CAPÍTULO LX

—Sólo por curiosidad, ¿qué fotografía encontró? —cuestionó Nanami.

—¿Recuerdas cuando fuimos a Hokkaido? —agregó Getō.

—Claro.

—Fue la que te tomé en el puente.

Una incómoda tensión decidió pulular cual mosca en el aire. Ese viaje permanecía con más claridad que cualquier otro en las mentes de ambos por un suceso muy peculiar.

Tras largos minutos en silencio —bien pudieron ser horas—, Nanami se aclaró la garganta para hablar, a la par en que se ponía en pie.

—Está bien. No diré nada para comprar algo de tiempo, pero te sugiero que hables con ellas. Tienen edad suficiente. Seguro entenderán tus razones.

Getō se limitó a ver la espalda de Nanami, quien se dirigía hacia la puerta. De repente, el tiempo pareció detenerse y el segundero del reloj resonó en sus oídos con una lentitud alarmante.

Por segunda vez, sólo podía quedarse quieto mientras veía a Nanami partir; la primera ocasión derivó en estrés, ansiedad y depresión, ocasionales pensamientos suicidas y ataques de pánico.

Ahora no tenía una mafia que arreglar ni unas niñas que criar. ¿Qué podría ocurrir esta vez?

«No quiero…» Revivir la desesperación, la dificultad respiratoria, las noches de insomnio, los gritos incesantes en la cabeza que le privaban del sueño; el hombre que se alejaba de él una vez más era el mismo que mantenía su cordura y su sanidad, pero ¿a qué precio?

Lo que menos deseaba era ver a Nanami sufriendo por su ineptitud; sacrificándose por su bienestar.

Al mismo tiempo deseaba ser un maldito egoísta y encadenarlo a su existencia.

¿Qué más podía hacer cuando se había vuelto dependiente de sus caricias y cuidados? ¿Cómo debía actuar en soledad cuando él era la luz entre las sombras?

Si Nanami era el adicto, ¿por qué el síndrome de abstinencia lo padecía él? ¿Por qué sufría tanto al tenerlo lejos? ¿Por qué era consciente del infierno que vivía cuando no estaba con él?

Se levantó del asiento. Le bastaron un par de zancadas para alcanzar al otro. Le inmovilizó por un brazo, colocó un pie detrás del punto de equilibrio opuesto y con un preciso movimiento de judo, derribó a Nanami, acomodándose a horcajadas sobre el torso para evitar que se levantara.

—¿Qué estás…?

—¡Si no voy a verte de nuevo…! —bramó Getō, la voz se le cortó a media frase—. Si vas a irte de nuevo… Entonces no importa lo que haga justo ahora, ¿no es así?

Nanami no logró articular.

Cualquier intención de sacarse de encima al otro desapareció al ver sus facciones descompuestas en angustia y aflicción.

Jamás, en los años que pasó junto a Getō, lo había presenciado tan descolocado, ni siquiera cuando el problema con los Zen'in estalló.

Sus labios fueron tomados en un beso dolido y desesperado que no le permitió reaccionar. Un beso cargado de arrepentimiento y melancolía que quemaba y le carcomía.

Un cúmulo de cuestionamientos azotaron su subconsciente, privando a sus neuronas de transmitir órdenes adecuadas para actuar.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Volvimos! —exclamaron Yūji y Nanako al unísono, presenciando una escena digna de drama televisivo.

Nanami y Getō miraron hacia la entrada.

La puerta se cerró tan rápido como se abrió, dejando al par de hombres fríos y atónitos, por la clase de espectáculo que acababan de proporcionar.


—Así que —habló Yūji, cómodo sobre el asiento del copiloto—, tú y el tío Getō…

—Una palabra más y dejaré que regreses a pie lo que queda del camino.

—¡Señor, sí señor! —respondió en tono marcial.

Antes de salir de la residencia, Getō les ofreció pasar la noche mientras reparaban los lentes de Nanami. Este último se negó al contar con un repuesto en la guantera del auto.

Yūji se mantuvo en silencio. Por instantes recordó el salón de clases. Le molestaba cuando Nanami se ponía serio e inflexible. No sabía cómo lidiar con él en esas circunstancias. Además, tenía muchas dudas sobre la relación de este con Getō. Si se basaba en lo que vieron sus ojos, ellos eran pareja, ¿no?

