El niño maldito

Sumario: El ascenso de un posible reemplazo de Lord Voldemort amenaza con arruinar las tranquilas vidas de las familias Potter y Malfoy al rodear de sombras a la nueva generación, traer recuerdos borrosos del pasado…y una visión terrible de lo que podría ser su futuro.

Género: ¿Aventura? Yo diría que es un desmadre mágico con slash.

Claves: súper mega lento slow burn con trama desmadrosa y larga. Drarry, Scorbus, parejas secundarias.

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


La primera semana

Los sangrepura acostumbraban vestir de rojo durante el período de luto. El negro se usaba demasiado en sus túnicas formales y lo consideraban un color con cierta clase. El rojo era el verdadero tono de la muerte. El color de la sangre.

El día que en Scorpius regresaba a Hogwarts, todavía usaba una camisa, colgante y cinturón rojos, pero la voz ya no se le quebraba cada vez que pronunciaba una frase larga. Draco estaba contento con esto, incluso si significaba aguantar una diatriba que lo acompañaba mientras comprobaba los baúles de ambos y revisaba los cronogramas que tendría que entregarle a McGonagall en persona, con todas las correcciones y pequeños cambios que le pidió.

Él también iba de rojo de pies a cabeza. Casi se sentía un Gryffindor.

—…y estoy pensando en entrar al club de teatro —decía Scorpius, parado detrás de él—, la profesora encargada cambió el año pasado y estuvieron representando obras muy divertidas con efectos mágicos, algunas ambientadas en el presente y otras incluso en el futuro, padre. Los ensayos son tres veces por semana, pero creo que si me organizo bien, todavía podría entrar al equipo de Quidditch este año y asistir a los ensayos y prácticas de uno y el otro. También me he preguntado si…

La energía nerviosa de Draco levitó un par de papeles y un frasco de tinta, que él regresó a sus respectivos lugares enseguida. Cuando estuvo seguro de que no le faltaba nada, abandonó el estudio, seguido por su hijo, y se dirigieron hacia la sala. Los baúles ya flotaban hacia allí.

La mamba negra emitió un débil siseo al ir detrás de ambos. Scorpius comenzó a hablar con ella. Draco la observó, notó que la serpiente lo veía con atención y sacudió la cabeza.

No, pensó. No importa qué tanto quieras venir, no es buena idea.

Draco era consciente de que algo extraño sucedía con ese animal, pero era tan atenta con Scorpius, una buena compañía en la casa que se sentía aún más grande sin Astoria, y además, fue ella quien la llevó. No se sentía capaz de deshacerse de la serpiente, ni de enfrentar a Scorpius después de haberlo intentado.

No soportaba ver llorar a su hijo.

En ese sentido, era mejor dejar que la serpiente los siguiese. Draco la miró escabullirse entre los baúles, volvió a negar y se concentró en Scorpius, preguntándole si en verdad no había algo más que quisiera llevarse.

Siempre repetía la cuestión tres veces, porque en la última, Scorpius solía recordar algo que no metió al baúl. Fue igual en esa ocasión.

—¡El regalo para Al…! —Y corrió de regreso a su cuarto.

Draco aprovechó para abrir el baúl de su hijo, buscó a la serpiente y lo cerró al no encontrarla. Luego siguió con el suyo y frunció el ceño cuando no halló un cuerpo escamoso de tres metros sobre su pila de libros encogidos.

—¿Adhara?

No hubo respuesta. Draco suspiró. Le hubiese encantado usar un hechizo de rastreo, sacarla de su nuevo escondite y decirle que debía quedarse ahí, o ser llevada a un refugio mágico, pero ya lo había intentado y fallado; los hechizos convencionales no funcionaban en ella.

Para el momento en que Scorpius regresó con una caja que metió en su baúl, Draco ya estaba resignado a partir al andén con su hijo, la ropa de Gryffindor, un cronograma que le provocaba más ansiedad de la que quería admitir y una serpiente posiblemente oculta en uno de sus baúles.

El brazalete de oro en su muñeca se entibió cuando una risita sonó en sus oídos, un segundo antes de la Aparición.

Será más divertido ahora que saldrás de casa, ya parecías un ermitaño. Nunca me han gustado los ermitaños, ¿sabes?

Draco utilizó el tirón de la Aparición para ignorarla, pero no tuvo tanta suerte después.

Nada más llegar al andén, Scorpius le dijo que quería buscar a Albus, por lo que Draco levitó los dos baúles hacia el tren y se apropió de uno de los compartimientos delanteros asignados a los profesores. Se sentó junto a la ventana, se enrolló en su capa roja e hizo uso de su condición de "viudo deprimido" para fingir que no existía. La mayor parte de los maestros evitaron el compartimiento porque no sabían cómo tratarlo al verlo así.

Ermitaño, ermitaño, ermitaño…

—Sh —chisteó Draco.

Ojalá pudiese decirle a Theo.

—Sh.

Ermitaño, ermitaño…

—Voy a tirar el brazalete si no me dejas dormir.

