CAPÍTULO LIII


Fushiguro le contó a Yūji y Gojō lo que Sukuna le dijo. No era partidario de vocear sus descubrimientos, así que se guardó detalles. Puso sobre la mesa lo que creyó pertinente.

A la tarde siguiente dieron de alta a Sukuna con órdenes de reposo absoluto, mínimo diez días. Debía volver pasado ese tiempo para una revisión general. Yūji le mencionó que el seguro estudiantil había cubierto el incidente. Gojō, que iba conduciendo cuando eso pasó, no argumentó nada. Su chico le había dejado en claro que así como Sukuna mantenía cierta información oculta, él haría lo mismo.

Una vez los gemelos volvieron a casa, la tensión fue en aumento progresivo, comenzando con el diálogo.

—Oye, mocoso. Necesito un baño, dame una mano antes de que hagas lo que sea que vayas a hacer. —Levantó un brazo desde su lugar en el sofá. Por costumbre, su hermano lo tomaría.

—¿Uh? ¿Por qué debería?

A Sukuna le extrañó la respuesta. Estaba herido y Yūji era un bonachón empático de primera categoría.

—Creí que no me necesitabas y eras capaz de hacer todo solo.

—No es propio de ti hacerte la víctima.

—Ni de ti el pedir ayuda —dicho eso, se colocó los zapatos—. Haré las compras de la semana. Llenaré el ofuro en la noche a la hora de siempre, pero no esperes que sirva de bastón humano o te lave la espalda. —Tomó las llaves antes de partir—. Suerte.

—¿Qué demonios…? —musitó Sukuna al escuchar la puerta cerrarse.

«Ya se le pasará» pensó. Así era Yūji. Nunca le duraba mucho tiempo el berrinche.

Se levantó con algo de esfuerzo. Podía caminar, más bien, cojear, sin desvanecerse en el intento. Tener el cuerpo magullado no era nada del otro mundo y los analgésicos hacían su trabajo.

La herida del costado no se le abriría mientras no hiciera esfuerzo que implicara levantar objetos pesados o abdominales.

Nunca creyó terminar tan exhausto sólo por tomar algo de ropa de la habitación y cruzar el pasillo hacia el cuarto de baño.


—Ya está la comida —informó Yūji cerca de las tres y media de la tarde, abriendo la puerta del cuarto de su hermano.

—¿No me la piensas traer?

—¿Alguna vez lo he hecho?

Sukuna chasqueó la lengua, incorporándose con algo de mareo.

Yūji no era tan inhumano como para no sentir nada al ver a su gemelo en esa condición; sin embargo, debía permanecer firme y no flaquear o Sukuna lo seguiría usando como esclavo hasta el fin de sus días.

Comieron con la televisión haciendo ruido de fondo. No cruzaron ni una sola palabra hasta que terminaron.

Encima del mueble del pasillo en el que guardaban la laptop, los cigarros, cargadores y, ahora, medicamento, Sukuna colocó los papeles que debían servir como justificante de su ausencia.

—¿Mañana irás a la escuela?

—Obviamente.

—Lleva esos papeles contigo. —Señaló el lugar.

—¿Para?

—Para que te limpies el culo —ironizó—. ¿Tú qué crees? Para que se los des a Nanami.

—Puedes dejárselos personalmente cuando te recuperes.

—¿Eres idiota o te haces?

En lugar de responder, Yūji levantó los platos y los dejó en la tarja de la cocina.

—No olvides que hoy te toca lavar los trastes.

Sukuna apenas pudo contener las ganas de cerrar los dedos sobre el cuello opuesto y presionar hasta que dejara de moverse; no por voluntad propia, sino porque levantarse de la mesa ya era lo suficientemente problemático.

Así como estaba, Yūji le ganaría en una pelea con el mínimo esfuerzo y eso, como el respetable hermano mayor que era, no podía permitirlo.


Yūji se levantó más temprano que de costumbre para dejar preparado el desayuno y la comida de Sukuna, junto con algo para picar. Él era el cocinero designado, así que no estaba siendo considerado, sólo cumplía con sus obligaciones.

