CAPÍTULO LI

Yūji avisó a Fushiguro que no asistiría a la práctica de básquetbol. Por su mirada decisiva y la presión que cargaba sobre los hombros, Fushiguro no lo interrogó. Quizá otro día. A Sukuna no pudo importarle menos. Tampoco pudo dar información a su novio cuando preguntó. Lo mejor era fingir que en verdad no sabía nada.

Si bien, una opción era esperar al fin de semana, Yūji no tenía por costumbre dejar las cosas a última hora. Las tareas escolares puede que sí, pero eran un asunto muy distinto al que tenía entre manos y ya no quería seguir dando vueltas al asunto.

Dejaría las cosas claras y rompería con Gojō si no le parecía. No quería. Pensar en ello le hacía sentir un vacío horrible en el alma, pero sabía que era lo mejor.

Si no se dejaba someter por su propio hermano, que le hizo la vida imposible desde que tenía uso de razón, mucho menos por alguien ajeno a su sangre.

Tomó asiento en la sala y comenzó a escribir.

Itadori Yūji

Sensei

Creyó que su mensaje tardaría más en ser visto. Le sorprendió que el profesor se pusiera en línea tan rápido.

Itadori Yūji

Tiene tiempo?

Gojō Satoru

Sí.

Itadori Yūji

Puede venir a mi casa?

No recibió respuesta. Inmediato a eso, Gojō apareció fuera de línea.

Dejó el celular sobre la mesa y colocó el rostro encima, por un lado del dispositivo.

«¿Eso qué significa?». ¿Sería muy optimista pensar que Gojō se había lanzado directo a su casa sin meditar demasiado?

Muchas veces sintió que lo comprendía, incluso mejor de lo que esperaba pese a la diferencia de edad; lo cierto era que no estaba tan seguro ahora.

En cosa de quince minutos, sonó el timbre de la puerta.

Levantó la cabeza cual suricata y el corazón le latió con la fuerza que el anhelo, traidor a la razón, le otorgó. Existía la posibilidad de que fuera nerviosismo pasajero.

Al abrir, se topó con Gojō. Pantalón de vestir oscuro y camisa azul claro, algunos botones del pecho abiertos, dejando ver las clavículas; las mangas, remangadas hasta los codos. Era verano. El clima demandaba frescura y no se podía ir con bermudas a la escuela.

Yūji se hizo a un lado para dejarlo pasar.

—Pudo responder que venía para acá —dijo, sin intención de que sonara como reclamo, sólo buscaba hacer plática y medir los niveles de tensión.

—Creí que sería mejor llegar cuanto antes —respondió mientras se retiraba los zapatos, tranquilo al ver la nula hostilidad del muchacho.

—Diez segundos no hacen mucha diferencia.

—Lo son si pretendes salvar el mundo.

Los ojos de Yūji encontraron los anteojos de Gojō. Habría sido un momento romántico de no ser por eso.

Cortó el contacto visual y avanzó hacia el mueble donde reposaba el celular. Dejó en duda sobre si eso último había sido un intento de coqueteo. Gojō lo siguió e imitó sus acciones.

Se sentaron en escuadra, separados por la esquina de la mesa.

Gojō se retiró los lentes. En parte porque a Yūji le gustaban sus ojos, y porque Nanami le pedía que los dejara de lado cuando iban a tratar un tema serio. Se le hizo costumbre.

El silencio los miró expectante, como el público al teatro. Era una obra incómoda, vacía, pesarosa.

Las palabras de Megumi recorrieron la memoria de Yūji.

«Él no lo hará por iniciativa propia».

«No significa que le dé igual o que no se haya arrepentido en algún punto».

«Te trata de una forma que no había presenciado antes».

«Es imposible que una pareja no pelee».

—Gojō-sensei —comenzó, obteniendo su atención de manera positiva—. Es consciente de que está saliendo con un adolescente, ¿cierto?

Gojō asintió.

—Y aunque usted esté criando a uno, eso no significa que yo tenga el mismo nivel de madurez que Fushiguro. —Se llevó una mano al pecho, haciendo énfasis en sí mismo—. ¿Entiende?

Gojō asintió de nuevo.

—Entonces, ¿qué es lo que está tratando de lograr? ¿Es sólo por el sexo? ¿Creía que lo conseguiría fácil porque soy más joven e inexperto? ¿Acaso…? —recordó las palabras de Sukuna—, ¿...planeaba botarme después de estar satisfecho?

