CAPÍTULO LVIII

Yūji se encontraba tirado sobre el tatami. Nanami apagó su tercer cigarrillo en el cenicero justo al centro de la mesa. Decidió rellenar los huecos familiares, incluído el hecho de ser su padrino. Lo puso al tanto sobre cómo el viejo Wasuke le prohibió verlos para mantenerlos alejados de cualquier clase de peligro, además del proceder del dinero que les había heredado.

—¿Cómo te sientes? —Se animó a romper el mutismo tras un largo rato en silencio.

Yūji llevaba minutos enteros mirando el techo con una expresión inicialmente acongojada.

—Mejor. —Volvió a sentarse. En sus rasgos no había indicios de molestia o confusión; más bien, decepción y cansancio a causa de los continuos golpes emocionales y mentales—. Nanamin, ¿existe alguna forma de encontrarme con Getō en persona?

Por motivos personales, Nanami todavía no reunía el valor necesario para verlo de frente. Prefería evitarlo.

Yūji encogió los hombros.

—Es el mejor amigo de Gojō-sensei —continuó—; Sukuna lo conoce; tú trabajas bajo sus órdenes. Tan sólo…, quiero saber cómo es. Antes de que alguien lo mate o salga del país para nunca más volver.

Por más que quisiera negarse o buscar un escape a la situación, Nanami no deseaba romper los pocos ánimos del chico.

—Estás tomando esto con más calma de lo que imaginé.

—¿Qué otra cosa puedo hacer? —Ofenderse y hacer berrinche ya no se veía bien a su edad, mucho menos cuando no estaba en sus manos alterar el destino de quienes lo rodeaban.

—Está bien —respondió en un suspiro resignado—. Te llevaré con Getō. —Cruzado de brazos, apretó de más una mano.

Tal vez ese era uno de los retos que le ponía una entidad divina para comenzar a expiar sus pecados. No podía huir toda la vida. A sus casi cuarenta años, debía deshacerse de los fantasmas del pasado antes de que fuera demasiado tarde.

Por otro lado, no podría privar a su ahijado de conocer al único familiar —ignorando a Sukuna—, que se preocupaba por él desde las sombras. Sería algo bueno para ambos.

—Respecto a tu relación con Gojō… —Recibió una mirada preocupada, casi temerosa, por parte del muchacho. Quizá no era el momento idóneo para platicar del tema—. Hablaremos de eso más tarde. Vamos. —Se puso en pie.

—¿E-eh? ¿Ahora? —Lo imitó, creyendo que sería mucho más complicado obtener una reunión con un mafioso.

—Bueno, dijiste que querías conocer a Getō. ¿O acaso ya te has arrepentido?

—No. Es… es sólo... —Fue demasiado repentino.

Imaginó que lo dejarían para el próximo fin de semana o las vacaciones del término de ciclo escolar. Jamás exigió ver de inmediato a esa persona.

Negó con la cabeza en un vago intento por acomodar las ideas.

—Sí. Vamos.

Buscó tener sus pertenencias en los bolsillos antes de seguir a Nanami hacia el auto; a diferencia del de Gojō, en éste prevalecía un aroma inconfundible a tabaco.

—¿Tú también llevas un arma en la guantera?

—Por precaución.

Yūji no supo si reír o llorar. El plan era hacer una broma para relajar el ambiente. Lo que no terminaba de gustarle del todo respecto a Nanami, era el hecho de que parecía no entender el sarcasmo y la ironía en ocasiones; tomaba todo de forma literal.

—¿En verdad es tan peligroso pertenecer a la yakuza? —inquirió, guardar silencio durante el trayecto le traía malos recuerdos—. Es decir, lo poco que sé es por las películas y siempre los ponen como los malos del cuento, aunque nunca he visto en las noticias o Internet que causen problemas o maten tanta gente como hacen creer. Además, hay gente como tú entre ellos y eres una buena persona.

—Una buena persona —repitió en voz apenas audible. ¿En verdad podía considerarse como tal?

