El niño maldito
Sumario: El ascenso de un posible reemplazo de Lord Voldemort amenaza con arruinar las tranquilas vidas de las familias Potter y Malfoy al rodear de sombras a la nueva generación, traer recuerdos borrosos del pasado…y una visión terrible de lo que podría ser su futuro.
Género: ¿Aventura? Yo diría que es un desmadre mágico con slash.
Claves: súper mega lento slow burn con trama desmadrosa y larga. Drarry, Scorbus, parejas secundarias.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
El Velo
2019
Después de que los últimos Mortífagos fueron capturados, nadie prestaba atención a las alarmas en el Ministerio hasta que sucedía algo como esto.
Escuchó a Ron soltar una maldición cuando tuvo que frenar la caída de una pared, con ayuda de uno de sus compañeros Aurores. El hechizo retuvo la pared y la empujó suavemente hacia su lugar.
Harry les pasó por un lado, se aseguró de que no estaban heridos y examinó la pared con apenas un vistazo.
Alguien se había metido al Departamento de Misterios. En su experiencia, nunca era una buena señal. Ese lugar tenía recuerdos muy desagradables que él prefería no traer de vuelta, pero trabajo era trabajo, y todavía sospechaban que algunos Inefables se encontraban dentro.
Dos paredes derribadas, un pasillo bloqueado, conductos de ventilación destruidos, ascensor atascado. Quien planeó este movimiento tenía una idea bastante clara de la estructura del Ministerio, y sino fuese porque los Aurores podían acceder a pasajes secretos entre pisos, Harry no tendría más opción que demorarse despejando los caminos con sus compañeros.
—¡Escuadrón de reserva en espera! ¡Escuadrón dos avancen, divídanse en dos grupos, no toquen las puertas, usen magia para abrirlas! ¡A menos que se los diga, nadie entra a ninguna habitación!
Una Inefable se encontraba dentro de una sala que se asemejaba a una biblioteca, su cuerpo a medio transfigurar combinado con la pared de concreto. Harry dejó a dos Aurores para que se encargasen de ayudarla, comprobó que la puerta no se cerraría ni la habitación se desplazaría y dirigió a los equipos más allá, por el largo pasillo con cuartos extraños.
—¡La Sala de las Profecías tiene la puerta entreabierta, señor Potter! —exclamó uno de los novatos al que estaba seguro de haberle dicho que se quedase a distancia.
Harry gruñó una respuesta y le ordenó a su bruja más experimentada con hechizos de rastreo que examinase el lugar. Era muy fácil esconder a un grupo en ese cuarto. Cuando su magia no le devolvió nada, Harry asintió y permitió que algunos Aurores entrasen a investigar por su cuenta.
Profecías, repetía ese lado de su cabeza que se asemejaba a una versión demente de Harry, con su tono frenético. Profecías, profecías, profecías. Más le valía que no hubiese otro loco por ahí queriendo ser el siguiente Lord Voldemort, porque ya no tenía ganas de salvar al mundo mágico.
Los Aurores en la sala sólo notificaron un leve desorden, estantes volcados, las profecías que tanto tiempo les tomaba recuperar a los Inefables se rompieron, se agrietaron o se mezclaron. No quería estar en el grupo que tendría que reorganizarlas luego.
Harry les indicó que siguiesen buscando y llevó a otro grupo a través de las puertas, abriéndolas con magia y cerrando al no encontrar nada. No, no quería cerebros gigantes, ni criaturas endemoniadas, ni nada parecido que saltase sobre él.
—Escuadrón de reserva, despliéguense para buscar Inefables que necesiten ayuda. McCarthy, busca señales de vida desde los pulsos mágicos a través de paredes, suelo, techo y cualquier superficie que puedas alcanzar. Los que creen que pueden moverse tan rápido para que nada raro los agarre, vengan conmigo; si no pueden, busquen a los Inefables y salgan, eviten el derrumbe, todavía no sabemos qué lo provocó. No quiero héroes, no quiero estar rescatando a nadie, y por amor a Merlín, no empiecen a gritar cuando vean algo ho-
Ya era tarde. Ese grito agudo debía ser de uno de los novatos.