—No. No, Yūji, nada de eso. —No le gustó para nada la expresión atribulada que tenía el otro en el rostro—. Yo…

—Entonces, ¿por qué? —levantó la voz sin perder la lucidez y cegarse en su totalidad por el enojo—. ¿Por qué dijo todo eso? Le recuerdo que dejó muy en claro, la última vez que estuvo aquí, que todo lo que me ha dado fue sólo para tomarme cuando lo necesitara.

Gojō bajó la vista hacia sus propias manos. Le avergonzaba haber actuado como una maldita bestia lujuriosa cuando el chico en verdad le importaba.

—Bueno, a Megumi le he dado mucho más y nunca lo he tocado.

—Me preocuparía si lo hubiera hecho. Significaría que está realmente enfermo. —Dio una pausa para calmar los ánimos—. Sea honesto, sensei. ¿Con cuántos menores se ha acostado hasta ahora?

A Gojō le sorprendió la pregunta. Fue evidente en su semblante. Negó con la cabeza antes de responder.

—Con ninguno, Yūji. Toda la gente con la que me he involucrado es de veinte para arriba. —Tal vez llegó a matar niños en el pasado y abusó de cierto harén con integrantes de edad dudosa, pero había dos factores importantes; primero, no estaba siendo él mismo; segundo, en el presente era un hombre distinto y los sentimientos por el muchacho que tenía delante eran sinceros en un elevado porcentaje—. Tú eres el único por el que decidí correr este riesgo y por… —calló a propósito, advirtiendo que por la necesidad de obtener la aprobación ajena y por la desesperación, casi suelta la lengua más de lo debido.

—¿Por…?

—Por… Megumi.

Yūji levantó una ceja, extrañado.

—¿Qué tiene que ver Fushiguro en todo esto?

—Eso… —No le correspondía contarle. Podría tener todos los defectos del mundo codificados en los genes, pero nunca soltaría los secretos de alguien más—. Eso no es algo que pueda responderte. Megumi sí. Se lo comenté porque es algo que lo involucra indirectamente. A él y a algo qué ocurrió hace muchos años.

—Ok. —Cruzó los brazos. Si Gojō quería seguir con lo suyo, no tenía más opción que contestarle con la verdad. No lo obligaría ni le rogaría por unas cuantas palabras—. Entonces, le voy a preguntar después.

—Estás en todo tu derecho.

Yūji relajó los hombros al ver que el profesor no se opuso.

«Así que no es mentira…» agregó para sus adentros. Esperaba que Fushiguro no quisiera cubrirlo por aprecio. Aunque, después de lo que hablaron en los vestidores, parecía estar más de su lado que del de Gojō.

La primera cuestión ya estaba resuelta: Gojō no iba por ahí engatusando menores para saciar sus bajos instintos.

Siendo honesto, eso era lo que más le preocupaba. Eso y…

—¿Quiere continuar con esto?

«¿Se refiere a la conversación?». Gojō se limitó a parpadear.

Como si leyera su mente, Yūji se explicó mejor.

—Hablo de nosotros. La relación que tenemos.

—¡Por supuesto! —Se exaltó más de la cuenta. Incluso estiró la mano para tocar el rostro del chico que le robaba la sanidad mental.

Se detuvo antes de siquiera rozar su piel. Presentía que la charla aún estaba lejos de acabar y le bastó con ver la expresión ajena para saber que todavía no era momento de caricias ni abrazos.

Regresó a su lugar.

—Por supuesto —se aclaró la garganta—. Yo…, malinterpreté las cosas la última vez. He estado un poco…, urgido —admitió y le debía una explicación. Llevó una mano a la nuca, avergonzado—. Recurrí a ese tipo de truco sucio porque, bueno, nunca antes me había fallado.

»No me malentiendas. No hago eso con cada pareja que tengo. Una buena parte de ellos llegaron a decir que, a cambio de lo que yo les daba, era un precio justo. Y creí que así eran las cosas.

»Tú fuiste el primero en poner límites, así que… —Encogió los hombros—. Supongo que me frustré o algo así.

—Se frustró —repitió de manera apenas audible.

Debió verlo venir.

Soltó un corto suspiro, entre decepcionado y a la expectativa.

