CAPÍTULO 3:

¿DESTINO?

Los Ángeles, Ex Lux

Azotea

Esta era una ciudad ajena a todo lo que estaba acostumbrado, se había adaptado a ver Ciudad Gótica como el inframundo en la Tierra, siempre oscura y carente de todo rastro de alma a simple vista, siempre oculta entre las sombras de sus propios males, aquellos que la invadían constantemente en una espiral de miseria y miedo. Por otra parte, Metrópolis era constantemente un faro de luz, parte de Jason no se habría sorprendido si le dijeran que el sol jamás caía en esa ciudad, siempre tan deslumbrante y llena de vida. El opuesto directo al hueco que reconocía como su hogar.

Los Ángeles no era ninguna de esas cosas, era una ciudad que mostraba con orgullo todo lo que la conformaba en el día, pero escondía sus secretos bajo el refugio de la noche. Centenares de demonios y todo tipo de criaturas sobrenaturales habitaban esta ciudad y recorrían libremente sus callejones y establecimientos bajo el amparo de la oscuridad. Miles de luces decoraban la vista de los edificios, pero ninguna era capaz de revelar la verdadera imagen paranormal de esta ciudad. Era sorprendente como este lugar había hallado la armonía entre dos mundos completamente diferentes.

Suponía que eso explicaba porque nunca recibían alertas de esta ciudad, la Liga de la Justicia se movía por todo el mundo, pero jamás habían recibido una sola llamada de auxilio en toda la historia del equipo y ahora lo entendía. No tenía el más mínimo sentido llamar a Superman a una ciudad capaz de defenderse por su cuenta de cualquier villano que la amenazara, mucho menos si esa misma ciudad tenía al mismísimo diablo para protegerla, después de haberla convertido en su hogar de forma, aparentemente, permanente.

Nunca había tenido el tiempo para pensar en ese tipo de cosas cuando estaba vivo. Así que, por fortuna o desgracia, tenía que reconocerle eso a la muerte, le daba el tiempo para analizar todo lo que había ignorado en vida y no había mejor manera de hacerlo que en la azotea de un edificio como Ex Lux.

Había vivido mucho tiempo en las calles, así que ser capaz de surcar el cielo como el mismo Batman había sido un alivio indescriptible que lo hacía sentir libre, por lo que no se le ocurría una mejor manera de pasar este rato que estando sentado en el borde de la azotea de Ex Lux con una caja de donas a su lado y un vaso con café caliente en su mano.

Nunca había sido un gran fanático de la amarga bebida, pero podía comprender porque Bruce y el viejo Jim Gordon la disfrutaban tanto, al menos, cuando le agregaba leche y azúcar.

Tan perdido estaba en sus propios pensamientos, que se atrevió a ignorar por unos segundos el ahora familiar sonido de un zapato con tacón bajo y plano, chocando contra el suelo de la azotea detrás de él.

– Así que aquí estuviste todo el tiempo –. Interrumpió una voz familiar de pronto.

Esta vez, no respingó al reconocer la presencia del ángel caído. Se sentía orgulloso ahora que finalmente había dejado de temblar con la presencia de su jefe y podía mantener la compostura frente al hombre trajeado.

– Señor Lucifer –. Dijo Jason a modo de saludo mientras veía al rubio acercarse con calma al borde junto a él –. Terminé mi turno y vine a relajarme.

No era de los que se justificaban por cada cosa que hiciera, odiaba la idea de rendirle cuentas a alguien por todo lo que hacía, pero también había aprendido hace mucho tiempo que no solía terminar bien para los empleados ocultar información a los jefes. En Gótica, la mayoría de ocasiones eso terminaba en un descuento del próximo pago, en el mejor de los casos, y una golpiza y un disparo en el peor.

– Lo sé, no vine por eso –. Respondió Lucifer inclinándose sobre la barda del edificio –. Pruflas me dijo que estuviste gritando anoche.

