CAPÍTULO XLVIII

—Gojō-sensei, ¿podemos pasar allí primero? —Señaló una tienda de accesorios para dama.

El nombrado se encogió de hombros, analizando con curiosidad a su muchacho.

—¿Te interesa algo?

Ehm, s-sí… Ese bolso —indicó, apuntando al que debía a Nobara.

Gojō miró el objeto. A Yūji. Al objeto. A Yūji.

—¿No crees que te combinaría más un color caqui?

—¡No es para mí! —exclamó, modulando el tono para no llamar la atención de otras personas.

—Oh —alargó la vocal.

Yūji sabía que debía explicar la razón de sus acciones. Se pasó una mano por la parte trasera del cuello. Esperaba no molestarlo.

—Es algo que le aposté a Kugisaki. Y… uhm… esto… —Era vergonzoso—. ¡Prometo pag…!

—Está bien —interrumpió, agachándose a la altura del chico, casi rozando sus narices.

—¿Eh?

—Está bien. —Se irguió con una sonrisa. Rebuscó en uno de los bolsillos internos del saco y extrajo su billetera, extendiendo una tarjeta de crédito negra—. Aquí tienes.

Pese a no ser la primera vez que tenía aquello en sus manos, Yūji seguía ganándose cierto nerviosismo.

—Pero, si usted me acompaña, ¿no es mejor que pague us…?

—Tú te metiste en eso, Yūji. Tú la pides. Tú la pagas. ¿Entendido?

—Sí.

—¡Entonces vamos!


Después de conseguir el bolso y dejarlo en el maletero del auto, se dirigieron a la joyería de Gojō. No era la que atendía Ijichi personalmente, esa se hallaba en una prefectura más lejana; sin embargo, el interior que fungía como sala de descanso para empleados y para evaluar las joyas de reciente adquisición, era idéntico al que Yūji conocía: inquietante color blanco en cada rincón. Le recordaba a un manicomio.

—Toma asiento —dijo Gojō—. Y cierra los ojos.

Su muchacho obedeció.

Él se mantuvo tarareando algo inespecífico mientras abría una caja de dimensiones conocidas y volteaba para cerciorarse de que Yūji continuara como le indicó.

Acto seguido, se acomodó al lado izquierdo de su pareja, sobre el descansabrazos del sofá.

—No los abras.

Le tomó la mano y, con una delicadeza que sólo podía profesar a él, le ató un reloj a la muñeca. La piel de Yūji agradeció la frescura del metal. El clima aún no se equiparaba al insoportable verano, mas anunciaba su cercanía.

—Ya está.

Yūji abrió los ojos. Se admiró de los detalles. Aunque había visto de cerca el de Sukuna y el de Fushiguro, tener uno propio…

No estaba interesado en artículos de lujo o los Rolex en particular. Era más el sentimiento de que Gojō lo hubiese preparado para él con los circones rosados que eligió aquella vez, y la manera en que éste retiró los lentes para dedicarle una mirada azul imposible, que lo incitaba a tomar sus labios una vez más.

Jugaría con él un poco. Sólo un poco.

—¡Ahora vamos a juego! —Recorrió la manga de la mano izquierda de Gojō, revelando el reloj con topacios y dejándolo a la espera de un beso que brilló por su ausencia.

—Me alegra que te haya gustado.

—Prometo cuidarlo bien —anunció, determinado.

—¿No estás olvidando algo?

—Aaah… ¡Muchas gracias!

—«Muchas gracias» mis… —Se abalanzó sobre el chico, quien saltó del sofá, escapándose—. ¡Yūji!

El susodicho le sacó la lengua sin malas intenciones.

—¿Ya podemos ir a la torre de Tokio? —Hizo puñito las manos y las elevó a la altura del pecho. Su mirada relucía casi tanto como cuando veía sus amadas hamburguesas.

—Nada de torres hasta que me des mi beso.

Boh, qué aburrido —hizo un pequeño puchero—. Pero si consideramos a Gojō-sensei del tamaño de una torre, ¿qué procede?

Gojō se levantó, apresurándose por su novio, quien le dio la vuelta al sillón, dejándolos en posiciones opuestas.

Tomó como un reto muy personal la sonrisa retadora de Yūji.

—Cuando te ponga las manos encima…

—En los próximos cinco minutos —se atrevió a condicionar.

—Sabes lo que voy a pedir, ¿no es verdad?

