CAPÍTULO XLIX
Sukuna sintió verdaderas ganas de volver el estómago luego de tener a Gojō besuqueando la parte trasera de su cuello. No había modo de zafarse de la situación sin recurrir a la violencia.
—Yūji. —Sostuvo al chico por los hombros, con calidez.
Le dio media vuelta para poder admirar los ojos oscuros a los cuales no podía negar nada que desearan.
Entonces, lo tomó del mentón. Todo el día se mantuvo en abstinencia de besos. Ya era hora de reclamar lo único que podía tranquilizar a sus más bajas pasiones.
A escasos centímetros de los labios de su chico, le sonó el maldito celular.
Sukuna agradeció a los infiernos por eso. No sabía quién era, pero cambiaría de compañía de ser el caso, pues acababan de salvar su pellejo.
Miró la pantalla y se topó con el nombre de su hermano.
«¡Hasta que al fin haces algo bien!».
Tomó la llamada y respondió con voz tranquila.
—¿Sukuna? ¿Sucede algo?
Gojō gruñó por lo bajo y desvió la mirada. Su molestia fue evidente. Sin embargo, prestó atención a la conversación.
Yūji captó de inmediato lo que ocurría, así que continuó en su papel incluso del otro lado del teléfono.
—¿Dónde demonios estás metido, mocoso? —cuestionó, impaciente.
—No es tu asunto. Estoy con Gojō-sensei —espetó, notando un cambio de actitud en el mencionado, uno más positivo.
—Como sea. Regresa a casa en este instante. No me importa si tienes que dejar a tu viejo verde tirado.
—¿Hah? ¿Por qué debería…?
—Ocurrió algo que… —interrumpió; suspiró con pesadez al no encontrar las palabras adecuadas—. Será mejor que veas esto cuanto antes. Es un problema. Hablamos en la casa. —Colgó.
Sukuna encubrió su alivio con preocupación. Preocupación que dirigió a Gojō para manipularlo.
Debía reconocer que Yūji tenía razón. El tipo hacía todo lo que le dijera, aun si no lo ponía en palabras y se controlaba bastante.
—Te llevo —dijo Gojō, negando la frustración que comenzaba a burbujear justo al centro del pecho. Por razones así detestaba al hermano malandro de su pareja; Siempre con ese misticismo de mierda.
—Sensei —exclamó, deteniéndolo por la manga antes de que volviera al interior del auto.
Sukuna ahora era consciente de que su gemelo tenía razón y no podía permitirlo. Haría lo que fuera necesario para arruinar esa maldita relación de una vez por todas. Importaba poco y nada que el otro fuera feliz.
Su único interés era hacer que el piso de Gojō se tambaleara y fracturara, al punto de no poder recorrer ese camino de nuevo, obligándolo a cambiar de dirección.
Era algo personal. Lo detestaba y aprovecharía para cobrarse lo que le hizo a Fushiguro en el proceso.
—Sensei —sostuvo el rostro ajeno con ambas manos, un tacto gentil con el que nunca esperó acercarse a aquella piel—, lo de esta tarde… En el probador y en la torre, ¡¿cómo se le ocurre?! —Primero lo reprendió, tirando de sus mejillas—. Estábamos en público. ¿Qué esperaba que hiciera?
»Pero mañana mi hermano y Fushiguro van a salir. No tengo nada que hacer. ¿Le parece si nos vemos en mi casa y continuamos donde nos quedamos hoy?
Mientras hablaba, tocó un labio de Gojō y descendió con las yemas de los dedos desde el pecho hasta el abdomen, mirándolo con deseo.
Gojō obligó a dormir dentro de sí a algo que comenzó a abrir lentamente los ojos. Estaba a tiempo de forzarlo a hibernar otra temporada en caso de haber escuchado mal.
Quedó atónito unos segundos.
—¿Estás insinuando que…?
—¿Insinuando? —Colocó las manos sobre las piernas contrarias, aprovechando que el profesor seguía sentado sobre el cofre, y comenzó a subir sobre éstas rumbo a las ingles—. ¿No fui claro? ¿O no quiere continuar lo que…?
—Sí quiero —cortó las palabras contrarias de golpe. Tragó saliva antes de continuar—. Llevo mucho tiempo queriendo hacerlo.
Tomó una mano de Yūji entre las suyas, depositando un beso sobre el dorso.