Por lo que escuchaba, era seguro que Gojō no le había explicado a detalle cómo se organizaba una Familia.

—Intentaré ponerlo en palabras sencillas. La familia Kamo… No, la yakuza, en general (y como todo en Japón), es una organización jerárquica, aunque con un código ético algo más estricto y sanguinario a lo habitual. Puede que no lo creas, pero los tatuajes son de los aspectos más representativos de este «código».

—Imagino que es por el tipo de dibujos que eligen, ¿no?

—En parte. La realidad es que en la yakuza no se tatua con la aguja eléctrica convencional, sino con un método tradicional que suele ser en extremo doloroso y sirve para demostrar tu dureza y el compromiso con el grupo al que perteneces. A ese tipo de tatuaje se le denomina: irezumi.

—Entonces… ¡Momento! Significa que el tatuaje de tu espalda…

—Sí. Es parte de lo que me atará a los Kamo hasta el día de mi muerte. Recuerdo que tuve varios episodios de fiebre mientras mi cuerpo se acostumbraba a la cantidad de pigmento inyectado entre sesiones. Me hizo sufrir el infierno en vida durante meses.

Auch.

—Como dato curioso, la piel tatuada de los miembros más célebres de la yakuza suele tener demanda en el mercado negro, así que no es raro comerciar o subastar la piel de un jefe fallecido. De hecho, suelen ser exhibidas con orgullo en galerías de arte del bajo mundo.

»Siguiendo con el tema principal, aunque la mayoría de las actividades de la yakuza van contra la ley, a diferencia de otros países, en Japón no es ilegal ser yakuza.

—¡¿Hah?! O sea, ¿literalmente tienen permiso de ser criminales?

—Más o menos. Lo que sucede es que sólo una escasa parte de nosotros son prófugos de la justicia. Fuera de ellos, casi todos cuentan con tarjetas de presentación. Incluso hay edificios de oficinas donde cada grupo gestiona diversas actividades; ingresos, egresos, finanzas en general; distribución de gacetas informativas, revistas, entre muchas otras cosas.

»El punto de que podamos tener bienes inmuebles regulados es para no caer completamente en la clandestinidad. De ese modo, cada familia tiene asegurado su territorio y, en conjunto, evitan que otras mafias ingresen al país, como la Rusa o la Triada China.

»A causa de eso, y que cada miembro debe cumplir un rol específico, no cualquiera puede pertenecer a la yakuza. Hay exámenes de ingreso muy rigurosos que…

—Espera, espera, espera. ¿O sea que para ser mafioso también se estudia?

—No diría que «estudiar» sea la palabra correcta, pero tenemos un sindicato y éste dicta una serie de reglas que no se pueden pasar por alto, entre ellas, debes pasar un examen escrito en el que se evalúa tu conocimiento sobre las regulaciones actuales del crimen organizado y las tradiciones de la yakuza. Así se filtran a los candidatos que pueden ser perjudiciales para nuestro sistema.

»Te estarás preguntando la razón de eso, pero es más evidente de lo que crees. Resulta que una de las actividades de la yakuza es el chantaje empresarial. Una de mis múltiples funciones, cuando trabajaba con Getō, era invertir en acciones de empresas de renombre para volver a la organización un accionista mayoritario.

»A partir de ahí, Ijichi se encargaba de buscar los trapos sucios de las empresas y amenazaba con divulgar sus hallazgos al público si no nos proporcionaban cierta cantidad de dinero para mantener la información oculta.

»Sin embargo, eso es sólo una parte. Por supuesto que existen otras fuentes de ingreso que de seguro ya imaginas: el tráfico de drogas, el contrabando de armas, la prostitución, el tráfico de personas, los centros de apuestas, entre otras cosas. Por darte ejemplos, los burdeles, el pachinko y los host club son negocios de la yakuza o sus asociados.

»En fin, para no aburrirte más, así como es complicado entrar, también es complicado salir, en especial porque la mayoría de salidas van acompañadas de amputaciones, torturas y suicidios forzados.