Cuando salió de casa, Sukuna seguía dormido. Al llegar a la escuela, le mandó un mensaje indicando que los platillos del refrigerador, cubiertos con plástico transparente, eran para él. La cena la prepararía al llegar como era costumbre.

Sukuna se las apañó solo un día más. Incluso le marcó a Nanami para comentarle lo del justificante médico, por lo que éste último aprovechó el fin de la jornada laboral para dejar a Yūji en casa y verificar que Sukuna mejoraba en lugar de empeorar.

Mientras estuvo con los gemelos no hubo señales de hostilidad entre ellos. Compartían el pensamiento de detestar que otros se inmiscuyeran en sus asuntos. Todo cambió cuando él se fue de allí.

—Oye, mocoso —Sukuna, acostado en el futón, levantó la voz cuando escuchó la puerta de la habitación abrirse—. Ven.

Yūji entró a la recámara sin emitir palabra.

—Ven acá —prosiguió Sukuna—. ¿Quieres saber lo que pasó ese día? Bien. Te contaré. Eres insufrible cuando vagas como alma en pena por la casa.

Esperó a que Yūji se sentara a su lado y le platicó la misma mentira que a Fushiguro.

Yūji, con el semblante imperturbable, suspiró. Llegados a ese punto, no tenía porqué ocultarlo.

—Hermano —le habló con desgano—, puede que me consideres un completo idiota, y tal vez lo sea, pero te conozco. Sé que eres mentiroso, manipulador y narcisista. Y probablemente te hubiera creído esa historia uno o dos años atrás. Sin embargo, te equivocaste en algo.

Sukuna se mantuvo atento al monólogo.

—Uraume. —Con la mirada vacía y un hueco en el corazón a causa del recuerdo de eventos pasados, continuó—. Creo que…, en un intento desesperado por sobrevivir a ti, aprendí a leer a las personas. No sé muy bien la teoría detrás de eso. No la recuerdo. Fushiguro me platicó algo de un libro que estaba leyendo porque le pregunté.

»En fin —se aclaró la garganta para retomar el tema—. Sé que a Uraume no le agrado, pero te las has apañado para que sea más fiel que un perro y ambos sabemos que no hay manera de que ella no quiera ponerse de escudo humano cuando alguien quiere hacerte daño. Siempre se interpone cuando alguien se te acerca. ¿Lo has notado?

Otra cosa que no diría, aunque la pensara, es que muchas veces se planteó la posibilidad de que engañara a Fushiguro con ella, porque la persona que lo miraba desde abajo con ojos fríos e insondables era una versión muy corrupta de su propio reflejo. Cada vez lo desconocía más.

—Te voy a decir lo que creo —siguió—. Sí se pelearon con alguien. Más de uno por la cantidad de heridas que tienes. Sé mejor que nadie lo fuerte que eres. No hay modo de que una sola persona te hubiera puesto en esa condición. ¿Cuántos fueron? Eso no lo sé.

»Uraume no se quedó quieta porque llevaran armas blancas. Tiene pocos golpes, así que intentó pelear, pero terminó inmovilizada de alguna manera. Quizá es cierto que la noquearon, pero ¿sabes por qué ella no acabó tan mal como tú? Porque nadie tenía asuntos pendientes con ella, sino contigo. Y lo sabes. ¡No hay forma de que no lo sepas! ¡¿No es cierto?!

Tomó un profundo respiro para calmarse antes de proseguir.

—Sukuna… —Apretó los labios en una delgada línea.

Había tantas cosas que deseaba saber, tantas preguntas que quería hacerle, mas no estaba seguro de querer obtener las respuestas. No, no era eso. Conocía las respuestas. Sólo le sería imposible mantener juntas las piezas de su fragmentado corazón si las escuchaba directamente de Sukuna.

No podría.

No lo soportaría.

Agitó la cabeza.

—Olvídalo. No es nada. —Se levantó, dirigiéndose a su propia habitación.