—¡Un masajito en la espalda para la ciática!

—¡Eres un…! —Saltó el mueble para acortar la distancia en tiempo récord.

Yūji corrió.


En la zona de comida del centro comercial Yūji recibió un mensaje de su hermano. Ya se encontraba en el lugar, en un piso distinto.

Finalizó su bowl de ramen, al cual, le echó bastante ajo para tener un pretexto que salvara a Sukuna de besarse con una persona distinta a Fushiguro.

—Voy al baño un segundo. Ya regreso.

En el lugar, esperó por Sukuna. Era como verse a sí mismo en un espejo.

Pese a ello, su estómago se sentía apretado por el temor de que algo saliera mal. Pretendía contarle a Gojō la verdad si los descubría.

Entraron al baño de discapacitados. Les permitiría cambiarse de ropa sin chocar entre ellos por falta de espacio.

—Ya compré el bolso de Kugisaki —explicó—, y le puse ajo al ramen.

—Bien.

—No lo hagas pasar un mal rato.

Sukuna no respondió.

Al salir, intercambiaron celulares y llaveros. Muchas citas atrás Yūji dejó de cargar billetera; no llevaba gran cosa y le pagaban todo.

Se pararon frente al espejo. El maquillaje seguía en su sitio. Nobara les dio instrucciones de colocarse polvo translúcido si comenzaban a sudar o si el rostro comenzaba a verse brilloso, así que se pusieron a eso.

Sukuna nunca había estado tan fastidiado por tener que preocuparse más de la cuenta para mantener todo eso en su sitio.

—Ok, haré pasar a tu novio un buen rato y lo explotaré lo justo y necesario. —Recibió una mirada inquisitiva de su gemelo—. No voy a pasar por toda esta mierda gratis.

No esperó la réplica ajena. Salió rumbo a la sección de comida. Encontrar a un maldito albino enorme no debería ser tan complicado.

«Como pensaba». Gojō destacaba entre la multitud.

Llegó con un rostro sereno, apacible, como si no le repugnara el animal que tenía delante.

—¿No vas a pedir algo más? —preguntó Gojō.

—Pues… —Miró en dirección a la famosa cadena de hamburguesas—. He estado ganando algo de peso desde que salgo con sensei en lugar de entrenar, así que…

—Si quieres que el próximo fin de semana te deje sin aliento y sudoroso, sólo tienes que pedirlo —interrumpió, una sonrisa coqueta cargada con atisbos de lo que parecía ser lujuria; Sukuna la identificaba muy bien.

«Maldito cerdo. Seguro que el mocoso no entiende un carajo cuando le dices esas cosas» comentó para sus adentros.

—Una propuesta audaz para venir del hombre que pide más descansos que yo cuando entrenamos —habló en un tono juguetón, insinuando la vejez del otro sin la malicia que necesitaba escupir.

—Has estado muy osado desde la mañana. Algo me dice que debo ponerte en tu lugar.

Al intentar tomar una de las manos de su chico, reparó en un detalle importante.

—Yūji —su voz adquirió una seriedad preocupante para Sukuna—, ¿dónde está el reloj?

«¿El reloj?». ¿Era un tipo de código clave que Yūji olvidó mencionarle?

Por suerte, analizar el trayecto de la mirada de Gojō por la inclinación de su cabeza (los jodidos lentes negros iban a ser problemáticos), ayudó a concluir lo más lógico en cuestión de segundos. Esperaba no equivocarse.

Sukuna se levantó de golpe, fingiendo una preocupación excelente. A diferencia de su hermano, sus dotes de actor mentiroso le salvarían el pellejo.

Se sostuvo la muñeca en el acto.

—Ah —exclamó—. Lo dejé en el baño.

Salió corriendo al lugar de antes. Llamó a su copia barata y lo hizo regresar casi volando.

—¡¿Cómo pudiste olvidarlo?!

—Ya, perdón, mamá. Estaba más ocupado viendo que tu cara de culo no se viera bajo el maquillaje.

Sukuna tenía ganas de golpearlo. De meterle la cara en el retrete bajo la conveniente situación de que no podían hacer un escándalo para llamar la atención.

Yūji le dio el obsequio de Gojō. Le incomodó un poco desprenderse tan rápido de él. Le molestó que Sukuna lo usara. Nunca había tenido resentimientos o envidias por lo que vistiera o no su hermano. Incluso se prestaban la ropa. Sin embargo, el reloj… Su reloj.