—¿Y qué pasa si nunca quiero hacerlo? —continuó—. ¿Qué tal que nunca me surge interés en experimentar eso?

Gojō no quedó atónito por completo. Con el mundo como estaba y el Internet al alcance de todos, era común que la gente de la edad de Yūji ya tuvieran algunos encuentros casuales o pasionales. Que el otro aún no los tuviera le generaba cierta curiosidad. ¿Habría sufrido algún evento traumático en la infancia que le estuviera frenando esos impulsos? ¿O era por su tendencia natural a vigilar a Sukuna, que un complejo de padre no lo dejaba desarrollarse con naturalidad?

Podían ser tantas cosas…

—¿Por qué no te interesaría?

—Verá… —elevó el rostro, como si en el techo estuvieran escritas las respuestas que buscaba. Gojō hizo lo mismo para averiguar si ese era el caso—. Antes de salir con usted —prosiguió, regresando la vista al frente—, no me había fijado en ninguna chica… En nadie, a decir verdad. Lo pensé bastante antes de decidir que quería salir con Gojō-sensei.

»No me incomodan los besos ni las caricias; dormir juntos, que se le pase la mano de vez en cuando. Todo eso me gusta. Pero, de eso a lo otro. —Torció la boca—. Es un poco…

—¿Rápido?

—¡No llevamos ni seis meses juntos!

Gojō entrelazó las manos. Era evidente que para el chico, el sexo tenía una connotación más romántica e idealizada.

—No puedo seguirle el ritmo, sensei. No con eso. Y, tal vez, con muchas otras cosas tampoco.

Le quedaba claro que Yūji se sentía presionado y no contó con la avidez necesaria para descubrirlo a tiempo. Eso era lo más raro de todo. Él aceptaba con normalidad todas sus insinuaciones y las felaciones. Además, el día antes de su pelea, el propio Yūji fue quien se ofreció.

¿En qué se había equivocado? ¿O Yūji sólo lo aceptó en un intento por estar a la altura? Era lo más probable.

Inhaló profundamente y exhaló con calma.

—Muy bien.

Fue el turno de Yūji para prestar atención.

—Puedo esperar. Quiero decir, lo hice por treinta años. Uno o dos más…

—O diez, o veinte —indicó.

—O diez, o veinte —aceptó—. Puedo hacerlo. Puedo hacerlo.

Sería difícil. Muy difícil. Quizá podría sugerir alguna terapia de pareja. A Fushiguro le había funcionado y si el bastardo de Sukuna pudo con eso, él también lo haría. Sería pan comido.

Además, Yūji lo valía. En todos los sentidos. Nunca antes había experimentado esa necesidad por mantener a alguien a su lado. Si alguna de sus anteriores parejas lo hubiesen condicionado del mismo modo, los habría botado al instante; le sobraba gente que le rogaba por una oportunidad. Yūji era distinto. Él le ponía un pie en el cuello y, siendo honesto, le fascinaba eso.

Recordó la manera en que lo amenazó el día en que el desgraciado de Fushiguro le comentó lo del celular. No imaginó que pudiera sacar las garras.

¿Qué sería de él si también le mostraba los dientes? Lo desconocía, pero planeaba averiguarlo. No ese día. No con trucos sucios. Tenía el presentimiento de que siendo directo obtendría mejores resultados.

En todo caso, ese no era el lugar ni el momento para hacérselo saber.

—Entonces, sensei, creo que tenemos que dejar algunas cosas claras.

—Te escucho. ¿Qué es lo que deseas?

—No. No qué deseo. Qué es lo que no deseo.

Gojō inclinó la cabeza.

—Los regalos caros. —Comenzó a numerar con los dedos.

—Los hago de todo corazón. —Se tocó el centro del pecho.

—La ropa innecesaria.

—Yūji —sonó a berrinche—. Mi ropa es cool.

—La que me hace comprar cada que salimos —explicó, frunciendo el entrecejo—. No necesito tanta. Es más, ni siquiera he usado la mitad de la que me dio.

A Gojō le gustaba comprarle cositas porque era el único modo en que podía demostrar cuánto lo estimaba. No a cualquiera le hacía obsequios. No era un centro de beneficencia andante.

—Las joyas.

—¿Cuáles? Estaba a punto de comenzar con eso. ¿Conoces tu medida de anillo?

—No, y no…

—Dame la mano. Ahorita te la tomo.