Sukuna había visto el llanto de Yūji muchas veces. Su furia, su sonrisa, su tristeza.

Y lo odiaba por eso.

Lo odiaba, lo odiaba, lo odiaba.

Era como verse a sí mismo en una situación de debilidad. Él podía ser muchas cosas, pero débil, ¡jamás! Por eso lo mantenía al margen, alejado de todos sus problemas, porque si Yūji los conocía, pondría su maldita cara de preocupación que lo sacaba de quicio. Sería como verse a sí mismo convaleciente y la rabia inundaría su ser hasta no ver destruida esa jodida imagen.

¿Era tan difícil para su gemelo entender eso? Si se jactaba de comprender a las personas, debería ser aún más sencillo que lo supiera.

Capaz de envenenar su mente y orillarlo a actuar como deseaba, una frustración violenta le pisoteaba el orgullo al ser incapaz de poseerlo por completo.

Eran como una paradoja de la misma existencia dividida. Un viaje astral constante donde el cuerpo y el alma tenían voz y forma propia.

No obstante, era innegable que cuando se sinceraba con él, le cubría la espalda mejor que su propia sombra. Si supiera todo lo que había hecho en el bajo mundo que comenzaba a recorrer, ¿lo seguiría también? ¿Intentaría frenarlo? ¿Buscaría controlarlo?

Sin duda alguna, que hubiera dos de él era conveniente en ocasiones. ¿Podía aprovecharse de eso para llegar a Getō con mayor facilidad?


Transcurrieron tres días en completo silencio. Parecía un luto eterno que rogaba por llegar a su fin.

Al cuarto día, Sukuna apostó todo a lo que había estado razonando últimamente.

Itadori Sukuna

Mocoso.

Ven.

Mandó mensajes en lugar de desgastarse gritando. Aprovechó en lo que el otro llegaba para sentarse sobre el futón y acomodar unas almohadas a modo de respaldo.

Yūji apareció a los pocos minutos, con una toalla sobre los hombros, el torso desnudo y el pantalón del pijama puesto.

—Abre ese clóset —ordenó Sukuna.

—¿No puedes hacerlo tú solo? —Cruzó los brazos.

—Tienes un pobre hermano enfermo y convaleciente. Deja de actuar con tanta arrogancia y haz lo que te digo.

—¿No he hecho justo eso los últimos dieciocho años? Creo que estoy en mi derecho de negarme.

—¡Por un…! —Contó hasta tres mil en un parpadeo—. Sólo…, haz esto por mí. Después, puedes ir a donde quieras y seguir fingiendo que no existo.

De los labios de Yūji escapó un suspiro pesado previo a hacer lo que le pedía.

—En la parte de abajo, donde están los zapatos, hay una mochila —indicó—. Sácala y ábrela.

Yūji se conmocionó al ver la cantidad de fajos de billetes de alta denominación.

—¿Qué es…? Espera, no me digas. ¿Acaso pensabas fugarte a algún lugar con Fushiguro? —exclamó, creyendo que era parte del dinero del abuelo.

—¿Por qué haría eso? Lo gané trabajando.

Si así pagaban los padres de Uraume, Yūji también quería ser contratado.

—Seis meses —dijo Sukuna—. En peleas pagadas en un territorio yakuza y duplicando la cifra en un ring clandestino al que llaman el Jardín de las Quimeras.

Yūji dejó caer los brazos junto con la mochila, la cual hizo un ruido sordo al impactar contra el suelo.

Sukuna continuó con la mirada perdida en el techo. No necesitaba voltear para saber la clase de expresión que había en el rostro contrario.

Yūji se lanzó hacia el futón, quedando de rodillas justo a un lado.

—¿Por qué rayos hiciste algo así? —en su voz existía una ambigua mezcla de molestia y preocupación.

—Sólo pasó y tomé la oportunidad.

—¡¿Qué clase de oportunidad es esa?! E-En todo caso. ¿Fue en ese lugar donde terminaste así?

