CAPÍTULO LXII

Al día siguiente, Yūji y Megumi volvieron a la escuela. Tanto las clases como el entrenamiento de básquetbol transcurrieron con normalidad y, pese a que Yūji prometió ir a casa de Gojō apenas salir de la escuela, se dirigió primero a la suya para hablar con su hermano.

Sukuna se hallaba sentado en una silla de madera, frente al escritorio de su habitación. No le hizo falta girarse para saber que su gemelo había entrado. ¿Quién más que ellos habitaban ese sitio?

Yūji permaneció en silencio minutos completos. Sabía que Sukuna no era alguien fácil de tratar y cada vez sentía que lo conocía menos. Era como si, ese año en particular, hubiera marcado un punto de quiebre entre ambos. Comenzaban a distanciarse.

—Gojō-sensei me contó todo.

—¿Y? ¿Vienes a que diga «te lo dije»? ¿O buscas un consejo de tu hermano mayor? —su voz, usualmente incognoscible y de tinte malicioso, anunciaba a todas luces su desinterés.

—Tú lo supiste mucho antes que yo, ¿por qué no me dijiste nada? —En contraparte, sonaba reservado y decepcionado.

—Era asunto de tu viejo contarte, no el mío. —Colocó un brazo en el respaldo de la silla, girándose un poco—. ¿Sigue siendo «tu viejo» o al fin tomaste una decisión inteligente y lo dejaste?

—No, Sukuna. No lo dejé.

—Oh, qué mal.

—Pretendías que lo cortara con todo esto, ¿no es verdad?

—Si fueras inteligente, habría previsto que llegarías a esa conclusión tú solito, así que dime: ¿le sacaste esa información a la fuerza o fue directamente a llorarte de lo que hablamos? —Allí estaba de nuevo esa sonrisa zorruna cargada de malas intenciones que Yūji conocía bien.

—No vine aquí a hablar de Gojō-sensei y mucho menos vine a pedirte consejo. —Pese a tener el ceño fruncido, su voz se mantenía moderada—. Vamos directo al grano. ¿Qué le has contado a Fushiguro?

—Nada. —Encogió los hombros con singular indiferencia.

—No quiero que le digas una sola palabra. —Le sostuvo la mirada—. Nunca.

—¿Y qué vas a hacer si le digo? ¿Huh? —retó.

—¿Yo? —Negó con la cabeza—. Tómalo como un consejo, si te viene en gana. Fushiguro te quiere. Honestamente, no sé qué te vio ni por qué te soporta; lindo, no eres; caballeroso, tampoco; solidario, mucho menos; sin mencionar que tienes un carácter horrible. Lo único que sé (y que medio mundo nota), es que te tiene confianza y le agrada estar contigo. Si planeas mandar al demonio a la única persona que disfruta estar a tu lado, allá tú.

Yūji guardó silencio, pero no planeaba irse hasta soltar aquello que reprimió en su interior por muchos años.

—Esto fue lo último que me hiciste. Se acabó, Sukuna. Seguiré siendo tu hermano, pero ya no cubriré tu espalda cuando lo necesites. —Salió de la habitación. Cada paso se sentía más liviano que el anterior, como si todo ese tiempo hubiera cargado con grilletes para los que al fin había encontrado la llave—. Suerte —comentó con una sonrisa reconfortante, antes de cerrar la puerta.

Empacó un poco de ropa —interior en su mayoría—. Megumi lo esperaba en la sala. Él no escuchó nada, se colocó los audífonos para relajarse, pues creyó que ese par terminaría discutiendo. Le sorprendió ver que Yūji volvía antes de lo estipulado.


Megumi regresó a su hogar acompañado por Yūji. No se quedó con Sukuna porque alguien debía dirigir el equipo de baloncesto y, aunque era su mejor amigo, confiaba más en Nobara para dirigir a una bola de adolescentes sudorosos antes que en Yūji. Por desgracia, Nobara lo había mandado muy lejos, aclarándole que no planeaba desperdiciar su valioso tiempo de estudio en un gimnasio.

Debía ingresar en una buena universidad. Quizá Megumi no se preocupaba por su futuro, ya que Gojō podía costear educación privada para él en caso de ser necesario; o confiaba demasiado en su intelecto; sea como fuere, Nobara no podía darse los lujos que el otro sí, por eso mismo, no se juntó demasiado con ellos desde que ingresaron al tercer grado, debía enfocarse en otras cosas y sus amigos entendieron.

Yūji se centró en preparar la cena, a diferencia de cuando Gojō la hacía, Megumi se quedó con él en la cocina.