«Estás urgido y se te nota. Yūji es el único que no lo entiende porque no ha tenido esa necesidad». Sukuna sonrió con la emoción que caracterizaba a su gemelo, complacido en su totalidad.
—¿Nos vamos? —cambió de tema.
—De inmediato —la jovialidad en su voz era demasiado notoria. No dormiría en toda la noche por la emoción.
Toda esa maldita espera al fin estaba dando frutos. ¡Más de un año! Se estuvo ahogando en esa jodida abstinencia más de un año.
Frente a la casa de Yūji, Gojō podía hacer guardia hasta la mañana siguiente e irrumpir a primera hora; sin embargo, era capaz aguantar otro poco y no parecer un animal desesperado.
Independiente de eso, sí necesitaba una buena agasajada para soportar la noche, que se le haría eterna.
—Yū…
—Aguarde aquí un segundo —dijo Sukuna, saliendo del estúpido auto al que no planeaba subirse jamás en la vida—, tengo algo para usted. Ya regreso.
—Oh… uhm… —Lo vio huir sin lograr dar una respuesta apropiada.
Yūji se hallaba en el recibidor. En cuanto Sukuna entró y cerró a sus espaldas, empezaron a cambiarse la ropa con una rapidez desesperada.
Después de tener todas las prendas y accesorios en su sitio, Yūji sacó un pastelillo del refrigerador.
—Imagino que le vas a comer la boca, pero presta mucha atención —habló Sukuna—. Hagas lo que hagas, antes de volver, necesitas decirle: «Espero verlo mañana». Tres palabras. Fácil de memorizar.
—¿Tenemos otra cita mañana? —La emoción le dio más luz de la necesaria a su rostro.
—Algo así… Te explico cuando regreses.
En lugar de responder, asintió.
—Se va a derretir —dijo Yūji, separándose de los labios, ligeramente más hinchados, de su profesor—. El pastel. Es de helado.
Se pasó de la raya a tirar y morder cada tanto. Desde que el pensamiento de que a Gojō podría gustarle Sukuna apareció, la imperiosa necesidad de marcarlo hizo acto de presencia.
Una huella visible de que Gojō era suyo.
«No es correcto… ¿Verdad?». Gojō no era ninguna clase de ganado.
—No importa —respondió, abalanzándose al cuello del chico, pasando la lengua sobre la manzana de Adán.
—¿No importa lo que yo le doy?
Gojō se separó más de fuerza que de gana, agitado. Tener al muchacho sentado a horcajadas siempre funcionaba de maravilla para resquebrajar el raciocinio.
—Por supuesto que importa. —Con una mano acarició su espalda—. Es solo… Intenté hacer esto todo el día y me hiciste esperar hasta el final. —Le besó la mejilla—. A veces creo que Yūji sólo quiere torturarme. Disfrutas verme desesperado, ¿no es verdad? —Delineó la línea de la mandíbula con los labios.
La manera en que era tocado y besado en ese momento, con una necesidad y urgencia descomunal… Seguro que Sukuna lo provocó sin dejarse tocar.
Las inseguridades de Yūji se desvanecieron.
¿Qué otra razón había para que su profesor estuviera tan agitado? Él, que solía demostrar su amor con tanto cariño y pasión. No había nadie mejor que Yūji que entendiera eso a la perfección.
Acarició el sedoso cabello de su maestro. Era delgado, mas no se quebraba con facilidad y podía deslizar los dedos sin dificultad. Le gustaba la sensación de seda que brindaba.
—Debo regresar adentro.
Gojō se quejó, como un pequeño animal encaprichado que no quiere dejar ir a su compañero.
Lo estaba pasando bien.
Yūji abrió la puerta. Gojō lo soltó con resignación.
—Entonces —dijo sus últimas palabras—, espero verlo mañana.
Sukuna le dio detalles de lo ocurrido, con excepción de lo último que le insinuó al profesor. Lo cortó en que estaban teniendo un momento bonito cuando llamó, justo a tiempo para evitar ser besado, y como Gojō no quería apartarse, le sugirió continuar al día siguiente.
—Tenías razón. —No. Ni un poquito—. El viejo hace todo lo que le dices y te procura.
—¿Ves? ¡Te lo dije! —Yūji se sentía más grande de lo que en verdad era. Se colocó las manos en cada lado de la cadera e infló el pecho con mucho orgullo.
Sukuna deseaba quedarse en casa para ver el desastre que se armaba al día siguiente. Devolver ese: «Te lo dije», y demostrar que la última palabra siempre era la suya.
