El niño maldito
Sumario: El ascenso de un posible reemplazo de Lord Voldemort amenaza con arruinar las tranquilas vidas de las familias Potter y Malfoy al rodear de sombras a la nueva generación, traer recuerdos borrosos del pasado…y una visión terrible de lo que podría ser su futuro.
Género: ¿Aventura? Yo diría que es un desmadre mágico con slash.
Claves: súper mega lento slow burn con trama desmadrosa y larga. Drarry, Scorbus, parejas secundarias.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
La tienda de Maia
Draco utilizó unas horas libres en un día de semana para trasladarse hacia Londres sin llamar la atención. Scorpius tenía ensayo con el club de teatro, Adhara lo acompañaba, y el único que tenía una idea de su posición era Theodore.
Era la quinta vez que intentaba verla.
Se deslizó entre los callejones, alejándose cada vez más de las calles de locales "buenos", hasta que el bullicio se redujo a un sonido distante y poco relevante. Usaba una túnica que desviaba la atención y un hechizo que evitaba que fuese reconocido a simple vista y por la magia más regular.
No creía que hubiese una persona que quisiera ser vista yendo a buscar a Maia Hemmings.
Su destino era el local en una esquina, dos pisos, sólo uno de acceso al público. Polvoriento, estrecho y abarrotado con antigüedades extravagantes de las que solían ser adquiridas por personas lo bastante ricas para no saber en qué más gastar sus galeones.
Draco tocó la puerta con la varita, esperó la señal que avisaba que se abría y la empujó. En su primera visita descubrió que si "entraba" sin aguardar el permiso, acabaría en una sala gris y vacía desde la que sólo podía Aparecerse afuera.
Caminó rápidamente entre relojes viejos, un par de maniquíes con atuendos que tenían dos siglos de edad y algunos artilugios de plata que le recordaron a los objetos que amaba su tía Bellatrix. No era una buena señal. Alcanzó el mostrador y volvió a tocar con la varita.
Generalmente, la cabeza de vudú colgada en el umbral que daba a la trastienda lo echaría con palabras groseras si Maia no quería verlo. Si insistía en quedarse, aumentaba de tamaño y abría la boca para tragárselo. Acababa en la sala gris, de nuevo. Fue lo que le sucedió la segunda vez.
Draco sabía cuándo podía seguir siendo un malcriado y cuándo parar. En ese momento, se limitó a esperar durante casi cinco minutos enteros, sin nada que hacer, además de escuchar el tic-tac de los relojes más cercanos marcando cada segundo.
De pronto, la cortina de la trastienda se movió y Draco distinguió una cabecita rubia ceniza en un niño que no pasaba de los tres años. Tal vez dos y medio. Le hizo pensar en Scorpius a su edad, cuando avanzó con pasitos apresurados y torpes hacia el mostrador.
No podía apoyarse en la mesa y ver a Draco, pero eso no lo detenía. Intentó sostenerse del borde para subir. Una parte de Draco, que extrañaba que su hijo fuese así de pequeño, quería levitarlo hacia arriba para que lograse su objetivo y estuviese feliz. La otra le advertía de no jugar con niños ajenos en un callejón tan peligroso.
Maia abrió la cortina de un tirón y encontró al niño todavía luchando por subir al mostrador y a Draco mirándolo con una expresión mortificada. A pesar de que se dijo que sería malo ayudar, no pudo evitar lanzarle un hechizo que suavizaría su caída si lograba abandonar el suelo de algún modo y perdía el equilibrio.
La bruja lo notó enseguida. Deshizo el hechizo, cargó al niño y ladeó la cabeza para que no alcanzase su cabello y jalase. Moviéndolo en pequeños saltos entre sus brazos, examinó a Draco con atención. Sus ojos vagaron sobre el atuendo rojo, ahora que se había retirado la capa, a su rostro, al atuendo, una de sus manos y después su cara otra vez.
—Es…el esposo de la bruja de la familia Greengrass. Astoria Malfoy.