Durante ese tiempo le pareció muy raro que Yūji no hiciera preguntas sobre la condición de Gojō, incluso tuvo que disimular su extrañeza cuando la parejita se vio sin ninguna clase de sorpresa.

—Itadori, ¿te puedo hacer una pregunta? —cuestionó mientras lo veía concentrado frente a la estufa.

—Todavía no está lista.

—Eso no. —Suprimió las ganas de arrojarle el pedazo de apio olvidado en la mesa.

Yūji rió por lo bajo, percibiendo el aura «anti-idiotas» de Megumi chocar contra su espalda.

—¿Sabes algo de Gojō-sensei?

Yūji se congeló por unos instantes.

—¡Por supuesto! ¿Sabías que tiene un pequeño lunar en la pierna izquierda, por encima del tobillo?

—Tú… ¿En verdad estás tratando de poner al límite mi paciencia? —Se cruzó de brazos.

—¡Pues debiste ser más específico!

Megumi suspiró. Se había acostumbrado tanto a lidiar con el intelecto mordaz de Sukuna, que a veces olvidaba el hecho de que los gemelos no compartían capacidad cerebral.

—¿Cómo fue que Gojō-sensei terminó todo golpeado? ¿Te ha dicho algo? —Al no recibir ni una palabra en respuesta, añadió más información—. Sé que sabes tan bien como yo lo buen peleador que es, así que me resulta raro que alguien lo haya dejado así.

—Uhm, pues… Digamos que él… —No le gustaba mentir y sabía de sobra que era pésimo, así que aplicaría lo que Sukuna le enseñó: decir verdades truncas—. Digamos que él y Nanamin tuvieron un pequeño malentendido.

—¿Qué? ¿Con Nanami-sensei? —Avanzó hasta colocarse a un lado de su amigo. No tenía razones para desconfiar de él, pero debía constatar que decía la verdad.

—S-sí… Yo estaba presente, de hecho.

—No me cuesta creer que Gojō-sensei haya hecho algo que le molestara tanto, pero es increíble que Nanami-sensei reaccionara así. ¿Por qué pasó?

—Ah, verás, a Nanamin no pareció agradarle mucho la idea de que Gojō-sensei y yo estuviéramos saliendo, así que… —Encogió los hombros.

—En cierto modo lo entiendo. Podrías conseguir algo mejor.

—Podría decir lo mismo de ti y Sukuna. —Entrecerró los ojos.

Megumi chasqueó la lengua y miró hacia otro lado antes de responder.

—Pero Gojō-sensei está viejo.

—Y Sukuna es un delincuente. —No estaba discutiendo, sólo había adquirido un peculiar gusto por molestarlo en ocasiones puntuales (por imitación indirecta de Gojō).

—¿De verdad deberías hablar así de tu hermano?

—Pues tú no haces mejor al hablar así de tu papá.

—¡Que no es mi papá!


Antes de que terminara la semana, Gojō se plantó frente a la puerta de Megumi. Pasó minutos enteros meditando lo que debía decir.

Yūji le pidió que ofreciera una disculpa a Megumi. No ese día. No a esa hora. No le dio una fecha límite, tan sólo esperaba que Gojō pudiera reconocer el daño que le había causado y se arrepintiera de ello en algún momento de su vida.

Megumi no tardaría en ingresar a la universidad y, luego, en conseguir un buen trabajo, por lo que Gojō sabía que su momento era mientras compartían techo.

Por desgracia, para una persona con el ego más allá del cielo y con una actitud de tintes ególatras e irreverentes, pedir perdón era…

«Imposible. Esto va a ser imposible» pensó, apretando la mandíbula como un niño berrinchudo que se niega a hablar.

«¡Sólo hazlo rápido y ya!».

Abrió la puerta sin tocar, esperando que su adolescente malhumorado saltara a amenizar el ambiente con quejas sobre el respeto a la privacidad; no obstante, la habitación se hallaba vacía.

«¿Se habrá fugado con su novio malandro?».

Avanzó hacia la gran ventana con balcón, pero las manijas se mantenían cerradas.

No había razón para escapar. Ya no.

Percibió el aroma característico del coco sintético. Era el horrible shampoo que Megumi solía agregar al carrito de compras. A Gojō le fastidiaba ese olor por la cantidad de años que el otro llevaba usándolo. Nada personal contra la fruta.

Entró al cuarto de baño y allí lo encontró, sumergido en la bañera hasta los hombros.