No me puedes tirar-

Draco sujetó el brazalete y escuchó un sonidito de protesta que conocía bien y casi lo hizo sonreír.

¡Te estoy cuidando, lo sabes! No te lo quites…

Cerró los ojos y siguió hecho un ovillo, ahora que la voz por fin se había calmado. Pasó el tiempo en un estado medio consciente, hasta que alguien se atrevió a abrir la puerta de su compartimiento. Echó un vistazo a través de su túnica.

No puede ser.

Neville Longbottom lo vio, cerró la puerta, se sentó en el puesto contrario y sacó algunas golosinas de una bolsa de papel. Puso unas junto a Draco, envueltas en una servilleta.

¿Nuevo amigo? —indagó la voz en su cabeza. Draco le frunció el ceño, oculto por su túnica.

No pudo volver a dormir con otro profesor allí. Tras un rato, McGonagall también abrió la puerta.

—¿Cómo está?

—No se ha movido ni dicho nada —le respondió Longbottom—, creo que está dormido. No debe haber descansado demasiado estos días.

—Echa un vistazo al pasillo cada hora, quédate aquí el resto del tiempo —instruyó la directora, sin su seriedad usual. Draco notó que lo veía (al bulto de tela que era) con una expresión complicada—. Espero hacerle las cosas más fáciles a partir de ahora.

—Seguro lo apreciará —Neville intentó animarla, ofreciéndole de sus golosinas. La directora sólo aceptó unas galletas—, yo lo cuido, no se preocupe.

Draco quería quitarse la túnica de encima y decirles que él no necesitaba que nadie lo cuidase, ni que estuviesen pendientes de él, ni que lo viesen de la manera en que claramente lo hacían.

No pudo. Se tragó su vergüenza, la indignación, y se dedicó a ver por la ventana a través de una abertura que dejó entre la tela y el vidrio.

Neville cumplió con lo que la directora le pidió. Salía por un rato cada hora, comprobaba que todo estuviese en orden y regresaba. Se aseguraba de que Draco no tuviese ningún cambio, e incluso una vez llegó a realizar un hechizo básico entre los medimagos que le avisaba si sus latidos eran normales o estaba intranquilo.

Estoy feliz —dijo la voz en su cabeza—, hay personas que te cuidarán tanto. Apuesto a que nunca lo esperaste de ellos.

No, cuando Draco fue a solicitar el puesto a McGonagall con la recomendación que Granger le consiguió, no se esperaba esa atención especial.

—0—

La llegada a Hogwarts le trajo una vaga sensación de familiaridad y el doble de ansiedad. Tuvo que concentrarse en apartar los malos recuerdos de su mente. Tomó un carruaje destinado sólo al personal docente y Longbottom se aseguró de acompañarlo.

—Así que…—Neville carraspeó—. Pociones. Espero que no seas como Snape.

—Espero que los estudiantes no sean tan ineptos para obligarme a ser como Snape —replicó Draco, con los ojos puestos en el camino.

—Algunos son difíciles o maleducados, pero no son malos chicos, necesitan que seas paciente y los entiendas. Creo que es bueno que tengan la oportunidad ser así- adolescentes. No tienen que preocuparse por guerras, o Mortífagos, o…

—Sí, seguramente ni siquiera se asustarán si ven mi Marca Tenebrosa, ¿no?

Su intento torpe de mantener una plática acabó allí. Longbottom se pasó el resto del viaje con una expresión quejumbrosa. Abría la boca, la cerraba y fruncía más el ceño.

Así no harás un nuevo amigo —alegó la voz en su cabeza.

Como si quisiera nuevos amigos. Draco ya tenía amigos.

El banquete no fue tan diferente de los que vivió como estudiante. Se paró detrás de la mesa de los profesores y lo observó todo desde otro ángulo cuando McGonagall lo presentó como el nuevo maestro de pociones y Jefe de la Casa de Slytherin.

Sólo los Slytherin aplaudieron y Draco no sintió la más mínima sorpresa. Al menos, hasta que notó que los demás profesores se les unían.

—¿Ves? Tienen expectativas en ti —le dijo Longbottom cuando se sentó de nuevo—. Siendo profesor, he notado que los Slytherin nunca tienen a quién acudir…incluso si lo intento, por ser de otra Casa, no confían mucho en mí. Esperan poder confiar en ti. Quieren poder confiar en ti, Malfoy.

Draco buscó el rostro de su hijo en la mesa de las serpientes y notó que Scorpius le sonreía, emocionado.

Tiene razón —murmuró la voz—. Se el profesor de Slytherin que querías tener cuando estudiabas, Draco.

Esa primera semana fue caótica y apresurada. Theodore Nott fue contratado como profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, ya que la maestra de Aritmancia decidió a último momento permanecer un poco más, pero Theodore se encontraba en alguna parte de Europa del Este, metido en un problema que incluía unas criaturas de magia negra, y Draco tuvo que ser el suplente, al tiempo que preparaba sus propias clases.