—¡Sensei!

—¡Yūji!

—Hablo del reloj —gruñó al finalizar.

—Ah, eso. —Suspiró—. ¿Qué esperabas? ¿Tener un novio joyero que no te dé joyas? ¡Ridículo!

—¡Yo ni siquiera uso joyas! La mitad de mi tiempo libre me la paso haciendo ejercicio y en la otra mitad veo televisión y duermo. Así que no las necesito.

Gojō elaboró un delicado mohín.

—Y si quiere darme algo, primero debe escribirme o llamarme, y preguntar si lo necesito.

—¡Arruinaría la sorpresa!

—¡Bien! ¡Si quiere sorprenderme, hágalo con comida! ¡¿Quién no se pone de buen humor con la comida?! —Estampó las manos sobre la mesa.

—¡Perfecto! ¡Eso haré! —Imitó las acciones opuestas.

—Sólo no haga la locura de llegar con veinte platillos iguales.

—¡Já! ¿Me crees idiota? Llegaría con todo el menú del restaurante. —Abrió los brazos a modo de complemento.

—¡¿Quiere conectar todas las neuronas antes de abrir la boca?! —Para ese momento ya había agarrado a su profesor por el cuello de la camisa. Otro poco más y comenzaría a ahorcarlo.

—Miren quién lo dice. El que va a reprobar mi materia —dijo, mordaz y sonriendo con sorna.

Yūji gruñó, buscando en su repertorio mental una mejor forma de molestarlo y darle la vuelta al asunto.

En cuestión de segundos, lo que hizo click en su cerebro fue notar la cercanía que tenía con su maestro; que la conversación dejó de ser incómoda desde hace rato y lo mucho que anhelaba esas discusiones bobas y sin sentido.

—¿Yū…? —Le sorprendió que los ojos contrarios se tornaran vidriosos. Pensó que había ido muy lejos, hasta que el chico se lanzó sobre él, pasándole los brazos por el cuello, el pecho encontrado con el ajeno, con su calidez, con su intenso latir bajo la piel.

No dudó en rodearlo por la cintura, presionando cuanto podía contra sí.

Extrañaba eso. Necesitaba eso. Su Yūji le hizo tanta falta como el aire. Un poco más y habría muerto asfixiado.

Enterró el rostro en el espacio que se forma entre el hombro y el cuello. Sintió como cada rastro de su esencia le inundaba los pulmones, calmando la inquietud de los últimos días.

Esta vez no dejaría que se le escapara de las manos. Lo juraba.

No contaron los minutos que pasaron así, saboreando sus cuerpos con el tacto. Incluso cuando el calor del verano les exigió separarse, no lo hicieron.

—¿Deberíamos besarnos?

—¿Hah? —Le extrañó escuchar esa pregunta de Gojō.

—Para romper la tensión.

Yūji comenzó a separarse, procesando lo que acababa de oír.

—Es broma. Aunque, si quieres, no es bro…

Lo calló uniendo sus labios de forma tierna y desesperada a la vez, adquiriendo profundidad y careciendo de la pasión fiera que experimentó en el auto de su profesor la primera vez.

Gojō respondió con lentitud, pasando la lengua sobre cada centímetro de la opuesta, deleitándose con el dulzor de la saliva.

Colocó las puntas de los dedos en la nuca, donde el cabello contrario era más corto. Los deslizó hacia arriba, produciéndole un escalofrío. Finalizó enredándolos con suavidad entre las hebras rosadas.

Era la primera vez que Yūji saboreaba un beso amable, arrepentido. Si supiera que también era la primera vez que Gojō daba uno así.

Se separaron al mismo tiempo, con la respiración pesada. No incrementaron la distancia para intentar desvanecer la agitación. En su lugar, Gojō frotó la punta de su nariz con la de Yūji, obteniendo una sonrisa que besó por las comisuras.

—Estamos bien ahora, ¿cierto? —tartamudeó al inicio. Parecería estúpido preguntar, pero en verdad necesitaba escucharlo de los labios de Yūji.

—Cierto. —Tomó una de las manos de Gojō para entrelazarla con la suya.

Se mantuvo de rodillas para compensar la altura de Gojō y al soltar esa última palabra, tomó asiento en el suelo, aprovechando para recargar la frente entre los pectorales opuestos.

—Espero que no se repita algo así.