Draco no tuvo que contestarle. Ella tocó el mostrador con su mano que podía liberarse, este se dividió en dos para hacerle un espacio y de inmediato se giró. Maia se perdió en la trastienda, cargando al pequeño que le contaba sobre un kneazle.
Tras un instante de vacilación, Draco la siguió. El mostrador se cerró detrás de él y Draco aprovechó que le daba la espalda para enviar una señal mágica a Theodore. Al menos, así sabría a dónde se estaba metiendo.
La trastienda era una versión más amplia y organizada del local delantero. Cientos de objetos y miles de archiveros alineados, en una sala agrandada con tantos hechizos que los creadores del Ministerio lo envidiarían.
Maia puso al niño en el suelo, le besó la frente y lo envió a jugar. El pequeño miró a Draco, se rio y corrió hacia una puerta diferente a la que usaron para entrar, que se desvaneció en cuanto la cruzó, poniendo distancia entre él y los adultos.
Draco habría hecho exactamente lo mismo con Scorpius.
Cuando la bruja se giró para encararlo, parecía que necesitaba comprobar algo en él, por lo que permaneció tranquilo y quieto, con las manos a la vista. Los ojos de Maia volvieron a caer en su mano. Era el brazalete lo que observaba con interés.
—Sé que tiene un trabajo casi legítimo…
—Es perfectamente legal —masculló Maia, de mala gana.
—Pero no ve a alguien con frecuencia y no tengo cita —siguió Draco, suavizando su tono. Agitó la mano con el brazalete—. Esto lo hizo usted, ¿verdad? ¿Así me reconoció?
Maia torció los labios y asintió.
—Sólo…quiero algunas respuestas, es todo.
—¿Todavía funciona? —indagó ella, pidiéndole que se acercase con un gesto. Tan pronto como lo hizo, Maia sujetó su brazo y se dedicó a examinar el brazalete. Lo confirmó por su cuenta y arrugó más el entrecejo—. Oh, bien. Necesitaré un café para tener esta conversación.
Se dio la vuelta y empezó a alejarse, sin decirle nada. Draco asumió que debía seguirla. Que no hubiese recibido una maldición que lo echase para atrás indicó que, probablemente, era lo que Maia esperaba.
Resultó que existía una pequeña sala de estar en medio de los archiveros. Se encontraba en un espacio redondo cubierto por una alfombra, con algunos muebles de tapicerías extrañas, un juego de té y una máquina de café muggle adaptada para ambientes mágicos. Vio letreros con códigos pegados a los costados de los archiveros y supuso que nadie más que ella entendería el método de organización allí presente.
Maia se dejó caer sobre un sillón, agitó la varita y la máquina de café se puso en marcha. Draco titubeó, hasta que notó que señalaba otro mueble. Entonces se sentó allí, y la observó levitar su café y echarle un poco de whisky.
No habló hasta que llevaba dos sorbos. Maia subió las piernas al mueble, las cruzó y se inclinó hacia adelante, con la taza entre las manos.
—¿Qué tan seguido la escuchas?
—Casi todos los días —respondió Draco, en voz baja.
—¿Por largos ratos?
—A veces.
—¿Durante cuánto tiempo se ha ido?
—Un par de días, una semana es lo máximo.
Maia asintió, despacio, y bebió más de su café alcoholizado. Draco también se inclinó hacia adelante en ese instante.
—Mire, no quiero molestarla si tiene más trabajos, y lo que hizo es asombroso, pero —Suspiró— me gustaría tener una idea de por qué mi esposa muerta no está muerta y habla conmigo a través de un brazalete, ¿entiende? Creo que no pido demasiado con querer una respuesta para eso.
—Oh, no, es comprensible. Cualquier persona razonable tendría esa duda en su situación.
—Así que…—La alentó Draco.
—¿Qué le dijo ella cuando se lo dio?
Draco bajó la cabeza para ver el brazalete e hizo memoria. Fue unos cinco meses antes de su "muerte", sin ceremonias, sólo agarró su brazo y comenzó a ajustárselo, mientras hablaba.