Sin embargo, aquello levantaba aún más cuestionamientos, pues tanto Nanami como Getō permanecieron tensos durante la despedida, retomando la relación jefe-subordinado.

La curiosidad no desaparecería con facilidad, mas no debía indagar donde no le correspondía. Por suerte, había despejado muchas inquietudes tras conocer a Getō y, en el fondo, experimentó alivio al tener más personas con quienes podía contar. Ya no serían sólo Sukuna y él.

Al volver a casa de Nanami, la extraña tensión que los asoló a ambos durante el trayecto, desapareció; no de sus mentes, sino de sus hombros. Un leve progreso.

—Por cierto, Nanamin —habló mientras el nombrado sacaba algunos recipientes del interior del refrigerador—, ¿debería llamarte «tío» ahora? «Padrino» suena muy mafioso.

—Que conozcas la historia completa no significa que deba cambiar nuestro trato.

—Entendido. —Podría parecer que respondía a una orden, aunque en el fondo le aliviaba no tener que modificar nada al respecto.

—¿Qué piensas hacer ahora? Es decir, tienes a un tío que mataría a quien fuera si se lo pidieras —explicó, pues el chico apenas inclinó la cabeza y reflejó en la mirada una interesante duda—, sin mencionar que podrías solucionar tus problemas económicos y los de tu hermano. Además, te dijo que podían pedirle lo que fuera, sin importar que tan alocado o ilegal resultara. ¿No pensaste en algo que siempre hayas querido tener o hacer?

—Hmm. —Se sostuvo el mentón con una mano, la otra la llevó a la cadera—. Creo que debo hablar con Sukuna. Yo no tengo nada en mente a decir verdad, pero él es la encarnación del caos y siento que podría intentar seguir los pasos de Getō.

Lo último era algo que también le preocupaba a Nanami.

—De hecho —continuó Yūji—, me gustaría volver a hablar con Getō para saber si hay alguna forma de frenar a Sukuna en caso de que decida ir con él. ¿Puedo volver contigo el próximo fin de semana? (Le dijiste que regresarías).

Nanami guardó silencio. Yūji anticipó una negativa a causa de ello.

—No me lo tomes a mal —respondió Nanami—, pero hay ciertos asuntos que necesito tratar con Getō y preferiría hacerlo a solas. Apenas podría poner sus pensamientos en orden durante las horas de descanso que se le permitían como docente. Le urgían unas vacaciones.

Lo que Getō hizo y dijo ese día era algo que no podía pasar por alto ni fingir que nunca ocurrió. Aparte, detestaba dejar los asuntos inconclusos y, por absurdo e iluso que sonara, existía la minúscula probabilidad de recuperar lo que forjaron en el pasado. Sin los problemas de la yakuza de por medio y con la dependencia a la cocaína resuelta, ahora había una posibilidad.

No podía huir toda la vida.

Lo intentaría.

—Te llevaré en cuanto termine mis asuntos con él, ¿está bien?

Yūji asintió. No podía hacer otra cosa de todas formas.

Nanami abrió la boca para decir algo más; no obstante, fue interrumpido por el sonido del timbre en la puerta.

Volvió la mirada al reloj digital del microondas. Pasaban de las nueve de la noche. ¿Quién podría buscarlo tan tarde?

Ambos salieron de la cocina. Yūji se detuvo en el pasillo que separaba esta de la sala. Nanami avanzó hacia la entrada y abrió la puerta.

—Hey, Nanami —saludó Gojō, sacando una mano del bolsillo de la chamarra de cuero negra—. Sé que es algo tarde, pero hay algo importante que debes sa…

Pese a que Gojō se sorprendió al ver a Yūji a la distancia, lo que en verdad le cerró la boca y le borró la sonrisa fue recibir de lleno un puñetazo que, de no haberse distraído con el chico, pudo haber esquivado con facilidad.

Nanami no dejó que su compañero cayera. Lo tomó por los hombros y lo atrajo de un tirón para propinarle un rodillazo en el abdomen.