No obstante, había tenido suficiente de Gojō por el resto de su vida. No quería volver a verlo ni en pintura.
Salió a primera hora de la mañana para ver a Fushiguro. Necesitaba sentir su tacto para borrar de los recuerdos la trágica pesadilla que padeció en carne propia.
Yūji se dio una ducha rápida. Recién terminaba de secarse el pelo cuando llamaron a la puerta. No tuvo que preguntar de quién se trataba.
Al abrir, Gojō se abalanzó a modo de saludo. Lo notaba más animoso que de costumbre. Si fuera un perro, en ese momento estaría agitando la cola con fuerza y hasta dolería recibir un golpe de ella.
—Ojalá fuera así de puntual para dar clases —soltó con ironía.
Como siempre, el maestro vistiendo de negro de pies a cabeza.
—¿Y ese atuendo?
—Para el entierro.
Yūji quedó en blanco, razonando si era un nuevo juego de palabras.
Le restó importancia.
Él, por su parte, llevaba unos pantalones delgados y una camisa de tirantes. Pijama improvisada. No pensó en qué ponerse cuando se metió a la regadera. Creyó tener más tiempo disponible para ver lo que el clóset podía proporcionarle.
—Deme un segundo en lo que me cambio —agregó, volviendo a la habitación.
Podría usar algo de lo que perteneció al otro en su juventud. Seguro sería un buen detalle.
Gojō no tenía problema esperando a que se cambiara la ropa. Iba a terminar sin ella de todas formas. Entonces, ¿tenía algún sentido esperar?
Se metió a la recámara, ignorando el interior. Sólo tenía ojos para Yūji. Dejó los lentes de lado, sobre un mueble cercano.
—No es necesario —argumentó, tomando en brazos al chico, sin intenciones de dejarlo ir.
—Sí que lo es —se quejó, dejando que el otro comenzara con el ansioso juego de besos que terminó sobre sus labios en un santiamén.
El asunto no quedó ahí. De modo imprevisto, acabó acostado sobre el suelo de tatami. Muy cerca del futón.
Las manos opuestas lo recorrían con precisión, delineando los músculos más grandes de las piernas, reparando atrevidas en el borde de los bóxers. Su pareja le había tocado el trasero en anteriores ocasiones. Nunca con tanto descaro como en ese momento.
No le incomodaba demasiado. Se hallaba en un predicamento. El Gojō que tenía encima era un poco diferente al que conocía. Lucía carente de raciocinio, más salvaje e instintivo.
Gojō llenó los surcos de las abdominales con su tacto, bajo la camisa. No paró. Subió hasta uno de los pectorales, en donde apretó el pezón con suavidad, masajeando con destreza.
Yūji dejó que un quejido sorpresivo abandonara su garganta. Iba a reclamar, cuando, entre sus piernas, sintió la erección ajena presionando a su miembro flácido.
Al tener una mano aprisionada por su novio, interpuso la que tenía libre entre el pecho de ambos para obligarlo a separarse y poder respirar.
Lo logró, también golpeó algo en el trayecto, pues del saco informal y ligero que el otro vestía, cayó una cajita que identificó a la perfección porque su gemelo solía comprarlos con frecuencia.
El circuito mental se cerró. Todos los puntos se conectaron con la velocidad de un rayo. Ahora todo tenía sentido.
—Ok, sensei, esto escaló demasiado rápido —puso un alto.
—La velocidad es buena. —Creyó que el otro estaba jugando—. Produce una descarga de adrenalina muy…
—Creo que no está entendiendo. No quiero hacerlo.
Gojō se congeló en su posición. El rostro que tenía delante no daba espacio alguno a la cavilación. Un pequeño encendedor de ira comenzó a echar chispas en el fondo de sus ojos.
—Vamos, Yūji —se mantuvo coqueto, dependía de él volver al ambiente de antes—, sé que puedes sentirte inseguro, pero llegados a este punto…
—Tenemos que parar —cortó la conversación.
Gojō soltó un bufido en un intento por mantener la sonrisa y no estallar en frustración.
—Yūji. —Hizo más pronunciado el movimiento de caderas—. Estás viendo cómo me pones. ¿En verdad quieres dejarme así? —Suplicó con la mirada.
—Si necesita aliviarse, ya sabe dónde está el baño.