—No me lo voy a quedar —soltó Sukuna, ajustándolo a la muñeca izquierda—. Nanami me dio uno más elegante.

Yūji frunció el entrecejo, llevándose una mano para sobar la zona. ¿Tan evidente fue su gesto?


Sukuna volvió a la mesa con el reloj.

—Lo siento mucho, sensei —dijo, con unos ojos apenados que en su puta vida había dirigido a alguien—. Me lo quité para lavarme las manos. Temía que se mojara.

Gojō dejó escapar una risa lacónica sin dobles intenciones escondidas. Yūji a veces le causaba ternura. Era como un niño cuidando un juguete caro que sus padres advirtieron tener cuidado porque no le comprarían otro si lo estropeaba.

—Nunca te daría algo de tan mala calidad. Eso aguanta ser sumergido cincuenta metros bajo el agua. No le temas a unas cuantas salpicaduras.

Sukuna asintió con la cara de estúpido asombrado por un dato desconocido que Yūji ponía al escuchar… datos desconocidos.

—Entonces —continuó Gojō—, ¿en verdad vas a ponerte a dieta de hamburguesas o tu mente se aclaró en el baño?

—Alcancé la iluminación divina en el baño. Claro que sí —afirmó con una solemnidad ridícula, característica de Buda.

Gojō le pasó una tarjeta dorada.

—¿Me traes un té? —cantó cuando el otro se puso en marcha.

—Por supuesto. —Una gran sonrisa, que aún le causaba jaqueca al usar, adornó su rostro.

Ser Yūji era estúpidamente agotador. A saber cómo sobrevivió esos cinco minutos de plática sin náuseas.

En la fila por las hamburguesas, mandó mensajes a su hermano.

Itadori Yūji

Me dio una tarjeta dorada.

Itadori Sukuna

1046

Itadori Yūji

Pidió un té.

Itadori Sukuna

Starbucks

Té negro con leche, jarabe extra, crema y tapioca

Siempre espera que le lleves algo de postre

Terminará dándote la mitad, así que…

Itadori Yūji

Me dan asco los dulces.

Itadori Sukuna

┐(´ー`)┌


Nada ponía a Sukuna tan de buen humor como la comida, así que sobrevivió a la mayor tragedia de su vida mientras tuvo algo que llevarse a la boca. Lo único que no disfrutó del todo fue un pastel de tres chocolates; una versión horneada y con merengue de la diabetes. Si su abuelo siguiera con vida, una cucharada de eso bastaría para mandarlo de regreso a la tumba.

Se salvó al segundo bocado, haciendo la pantomima de que si no se resistía a algo pequeño, en verdad iba a ponerse como ballena.

En el camino de regreso, Sukuna distrajo su atención sobre una tienda de su estilo. Le pareció raro ver una en ese lugar.

Gojō lo descubrió al instante.

—Sabes, si no fuera tu hermano, en verdad me pondría muy celoso en este momento.

Sukuna volteó, haciéndose desentendido.

—Quieres comprarle algo, ¿no es así?

—Yo… —Bajó los ojos al piso.

¡Esa era su oportunidad! Un bien merecido pago por soportar el infierno en el que aún le restaban de cuatro a seis horas.

Una mano se posó sobre su espalda. Se encontró en la necesidad de buscar los anteojos contrarios.

Gojō lo giró y, tomándolo por los hombros, lo llevó dentro de esa extraña tienda gótica.

—No me pidas opinión porque yo te recomendaría llevar el traje de gothic lolita del fondo. —Una risa grave y maliciosa abandonó su garganta.

—Creo que… —hizo una pausa para mirar alrededor. Los pantalones solían ser más caros que las playeras, así que se llevaría dos, para jubilar uno que ya estaba roto y no de fábrica. Si Yūji no fuera tan considerado, compraría media tienda. Total, no era su dinero—, esto de acá le quedaría bien.

Entró al probador. Antes de medirse cualquier cosa, mandó un mensaje.

Itadori Yūji

¿Cuánto sueles comprar en ropa cuando vienes con él?

Itadori Sukuna

Entre 3-5

Por?

Qué le pediste? (●´⌓`●)

Itadori Yūji

Nada.

Escojo mi regalo de consolación.

«Dos pantalones y tres chamarras entonces». Se lo merecía.