Gojō se dobló sobre sí. Perdió el aliento y le entraron náuseas. No vomitó porque su última comida ya había hecho digestión, de lo contrario, estaría volviendo todo en el piso.

De nueva cuenta, con el puño cerrado Nanami golpeó la cabeza opuesta, obligando a Gojō a caer al suelo.

Justó él iba a ser el tema de conversación que pretendía tocar con Yūji antes de que los interrumpiera.

Gojō comenzó a toser de manera abrupta, casi sin aliento. Necesitaba levantarse, pero la cabeza le dio vueltas y decidió recordarle que el tabique de su nariz seguía fracturado (de milagro esa zona no fue afectada), al igual que una de sus costillas, la cual, le obligó a apretarse el torso con ambos brazos y girar sobre el piso, dándole la espalda a su oponente.

De su labio inferior emanaba sangre y veía borroso de un ojo, pues fue ahí donde recibió el primer puñetazo. Los lentes se resbalaron justo después de dañar la piel donde se recargaban.

Nanami avanzó con determinación de mandar a ese pedazo de imbécil al hospital; sin embargo, Yūji frenó sus pasos al interponerse en su camino, colocando una pierna delante de la otra y los brazos flexionados hacia el frente; la clásica pose de boxeo.

—Vuelve adentro. El asunto no es contigo —ordenó Nanami, apretando la mandíbula al terminar.

—Lo sé —respondió con la misma determinación que había en su mirada—, pero no puedo simplemente quedarme de brazos cruzados mientras veo como le dan una paliza a mi novio.

—Sólo fue porque me distraje un poco —se excusó Gojō, poniéndose en pie a duras penas con ayuda del barandal que delimitaba el corredor exterior—. Nunca he perdido una pelea y esta no será la…

—Sensei —le cortó en seco, un tono más severo del que solía usar—, Getō nos dijo que tienes rota la nariz y una costilla, así que quédate quieto.

Si Yūji hubiese volteado, habría notado los ojos abiertos y las cejas levantadas que anunciaban a los cuatro vientos la sorpresa de Gojō.

«¿De qué me perdí?», se cuestionó a sí mismo.

Aquellas palabras le aclararon que, de alguna manera, Yūji y Nanami se habían reunido con Getō. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Para qué? ¿Por qué?

Agitó la cabeza. Eso no era lo importante. Posó una mano sobre el hombro del chico con el objetivo de apartarlo sin brusquedad.

—En verdad, no es nece…

Yūji se sacó de encima el agarre al aventar el hombro hacia atrás.

—¡No pienso repetirlo de nuevo! —vociferó, el entrecejo fruncido y con los ojos advirtiendo a Gojō que lo noquearía en caso de ser necesario.

Gojō recibió fuerte y clara la advertencia. Dio un paso hacia atrás. Por una parte, aquello demostraba que Yūji aún lo reconocía como pareja y lo último que pretendía era enfadarlo más; no sólo porque lo suyo seguía irresoluto, sino porque muy en el fondo algo se estremecía cuando veía al muchacho enojado.

—Y justo cuando pensé que no podías caer más bajo —habló Nanami, soez y desdeñoso—. Nunca dejas de sorprenderme. ¿En verdad vas a dejar que un niño te defienda? —No pretendía herir a Yūji, sólo buscaba provocar a Gojō para terminar lo que empezó.

—Es mucho más hombre de lo que yo fui cuando tenía su edad.

—Bueno, eso debo reconocerlo —aceptó Nanami—. Además de que también tiene la sensatez necesaria para no meter su pene en cualquier agujero, embarazar gente o tomar decisiones cobardes.

—¿Qué? —alcanzó a proferir Yūji a modo de susurro.

—¿Cómo? ¿No te lo dijo? ¿No se supone que te contó toda su vida, obra y gracia?

—¿Tienes… Tienes hijos? —No le molestaría si se lo hubiera confesado aquella ocasión en el auto, pero escuchar tal declaración después de haberle jurado verdades era algo…

—¡¿Qué?! ¡No! —Gojō espetó al instante y Yūji ladeó el rostro, no lo suficiente para que sus miradas se encontraran—. D-debes créeme, Yūji. No tengo.

