CAPÍTULO XLVII

—Termina con tu jodido viejo tragasables. —Sukuna, cruzado de brazos, mantenía la mirada firme en su gemelo.

—¡¿Hah?! ¡Olvídalo! —Yūji impactó ambos puños sobre la superficie del mueble. Se había alterado.

A mitad de la sala, una mesa de madera los separaba. Llevaban buen rato discutiendo sobre la relación de Yūji con Gojō. A Sukuna no podría importarle menos con quién saliera su hermano, de no ser porque él terminaría afectado a la larga.

—Los de su tipo —prosiguió Sukuna—, no buscan nada serio. Eres una diversión pasajera. Un juguete. ¿Y quién crees que va a estar a tu lado cuando te rompan el corazón? Me gustaría decir que yo no. Por desgracia, vivimos en la misma casa y siempre que te pasa algo, debo aguantar tu maldita cara arruinando mis momentos de paz cada que nos cruzamos en los pasillos.

—¡¿Tú qué puedes saber de Gojō-sensei?! —Se notaba a leguas que estaba molesto, exasperado—. Todo el tiempo lo menosprecias, lo insultas y te esfuerzas en que te dé un mal trato. Aun así, sensei hace lo posible por intentar comprender tus actitudes. Si en verdad fuera tan despreciable como dices, habría modificado tus calificaciones desde hace mucho tiempo.

—Que sea una mierda no significa que también sea estúpido. Todo el mundo sabe que soy un ser superior con intelecto acorde. Si modificara mi boleta, probaría más mi punto de que es una basura.

Yūji apretó los dientes, frunciendo con más rabia el entrecejo.

«No debo seguirle el juego». Algo en su interior se agitaba a sobremanera cuando Sukuna le levantaba falsos a su pareja.

Ese día, por razones incomprensibles, Yūji llegó a su límite.

—Si tan sólo le dieras una oportunidad…

—Ni hablar —interrumpió Sukuna—. No necesito forjar una amistad hipócrita con un ser inferior como él.

—¿Inferior? Tiene muchas cosas que tú no. Título universitario, trabajo, franquicias a su nombre. —Numeró con los dedos—. Y si Fushiguro cuenta como hijo, también uno de esos.

—Y un novio adolescente que no le importa una mierda —remarcó—. Es algo importante en una persona realizada y con dinero —escupió, fastidiado y con ironía mientras rodaba los ojos.

Luego de un rato sumergidos en un silencio denso, incómodo y pesado, Yūji hizo uso de la palabra.

—¿En qué te basas para decir que Gojō-sensei no quiere nada serio conmigo? ¿Es la edad?

—Sólo lo sé. —Se cruzó de brazos. No podía decirle todo lo que había pasado entre ellos porque involucraba a Fushiguro. Si su hermano supiera de eso, no dudaría en preguntarle al tercero en discordia y lo que menos deseaba era retroceder en la estúpida terapia que ya no tenía ganas de seguir pagando.

—¡Eso no es una respuesta!

—Bien, hagamos una cosa. —Puso las manos sobre la mesa—. Folla con él. Después de eso no tardará en botarte. Para personas como él, la carne joven es atractiva. ¿Vale la pena el desgaste emocional? No.

»Tú has visto la cantidad de gente que babea por él en la escuela. Escoger a la víctima más estúpida e ingenua de todas no fue casualidad.

Las palabras de Sukuna siempre fueron duras para Yūji, en especial porque rara vez se equivocaba. Para lidiar con ello aprendió a restarle importancia, no tomarse nada a pecho y confiar en sí mismo. Le ayudó a construir el carácter y afrontar las consecuencias de sus actos.

No obstante, era la primera vez que su interior se dividía. Luego de escuchar aquello, una parte de él se negaba a quebrarse mientras repetía un constante «No es cierto»; la otra, moría de ganas por soltar un puñetazo para que se dejara de estupideces.

—No voy a acostarme con él sólo para probar una loca teoría tuya.

En pocas ocasiones Sukuna llegaba a presenciar la mirada de bestia de Yūji. Así la describía. Abría los ojos poco más de la cuenta, parecían más oscuros de lo que en verdad eran y era capaz de percibir una sed de sangre antinatural.