Aurores nuevos, pensó Harry, resignado, veían una película de terror y se creían listos para todo. Apenas se dio la vuelta, notó que lo que lo hizo gritar fue un cráneo que rodó por el suelo hacia sus pies cuando abrieron una puerta.
Harry se paró a su lado y pateó el cráneo de vuelta.
—Es falso —explicó al pálido chico.
—¿Cómo- cómo está seguro…? —El novato tembló, sujetándose de uno de sus compañeros.
Él ni siquiera cambió su expresión o tono.
—Los llevaré a la morgue de San Mungo cuando haya un mago descuartizado y luego tú también notarás que es falso. Es muy claro —Harry avanzó a través de la puerta recién abierta, cuidando no pisar los huesos elásticos y demasiado blancos para ser reales, parte de alguna investigación o pasatiempo de los Inefables. Tras unos pasos, se giró—. ¿Que no piensan venir?
Ese novato se desmayaría, lo presentía. Harry lamentaba cada vez que tenía que entregar un informe que enviaba a alguien tan joven a una experiencia traumática en una escena del crimen o la morgue sólo para que se acostumbrasen.
No esperó que lo acompañasen y siguió moviéndose, varita en mano, el lumos era su única fuente de iluminación. La sala estaba demasiado silenciosa, en penumbras, pero después de varios pasos y toparse con unos escalones, la sensación de déjà vu lo golpeó.
—¡Lumos máxima! —Harry levantó la varita y entrecerró los ojos durante el instante que le tomó al cristal en sus lentes oscurecerse para que no fuese cegado.
Los hechizos en sus gafas pronto enfocaron puntos de energía en artículos usados por los Inefables, rastros de magia en el aire que debían pertenecer a los últimos investigadores y una gran concentración de poder en una tarima con un velo negro en el centro de la sala. Era una visión más tétrica de lo que recordaba con los cadáveres falsos dispersos por todo el suelo.
El lumos más potente pronto le cedió el paso a la luz normal, y Harry estuvo a punto de girarse para regresar al pasillo cuando lo escuchó. Algo movió algunos de los huesos.
De espaldas al origen del ruido, Harry se concentró en la imagen mental que tenía de la sala, giró la muñeca y uno de los cristales de sus lentes cambió para mostrarle lo que había detrás de él. La sala oscura, los huesos, el velo. Un atisbo de movimiento a la izquierda. Calculó que estaría a unos doce metros, una buena maldición lo alcanzaría si actuaba deprisa, pero quizás los hechizos para inmovilizar y capturar fallarían con tantos pequeños obstáculos.
Tomó una decisión.
—Sigamos buscando a los Inefables —avisó a su equipo. Y después de dar sólo un paso hacia ellos, apretó la varita, se giró y lanzó un reducto al lugar en que se movió una figura oscura, de acuerdo a lo que veía en su lente.
El hechizo golpeó los huesos falsos y los convirtió en polvo, desbloqueando su campo de visión. La silueta que se escabulló por debajo del área afectada era difícil de apuntar porque reptaba. Harry intentó darle con otro hechizo, pero apenas consiguió romper la pared detrás de ella.
Escamas negras, cuerpo largo. La serpiente se metía por un agujero entre la pared y una puerta trasera, y Harry corrió detrás de ella.
—¡Harry! —Ron ya debía haber alcanzado al grupo con que andaba y lo vio desde la puerta, sin entender qué le pasaba.
Harry cruzó la otra puerta y cayó en un abismo controlado de nada. Su cuerpo flotó en la inexistencia absoluta y tuvo que controlar su mal humor para no empezar a maldecir a los Inefables y sus absurdas ideas. ¿En qué ayudaba un salón vacío a la comunidad mágica?
Ron se paró en el umbral de la puerta y utilizó un hechizo cuerda que alargó una soga hasta Harry para jalarlo de regreso.