Megumi escuchó la puerta al abrir. Si bien, no le asustó, sí le extrañó y se mantuvo a la expectativa.

—¿Qué es lo que…?

—Tengo algo importante que decir —agregó Gojō, tomando el banquito en el que Megumi se acomodaba para lavar su cuerpo antes de entrar al ofuro.

El chico no se podía tomar en serio a su tutor cuando se sentaba en una cosa tan pequeña. La forma en que flexionaba las rodillas de manera incómoda rozaba la cima de lo hilarante.

—Sé que entre nosotros han pasado cosas —comenzó Gojō—, y… Malditos lentes. —Hizo una pausa para retirarlos, el vapor los empañó con rapidez—. Como te decía, creo que entre tú y yo, últimamente, ha habido cierto choque y, uhm…

Megumi arqueó una ceja. Sabía que Gojō era raro, pero que intentara tener una conversación seria y decente con él era antinatural, le daba mala espina.

—Creo que puedes saltarte las formalidades e ir directo al punto (da pena ajena cuando intentas actuar como adulto).

Gojō se llevó una mano a la parte trasera del cuello y exhaló con pesadez.

—En verdad no estoy hecho para esto —suspiró.

«¿Para ser un adulto decente?» pensó Megumi.

—Originalmente venía a pedirte una disculpa y tener una larga charla, pero creo que podemos hacerlo breve.

—¿Una disculpa? —Salió apenas del agua, sentándose bien dentro de la tina, dejando los hombros y parte del pecho expuestos en consecuencia—. ¿Qué rompió? —cuestionó, aguantando la molestia lo mejor que podía.

—Nada.

—Quiero la verdad. —Frunció el entrecejo.

—¡Es la verdad! —Levantó las manos en señal de inocencia—. No rompí nada.

—¿Entonces a qué viene todo esto?

—Bueno, he estado viendo a otros chicos de tu edad y tal vez no fui el mejor ejemplo a seguir… o algo así.

—Algo así —repitió en voz baja, observando la incomodidad de Gojō en cada palabra que decía—. Acaso… ¿Tratas de decir que no fuiste una buena figura paterna?

—Ajá —pronunció lento, intentando no sonar dubitativo.

Tras unos instantes de silencio, un «pfff» escapó de los labios de Megumi, quien se cubrió la boca para no soltar una risa burlona.

Ahora Gojō se encontraba confundido y casi ofendido.

—¿Qué? ¿Acaso Itadori y Kugisaki te molestan diciendo que eres un pésimo padre? —Detuvo en seco sus palabras hasta que pudo controlar mejor sus impulsos de reír—. Escucha, ambos sabemos que serías (y eres) un pésimo padre, así que no hay razones para disculparse. Digamos que siempre te he visto como un hermano mayor. Eres igual de molesto que uno, así que…

—¡Hey!

—No tienes que preocuparte por ser un ejemplo a seguir. Al menos gracias a ti aprendí cómo no ser mientras crecía.

—Sabes, escuchar eso me alivia, pero en el fondo algo me dice que me estás insultando.

—Tómalo como gustes. —Encogió los hombros.

Gojō dejó de experimentar tensión e incomodidad. Se preguntaba si con eso cumplía lo que Yūji había pedido.

—Entonces… ¿Te lavo la espalda?

—Ya lo hice por mi cuenta.

—¿Te acerco la toalla?

—Preferiría que te fueras de una vez. A todo esto, ¿era necesario que vinieras a hablar aquí? ¿No podías esperar a que saliera del baño?

—Más tarde hablo con Yūji así que… —suspendió las palabras a propósito.

—Entonces ve a hacer eso. De alguna manera, que sigas aquí es incómodo.

—¿En qué sentido? Nos bañábamos juntos cuando eras más pequeño. Si esperabas que te dijera algo por los chupetones que te hizo Sukuna, no planeaba hacerlo.

Megumi se llevó las manos al pecho y las clavículas.

—Todos los que somos cercanos a ti sabemos de sobra que ya te chupó el diablo.

—¡Largo de aquí! —Con manotazo aventó agua para correr a esa molesta sabandija.

—¡Ah! ¡Está caliente!

Megumi a veces no tenía ni la más remota idea de qué pasaba por la cabeza de Gojō y entre más lo conocía, menos ganas tenía de saberlo.


Fushiguro Megumi

¿Has notado algo extraño en Gojō-sensei?

Itadori Yūji

Uh?

En qué sentido? ( 。 •́ ︿ •̀ 。 )

Fushiguro Megumi

Nada.

Olvídalo.