—"Estaré lejos un tiempo" —Draco arrugó el entrecejo—. Algo sobre…que podría saber de mí mientras lo usara, que era una protección, y no sé, que serviría para hablarle, cosas como esa.
—¿No notó nada extraño en ese momento?
—Astoria adoptó a una tortuga mágica gigante durante casi un año e intentó incubar huevos de fénix. Ella ya era extraña de por sí. Por eso nos casamos.
Se le escapó un bufido de risa con lo último. Maia lo vio en silencio por unos segundos.
—¿Cómo supo que no estaba muerta?
—Se deterioró rápido, pero estaba sanando, la urna no se abrió y el medimago no me dejó verla. No soy tonto, ¿sabe? Cuando la escuché hablar la primera vez, creí que al fin me había vuelto loco, pero después de analizarlo bien…intento pensar que tiene buenos motivos y no que fue algo cruel. Ella no era una mujer cruel- yo no me habría casado con una persona cruel.
—Le diré lo que me comentó cuando mandó a hacer los brazaletes —explicó Maia—, sólo porque ella previó que vendría. Todo esto es lo que me permitió que le contase, ¿de acuerdo? Y no tengo respuestas más allá de esto, lo siento.
Draco asintió.
—Está bien, lo que sea…está bien.
Maia entrechocó las palmas. Hubo un sonido de un cajón abriéndose con fuerza y luego un pergamino levitó hacia ella.
—Vino con su apellido de soltera. "Astoria Greengrass" llegó aquí el 29 de enero de este año, por la tarde; traía una invitación. Las invitaciones sólo se las entrego a buenos clientes para que se las den a magos que conozcan a los que pueda ayudar —indicó, fijándose en el pergamino que desenrolló con cuidado. La taza de café casi vacía flotaba junto a su cabeza—. Después de una conversación corta, me pidió hacerle un par de brazaletes mágicos "para empezar".
—¿Así que no son dos? —cuestionó Draco, frunciendo el ceño—. ¿Hay más?
Maia asintió, pero continuó hablando según su registro y no respondió a la duda obvia de Draco.
—Para los primeros dos, ya ha visto las especificaciones de diseño. Las propiedades son otro tema. El que ella usaría es algo que llamo "brazalete amo", funciona como un "centro de mando" portátil y puede conectarse con diversos brazaletes. El que usted lleva se conectaba al suyo en una dirección; ella siempre podría acceder a la conexión entre ustedes, pero no al revés.
Eso explicaba por qué a veces le hablaba y no respondía hasta que "regresaba". Draco asintió de nuevo.
—También tiene una importante función de protección. Astoria me habló al respecto —Repasó unas líneas del pergamino con el índice—; me dijo que cuando acordaron su compromiso, tener al menos un hijo era un objetivo para ambos, y su esposo insistió en que fuese un enlace mágico.
Draco emitió un vago sonido de protesta.
—El enlace mágico le da el mejor estatus posible a un matrimonio entre sangrepuras. Y a Scorpius lo volvía heredero de inmediato. No podía dejar que Astoria o mi hijo no estuviesen dentro de mi familia.
Maia casi sonrió al oírlo.
—El problema de este tipo de enlace es que el "hasta la muerte" es muy literal —Hizo una pausa—, y ya que ella no está del todo…ida-
—Muerta —gruñó Draco—. No está muerta, ya lo he superado. ¿Pero cómo es que tampoco está aquí? Alguien no se desvanece en el aire. Astoria- Astoria no era- no es el tipo de persona que nos dejaría así. Incluso si ya no me quisiera a mí, no se iría de pronto y abandonaría a Scorpius, estoy muy seguro de que me casé con una buena persona, ¿bien? Entonces…no entiendo por qué…
—Ella me dijo que estaba perdiendo su cuerpo físico —siguió Maia, más bajo—, no podía decírselo a alguien cercano, fue parte de un…una especie de acuerdo. Y yo no era cercana a ella. Se desvaneció, de cierta manera, y eso no es estar muerta; su enlace mágico lo reconoce y continúan atados de algún modo. Por eso insistió en que el brazalete de su esposo necesitaba hechizos de protección especiales. ¿No ha sucedido algo? ¿Ha…intentado quitárselo?