Debía estar tocando fibras muy sensibles en él para recurrir a eso, pues lo consideraba el método de defensa inconsciente de su gemelo.

Cualquier persona —más decente y con instintos de autoconservación—, dudaría de seguir provocándole, pero no Sukuna. Jamás Sukuna.

—¿Miedo de que esté en lo correcto de nuevo? —De sus labios escapó un bufido orgulloso a modo de risa.

Yūji negó.

—Siempre buscas las salidas más fáciles. Yo estoy dispuesto a tomar un riesgo mucho mayor porque sé que te equivocas.

Sukuna enarcó una ceja.

—¿Qué tienes en mente?

—Hacer que experimentes en carne propia la forma en la que Gojō-sensei me trata. Todas sus atenciones. Todo el empeño que le pone a la relación.

A Sukuna se le erizó cada vello del cuerpo de manera desagradable.

—O-Oye, ¿no estarás insinuando que…?

—Vas a tener una cita con Gojō-sensei —interrumpió, demasiado calmado para ser cierto—, fingiendo ser yo.

Al confirmar lo peor, Sukuna tuvo ganas de volver el estómago. Imaginarse besando a Gojō era la película de terror más perturbadora en el universo.

—Oh, no. Ni lo sueñes.

—No tienes opción. Me lo debes.

—Yo no te…

—¿Recuerdas a esa chica? —cortó sus palabras por segunda ocasión—. La que tenía varios familiares en el gobierno y que te estaba pseudo amenazando.

Ufff, esa maldita perra loca.

Una chica muy linda y excesivamente mimada, con la que Sukuna se acostó una vez y luego no dejaba de pegarse a él diciendo a media humanidad que estaban saliendo.

Le pidió a Yūji que tomara su lugar y la terminara con mucho tacto cuanto antes, pues tenía la maldita fama de hacer que su padre hiciera un infierno la vida de quien «lastimara a su princesa».

A la fecha, no sabía qué demonios había hecho Yūji para que ella desapareciera sin dejar rastro y sin tomar represalias en su contra.

Las facciones de Yūji perdieron seriedad asesina de forma paulatina, regresando a la expresión serena y despreocupada de costumbre.

—Si resultas tener la razón, tú mismo puedes cortar con Gojō-sensei en mi lugar. —Apretó las manos bajo la mesa ante el temor de esa posibilidad. Sus ojos adquirieron mayor decisión y confianza. No dudaba de su profesor ni sus acciones—. Y si no…

—Te dejo en paz. Sí, sí, sí —habló con fastidio y cierto cansancio—. Pero desde ahora te advierto, no pienso darle ningún maldito beso a tu viejo.

—Descuida. Lo dejaré preparado.

«¿Cómo que preparado?». Por la sonrisa de Yūji, Sukuna no tuvo ganas de preguntar.


Por dos semanas Yūji acondicionó a Gojō para que los comportamientos de suplantación de su hermano no le resultaran extraños o descomunales.

No representó un gran desafío, sólo se negaba a besarlo de manera ocasional con pretextos muy usados, como que podrían verlos o que pidió algo penetrante en la comida y primero debía buscar unas mentas para no dejar mal sabor de boca. Como resultado, obtenía singulares pucheros de su profesor y en varias ocasiones terminó dando los besos que el otro buscaba.

Cada día que pasaba Yūji era más feliz que el anterior y, por lo mismo, le aterraba que su hermano tuviera la razón. Sin embargo, confiaba en Gojō más que en nadie en toda su vida; si pasaba la prueba de Sukuna, juraría confiar ciegamente en él y no negarle nunca nada que pidiera, pues estaba a punto de hacer algo inmoral, algo que jamás se perdonaría.

También adiestró a Sukuna para que se comportara de forma adecuada con Gojō. De entrada, se tenía que dejar tocar muchas partes del cuerpo: la cara, la espalda, los brazos, las piernas y el trasero.

Sukuna protestó, pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Por suerte para ambos, Yūji aún no se acostumbraba del todo a que le pusieran una mano en los glúteos, por lo que saltaba y se sorprendía cuando no lo veía venir. Gojō afirmaba disfrutar mucho esa reacción.