Luego de probar la primera prenda, Gojō entró como si nada.

Sukuna maldijo que usaran cortinas en lugar de puertas.

—Eso se ve bien. Hace que luzca más tu trasero. —Tomó asiento por un lado. Como la distancia no era tanta, pudo darle una nalgada que finalizó en un apretón.

Sukuna quedó perplejo.

«Voy a matarlo». No era una cuestión opcional. Aunque obtener ropa gratis a cambio de una simple palmada en el culo era una verdadera ganga.

—¿Ya terminaste de probarte todo?

—Sí. Sólo eran dos cosas —mintió.

—En ese caso —introdujo los dedos índice y medio en la trabilla del pantalón opuesto y lo atrajo de un tirón—, ¿debería ayudarte a vestir? No me molestaría en absoluto.

A Sukuna nunca le dio tanto asco que un hombre le respirara en el cuello. Con Fushiguro era divertido en ocasiones, pero con ese puto viejo de mierda…

—Yo…

Gojō comenzó a desabotonar el pantalón y bajar el cierre.

Sukuna lo tomó de las muñecas. No podía permitir que se los quitara. No tenía maquillaje en los tatuajes de los muslos, sólo en los tobillos y el torso, por si el viento hacía de las suyas y dejaba la piel a la vista, y el cuello, por razones obvias.

—Esto es un poco…

—Es lo que hace cualquier pareja enamorada con las emociones a flor de piel. ¿Acaso no es excitante? —Repartió varios besos en el cuello del muchacho, a la par en que introducía las manos bajo la playera, rodeando la espalda—. Yūji —suspiró.

Sukuna lo tomó por los hombros y lo empujó casi con brusquedad. En una situación normal ya le habría roto algún hueso.

—Podrían vernos —reclamó en voz baja, juntando un poco las cejas y hablando con el brillo severo y ámbar de los ojos.

—Pero…

—Estaré con usted en un momento, sensei. No voy a tardar demasiado.

Sukuna lo levantó de la silla, le dio la vuelta y lo empujó fuera del vestidor.

«Maldita sea» exclamó Gojō para sus adentros.

Sabía que Yūji era cariñoso en espacios cerrados, pero no esperó enfriar el ambiente al primer intento. ¿Había ido demasiado rápido? ¿O ese lugar también era considerado como un lugar público por su chico? Podría ser lo más probable. Quizá prepararlo mentalmente antes de la próxima movida resultaría una mejor opción.

Sukuna no se probó el pantalón restante. Lo comparó con el que le quedó bien; se arriesgaría a llevarlo a ciegas.

Lo único que sí se midió fueron las chamarras, aunque ya no en probadores, sino frente a los espejos interiores de la tienda.


No le sorprendió que Gojō le agarrara la pierna en el auto. Lo esperaba, según las advertencias de su gemelo, y generaba menos repelús que la manoseada de trasero; no por eso se volvía más soportable. Los instintos asesinos se mantenían ocultos en algún recoveco de su ser, listos para saltar directo a la yugular.

Como si ese día no pudiera empeorar más, la torre de Tokio se hallaba atascada de viles mortales que hacían que el olor a humanidad inundara las sensibles fosas nasales de Sukuna.

A diferencia de los miradores convencionales, subieron a un piso completo, dispuesto de manera cuadrangular, repleto de cristal templado. Ofrecía una de las mejores vistas de la ciudad. Los admiradores de la arquitectura y el paisaje urbano estarían fascinados. Sukuna se asombraría sólo si encontraba más de dos árboles juntos. Nada del otro mundo.

Ahora, a casa.

Gojō salió del ascensor.

«¡¿Acaso estás loco?! ¡¿No ves cuánta gente hay alrededor?! ¡¿Tienes el sentido común en el culo?!» palabras que Sukuna no pudo pronunciar.

—Oh, mira, Yūji. —Cerró los dedos sobre la muñeca del chico y lo llevó tras de sí hasta posicionarse frente a uno de los cristales. Delante del barandal de metal que separaba a la gente de los cristales, mejor dicho.

Se puso justo detrás de su novio, fungiendo como barrera humana para que nadie, más que él, se le pudiera pegar a Yūji.

—Creo que fue una pésima hora para venir —musitó por lo bajo.

«No me digas» pensó Sukuna de forma irónica, intentando por todos los medios no rodar los ojos por el reflejo que podía dar a Gojō.