No quería recordar eso, aunque se había desahogado libremente con el permiso de Lady Mazikeen y el señor Lucifer, no había servido de nada para aplacar los malos sueños que lo acompañaban en las noches, recordando una y otra vez ese maldito almacén abandonado, ese maldito psicópata vestido de payaso y esa mujer que lo había traicionado sin piedad alguna después de que él pusiera su corazón en sus manos.

– ¿Vino a ver si estoy bien? –. Preguntó Jason con incredulidad y una risita.

No sabía que lo había poseído para hacer una broma así con su jefe, nada más y nada menos que el diablo en persona, pero lo había hecho. Esperaba que el hombre se girara con una expresión molesta y lo castigara por su osadía, tenía miedo de voltear a ver sus ojos de color cambiante y encontrar el espectro de la rabia en sus facciones.

No obstante, lo único que recibió en su lugar fueron unas risas animadas de parte del caído, que separaba sus manos de la barda para sacar una cajetilla de cigarrillos de uno de los bolsillos internos de su abrigo largo de cuero, que llevaba sobre uno de sus tantos característicos trajes.

– Bueno, si algo le pasa al compañero de Amelio, se podría perjudicar la productividad del bar y perderíamos clientes –. Respondió el hombre posando uno de los cigarrillos en sus labios antes de extender la cajetilla, ofreciéndole uno.

No sabía cuántos tenían el privilegio de compartir un cigarro con el diablo fuera de su esposa, pero tuvo que rechazar cortésmente el ofrecimiento del caído, enseñándole su vaso con café y señalando la caja de donas casi vacía que lo había estado acompañando la última hora. No tenía problemas con fumar, lo había hecho un par de veces a lo largo de su vida, pero no quería combinar cigarrillos con donas y café, dudaba de la compatibilidad de sus alimentos con tal sustancia.

– Sigues pensando en ella, ¿eh? –. Comentó de pronto el ángel creando una pequeña llama en la punta de su dedo índice, encendiendo el cigarro en sus labios.

No tuvo que decir su nombre, sabía muy bien de quién estaba hablando y en lo que menos quería pensar era en el nombre de aquella mujer, ya tenía suficientes culpas y pesadillas por su propio lado como para pensar en los de aquella que murió a su lado.

– Créame, quisiera olvidarla, olvidarme de todo y estar tranquilo –. Admitió el humano tomando una de las donas en su caja.

No era un gran fanático del dulce, pero este era de los pocos sabores que aún podía percibir su lengua. Además, no podía evitar recordar un poco a Kara con cada mordisco que daba al pan glaseado. Pensar en su súper chica era mucho mejor que pensar en lo que su propia madre le había hecho. Al menos, hasta que recordaba que también la había perdido a ella.

– Pero no puedes –. Completó el señor Lucifer por él –. Sé bien lo que se siente.

– La odio –. Dijo Jason de pronto.

No podía evitar pensar de esa manera, ¿y que otra idea podía abordar su mente si lo único que sentía era rabia? Había invertido tanto esfuerzo y energía en encontrarla, había dejado que su lado más vulnerable floreciera cuando finalmente la había encontrado y arriesgó su vida con tal de protegerla, todo para que fuera ella misma la causante de su pérdida, de que perdiera todo lo que tenía y atesoraba.

La odiaba o eso quería creer.

– No es cierto –. Dijo el rubio a modo de respuesta.

– ¿Cómo? –. Expresó el humano confundido.

– Yo sé lo que es odiar a un padre, lo hice durante miles de millones de años y aún lo hago –. Respondió el ángel dando una bocanada rápida.

No se atrevía a preguntar más de lo que el jefe estaba dispuesto a decirle, si existía el diablo, existía Dios, pero Jason no se atrevía a averiguar lo que sucedió entre ese par. Por lo que decían los clientes del club, ambas entidades representaban conceptos completamente distintos, uno era el destino mediante un plan divino para cada ser vivo y el otro era la libertad en todas sus formas, tanto de pensamiento como de accionar.