—Te lo prometo, Yūji. —Le acarició la espalda, anunciando que era lo más preciado que poseía—. Te lo prometo.

—Por cierto —cambió de tema—. ¿Qué le pasó en la mano? —Llevaba un par de días con curiosidad, desde que lo vio llegar vendado a la escuela.

—Oh, esto. —Le restó importancia—. Se me rompió un espejo en la casa.

—Dicen que son siete años de mala suerte si ocurre eso.

—Sin embargo, justo ahora, soy el hombre más afortunado del planeta.

A Yūji le fascinaba la forma en la que Gojō podía ser romántico sin resultar empalagoso. Hacía casi imposible no seguirle la corriente.


El paso del tiempo se encargó de volver todo a la normalidad.

Poco faltó para que Sukuna escupiera bilis al ver que su estúpido hermano seguía de tórtolo con la jodida rata albina.

«Me dejé manosear el culo en vano» pensó, al borde de convulsionar de asco.

A la distancia podía ver a esos dos mirando algo en el celular de uno, antes de reír al unísono.

Eran demasiado ruidosos para su propio bien y el del prójimo.

—No sé cómo lo soportas —dijo mientras esperaba a que Uraume saliera del comedor escolar.

—Es agradable —respondió Fushiguro, quien aguardaba por Nobara—. Nunca he pensado en cortar contigo sólo porque lo quiero de cuñado.

—No hablo de ese. El otro baboso. —Le disparó a Gojō con la mirada. Ojalá pudiera matar así—. Espera, ¿qué rayos acabas de…?

—Maestro —exclamó Uraume, apareciendo detrás con un bento en cada mano. En el comedor solían hacerle el favor de calentar lo que llevaba de casa.

—Disfruta tu comida —agregó Fushiguro, burlón, a modo de despedida.

Nobara llegó poco después de que Sukuna y Uraume se marcharan. Llevaba cuatro almuerzos apilados. Se los estampó en el pecho a Fushiguro y le retiró el de arriba, el suyo.

—Horribles ricos asquerosos —habló entre dientes—. Siempre humillando al pobre.

No era su turno de comprar el almuerzo. Gojō tenía flojera de colarse entre la multitud, así que sacó un billete de alta denominación y ofreció quedarse con el cambio a quien se sacrificara.

Yūji se ofreció al inicio, no porque necesitara el dinero, sino que podía hacer el favor sin problema alguno, aunque Gojō no lo dejó, necesitaba tontear con él un rato y mostrarle cosas graciosas que encontró en redes sociales durante una aburrida junta matutina.


Fushiguro tuvo la necesidad de preguntar a Yūji lo que había ocurrido con su caso y el de Gojō. Se frenó a sí mismo porque no quería parecer un entrometido de la peor clase. Era una sana preocupación, justo porque conocía a Gojō y sabía que el tipo hacía lo que quería sin vacilación alguna.

No obstante, sus preocupaciones se desvanecieron (en parte) al encontrar al peculiar dúo, un fin de semana, en el pasillo superior de la casa, colocándose unos tacones, que bien podrían ser considerados zancos.

—¿Qué locura van a hacer ahora? —cuestionó, más para sí mismo, ya frente a la puerta de su habitación.

—Oye, Fushiguro…

—Sea lo que sea, no estoy interesado, gracias.

—¡Pero deja que termine de hablar!

Gojō fue el primero en ponerse en pie. Si con zapatos de piso alcanzaba los dos metros de estatura, con lo que llevaba en los pies lucía antinaturalmente inmenso.

—No te desgastes. Megumi no sabe lo que significa divertirse.

—Oh, qué triste. —Se limpió con el dedo una lágrima imaginaria.

Fushiguro comenzó a irritarse.

—Vimos a una chica rusa que caminaba con unos tacones gigantes —explicó Yūji—. Parecía muy sencillo, así que decidimos intentarlo, pero esto fue lo más grande que pudimos conseguir. —Sentado en el piso, estiró una pierna, mostrando los veinte centímetros con forma de aguja en el talón del zapato.

—¿Y sabes caminar con eso?

—Eh… pues no…

A Fushiguro le surgió una preocupación natural, que sólo enviaba señales de alerta cuando uno o más idiotas se juntaban en el mismo lugar para hacer algo que ponía en riesgo su integridad física.

—Pero Gojō-sensei dijo que era muy sencillo.