Los chicos eran un poco menos estúpidos de lo que esperaba y tan egocéntricos y prepotentes como temía. En dos días, le quitó setenta puntos a los Gryffindor de séptimo curso, que creían que podían relajarse en sus clases porque no se tomaría en serio los ÉXTASIS.

Para ser justo, también regañó y quitó puntos a su propia Casa cuando la situación lo ameritaba.

Creyó que lo estaba haciendo bien, entre adaptarse a los horarios, hechizos de escudo para los de primer año, un boggart que casi se le escapa, demasiado humo de pociones básicas y cenar a diario con Scorpius en el dormitorio de profesores.

Si ignoraba la voz que provenía del brazalete, a la serpiente de tres metros que salió un día del baúl de su hijo y que los demás profesores lo trataran como si fuese una pieza a punto de romperse, la experiencia en Hogwarts no era tan mala.

Entonces, el último día de esa desastrosa semana, un grupo de Gryffindor decidió hacer explotar tres calderos, uno junto al otro. La ropa roja de Draco mostró leones dorados y brillantes, y contar hasta diez no fue suficiente para calmarlo.

Por Merlín, podría haber contado hasta mil y todavía querría decirle a ese mocoso que era un inmaduro y estúpido.

es bueno que tengan la oportunidad de ser así- adolescentes…

se el profesor de Slytherin que querías tener cuando estudiabas…

Draco se obligó a respirar profundo y fijó sus ojos en el chico que lideró al grupo en su travesura. Cabello desordenado, las pecas, los ojos café. Aun así, la forma de sonreír era la misma de su padre.

Los envió a su siguiente clase, orgulloso de que la voz no le temblase de pura rabia.

Harry Potter entró al laboratorio cuando Draco ya estaba impecable, sentado detrás del escritorio, corrigiendo un ensayo de un Ravenclaw que no debía haber entrado a la biblioteca privada de Rowena, si creía que el fénix era un reptil del que se podía extraer veneno.

Potter todavía usaba la túnica de Auror y se detuvo de pronto cuando se percató de que era Draco quien estaba detrás del escritorio.

—La directora McGonagall…—Gesticuló hacia donde él creía que se encontraba la oficina desde ahí—. Lo siento, yo…¿tú…?

—Tomé el puesto de profesor —aclaró Draco, luchando por mantener su tono suave—, tendrás que hablar conmigo estos días cuando James haga algo como esto en mi laboratorio. Los profesores que acaban de empezar no tienen la misma libertad para castigar a los chicos y McGonagall dijo algo sobre que James no era "tan malo" y tú podrías hablarle.

Harry se retiró los lentes, se masajeó el espacio entre las cejas y asintió.

—Malfoy, en serio —Se volvió a colocar los lentes—, te prometo que hablaré con él para que no esté explotando nada peligroso en tu laboratorio. Sé cómo son los accidentes con las pociones y- este verano, James tuvo una, ahm, influencia de alguien travieso, y…de verdad, de verdad, deja que hable con él. Lo siento. Si vuelve a hacer algo como eso- cualquier castigo, lo que tengas en mente, yo no me opongo, no es como si fueses a enviarlo de noche al Bosque Prohibido, ¿no?

Como Draco se limitó a mirarlo en lugar de contestar, la sonrisa que le mostró vaciló.

—Oh, por- no lo mandarías al Bosque Prohibido de noche, ¿cierto? No fue tan malo, ¿o sí? ¿Quemó a alguien? McGonagall me aseguró que no hubo heridos- no me digas que es porque es mi hijo-

¿Estás nervioso? —La vocecita en su cabeza sonaba divertida—. ¿Por qué estás nervioso?

Draco no sabía si quería más callar el balbuceo de Potter o a la voz del brazalete. Se sostuvo la cabeza y soltó un débil quejido.

Agitó una mano para indicarle al Auror que se fuese. Si no se tratase de un profesor nuevo y un estudiante que era sabido que cometía travesuras, habría bastado con un castigo normal. Draco hablaría con McGonagall para que le dejase otorgarles las detenciones en esos casos, aunque llevase una semana allí.

Después de todo, no, no pensaba enviarlo al Bosque Prohibido de noche sin un profesor. Fue bastante aterrador para su "yo" de once años aquella vez.

—Que no se repita, Potter.

Harry boqueó por unos segundos y comenzó a asentir enseguida.

—De verdad, de verdad, voy a explicarle por qué eso estuvo mal y fue una falta de respeto, y de nuevo, lo siento mucho, James no es un mal chico, es algo travieso…

¿Sigues nervioso? —tarareó la voz del brazalete—. Esto es muy entretenido.

Tan pronto como Potter se marchó para hablar con su hijo antes de regresar a casa por la red flu personal de la directora, Draco lanzó un hechizo de cerradura a la puerta y soltó el broche que mantenía el brazalete en su muñeca.

No creo haberte molestado tanto…oye, lo siento- Draco- ¡Draco, no te lo quites! ¡Ten…!