—Entonces, tú y Gojō-sensei…

—Realmente fuimos afortunados de que el mismísimo oyabun nos haya cubierto la espalda. Supongo que lo que tuvimos que hacer para salir ya te lo contó Gojō.

—Sí.

Tras asimilar la bomba de información lo mejor que pudo, Yūji, sin malas intenciones, se adentró a un terreno al que no debía ingresar.

—Ahora que has tenido la oportunidad de vivir fuera de la yakuza, ¿extrañas volver?

Nanami apretó el volante bajo sus dedos. No echaba de menos su antiguo trabajo ni ensuciarse las manos; no obstante, sí añoraba algo o, más bien, a alguien.

—Si tuviera un corazón más frío —respondió con un nudo en la garganta—, quizá consideraría volver.

Yūji meditó esas palabras antes de proseguir.

—¿Cómo fue que te metiste en eso? —Conocía la historia de Gojō, mas no podía asumir que todos entraban del mismo modo. Una persona tan seria y recta como Nanami… No imaginaba la clase de motivos que pudieron orillarlo a ser un asesino chantajista.

—Nací dentro de ese medio. No tuve opción.

—¿O sea que fuiste igual que Getō?

—Parecido —aclaró la garganta—. Mi familia se dedica a criar sirvientes, por decirlo de alguna forma. Nos enseñan a salvaguardar la integridad y los secretos más profundos de nuestro superior inmediato. Los más afortunados terminamos siendo la mano derecha de un oyabun y se nos asigna el título de kobun.

—¿Eres la mano derecha de Getō?

«Solía serlo». Nanami asintió sin despegar los ojos del camino.

—Me lo presentaron en mi cumpleaños número diez. Getō en ese entonces tenía sólo dos años. Y me dijeron que mi trabajo sería dar todo por él; la vida en caso de ser necesario. Pasé un tiempo bajo el mando de su padre para aprender a manejar temas administrativos y poder apoyar a Getō cuando tomara el cargo.

—¿Y cómo es él?

Nanami dudó la respuesta. ¿Se refería al físico? ¿A la personalidad? ¿A su estatus como mafioso?

—Me imaginaba a alguien relajado como Gojō-sensei, por el hecho de que son amigos, pero si es un jefe yakuza…

—Llegamos —interrumpió Nanami al reconocer la desviación en la carretera.

Yūji vio el mismo escenario que Sukuna, sólo que sin estar herido de gravedad.

Mentiría si dijera que no le generaba incomodidad el ver hombres de traje, armados. No obstante, su atención daba saltos entre un detalle y otro; el pulcro jardín, la arquitectura clásica nacional, los amplios pasillos adornados con frases y pinturas en referencia a los samuráis, peces koi y dragones. Le dieron ganas de tomar fotografías como si se encontrara en un museo.

—En un momento vendrá el jefe. Pueden esperar aquí —dijo uno de los guardias, dándoles acceso a un salón preparado para ellos, donde algunas mujeres acomodaban botanas y té, en lo que se cocinaban platos más sustanciosos.

—Con permiso —habló Yūji con la cortesía de quien entra a una casa ajena.

—Bienvenido, maestro —contestaron todas las mujeres al unísono con una reverencia antes de retomar sus labores.

—Te acostumbrarás —agregó Nanami, al ver que un muy atónito Yūji le volvía la mirada con una interrogante marcada en cada milímetro de sus facciones.

—Espero que no —replicó en voz baja. Carecía de las intenciones necesarias para entrar a un territorio yakuza por gusto y con frecuencia.

Nanami y Yūji se sentaron frente a frente en la parte más angosta de la mesa..

Nanami mantuvo la mirada fija sobre su taza de té. No lograba concebir cómo es que el muchacho comía con tanta paz y tranquilidad. ¿Acaso no padecía la más mínima náusea de inquietud por conocer a uno de sus familiares?