—Me pregunto si así se siente tomar el metro en hora pico —habló Gojō, buscando amenizar el momento—. Nunca lo he tomado, pero parece que el universo quiere que pase situaciones cliché junto a mi adorado Yūji.

—¿Mh? —Levantó el rostro, buscando el del profesor por encima. Yūji no tomaría la decisión de mirar el reflejo de su viejo verde en el vidrio por la sencilla razón de que, moviéndose, tendría más contacto físico.

Sukuna estaba seguro de que llegando a casa se bañaría con agua para pelar pollos. Con suerte se le caía algo de piel. Era eso o arriesgarse a que se le pegara alguna garrapata albina.

Gojō colocó las manos sobre la cintura opuesta, con discreción. Apretó el cuerpo del muchacho contra el suyo e inspiró con fuerza el aroma que se desprendían de aquellos cabellos rosados.

Detectaba la presencia de un shampoo afrutado, junto al sudor característico de un joven a quien estaba malacostumbrando a ser carnívoro. Era de esperarse que un deportista con buena cantidad de músculo y metabolismo de proteínas no despidiera un olor agradable.

Gracias a la genética y los productos de higiene personal, no era repulsivo en absoluto. Todo lo contrario. Por alguna razón, la imperiosa necesidad de pasar la lengua bajo las axilas de su pareja surgió con un brío difícil de resistir.

Sin mencionar que su imaginación, clavando uñas y dientes para abrir la caja en la que había sido resguardada por salud mental, le ofrecía ardientes imágenes de cómo sería ese olor mezclado con el sexo.

No sólo le estimuló el sentido del olfato y el gusto, también el tacto, la vista y el oído.

«Mierda». Mal momento para tener una fantasía. Peor aun cuando el movimiento a sus espaldas le obligó a hacer fricción con el cuerpo frente a sí.

Resopló, mordiéndose el interior del labio.

Sukuna abrió los ojos como platos al percibir con toda claridad cómo la virilidad de un hombre trece años mayor que él palpitaba contra su parte posterior, apenas por encima de los glúteos, sobre la curvatura lumbar.

«¡Le voy a cortar esa puta cosa!».

Gojō se mantuvo en silencio minutos enteros. Existía la posibilidad de que Yūji quisiera ayudarlo con su… problemita, ¿no es verdad?

Estiró el cuello de la playera al ver que nada sucedía. La garganta comenzaba a quemarle, a reclamar cualquier cosa líquida que le hiciera soportar ese maldito infierno biológico.

Desesperado y descubriendo que no podía quedarse así, se agachó a la altura del oído opuesto.

—Espérame un rato. No tardo.

Se marchó en dirección a los baños.

Sukuna soltó un suspiro grave, asqueado y aliviado. Se sentía tan humillado…

Vibró el celular en el bolsillo.

Itadori Sukuna

Cómo vas?

Tardarán mucho? (。•́︿•̀。)

Itadori Yūji

Tal vez…

Itadori Sukuna

(¯ . ¯;)?

Itadori Yūji

Se le paró a tu viejo.

Itadori Sukuna

CONTEXTO Σ(°ロ°)

Itadori Yūji

¡¿Qué más quieres que te diga?!

Se me pegó y se puso duro.

Itadori Sukuna

QUÉ HICISTE ヽ( `д´*)ノ

Itadori Yūji

NADA.

Itadori Sukuna

Y Gojō-sensei!?

Itadori Yūji

Supongo que jalándosela en el baño.

Itadori Sukuna

(╯︵╰,)

Itadori Yūji

¿Es en serio?

¿Te preocupas por él?

No, pues muchas gracias por pensar en lo que pudo ocurrirle a tu indefenso hermano.

Itadori Sukuna

Eres la cosa menos indefensa que conozco…

Tsk ( ̄︿ ̄)

Me hubiera gustado estar allí

Itadori Yūji

No te pierdes de nada, la vista es aburrida.

Itadori Sukuna

Por Gojō-sensei!

Itadori Yūji

Ah.

¿Ah?

¿Para qué?

¿Que te cogiera en el baño?

Es una forma muy triste de perder la virginidad.

Mínimo un motel barato. Ten dignidad.

Un motel caro ya está fuera de tu alcance.

El tipo tiene plata, pero eres un caso perdido.