Draco recordó cuando lo intentó y tocó el brazalete con su otra mano.
—Esas cosas…
—No conozco todo el contexto —advirtió Maia, antes de agregar:—, pero, por lo general, cuando alguien pierde su cuerpo físico, ya no puede estar en el mismo plano que nosotros. Un plano se puede superponer a otro, pero siguen sin ser el mismo, y si su enlace continúa en funcionamiento…lo lógico sería esperar que ambos lados estén en el mismo plano. Puede que un plano sea más fuerte que el otro, que un brazalete atraiga a su compañero, o que…los dos se vean jalados hacia el plano del otro, pero ya que ella no puede estar aquí sin un cuerpo…entonces la otra parte del enlace, sin una protección, puede caer en ese plano. Y quizás…llamar a lo que esté allá. Eso último es una suposición, claro.
Maia torció los labios y revisó el pergamino de nuevo.
—Mandó a hacer varios brazaletes más a lo largo de los meses, hasta el comienzo del verano. Dijo que se iría este verano. Cada brazalete tiene una función y todos se conectan al suyo. Ella los buscaba, no puedo decir quién los usa o dónde están; eso no lo sé. Eran ajustables y no los puedo rastrear tampoco.
Draco apenas escuchó lo que vino después de eso. No le interesaban los demás. Astoria hizo cosas que carecían de sentido para él desde el preciso instante en que se le acercó y le habló después de la guerra.
Siempre pareció tener una razón y era tan testaruda. Lo único con lo que cedió fue el enlace mágico y el segundo nombre de Scorpius.
Quiso reírse de que fuese lo primero lo que lo metía en este problema, pero no le salió ningún sonido. Por mucho que lo intentó, no conseguía que Astoria hablase de por qué era una voz saliendo del brazalete y al final tuvo que rendirse. Lo único que pudo darle fue un nombre. Maia Hemmings, la bruja frente a él.
Astoria lo organizó de manera tal que tuviese la protección y pudiese enterarse de la existencia de Maia, la persona que tenía las respuestas que dejó, cuando fuese necesario. No antes. No después.
Sonaba a algo planeado por ella, admitió Draco. El motivo era lo que lo preocupaba. ¿De qué se estaba perdiendo?
Maia paró de hablar y giró la cabeza hacia un grupo de archiveros idénticos a todos los demás a ojos de Draco. Enrolló el pergamino, se bebió lo que quedaba de su café de un trago y le frunció el ceño a Draco.
—¿Trajo Aurores?
Tan pronto como lo dijo, se levantó de un salto y agitó la varita. El pergamino voló de regreso a un archivero y pronto los muebles empezaron a hundirse y desaparecer en el suelo. Draco cayó sentado en el piso cuando el sillón también se fue. La sala se encogía deprisa y el lugar era un caos de movimiento.
—No traje a nadie —juró Draco, deprisa, antes de que pensase que era buena idea que el suelo se lo tragase también—, vine solo…
Maia convirtió el archivero en una pequeña trastienda común, agarró su brazo y lo levantó de un jalón. Empezaron a moverse mientras soltaba maldiciones. Draco casi tenía que correr para seguirle el ritmo.
—¿No dijo que era perfectamente legal todo?
—¡Tenía una maldita casa de apuestas y un refugio de sicarios, claro que no es perfectamente legal! ¡No sería mío si fuese completamente legal! ¡No sé cómo hacer las cosas a la manera "legal"! —Maia abrió una puerta diferente a la de la tienda, gritó algo en lo que a Draco le sonó a irlandés y la cerró de inmediato. Luego lo arrastró hacia la tienda de antigüedades.
Cuando los Aurores cruzaron las barreras con el permiso de la tienda, Maia se encontraba detrás del mostrador y un confundido Draco Malfoy frente a ella, viendo los relojes de bolsillo que le mostraba y sin estar seguro de qué pasó o cuándo llegó ahí.
—Este incluso tiene cierta similitud con un giratiempo —agregó Maia, con una sonrisa encantadora que la haría pasar por una excelente vendedora.