—Estoy a favor de Gojō esta vez —continuó Nanami—. Después de todo, solía destazar vivas a las mujeres que terminaban embarazadas de él. Así que ninguno de sus hijos nació.

Ahora Gojō entendía por dónde iba esa conversación. Si la dejaba fluir, en verdad terminaría perdiendo a Yūji.

El chico bajó los brazos, abandonando su posición defensiva.

—Esa es la clase de persona con la que estás saliendo —advirtió Nanami—. No le importa ninguna vida que no sea la suya y considera que las personas son objetos de los cuales disponer para no aburrirse nunca.

—No es verdad —agregó Gojō—. Tal vez hice cosas en el pasado que no fueron las mejores… Te-te lo dije, Yūji, ¿recuerdas?

—¿Crees que de verdad podrías importarle a una persona así?

—Vamos, Yūji, sabes todo lo que he hecho por ti. Claro que me importas.

—¿Cuánto más crees que soporte jugar contigo antes de botarte? ¿No te das cuenta que para él no vales como persona?

—Desde el primer día me he tomado en serio mi relación contigo. Nunca pensé en ti como un…

—¡Abre los ojos de una maldita vez!

—¡Suficiente! —Yūji explotó. No quería saber más. No quería escuchar más. ¡Estaba harto!

Sólo era un chico más del montón; enamorado y con el deseo de tener una vida feliz. ¿Por qué debía verse inmiscuido en una situación tan complicada?

Tomó a Gojō de la parte final del brazo y pasó por un lado de Nanami.

—Después no digas que no te lo advertí.

Tanto Yūji como Gojō escucharon aquellas palabras.

Yūji agarró sus zapatos del genkan y continuó avanzando con prisa en dirección a las escaleras, halando a un hombre que necesitaba atención médica.

Gojō no dijo nada sobre el dolor que sentía. Yūji debía tener muchas cosas en la cabeza para no percatarse de la fuerza que ejercía sobre su muñeca.

Al llegar al estacionamiento, Yūji soltó a Gojō y lo miró de reojo. Se recargó sobre el cofre del auto deportivo negro que conocía bien y comenzó a colocarse los tenis.

—No creo que sea conveniente que conduzcas así.

—Puedo hacerlo. No me siento mareado. ¿Quieres que te lleve a tu casa?

—Pediré un taxi —habló, al tiempo que desbloqueaba el celular para solicitar uno por aplicación—. Tenemos que ir a un médico para que te revise.

—Sólo son unos rasguños. —Intentó sonreír, y no le resultó doloroso, pero sí incómodo. Sus músculos se quejaron—. Si me sintiera mal te lo haría saber, pero no me golpeó en la nariz y alcancé a amortiguar el impacto en el abdomen. Mis huesos están bien, si es lo que te preocupa.


Llegaron en taxi a la casa de los gemelos ante la evidente destrucción de los lentes oscuros, cuya ausencia le complicaría conducir a Gojō y que a la larga le produciría migraña.

Yūji se encargó de tratar «los rasguños» de su novio en la sala con apoyo del botiquín de primeros auxilios.

Gojō no profirió palabra alguna, en su lugar, buscó con aflicción los ojos del muchacho, los cuáles se enfocaron en las heridas.

Se encontraban sentados sobre el tatami, Gojō con las piernas cruzadas, recargaba la espalda contra el sofá que tenía detrás; Yūji se mantuvo de rodillas.

—Conocí a Getō —dijo, haciendo de lado los materiales de curación—. Y, al parecer, tanto Sukuna como Gojō-sensei estaban al tanto de que él era mi tío. —Tras escuchar eso, Gojō desvió la vista—. ¿Hay alguna razón para que no me dijera eso aquella vez en el auto?

—Lo siento —respondió, con una voz apagada—. Creí que sería mejor que no lo supieras.

—¿Por qué?

—No quería que te desviaras (o algo similar) si te enterabas de que tenías un tío yakuza.

—Quien realmente debería preocuparte por eso es Sukuna, no yo. Ahora, sensei —le sostuvo por la barbilla, levantándole el rostro para obligarlo a verle directo a los ojos—, repita todo eso.