Quizás actuaba con demasiada normalidad sobre un asunto de tal magnitud, pero no podía negar que viniendo de Sukuna ya se esperaba algo así. De hecho, tal vez le habría impactado si le hubiera dicho que era sicario o que traficaba órganos. Peleas clandestinas eran algo que iba con él y su personalidad.

—Sí y no —respondió.

—¿A qué te refieres?

—Salí bien de ese lugar. Fue el Patrón a quien no le gustó mucho mi participación y me dejó ir con una amenaza. Presiento que fue él quien mandó a que me dejaran en este estado.

—Si te dejó ir una vez, ¿por qué…? —suspendió sus palabras, la razón era obvia—. Eres un bastardo avaricioso.

—Cállate. No me vengas tú a hablar de moral cuando le das el culo a un señor para que te pase en matemáticas.

—¡Yo jamás haría ese tipo de cosas! —Agitó la cabeza. Era una estrategia de Sukuna para cambiar el rumbo de la conversación—. El… Patrón. Dices que te amenazó. ¿Qué clase de amenaza?

—Que no quería volver a verme en su territorio.

—¿Por qué?

—A saber. —Encogió los hombros con pereza.

—Sukuna —replicó. Llegados a eso, no tenía caso que le ocultara la verdad.

—¡¿Qué?! ¡Te estoy diciendo todo lo que sé! ¡¿Contento?! —Chasqueó fuerte la lengua para sacar el coraje retenido. Su inútil cuerpo no le permitía recurrir a la violencia física.

—¿Por qué lo llamas Patrón? ¿Lo conociste?

—Cruzamos palabras una vez. No lo he vuelto a ver.

—¿Sabes cómo se llama?

—Getō. O se presentó como Getō. No sé si sea su verdadero nombre.

—Genial —exclamó—, con eso quizá podamos poner una denuncia y…

—¡¿Acaso eres idiota?!

—¡Pero, Sukuna…!

—¡Por cosas así es que nunca quiero contarte nada! ¡Es un jodido yakuza! ¡¿Crees que el mundo es bonito y color de rosa?! ¡¿Eh?! ¡¿Piensas que se quedará de brazos cruzados si un par de mocosos le hablan de él a la policía?!

Yūji, que por primera vez en todo ese tiempo recibió la mirada fiera de su gemelo. Terminó mudo al recibir tantos gritos de un «pobre enfermo convaleciente».

—Era un lugar enorme. El Jardín de las Quimeras —explicó Sukuna—. Drogas, armas, prostitutas, órganos… Podrías conseguir cualquier cosa en ese lugar. ¿Crees que el dueño de un tugurio como ese no tiene los nexos y el poder para que la policía haga la vista gorda?

»Para hacer algo así sin ser buscado… Seguro que tiene contactos en el gobierno también. Así que usa las pocas neuronas que no te quité a golpes para saber qué le haría a dos idiotas que buscan exponer sus negocios.

—Lo siento —un murmullo apenas audible salió de sus labios—. Fue lo primero que se me ocurrió.

—Ahórrate tus ocurrencias. No pedí ninguna.

—Bueno, entonces, ¿qué es lo que vamos a hacer ahora, Sukuna?

—¿Cómo que qué? —dijo con una voz rasposa, más tranquila al menos—. Pues lo que hemos hecho hasta ahora, idiota.

Sobrevivir.

Ver el modo de seguir adelante.

De un momento a otro, las fuerzas que Sukuna había repuesto con el reposo, se juntaron en su brazo. Tomó a su gemelo por la toalla que rodeaba su cuello y lo obligó a acercarse.

—Sólo te voy a advertir una cosa, Yūji. Como sueltes una sola palabra de esto a alguien, en verdad, voy a matarte.

Yūji experimentó dos cosas: un déjà vu y un escalofrío. Lo primero porque a Gojō le había hecho una promesa; lo segundo, porque Sukuna rara vez lo llamaba por su nombre y todas y cada una de aquellas ocasiones era un augurio de muerte.