Encontraron a algunos Inefables demasiado absortos en sus propias investigaciones, lejos de los sucesos, que no supieron lo que ocurría hasta que los Aurores irrumpieron en sus laboratorios, un par de derrumbes, objetos rotos y armarios abiertos. Sin huellas, sin rastros de magia, sin señales de qué hechizos se usaron además de los del mismo equipo de Aurores. Un trabajo bastante profesional.
Ron seguía repitiendo esto en la oficina de Aurores, mientras un medimago se encargaba de confirmar que el sentido de equilibrio de Harry no fue afectado por estar en un espacio de nada. Pruebas rutinarias para su trabajo.
—Ahora camine en línea recta…
Harry se sentía tan estúpido como un niño fingiendo andar por una pasarela. Después de algunos pasos, se giró hacia el medimago, con una expresión de "¿qué más quieres de mí?".
—Un pie por delante del otro…
Los medimagos iban justo después de los Inefables en su lista de colaboradores insoportables.
—Creo que si mi equilibrio estuviese mal —masculló Harry, entre dientes—, ya lo habría notado.
Ron le hizo un gesto al medimago para que lo dejase en paz y continuó divagando, sentado sobre la mesa. Incluso el Jefe de los Aurores se había resignado a que sus modales no se podían corregir, a menos que quisiera llamar a Hermione cada vez que actuaba de forma poco apropiada.
—Si hubiese querido una profecía —razonaba Ron, con las manos unidas frentes a su rostro—, no tendría que haber escapado por la sala del velo negro. Demasiado adentro en el Departamento de Misterios. La vía de escape más lógica, si no podía tomar la misma entrada, era hacia el laboratorio de vida mágica que se conecta con los pasadizos del Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas; tomaba uno de los puntos de traslado para criaturas que necesitaban clasificarse, salía en la otra oficina, alcanzaba el Atrio y se iba sin que nos diésemos cuenta.
Harry se dejó caer en su asiento, sintiéndose algo mareado y tan cansado como en esos períodos de turnos largos durante las prácticas de Aurores.
—Tal vez no sea tan listo, Ron.
—No, es listo —Ron asintió, pensativo—. Sea quien sea, evitó la detección de las señales de magia de McCarthy y el sistema de Roman. Tampoco dejó rastros de nada, ni siquiera sabremos si se llevó algo hasta que los Inefables terminen su inventario, y eso suponiendo que lo que se llevó no sea hiper secreto y nos quieran contar que les robaron. Además, se metió al Departamento más seguro del Ministerio en un día laborable con varios escuadrones de Aurores aquí, oh, vamos, Harry- hay que admitir que está difícil con la seguridad "mejorada" desde las últimas intrusiones.
Ron fue asignado a la sección que trataba con las mentes criminales por una buena razón. Si lo ponían a jugar ajedrez con un asesino en serie del mundo mágico, se dejaría ganar mientras le daba la confianza para que empezase a soltar información. Harry estuvo muy impresionado la primera vez que lo vio hacerlo.
Su cabeza ya acostumbrada a los grandes planes vería demasiada complejidad en esto. Harry estuvo años lidiando con los detalles en el Ministerio y tenía una idea más clara.
—La detección de magia de Roman funciona como una detección de calor muggle y tiene el mismo defecto; si no tiene sangre caliente, los muggles no lo sienten. Pues si no hace magia, no lo sentimos —Harry meneó la cabeza—. Podría haber traído los hechizos preparados en forma de trampas y eso explicaría por qué no encontramos rastros de su varita. También la velocidad a la que pasó por las salas del Departamento de Misterios. Hay que revisar las paredes de cada cuarto.
—Te hizo creer que entraba a la sala vacía —recordó Ron, de mala gana—, pero la habríamos atrapado allí flotando contigo, ¿crees que las paredes tengan pasajes o algo así?
—Son Inefables, Ron —Harry apoyó su cabeza en lo alto del respaldar del asiento y exhaló—, hay pasajes en sus pasajes y estos también tienen pasajes de emergencia.
—Tomará al menos un día revisar el Departamento de Misterios.