Gojō quedó pasmado al toparse con una mirada ambarina, carente de brillo, vacía y retadora a la vez, profanando lo más profundo de su alma.

—Lo ayudaré a recrear la conversación —prosiguió Yūji—. ¿Hay alguna razón para que no me dijera eso aquella vez en el auto?

Gojō apretó las manos sobre la tela de los pantalones. El imaginar repetir la mentira a su pareja le secó la garganta.

No quería contarle de su trato con Sukuna. Le parecía humillante que un maldito mocoso con delirios de grandeza lo hubiera orillado a eso, pero también sabía que Yūji había detectado la falsedad en sus palabras.

—Sukuna me dijo que si no te lo decía yo, lo haría él, pero que omitiera las relaciones familiares —confesó, con un rostro arrepentido y patético a juicio de cualquiera que le conociera. No parecía estar a punto de llorar, sino de suplicar un perdón—. Hasta el día que llevé a Sukuna donde Suguru, yo tampoco sabía que era tu pariente. Lo juro, Yūji. Lo juro.

De manera paulatina las facciones de Yūji se relajaron, recuperando al chico sereno y despreocupado del diario. O una parte de él.

—¿Y por qué Sukuna pidió tal cosa? —Por lo mucho que le costó a Gojō decir aquello, supo que era verdad. Dejó de sostenerlo por el mentón.

—No lo sé. Quizá para gozar de las ventajas de sólo saberlo él y que no te sintieras vinculado a nada de esto cuando supieras que yo soy un…

—¿Idiota?

—Exyakuza —corrigió sin mucho ánimo.

—Bueno, también eso. —Soltó un gran suspiro—. Tú interfieres en la relación de Fushiguro y Sukuna; Sukuna interfiere en mi relación con sensei… En verdad, ustedes dos se parecen más de lo que deberían. Qué pesadilla.

En cierta medida, era un alivio llevar toda una vida al lado de Sukuna, pues era capaz de comprender sus oscuros motivos y conclusiones.

Era probable que hubiera condicionado a Gojō a modo de venganza y, si un ser tan anárquico, terco y arrogante como Sukuna era capaz de controlarse o ceñirse a algunas reglas para mantenerse junto a Megumi, era probable que Gojō fuese capaz de lo mismo por alguien que en verdad le interesara.

Ser la razón de que alguien pudiera manipular a Gojō era algo que emocionó a Yūji, y, al mismo, tiempo lo confundía.

Se preguntó si Megumi se sentiría igual al ser el soporte emocional de un loco.

—¿Fushiguro sabe de esto?

Gojō negó con la cabeza.

—A no ser que Sukuna le haya dicho algo, pero tu hermano es fanático de mantener ignorante a la gente.

—Me recuerda a alguien —le recriminó con un tono de ironía pesada.

Gojō agachó la cabeza.

A Yūji le pareció estar viendo a un perro regañado. Por más que quisiera retomar su relación y aparentar que jamás vivió los últimos días, sabía que zanjar el asunto no era la solución. Había visto, escuchado y asimilado en tiempo record una cantidad abrumadora de información. Estaba llegando a su límite.

—Sensei, ¿me dejarías hablar con el otro Gojō?

La consternación se volvió evidente en los ojos claros del nombrado, los cuáles lucían casi grises ante la ausencia de color que toda esa situación parecía causarle.

—¿Por qué?

—Necesito hablar con él. —Quizá era absurdo y anómalo pedir algo semejante. Una parte de sí no terminaba de creer que su pareja en verdad tuviera una especie de segunda personalidad. A decir verdad, no lo entendía; no dimensionaba la complejidad o los límites de un trastorno. A lo mucho llegó a imaginar que sería como si él y Sukuna compartieran cuerpo.

—No es… No creo que sea necesario. Puede escucharte y verte, ¿sabes? No es como si nos pusiéramos una barrera que…

—Sensei —interrumpió—, no quiero pedirlo más de una vez.

Pese a que el muchacho mantenía un semblante apacible e imperturbable, un escalofrío le hizo tensar los hombros.

Quiso abrir la boca para convencer al otro de desistir, mas la cerró al instante. ¿Acaso se hallaba en posición de negarse a los deseos de Yūji? ¿Alguna vez lo había hecho? ¿Era una opción viable?