Asintió. Tomó la mano de Sukuna entre las propias y asintió con mayor firmeza.

—Sabes que no sería capaz. —Colocó la frente contra los nudillos opuestos—. ¿Cómo podría traicionar a mi propio hermano? Antes, muerto.

Esa era una parte de Sukuna apreciaba a Yūji. Podía ser un imbécil con poco cerebro, aunque también era un hombre que cavaría su propia tumba y se dispararía en la sien antes de apuñalar a sus seres queridos por la espalda.


—Yūji, pretendía ignorarlo hasta que se te pasara —dijo Gojō, recargado suavemente el costado de la cadera contra la del chico a su lado—, pero llevas casi una semana con la mente muy lejos de aquí. ¿Acaso…? ¡¿Acaso estás pensando en otro?! —finalizó con un dramatismo que truncaría la carrera de cualquier actor.

Estaban en el mirador donde Sukuna (fingiendo ser Yūji) casi es besado por Gojō. La puesta de sol era preciosa, con una cascada de tonalidades cálidas bañando la piel de ambos. Uno al lado del otro, con el auto a espaldas. Se hallaban recargados sobre la estructura metálica que los separaba de una pendiente pronunciada llena de árboles, arbustos y uno que otro animalejo que no se atrevía a perturbar su paz.

Ambos vestían pantalones cortos en tonalidad beige; Gojō, unos mocasines blancos, una camisa de mangas cortas del mismo color y sus fieles lentes oscuros; Yūji, sandalias negras y una playera pegada de cuello en «V» verde con mezcla de azul (la señorita de la tienda la había descrito como menta el día que la compró).

Cabe destacar que el muchacho no se tomó a pecho las palabras de su pareja. Conocía el tono con el que el otro bromeaba.

Sin embargo, desde que Sukuna le contó la verdad, se preocupaba más de la cuenta.

¿Sukuna estaba a salvo? ¿Él estaba a salvo? ¿Tendrían alguna clase de deuda pendiente ahora? ¿Sukuna estaba vivo porque así lo pidió el tal Getō o fue pura suerte? ¿Los vigilaban? ¿O no importaban en absoluto? ¿Dejar a su hermano solo en casa con Fushiguro fue una buena decisión? ¿O los encontraría sin pulso ni respiración al volver?

Esas eran sólo algunas de las dudas que azotaban su interior en un violento remolino que no parecía querer detenerse jamás.

No sabía qué hacer o cómo actuar. Tampoco podía pedir ayuda o hablar al respecto. Y que la temporada de exámenes estuviera a la vuelta de la esquina no ayudaba mucho.

Cuando Gojō le propuso dar una vuelta el fin de semana, aceptó sin meditarlo. Pasar tiempo con él le relajaba, era divertido y creyó que sería un gran momento para dejar sus preocupaciones a un lado.

—¿Yūji? —Comenzó a frotar la espalda del muchacho al ver que no le respondía.

Le sorprendió que un beso fugaz reclamara sus labios. Devolvió el gesto con suavidad. No profundizó porque su amado parecía debatirse entre la realidad y algún punto de quiebre de la fantasía.

—Gojō-sensei.

¡Al fin hablaba!

—Yo… —Puso las manos sobre la estructura metálica y se dio impulso hacia arriba para sentarse en ésta.

Gojō se colocó entre sus piernas y entrelazó las manos detrás de la espalda opuesta como reflejo para mantenerlo seguro y que no cayera por accidente.

Yūji sostuvo el rostro del profesor entre sus manos. Si hubiera alguien de su entera confianza, a quien pudiera recurrir en un momento de desesperación, ese sería, sin duda alguna, Gojō Satoru. Lo había hecho antes, al estudiar para los exámenes de recuperación de matemáticas, al pedir unos tenis que le gustaron, al tener que pagar la cuota del hospital.

Sí, tuvieron sus diferencias en opiniones y problemillas insignificantes que resolvieron con relativa rapidez y diálogo. Ambos ponían su granito de arena para que lo suyo funcionara.

