

Una venita de molestia saltó en su sien cuando vio a Gojō cubrirse la boca y sofocar una risa.

—Claro que a su edad seguro ya le cuesta ponerse así, por lo que no lo culpo si los años de experiencia que se carga ya le hacen imposible que entienda cómo se siente.

Tenía bien medido a su viejo descarado y sabía que su correcto raciocinio se descarrilaba cuando insinuaba que era demasiado mayor para ciertas cosas.

Cantó victoria al advertir que a Gojō se le borraba la diversión del rostro.

—¿Te importaría repetir eso, Yūji? —dijo, intentando ocultar el golpe a su orgullo con una voz más profunda—. Creo que escuché mal algo.

—¿Oh? ¿De verdad? Pero si fui muy claro. Tal parece que nuestra próxima cita va a ser con un médico para asegurarnos de que su salud auditiva esté bien. En todo caso —cambió el tema—, no debería arrugar tanto aquí. —Con un dedo presionó justo entre las cejas de su amado—. ¿Qué haremos si las marcas se empiezan a acentuar?

—Condenado mocoso —habló entre dientes. No tenía mucho derecho a quejarse, dado que fue él quien lo volvió así de impertinente.

La malicia era un atributo raro de manifestarse en Yūji. Ambos se divertían con eso.

La cercanía, aunada a la subsecuente tranquilidad de tratar los temas que los inquietaban, hizo que el chico acercara los labios a los ajenos.

Reparó en sus propias acciones antes de concretarlas. Al ver que su novio inclinaba el rostro para recibirlo con comodidad, no dudó más.

Profundizó el beso de inmediato. Adoraba la fuerte sensación que producía en su interior. Un calor desbordante fluía hasta las puntas de sus dedos.

Cada sonido húmedo que le llegaba a los oídos era una continua inyección de éxtasis. Las manos que repasaban su silueta sin descanso le incitaban a no parar.

Cuando compartían un espacio juntos, no dejaba de pensar en ir directo por sus labios. ¿Cómo no hacerlo? Si cada roce, cada toque, cada caricia, le brindaba todo lo que hasta ese momento jamás razonó que le hacía falta.

Al separarse, Gojō dio un vistazo rápido a la entrepierna del muchacho.

«Con que a esto se refería». Ponerse duro al recibir un beso tan duradero no era nada que no hubiese visto antes.

—En todo caso —retomó la conversación—, yo ya te propuse un método para aliviar eso de manera rápida.

Yūji parpadeó, buscando en sus recuerdos.

—Estoy más que dispuesto a obedecer cualquier orden tuya. —Gojō le soltó una pequeña pista.

El corazón se le aceleró a Yūji más de la cuenta al comprender el significado de aquellas palabras.

—Entonces, sensei. —Tragó saliva con dificultad.

—¿Sí?

Se mantuvo unos segundos en silencio para darse valor.

—Quiero que me haga un oral.

—¿Cuándo? —preguntó, divertido de ver al muchacho enfrentando a sus deseos contra su moralidad.

—Ahora. Justo ahora.

Gojō se puso en pie, ofreciendo la mano en el acto.

—Ven conmigo. Se me ocurrió algo delicioso para ambos.


—Espera. Regresemos —dijo Fushiguro, tras revisar cada uno de sus bolsillos.

Sukuna rodó los ojos y habló con completo fastidio.

—Olvídalo. Sé que te preocupa más él que yo, pero no estoy dispuesto a…

—No es eso —interrumpió con cierta molestia—. Olvidé mi celular.

—Tú… —Levantó una ceja, las manos cruzadas—, en verdad no puedes vivir sin ese aparato, ¿verdad?

—¿Y lo dice quien no dejó de insistir toda la semana para saber si tendríamos sexo hoy o no?

—Tú tienes la horrible manía de hacerte de rogar —contestó, disminuyendo la distancia para ver a Fushiguro desde arriba ahora que le sacaba unos centímetros de estatura—. No habría insistido si hubieras respondido la primera vez que pregunté, querido.

