CAPÍTULO4:

ENTIERRO

Ciudad Gótica, Mansión Wayne

Baticueva

– Mírame, soy Robin, el joven maravilla.

Recordaba con cariño esa noche, nunca podría olvidarla y se alegraba profundamente por eso. Siempre recordaría con cariño aquella luz que irradiaba su hijo cuando usaba el traje que su hermano le había legado. Se movía con tanta libertad, con tanto júbilo, con tanta facilidad, era como si el manto hubiera sido rediseñado para él después de que Dick decidiera seguir su propio camino.

En ese momento, había sentido que estaba haciendo lo correcto, que era la decisión adecuada para ese chico tan lleno de energía, tan lleno de luz a pesar de la oscuridad en la que había nacido, tan lleno de vida. Ahora, no pasaba un solo día en que no se arrepintiera de haberle dado ese antifaz maldito.

Instintivamente, su mirada se desvió hacia el nuevo altar que decoraba la soledad de esta cueva oscura. Nunca pensó que los colores más vivos que adornarían estas cavernas modernizadas serían precisamente el rojo, el amarillo y el verde, los colores de su compañero y protegido, los colores de su hijo.

Un buen soldado.

Eran las palabras que decoraban la placa conmemorativa para esta tumba, que estaría siempre al alcance de su vista cuando trabajara en la cueva. No quería olvidar nunca lo que había pasado, pues era el recordatorio constante de la gran equivocación que había cometido al haber permitido que niños se unieran a él en su cruzada. Había tenido suerte con Dick y ahora temía más que nunca por la seguridad de su primer pupilo, pero ya no era su responsabilidad decidir por él. Solo podía esperar que Nightwing aprendiera de lo que había sucedido con Robin.

Se lamentaba en silencio por la pérdida de su hijo, escondido en la cueva que también le servía como refugio, mientras los pasos de las personas se escuchaban con intensidad en los pisos superiores, listos para el entierro de Jason Wayne.

No quería a ver nadie ahora, los pocos miembros de la Liga que habían asistido estaban aquí por pesar a él y a su hijo, aquellos que no estaban al tanto de su secreto solo estaban aquí por la posibilidad de acercarse al Príncipe de Ciudad Gótica, ofrecerle su pésame y aumentar sus nulas posibilidades de ganar su favor.

Parte de su trabajo era el de ser un falso, de aparentar algo que no era frente a todo el mundo y fingir que la tragedia que lo acompañaba no lo había marcado, pero esto era demasiado. Este día no estaba de humor para mentiras, no quería ver a nadie con falsas intenciones y máscaras de bondad, solo quería velar a su hijo y despedirse de él con las personas a las que sí les importaba realmente.

– Bruce, ¿estás listo? –. Preguntó una voz femenina de pronto.

El tono dulce de la mujer que entró hizo que el hombre lograra enseñar una muy pequeña sonrisa en sus labios, normalmente estáticos en una dura línea. Nunca lo reconocería y mucho menos frente a ella, pero le encantaba oírla hablar de esa manera tan dulce, lo remontaba a aquellos días en los que era feliz e inocente.

Parte de él sabía que debería rechazar ese tipo de sensaciones, no podía darse el lujo de ser genuino estando a punto de mostrar una fachada completamente falsa frente a todos los invitados.

– Sí, ya voy a salir –. Respondió Bruce con ojos llorosos.

No podía dejar que lo vieran así, sabía que podía confiar en Alfred, Zee y toda su familia, pero no quería enseñar debilidad frente a la junta directiva de Empresas Wayne o los miembros de la Liga que aún estaba conociendo.

Aparentemente, la maga se negaba a dejarlo solo en estos momentos, desconfiada ante la idea de que su viejo amigo fuera capaz de manejarse solo en estas circunstancias, pues no dudó en acercarse lo suficiente para envolver sus brazos alrededor de su pecho antes de posar su cabeza sobre su cabellera con suavidad. No era muy común que se abrazaran, Bruce prefería no dar muestras de afecto a nadie y todos respetaban eso; no obstante, Zee tenía facilidad para romper sus defensas y entender cuando aquello que quería no era lo que necesitaba.

– Tranquilo, sabes que aquí me tienes –. Susurró la hechicera con amor, perdida entre sus mechones oscuros –. Si quieres, podemos quedarnos aquí y salir solo para el entierro. Nadie podrá reprochar a Bruce Wayne por no querer estar en el velorio completo de su hijo. No es algo que ningún padre quiera ver.

Sus susurros eran dulces y su propuesta era tentadora, no sonaba mal la idea de quedarse un poco más en la tranquilidad de su refugio con la única compañía de la mujer que había aprendido a amar con el transcurso de su entrenamiento. Aún tenía presente los días de práctica con Giovanni Zatara en los que solía pasar su tiempo libre con Zee, era la única normalidad que aún se permitía tener.

Sabía que se sentiría bien solo quedarse aquí, con ella, lamiendo sus heridas y hablando de todo lo que pudieran o de nada en realidad, perdidos en un cómodo silencio, acompañado de las caricias y abrazos que nadie más que Zee Zatara sabía darle.

Pero no podía, este día era para velar a su hijo, no para revolcarse en su autocompasión y miseria, esperando que su vieja amiga lo ayudara a sanar. Tenía que salir, no por lo que los medios pudieran decir de él o lo que otros pudieran pensar, sino por el noble recuerdo de su difunto hijo.

– No puedo hacer eso, aunque quisiera –. Confesó el hombre sujetando las delicadas manos de la mujer –. No sería justo para él.