Itadori Yūji

Hizo algo que no debía?

Fushiguro Megumi

Más bien, dijo algo extraño.

Hablamos un poco.

Me pidió una disculpa…

Mientras me duchaba…

Se metió a mi baño a tener una conversación profunda.

Itadori Yūji

Pdffft xDDDD

Jajajajaja

Suena al Gojō-sensei de siempre xD

Fushiguro Megumi

No sé cómo lo soportas.

Ah, enséñale a tocar puertas, ¿quieres?

A mí ya no me hace caso.

Itadori Yūji

Ahora eres una madre lidiando con su hijo rebelde? XDDDDD

Fushiguro Megumi

¡Es aún peor!

¡Lidio con un viejo terco con delirios de grandeza!


Dos semanas más tarde hubo aplicación de exámenes. Gojō no se veía maltrecho de la cara, sólo mantenía la férula nasal. Entre los estudiantes surgió el extraño rumor de que se había enrollado con una estudiante y el padre tuvo una pelea con Gojō al estar en contra de ese tipo de relación. Por suerte, a los pocos días se extinguió el chisme.

Yūji vestía el conjunto deportivo que llevaba durante las prácticas de básquetbol. La diferencia era que se hallaba con una sudadera encima, caminando hacia la sala de orientación estudiantil. Nanami lo había mandado llamar.

Tocó la puerta, recibiendo la indicación de pasar.

Nanami calificaba unos papeles sobre el escritorio, los cuales, dejó de lado apenas el chico entró.

—Es raro que me mandes llamar. ¿Sucedió algo con mis calificaciones? ¡No me digas que otra vez tengo que ir a cursos de recuperación!

Nanami señaló la silla frente al escritorio para que el otro se acomodara.

—No, tus calificaciones están bien —respondió, retirándose los anteojos para sobarse el puente de la nariz—. Lograste la mínima aprobatoria para no ir a recuperación en ninguna materia.

¡Wuh! ¡Genial! —exclamó mientras tomaba asiento.

—No, no lo es. —Por el desconcierto en la cara de Yūji, supo que iba a replicar, así que puso sobre la mesa su examen de matemáticas—. Mira esto.

Yūji tomó el papel. No tenía ninguna marca, con excepción de la calificación, la cual, era un punto más baja a la que solía sacar Megumi o Sukuna.

—Tantas horas de estudio al fin rindieron frutos —fingió dramatismo en la voz, como quien está a punto de llorar de alegría.

—No lo hicieron. De hecho, revisé tus procedimientos y no tienes ningún ejercicio bien.

—¿Cómo dices?

—Todos los exámenes de Gojō están igual a ese. Sólo tienen calificación. Pero revisé los procedimientos de alumnos al azar y ellos sí tienen notas acordes.

Yūji miró el papel sin saber lo que ocurría. Al volver la vista a Nanami, éste ni se molestó en preguntarle si entendía lo que estaba pasando, era un hecho de que no tenía idea.

—Gojō te pasó. Imagino que para que no tuvieras problemas al estar a nada de graduarte y pudieras divertirte en el último torneo al que podrás ir con el equipo de básquetbol.

Yūji dejó escapar una risita nerviosa. En el fondo quería brincar de alegría por tener a un novio tan considerado.

—Cualquier profesor podría acusar a Gojō de favorecer a un estudiante más de la cuenta con ese examen como prueba y, llevados a un caso muy extremo, retirarle su permiso como docente para que dejara de dar clases.

La sonrisa de Yūji se borró de manera paulatina, haciendo que tuviera el impulso de esconder el papel entre sus manos.

—No… No estás tratando de decir que vas a meter en problemas a Gojō-sensei, ¿verdad? —dijo preocupado, un sudor frío recorriendo el lateral de su sien.

—No. No lo haré, pero tengo una condición para eso. —Sería cruel de su parte, pero no le daría tiempo a Yūji de cantar victoria—. Rompe con Gojō.

Yūji bajó la mirada y se mordió el labio inferior. No podía más con eso. ¿Por qué Nanami no era capaz de comprenderlo? ¿Por qué se seguía oponiendo?

—No sé de qué habrás hablado con Suguru la última vez que te llevé. —Los había dejado charlar a solas, a puerta cerrada, sin entrometerse—. Pero hasta donde tengo entendido, él tampoco aprueba que andes con Gojō, ¿me equivoco?

—No.

—Entonces…

—No lo aprueba, pero tampoco me obliga a romper con él —interrumpió, cierto coraje comenzó a agravar su voz.