Se lo quitó y lo lanzó sobre su asiento, respirando agitado. Aquella era la culminación de una primera semana demasiado movida, después de un verano de encierro, soledad y silencio. Cada día se convenció más de que el único chico que soportaba era su hijo.

Se dedicó a respirar profundo para relajarse, y lo hubiese logrado, de no ser por los sonidos que llenaron sus oídos. Ruidos vagos y entrecortados, como si hubiese una interferencia entre el origen del sonido y él.

Un peso frío se instaló en su estómago y la sensación viajó por el resto de su cuerpo de inmediato. Tenso de nuevo, Draco miró alrededor, a las sombras que crecían en las paredes y suelo, igual que manchas de tinta.

Recuperó el brazalete y se lo volvió a poner, con manos temblorosas. La voz que provenía del artículo se escuchaba aliviada.

¿Te hicieron algo?

Draco meneó la cabeza y observó a las sombras en el laboratorio, hasta que se desvanecieron.

Lo siento, me encargaré de eso. No te quites el brazalete mientras no estoy, ¿sí?

El mago movió la cabeza arriba y abajo.

Prométemelo, Draco.

—Prometo no quitármelo —dijo él, su tono plano a comparación del desastre de nervios que era por dentro.

Bien.

Luego esa presencia al fondo de su mente y que entibiaba el brazalete se marchó también, y él se quedó solo en el laboratorio que antes perteneció a otros maestros.

—0—

La primera noche en Hogwarts, una serpiente salió del baúl de Scorpius. Albus estaba sentado en su cama, leyendo, mientras él se duchaba, así que fue el que le avisó con un:

—Scorp, Adhara está en tu cama.

Scorpius se apresuró a salir, seco y en su pijama, para encontrarse a su mejor amigo observando a la serpiente de tres metros en la otra cama.

Adhara lo saludó con un siseo entusiasta. Él sonrió y vio a Albus, que se encogió de hombros. Esa era su versión "sí, puede quedarse, ya qué".

—Gracias, Al.

—No podría regresar a tu casa, ¿no? —Albus continuó leyendo, hasta que la serpiente se deslizó fuera de la cama de Scorpius y fue hacia él para instalarse en su regazo y "ojear" el libro que sostenía.

Desde la guerra, pocos niños querían ir a Slytherin. Existían tantas malas historias sobre ellos. Con el paso del tiempo, las habitaciones comenzaron a ser para dos.

Los profesores temían que, si seguían así, las serpientes tendrían cuartos individuales para ocupar al menos la mitad de las mazmorras.

Nadie debió esperar que hubiese una serpiente en la lista cuando los Prefectos comprobaron que los chicos estuviesen despiertos para sus primeras clases. La estudiante de sexto año que llamaba a cada uno por su nombre miró a la serpiente, a Scorpius, a Albus, y de nuevo a la serpiente.

—No sé si esto está mal —murmuró, ceñuda—, pero aquí dice —Agitó el pergamino en su mano— que tu mascota es un búho.

—Puedes hablar con el profesor Malfoy, si quieres —alegó Albus, antes de que Scorpius tuviese oportunidad de contestar.

La chica decidió dejarlo pasar. Sería responsabilidad de Scorpius, y con él, del profesor Malfoy, si la serpiente hacía algo raro. Sólo lo agregó como una nota al pie del pergamino.

Así de fácil, una mamba negra adulta se coló en Hogwarts.

—Mi papá me dijo una vez que había un basilisco aquí cuando entró al colegio —decía Albus, en su trayecto al Gran Comedor para el desayuno. La serpiente estaba enrollada en los hombros, brazos y torso de un feliz Scorpius—, comparado a eso…Adhara es una mascota bastante común, ¿sabes?

Las miradas de otros estudiantes los acompañaron durante el resto del camino y en el comedor. Scorpius apenas podía percatarse de los susurros con los siseos de Adhara cuando quería que le pasase algo y las quejas de Albus sobre la última gran broma de James antes de terminar el verano, todo por la "inspiración" que recibió de Sirius Black.

—No parece que ese Sirius Black sea malo —Scorpius hizo memoria de su árbol genealógico por el lado de su abuela y arrugó el entrecejo—, creo que…fue sacado de la familia- sí, el hermano de Regulus, sacado junto con un tío de mi abuela que le dio dinero, algo así —Sacudió la cabeza—. Ya sabes cómo son los Black.

Alguien pasaba por detrás de sus asientos y soltó una frase a mitad de una tos falsa.

—Magos oscuros.

Scorpius bajó su tenedor y la cabeza de Adhara se frotó contra la suya. Escuchó a Albus inhalar profundo y recordó a tiempo sostener la manga de su túnica. Negó.

—Pero-

—Oye —Era el que acompañaba a quien hizo el comentario de antes—, ¿y crees que haya heredado el pársel de Voldemort o será algo que se le da sólo a los futuros señores tenebrosos?

—De Voldemort —contestaba el primero, riéndose—, eso es obvio, el hijo siempre tiene que heredar algo…

Albus se movió en el asiento y Scorpius se aferró a la tela de su túnica para evitar que fuese. Volvió a negar. Adhara reptó sobre su brazo hacia el de Albus, se enroscó en su extremidad, e intentó consolarlo del mismo modo que hizo con él: frotando la cabeza contra su mejilla.