Incluso si tenía la posibilidad de recurrir a otros amigos, como Fushiguro, Tōdō o Nobara; o adultos como Nanami; o a su única familia, Sukuna; la primera persona que llegaba a su cabeza, fuese para algo bueno o malo, siempre era Gojō. Llevaba un tiempo siendo sólo Gojō.

—¿Recuerda cuando… —miró a los costados, cerciorándose de que siguieran siendo sólo ellos dos en el lugar—, hablamos de su amigo Suguru?

Gojō imitó sus acciones antes de contestar.

—Sí, ¿por qué?

Una punzada en el estómago de Yūji lo obligó a callar varios segundos. No deseaba traicionar a Sukuna. Si lo descubría, perdería su confianza para siempre y no sólo eso, se separarían por completo, de peor forma que cuando estuvieron peleados por días.

—Porque esa vez…

No obstante, Gojō sabía cómo guardar un secreto. ¿No habían mantenido su relación oculta hasta ese momento? ¿No había Gojō arreglado la situación cuando casi los descubren? Es decir, fue su culpa en primer lugar, mas no borraba el hecho de que acudía en su auxilio cuando más lo necesitaba.

Si algo necesitaba Yūji en ese momento era una mano a la cual aferrarse dentro de esa inmensa oscuridad que le impedía ver sus propios pasos para seguir el camino correcto.

Además, no quería que le solucionaran la existencia, un consejo, unas cuantas palabras, serían más que suficientes.

Por no mencionar que prefería tener a su gemelo a su lado, aunque le diera la espalda, a voltear en todas direcciones y darse cuenta de que estaba solo en el mundo.

—Porque esa vez…, me pidió que no dijera ni una sola palabra a nadie.

—Sin excepciones —remarcó, ante la incertidumbre de que su muchacho quisiera platicarle a alguien.

—Sin excepciones —susurró, más para sí mismo que para el otro—. Ha-hay algo que quiero decirle. Pero tiene que prometerme eso mismo. —Alzó una mano entre ambos, extendiendo el meñique—. Nadie más puede saberlo. Ni Fushiguro ni Nanami… Tiene que ser un secreto. Sólo usted y yo.

Gojō supuso que lo que fuera que fuese a contarle, era la razón de que estuviera tan disperso.

Aceptó. Tomó el meñique de su novio con el propio.

—Te doy mi palabra.

Seguro sería un problema trivial de adolescentes. Nada que escapara a su experiencia.

—Ocurre que —comenzó Yūji—, las heridas de Sukuna no fueron producto de un asalto como le contó a Fushiguro. Él…, había estado obteniendo dinero al participar en disputas de territorio yakuza hasta que escuchó de un lugar al que llamaban el Jardín de las Quimeras.

»Se metió a ese sitio como peleador y Uraume apostó lo que habían conseguido hasta ese momento para multiplicar de golpe sus ganancias, cosa que lograron, naturalmente.

»Entonces, conoció a un tal Getō, que le dijo que no quería volver a verlo por esa zona. Pero Sukuna no hizo caso y al tiempo fue atacado por unas personas, que fueron las responsables de que terminara hospitalizado.

»Le juré por mi vida que nadie se enteraría de esto, pero la angustia de lo que podría pasarle a él… A nosotros —corrigió—, me ha quitado el sueño los últimos días y, en verdad, no sé qué hacer.

Al terminar, soltó el aire que sus pulmones retuvieron de manera inconsciente y comenzó a respirar como si buscara reponer el aliento tras un largo y extenuante partido de básquetbol.

Escuchar el relato fue un golpe tras otro a la sanidad de Gojō. Agradeció padecer fotosensibilidad, pues los anteojos ocultaban la gracia asesina de sus pupilas.

No era nada raro que un peleador callejero terminara en las Quimeras a largo plazo. El problema era el tiempo. Se requería mínimo un año de compromiso para obtener acceso al lugar y ni mencionar el conocer a Getō.