Sin duda alguna, el chico nunca dejaba de sorprenderlo. La mayoría creería que se trataba de alguien simple y predecible; sin embargo, Yūji siempre hacía algo que se escapaba a la percepción humana normal.

Para Nanami, los minutos transcurrieron como las horas que aguarda un reo de cárcel para enfrentar el juicio final y perecer en la silla eléctrica. Las palmas de las manos sudaban sin control y la garganta se secaba cada vez más, como si el té fuese un potente veneno que alteraba la respiración.

«Necesito fumar» pensó.

La puerta se abrió antes de poder exteriorizar la idea con Yūji.

Por el marco cruzó un hombre de cabello largo y negro, recogido en una media coleta con un mechón cayendo por la frente; tez blanca, ojos oscuros y cejas finas. Vestía un atuendo tradicional que Nanami recuerda haber visto en el anterior jefe.

La diferencia entre el anterior oyabun y éste, era que el nuevo llevaba un brazo por fuera de la ropa, haciendo que luciera parte del irezumi en la espalda y del que cubría toda la extremidad expuesta.

Las pupilas de Nanami se dilataron en milésimas de segundo. Ahora Getō cargaba con todo el porte y estilo de un verdadero oyabun. Sentía que lo conocía y, al mismo tiempo, que era una persona completamente diferente.

Volvió la mirada hacia el té en el instante en que los ojos de ambos se cruzaron a la distancia.

—Esto es una verdadera sorpresa y eso que aún no es mi cumpleaños—agregó Getō, con una tonalidad serena y bromista—. ¿A qué debo tan repentina visita? —cuestionó, sentándose a la cabecera de la mesa.

Hanami entró justo detrás de él y se apresuró a servirle la bebida. Getō la detuvo con un gesto de mano. La junta previa había resultado sofocante y no tenía ánimo para seguir bebiendo.

Nanami miró de reojo a la mujer.

«Así que ella se convirtió en mi reemplazo».

—Ah, esto… Mi nombre es Yūji. Itadori Yūji. —Se señaló a sí mismo, apenas inclinando la cabeza en un gesto cortés.

—Suguru Getō. Un placer. —No se aventuró a decir más hasta que alguien le explicara qué estaba pasando. Y sabía quién iba a ponerlo al tanto de la situación.

Por las facciones tan apacibles y la voz moderada y clara, Yūji dudó que ese sujeto cargara con una organización criminal a sus espaldas. Lucía muy joven. Las películas siempre colocaban a un viejo arisco de voz rasposa en ese tipo de posición. Se sentía engañado —una vez más— por Hollywood.

—Quería conocerte —aclaró Nanami, ajustándose las gafas, sin levantar la vista—. Gojō le contó todo.

Getō levantó los párpados más de la cuenta por breves instantes.

—Con «todo» te refieres a…

—Cada detalle de su pasado. El funcionamiento de la familia, la organización interna, los negocios. En general, la información clasificada.

Getō exhaló con frustración.

—¿Qué demonios tiene Satoru en la cabeza?

«Otra versión suya, algo más psicópata, con la que a veces pelea». Nanami tuvo que aguantar las ganas de soltar aquello, como en los viejos tiempos en los que bromeaba con la seriedad suficiente para que Getō le reclamara que para ser gracioso lo debía exteriorizar con menos formalidad.

—Yo sólo rellené los huecos familiares… Por salud mental.

Getō le señaló la puerta a Hanami y esperó a que se retirara antes de proseguir.

—Eso significa que ya sabes quién soy —se dirigió a Yūji, quien asintió en respuesta—. Y supongo que esto debe ser extraño para ti, así que no te pediré que me llames «tío». Puedes tratarme como gustes.

»He de aclarar que hubiera preferido conocerte en otras circunstancias. Cuando menos, tú no llegaste con heridas de bala, una perforación intestinal, drogado y atravesado por una sesión corta de tortura con amenaza de asesinato incluída.

Para los otros dos fue evidente saber que se refería a la condición en la que Sukuna ingresó a las instalaciones.

—¡¿Cómo dices?!