Por mucho tiempo, la humanidad había creído que el diablo representaba la maldad, la envidia y la ambición. No dudaba que muchos demonios y pretendientes al título del caído eran todo eso y mucho más, pero ese no era el caso de Lucifer Morningstar, que solo soñaba con tener la libertad que el destino jamás le permitiría. En Ex Lux, se hablaba de Dios solo a través de débiles murmullos, era un tema tabú en los muros de club y aunque Jason era el único de los empleados que podía presumir del aparente respeto del jefe, no se atrevía a tentar a la suerte.

– Y puedo decirte que tú no odias a tu madre –. Terminó el jefe cuando el humano se quedó en silencio –. No es que no quieras, es que no puedes.

¿Sería cierto? ¿En verdad era incapaz de odiar a su madre? La mujer lo había lastimado más que cualquier criminal en las calles de Ciudad Gótica, más que Bruce con sus entrenamientos severos y más que su asesino con su tortura. Pero no podía negar que la mujer estaba lejos de encabezar la lista de sus personas más odiadas, por sorprendente que fuera, su ira se dirigía principalmente al payaso que arrebató su vida sobre la mujer que lo había causado.

– Es difícil, ¿no? Tener que acostumbrarse a algo así –. Comentó Jason de pronto –. ¿Qué hizo usted? –. Preguntó con curiosidad.

– Créeme, no quieres saberlo –. Respondió el rubio sin mirarlo.

No tenía que decirlo, Jason mismo había averiguado todo lo que le había sido posible acerca de este lugar y de sus dirigentes. Por lo que los clientes decían en sus mesas cuando entregaba sus bebidas, el señor Lucifer había cometido un número amplio de actos contra la voluntad de su padre con tal de lograr su objetivo, lo que también lo puso en contra de sus propios hermanos. Por lo que tenía hasta el momento, estas confrontaciones llevaron a la supuesta muerte del Arcángel Miguel "Demiurgos" y la caída de San Gabriel "Hornblower". Tomó mucho tiempo para quien una vez se llamó Samael hacer la paz con la Hueste de Ángeles para que finalmente lo dejaran en paz, teniendo a Rafael como una especie de puente entre los hermanos.

También había escuchado a un par de seres aparentemente ebrios, por exceso de los últimos vestigios de hidromiel asgardiano en la Tierra, diciendo que Dios había muerto, aunque tomaba esa afirmación con pinzas. Si Dios era todo lo que se decía y era muchísimo más poderoso de lo que el señor Lucifer no podría ser jamás, dudaba seriamente que en verdad hubiera fallecido.

Tenía muchas preguntas para el jefe, pero no presionaría por las respuestas, no era tan tonto. Si en verdad se encontraba en la alta estima del jefe, en teoría, él daría respuesta a todas sus preguntas a su tiempo.

– ¿Le hago una pregunta? –. Preguntó Jason con genuina curiosidad.

– Ya lo hiciste –. Respondió el ángel entre suaves risas.

Era una broma muy vieja, y no muy divertida para ser honesto, pero las débiles carcajadas del hombre eran lo suficientemente contagiosas como para hacer que él también se riera.

– Adelante, chico –. Autorizó el señor Lucifer dando una bocanada a su cigarrillo.

– ¿Cree que el destino esté en mi contra?

No entendía porque le había pasado esto, tenía muchos sueños y aspiraciones en vida, siempre supo que corría peligro constante y podía morir en cualquier momento, pero la forma en que murió le daba la impresión de que alguien por ahí lo odiaba y quería que sufriera. Estando muerto, nunca podría ayudar a las personas en el Callejón del Crimen, nunca podría ayudar a mejorar Gótica, nunca podría enorgullecer lo suficiente a un envejecido Bruce antes de heredar su manto, nunca podría estar con Kara, nunca podría experimentar lo que era ser el hombre que su padre adoptivo siempre le decía que podía ser.

Era injusto y era cruel, no sabía que mal debía haber hecho para merecer un destino tan cruel. Si esto era parte del supuesto plan de Dios, no podía simpatizar más con la filosofía del señor Lucifer y optar por la libertad de su propio ser. Después de todo, ¿qué clase de dios permitiría que uno de sus "hijos" recibiera tal castigo y de forma tan cruel?