—Me tienen harto —masculló Albus, concentrándose de mala gana en su comida—, en serio, Scorp, harto. ¿Sabes qué? Es que ni siquiera tiene sentido. Murió años antes de que tú nacieras, ¿y creen que alguien conservó un giratiempo para que tuviese un hijo? ¿De verdad? Tantas cosas que se podrían hacer si hubiese un giratiempo que viajase tan lejos, ¿y sería eso? —bufó y meneó la cabeza—. Mi tía Hermione dice que los giratiempos sólo viajan unas horas atrás. Pero es que eso no es lo peor, es que se les ocurrió- se les ocurrió esa idea de que tu mamá-

Calló cuando notó que Scorpius jugueteaba con su desayuno, sin comer más.

Albus se obligó a relajarse, pensó por un momento y se estiró para pasar tocino desde su plato al de su mejor amigo. Luego le robó un trozo de pan, frente a la mirada entretenida de la serpiente y el chico.

—¿Qué haces? —Scorpius dejó escapar una risita.

—El primer paso para no comer productos animales es dejar el tocino —afirmó Albus, muy serio. Luego le frunció el ceño de forma exagerada a la mesa—, aunque es todo un problema intentarlo aquí…por hoy bastará. Mañana comeremos avena —anunció, con la misma solemnidad.

—Odio la avena —recordó Scorpius, sonriendo.

—Me refiero a que yo comeré avena y tú vas a pasar a tu plato cualquier cosa que venga de un animal —obvió Albus—, hasta que me acostumbre. O me queje con los elfos para que tengan más platos veganos.

—¿Tus abuelos no dijeron algo sobre que no puedes quitar la carne de tu comida tan joven…?

—¿Lo ves por aquí? —Albus echó un vistazo alrededor—. Porque yo no.

Scorpius contenía una risita cuando recibió una palmada en la espalda. De pronto, una mata de cabello rojo sin peinar ocupaba su campo de visión y Rose se metía en medio de los dos.

—Hey, cinnamon. Serpiente fea —Se dirigió a Albus. Luego sacó una tira de tocino del plato de Scorpius, se la metió a la boca y vio el desayuno de Albus con una expresión confusa—. ¿Que la abuela Molly no dijo que te quedarías enano si…?

Albus la empujó para quitársela de encima y que pudiese haber un poco de espacio entre cada uno, frunciéndole el ceño.

—Traga y después hablas, animal.

Rose abrió la boca llena de comida, arrancándole un sonido de desagrado a su primo. Después tragó y se echó a reír.

—Entonces no te vas a comer eso, ¿verdad? —Y sin esperar respuesta, tomó un tenedor y atacó los huevos en el plato de Albus, quien le dio un manotazo en la muñeca—. ¿Qué? ¡Te estoy ayudando en tu misión de ser bueno con el planeta y todo eso!

Un siseo de Adhara le llamó la atención cuando estaban por empezar a discutir. Rose observó a la serpiente que se alzaba desde el hombro de Albus y se inclinó un poco hacia Scorpius.

—¿Muerde?

—No —Scorpius negó enseguida—, en realidad es muy dulce.

—Bien. Hola, minicinnamon —Rose se acercó a la serpiente de inmediato, ofreciéndole su mano. Ya que la dejó tocarle la cabeza con un dedo, sonrió—. Es mucho más linda de lo que parece desde la mesa de Gryffindor…

Albus la empujó otra vez, le quitó el tenedor y después decidió reemplazar el cubierto por uno limpio.

—¿Qué quieres, Rose? ¿Por qué no comes con tus amigos?

—Estoy vendiendo pastillas vomitivas mejoradas, el tío George dice que ni siquiera la enfermera las notará esta vez-

—Es la primera semana de clases.

—Exacto —Rose asintió—, ¿quién quiere ir a clases la primera semana?

—Mi padre dará sus primeras clases esta semana…—murmuró Scorpius.

—Entonces les daré descuento si me prometen no usarlas para evitar la clase del profesor Malfoy —Rose le sonrió y dibujó una "x" con el índice sobre su pecho. Su señal de promesa.

Tan pronto como Scorpius acabó de jugar con su plato, Rose se acomodó dándole la espalda para que el chico pudiese ayudarla a recogerse el cabello. Mientras Scorpius se ocupaba de esto con una expresión de absoluta concentración, ella quedaba de frente a un irritado Albus y siguió hablando en voz más baja.

—La verdad es que he decidido ser una serpiente honoraria este año —dictó Rose, gesticulando deprisa con las manos manchadas de comida. Albus le lanzó una servilleta, que ella sacudió como un juguete a medida que seguía—, tengo la teoría de que demasiada impulsividad en la Casa Gryffindor matan las neuronas más rápido, ¿sabes? Es bueno por un tiempo, pero estoy comenzando a preocuparme por mis compañeros.