—Está bien. Como tú quieras.

Durante ese tiempo, Yūji notó que Gojō lucía pesaroso y cabizbajo, con una actitud mansa y sumisa; de un momento a otro, tuvo delante a un Gojō de aire altanero y con una media sonrisa de complacencia. Ese debía ser su otro yo.

—Generaste una tensión molesta en el ambiente, mi chico. ¿En verdad era necesario todo esto?

Gojō tenía varios apodos para Yūji y, aunque ninguno llegaba a ser cursi u ostentoso, escuchar el primero de ellos hizo que el muchacho se replanteara cuántas veces había estado con ese Gojō y si los sobrenombres eran cosa de uno o del otro.

«Bueno, aquí vamos». Estaba por hacer una de las cosas más raras en su corta vida.

—Tengo algo que pedirte.

—Oh, ¿a mí? —exageró su curiosidad, añadiendo una sonrisa zorruna al finalizar la frase.

Yūji asintió, el semblante serio e imperturbable.

—Oye, incluso si ahora eres consciente de que Satoru y yo somos dos y no uno, creo que estás pasando por alto el hecho de que la cuenta de banco, los negocios y demás cosas, se encuentran bajo el único nombre de Gojō Satoru. Ahora, quizá es porque no eres muy brillante; no te culpo, es parte de tu encanto, pero a diferencia de él, yo pido algo a cambio. Dar y recibir, ¿comprendes? —No esperó por una respuesta—. Aclarados esos detalles importantes, dime, ¿qué deseas?

Previo a hablar, Yūji desvió la mirada hacia la pierna en la que el otro había posado la mano durante su parloteo. En una situación casual se habría dejado tocar; no obstante, apartó las caricias de Gojō con un movimiento firme y decidido.

—Quiero que dejes de interferir en mi relación con Gojō-sensei.

El rostro firme e impávido del chico hizo que Gojō enmudeciera a primera instancia. Poco a poco, una débil sonrisa se forjó en sus comisuras y la risa suave y nerviosa del inicio, se tornó en una fuerte carcajada.

Hubiera prolongado más la burla, pero una incomodidad generalizada a causa de los golpes previos lo obligó a parar.

—Mi querido Yūji —profirió en tono socarrón—, parece que no lo entiendes. Yo soy tu relación con «Gojō-sensei». —Puso comillas con los dedos—. Si alguno de los dos se excita o siente deseos de besarte, lo único que hay que hacer es tomarte y devorarte. Sencillo.

Que el Gojō principal supiera mantener a raya sus impulsos más lascivos y considerara los sentimientos de su pareja antes de hacer cualquier movimiento, era un tema aparte que frustraba al Gojō secundario a un nivel insano.

—Así que —tomó al chico del mentón—, ¿por qué no terminas con este ridículo teatro de una vez y comienzas a darme lo que merezco?

—Lo que mereces —repitió en voz baja, sin apartar la mirada de la que se acercaba más a sí.

—Te he sido fiel un año completo; un poco más si consideramos el tiempo en el que todavía no salíamos. Lo que significa que llevo un largo rato en abstinencia, así que va siendo hora de que…

Las palabras quedaron suspendidas cuando Yūji se zafó del agarre opuesto con un manotazo.

—Lo que dije antes no fue una petición, fue una orden. Si aún con todo eso te quieres quedar, entonces, bien, encantado te daré todo lo que mereces —la falta de calidez y bondad en el tono de voz fue evidente.

Sin un sólo ápice de cavilación, en un rápido movimiento, cerró el puño e impactó los nudillos contra la nariz de Gojō, derribando a éste último y aprovechando la situación para subir al torso.

Cargó todo su peso en el primer golpe, así como hizo también en el segundo, el tercero, el cuarto, y todos los que siguieron hasta que la parte superior del brazo comenzó a cansarse.

Se detuvo cuando su pareja colocó los brazos frente al rostro en un vago intento por frenar la violencia desmedida. En una situación normal, el muchacho habría sido capaz de asestar uno o dos golpes a lo mucho, pero el cuerpo de Gojō no reaccionaba como debía, era como si su otro maldito yo obstruyera cada una de sus articulaciones.