—¿No crees que es tiempo de dar el siguiente paso? —cambió el rumbo de la conversación. Su último recurso.
—Llevamos saliendo poco más de dos meses…
—¡Tiempo suficiente!
—¡Claro que no!
El forcejeo comenzó. Yūji para zafarse de la situación; Gojō para no dejarlo ir.
En cuestión de masa muscular, brazo contra brazo, Yūji saldría ganando. Sin embargo, Gojō contaba con la ventaja por estar encima y poder usar el resto de su peso a su favor.
Yūji logró darle la vuelta de manera milagrosa. Casi de inmediato, giró de nuevo. Gojō le inmovilizó ambas manos sobre la cabeza.
—Sabes, creo que he sido muy blando contigo. —Si bien, Gojō no solía estallar en rabia pura y desenfrenada, en la tonalidad severa de su voz se notaba cuán furioso y frustrado se encontraba—. Te llevo a donde quieres; te compro lo que te gusta, comida, ropa, accesorios; soy accesible contigo en las tareas y la escuela.
»¿Qué puedes darme en compensación? Sé que podemos llegar a un acuerdo. Puedes seguir pidiendo todo lo que desees; sin importar el precio, yo lo pagaré. Lo único que debes hacer es complacerme de vez en cuando. Te trataré bien. Tengo experiencia.
—¿Un acuerdo? —cuestionó con indignación—. ¿No se supone que estamos saliendo? ¿Que somos una pareja?
—¡Exactamente! Yūji, Yūji, pon atención. No soy cualquier persona. Soy tu pareja. Tengo el derecho de reclamarte como mío en cualquier momento que lo necesite.
Esa fue la primera vez que Yūji se topó con una sonrisa torcida, macabra y malintencionada. Una sonrisa gélida que le insinuaba ser simple moneda de intercambio.
—¡Así no es como funciona! —No se intimidó. Haber crecido junto a Sukuna lo había vuelto inmune a la mayor variedad de abusos existentes.
—¿De verdad? ¿No es lo que hacen tu hermano y Megumi todo el tiempo?
—Eso… —calló por voluntad propia y falta de información.
—¿Lo ves? Es perfectamente normal. Así son las cosas. Entonces…
—Si va a ser así, entonces terminemos —dijo de forma fría y desinteresada.
En su semblante no había emoción alguna. Lidió tantos años con alguien que mostraba una actitud tan similar a la de Gojō en ese instante, que no se dejó sorprender.
Sabía lo que debía hacer. No le gustaba en absoluto, pero llegados a eso, no tenía muchas opciones. Más bien, no había otras opciones. Sólo una.
—En el mueble donde puso los lentes. Ahí está el reloj que me dio ayer. —Se sacó a Gojō de encima con facilidad. Éste lucía pasmado, casi pálido, como si hubiera visto un fantasma. Analizar esos cambios bruscos de humor era… anormal. No tenía tiempo de pensar en eso—. Deme un momento en lo que empaco lo que tengo en el clóset…
Gojō veía los labios de su chico moverse, aunque no escuchaba nada. En su cabeza había un eco más fuerte.
«Ja, ja. Una pena… Ya lo perdiste».
No, no, no, no.
Imposible.
Se llevó una mano a la boca. Él no… ¿No había dicho lo que dijo? ¿Verdad?
«Ni modo. Hice lo que pude».
Cerró los ojos con fuerza para callar a esa jodida voz venenosa y cazurra en su interior.
Notó que seguía sentado en el suelo. El muchacho estaba sacando la ropa que él usó en su adolescencia, amontonándola por un lado.
Negó con la cabeza. Debía remediarlo.
—Yūji. —Lo sostuvo del brazo para detenerlo, sin la fuerza necesaria para lastimarlo.
El nombrado se zafó de un tirón, sin dedicarle una sola mirada.
—Escúchame —en su voz se distinguían notas de angustia.
—Creo que ya escuché suficiente.
—Lo de antes —retomó el tema de todos modos—, fue un accidente. Ya sabes. Por el calor del momento.
—Uhm, pues si a todas sus parejas les dice lo mismo, entiendo por qué no dura con ninguna.
Gojō sintió una punzada en el vientre. Durante un minuto entero se mantuvo en silencio, viendo como el otro dejaba medio armario vacío.
—Yūji. ¡Yūji! —Se interpuso entre éste y el mueble, cerrando la puerta de golpe—. Basta ya. No voy a recoger nada de lo que…
—Una lástima, porque ya no lo quiero —exclamó, seguía furioso—. Lo tiraré entonces. —Encogió los hombros.