Como no podían existir detalles que originaran cavilación en Gojō, Yūji le hizo memorizar bromas y chistes locales. Podían obviar detalles como los hábitos alimenticios, rutinas de ejercicio, gustos cinematográficos y formas de hablar. En esos temas se conocían de sobra.

El único detalle que los sobrepasaba era la semejanza física. No todos los gemelos idénticos se mantienen como un perfecto espejo del otro por los siglos de los siglos. A sus dieciocho años, diferencias sutiles comenzaron a ser la distinción entre Sukuna y Yūji. Para quienes no los conocían, pasaban desaparecidas; quienes convivían todo el día con ellos ya las distinguían, aunque fuese de forma subliminal.

Si Sukuna los arreglaba a ambos con su onda gótica, se camuflaban bien. El problema era que Yūji jamás había asistido con esa apariencia a una cita con Gojō. El día que lo intentó, Gojō le pidió de manera adecuada desmaquillarse, no por otra cosa, sino porque le costaba trabajo acercarse a él y repartir cariño al sentir que estaba con Sukuna y no con su precioso Yūji.

Para desgracia de ambos, Sukuna no era un experto maquillista, mas Yūji conocía a alguien que sí lo era.


—Me rehúso. —Nobara cruzó los brazos por debajo del busto, algo que no pasó desapercibido para ninguno de los gemelos, quienes bajaron la mirada y la subieron casi de inmediato.

—Por favor. —Yūji juntó las manos e hizo ojos de cachorro pateado.

—¡Ni hablar! —En especial porque maquillarlos a ambos para que lucieran idénticos implicaba tener que desperdiciar su increíble talento en una basura como Sukuna.

«Tendré que usar mi carta de triunfo» pensó Yūji.

Estaban en la escuela y no tenían tiempo que perder. Fushiguro aparecería en cuestión de minutos y no podían permitir que él se enterara.

Tomó a su amiga por los hombros.

Nobara no solía ver a menudo ese brillo característico en los ojos de Yūji, que anunciaba que sería capaz de vender los riñones por lo que tenía delante.

—¿Recuerdas ese bolso ridículamente caro que nos mostraste a Fushiguro y a mí hace unos días? Si nos haces este favor, te lo compraré.

La frescura de la imaginación golpeó a Nobara como si el príncipe de sus sueños estuviera frente a ella.

La cabeza de Yūji se deformó en algo que ella consideraba lo más hermoso de la creación: un bolso trapezoidal, acabado en tono dorado, dije de llave, base de apoyo de metal, detalle de candado, parte superior plegable, dos asas redondas, múltiples bolsillos internos con cierre y forro de piel de becerro; fusionados a la perfección por las manos de un hábil diseñador de renombre.

Tenía un atuendo rosa pastel y unos zapatos abiertos dorados con tacón, que combinarían a la perfección con eso.

—Deja de soñar despierta y decide rápido, mocosa.

La voz de Sukuna la sacó de su bellísima ensoñación. Frunció el entrecejo. Ganas no le faltaban para mandarlo a freír espárragos.

Apretó los puños. En verdad quería negarse, pero, si lo hacía, lloraría el resto de la semana por perder una oportunidad en un millón de obtener una pieza exclusiva.

En una situación normal habría exigido el bolso como pago por adelantado, en especial porque casi nadie de su edad tendría tremendo poder adquisitivo. Yūji, por su parte, contaba con una carta secreta y poderosa: Gojō Satoru.

Podía imaginar cómo conseguiría lo prometido.

—Y Sukuna hará tu tarea de ciencias por una semana —añadió.

—¡¿Hah?! —replicó el involucrado. ¡Eso no lo negociaron nunca!

—¡Trato hecho! —Nobara tomó la mano de Yūji y la estrechó antes de que el otro se echara para atrás.

Sonrió con malicia porque a leguas se notaba que Sukuna no estaba enterado de lo último y si podía sacarle canas verdes sin ensuciarse las manos, lo haría. Además, se libraría una semana de las horribles tareas de Gojō y Meimei.