—¡¿Qué demonios…?!

Yūji y Nanami reaccionaron al unísono. Se miraron antes de clavar su atención en Getō.

—Ya me imaginaba que Satoru no les había dicho todo (como si no lo conociera).

—Yūji —reclamó Nanami.

—¿Yo qué? Él me contó que le disparó y lo trajo para acá. No sabía que había más detalles.

—No le habría roto la nariz y una costilla a mi mejor amigo por nada —explicó Getō—. Créanme que lo hubiera dejado peor, pero alguien debía conducir de regreso y entre más maltrecho estuviera, más aumentaba la probabilidad de que tuviera un accidente en carretera (y Sukuna debía volver en una sola pieza).

Nanami nunca notó lo de la costilla. Quizá porque no era la primera vez que aquello le pasaba a Gojō y podía disimularlo muy bien.

Yūji se detuvo en seco a recapitular lo último que vivió con su pareja. ¿En verdad tenía un hueso roto?

«Se movía un poco más lento… También se agarró del marco de la puerta del auto al subir y bajar». No eran acciones que Gojō efectuara de manera cotidiana, mas no aparentaban ser nada fuera de lo ordinario.

—Eh, Yūji —habló Getō—, si me permites preguntarte, ¿por qué Satoru te platicó todo eso?

Tanto él como Nanami se mantuvieron atentos. Gojō era una criatura muy errática tanto en acciones como en pensamientos y necesitaban corroborar si el chico se hallaba en peligro.

—Pues… —Yūji no sabía cómo abordar el tema. No tenía normalizado exteriorizar detalles de su relación—, verás, entre Gojō-sensei y yo pasaron algunas cosas, así que acordamos no tener secretos y, bueno, de repente me contó todo esto de la yakuza…

Suspendió las palabras a propósito.

—¿Puedo saber cuánto tiempo llevan saliendo?

—Poco más de un año.

—Es extraño. —Elevó una mano para sostenerse el mentón.

—¿Qué cosa?

Getō hizo una pausa, vacilando. No planeaba meter cizaña en una relación ajena, mas no era normal lo que ocurría entre ellos, en especial conociendo a Gojō.

—Verás, Satoru no es una persona que suela durar más de un par de meses con pareja. Sin mencionar que, después de todo lo que te contó, tú estás…

—Vivo. —Nanami terminó la frase, los brazos cruzados y el ceño levemente fruncido.

—Y eso no es… ¿bueno? —Yūji enarcó una ceja en señal de extrañeza.

—Gojō suele dejar ir a una víctima informada sólo cuando la tiene vigilada —explicó Nanami—. Por lo general, para ese momento ya ha intervenido sus medios de comunicación. Le divierte la desesperación ajena. Después…

—Hace que la persona desaparezca sin dejar rastro —complementó Getō.

Yūji agachó la cabeza, juntó las cejas hacia el centro y su rostro comenzó a vaciarse de la usual vitalidad que rebosaba.

A ojos ajenos el muchacho podría lucir preocupado por su bienestar; conclusión errónea. A Yūji le preocupaba Gojō.

En cada una de sus memorias lo recordaba con expresiones bobas, risueñas y enérgicas de cuando se divertían juntos; mirada ardiente, entusiasta y deseosa cuando lo tocaba y lo besaba; gestos pacientes y relajados siempre que lo asesoraba y escuchaba sus problemas.

Al Gojō agitado, confundido y atribulado sólo lo había visto una vez. La última que estuvieron juntos.

Incluso si buscaba un pequeño indicio de traición y engaño en él como argumento para romper con su relación, la idea de estar separados hacía que le temblaran los labios y le escociera la mirada.

Se puso en contra de Sukuna y Fushiguro por dar validez a las acciones de la persona de la cual lentamente se fue enamorando, para llegar a la aflictiva y abrumadora situación que tenía delante.

¿Era correcto sacar de su vida a una persona que depositó su confianza en él y le habló con la verdad, sólo por estar vinculado con el bajo mundo? De ser así, Yūji era peor que Gojō. Compartía sangre con un capo mafioso.