La falta de palabras o sonidos entre ambos tornó el ambiente incómodo, pesado; originaba un malestar que se extendía por el cuerpo como si de una infección generalizada se tratase.
—Lo de antes… —Una vez más, Gojō rompió el mutismo—. No lo decías en serio, ¿verdad? Lo de… terminar.
A Yūji se le hizo un nudo en la garganta. Se le oprimió el pecho. Dolía más escucharlo de una boca distinta a la suya propia.
Inspiró profundo, con calma, dejando la mente en blanco.
Gojō esperó lo peor y no quería escucharlo.
—Yūji…
—Sensei —interrumpió, volviendo la vista—, váyase de mi casa.
—Espera, espera. —Lo sostuvo por los hombros—. Podemos hablar, ¿sí? Podemos… —no dijo más, sus ojos eran capaces de suplicar lo que la voz no.
—Podemos hablarlo si es lo que quiere.
Ese pequeño indicio de esperanza fue lo único que Gojō necesitó escuchar para que el corazón dejara de estrujarse de la forma en que lo hacía. Debía aferrarse con uñas y dientes de ser necesario. No podía dejarlo ir.
—Pero lo hablaremos otro día. Con la condición de que se vaya de mi casa en este instante —sentenció—. Quiero estar solo.
Gojō dejó ir su agarre poco a poco. Conocía la indiferencia de niño molesto que Fushiguro le dedicaba cada tanto. Comparado con eso, la apatía glacial y desvaída con la que su chico lo trataba era… siniestra y difícil de poner en palabras.
Una sola mirada le bastó para dar un paso atrás.
—Sí. —Chocó con el clóset. Le ayudó a espabilar—. Sí. E-Entiendo.
No tuvo que huir de manera patética. Gracias a su altura, los pasos que daba le hicieron cruzar la habitación con calma y relativa rapidez.
La voz contraria lo detuvo justo en el marco de la puerta.
—Sensei. Los lentes.
Regresó por ellos, sólo para ser detenido una segunda vez.
—No olvide los condones.
Al recogerlos y verificar que no olvidaba nada más, se retiró.
Yūji aguzó el oído. Segundos después de escuchar la puerta de la entrada cerrarse, cayó de rodillas. Exhaló e inhaló con fuerza, como si hubiera contenido la respiración todo ese tiempo.
«Tenía razón».
Apretó los labios en una delgada línea, que no dudó en temblar.
«Sukuna tenía razón».
Gojō tuvo todas esas atenciones con él porque se lo quería coger. Nada más. No había nada más.
Echó la cabeza hacia atrás en un impulso automático para contener las lágrimas en la parte baja del párpado. No podía permitirse derramar ninguna. No por tratarse de Gojō, sino por su propia ingenuidad.
¿Cómo pudo pensar que lo suyo funcionaría?
Un chico de preparatoria inexperto, con un adulto que podía tener lo que quisiera cuando lo quisiera.
«Sí, claro. Como si esas cosas pasaran», se recriminó.
Fue un completo iluso.
Todas las carcajadas, las caricias, la diversión, los buenos momentos, los malditos obsequios… Todo era una pantalla para lo que había detrás.
Lo sabía.
Sin embargo, dolía.
Dolía, dolía, dolía.
Era un grito ahogado. Un lamento sin alma. Un suplicio. Una tortura.
Incluso si Gojō no quería romper con la relación que tenían, él no era como su hermano, que en una situación similar se mantendría ahí, sacándole provecho mientras pudiera. Para él sería como conservar el cadáver de un perro atropellado sólo por el recuerdo; sin un químico apropiado para conservar el cuerpo en descomposición, llenando de miasma putrefacto cada rincón de su ser.
Para empeorarlo todo, era su profesor. Si cortaban, lo seguiría viendo en la escuela, ocupando y rebosando cada aula y cada pasillo con su encantadora presencia.
Vería a su club de fans cuchichear en cada esquina, compartir fotos que según le tomaban sin que se diera cuenta. Si reprobaba su materia, debería asistir a las clases con él durante los cursos de recuperación y si iba a casa de Fushiguro…
No lo soportaría. No por los diez meses restantes del ciclo escolar.
Al despertar de su incómodo sueño de lágrimas secas en el piso, ya no se sentía tan devastado.