El solo pensamiento hacía que se revolvieran sus pensamientos. Si un destino tan cruel era todo lo que esperaba siguiendo al pastor del rebaño que era la humanidad, nadie debería preguntarse qué lo había llevado a simpatizar más con el supuesto lobo feroz.

– Nunca vuelvas a decir eso, chico –. Declaró el jefe con tono fuerte.

La dureza en su voz hizo que girara automáticamente hacia el caído, no sabía porqué reaccionaba de esa manera, con una mirada severa en sus ojos, una fina línea recta en medio de sus labios y su mandíbula firme en su lugar.

– El destino no es nada, no tiene poder aquí y mucho menos sobre mis empleados –. Dijo el caído con firmeza, todo rastro de alegría se había desvanecido abruptamente –. Todos somos libres de elegir, no hay ninguna fuerza que nos impida tomar el rumbo de nuestra propia existencia.

Debía ser fácil decir eso cuando estabas por encima de fuerzas universales como la mismísima muerte, pero ese no era el caso para Jason, él era tan mortal como cualquier otra persona en la Tierra y no podía oponerse a estas fuerzas por más que lo deseara.

– No estoy seguro de eso. Mire lo que me pasó, nada de esto fue mi decisión –. Se lamentó Jason sacando la última dona de la caja.

Nada más que un trozo de pan sin glaseado, acompañado de residuos de un café ahora frío. Un triste pedazo de pan solitario sin nada de dulzura que lo acompañara en los últimos momentos de su existencia.

– Por desgracia, las elecciones vienen ligadas a las oportunidades. No tendrás la primera hasta que se presenten las segundas –. Suspiró el jefe con pesar –. Pero escúchame bien, chico, las oportunidades siempre se presentan. Tarde o temprano la decisión será tuya nuevamente y podrás elegir lo que quieras.

Hablaba con tanta convicción, con tanta seguridad y confianza, que Jason no pudo evitar querer en verdad que el jefe tuviera razón. Quería convencerse de que, eventualmente, su paciencia sería recompensada y podría tomar las riendas de su propio destino, pero le costaba creerlo. No era Lucifer Morningstar, no era tan fuerte como Lucifer Morningstar y no tenía el poder para tomar el control de su propia vida como lo hizo Lucifer Morningstar al retar dioses, ángeles y conceptos universales.

– Quiero creer que es verdad –. Suspiró Jason con cansancio y pesar.

– Lo es, chico. La humanidad puede decir lo que quiera de mí, pero yo jamás miento –. Aseguró el rubio palmeando el hombro del difunto –. El destino no es más que una enfermedad que se adhiere y trata de destruir todo rastro de libertad, no dejes que eso suceda. Eres libre de elegir tanto como lo fui yo y elegí romper mis cadenas, tú también podrás.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien más le había hablado de esa manera, con tanta seguridad, con tanto apoyo y consuelo al mismo tiempo. Eso era lo que más necesitaba ahora, no sabía si sus promesas sobre el futuro se cumplirían, pero le servía como palabras de ánimo para no dejarse vencer.

Era Jason Wayne, el segundo Robin, hijo de Bruce Wayne y compañero de Batman, novio de Supergirl, protegido de Zatanna y la Mujer Maravilla. No podía dejarse vencer por las circunstancias, por más adversas o extrañas que fueran.

– Gracias –. Musitó Jason al jefe.

– No me agradezcas aún, no hasta que veas que tengo razón –. Respondió el ángel dando unas palmadas al hombro del chico –. Ven, volvamos al bar. Bebamos antes de dormir.

Cerrando la caja de donas con el vaso de café vacío en el interior, Jason bajó de la baranda para seguir al jefe al interior del edificio. No tenía pensado beber pronto, aun no quería averiguar si se podía embriagar estando muerto, pero no tenía problemas con servirle unos tragos al señor Lucifer.

Comenzaba a envidiar el sistema digestivo de los ángeles, podían beber y beber todo tipo licores a cualquier hora del día, en todo tipo circunstancias, y jamás se embriagarían ni sufrirían efectos secundarios.