Zee no dijo nada en respuesta, pero la sintió asentir antes de alejarse suavemente de su abrazo, depositando un tímido beso en su cabellera, antes de ofrecerle una mano para ayudarlo a levantarse.

Antes de sujetarla, se acomodó un poco el traje, ajustó su corbata, limpió la lana de sus pantalones, verificó su chaqueta y peinó con suavidad su cabello negro para reacomodarlo a su estilo previo a la llegada de Zee. Su mandíbula picaba ligeramente por el crecimiento de su barba, había olvidado afeitarse y unas ojeras se habían formado bajo sus orbes azules después de tantas noches de búsqueda incesante.

Se sentía mal por presentarse de esta manera a la despedida de su hijo, pero no tenía tiempo para atenderse más apropiadamente. Ya era muy tarde para eso, ya era muy tarde para hacer cualquier cosa.

Con un suspiro, tomó la suave mano de su amiga y se dispuso a salir de la soledad de su cueva. Pasa a paso, movimiento tras movimiento, respaldado por una máscara de seriedad y profesionalismo, una que escondía la tristeza y el dolor de un maestro fallido y un padre caído en la más profunda de las desgracias.

Paso a paso, tanto Bruce Wayne como Batman dieron la cara al mundo nuevamente, uno que parecía divertirse con su dolor compartido.


Había muchas personas, más de las que había imaginado en primer lugar. Sabía que su muerte no sería una noticia pequeña y su funeral no sería un evento humilde, pero esto era demasiado.

Si miraba con cuidado, podía divisar algunos rostros conocidos solo por medios externos como los archivos de Bruce. No era experto, pero podía reconocer figuras como Clark Kent, Diana Prince, Barry Allen, Hal Jordan, entre otros tantos; no podía negar que se sentía halagador tener a tantos héroes de élite se presentes en su despedida.

También podía distinguir a los miembros de la junta directiva de Empresas Wayne, pero esos buitres no le importaban mucho realmente. Se había esforzado en aprender a tratar con ellos por petición de Bruce, pero ya no sería necesario estando en sus condiciones tan singulares. Después de todo, no había nada que robarle a un muerto que no había tenido nada propio en primer lugar.

Por otro lado, cerca de los héroes más grandes del planeta, también podía distinguir los rostros familiares de los Jóvenes Titanes. Dick se veía cansado, acariciaba el puente de su nariz con los ojos cerrados, como si tuviera un fuerte dolor de cabeza y el material tan caluroso de su traje solo lo empeorara. Se sentía raro ver a su hermano usando ropa un poco más holgada que una chaqueta y unos jeans, ya se había acostumbrado a que al primer protegido de su mentor le encantaba usar la ropa más ajustada posible.

Koriand'r vestía un sencillo vestido negro que le llegaba un poco más abajo de las rodillas, con su larga cabellera rojiza suelta sobre sus hombros, un par de lentes oscuros escondían sus ojos verdes brillantes y su piel anaranjada parecía más opaca desde su posición. Aunque no sabía si era en verdad el estado natural de su tono de piel o solo le costaba distinguir los colores desde la lejanía.

Víctor Stone y Garfield Logan se mantenían tan unidos como siempre, ambos con miradas apenadas en sus rostros y expresiones lúgubres y apagadas. Escondían sus distintivas apariencias detrás de lo que debía ser tecnología holográfica, rasgos característicos como la piel verde de Garfield o las partes cibernéticas de Víctor no eran visibles por ningún lado. Se habían esmerado en hallar el modo de asistir a su funeral sin llamar la atención de los ejecutivos.

Finalmente, Rachel Roth sabía cómo disimular correctamente su tristeza, su rostro tan estoico y rígido como siempre ocultaba bien el dolor que estaba sintiendo. Había pasado el suficiente tiempo con los chicos como para saber cuando aparentaban algo que no sentían, Rachel había sido la más dura de descifrar, pero lo había logrado con esfuerzo y tenacidad. Sabía que debajo de ese vestido oscuro, esos ojos inexpresivos y esa piel grisácea se escondía una joven devastada por la pérdida de un amigo.

– Son muchos –. Comentó de pronto al terminar de contar cabezas.

– Te dijimos que no sería algo pequeño, Jason –. Recordó Lady Mazikeen al chico.

– Dudo que a alguno de esos humanos fuera capaz de rechazar la oportunidad de acercarse a la fortuna de Bruce Wayne –. Dijo el señor Lucifer encendiendo un cigarrillo en sus labios.

Parecía que el jefe estaba acostumbrado a tratar con aduladores cazafortunas, hablaba con tanta naturalidad y experiencia que Jason no podía evitar preguntarse cuántos demonios en Ex Lux debían tratar constantemente de ganarse su favor.

Se encontraban apartados de la multitud, no querían arriesgarse a estar demasiado cerca y que alguien los viera, por lo que habían optado por detenerse en una de las colinas más cercanas a la mansión. Con la ayuda de unos binoculares, era sencillo ver el desarrollo de tal evento frente a sus ojos. Nunca pensó que llegaría el día en que pudiera ver su propio funeral y el ataúd en el que se encontraban sus restos.

Era extraño ver eso, saber que su cuerpo verdadero y sin vida se encontraba encerrado en una caja, mientras que él, fuera lo que fuera ahora, estaba libre y viendo todo a una distancia prudente en compañía del diablo y su esposa. Su vida se había tornado muy extraña desde aquella noche en la que había tratado de robar los neumáticos del Batimóvil.