—Dile a Smith —Harry agitó una mano para desechar la idea—, todavía nos debe ese favor por haberle quitado los cargos de contrabando de criaturas mágicas cuando estaba salvando a las tortugas de cristal de los científicos alemanes. La última vez que mezclé serpientes y paredes encontramos otro basilisco milenario, preferiría no escribir más informes que atraigan mi mala suerte legendaria.
—Yo le digo —aceptó su mejor amigo, riéndose por la referencia a su "suerte", un tema que Skeeter estaba feliz de mencionar cada dos semanas en los artículos sobre él.
Harry contestó con un sonido vago que pretendía ser un agradecimiento y se fijó en el reflector de enemigos en su escritorio. Había sido adaptado para lucir como un espejo de apenas diez centímetros de largo y reflejaba algunas sombras la mayor parte del tiempo.
Parecía que era otro día "a salvo" de cualquier chiflado. Al menos, no hubo heridos. Harry se levantó, recogió el reflector de enemigos, lo metió a un bolsillo oculto de su túnica de Auror y atrajo algunos artículos más con magia no verbal.
—Me voy, dile al viejo que me debe dos horas. A este paso, si sigo llegando tarde, Albus va a decidir cambiarse el apellido a "Weasley"…
Ron lo encontraba divertidísimo. Él no.
Todavía no sabía qué estaba haciendo mal con su segundo hijo.
—0—
Albus le pidió que lo llevase a la Mansión Malfoy durante el verano de ese año. No solía pedirle nada, ni siquiera ver a su mejor amigo durante esas fechas, y Harry no se lo negaría, aún menos después de enterarse del motivo de la visita.
Dejó a Lily y James con Ginny, y se Apareció con Albus. Recordaba la zona cerca de la entrada de la Mansión. Ingresaron por el tétrico portón gracias a las barreras que reconocían a Albus. Su hijo se le adelantó y empezó a atravesar el patio con zancadas, buscando a Scorpius.
Harry tuvo que detenerse cuando notó que las señales mágicas de sus lentes apuntaban dos situaciones diferentes. Hacia un lado, una inmensa cantidad de poder natural llamaba la atención de sus medidores usuales. Por el otro, en la orilla del lente, una silueta de sombra le advertía que revisase el reflector de enemigos en su bolsillo.
A menos que Lucius Malfoy hubiese decidido visitar a su hijo y nieto durante ese momento difícil, no creía que hubiese un motivo para que apareciese una sombra. Harry extrajo el espejo de mano de su bolsillo y lo examinó, sin dejar de caminar por el sendero que Albus tomó.
Podía distinguir el blanco de los ojos en una de las sombras. Demasiado cerca. Esa maldita cosa debía haberse descompuesto de nuevo.
Harry guardó el espejo y miró alrededor, sus lentes enfocándose en la concentración de magia alrededor de un arco que servía de entrada a un edificio mágico que aparecía y se desvanecía. El mausoleo Malfoy.
Una vez tuvo que trabajar en un caso en que desaparecieron algunos cuerpos de una cripta familiar y tenía una vaga idea del funcionamiento de estas. La madre de Scorpius tenía la opción de ser enterrada en el mausoleo Malfoy, aunque su lugar estuviese en la cripta de su propia familia; debió haber pedido en vida que la llevasen allí, de manera que pudiese estar enterrada en el mismo sitio donde algún día estarían su esposo e hijo. El edificio se mostraba cuando era requerido y no dejaba ningún rastro después de que la semana del duelo sangrepura era superada.
Albus ya había encontrado a Scorpius. Estaba sentado en un banquillo junto al arco de entrada del mausoleo, Albus se agachó a su lado y sujetó una de sus manos entre las dos de él. Le hablaba en susurros.
—…no sé qué hacer, Scorp…
—…sólo- sólo quédate ahí…
Harry se apartó para darles privacidad. Sin sus amigos después de los funerales de la guerra, creía que se habría vuelto loco. No imaginaba lo que era perder a una madre que sí conoció.
Draco había ocupado otro banco, más alejado, en el lateral del mausoleo. Tenía los ojos puestos en el suelo, un bastón en una mano, y no mostró ninguna señal de percatarse de la presencia de Harry, pero sí le habló directamente cuando se aproximó lo suficiente.