Oyeron una campanilla y pasos acercarse. Maia vio al Auror y soltó un "ah". Después le lanzó el dichoso reloj similar a un giratiempo, que el Auror atrapó en el aire.
—¡Pudiste haber avisado y no me hubiese movido tan rápido, Potter!
—Es la segunda vez que pasamos, Maia —Harry sonó divertido al devolver el reloj al mostrador.
—¡Precisamente eso me alteró! —reclamó la bruja, llevándose las manos a la cadera—. Dos Aurores pasando frente a mi tienda dos veces en un día y además se detienen frente a la puerta. Dime si hay alguien en esta calle a quien no le dé nervios eso. Hola, rojito —saludó con un cabeceo al Auror que venía detrás de Potter—. ¡Saben que si usan los broches de Auror, mis barreras los toman como amenaza! Podrían venir en ropa casual y asunto arreglado, chicos. No tengo edad para aguantar tantos nervios, ¿saben?
—Estamos aquí por una investigación oficial y tenemos que usar los broches, por si acaso —aclaró Ron, en tono de disculpa. Luego se fijó en Draco—. Malfoy.
—Weasley.
—¿Qué haces aquí, Malfoy? —Harry no sonó cauteloso, sino interesado. Debió pensar que no era el tipo de lugar en que lo encontraría.
Draco abarcó con un gesto los relojes que Maia puso frente a él a toda prisa.
—Miro relojes. ¿Ya tienes que cambiar tus lentes?
—¿Qué tienen sus lentes? —Maia frunció el ceño enseguida—. Yo los hice. Aunque hubiese preferido que no fuesen redondos, pero ya qué.
—Podemos hablar también de los lentes —alegó Harry—, en privado, Maia, por favor. Esperaremos si estás ocupada.
La bruja observó a Draco, que sacudió la cabeza. Ya tenía suficiente por un día. Ella no podía decirle nada que no supiese, la voz no estaba presente y prefería estar en Hogwarts antes de que terminase el ensayo de su hijo. Quería ver a Scorpius recitando algunas líneas; su emoción en el escenario le alegraba el día.
—Esperen un momento —Maia regresó a la trastienda, abandonando a dos Aurores y un ex-Mortífago frente al mostrador.
Harry los vio a ambos e intentó sacar una conversación.
—Maia hace cosas fantásticas, Malfoy. Puedes elegir un reloj o traerlo y ella lo convertirá incluso en una escoba con tres movimientos, ya lo vi, una amiga tiene uno que se extiende así.
—Sorprendente —admitió Draco, en voz baja. Y de vuelta al incómodo silencio.
Maia regresó con un pergamino enrollado y una pequeña caja. Puso ambos en el mostrador, frente a Draco.
—Eso será todo, señor Malfoy. Hay un código de la red mágica en el pergamino para que me contacte si tiene preguntas sobre su funcionamiento. Gracias por la visita.
Draco recogió el pergamino y la caja, la observó unos segundos en busca de alguna señal de qué era lo que le daba y luego giró para despedirse de los Aurores.
Se sentía increíblemente cansado cuando abandonó el local.
Dentro, Ron esperó a que el mago se hubiese Aparecido lejos de ahí para indicarle a los otros dos que podían empezar a hablar.
Harry se retiró los lentes y se los tendió a la bruja, que comenzó a revisarlos de inmediato. Era la mejor forma de conseguir algo de ella.
—Un grupo dejó unos mensajes que sólo pudimos ver gracias a la función de desencriptar de mis lentes, Maia.
—Cada día me sorprendo más de mis propias habilidades, eh —Ella se rio. Tocó el costado de los lentes con su varita y enseguida estos se dividieron en siete pedazos para que pudiese examinarlos a gusto.
Harry tenía dificultades para identificar más que piezas pequeñas con su visión borrosa.
—Esos mensajes los dejó una tal "Cofradía" —siguió Ron, recargándose en el borde de acero del mostrador— y la única persona que menciona una Cofradía en nuestros registros eres tú, Maia. Hace tres años, después de una revisión de rutina, cuando los Aurores creyeron que volviste a esconder sicarios en tu casa.