Sin embargo, nada igualó la sensación de la amargura y el dolor que sintió cuando pudo ver con detalle como una bella rubia se acercaba en compañía de dos personas al ataúd cerrado.

Kara.

Su Kara estaba aquí.

No estaba seguro de que sentir, se alegraba profundamente de verla una vez más, pero odiaba la sensación de tener que hacerlo desde la distancia, de que el único acercamiento que su dulce súper chica podía tener con él fuera a través de ese cadáver desecho en esa caja de madera, de ser el provocante de esas lágrimas de dolor y tristeza en sus bellos ojos azules, cayendo suavemente sobre ese horrible vestido negro.

Esos no eran sus colores, ella debía ir de rojo y azul, decorados con la fina tonalidad del oro de su cabellera rubia. No de negro, nunca de negro, ese era el color de Bruce, el color de la oscuridad, el misterio y el miedo; ese color era el opuesto a todo lo que su Kara representaba.

Al lado de la joven, Clark Kent se paró alto y tan orgulloso como pudo para posar suavemente una mano en el hombro de su prima, mientras Lois Lane la abrazaba con delicadeza. Kara tomó la mano de sus familiares antes de ahogar las lágrimas que salían de sus ojos en un pobre intento de autocontrol antes de romperse finalmente y abrazar el ataúd como si eso fuera capaz de traerlo de vuelta.

No podía decir que lo oía perfectamente, pero su mente cruel y bromista lo hizo imaginar cómo debía escucharse el llanto de su novia, mientras ésta caía de rodillas al césped del jardín de la mansión, aun sosteniendo su ataúd entre sus fuertes brazos.

No quería ver eso, no quería ver el resultado de sus malas decisiones en el rostro de su amada, pero tampoco quería dejar de mirarla. Esta podía ser la última vez que viera esos hermosos rasgos condensados en ese rostro perfecto y quería memorizar todos los detalles que le fueran posibles de ser ese el caso.

Sin darse cuenta, sus propias lágrimas se asomaron en sus orbes azulados mientras los binoculares chirriaban en sus manos, suplicando que soltara un poco su agarre. Perdido en su propio dolor, no pudo hacerlo hasta que sintió las manos callosas de Lady Mazikeen posarse en la herramienta antes de alejarla con suavidad de su rostro.

– Contrólate, Jason –. Indicó la mujer subiendo y bajando una de sus manos a un ritmo tranquilo –. Respira profundo y tranquilízate.

No sabía que clase de fuerza lo había impulsado a venir aquí. Ya ni siquiera pertenecía a este mundo, no debería preocuparse por lo que sucediera ahora. Tal vez, aceptar esta loca idea había sido una equivocación, en su momento, solo había querido ver a sus seres queridos una última vez, a modo de despedida, pero no si esto era lo único que podía presenciar. No quería ver llorar a Kara, quería verla con una sonrisa en el rostro mientras se despedía de él, agradeciendo todo lo que habían vivido juntos, antes de seguir adelante con su vida.

Quería ir por el verdadero responsable de todo esto, por el causante auténtico de las lágrimas de la chica que amaba, quería hallarlo, perseguirlo y destruirlo. No podía tolerar la idea de seguir viviendo en el mismo planeta que el hombre que le había hecho esto y que había dañado tan severamente a su familia.

– Hazle caso, chico, la ira no es la respuesta –. Ordenó el jefe al chico con los brazos cruzados.

– No me diga que nunca la ha visto de esa manera –. Respondió Jason con rabia.

– Claro que sí, pensé que lo era durante eones, pero me di cuenta de la verdad.

– ¿Y cuál es? –. Cuestionó Jason, incapaz de despegar su mirada del lugar en el que se llevaba a cabo su propio funeral.

– La ira no es la respuesta, es un arma. Si la utilizas bien, lograrás lo que quieras, pero solo si se le da el correcto uso –. Explicó el caído con seriedad.

– Créele, Jason, si te dejas llevar por la furia, solo cometerás errores. Contrólate y mira las cosas con la cabeza fría. Que no te controlen las emociones –. Respaldó Mazikeen a su esposo.

Sabía que era cierto, el mismo Bruce se lo había repetido en varias ocasiones durante su entrenamiento, pero no podía sentirse de esa manera. Intentaba respirar, pero se ahogaba con sus pobres intentos de conservar la calma, intentaba dejarse llevar por el verde del pasto y los árboles, pero el color siempre se tornaba en un intenso rojo sangre y cuando intentaba pensar en algo positivo, en algo que le trajera paz, solo podía pensar en su Kara devastada sobre el maldito ataúd entre llantos.

Quería correr y encontrar al payaso, hacerlo pagar por esto, pero no tenía idea de dónde estaría. Si Bruce no había logrado dar con su ubicación en tantos días, él mismo tenía mayor oportunidad de lograrlo.

Estaba muerto, atado a un maldito estado de estancamiento entre la vida y la muerte, incapaz de ascender y condenando a ver sufrir a su familia por su tragedia, mientras el responsable rondaba libremente en alguna parte.

Sentía algo similar a las náuseas de solo pensar en eso.

– ¿Y que se supone que haga? ¿Rezar? –. Cuestionó Jason con incredulidad.

– Claro que no, te echaría si lo intentaras –. Respondió el ángel con asco de solo escuchar la idea.

No pudo evitar que una sonrisa seca se asomara en sus labios ante la respuesta del jefe. Después de pasar tiempo con los dueños de Ex Lux, empezaba a conocerlos mejor y sabía que el señor Lucifer aborrecía todo rastro de sumisión a entidades superiores. No toleraba las plegarias, ni siquiera cuando eran dirigidas a él mismo.