Fushiguro le dedicó unos ojos retadores cargados de desdén. A veces debatía seriamente cómo terminó involucrándose con alguien de sangre tan pesada. Aunque tal vez era esa actitud suya, que no se lo ponía fácil, lo que le hacía mantenerse estable a su lado.

—Así que jugando sucio, ¿eh? —agregó Sukuna—. Sabes que me ponen esas miradas en las que se nota cuánto me quieres arrancar la cabeza.

—Vamos de una vez —cambió el tema—. Estamos perdiendo mucho tiempo.

Satisfecho, por ninguna razón en particular, Sukuna se mantuvo callado el resto del trayecto. Al llegar, esperó afuera.

Fushiguro recordaba haber visitado la cocina por última vez antes de salir. No obstante, la escena que encontró en ese lugar le produjo unas náuseas que apenas logró contener.

El bote de crema de avellanas estaba destapado. Yūji tenía los pantalones abajo, sosteniéndose de uno de los tobillos y el trasero recargado en la mesa, sin sentarse del todo. Chupaba dos dedos de Gojō mientras éste último hundía la cara entre sus piernas.

—¡¿Fu-Fushiguro?! —exclamó, creyendo que el corazón le estallaría por la sorpresa—. ¡¿Qué haces aquí?!

En un intento por cubrir su desnudez, tomó a su profesor por la nuca y lo empujó hacia adelante con mayor fuerza de la que planeaba emplear, obligándolo a engullir la totalidad de su erección.

—Mi celular —respondió Fushiguro, acercándose a tomarlo de encima del microondas.

Dio media vuelta. Apresuró el paso. Se detuvo en la puerta por la voz de Yūji.

—No le digas a mi hermano —agregó, nervioso.

Fushiguro apretó los labios en una delgada línea. No respondió ni gesticuló. Se retiró, esperando que ese recuerdo se borrara de su memoria cuanto antes.

A los pocos segundos, Gojō emitió quejidos ahogados, insistentes, a la par en que daba palmaditas sobre el muslo ajeno.

—¡A-Ah! ¡Sensei! Lo siento. —Levantó ambas manos en señal de arrepentimiento.

La boca de Gojō comenzó a exponer el pene de su novio de forma paulatina. Tener la punta hundida hasta la garganta por más tiempo del que le hubiera gustado hizo que sus ojos azules, intensos por naturaleza, se tornaran vidriosos y aparentaran ser más claros de lo que en realidad eran.

Un grueso hilo de saliva café transparente, por la crema de avellanas que untó en el miembro de su chico, hizo de puente colgante entre sus labios y el glande. A los pocos segundos se rompió, manchando su barbilla.

A Yūji le excitó a sobremanera ser atrapado en el acto y analizar el rostro de su pareja mostrando sumisión absoluta; le fue imposible frenar el momento de eyaculación, salpicando a Gojō y obligándolo a bajar un párpado.

El esperma de Yūji escurrió bajo la mejilla inmediata y la comisura de los labios, los cuáles, Gojō lamió con la sensualidad que le caracterizaba.

Yūji se apresuró a tomar una servilleta de papel para limpiar el desastre que había dejado.


Cuando Fushiguro volvió a casa, cerca de las once de la noche, se topó con la pantalla del televisor alumbrando parte de la sala, así que no tuvo que encender las luces.

Acostado en el sofá se encontraba Yūji, con Gojō encima de su pecho.

«Es raro verlo dormir tan temprano» dijo para sus adentros. En especial porque su tutor solía ir a la cama de madrugada.

—Fushiguro —lo llamó Yūji, haciendo señas con la mano para que se acercara—. ¿Cómo apago el televisor?

Tomó el celular de Gojō. Lo desbloqueó al colocar el pulgar en el sensor, detalle que Fushiguro no pasó por alto, y comenzó la explicación en voz baja mientras le mostraba la pantalla.