—Lo recuerdo —Maia bufó—, tenía una barriga enorme y ni siquiera me dejaron terminar de comer, ni ir al baño. Debería estar en contra de los derechos de una mujer embarazada que no la dejen ir al baño.
—Fue por el anterior jefe de la división —explicó Harry—, lo removieron del cargo hace dos años. Ahora hay alguien más lidiando con los reincidentes.
—No soy una reincidente.
—No estamos diciendo eso —Harry le habló con suavidad—, pero estamos preocupados, Maia. La Cofradía reveló magia a los muggles y atrapó a criminales que escaparon de los Aurores.
Maia juntó las manos y las piezas regresaron a su posición anterior poco a poco. Le colocó los lentes a Harry, quien parpadeó hasta que se acostumbró a ver de nuevo.
—Alguien dijo una vez que quien no castiga el mal, ordena que se haga —susurró Maia.
—Estamos de acuerdo —Ron asintió—, ni siquiera tengo un problema con el asunto de entregarle criminales a los Aurores. La comunidad mágica sabe que no nos damos abasto a veces, somos muy pocos desde la guerra. Pero el Estatuto del secreto existe por un motivo.
—No buscamos perseguirlos y meterlos a Azkaban, ni una nueva guerra con un grupo mágico —aclaró Harry—, sólo queremos saber quiénes son, por qué lo hacen, y si es posible, hablar con ellos. Todavía no hacen algo que pueda ser considerado un crimen irreparable, así que si quieren lo mismo que nosotros, podemos arreglar nuestras diferencias.
Maia torció los labios y lo consideró por unos segundos. Junto a Harry, Ron se movió para revisar su tablet. Les dio la espalda al leer el mensaje y luego se fijó en Harry, con una expresión severa.
—El jilguero se fue.
Ron tomaba notas aparte de los criminales con que trataba y usualmente las guardaba bajo apodos. "Jilguero" fue el otro nombre que le dio a Liva.
—Vuelve —indicó Harry, asintiendo. Tuvo que controlar la ansiedad que lo aceleró por dentro, consciente de que Maia estaba pendiente de cada microexpresión y cambio en sus voces—, yo hablaré con Maia otro rato.
Ron asintió, se despidió de la bruja y salió del local. Se Apareció en la calle de inmediato.
Maia se pasó unos instantes analizando su nueva situación en silencio.
—¿Lo planearon así para que me sienta más cómoda hablando sólo contigo o realmente es que tienen ese tipo de suerte?
Harry se limitó a enseñarle una sonrisa. Ojalá fuese suerte y no una criminal que escapaba de San Mungo, alrededor de una hora después de haber hablado con Ron.
—Créeme, lo que planeamos no suele salir tan bien.
Maia soltó un bufido de risa y negó. Se envolvió con sus propios brazos.
—Digamos que sé algo, Harry, pero si te cuento…
Harry se inclinó hacia adelante y simuló ponerse un cierre en los labios.
—Por favor, Maia, hablas con alguien que tiró abajo el techo del banco mágico con un dragón. ¿Estás metida en algo peligroso? No me digas que volviste a esas cosas, dijiste que querías cuidar a Jim…
Ella sacudió la cabeza de inmediato.
—Me estoy comportando, quiero quedarme con mi niño. Es que sabes que…por los años que estuve con el refugio, todavía hay gente que no es buena y se me acercan, confían en mí —Maia también se inclinó hacia él—. Sabes cómo es, no te daré nombres y no te diré por qué me buscaron.
Harry asintió. Confidencialidad básica en el negocio que Maia tuvo, lo entendía. De cierta manera, prefería a los criminales de poca monta con ética y su propio código que a un loco como Voldemort.
—La Cofradía existe desde hace mucho, Harry.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando? Un aproximado…
—Unos veinte años.
Harry respiró profundo y se pasó las manos por el cabello. En veinte años, Grindelwald fue conocido como el mago más tenebroso de su época y Voldemort ya tenía dos generaciones de seguidores.