—Escucha —Getō rompió el mutismo. Llevó una mano hacia el hombro del chico—, no soy bueno con las palabras, pero puedes estar seguro de que me desharía de cualquier persona que intente dañarte a ti o a tu hermano. Incluso si se trata de Satoru.

La forma en la que Getō hablaba hacía que Yūji experimentara una calidez singular en el pecho. Conocía el dicho de «la sangre llama», aunque desconocía si se refería a lo que sentía en ese momento.

No obstante, la última frase que salió de los labios ajenos le tensó los hombros. Emplear un tono más grave y serio no ayudó en absoluto.

—Quiero saber una cosa. —Dirigió la vista hacia ese pariente directo que le profería tanta confianza.

—Dime.

—¿Puedo confiar en Gojō-sensei?

—Si quieres que te ayude a deshacerte de un cadáver… —agregó, encogiéndose de hombros.

—Sug… ¡Getō! —reclamó Nanami.

—Ah, cierto, que Nanami es mucho mejor para esa clase de trabajos.

Yūji quedó atónito. No por el impacto de la respuesta, tenía demasiadas emociones encontradas como para decantarse por una.

«Con que… tampoco volverás a usar mi nombre» dijo Getō para sus adentros. Por protocolo, vía telefónica no mencionaban sus nombres; cara a cara era una historia distinta. Si algo añoró durante años, era escuchar un «Suguru» de los labios de Nanami.

—¿Sí sabes que él y yo estamos saliendo, verdad? Gojō-sensei y yo.

—En efecto.

—Y… ¿Te parece bien eso? ¿No crees que es extraño?

—Hmm. ¿Extraño? No tanto. No son la única pareja del mundo que es homosexual o que se lleva una buena cantidad de años. Por el lado de Satoru, podría decir que es de las decisiones más normales que ha tomado.

»¿Me parece bien? Definitivamente no. Si nos ponemos estrictos, haría que lo dejaras. Mantenerte lejos de ese loco es lo mejor para ti. Aunque no puedo obligarte ni soy quién para darte un sermón al respecto. En especial porque, cuando era más chico, tuve una relación que pudo acarrear muchos problemas en la yakuza si se descubría.

—¿Por qué? —Yūji jamás preguntaba algo que no le concerniera, mas no podía ocultar su curiosidad por saber qué tipo de relación amorosa metería en problemas a un mafioso.

—Ah, bueno, yo… —No esperó tener que responder a eso—. Verás… —cierta dificultad en la voz hizo que arrastrara las palabras—. De entrada, también era un hombre unos años mayor que yo. Empezamos a salir cuando yo tenía catorce… —calló a propósito, elevando la mirada en busca de ayuda divina.

—Eres bastante promiscuo, ¿verdad?

—Mira quién habla. —Un tic nervioso le hizo temblar una ceja—. ¿Tengo que recordarte que Satoru tiene más de treinta?

—¡Pero yo estoy a nada de cumplir veinte! ¡No tengo catorce! Bueno, quizá te estoy juzgando demasiado. ¿Cuántos años se llevaban?

—Ocho.

Yūji se detuvo a sumar con los dedos.

—¡¿A los catorce salías con alguien de veintidós?!

—Para hacer un cálculo así con los dedos, te debe ir fatal en matemáticas. ¿Qué sería de ti si tu novio no te diera esa materia?

—¡Me mandó a curso de recuperación dos veces! Y en una de esas ocasiones pudo pasarme sin mucho problema. ¡Sólo me faltó una décima para acreditar! Incluso intenté sobornarlo con helado y dulces.

—Una mamada hubiera sido más efectiva.

—¿Qué clase de tío da esa clase de consejos? —agregó Nanami, sobándose el puente de la nariz a causa de la ridícula conversación.

Les ayudó a relajarse por un momento; sin embargo, la mente de Yūji estaba lejos de dejarlo sosegarse. Había saltado un hecho que lo afligió desde el primer día de establecer una relación sentimental.