El día anterior a la cita, Nobara llevó a los chicos a comprar maquillaje y brochas adecuadas. Ni loca les prestaría las suyas.

Con expresiones neutras y un minucioso análisis, notó que los ojos de Sukuna eran ligeramente más afilados que los de Yūji, quien los tenía redondeados. Un juego de luces y sombras arregló el problema, además de que les dio una profundidad tenue para que aflorara más su atractivo.

Con un gel de silicona especial, que endurecía al poco tiempo de aplicación, les cubrió las cicatrices del rostro e igualó el tono de piel.

Adicional a eso, a la mañana siguiente, antes de la cita, cubrió los tatuajes del cuello, brazos y abdomen de Sukuna.

Se sentía orgullosa de su trabajo perfecto e inmaculado. Los había dejado como dos gotas de agua. Por el peinado, era como tener dos Yūjis.

Los dejó solos para que se cambiaran el pijama. En ese momento decidieron hacer la primera prueba.

Yūji se colocó una playera negra de cuello en «V» y unos pantalones negros, abiertos por las rodillas, con una cadena que nacía bajo el lateral izquierdo del abdomen y moría en la espalda baja del mismo lado, trazando una curva sobre la zona alta el muslo.

Sukuna se vistió con algo que su hermano ya había usado antes en una cita: shorts azules y una playera blanca con estampado de salpicaduras negras.

Nobara sería la primera prueba del experimento.

—¿Y bien? —preguntó ella, después de jalar a Yūji (Sukuna) al interior de la cocina cuando el otro gemelo entró al baño—. Me llamaron muy temprano para esto. ¿Qué planean?

«Ojalá fuera tan estúpida como aparenta su cara» dijo Sukuna para sus adentros.

—Quiere probar a Fushiguro —respondió en voz baja, como si le confiara un secreto de estado—, para ver si le incomoda o no, estar con él cuando luce…, bueno, como yo. —Encogió los hombros al finalizar.

—¿Hah? ¿Y esa estupidez? ¿Qué tiene en la cabeza?

—Pues… —Se sobó la parte trasera del cuello con una mano y desvió la mirada, apenado.

—Vamos, habla. Antes de que vuelva el diablo.

Sukuna suspiró sin la hostilidad y el cansancio que le caracterizaba, sino con la resignación de Yūji.

—En la última cita que tuve con Gojō-sensei… —Le daba asco hablar así.

—Oh, chisme. ¿También se te pegaron las mañas de Fushiguro?

Sukuna le reprochó con la mirada.

—Ok, ok —agregó ella—. No te interrumpo.

—Como te decía, en la última cita que tuvimos, Sukuna me delineó un poco los ojos como suele hacer para verse darks y Gojō-sensei me mandó desmaquillar porque «le recordaba a él» —marcó las comillas con los dedos mientras hablaba.

—No lo culpo del todo. Es decir, ¿quién rayos es tan masoquista para salir con tu hermano? Sólo Fushiguro tiene esos gustos feos. Esperemos que algún día abra los ojos.

Sukuna rio de forma tranquila con toques de nerviosismo, igual que su hermano cuando no quería continuar un tema. Controló a la perfección sus deseos de golpearla para que cerrara la boca.

Al poco rato, Nobara volvió a casa.

—¿Cómo te fue? —preguntó Yūji.

—No se dio cuenta.

—¡Genial! —La primera batalla estaba ganada.

Sólo restaba la prueba de fuego: Gojō. Llegó pasadas las diez de la mañana, vistiendo unos zapatos elegantes, un pantalón negro y un saco casual del mismo color, bajo el que se hallaba una playera blanca.

Yūji le llegó a comentar que le gustaba esa combinación medianamente formal. Desde entonces, comenzó a hacer combinaciones similares siempre y cuando no fuera a trabajar.

Ya era un ritual besarse en la entrada para molestar a Sukuna, por lo que Gojō no reparó en tomar a su novio por la cintura y acercarlo para consumar el acto.

No obstante, Yūji —fingiendo ser Sukuna—, no podía permitir algo así. Por lo que tomó a su hermano del cuello de la ropa y tiró de ésta, incrementando la distancia e interponiéndose de inmediato.