—¿Pero qué es, Maia? ¿Un movimiento, una secta? ¿Un…un Señor Oscuro?
Recordó el dolor en la cicatriz, la manera en que sangraba. Eso fue nuevo.
Si aparecía un nuevo Lord Voldemort y lo elegían otra vez, Harry no creía que pudiese repetir el truco de morir y revivir el mismo día.
Maia se encogió de hombros.
—No sé demasiado, he oído que se mueven con cuidado. No han causado muertes, eso sí lo sé, tengo varios contactos que se alejan de cualquier criminal que tenga sangre en las manos, y no me han advertido de ellos. Pero sí te puedo decir que tienen gente, mucha más gente de la que te imaginas.
—¿Y qué hacen? ¿Qué buscan? ¿Qué quieren? ¿Cómo puedo saber algo de ellos?
Maia titubeó.
—No sé —reconoció, con un leve tinte de irritación. No le gustaban esas palabras—. Pero…me invitaron.
—¿A unirte? —Harry lo consideró—. Unirte por invitación…suena a una especie de grupo de élite, ¿no? ¿Cómo fue la invitación?
—Correo normal, colado entre las cosas de la tienda. Su líder me conoce, dijo que me considera hábil e inteligente, pero yo no tengo idea de quién es —Maia negó—. La invitación era para una reunión en que podría saber más de ellos, la información ahí era muy poca. Me parece que cuentan con que el nombre de su grupo haya llegado a mis oídos primero, así ellos sólo aparecen, extienden la invitación y me esperan.
—¿Fuiste?
—¿Qué? ¡No! —Maia resopló—. Estoy intentando mantenerme tranquila, de bajo perfil, Harry.
Harry asintió, despacio.
—¿Eso es todo, Maia? Un grupo de veinte años moviéndose entre criminales no violentos…que de repente expone la magia y reúne a asesinos de niños y violadores en un parque.
—Es lo que hay —lamentó Maia, en un murmullo—. Te pasaría la invitación, pero ya no está. Podía responder directamente si quería ir o no y algún breve mensaje, luego de que escribí que no iría, se consumió.
—¿Se quemó?
—Sí.
—¿El fuego era rojo?
—Azul.
Los dos usos más conocidos del fuego azul en el mundo mágico eran el círculo de Gellert Grindelwald y el cáliz de fuego del torneo de los Tres Magos, por buenas razones. No cualquiera lo creaba. Ni lo podía manipular.
—Gracias, Maia.
—Me hubiese gustado ayudarte más —protestó ella, seguido de un suspiro—, estaré pendiente de si me entero de algo, pero preguntar por ahí después de rechazar la invitación y que viniesen Aurores…
—Lo entiendo, no lo intentes. Sólo escucha con atención a tus amigos de ese tipo, eso es más que suficiente ayuda, ¿sí?
Maia le regaló un nuevo producto para limpiar los lentes sin dañar sus mecanismos mágicos y esperó a que se Apareciese en la calle para volver a la trastienda.
Harry fue a San Mungo. Algunos Aurores alejaron a la prensa, los medimagos estaban alterados y Grayson Jr. parecía al borde de un colapso, su cara poniéndose más pálida al verlo acercarse.
—¿Qué pasó con Liva? —exigió saber Harry, sin detenerse. Le pasó por un lado y el novato tuvo que correr detrás de él.
—¡Utilizó magia sin varita! El Auror Weasley nos había advertido que podía intentarlo, mi pad- el jefe Auror creyó que no sería demasiado fuerte por lo joven que era Liva. Dejaron un Auror extra en su puerta. Liva usó la magia en sí misma…
—¿Cómo?
—No estamos seguros, pudo haber aplastado algo en su propio cuerpo, daños internos menores pero se vio, bueno, alarmante. Escupió un poco de sangre y su ritmo cardíaco se elevó, así que los medimagos entraron corriendo.
—¿La sacaron?
—Sí, temían que pudiese ser un daño interno grave, la llevaron para hacerle unas pruebas.