– Aprende a esperar, chico. La oportunidad se te presentará eventualmente, pero tienes que aprender a esperarla –. Dijo Lucifer acercándose al humano.

– ¿Y cómo sabré cuando llegue el momento? ¿Cómo podré reconocer mi oportunidad? –. Cuestionó Jason.

El caído se rio ligeramente con un poco de diversión en sus suaves carcajadas, disfrutando de los tantos cuestionamientos que tenía el chico sobre sus palabras. Parecía que el jefe disfrutaba especialmente de los individuos que no se conformaban con meras promesas vacías sin un fundamento verdadero.

– Lo sabrás en su momento, tal como nosotros lo hicimos. Ninguno habría logrado sus deseos, si no hubiéramos tomado nuestras propias decisiones, si no hubiéramos esperado que la oportunidad se asomara.

– Muchos son demasiado cobardes para atreverse a tomar las riendas de su propio destino –. Continuó la reina, respaldando a su esposo –. Pero confío en que tú no serás así. Tienes el potencial para lograr lo que quieras y no me gustaría ver que se desperdicie en un ataque de impulsividad.

Aprende a esperar.

Era una frase que Bruce le había dicho con frecuencia durante y después de su entrenamiento, parecía ser una enseñanza universal si el mismísimo diablo la respetaba tanto. No obstante, Lucifer y Mazikeen tenían milenios de una vida eterna, ellos podían darse el lujo de esperar los momentos indicados para lograr sus objetivos, pero Jason había sido un mortal; no se veía a sí mismo esperando tanto como los reyes del infierno se habían visto obligados a hacer antes de lograr sus sueños de libertad.

– No sé si pueda esperar tanto, no mientras ese maldito payaso siga suelto –. Confesó el humano con cansancio.

– Ya lo encaraste una vez y mira lo que te hizo, no cometas el mismo error dos veces –. Regañó Mazikeen con severidad –. Si lo buscas ahora, puede que solo termines peor que la última vez.

– No vas a ganar todas de la misma manera, chico. A veces, es necesario un enfoque diferente, uno que exige paciencia. No sabes todo lo que tuve que hacer para conseguir todo lo que has visto en tu tiempo con nosotros –. Dijo el rubio dándole la espalda al evento que se desarrollaba en el frente.

– Entonces, ¿qué se supone que haga? ¿Qué me siente y espere que llegue una oportunidad que podría tomar años en asomarse? –. Preguntó el difunto con enojo.

– Respóndenos algo, Jason, si te dejamos ir por tu asesino ahora mismo, ¿qué crees que sucederá? ¿Te sientes capacitado para vengarte? ¿Crees en verdad que lo que te pasó la última vez no se repetirá? –. Cuestionó Mazikeen en respuesta.

Quería decir que sí, que no volvería a cometer el mismo error y terminaría con todo esto de una vez, le ahorraría el trabajo a Bruce y le daría un poco de paz a Kara y a sus amigos. Pero no tenía sentido negar la realidad, por más que quisiera encargarse de todo, de terminar esta espiral de sufrimiento por su cuenta, sabía que no podría lograrlo. Antes tenía el apoyo de Bruce y el respaldo de cientos de héroes a su disposición, ahora, no tenía nada de eso.

Estaba muerto para el mundo, si enfrentaba al payaso una vez más, tendría que hacerlo solo y, si no pudo detenerlo antes, mucho menos ahora. No tenía la fuerza, no tenía los medios, no tenía el apoyo y sería injusto pedirle a Lucifer y Mazikeen que lo ayudaran, ya habían hecho suficiente por él y no merecían que se aprovechara de su buena voluntad, tan extraña para miles de demonios que podían pasar una vida tratando de ganarse su favor. Además, estaba seguro de que los monarcas del infierno tenían mejores cosas de las que ocuparse que la venganza personal de una de tantas almas perdidas injustamente.

– No –. Aceptó el chico con pesar y un suspiro antes de sujetar el puente de su nariz entre sus dedos.

– Ya estás entendiendo –. Felicitó el caído dando una suave palmada en la espalda del humano antes de alejarse –. Ya estuvimos mucho tiempo aquí, regresemos a Los Ángeles.

– De vuelta al club –. Asintió Jason con un suspiro antes de seguir a los jefes.

Aunque había tenido que ser en circunstancias tan trágicas como estas, estaba agradecido de poder salir un poco de Ex Lux. No tenía nada contra el club, pero rara vez salía para que nadie pudiera reconocerlo e hiciera preguntas peligrosas para la reputación de Bruce. Salir por un par de horas a tomar aire fresco y ver otros lugares lejos de las paredes del club era algo que había deseado desde que aceptó un puesto en el bar del señor Lucifer.

Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando regresó su mirada a los jefes y los vio compartiendo una breve mirada de complicidad antes de que ambos dirigieran su atención a él nuevamente.

– En realidad, creo que sabemos de algo que puedes hacer para calmar un poco tu ira –. Sugirió Mazikeen con una pequeña sonrisa en la mitad visible de sus labios.

– ¿Y que sería? –. Preguntó Jason con curiosidad.

– Te lo explicaremos en el camino, pero será mejor que te pongas esto antes –. Dijo el rubio acercándose al chico con una mano en el interior de abrigo largo.

Una sudadera roja con lo que parecía ser una capucha se hizo presente, emergiendo del interior del abrigo negro del ángel caído, el cual extendió la prenda cuidadosamente doblada al chico con una mirada confundida en su rostro.