—Gracias por traerlo. Scorpius necesitará el apoyo.
—Malfoy-
—Puede tomar la red flu cuando quiera irse, o quedarse a dormir, como prefiera —siguió Draco, su tono plano y los ojos todavía fijos en el piso entre ambos—, no es necesario que te quedes, lo cuidaré mientras esté aquí.
Harry metió la mano en su bolsillo, cerró los dedos en torno a la tarjeta que Hermione le entregó apenas se enteró de que iría para allá, y pensó en cómo dársela.
—Lo siento mucho, Mal-
—¿Por qué? No la conocías. No tienes relación alguna conmigo. Si Scorpius y Albus no se hubiesen hecho amigos, no estarías aquí. No lo sientes —Lo miró de reojo—, así que no lo digas.
—Creo que cualquiera puede sentirlo por una persona que pierde a alguien importante, Malfoy —aclaró Harry, su mano en un puño en torno a la tarjeta.
Draco soltó un débil sonido despectivo, sin energía siquiera para replicarle. Cuando se restregó la cara con una mano, Harry se percató de que tenía ojeras y el rostro demacrado.
Estaba ahí, de pie, con el impulso de decir algo, de hacer algo, pero ninguna palabra salía y todas las frases en su mente, como él señaló sin tacto, le sonarían vacías.
Odió al niño que fue. Salvó a su versión adolescente. A este adulto cansado frente a él no podía guardarle rencor, o desearle que viviese este duelo.
Harry suspiró, sacó la tarjeta y la puso a su lado, en el banco. Draco observó sus movimientos con tanta cautela que dolió; le hizo pensar en las víctimas que pasaban por el Departamento de Aurores y tenían miedo de casi cualquier tipo de contacto, siempre alertas y ansiosos.
—Hermione la conoció, ¿lo sabes?
—En el programa de infancias mágicas —Draco le dio un asentimiento escueto.
—Dijo que quería venir, pero no sabía si tenía derecho o si se lo tomarían bien, sólo Albus podía venir sin preguntar nada. Pero si quieres, se desocupará cualquier día de esta semana…
—Los padres de Astoria vienen mañana, puede pasar si quiere.
Era un buen comienzo. Harry apuntó a la tarjeta.
—También dijo que sería mejor que no estés solo durante los siguientes meses, puede ser duro…
—¿Cambiaste el trabajo de Auror por el de lechuza mensajera?
A Harry no le importó el comentario, porque le faltaba la energía y el desdén para sonar al antiguo Draco Malfoy. Sólo parecía un animal acorralado intentando alejarlo.
—Hermione dijo que puedes conseguir allí tu referencia, ya habló con ellos, McGonagall aprecia sus opiniones- —Harry hizo una pausa, en la que cambió su peso de un pie al otro—. ¿Así que piensas postularte para profesor?
—Sólo será temporal.
—¿Hay alguna razón? Nunca te imaginé como un profesor, pensé que te iba bien con los duendes en el-
Draco golpeó el suelo con el bastón y se puso de pie con un movimiento grácil. El cansancio fue borrado de su rostro por una máscara de frialdad, pero las ojeras no se quitaban del mismo modo.
—Si eso es todo, puedes marcharte. Gracias.
Harry comprendió lo que su amiga dijo cuando se preocupó por no tener derecho a estar ahí. En su situación, ellos deberían poder decidir con quién querían compartir el dolor.
Retrocedió un par de pasos, sin ganas de alterarlo más. Se iría en paz y le preguntaría a Albus si quería que le llevase ropa y algunos artículos extra para pasar la noche.
Como su atención estaba puesta en Malfoy, estuvo a punto de pisarla. Un siseo le advirtió a tiempo y Harry trastabilló, esquivando a la serpiente negra de unos tres metros que reptó hacia ellos.
Llevaba una caja en la boca y alzó la parte superior del cuerpo para ponerla en el banquillo en que estuvo Draco. Él le tocó la cabeza con un dedo y negó.
—Anda con Scorp, los necesita más que yo. No estoy llorando, ¿ves?