—Mi casa. Mis reglas —soltó, molesto y antipático, encarando a Gojō como si fuera basura y apestara.

—Entonces —se inclinó para ponerse a su altura—, esta casa debe tener dos reglamentos, ¿no? ¿O ya pusiste los papeles a tu nombre?

El verdadero Sukuna hizo su papel. Con un gesto nervioso saltó entre ambos y con las manos los empujó delicadamente en direcciones opuestas.

—Tiene razón. Tenemos un cuarto de pelea del otro lado de la casa, así que… —Fulminó a su hermano con la mirada.

Yūji chasqueó la lengua y se apartó, empujando el brazo ajeno con un manotazo.

Sukuna tenía ganas de romperle la nariz. En su lugar, se giró hacia Gojō con ojos cargados de emoción.

—¿Nos vamos?

Gojō se sostuvo la barbilla. Notaba algo distinto en su chico. En cualquier caso, lo descubriría más tarde. Por el momento le haría cambiarse de ropa.

—¿Qué te parece ir a juego?

Sukuna sonrió como si tuviera a Fushiguro delante y careciera de malas intenciones. Apenas llevaba diez minutos siendo Yūji y ya quería renunciar.

Dio media vuelta y se metió al cuarto de su hermano. Se colocó unos shorts blancos, combinando con la playera de Gojō. Luego caminó a su propia habitación, donde se hallaba Yūji.

—Sukuna, préstame una playera darks. Tu clóset está atascado de esas cosas. Una menos no se notará. —Cerró la puerta a sus espaldas.

Intercambiaron ropa a toda velocidad, en silencio. Yūji volvió a ser él mismo y Sukuna dio gracias al cielo por liberarse momentáneamente de ese tormento.

—Tokio —dijo Yūji, adelantándose a lo que el otro iba a preguntar—. Primero iremos a un centro comercial (te enviaré la ubicación cuando llegue). Gojō-sensei va a ver algo en una joyería. Después vamos a comer. Allí haremos el otro cambio. Luego van a ir a la torre de Tokio y vuelven acá.

—Suena aburrido. Adecuado para un viejo.

Yūji entornó los ojos.

«Hubiera aceptado el viaje a Hokkaido» pensó, pues fue la propuesta inicial de Gojō. Yūji lo convenció de ir al término de los primeros exámenes parciales para no relajarse tanto con los estudios y así evitar que su gemelo tomara un avión sólo para suplantarlo.


El Yūji original salió al encuentro del novio que moría por besar, cosa que hicieron en el auto hasta quedar satisfechos.

Gojō mostraba una pasión explosiva, juguetona, donde sus acciones eran más lentas con el objetivo de desesperar al muchacho que lo empujaba a los peligrosos límites de la vesania concebida sólo por las mentes más brillantes y torcidas de la humanidad.

No sabía cuántos meses o semanas, o días más sería capaz de gobernar sobre los demonios interiores que le susurraban las más pecaminosas ideas.

Yūji no negaba cada roce o caricia, beso o mordida, por más peligrosa que fuera. No era capaz de mantenerse a raya cuando se trataba de Gojō. En especial porque él mismo había comenzado a sufrir bajo sus propias reglas de no tener ninguna clase de contacto íntimo en la escuela. Tantas oportunidades desperdiciadas. Tantas paredes que pudieron albergar y contener las demostraciones de afecto que anhelaban darse.

Para Gojō era la primera vez que cada pizca de su ser reclamaba tener contacto con el chico en un intento desesperado por demostrar su devoción. Le era sencillo soltar palabras cursis; su lengua y dientes eran maestros de endulzar oídos.

Yūji no merecía alas que no le permitieran volar y, sin embargo, le aterraba dárselas. ¿Qué podría hacer un amante al que le diera tanta libertad? ¿Lo apuñalaría por la espalda o la protegería de cada uno de sus enemigos?

No quería soltarlo y, al mismo tiempo…

—Yūji —susurró, interrumpiendo el candente contacto que tenía con el susodicho, que en algún momento terminó sentado sobre su regazo—. Se nos hará tarde.