No era gran cosa, era una sencilla chaqueta sin una marca distintiva, con dos bolsillos en el frente, en lugar de cremallera, y una capucha roja considerablemente grande sobre los hombros.

– Será mejor que la uses, no querrás que te reconozcan –. Dijo la reina con una risita.

No podía entender porqué los monarcas del infierno estaban tan interesados en él, no sabía que es lo que era tan especial en su alma muerta para ellos ni porque parecían preocuparse tanto por él. Pero no pudo importarle menos cuando sintió las manos de la reina sujetar sus brazos por debajo de sus axilas antes de batir sus alas negras escamosas y emprender el vuelo lejos de la Mansión Wayne.

La verdad es que no podía darle importancia a nada más cuando emprendía el vuelo en las capaces manos de estos demonios con actitud de ángeles. Se preguntaba si esto era lo que sentía Kara cuando volaba, era una sensación muy diferente del jet de Batman cuando surcaba los cielos, se sentía mucho más natural, mucho más ágil.

Mucho más libre.


Mansión Wayne, Jardín

30 minutos después

Las serpientes tenían talento para hablar, se acercaban una a una tratando de conmoverlo con sus pobres intentos de disculpas y sus malos actos de empatía. No quería seguir oyendo a estos falsos que le impedían llorar a su hijo adecuadamente. Uno tras otro, uniformes negros con camisa blanca y corbatas se acercaban a él con aparente pesar en sus miradas descubiertas o sus labios temblorosos.

No quería tratar con nadie, sabía bien que ninguna de estas personas se acercaba a él por genuino interés en su pérdida. No, aquellos a los que en verdad podía confiar su pena y dolor se encontraban esparcidos por el resto del jardín, mirándolo con tristeza y aparentes ganas de consolarlo.

La gente seguía hablando, unos a su izquierda y otros detrás de él, pero no oía a ninguno. No estaba dispuesto a prestar ni un poco de su atención a algo que no fuera el suave toque en su mano, la presencia relajante y conciliadora a su lado y las inscripciones grabadas en granito sólido a un par de metros de su silla.

Jason Wayne

Amado hijo y nieto

Sabía que debería haber mandado a hacer una frase mejor en su lápida, pero no tenía la mente para pensar cuando había decidido que poner a la memoria de su hijo. Dudaba sinceramente que algún padre planeara con antelación lo que se pondría en la tumba de su hijo, después de todo, eso era antinatural. Solo un mundo tan cruel como el que habitaban podría tener la sangre tan fría como para matar al hijo mucho antes que al padre.

No pudo evitar maldecir en silencio, era la mejor manera que conocía de evitar que sus demás emociones salieran a flote, escondiéndolas detrás de la ira. Sus ojos querían humedecerse, empañar los lentes oscuros de sus gafas, pero no se los permitía, había entrenado para controlarse a sí mismo y a sus impulsos. Su mano libre se apretaba con fuerza, clavando sus uñas en su palma desnuda, mientras trataba de evitar que esa misma fuerza se pasara a su mano ocupada.

– Bruce, ¿estás bien? –. Susurró Zatanna con cuidado.

Nunca podría estar lo suficientemente agradecido con su más antigua amiga por esto, su presencia era relajante y lo ayudaba a enfocarse en lo que estaba pasando y lo que era realmente importante, la suavidad y calidez de su toque le recordaba que debía mantener el autocontrol y no expulsar nadie de su hogar. Sería un desastre mediático si, de pronto, Bruce Wayne expulsaba a los miembros de su propia empresa de su casa sin razón aparente.

Asintió lo mejor que pudo, no se atrevió a tratar de engañar a Zee musitando palabras con una voz que podría romperse en cualquier momento, lo conocía lo suficiente como para distinguir cuando mentía.

– Joven Wayne, no tiene que estar aquí si no quiere. Nadie se atrevería a juzgar a un padre por no poder estar presente en el funeral de su hijo –. Sugirió una voz a su espalda de pronto.

No pudo evitar sonreír al escuchar las palabras del hombre, dichas con una voz cada vez más desgastada y carrasposa. Parecía que su mejor amiga se había puesto de acuerdo con su figura paterna este día.

Alfred Pennyworth siempre le había dado buenos consejos, aunque no podía decir que siempre los siguiera, estaba agradecido de que el hombre que había completado su crianza siguiera siendo tan leal a él y se mostrara tan dispuesto a cuidarlo a pesar de su propio dolor.

– Descuida, Alfred, estoy bien –. Respondió Bruce tratando de levantar una pobre sonrisa para tranquilizar al mayordomo.

No sería justo desaparecer ahora, muchas personas aquí atravesaban su propio duelo, no podía darse el lujo de desaparecer solo porque no podía manejar su propio dolor. El mismo Alfred comprendía mejor que nadie su sufrimiento, así como él había perdido a un hijo, el hombre mayor había perdido a un nieto y no estaba dispuesto a dejarlo a pesar de ese hecho.

– De acuerdo, sabe que estamos aquí para usted –. Recordó el mayordomo dándole un suave apretón en el hombro.

Instintivamente, desvió su mirada a los distintos invitados especiales que habían asistido al funeral. Desde la fila más cercana a la que sería la tumba formal de su hijo, pudo distinguir personajes en su vida como Dick y los Jóvenes Titanes detrás de él. En el conjunto de sillas opuestas, podía ver a algunos miembros de confianza de la Liga de la Justicia como su amigo John Stewart, Barry Allen, J'onn J'onzz, Hal Jordan y Shayera Hol, mirando el desarrollo del evento en silencio y con miradas llenas de pesar en sus rostros.