—¿Ahora qué hicieron? —indagó Albus, resignado a que tendría que escuchar.

—Malcom y Phoebe piensan que tener una serpiente es la prueba definitiva de que cinnamon es el hijo de Voldemort —Rose rodó los ojos—, dijeron que tenía sentido y que me hacía falta ver los "hechos". Yo les dije que a ellos les hacía falta materia gris en la cabeza. Tal vez fue el Quidditch, les lancé varias bludgers cuando jugábamos en el verano…

Rose se autoproclamó "defensora" de Albus, por ser dos meses mayor. Cuando unos estudiantes quisieron molestarlo en primer año, les lanzó unos libros diciendo que la única con derecho a molestar a su primo idiota era ella. Ya que se la pasaba con Scorpius para entonces, Rose terminó por encariñarse con él y ahora se peleaba con quien soltase una tontería de cualquiera de los dos.

Albus le agradecía. En el fondo. Muy, muy en el fondo, con ese tipo de emoción que se quedaría ahí toda la vida, porque no tenía planes de expresarlo en voz alta y mucho menos a ella.

—Ya estás lista —avisó Scorpius, en cuanto Rose tuvo dos trenzas recién hechas que comenzaban a los costados de su cabeza y recogían cada mechón.

—Gracias, cinnamon —Rose se giró en el asiento para saltar sobre Scorpius y le revolvió el cabello, arrancándole un quejido vago. Acabó con un brazo en torno a sus hombros y volvió a fijarse en Albus—. ¿Entonces vas a querer las pastillas vomitivas o no?

Albus sacudió la cabeza. Adhara siseó, todavía sobre su hombro.

—¿Dulces pegajosos?

—No.

—¿Espejos encantados?

—El tío George ya me dio un par y le regalé uno a Scorpius.

—¿Sombrero gritón? ¿Corbata elástica? ¿La pluma que hace tu tarea por ti? Quieres la pluma, ¿verdad? Te daré un descuento familiar; no serán dos galeones, sino un galeón y dieciséis sickles.

—Un galeón son diecisiete sickles —Albus le frunció el ceño—, sólo me estás dando descuento de un sickle.

—¿Acaso no te importa ahorrar tus sickles? —Rose adoptó la expresión incrédula de George cuando fingía no entender por qué alguien no aceptaba su buen trato.

—¿Cómo podremos aprender algo si una pluma lo hace todo por nosotros? —preguntó Scorpius, luciendo confundido.

Ambos medio Weasley le dedicaron miradas igual de incrédulas. Rose le pellizcó la mejilla.

—Y luego me preguntas por qué te digo "cinnamon", tontito. Está bien, nada de plumas tramposas —bufó e hizo una breve pausa, en la que lo consideró seriamente—. ¡Ya sé! ¡Comida para tu serpiente! Necesita comer algo para serpientes, no sólo comida humana, ¿no, cinnamon?

—¿Desde cuándo vendes comida para serpientes? —Albus negó—. ¿Cuántos estudiantes pueden tener serpientes en Hogwarts?

—Ninguno hasta hoy, ¡pero hay que expandir el negocio! —Rose se sacudió, y con ella, también a Scorpius—. Si lo necesitas, es probable que yo lo consiga y te lo venda. Cinnamon, ¿quieres descuento familiar, o prefieres una promoción de primer comprador de un artículo nuevo? Digamos- un galeón por un mes de alimento, ¿cómo suena eso? Te lo dejaré en quince sickles para tres semanas, y si me pagas por adelantado, te tengo la comida nueva justo el mismo día en que se te acabe la última parte…

Scorpius observó a la serpiente y a Albus. La primera siseó, el chico gesticuló un "regatea" silencioso con los labios. Pero como Scorpius era Scorpius, su regateo acabó en que pagaba dieciséis sickles y recibiría la comida esa misma tarde.

—El sickle extra es por las molestias —decía Scorpius, muy seguro de que así funcionaba el mundo de los negocios—, dijo que podía conseguirla hoy mismo y las lechuzas no suelen ir tan rápido…

Albus esperaba que el señor Malfoy no le fuese a legar las propiedades de la familia sin explicarle antes que el regateo, como comprador, consistía en bajar, no en subir el precio.

La primera clase del día era Herbología. Su padrino Neville estaba tan feliz de verlo como el pequeño ejército de criaturas de plantas con que trabajarían los chicos de tercer año. Además de los bowtruckles usuales, había mariposas con alas de pétalos de flores, gusanos de madera y un grupo variado de figuritas humanoides basadas en árboles.

Albus apartó el que tenía una corteza con olor a canela y lo puso frente a Scorpius, que quedó encantado con la criaturita.