—El que ya no estés con esa persona ahora… ¿Crees que fue por la edad que se llevaban?

—En absoluto. —Negó con la cabeza.

—¿Entonces por qué…?

—¿Por qué ya no estamos juntos? —se adelantó a terminar la pregunta.

Yūji asintió.

—Tuve que tomar una decisión difícil. Era él o yo.

«¡¿Lo sacrificó?!». El shock mental de Yūji se trasladó a su rostro.

La mesa causó un estrépito a causa del movimiento de Nanami al levantarse. Su rodilla chocó contra la madera. No planeó que fuera intencional.

Recibió miradas inquisitivas.

—Saldré a fumar —anunció, las manos hechas puño.

Cruzó la habitación en un par de zancadas. La puerta emitió un ruido sordo al cerrarse tras su salida.

—Es la primera vez que lo veo tan necesitado de nicotina —opinó Yūji—. Seguro lleva varios días estresado.

Getō apretó los labios en una fina línea mientras miraba el lugar por el que Nanami partió. Permaneció en silencio, dialogando con sus demonios internos.

El único don con el que Yūji había sido bendecido le permitía comprender los sentimientos más profundos de las personas. Si la intuición no le fallaba, algo mortificaba a Getō, y por lo que acababa de ocurrir, cabía la posibilidad de que Nanami tuviera que ver con ello. Odiaba que lo consideraran un entrometido, así que no preguntaría al respecto.

En su lugar, recargó las palmas de las manos en el suelo. El cojín violeta sólo abarcaba lo necesario de un asiento. Fijó la mirada en el techo.

«Necesito hablar con Gojō-sensei».

Fue estúpido dejar tantos temas a la deriva. Sí, explotó a causa de la transgresión hacia Sukuna; uno de sus mayores miedos era perderlo.

No obstante, jamás le dio oportunidad a Gojō de explicar por qué le platicó todo eso. Ahora sólo quedaba un remanente que le hacía ruido en la conciencia.

—Por cierto —dijo, retomando su posición inicial, la mirada sobre su tío—, Gojō-sensei mencionó tener, eh, un tipo de trastorno. Era… Sonaba como a bipolar. —Olvidó el término correcto.

—Ah. —Las palabras ajenas lo trajeron de vuelta a la realidad—. Su trastorno de identidad disociativo.

—¡Eso!

—No es algo que suelte a la ligera. Puedo contar con una mano a la gente que está al tanto de eso. —Levantó cuatro dedos frente a él—. Me sorprende que también te lo comentara.

—No luces sorprendido.

—A estas alturas, nada de lo que haga Satoru me resultaría sorpresivo.

—¿Eso debería preocuparme?

—Sólo si te molesta que haga cosas extrañas de la nada. Si te soy sincero, incluso cuando estaba más cuerdo ya era un poco raro.

—Ah, no. Eso está bien. Es divertido hasta cierto punto. Me refiero a que, si debería preocuparme que esté mal de la cabeza.

Getō tardó en responder. Contempló sus propios dedos entrelazados sobre la mesa.

—Por lo que sé, Satoru tiene plena consciencia de lo que hace su «otro yo» y viceversa. No es como si fueran dos personas independientes, es más como si tuviera dentro una maldición y se vieran obligados a compartir el mismo cuerpo, conviviendo de forma constante.

»También pueden cambiar lugares, por decirlo de alguna forma, aunque el Satoru original es quien decide si lo deja ocupar su lugar o no. O, cuando menos, eso fue lo que él me aseguró.

»Le creo, sabes. En todos los años que permaneció en la yakuza, nunca me dio problemas significativos (más allá de sus berrinches ocasionales).

»Por si las dudas, desde el inicio planeaba tomar medidas en su contra si tú o tu hermano desaparecían durante uno o dos días seguidos.

—¿Gracias? Supongo.