Tenía problemas con algunos de ellos, Hal Jordan era el mejor ejemplo entre los miembros del equipo fundador, pero agradecía que estuvieran presentes para esto. A pesar de sus diferencias, significaba mucho que estuvieran aquí, listos para velar a su hijo y despedirse adecuadamente.

No obstante, aunque valoraba la presencia de todos sus compañeros en esto, su mirada no pudo evitar desviarse a la fila opuesta de sillas en el otro lado del jardín, aquella donde se encontraban Clark y Lois Kent, tratando de consolar a una devastada Kara Zor-El, con la ayuda de una llorosa Barbara Gordon y una apenada Diana Prince.

Normalmente, sus primeros pupilos estarían a su lado en estos momentos de más dolor y pesar, pero sabía que sus otros amigos necesitaban de su presencia ahora más que nunca y Bruce no era nadie para alejarlos de esa calidez que solo Dick y Barbara podían ofrecer. Además, él ya tenía a Alfred y Zee para acompañarlo en estos momentos.

Nunca se los diría formalmente, pero eso era justo lo que necesitaba ahora mismo.

– Bruce, es hora –. Murmuró Zee de pronto en su oído.

No necesitó de mucho después de eso, sabía bien a lo que su querida amiga se refería, pero no quería que llegara tan pronto el momento, aquel instante en que comenzaran a bajar el ataúd frente a todos.

El tiempo se hizo más lento de pronto, se le había preguntado si quería decir algunas palabras de despedida para Jason, pero Bruce se había negado cortésmente. Se conocía lo suficiente como para saber que no habría tenido nada verdaderamente significativo que decir, nunca había sido bueno para expresarse y se negaba a aparentar algo que no era en el funeral de su propio hijo.

No sabía si a Jason le habría gustado que dijera algo para él, pero sabía que no le habría gustado en lo más mínimo que mintiera en su propio funeral solo para mantener una fachada ya rota frente a serpientes oportunistas.

Solo se acercó despacio al ataúd mientras los primeros invitados, cansados de ver como sus intentos de aumentar su estatus no llevaban a nada, comenzaban a alejarse de su hogar con falsa pena y un gesto respetuoso.

Decían muchas cosas, pero Bruce se negaba a escucharlas, solo quería quedarse suspendido en este pequeño espacio un poco más de tiempo. Solamente con la compañía de su verdadera familia.

Pasos pisando el césped hasta llegar al camino trazado cerca de la mansión llegaron a sus oídos, el sonido del suave rugir de los motores de los primeros autos en irse lo tranquilizó notablemente. Teniendo encima la atención de tantas personas encima, se había puesto tenso, y el dolor que experimentaba solo lo incentivaba a recluirse en sí mismo para que nadie ajeno intentara acercársele más de lo necesario.

Poco a poco, los interesados comenzaron a desaparecer, dejando atrás una familia devastada por la pérdida y el amargo sabor de la tragedia compartida.

Teniendo encima la presión de decenas de rostros desconocidos, ninguno podía darse el lujo de mostrar cuanto los afectaba estaba pérdida, pues temían levantar sospechas entre estos civiles. Pero cuando todos desaparecieron, dejándolos en la intimidad de su propia confianza, los primeros llantos se hicieron presentes.

Kara se había roto visiblemente frente a todos los invitados, pero ella era la novia del difunto y era injusto pedirle que se controlara en estas circunstancias. Sin embargo, cuando tuvieron la oportunidad, pudo comenzar a distinguir a los primeros en seguirla.

Koriand'r lloraba suavemente, se quebraba en el mayor silencio posible en el abrazo de Dick mientras veía con pesar el ataúd adentrándose en la tierra. Por lo que Bruce sabía, su pupilo parecía compartir una relación especial con la princesa tamaraneana, por lo que debía haber visto a Jason como si fuera su propio hermano menor, alguien a quien cuidar y acudir cuando quisiera quejarse de Dick.

Garfield Logan fue el siguiente en liberar sus lágrimas, mientras que Víctor Stone asumía el rol de un segundo al mando al envolver a sus amigos restantes en sus enormes brazos a modo de consuelo. Aunque Rachel Roth no se veía tan afectada como sus compañeros de equipo, sus ojos ligeramente irritados y brillantes delataban sus verdaderos sentimientos.

Por otro lado, los héroes mayores hacían gala de un mejor autocontrol. Impidiendo que su propia pena se apoderara de ellos, optaron por servir como un apoyo para los jóvenes héroes que habían asistido al evento.

Una parte de Bruce quería acercarse y compartir el dolor y las lágrimas de sus amigos y compañeros, pero frente a muchos de ellos seguía siendo Batman y tenía que dar el ejemplo. No podía romperse, tenía que mantenerse tan fuerte y firme como el resto de sus compañeros de equipo.

Finalmente, el ataúd tocó el fondo del hueco que habían preparado para él y Bruce se paró justo enfrente, con las primeras flores que acompañarían a su hijo en su lugar de descanso. Zee se había negado rotundamente a soltar su mano, Alfred se mantenía firme a su lado y Lucius Fox veía a la familia devastada detrás de él, con su propia expresión llena de pesar en su rostro agotado.

Solo podía imaginar cómo esto había afectado a Alfred y Lucius, ambos hombres eran mucho mayores que él y una pérdida de esta magnitud solo podía influir negativamente en ellos. Comenzaba a temer que las arrugas, ojeras y las nuevas canas en las cabelleras normalmente oscuras de ambos hombres fueran un efecto secundario de su propio duelo.