– Por cierto, tu entierro será pronto –. Comentó el rubio mientras entraban al edificio –. Pocos humanos pueden decir que estuvieron presentes en su propio funeral.

– ¿Asistir a mi propio funeral? Tendré que pensarlo, no sé si es algo que me gustaría ver –. Respondió Jason siguiendo al jefe.

¿Su propio entierro? No se imaginaba estando ahí para ver si propio cadáver quemado por la explosión y lleno de marcas y cicatrices. La idea no era atractiva a simple vista, pero tampoco podía negar que le gustaría ver a su familia nuevamente, aunque fuera desde lejos.

Después de todo, le gustaría despedirse de aquellas personas que se habían convertido en su familia, aunque tuviera que ser desde la distancia.


Themyscira, Castillo de la Reina

Mirador

Los amaneceres en Isla Paraíso eran hermosos, siempre le agradecería a Diana haberle mostrado el mejor mirador para cuando necesitara un lugar en el cual estar sola y tranquila, un sitio donde respirar y pensar, un lugar donde poder llorar sin miedo a la preocupación de sus compañeros de entrenamiento.

Ojos azules la perseguían a donde fuera, no podía ver a ningún lugar porque allá donde mirara siempre se encontraba el azul marino de los ojos más bellos que había visto en su vida, asomándose en un océano brillante frente a los primeros rayos de luz solar. Parecía que hasta el cielo mismo era víctima del lento amanecer, que se había puesto en su contra para obligarla a recordar lo que había perdido, lo que le habían arrebatado injustamente.

Jason.

Le dolía solo pensar su nombre, no podía sacarse a su difunto novio de la cabeza y, en el fondo, estaba segura de que no quería hacerlo. Era en estos momentos de mayor soledad que más evocaba su recuerdo y todo lo que habían compartido.

Sus intensos besos en la privacidad de sus habitaciones, los toques traviesos y experimentales en las sombras cuando nadie los veía, sus hermosas palabras de amor sacadas de los libros que tanto disfrutaba leerle solo a ella.

Antes de Etiopía, había vivido en una burbuja rosa de amor donde nada podía salir mal. Tenía a su primo y a la esposa de éste en su vida, enseñándole todo sobre la vida humana en la compañía de una pareja que podía reconocer como abuelos, una maestra capaz y comprensiva que se había ofrecido a enseñarle todo tipo de técnicas de pelea amazonas para convertirla en una heroína y proteger al mundo, un grupo de jóvenes como ella preparándose para ser héroes y un novio maravilloso y amoroso con un padre muy gruñón, pero muy agradable en el fondo.

Bastó con una serpiente mentirosa y un payaso barato para arrebatarle el color a su vida y pintar sus mejillas, rojas de rabia, con las lágrimas de su más profundo y sincero llanto.

Instintivamente, su mano apretó el granito en el que estaba sentada, destrozando la piedra de la que estaba construido el mirador donde cientos de hojas reposaban con tranquilidad en una mañana serena, una llena de lamentos y lágrimas silenciosas.

Cuando se enteró de tal desgracia por el aviso de Nightwing y Oráculo, tuvo que resistir el impulso de volar a Ciudad Gótica para preguntarle a su suegro por lo que había sucedido antes de usar su audición mejorada para encontrar al maldito payaso que les había hecho tanto daño. Estaba segura de que ni siquiera había tenido tanto éxito como creía en sus intentos de controlarse, sabía que los esfuerzos de Diana por contenerla habían influido en gran medida.

Pero eso no había hecho nada para calmar su furia y su frustración. Debió escuchar su presentimiento, el tiempo le había dado la razón y ella no lo había escuchado, por lo que había perdido la oportunidad de salvarlo, creyendo ingenuamente que solo estaba siendo demasiado paranoica.