—Le pongo que deje de proyectar y sólo se pone negra la pantalla. Cierro la aplicación y no pasa nada. ¿Cómo lo haces tú cuando estás con Kugisaki y conmigo?

Fushiguro tuvo la extraña sensación de tener que explicarle a un abuelo cómo utilizar dispositivos electrónicos.

—En las aplicaciones debería haber una llamada Smart Things. Ábrela y selecciona el televisor. Te dará la opción de apagarlo.

Al cabo de unos segundos, la habitación se sumergió en la penumbra.

—Qué práctico es esto —dijo Yūji, logrando su cometido.

Fushiguro sacó su propio celular del bolsillo trasero del pantalón. Alumbraría el camino a la recámara con el LED del celular.

—Lo que pasó esta tarde…

La voz de Yūji lo frenó en seco.

—Se lo conté a tu hermano —soltó de golpe—. Lo siento. —Sería peor si no se lo hiciera saber.

—No te preocupes. —Con una mano apretó el pijama de Gojō; con la otra, acarició de manera delicada sus cabellos, encontrando en esa acción un método conveniente de relajación pasajera.

Deseaba estar seguro de ello. Había escuchado a Sukuna y Fushiguro cuchichear en algunas ocasiones. Era correcto asegurar que, si uno sabía algo, el otro también. Los envidiaba, así como lo consideraba un peligro.

Al regresar la vista a la pantalla de su dispositivo, Fushiguro encontró un par de mensajes recibidos minutos atrás.

Itadori Sukuna

Ven a mi casa.

Te espero.

Fushiguro Megumi

¿Sigues aquí afuera?

Itadori Sukuna

¿Tú qué crees?

Fushiguro Megumi

Que me dejarás dormir en paz hoy.

Buenas noches.

Itadori Sukuna

¡Sal en este mismo instante, Fushiguro Megumi!

Fushiguro sonrió de medio lado. Jamás podría cansarse de tocar los nervios a Sukuna.

Itadori Sukuna

Como no te vea aquí en un minuto, todos tus vecinos tendrán que llamar a la policía por lo que voy a hacer…

«¡Ese maldito loco!» pensó, corriendo hacia la entrada.

—¡No te atrevas! —reclamó, modulando la voz tanto como era posible para no despertar a medio vecindario a gritos.

Sukuna le dedicó una mueca orgullosa.

—Vamos…

—Es casi media noche. Ni siquiera hay transportes disponibles. ¿Cómo se te ocurre que vamos a salir a tu casa justo ahora?

—¿Y es mi culpa? El señorito no quiso quedarse en el hotel. —Cruzó los brazos—. Siempre podemos caminar. Hacer un poco de ejercicio no va a matarte.

—Lo que menos quiero ahora es caminar. Ya…

—O podemos ir en eso —interrumpió, señalando el auto deportivo que todos conocían a la perfección.

—Tú… ¿Sabes conducir? —Eso sí era una verdadera sorpresa.

—No es muy difícil. —Se encogió de hombros—. Una vez robé un auto sin saber nada. —Infló el pecho, como si se tratara de una hazaña plausible—. Y no lo choqué.

—¿Qué…?

—Es verdad —dijo Yūji a la distancia—. Yo estaba presente.

—Ustedes dos… —Fushiguro se llevó una mano al rostro.

Obligaría a Sukuna a pasar la noche con él de ser necesario. Ya se las arreglaría al día siguiente para que él y Gojō no se mataran en caso de cruzar caminos.


Se me olvidó que hoy (20/Mar) es el cumpleaños de Yūji, así que no pude preparar con tiempo un oneshot. (╥﹏╥)

Pero que este capítulo cuente como regalo para el niño. ( ̄︶ ̄)

Ahora sí, si no muero esta semana, nos vemos el próximo fin para la actu~ (Si muero, pues, ni modo. Habrá que esperar hasta que reviva (?)).