– Descansa en paz, Jason. Te prometo que atraparé a ese maldito payaso.

Su mente no dejaba de dar vueltas, y como consecuencia directa de ese hecho, siempre volvía al responsable de esto. El bufón bastardo que le había arrebatado a su hijo seguía suelto en alguna parte, dentro o fuera de Gótica y no parecía dar señales de vida.

Tenía que atraparlo, antes de que otro Bruce se viera obligado a perder a su propio Jason. Se condenaría si permitía que otro padre tuviera que experimentar lo mismo que él en estos momentos.

– Señor Wayne –. Llamó Fox de pronto.

Bruce se giró con curiosidad para ver qué es lo que el hombre quería decirle. No obstante, no hubo necesidad de palabras cuando vio Clark Kent y Diana Prince acercarse con cuidado a la tumba.

Era extraño ver a esos dos con atuendos oscuros, se había acostumbrado a verlos con sus trajes coloridos y llamativos, por lo que ver a Clark con un atuendo negro y a Diana con un vestido tan oscuro los hacía ver como seres completamente ajenos a quienes eran realmente.

Fox y Alfred se alejaron un poco, lo suficiente para dejar que el tridente se reuniera, aunque Zee se había negado a apartarse de su amigo.

– Bruce, nosotros… solo queríamos decirte que… –. Comenzó el superhéroe más grande con inseguridad.

Bruce lo detuvo con un pequeño gesto, solo podía imaginar lo que su mejor amigo quería decirle en estos momentos, no debía ser fácil para nadie tener que consolar a un amigo tras la pérdida de un hijo y no quería que Clark se obligara a hacerlo.

– No tienen que disculparse, Clark, no había nada que pudieran hacer –. Cortó Bruce amablemente las palabras del hombre.

– No fue culpa de ninguno de nosotros –. Respaldó Zatanna con una pequeña sonrisa.

En otras circunstancias, se habría permitido admirar un poco más la forma en que su querida amiga era capaz de enseñar un gesto tan puro, sin importar que tan débil fuera, en un momento como este. Por desgracia, sus palabras también sirvieron como recordatorio del asunto aún pendiente.

La atmósfera del ambiente se hizo pesada, para todos fue imposible no pensar en el hombre que les había hecho esto y como seguía disfrutando de una libertad inmerecida.

– Sabes que, si necesitas algo, cuentas con nosotros –. Recordó Diana a su amigo, acercándose para sujetar su hombro.

– También tú, sabemos que Jason significaba mucho para ti –. Respondió Bruce a la amazona.

No había imagen que Bruce valorara más en su vida que Diana leyendo de antiguos mitos junto con Jason en la biblioteca, tales recuerdos solo podían ser superados por los espectáculos de magia privados que Zee les dedicaba únicamente a ellos en sus múltiples visitas a la mansión. Sabía que ambas mujeres se habían encariñado profundamente con su hijo y solo podía imaginar el sufrimiento que debían compartir ante su muerte.

– Era un joven maravilloso –. Comentó Diana con la mirada perdida.

– Lo era –. Concordó Zatanna con tristeza.

– De hecho, Bruce, hay algo que quería preguntarte –. Dijo Clark de pronto con aparente pena.

– ¿Qué cosa? –. Preguntó el multimillonario con curiosidad.

El kryptoniano giró ligeramente para ver a su prima devastada detrás de él, aún en las sillas siendo consolada por Barbara y Lois, las cuales no parecían tener mucho éxito en sus intentos de calmar el llanto de la joven heroína.

– Kara no ha estado bien, todo esto la afectado más de lo que me temía –. Dijo el hombre sin despegar su mirada triste de su prima.

– Es normal, Jason era su pareja. Sé bien lo que siente perder a la persona que amas –. Respondió Diana con pesar.

Todos sabían de lo que hablaba, pero ninguno se encontraba dispuesto a profundizar en el tema. La sola muerte de Jason ya los había lastimado mucho como para traer viejos fantasmas a la conversación.

– Sí, pero me preocupa –. Dijo el hombre rápidamente –. Aún no conoce mucho de la Tierra, Jason era quien la motivaba a salir, ahora que él ya no está…

– Temes lo que pueda hacer –. Completó Bruce por su amigo.

– Sí –. Asintió Clark con un suspiro.

Podía entender eso, todo tipo de pensamientos habían abordado la mente rota de Bruce cuando Thomas y Martha Wayne fueron asesinados en ese callejón maldito. No era sorpresa que una joven como Kara atravesara momentos así en medio del duelo.

– ¿Y que quieres hacer? –. Preguntó Bruce con curiosidad.

– Kara querrá estar aquí los primeros días, querrá visitar a Jason –. Dijo el kryptoniano mirando con tristeza la tumba detrás de su amigo –. Me preguntaba si nos dejarías quedarnos un par de días, para que pueda venir aquí sin la presión del mundo exterior y nosotros podamos apoyarla.

– Adelante –. Respondió Bruce sin pensarlo mucho.

No necesitó de una mirada para saber que Zee lo veía con orgullo, tan emocionada como orgullosa por su disposición a permitir que otros lo acompañaran en medio de estos procesos. Sabía que necesitaría gente de confianza y no se le ocurría nadie mejor que sus mejores amigos para esto. Sabía que Dick tendría a sus Titanes y Barbara pasaba con frecuencia para hacer su trabajo como Oráculo, no tenía sentido negar la oportunidad de juntar viejos amigos y familia en un solo lugar para sanar sus heridas.