No culpaba a Jason por su decisión, era su madre y estaba segura de que cualquiera con el poder y los recursos con los que contaba su novio habría hecho lo mismo. No, la culpa era suya, por permitirle ir por su cuenta, ni siquiera con el apoyo de Bruce había bastado para salvarlo. Si tan solo ella hubiera ido con él, si tan solo hubiera estado ahí para protegerlo, él estaría sano y a salvo, esperándola en casa.

Había fallado, había fracasado como heroína, como amazona, como amiga y como novia. No era digna del símbolo que Kal quería compartir con ella en su pecho.

No supo en que momento, pero si supo el porqué y supo distinguir con precisión la causa de sus lágrimas derramadas en el vestido que las amazonas le habían obsequiado, y no dejaba de recordárselo una y otra vez.

Se obligaría a recordar, se obligaría a tener esta tragedia en mente para el futuro, para que nadie más tuviera que correr con el mismo destino que su novio, tendría que obligarse a recordar en que había fallado.

– Kara –. Llamó una voz de pronto.

La normalmente alta, orgullosa y poderosa Mujer Maravilla se encogía visiblemente en la sombra de una amiga y una maestra preocupada. Su armadura roja, azul y dorada se encontraba ausente, reemplazada por un vestido sencillo blanco con un lazo alrededor de la cadera idéntico al suyo, con un delicado color crema, sandalias en lugar de botas y su frente completamente libre del honorable peso de su tiara. Lo único que conservaba de su vestimenta de heroína eran los brazales metálicos en su muñeca.

– Diana –. Dijo Kara a modo de saludo mientras le daba la espalda para limpiar sus lágrimas rápidamente.

La Mujer Maravilla se acercó rápidamente a su pupila para envolverla en un abrazo por la espalda, contrastando su cabello negro con el dorado de la joven kryptoniana.

– Oh, hermana, no tienes que ocultar tus lágrimas de mí –. Consoló Diana acariciando suavemente el cabello de su protegida.

No sabía si era la dulzura en su tono, el amor que destellaba en sus palabras o la comprensión que acompañaba el trasfondo de su empatía, pero no pudo sostener por mucho tiempo su fachada de fortaleza. Ya lo había hecho frente a las amazonas que tan cordialmente la habían recibido en su isla y le habían dado un lugar en sus filas como si fuera una más, pero no tenía que hacerlo aquí. Después de todo, estaba con la única amazona que conocía que podía comprender por lo que estaba pasando.

Las guerreras nunca podrían entender porque una de sus alumnas más jóvenes lloraba por un hombre, pero Diana era de las pocas, tal vez la única, que podría entenderla.

– Es mi culpa, debí estar ahí para él cuando más me necesitaba –. Se lamentó la rubia con pesar.

– No, Kara, no fue culpa de nadie más que de un solo hombre –. Respondió la pelinegra con veneno en su voz.

Sabía bien a quien se refería, podría decir su nombre, pero solo pensarlo le provocaba náuseas.

– Lo odio –. Declaró la joven con voz tambaleante.

Quería la cabeza del maldito payaso y sabía que no debería ser así, pero no podía evitarlo. Clark y Bruce siempre hablaban de como esa jamás debería ser una opción en su línea de trabajo, pero era todo lo que podía sentir y desear de solo pensar en que el maldito bufón que le había arrebatado a su novio se encontraba suelto y deleitándose con su más reciente logro.

Esperaba que Diana le dijera algo parecido a lo que diría su primo, que le reprochara como lo haría Bruce con Jason después de una discusión, pero no recibió nada parecido. La mujer mayor solo apretó su abrazo mientras comenzaba a repartir pequeños besos en su cabellera rubia.

Diana era buena para ocultarlo, tanto como Bruce, pero nada podía engañar el oído súper sensible de un kryptoniano y Kara pudo escuchar claramente el corazón agitado de la amazona junto con sus sollozos ahogados. Debió esperar algo así, Diana quería mucho a Jason después de todo. No estaba segura del número de veces que la guerrera se había burlado de Batman por el hecho de que su propio hijo y compañero tenía a la Mujer Maravilla como su heroína favorita, incluso sobre su mismo mentor.