La tensión en el ambiente se disipó mientras charlaban. Yūji fijó su atención en el brazo tatuado y, de forma discreta —ni siquiera se esforzó en disimular—, estiró el cuello para intentar ver un poco más el dibujo que se plasmaba en la espalda ajena.

—¿Quieres verlo? —indagó Getō, retirando la parte superior de sus ropas sin esperar respuesta. Dio media vuelta sobre su lugar.

Los párpados de Yūji se elevaron más de la cuenta al visualizar al tigre en su totalidad.

—Es igual que el de Nanamin.

—Oh, así que ya se lo viste.

—¿Seguimos hablando del tatuaje, cierto?

Getō no pudo evitar soltar una corta carcajada. Regresó las prendas a su sitio y se giró para poder hablar de frente.

—Cuando tú y Sukuna nacieron —explicó—, planeaba hacerme un par de tigres como homenaje y, por aquellos días, tu padre escogió a Nanami como padrino de sus gemelos. Claro que, Nanami, al conocer el motivo de mi irezumi, se ofreció a cargar con uno de los tigres. Así fue como cada quién terminó con uno en la espalda. Aún así, parece que él hizo todo el trabajo que me correspondía.

»Espero que no le guardes rencor. A él le hubiera gustado criarlos a ti y a tu hermano. No fue posible porque…

—Descuida —interrumpió—. Me contó lo del abuelo. También me dijo sobre el dinero que mi madre le mandaba. De hecho, Sukuna y yo seguimos subsistiendo con eso.

Getō estaba al tanto de la parte monetaria. Sin embargo, le llamó la atención que el otro pronunciara a su progenitora con tanta casualidad.

—¿No te gustaría conocerla? A Kaori, tu madre.

—Así que ese es su nombre —habló con un tono tan bajo que pareció susurro. Una tibia sonrisa le ablandó las facciones—. Si nos hubiéramos conocido a mis catorce o quince, probablemente habría dicho que sin dudarlo.

—¿Qué fue lo que te hizo cambiar de opinión?

—Creo que cualquier madre que quisiera un poco a sus hijos los buscaría sin importar la situación.

—Ella…

—Quizá tuvo sus motivos. No lo sé. Tampoco le guardo ningún tipo de sentimiento negativo, es sólo que… No sabría qué sentir al tener de frente a una persona que jamás en la vida he visto. Incluso si dice ser mi madre, sería extraño. Tal vez incómodo.

—Hmm.

—¿Qué? ¿Lo que dije fue raro?

—No exactamente. Creo que puedo entender por qué le gustas a Satoru.

Yūji se limitó a inclinar la cabeza, como si el nuevo ángulo le permitiera comprender la delicada sonrisa zorruna en los labios ajenos.

«Eres entretenido» pensó Getō. En todo ese tiempo el chico habló como si se tratara del clima. No había dolor, confusión o nostalgia en su semblante al tratar un tema delicado sobre su madre o su repentino abandono.

No era madurez lo que había en Yūji, sino una mezcla de desapego y desinterés; curioso al provenir de una persona que despide tanta empatía e instinto de protección. ¿Qué otro motivo habría si no, para buscar al tío y no a la madre?


Nanami le dio una calada a su quinto cigarrillo. Dejó que el humo se deslizara hacia el interior para pudrir más sus pulmones. Sabía que era dañino. Una reverenda porquería.

No obstante, la taquicardia había desaparecido. Las manos ya no le sudaban sin control. Por contradictorio que resultara, sentía que podía respirar mucho mejor ahora. La presión en el pecho y el nudo en la garganta se habían esfumado.

—¡Ah!

Giró en dirección hacia el grito sorpresivo proveniente de uno de sus costados.

—¡Eres tú!

Le dijo una chica que aparentaba no ser mucho más grande que Yūji, de cabello castaño claro atado en una coleta.

—¡Vamos, vamos! ¡No hay tiempo que perder!

Sin verse capaz de protestar, sumido en un completo estupor cerebral, fue tomado del brazo para ser arrastrado dentro de la mansión.