—Bien, chicos, chicos- por favor —Neville intentó calmarlos, gesticulando—, estudiaremos los ecosistemas miniatura durante este lapso. El año pasado vimos una de las principales variantes de la fauna mágica, las plantas pequeñas vivientes, como la mandrágora. Ahora, estos amiguitos pueden parecer más fáciles que una mandrágora bebé y más bonitos que las plantas babosas de primer año, pero no se confíen, puede que se lleven un par de sorpresas…

Si ignoraba el detalle de haber sido mordido por una criatura de cinco centímetros con forma de tallo, la semana de Albus fue bastante normal. Las clases que conocía y sus optativas que recién comenzaban (Aritmancia y Runas Antiguas; compartía ambas con Scorpius y Rose), los rumores estúpidos en el pasillo, las miradas que los seguían, Rose haciéndole un hechizo de zancadilla al que insinuase que Scorpius era hijo del mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos.

Después de la serpiente que apareció en el baúl, los siguientes días fueron casi aburridos. Pronto Albus se encontraba en el primer fin de semana de ese año escolar, tendido en su cama en las mazmorras, con la mitad del cuerpo de una mamba negra sobre el tronco, mientras revisaba su libro de Astronomía para estar seguro de que podría ubicar las constelaciones de la tarea que entregaría la otra semana y oía el trastabilleo de Scorpius por todo el cuarto.

Serpiente y mago giraron la cabeza a tiempo para ver a Scorpius tropezarse con el baúl abierto. Se quejó, sacó un libro de pociones y cerró la tapa, saltando cuando esta cayó de golpe sobre el baúl. Sólo entonces se percató de los dos pares de ojos sobre él y se avergonzó.

—Yo, uhm, voy a- a ayudar a mi padre con…ahm…—Apuntó hacia la salida—. Dijo que quería que probásemos algo para sus siguientes clases…¿vienes?

—¿Dijo que yo podía ir? —Albus arqueó una ceja. Al no ver reacción alguna de su parte, negó—. Mejor para la próxima, Scorp, anda a pasar tiempo con él, aprovecha que está aquí.

Scorpius siempre hablaba de lo mucho que extrañaba a sus padres cuando estaba en el colegio. Ya que ahora no tendría a uno, Albus pensaba que debía disfrutar al máximo el tiempo que estuviese con su padre.

Lo vio correr fuera del cuarto, después de prometer que regresaría en la tarde para que hicieran (descifraran) la tarea de Aritmancia juntos. Albus observó a la serpiente, se la quitó de encima con cuidado y se sentó en la cama. Aguardó unos segundos, en caso de que Scorpius volviese con la misma prisa por algo que olvidó. No sucedió.

Bien. A moverse.

Apartó su tarea de Astronomía que podía esperar, recogió pluma, papel y el diccionario del mago. Adhara siseó y reptó hacia él, contemplando su proceso con curiosidad.

—Scorpius está mucho más decaído de lo que parece, ¿te diste cuenta? —Albus le habló a la serpiente como si fuese otra persona, al tiempo que organizaba los artículos sobre su cama y abría el diccionario de runas—. La extraña demasiado, pero no ha querido hablar del tema. Yo tampoco sé cómo sacarlo, siento…que le va a doler apenas lo mencione, y hace como si nada, pero no es normal que tenga los ojos húmedos cada vez que se despierta en la mañana —indicó, dejando el diccionario abierto frente a él.

Tuvo que usar otro libro para que el encuadernado nuevo no se cerrase solo y perdiese la página.

—Pensé en decirle al señor Malfoy ya que está aquí y que le hiciera un atrapasueños si estaba teniendo pesadillas…pero luego me di cuenta de que si no ha querido decirme a mí, ¿podría no querer decirle a su padre? Es Scorp. Intentaría no preocuparlo- sabes cómo es.

Adhara emitió un siseo que él interpretó como un "sí, lo sé". Esa serpiente le parecía tan lista. Estaba convencido de que comprendía la lengua humana mejor que el resto.

—Así que hay que hacer algo para Scorp por nuestra cuenta —aclaró Albus, recogiendo su pluma y llenándola de tinta—, un par de runas de protección bajo la cama deberían alejar malos sueños. A ver…runas de protección para la mente, esto se hace…espera, este movimiento…

Albus no tenía una confianza excepcional en su capacidad para las runas después de una semana en la que sólo vio sus primeras cuatro horas de clase, pero tampoco esperaba un resultado tan nefasto.

La serpiente y él observaron el pergamino en silencio por unos segundos, con sus manchones de tinta y las formas irreconocibles que no tenían ninguna similitud a las del libro.

—Voy a buscar información en la biblioteca —decidió Albus. Tomó los artículos necesarios, incluida su tablet mágica y se giró hacia la serpiente en cuanto estuvo listo—. ¿Vienes?

Adhara se subió a su brazo y se enroscó en torno a su cuerpo, siseando feliz.

Desde que se instaló la red mágica, la contraparte en proceso del internet muggle, sólo el Gran Comedor, el salón de Estudios Muggles y la biblioteca tenían buena señal. Se suponía que el primer punto era para que pudiesen usarlo durante los ratos de ocio y en los otros dos para estudiar. Albus creía que lo utilizaban más para estupideces y hablar con sus conocidos muggles sin parecer unos dementes en aislamiento social durante nueve meses al año.