—¡¿Sabes a quién le estás haciendo esto, mocoso?!

—Sí. Sí, lo sé. Y cada puñetazo me duele más de lo que crees, pero no hay otro modo en el que entiendas que, cada que aparezcas, te espera algo así o peor. —Relajó los hombros unos instantes, previo a ceñir los dedos sobre el cuello ajeno y comenzar a ejercer una presión abrupta y sofocante.

Gojō se retorció, arañando las manos contrarias en un intento desesperado por sacar al chico de encima y obtener algo de aire.

—Haría cualquier cosa por Gojō-sensei. Lo amo. Lo amo demasiado. —Aflojó un par de segundos el agarre para que el otro respirara y no terminase inconsciente ante la falta de oxígeno, apretando casi de inmediato—. Y es justo por eso que no permitiré que nadie me lo arrebate —su voz comenzó a quebrarse—. Devuélvemelo. A ti no quiero verte. Necesito a mi Gojō-sensei.

«Este chico…». No supo si aliviarse de que Yūji dejara en paz su cuello o aterrarse por la monstruosa fuerza que le hacía gemir la piel con cada impacto de nudillos.

Ya no sentía varias partes del rostro, tan sólo percibía una gran humedad en el área de la nariz y la boca, y su pareja tenía empapados de sangre varios dedos.

«…es perfecto». Fue lo último que pensó antes de cerrar los ojos.

Al abrirlos, alcanzó a envolver el puño del otro con la palma de la mano.

Yūji se detuvo. Analizó el rostro maltrecho de su pareja y le temblaron los labios. A los pocos segundos la visión se le tornó cristalina.

La mano que tenía libre, Gojō la dirigió al rostro contrario, limpiando lo que podía de las lágrimas ajenas con el pulgar.

—Tranquilo, Yūji. Está bien —intentó arrebatarle el sentimiento de culpa para tranquilizarlo—. Lo manejaste bien.

—Lo siento. —Agachó la cabeza hasta lograr esconder la cara en el cuello ajeno, recargando el resto de su peso sobre el cuerpo que tenía debajo—. Lo siento mucho, sensei.

—No pasa nada —ahogó un gemido lastimero mientras frotaba la espalda de su pareja—. No pasa nada, pero… Digamos que mi costilla no ha sanado y como sigas presionando podría perforar algo.

Yūji se movió de inmediato, manteniéndose de rodillas a un lado de su pareja, a quien ayudó a sentarse.

Acto seguido, un gran flujo de sangre cayó de golpe desde las fosas de Gojō, junto a un oscuro coágulo. Experimentó cierta libertad respiratoria, seguida de un dolor que le obligó a toser.

—Voy por una toalla —dijo Yūji, sin llegar a levantarse, pues el otro lo tomó de un brazo para obligarlo a quedarse. Por motivos evidentes, una gran incógnita se dibujó en sus facciones.

—Nosotros… —habló, tomando aire por la boca—, aún hay un nosotros, ¿cierto?

Yūji asintió de manera continua. Sostuvo con cuidado el rostro de su novio y selló sus labios en un delicado y superficial beso, no por eso carente de sentimiento.

—Me gusta mucho, Gojō-sensei. No tiene permitido abandonarme ni romper conmigo.

—Primero muerto —declaró, previo a abalanzarse sobre la boca que tanto tiempo suplicó por devorar.

—Sens… —intentó apartarse, pero si él tiraba de la ropa contraria para alejarlo, Gojō más se presionaba contra su joven cuerpo—. Está her…

El beso no tardó en profundizarse. La lengua de Gojō ingresó con desesperación a aquella húmeda cavidad que no tardó en percibir el gusto metálico del fluido sanguinolento entremezclado con la saliva.

Por inercia, Yūji cerró los ojos, acompañando cada movimiento con deseo. Inclinó la cabeza para obtener una posición más favorable.

Como a Gojō le costaba respirar por la nariz, se separaban seguido para permitirle respirar por la boca; sin embargo, el jugueteo de sus lenguas no cesó ni por un instante. En una ocasión, Yūji se aventuró a atraparla con los dientes, succionarla y retomar el besuqueo con su profesor agitado, quien pasó de toquetear las piernas a meter las manos bajo la playera, degustando el calor de la perfecta espalda del muchacho.