Tenía que recordar que ella no era la única que sufría por esta tragedia. Claro, ella había perdido a su novio, al amor de su vida, pero Bruce había perdido a un hijo, Alfred había perdido a un nieto, Dick a un hermano, mientras que Diana y Zee habían perdido a quien era casi como un hijo para ellas, incluso estaba segura de que, de haber vivido un poco más, su Jay habría visto como Zatanna se convertía en su nueva madre formalmente.

Una que en verdad lo habría amado, a diferencia de la original.

– Lo sé, yo también lo odio –. Murmuró la amazona antes soltarla ligeramente para verla a los ojos –. Pero ahora debemos enfocarnos en otros asuntos.

Esta vez, no le importó que su maestra viera sus lágrimas y sus ojos irritados por el llanto. Sabía lo que seguía y no quería salir a enfrentar el mundo exterior en estas condiciones, pero también sabía que no tenía elección. Por más que le doliera estar ahí, por más que la lastimara verlo, no fallaría a su Jay en la muerte como sí lo había hecho en vida.

– Es hoy, ¿no? –. Comentó la kryptoniana sin atreverse a devolver la mirada a su maestra.

No quería romper a llorar frente a ella, ver el sol en estos momentos era lo único que le daba cierto grado de calma y fuerza. No quería que desviar su atención al dolor del mundo real la hiciera quebrarse otra vez.

– Sí, Bruce retrasó el funeral tanto como pudo, pero ya fue demasiado. Será hoy y tu primo debe estar en camino para recogerte –. Explicó la pelinegra con tono apagado.

Era cierto, más de una semana era un tiempo demasiado prolongado para realizar un entierro digno de su amado. Según Oráculo, Bruce quería atrapar al maldito payaso psicópata antes del funeral, sentía que eso le daría un poco de paz a Jason, pero no había tenido éxito. Por lo que sabían, el demente estaba desaparecido y ni siquiera la Liga de la Justicia era capaz de dar con su paradero. Ni siquiera Batman con todos sus recursos, Flash con su gran velocidad o Superman con su audición mejorada habían sido capaces de dar con el paradero del maldito payaso.

– Kara, está bien si no quieres ir –. Ofreció Diana a modo de consuelo, apretando su hombro suavemente.

– ¿Qué clase de novia sería si no asistiera al funeral de mi novio? –. Cuestionó la rubia con la voz rota –. Iré, Diana, porque Jason lo merece y porque no soy la única que sufre con esto. Tal vez, nos haría bien a todos estar juntos para esto.

La mujer la miró con orgullo, satisfacción y alegría por sus palabras, una muestra de su madurez cada vez mayor. Pero Kara no le prestó mucha atención a eso, estaba destrozada y no se sentía capaz de, si quiera, levantar la comisura de sus labios para enseñar una pobre sonrisa.

Iría al funeral para ver a sus amigos y familiares, despedirse de su novio y esperar que, con suerte, un día fuera capaz de sanar y seguir adelante como Jason habría querido. Por ahora, no estaba muy interesada en el futuro y en lo que lo acompañaría, solo quería sentarse a llorar por su amor perdido y rezar a cualquier ser superior que lo cuidara, ya fuera un Dios, un Rao, un Hades o lo que fuera; necesitaba aferrarse a la posibilidad de que su Jay estaría bien en donde fuera a parar.

No podía evitar preguntarse si un día podría volver a amar a alguien como aún amaba a su difunto novio, aunque lo dudaba sinceramente. Él había sido una de las primeras almas en ofrecerse a enseñarle la Tierra desde una perspectiva adolescente y en interesarse en su adaptación al planeta poco después de conocerse personalmente en Metrópolis durante sus primeros días como compañera de Superman. Sus recuerdos con él eran invaluables y no se veía compartiendo algo así con alguien más que no fuera su novio.

– Te amo, Jay. Siempre lo haré.


N/A: Debo decir que los otros dos capítulos fueron más largos de lo que esperaba, así que decidí cortar un poquito y explorar un poco más el duelo de otra de las partes de este fic.