El nombrado levantó el pulgar y adornó el gesto con una sonrisa petulante.

Fushiguro puso los ojos en blanco.

—Llamaré una ambulancia (por si acaso).

—Oh, Megumi, Megumi. Te preocupas por nada, sólo observa. —Emprendió un caminar digno de pasarela sobre una línea recta invisible—. Tacón, punta. Tacón, punta. Fue lo que dijo Shōko. ¿Lo ves? —Volvió el rostro sin dejar de caminar—. Es bastante fa…

Sus palabras se frenaron por un grito ahogado muy extraño que provino de su propia garganta.

Perdió el equilibrio y pasó de un elegante andar a lucir como pollo espinado sobre brasas, antes de azotar contra el suelo.

—¡Sensei! —Ni siquiera pudo pararse, así que se acercó a gatas.

Fushiguro se cubrió la boca e hizo todo lo posible por disimular la carcajada que quería soltar.

Culpó a Sukuna por contagiarle el gusto por la desgracia ajena.

—Sensei. —Lo ayudó a sentarse, no podía hacer gran cosa—. ¿Está bien?

—Yūji —habló con un tono más severo.

—¡¿S-Sí?!

—Quítate esas malditas cosas de los pies.

El chico no cuestionó la decisión y ayudó al profesor a hacer lo mismo.

Al ponerse en pie, Gojō sintió una incomodidad lacerante en el tobillo, por lo que se agarró de su novio para no caer.

Frunció el ceño.

—Megumi… ¿Mencionaste algo de una ambulancia?

—Estoy en eso. —Bajó con el celular pegado al oído—. ¿Sí? ¿Servicio de emergencias?


Nanami quedó mudo al escuchar lo sucedido. Delante de él se encontraban Yūji y Gojō con cara de borregos en el matadero, cabizbajos. Uno de ellos tenía un tobillo inmovilizado por una férula de fibra de vidrio, sobre la mesilla de cristal y un par de muletas por un lado.

—Una luxación de tercer grado por una caída en tacones —se repitió mientras se sobaba el puente de la nariz—. ¿Acaso eres un…? —Agitó la cabeza—. Olvídalo, está claro que lo eres.

»Yūji —dirigió la plática a otra persona—. No hagas todo lo que este señor te diga que es una buena idea. A partir de ahora, sólo van a hacer locuras bajo la supervisión de un adulto responsable.

—Yo soy un adulto. —Se señaló Gojō a sí mismo.

—Pero no eres responsable. Ese es el joven Fushiguro. Así que no van a hacer nada que él no apruebe. ¿Entendido?

«¡¿Y yo por qué?!». Primera vez que Fushiguro no estaba de acuerdo con Nanami, aunque no se arriesgaría a contradecirlo.

—¿Entendido? —repitió con severidad.

—Sí —contestaron Yūji y Gojō con la misma voz pesarosa.

—Bien. —Se puso en pie, dispuesto a ir a casa—. Pasaré a recogerte para ir a la escuela. Si no estás listo, llevaré sólo al joven Fushiguro y tendrás que arreglártelas solo para aparecer en el horario correspondiente.

—¡¿No puedes apiadarte de un pobre inválido?!

—No si se llama Gojō Satoru. Aprende a levantarte temprano.

—Yūji, necesito consuelo de urgencia. —Rodeó al chico con ambos brazos y agachó la cabeza a la altura de su pecho—. Nanami es un hombre malo.

—Ya, ya, ya. —Le dio palmaditas en la cabeza. A veces le daba la imagen de estar lidiando con un niño gigante.

—Y tú… —agregó Nanami, clavando la mirada en el muchacho.

—Juro solemnemente no hacer nada que Fushiguro no apruebe —recitó levantando una mano, como si tuviera un cartel al frente que le indicaba qué poner en palabras.

Desde ese momento, las citas de Yūji y Gojō se resumieron en quedarse en casa. Por razones obvias no le pedirían a Nanami que los llevara de aquí para allá y, pese a que Gojō sugirió emplear a Ijichi de chofer, Yūji le dijo que dejara al pobre hombre tranquilo.

Eso les ayudó a pasar tiempo de calidad mirando películas; a veces Yūji debía amenazar a Gojō con colocarle una mordaza si le contaba los finales. También planeaban tediosas sesiones de estudio que ninguno soportaba más de una o dos horas y que sólo le servían a Yūji.