Avanzó con pasos lánguidos hasta el recibidor. No encontrar los zapatos de Sukuna significaba que no estaba en casa.
Preparó té —costumbre adquirida del abuelo— y se sentó en la mesilla de la sala con la televisión encendida.
Pese a que su rostro se mantenía fijo al frente sobre las imágenes, la mente divagaba. Era consciente de las pésimas actuaciones de la novela vieja que se transmitía y, al mismo tiempo, no sabía lo que acontecía frente a sus ojos.
«En verdad apestan». Era algo de hace casi treinta años. ¿Qué podía esperar?
Recordó el cambio brusco de expresiones que Gojō tuvo en un corto tiempo. Era tan polifacético que daba miedo.
Fue entonces cuando rememoró que no era la primera vez que veía eso en Gojō. Esas transformaciones repentinas que parecían escapar de su control.
Cuando lo miraba de reojo, llegaba a advertir ínfimos y superfluos detalles que pasarían inadvertidos para cualquiera. Menos para Yūji.
Gojō tenía algo que estaba mal. Era como una de esas imágenes llenas de pequeños errores, de los que sólo se podían detectar si apostabas los ojos y encorvadas la espalda lo suficiente como para pegar la cara al papel, aun sabiendo que se te escaparían algunos de forma inevitable.
Gojō parecía tan normal como cualquier otro, pero a veces detectaba una grieta, un momento en el que el rostro de su novio, sus palabras y lo que querían decir, no se alineaban de manera correcta.
A Yūji le encantaban esos detalles que duraban tanto como la nieve en verano, esos rasgos efímeros que se enorgullecía de mantener para sí. Era como observar a dos personas, una escondida bajo la piel de la otra. Y esa piel siempre estaba reseca, a punto de resquebrajarse y dejar entrever la verdadera esencia de lo que había debajo.
Horas atrás, cuando discutieron, bien pudo ser una expresión directa de lo que se ocultaba tras el Gojō que conocía. Las verdaderas cuestiones que restaban sobre la mesa: ¿Gojō era consciente de eso? ¿Lo suprimía? ¿O se trataba de su verdadero yo?
Yūji estaba lejos de descubrir todos los secretos que envolvían a la persona de la que estaba enamorado; no obstante, comenzaba a acercarse peligrosamente a uno de ellos. Una segunda esencia con el mismo rostro, tan palpable y diferente como él y su gemelo, con la peculiaridad de que se hallaba dentro de la misma persona.
Sukuna llegó a los pocos minutos. Encontró la casa en penumbra, iluminada por los titilantes efectos de la pantalla.
Encendió los apagadores. Yūji volteó.
—Oh, ya regresaste —anunció sin la jovialidad de costumbre, aunque sin el agobio y la tristeza de momentos atrás.
—Pensé que te estarías besuqueando con tu novio en la sala. —No admitiría que dudó en prender la luz por eso.
Sin embargo, algo no cuadraba. Sus predicciones solían cumplirse con regularidad, por lo que su hermano tendría que estar devastado, hecho un ovillo en la cama, ahogándose en una laguna de lágrimas.
—Sukuna.
Éste le respondió con un interrogante gutural
—Tú… —No podía contarle lo sucedido. No aún. Tampoco quería seguir en silencio. Necesitaba hablar con su hermano, aunque fueran unas pocas palabras—. Tú que has tenido sexo con Fushiguro, ¿duele que te lo metan por el c…?
—Ni idea. Pregúntale a Megumi —cortó las palabras ajenas en un tono de voz elevado y apresurado.
Él sólo había hecho de pasivo dos veces. Agradecía al cielo que Fushiguro no buscara cambiar de posición con frecuencia. No había dolido en ninguna de ellas; no obstante, tenía una reputación que mantener.
«Aguarda un momento… ¿Qué?». ¿Por qué Yūji le preguntaba eso de repente?
«¿Acaso…?». ¿Sí había ocurrido algo con Gojō? ¿Y había tenido la decencia de consultarlo en lugar de lanzarse sobre el mocoso? ¡Imposible!
Ese bastardo debía compartir sus mismos deseos animales —odiaba admitirlo—. Si él se iba encima de Fushiguro ante la menor provocación de éste, Gojō debía actuar igual o peor.
—¿Por qué preguntas? —Regresó sobre sus pasos sólo para confirmar la información.
—Nada más. —Encogió los hombros.