Itadori Sukuna

No me iba a dejar coger

No soy tú y Fushiguro (¬_¬;)

Itadori Yūji

.l.

Itadori Sukuna

Pero pude hacerle algún favor

Itadori Yūji

¿Chupársela?

Itadori Sukuna

No

Yo…

Itadori Yūji

Bien, entonces el resultado hubiera sido el mismo.

Voy a borrar la conversación y zanjar el tema.

Hablar de ese puto zorro me da asco.

Itadori Sukuna

Sukuna! (`△´#)

Itadori Yūji

Y ni se te ocurra venir.

No pienso cambiar de lugar contigo sólo para que hagas favores a hombres mayores.

Yūji se quedó consternado mirando la pantalla del celular, impotente. Su hermano tenía razón. ¿Estaría dispuesto a hacer con Gojō todo lo que él le hacía? Una parte de él no quería pensar en ello, pero sería inevitable a la larga.

El lado positivo era que su novio no lo presionaba ni siquiera un poco. De hecho, esa era la primera vez que ocurría algo similar.

El profesor solía iniciar muchas cosas que involucraban besos y caricias, jamás algo más sugerente. Era el cuerpo de Yūji el que perdía el control primero.

Tenía el presentimiento de que Sukuna había hecho algo más. Se negaba a creer que con su gemelo, Gojō tuviera reacciones que con él no.

Una presión aguda y anormal apareció en la boca del estómago.

«¿Por qué con Sukuna? ¿Acaso…?». ¿Existía alguna manera de que ya los hubiese descubierto y sólo jugara con su hermano? Dicho de otro modo, ¿a Gojō le gustaba Sukuna?

Agitó la cabeza.

«No, eso no puede ser. Estoy… sobreanalizando demasiado las cosas». Se sentía mal. Muy mal. Horriblemente mal.

No tenía ganas de llorar, sólo quería golpear a su hermano y alejarlo de Gojō cuanto antes.

Un instinto primigenio e irracional que yacía en su interior le nubló el juicio.

Porque era su Gojō. Sólo suyo. De nadie más.


Cuando Gojō volvió, fingieron que nada había pasado.

Revisó la hora en el reloj de muñeca. Si volvían ahora, estarían en casa a las siete de la noche.

En el elevador, a espaldas del profesor, Sukuna mandó el mensaje de que ya iban de regreso.

El resto del trayecto fue normal. Sukuna casi se queda dormido en el auto. Cabeceó varias veces. Cruzó los brazos, negado a rendirse al sueño.

Cambiar de forma brusca el camino y alejarse de la entrada de la prefectura en la que había nacido y crecido hizo que se le quitara el sueño como si hubieran lanzado un balde de agua hacia el infierno y lo golpearan en la cabeza con la cubeta metálica.

«¡Me están secuestrando!» concluyó con todas sus neuronas al cien.

Después de espabilar y descubrir que la mitad de sus circuitos cerebrales se hallaban entumecidos, reconoció el camino. En la subida de una montaña había un mirador desde el que se podía apreciar toda la ciudad. Lo visitó con Fushiguro porque el señorito quería algo de paz y tranquilidad en una cita.

Después de eso, cogieron en los arbustos. Bueno, no. Eso fue una fantasía fugaz.

El día anterior había peleado en un territorio yakuza, importándole poco y nada las advertencias de ese tal Getō, por ende, no durmió nada.

En lo que Fushiguro tenía su encuentro romántico y silencioso con un libro, Sukuna echó una siesta en la banquita, recargando la cabeza sobre las piernas de su pareja.

La cita más aburrida de la existencia.

¿La volvería a repetir? En efecto.

Giró el rostro y se puso pálido al ver que quien iba a su lado era la rata albina.

«Dios mío, por favor, haz que choque». Por primera vez en la vida: rezó.

«Que nos salgamos de la carretera, me dé una contusión cerebral y quede amnésico de todo lo que acaba de ocurrir hoy. A ser posible, que este tipo nunca vuelva a abrir los ojos después del accidente».

Para su mala suerte, las plegarias de su alma fueron encaminadas hacia la deidad incorrecta, así que fue castigado con el auto aparcado en el descanso del mirador, Gojō sentado sobre el cofre, sosteniéndolo a él entre sus brazos.

«¡No más! ¡Ya! ¡No más! ¡Basta! ¡Estoy hasta la v…!». Sukuna hizo cientos de pataletas rabiosas en su interior.