—Sé que es difícil de entender ahora, pero como tu padrino, sólo quiero lo mejor para ti y una relación con alguien que te lleva tantos años se pondrá difícil a la larga. Puede que Gojō no pierda su fortuna, pero no siempre va a ser tan enérgico y apuesto como lo es ahora (si es eso lo que le ves). Llegará un punto en el que seguro querrás divertirte y él no va a poder seguirte el ritmo. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Yūji se mantuvo en silencio, la cabeza agachada.

—Eso sin considerar a su otra personalidad —continuó Nanami—. Ninguno de nosotros sabe a ciencia cierta qué tan bien la puede controlar. Si llegara a pasarte algo, yo… —Las últimas palabras desprendían una preocupación sincera que Yūji captó a la perfección—. Incluso me preocupa un poco el joven Fushiguro. Por suerte, tengo entendido que va a viajar a otra prefectura para estudiar la universidad y es probable que comience a vivir independiente de Gojō, pero tú…

—Nanamin —habló, sin rencor o severidad, con la mirada firme a la vez que compasiva—, ¿te puedo preguntar una cosa? —El susodicho asintió—. Si yo tuviera treinta años y Gojō cuarenta, ¿realmente te preocuparía la diferencia de edad? —No era la primera vez que escuchaba ese argumento y, sin lugar a dudas, estaba harto de ello.

—¿A qué quieres llegar con eso? —inquirió Nanami, entrelazando los dedos sobre el escritorio.

Yūji tomó aire y lo soltó de forma pausada antes de proseguir.

—Sé que Gojō es mayor que yo y que vivimos realidades diferentes. No soy tan idiota para ignorar que él se puede preocupar por, no sé, pagar impuestos y estar al tanto de las próximas elecciones mientras que yo estoy lidiando con graduarme de la preparatoria y llegar a cuartos de final en el torneo de básquetbol. Pero ni él ni yo tenemos problema con eso. Él está dispuesto a enseñarme y yo, a aprender.

»Justo ahora nuestra diferencia parece enorme no porque en verdad lo sea, sino porque yo soy demasiado joven. No llego a los veinte siquiera. Tú y Getō me tratan como si fuera un niño, pero la realidad es que no lo soy. Sí, tal vez me falta mucha experiencia en muchas cosas, pero no soy un niño. Y cuando yo tenga treinta o cuarenta años, a nadie le va a importar que yo salga con alguien de cincuenta porque a esas alturas ambos seremos lo suficientemente adultos para saber lo que queremos, ¿no es así?

Nanami sabía que el chico tenía un punto, uno muy bueno a decir verdad. No podía rebatir esa lógica. Si Yūji tuviera treinta, probablemente ignoraría al Gojō cuarentón. El mismo Nanami recaía en una situación similar. Sentía culpa por salir con Getō cuando el chico tenía catorce, pero ahora que ambos pasaban de los treinta, su preocupación era volver a compartir el presente.

Le resultaba imposible concebir que un chico tan despistado como Yūji pudiera tener la madurez emocional que a él le tomó años forjar. En el fondo, tal vez envidiaba que ellos no atravesaran los problemas que él y Getō sí. Creía que separarlos ahora sería lo mejor, así no tendrían que sufrir más adelante; sin embargo, era humano y como tal, podía estar equivocado.

Exhaló, cansado.

—Puedes retirarte. —Le daría el beneficio de la duda.

—Sobre mi examen…

—Lo dejaré así por única ocasión —concluyó—. Considéralo un regalo de graduación para que no tengas que ir a recuperación.

Imaginó que el chico se iría feliz, con los ojos brillantes y una actitud de agradecimiento; por el contrario, éste no se movió de su asiento.

—¿Qué sucede?

—Sobre Gojō-sensei…

—Le llamaré la atención más tarde. No puede estar asignando calificaciones de forma arbitraria.

Yūji no se refería a eso; sin embargo, ahora que la variable de su noviazgo había salido de la ecuación, no pretendía regresarla de nuevo.

Se levantó y con una leve reverencia, anunció que volvería al entrenamiento.

Nanami se llevó una mano a la frente. No consideró haberse excedido con el muchacho. Al menos ahora sabía que estaba bastante centrado y no sólo salía con Gojō ante la emoción de una relación prohibida. Sin mencionar que olvidó tratar el tema de la homosexualidad, aunque así como se comportó Yūji, dudaba que tuviera alguna vacilación sobre su orientación.

«Sólo queda ese caos albino con patas» se dijo. De pensarlo le vino una jaqueca.