—Su culpa por no llegar más temprano. —Depositó unos cuantos besos más sobre la línea de la mandíbula.

Gojō fijó los ojos en los opuestos. Solía quitarse los lentes cuando tenían ese tipo de contacto para que nada los incomodara.

Posó una mano en la mejilla opuesta.

—Sabes, lo pensé cuando te vi al entrar a tu casa, pero creo que estás diferente.

—Ah, eso. Fue Kugisaki —explicó, emocionado—, le pedí que me ayudara con esto del maquillaje, así que usó algo de sombra en los párpados y me cubrió las cicatrices.

Eso último fue lo primero que Gojō notó. No era tan versado en el tema de los cosméticos como para evidenciar los detalles, pese a ser un observador envidiable.

Ahora notaba más el oscurecimiento en los párpados de su chico. No era tan acentuado ni notorio como cuando lo hacía una chica, pero aseguraba que ese tipo de retoques se los daban a los actores de televisión y cine.

—¿No le gusta? —preguntó Yūji, advirtiendo el rostro de Gojō repentinamente adusto.

—No. Nada de eso —espabiló—, sólo me perdí un poco memorizando tu cara. Ahora debo preocuparme de espantar a los reclutadores de talentos.

—Oh, por favor —restó importancia—. Eso no pasaría. En todo caso, creo que se acercarían más a sensei… —No lo decía como halago, en verdad había ocurrido antes.

—Vamos —dijo Gojō, depositando unas palmaditas sobre los muslos de su novio.

Yūji se acomodó en el asiento del copiloto y se colocó el cinturón.

No le sorprendió que la mano de Gojō buscara abarcar todo cuanto pudiera de su pierna. Él, por cuenta propia, acariciaba o sostenía esa misma mano en ocasiones.

En el camino, miró el perfil de su pareja. Su postura al conducir le parecía muy atractiva. Su profesor lo era en general. Desde el inusual color de ojos, cabello y piel, hasta cada línea del rostro y el cuerpo. No sólo estaba bien proporcionado, sino que la forma en que trabajaba su figura, aunado a la natural escultura de la cara, hacía que emanara de él ese aire inalcanzable.

Al inicio de la relación Yūji pensó que era demasiado bueno para ser real. Que alguien como Gojō se fijara en él…

Estaba demasiado feliz. Disfrutaba la interacción con su pareja. No sólo eran besos y caricias; era pasar tiempo juntos, reír por estupideces, experimentar con los retos ridículos que encontraban en redes sociales; tener alguien en quién confiar, en quién descargar todos esos sentimientos y emociones que recién comenzaba a experimentar.

Si Sukuna tenía razón, perdería todo eso, ¿cierto?

Volvería a ser sólo Yūji. Itadori Yūji.

No es como si necesitara pasar el resto de sus días con alguien para ser feliz. Después de todo, era como decía su difunto abuelo: «Naciste solo y te mueres solo. Por eso tienes que asegurarte de ayudar a quienes puedas en el camino, para que no encuentres un final tan miserable como el mío».

Yūji no había nacido solo, muchas veces argumentó eso y recibió un coscorrón carente de ira como reclamo. Entendía el punto del viejo Wasuke. Su camino y el de Sukuna habían comenzado a bifurcarse. Si su hermano podía recorrer el suyo junto a Fushiguro, ¿qué le impedía a él hacer lo mismo con Gojō?

—¿Sucede algo? —habló Gojō con voz más profunda y seductora de lo usual, sacando al muchacho de su encrucijada mental—. ¿Acaso apenas comienzas a sentirte hechizado por mi belleza?

Un quejido se dejó oír de lo profundo de la garganta de Yūji. No le incomodaba que su profesor se diera aires de Adonis, pero debía fingir que sí para que no se le subiera a la cabeza.

Pese a lo parlanchines que eran, Yūji hacía lo posible para no distraerlo y que centrara su atención al manejar.

Por irónico que resultase, esos eran sus momentos de introspección y de ruegos para que Gojō salvara su cuello de la guillotina que Sukuna pretendía accionar.