—¿Cuándo desapareció?
—Nadie lo sabe con certeza, el lugar era un desastre, hay más pacientes, señor- se comprobó que no tenía nada importante, y puff, de repente la camilla estaba vacía. Incluso dejó su ropa y su varita, señor.
Harry se paró bajo el umbral del cuarto en que dejaron a Liva. Su compañero aún estaba allí, en la otra cama. Ron observaba el espacio vacío en que debía estar la segunda camilla y asentía a lo que un medimago le explicaba, ceñudo.
—¿Qué estás haciendo? ¿Ya empezaron a buscarla? ¿Cerraron un perímetro alrededor de San Mungo? ¿Había Aurores en la zona de Aparición? Si es así, tuvo que salir por otra parte, y uno no se puede aparecer afuera, son casi dos kilómetros bajo la barrera antiaparición y ella debía estar cansada todavía.
El novato empezó a boquear. Harry contó hasta diez en su cabeza y se abstuvo de agregar más, sólo porque Ron caminó hacia ellos. El medimago le había dado la bolsa con los artículos que Liva llevaba cuando la ingresaron, incluida una varita de cerezo.
Grayson Jr. prácticamente huyó cuando se reunieron para decirle a los Aurores la información que Harry acababa de darle. Como Ron llegó antes, supuso que ya les habría dicho, así que no vio caso en ir con los demás.
—¿Crees que…?
Ron meneó la cabeza antes de que pudiese terminar su pregunta.
—Ya habló, ya durmió, comió algo. Y ya se fue.
—¿Cómo salió?
—Del hospital no estoy seguro todavía —aclaró Ron, extrayendo la varita de la bolsa. Se la mostró—, pero por lo demás…debe estar lejos en el autobús noctámbulo. Esta no es su varita, su varita es de madera blanca con toques de plata, me la presumió cuando hablamos por primera vez. También desapareció la maleta de un paciente que estaba por salir hoy.
Un lumos y una maleta, no se necesitaba más para llamar al autobús. Sería fácil cambiarse de ropa con magia y la maleta debía tener al menos unas monedas. Conociéndola, habría ido tan lejos como el dinero que robó le permitió.
—La perdimos, ¿cierto?
—La perdimos —aceptó Ron, en tono plano—, está claro que Grayson no leyó mi informe sobre no menospreciarla y se confió en que una bruja de diecinueve años no escaparía de un hospital lleno de Aurores. Compañero, apúrate y quédate con el puesto de jefe, ya no lo aguanto.
—¿Yo? —Harry arrugó el entrecejo—. Yo estoy esperando que tú tomes el puesto —Tomó la falsa varita de su mano y empezó a moverse por el pasillo—. Averigüemos quién perdió su varita antes de que Liva llegase aquí. Maia me contó algunas cosas, tenemos que buscar habilidades de fuego azul, al menos de un nivel medio, que puedan usarse en otros objetos y posiblemente a la distancia.
—Le diré a Roman —Ron asintió—. Llamaré al autobús noctámbulo, revisaré el área alrededor de San Mungo con los demás por si acaso, y pondré mi conversación de esta mañana con ella en un Pensadero para que la oigas.
—¿Te contó lo que les pasó?
—Sí, de eso también. Hay mucho "bla, bla, bla" de por medio, pero está lo que importa. Trabajaremos en base a eso mientras investigamos más. ¿Cuándo quieres hablar con los otros criminales?
Harry emitió un vago sonido de protesta.
—Empezaré hoy, mientras Roman busca a la persona de la varita perdida y tú al jilguero.
Cuando regresó a casa ya era un poco tarde y Sirius había hecho un desastre en su cocina al intentar preparar una tarta de melaza.
—¡Lo arreglaré! —aclaró enseguida, agitando las manos en su dirección—. ¡Son sólo algunos hechizos, no te preocupes…!
Harry se tiró en el sofá, lo observó limpiar la cocina con más de diez hechizos y sonrió cuando levitó hacia él una porción de tarta de melaza.
Esa noche, tendría un sueño extraño que no recordaría por la mañana.