Al cabo de un mes, le quitaron la férula a Gojō y todo volvió a la normalidad. Sin embargo, no todo permaneció tan tranquilo ni bonito por mucho tiempo.

Un domingo, cerca de la media noche, Yūji se mantuvo dando vueltas en la sala. Sukuna había salido rumbo a algún lugar místico junto a Uraume. Solían volver entre las ocho y las diez, por lo que llamó a Fushiguro pasada la hora habitual para saber si su hermano había decidido meterse en su casa, pues el otro no contestaba el celular.

Salió hacia el restaurante de los padres de la chica. Llegó justo a tiempo para ver cómo cerraban y cómo ninguno de los dos aparecía.

Consideró contactar a Nanami, mas no hubo razón de hacerlo porque un estrépito en la entrada de la casa le hizo ponerse alerta.

La puerta se abrió con dificultad. En el recibidor se escuchó una caída en seco y los sonoros jadeos de una mujer que parecía haber corrido kilómetros como primer paso para salir de su vida sedentaria.

Yūji quedó perplejo al ver a Sukuna inmóvil, de costado en el suelo y a Uraume bañada en sangre, de rodillas, a un lado de él. Impactaba más ella porque llevaba ropa deportiva blanca con detalles rosados mientras que Sukuna vestía de negro en su totalidad.

Se acercó a ambos a toda prisa. Salvo el rastro de sangre seca bajo la nariz y el labio partido, Uraume parecía no tener heridas externas. Su ropa estaba intacta. Así que la sangre no era de ella.

—Eran demasiados —dijo, casi sin aliento—. La mayoría estaban armados y… —Movió la cabeza de un lado a otro.

Yūji salió de la casa hasta la acera. Miró en todas direcciones. No había una sola alma en la calle, sólo el rastro carmesí por donde ambos llegaron, que a causa de la escasa iluminación, lucía como oscuras manchas de aceite.

Volvió adentro. Puso los seguros en la entrada y colocó a su gemelo boca arriba. Se le hizo un doloroso nudo en la garganta al toparse con el rostro de Sukuna maltrecho, reconocible, pero hinchado en la zona del ojo y la mejilla del lado izquierdo.

Lo conocía mejor que nadie. Era un excelente peleador. ¿Qué rayos había pasado?

Levantó el tank top, ya rasgado en la zona del abdomen. Bajo el pectoral izquierdo, en el área de las costillas, se notaba un ennegrecimiento preocupante. Y en una de las piernas llevaba atada la sudadera de Uraume, bastante humedecida por la sangre.

—No —exclamó ella al ver que planeaba quitársela—. Tiene una herida bastante profunda, puede que pierda más sangre si…

Yūji la interrumpió al tomarla con fuerza por los hombros. Uraume se estremeció al toparse de frente con la mirada asesina que sólo conocía en Sukuna y que la hacía sentir pequeña e impotente.

—¿Qué sucedió?

Ella abrió la boca, pero tuvo que morderse el labio y apartar el rostro para no responder. Era un secreto entre ambos. No podía romperlo aunque quisiera.

—¡Uraume! ¡¿Qué ocurrió con mi hermano?! —bramó, inquieto y asustado, pese a sólo haber furia en su rostro.

Tenía por un lado un escenario que temía más que a nada en el mundo. Sukuna estaba a un lado suyo, pálido, malherido, inconsciente y se notaba la dificultad que le presentaba respirar.

La chica negó con la cabeza.

Por primera vez, Yūji tuvo ganas de recurrir a la violencia para hacerla hablar. Así actuaba Sukuna y seguido funcionaba; no obstante, no era el momento.

Sacó el celular del bolsillo para llamar al servicio de emergencias del hospital más cercano. Primero debía asegurarse de que Sukuna volvería a abrir los ojos; después, podía buscar la información que necesitaba.


Una disculpa por desaparecer. Se me juntaron muchas cosas, doblé turno en el hospital, la tesis me está matando y el trabajo en la editorial apenas y me da tiempo para respirar. Además de cosillas sin importancia como la graduación de mi generación, cursos que tomo y que si tengo que ir a recibir capacitación para los equipos que acaban de traer al laboratorio y bla, bla, bla. Ay, qué cosas. ;v;

Espero que estén teniendo mejores días que los míos. xD Mucha suerte a todos y nos estamos leyendo en la próxima actualización~