– Pero confío en que no se lo dirás a nadie y no tendré que ver tus mallas rojas volando por mi ciudad –. Recordó el multimillonario rápidamente con seriedad.

– Ya volvió –. Dijo Diana divertida al escuchar la última declaración.

Todos se rieron suavemente por la broma de la princesa, la cual miró a Zee con diversión y una ceja levantada.

– A veces no entiendo que le ves, Zatanna –. Bromeó la mujer con los brazos cruzados.

– Puede ser bastante dulce y tierno cuando quiere –. Respondió la maga sujetando el brazo del hombre más joven entre risitas.

Clark cerró la distancia con su mejor amigo para darle un fuerte abrazo, envolviendo al multimillonario con sus enormes brazos y posando su cabeza en su hombro.

Incomodo por la muestra tan abierta de afecto, Bruce solo se limitó a dar unas palmaditas a su amigo en respuesta antes de alejarlo suavemente bajo las miradas divertidas de Diana, Zee, Lucius y Alfred.

– Supongo que tendré que poner unos platos extra para la cena de hoy –. Comentó Alfred con una pequeña sonrisa –. Señor Fox, imagino que no querrá quedarse a cenar con nosotros esta noche –. Comentó divertido mirando al presidente de la compañía de su hijo.

– Nunca podría rechazar tu cocina, Alfred –. Respondió el empresario con su propia sonrisa al mayordomo.

– También tendré que preparar las demás habitaciones de invitados –. Se recordó el hombre mayor para sí mismo.

– ¿Las demás? –. Cuestionó Clark con una ceja arriba.

– Me temo que la señorita Zatara ya tomó la primera, la más cercana a la habitación del joven Wayne –. Respondió Alfred con una mirada de complicidad, mirando a la pareja incapaz de soltarse de las manos.

Todos se rieron de buena manera una vez más, un gesto sencillo pero que cargaba con todo lo que Bruce, a pesar de su débil sonrojo, podría pedir en un día como este: sinceridad. No quería fingir frente al recuerdo de su hijo, no quería aparentar ser algo que todos los presentes sabían que no era.

Esto era lo que un joven tan extraordinario y maravilloso como su hijo merecía en el día de su adiós. La vida había sido cruel desde el momento en que había llegado al mundo hasta aquel que lo obligó a despedirse de él, el día de su entierro tenía que ser algo mejor que eso. El día de su entierro debería poder descansar con el conocimiento de que no tendría que preocuparse por nadie, que todos estarían bien con el tiempo, que se apoyarían mutuamente.

Era una sensación extraña, había pasado tanto tiempo aprendiendo a consumirse en sí mismo y su amargura, a lidiar con sus demonios por su cuenta y sin involucrar a nadie en el laberinto que era su mente marcada, que se había olvidado de lo que era compartir su dolor con aquellos que lo entendían y lo acompañaban.

No pudo evitar que su mirada se desviara a la maravillosa mujer que aún sostenía su mano como si fuera la cosa más valiosa del universo, aquella que lo había acompañado desde el inicio y estaba dispuesta a quedarse con él hasta el final, para ayudarlo a salir de esta nueva espiral de dolor y pesadez en su alma herida.

Le debía tanto, y tenía el presentimiento de que una sola vida no bastaría para pagarle todo el apoyo y el amor que estaba dispuesta a darle solo a él.

Martha Wayne era una mujer muy inteligente y observadora, y parecía que otra de las cosas en las que Bruce tendría que darle la razón a su querida madre sería en la conexión tan especial que compartía con la hermosa hechicera fuertemente sonrojada a su lado, la única que había conocido al verdadero hombre debajo de las máscaras, la única que podía presumir de conocer a profundidad tanto al símbolo que había creado como al hombre que lo ocultaba.

Zee Zatara era la única que conocía al amigo, al padre y al hombre. La única que conocía al verdadero Bruce Wayne.

No sabía con exactitud el porqué o no quería saberlo, pero esa idea traía una calidez a su corazón, una que creyó ser incapaz de volver sentir después de tanto tiempo decorado con el marco de la tragedia grabada en su vida.


Ubicación desconocida

– ¿Ya lo tienes?

– Afirmativo, tenemos el cuerpo y estamos de camino al punto de encuentro para comenzar la extracción.

– No tardes mucho, no queremos que el detective se dé cuenta demasiado pronto.

– No tienes de que preocuparte, padre, el señuelo los engañó a todos. Nadie notará la diferencia hasta que nuestro plan esté completo.

– Confío en tu palabra, hija mía.

– ¿Cómo les va a ustedes? ¿Ya sabemos dónde se esconde esa rata?

– Aún no, pero estamos muy cerca.

– ¿Y que haremos cuando le sepamos? ¿Quieres que muera por lo que hizo?

– No, le daremos su ubicación al detective. Él fue quien perdió a su hijo, así que el destino del payaso es una decisión que le corresponde a él.

– Como digas, padre. Talia fuera.


N/A: Debo decir que, después de tantos años, me jode mucho que Batman se haya estancado en sus historias a niveles tan exagerados (lo cual es, por desgracia, bastante común en cómics de superhéroes). Así que decidí volver a sacar provecho del concepto de una tierra alternativa para plasmar a un Batman un poco más abierto, uno que se ha visto influenciado positivamente por su familia y amigos, aunque eso sí, no va a dudar en partirle la espalda a quien haga falta para salvar vidas. Soy fan de la idea de probar distintos enfoques de los personajes y ya que los editores y escritores de DC no lo van a hacer, ni siquiera en universos alternos (cof cobardes cof), no veo motivo para no hacerlo yo mismo :P