¿Cuándo fue que Sukuna comenzó todo eso? ¿Por qué?

Él, mejor que nadie, conocía el protocolo y debía averiguar todo cuanto pudiera sin levantar sospechas antes de hacer algo comprometedor.

—Yūji, tu hermano sí que vive y respira para los problemas.

—Lo sé. —Dejó caer los hombros.

—De pura casualidad, ¿sabes si se ha hecho nuevos tatuajes?

—No. Ninguno.

Un alivio momentáneo para Gojō. Eso significaba que no estaba anexado a ningún tipo de facción… aún.

—Yūji. —Lo tomó por los hombros y se agachó a su altura antes de proseguir—. Déjame hablar con tu hermano.

—No. Ni se le ocurra —exclamó, retando a los ojos serios y convencidos de su pareja—. Le juré que nadie se enteraría. Será un golpe muy fuerte para él saber que usted…

—Es cierto que puede que no te quiera volver a ver en su vida si sabe que, de todas las personas, me lo dijiste a mí —estúpida su decisión de hablar sin pensar, debía arreglarlo—, pero siempre puedes venir a vivir conmigo y Megumi.

Vio como el entrecejo de Yūji se juntaba y se alzaba, no de enojo, sino por el miedo de separarse de su única familia.

—O no —susurró Gojō.

—Incluso si acepto —explicó—, Sukuna terminaría peor de lo que está ahora. No es secreto que lo detesta, sensei. Aparte de que no lo escucharía, haría exactamente lo contrario a lo que le diga sólo por joder.

»Creo que…, si no ha intentado nada mucho más riesgoso, tal vez es por temor a que lo vinculen con Fushiguro o algo así. Porque me queda claro que yo le importo un carajo.

Sintió los dedos de Gojō hundiéndose en su cabello. Encontraba eso reconfortante en gran medida.

—¿Qué tal si hablo con él porque me enteré de otra persona?

—No creo que Uraume le vaya a soltar nada. No es como Kugisaki.

—Yo pensaba en algo distinto.

Yūji se mantuvo atento, el rostro plantando las interrogantes.

—Sabes, cuando estaba terminando la universidad hice prácticas en la subsecretaría de inteligencia e investigación policial. Tengo algunos buenos amigos por ahí. Podría solicitar una investigación bajo el agua y… Si conseguimos algo, podría hablar con tu hermano sin levantar sospechas. ¿Qué te parece?

Yūji no lucía muy convencido.

—Es un plan incompleto —continuó—, dependiendo de la información que obtenga, vería qué puedo hacer con ella para no involucrarte a ti o a algún yakuza…, o con lo que sea que ande jugando tu hermano.

Yūji suspiró. La idea sonaba mejor y más coherente que cualquiera de las que se le habían ocurrido a él hasta ahora.

—Consultaré contigo los detalles cuando los tenga. No metería en problemas a mi lindo Yūji.

—¿Lindo? —Era la primera vez que lo calificaban así. Era raro.

No resistió ninguno de los besos que llegaron a su mejilla o cuello. Se sentían bien. Muy bien. Cada uno de ellos le disminuyeron el peso que cargaba sobre los hombros.

Fue una excelente decisión recurrir a su profesor.

«Ya no tengo que lidiar con todo yo solo». Le importaba a alguien. Podía compartir sus alegrías y tristezas con otra persona. Justo a su lado había alguien que le prestaba un hombro para recargarse y le daba una mano para continuar su camino.

Ese alguien no era nadie más que el hombre que le repartía besos y caricias como si fuera su posesión más preciada. Unas veces lo hacía con fuerza, como si planeara devorarlo, fundirse con su esencia; otras, era gentil y delicado, temeroso de romperlo, como en ese momento.

Gojō no buscaba reconfortar a Yūji. No del todo. Un deseo egoísta lo movía. El deseo de mantener oculto su pasado. Si Yūji o Sukuna, o Megumi, llegaran a enterarse de algo, sería un problema, una amenaza para el estilo de vida que tanto trabajo le había costado crear.