La principal ventaja de la red mágica era que, siempre que tuviese la varita encima al mismo tiempo que la tablet y esta percibiese su esencia, podría acceder a las páginas a las que los muggles no entraban. Por ejemplo, El Rincón de la Hechicera Errante. Tenía una guía para facilitar la escritura de runas con la que Albus intentó trabajar durante más de una hora.

Los siguientes resultados todavía no los convencían. Miró a Adhara y la serpiente sacudió su cabeza escamosa.

Cuando una serpiente sabe que tus runas están mal, es porque en serio están mal.

Albus no sabía cuánto podrían demorar Scorpius y su padre, y comenzó a sentir que la "guía para principiantes" no incluía chicos de trece años que sólo vieron runas antes en series de vikingos. Se frustró tanto que presionó el icono del chat con la tablet mágica de su padre y consideró pedirle ayuda.

—No debería trabajar hoy —le dijo a la serpiente, vacilante, su dedo sobre el teclado táctil y sin rozarlo—, pero…quizás haya que explicarle…

No, no podía hacerle eso a Scorpius. Si no quiso hablar del tema, no debía forzarlo y contarle a otros que su mejor amigo lloraba por las noches.

Albus abandonó el chat y continuó revisando la guía. Sus próximos intentos fueron casi decentes. Casi.

McGonagall lo encontró en una mesa apartada, gruñéndole a su tablet y a un pergamino que parecía tener más manchones que letras antiguas. Adhara se enroscaba en su brazo e intentaba animarlo con suaves siseos. La directora titubeó ante la serpiente, pero al recordar que no hacía daño y ver su interacción con el adolescente, se acercó.

—¿Tienes una tarea muy difícil, Al?

Albus levantó la cabeza y se guardó su mal humor sólo porque era ella. McGonagall le agradaba. No le diría "profesora Minnie" como James, ni se le colgaría como Lily, pero la apreciaba y sabía que el cariño era recíproco. Además, era una de las más indignadas con los rumores de la descendencia de Scorpius y eso la hacía ganar muchos puntos en la escala de respeto de Albus.

Vio su desastre de runas, a la directora, y quiso lloriquear. McGonagall se inclinó sobre su hombro, examinó las "runas" a través de sus lentes y asintió, sin mencionar su pulso tembloroso o que confundiese las direcciones de los trazos.

—Runas de protección, bien. ¿En qué te basas?

Albus le pasó la tablet, que ella sostuvo como si fuese un artilugio extraño que podía presentar algún tipo de amenaza. Luego tuvo que acercarlo un poco para leer bien, su expresión todavía bastante seria y el ceño arrugándose.

—Es una buena guía, pero creo que tengo algo más apropiado para ti, acorde a lo que quieres —explicó, devolviéndole la tablet con cuidado. No preguntó por qué querría esas runas en particular después de sus primeras clases del tema.

McGonagall llevó al chico y a la serpiente a su oficina y le pidió un momento, mientras se enfrentaba a las pilas de papeles que tenía sobre la mesa. Albus la escuchó soltar un par de hechizos de búsqueda y para atraer objetos.

Adhara siseó en su oído y él miró en la dirección en que lo hacía la serpiente. Había un retrato de un mago de aspecto sombrío en una de las paredes, junto a los demás directores.

Severus Snape, decía la placa. McGonagall soltó una risita cuando lo atrapó mirándolo.

—Severus, este es el segundo hijo de Harry —le dijo al retrato, un deje afectuoso colándose en su voz.

El tal Severus formó un rictus de desprecio.

—Sí, debí imaginarlo. El mayor le hace honor a su nombre, ya debería dormir en esta oficina, sería sólo cuestión de tiempo antes de que…

La directora regresó junto a Albus y le tendió un viejo libro de runas. La primera página tenía un "MM" con tinta rosa.

—Se llama Albus Severus —McGonagall alzó un poco las cejas cuando el mago del retrato se quedó sin palabras.

Severus observó a Albus con más atención y tiró de las mangas de su túnica negra, que le recordaba a un murciélago.

—¿En serio? —Fue lo único que dijo.

La directora asintió, con una leve sonrisa. Albus seguía mirándolo, su mente regresando a lo que sabía de ese hombre que no supo ser bueno y murió porque no fue lo bastante malo.

—Mi papá dice que tengo el nombre del Slytherin más valiente que conoció —repitió Albus.

Severus miró a la directora, luego a él, y lo repitió un par de veces, tirando de la manga todavía.

—No veía ese tic desde que eras un estudiante, Severus —McGonagall lucía enternecida—, quién diría que un retrato lo copiaría tan bien…

El mago la ignoró y siguió viendo al adolescente parado frente a su retrato.

—¿Te va bien en pociones?

Cuando la directora abandonó la oficina, sólo le pidió que cerrase la puerta al salir. Albus le contaba al mago en el retrato sobre el nuevo profesor de pociones.

—¿Así que Draco? ¿En pociones?

—¿Conoció al profesor Malfoy? —indagó Albus, curioso.

—Desde que era un mocoso malcriado y lloraba por todo…