—De todos los malditos cuartos vacíos en esta casa, ¿era necesario que entraran en celo en la sala?

Escucharon la voz de Sukuna a la distancia y la ignoraron en su totalidad. Yūji se tomó la molestia de hacerle una señal con la mano para que se largara.

Ese era el beso más doloroso que Gojō había dado. Le palpitaba el labio inferior, ¿o era el superior? Cada roce con la piel era un suplicio y, por mínimo que fuera el movimiento, los músculos de la cara le rogaban un descanso.

Abrió los ojos; uno de ellos, el otro estaba tan hinchado, que fue incapaz de ver con él. Echó la cabeza hacia atrás, cortando el beso y respirando como si hubiese corrido un maratón olímpico. Sentía la nuca caliente y un inquietante mareo lo obligó a aferrarse a la realidad.

—Houston, tenemos un problema.

—¿Qué pasa?

—¿Recuerdas que sugeriste ver a un médico cuando nos fuimos de casa de Nanami?

—Sí.

—Creo que esa es una excelente idea justo ahora.

—Sensei…

—Estoy muy mareado, Yūji. Escucha, no entres en pánico, pero creo que voy a…

Lo siguiente que vio Yūji, fue a su profesor perder la consciencia y desplomarse en el suelo.

Como si su corazón no hubiera estado a todo lo que daba por la situación anterior, comenzó a trabajar a marcha forzada cuando se percató de la sangre que empapaba la playera de su pareja y la que seguía fresca en el suelo.

Giró el rostro en dirección al teléfono de casa que se hallaba empotrado en una pared. Justo a un lado se hallaba Sukuna, en pijama, sosteniendo una botella de agua en una mano.

—Deberías ver tu cara —dijo, con una media sonrisa socarrona—, es como si la hubieras metido entre las piernas de una chica en su periodo.

—¡Llama a una ambulancia!

—¿Y que los de trabajo social me hagan preguntas sobre la situación de violencia doméstica hacia ese tipo? No, gracias.

—¡Maldita sea, Sukuna!

El nombrado se dispuso a volver a su habitación. Tenía poco de haber despertado y cuando salió a rellenar la botella a la cocina, se topó con la escena más extraña que jamás imaginó venir de su hermano.

Tenía curiosidad y le generaron morbo, mas no estaba seguro sobre si deseaba conocer cada detalle que los llevó a terminar como estaba ahora.

Yūji buscó en los bolsillos de Gojō su celular y lo desbloqueó con la huella dactilar. En otra situación le habría alegrado corroborar que su novio mantenía intacto el acuerdo de que ambos tuvieran acceso al dispositivo del otro.

Marcó un número de emergencia.

—Sólo te recuerdo contactar a un hospital privado o clandestino. En un público te van a hacer muchas preguntas y se van a meter en problemas —agregó Sukuna, no por ser un buen hermano, sino porque estaba disfrutando del ataque de pánico que presenciaba y quería divertirse más.

—Servicio de emergencia —se escuchó del otro lado de la línea—, ¿cuál es su pro…?

Yūji colgó antes de que terminara la pregunta. Sukuna tenía razón.

Decidió revisar los contactos de Gojō. Entre los más recientes estaban Nanami, Megumi y el propio Yūji.

Descartó a Nanami por lo ocurrido momentos atrás; habría sido su primera elección. Sería complicado explicarle todo a Megumi, así que también lo ignoró.

Continuó revisando la lista hasta que se topó con un nombre familiar.

«Suguru Getō».

No lo meditó. Lo presionó con el dedo y aguardó en la línea.


No sé si en algún momento mencioné que ninguna relación en este fic va a ser "sana", pero si aaalguien tenía la duda (aún con todos los tags del fic), pues... XD

Lo que sí recuerdo haber dicho, es que a Yuji también también le faltan tornillos en la cabeza. Convivir con Sukuna 24/7 arruina la sanidad mental de cualquiera(?)

En fin, aquí todos están locos. Esta historia debió llamarse "Siempre hay un roto para un descosido" (?)