La serpiente siseó suavemente, pero tomó su caja de pañuelos y se retiró reptando, tan sigilosa como llegó.
Harry la vio hasta que se desvió por un sendero en torno al mausoleo. Luego se fijó en Draco de nuevo.
—Esa serpiente…
—No le hará nada a Albus —Draco lo enfocó desde la perspectiva de un padre que ve que hay una mamba negra en la casa en que dejará a su hijo—, fue un regalo de Astoria y es completamente inofensiva. A veces hasta la confundo con un perro. Ni siquiera molestó a los pavos albinos de mi padre.
Harry estaba seguro de que si una familia quería una peligrosa serpiente venenosa como mascota, serían los Malfoy, y era más que probable que hubiesen encontrado una manera de que fuese inofensiva. Su conflicto se basaba en que era el mismo tipo de serpiente que encontró en el Ministerio dos días atrás.
Desde que se enteró de que intentaron matarlo de bebé por una tonta profecía, Harry no solía creer en las casualidades. Sabía que no era buen momento para presionar, así que se despidió de Draco y caminó por el sendero de vuelta hacia el banco ocupado por los chicos.
Sacó el reflector de enemigos de su bolsillo y lo examinó de nuevo. Todavía estaba ahí esa sombra bien definida con el blanco de los ojos. Tan cerca.
Guardó el espejo y llamó a Albus desde unos metros, mientras Scorpius recibía un pañuelo de la caja de la mamba negra y se limpiaba el rostro.
Albus aceptó sin vacilar cuando le preguntó si quería pasar la noche, como Draco propuso. Acordaron que Harry iría por lo que necesitaba y se lo llevaría. Podía quedarse para hacerle compañía a Scorpius hasta el día siguiente a mediodía, al menos, y se percató de lo agradecidos que estaban ambos cuando Albus regresó deprisa con su amigo y Scorpius, a punto de llorar de nuevo, presionó la cabeza en su hombro.
La serpiente negra reptó por el sendero y se paró junto a Harry, su cabeza alzándose para verlo bien. Siseó. Le hubiese gustado todavía tener el pársel para saber qué decía.
Cuando regresó media hora después con un morral preparado para Albus, sujetó su hombro y lo detuvo antes de que pudiese meterse a la casa para buscar a Scorpius.
Su hijo adoptó aquella expresión de hastío que Harry comenzaba a asociar con los trece años. James ponía una similar.
—La serpiente…
—Es inofensiva, papá —contestó Albus, en tono de obviedad—, el señor Malfoy no tendría a una serpiente agresiva en el mismo sitio en que está Scorp.
—Si hace algo raro, si actúa raro- ¿puedes contarme después? Por favor —agregó, más bajo, al notar que Albus fruncía el ceño. No le gustaba la idea—. Sin mencionárselo a nadie. Podría ser importante, Al.
—Bien —Albus resopló, lo esquivó cuando quiso darle un beso en la cabeza y entró a la Mansión.
A veces en serio extrañaba a su pequeño Albus que se dejaba cargar y escuchaba boquiabierto las anécdotas de Auror que tenía.
—0—
La paz nunca duraba demasiado para Harry, pero esta vez consideró que rompió un récord.
Asentía a lo que Lily le contaba sobre una moda muggle entre las niñas de su escuela, su mente dividida entre la imagen de la serpiente que tan preocupado lo tenía, la pregunta de qué haría para cenar esa noche y un "¿qué estará haciendo James?". Su hijo mayor llevaba un rato en silencio en su cuarto. En pleno verano, no podía ser una buena señal.
Cuando se cuestionó si tendría que comprobar cómo estaba, la chimenea tuvo una explosión verde y unos pasos apresurados se dirigieron al área de la sala en que Harry y Lily hablaban.
Ron llevaba ropa casual y la túnica de Auror doblada sobre el antebrazo, el broche que servía como pase para el Ministerio en la mano. Jadeaba. Miró a Lily, a Harry, lo repitió un par de veces, y decidió que podía soltarlo allí mismo.
—Sirius salió del velo en el Departamento de Misterios.
