El niño maldito

Sumario: El ascenso de un posible reemplazo de Lord Voldemort amenaza con arruinar las tranquilas vidas de las familias Potter y Malfoy al rodear de sombras a la nueva generación, traer recuerdos borrosos del pasado…y una visión terrible de lo que podría ser su futuro.

Género: ¿Aventura? Yo diría que es un desmadre mágico con slash.

Claves: súper mega lento slow burn con trama desmadrosa y larga. Drarry, Scorbus, parejas secundarias.

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Los seres "puros" y…James Potter

—…están adentro.

—¿Cuántos?

La Aurora levantó dos dedos en dirección a la voz de Ron, que gesticuló hacia el resto del escuadrón detrás de ellos y apuntó a la puerta principal. Les mostró diez dedos, indicándoles que contasen hasta diez antes de irrumpir dentro. Durante esos segundos, se apresuró a rodear el edificio para alcanzar la puerta trasera que encontraron en su primera revisión.

Escuchó a McCarthy gritar el encantamiento que formaría la barrera anti-aparición en el preciso momento en que la puerta delantera era abierta con un hechizo estruendoso. Pasos corriendo, voces firmes de los Aurores anunciándose y diciendo que tendrían que ir con ellos. Escuchó algunas maldiciones y objetos que se rompían dentro.

Luego hubo un ruido leve detrás de él y una varita le apuntó la parte posterior del cuello.

Bien. Les hacía falta Harry. Más de lo que le decía a su amigo para que no se preocupase.

—Saca la varita, ponla en el suelo y apártate de la puerta, Weasley.

Ron analizó la situación con calma, sus movimientos lentos al deslizar la varita fuera de su manga derecha. Se agachó, la puso en el piso y se alzó de nuevo, con ambas manos a la vista. Los ruidos dentro del edificio se desviaron y maldijo al pensar que pudiesen haber tenido una tercera salida que las pulsaciones no detectasen.

—Weasley —siseó la voz de quien le apuntaba. Una voz falsa, por supuesto; conocía varios hechizos para recrearlas—, la varita real, no la falsa para engañar a los criminales.

—No tengo una va-

La varita en su cuello presionó más. Ron sacó la varita real de su manga izquierda y se la mostró. El mago se la arrebató y oyó cómo caía en el suelo cuando la arrojó lejos de su alcance.

Ya le era claro que los demás Aurores no irían hacia atrás, escuchó vidrios rotos y un sonido que no supo identificar.

—Ahora —siguió el mago que creía que lo tenía en su poder—, caminarás despacio hacia la entrada delantera y-

Ron dobló las rodillas, de manera que quedó bajo el ángulo de acción de la varita que lo apuntaba. Le dio un codazo en el estómago y le sujetó la mano que sostenía la varita. Forcejearon mientras intentaba quitársela.

El mago llevaba una máscara, túnica y un hechizo de sombras que disimulaba cualquier rasgo que pudiese haber quedado expuesto. Ron presionó un punto en su muñeca que le arrancó un grito de dolor, le quitó la varita y deshizo el hechizo de cubrimiento. La máscara se deslizó hacia abajo y el mago sonrió abiertamente.

Tenía su cara.

Desde el peinado a las pecas.

"Verse" a sí mismo lo distrajo por un instante. El mago aprovechó esto para sujetar su hombro y tirar de él hacia adelante. El rodillazo que le atinó en el estómago le sacó el aire.

Dejando su varita en manos de Ron, empezó a correr para alcanzar el límite de la barrera anti-aparición. Ron intentó recuperar el aire al tiempo que se lanzaba al suelo por su propia varita. Lanzó lo primero que se le ocurrió.

Antes de que el mago se hubiese Aparecido fuera de las barreras, un rayo púrpura golpeó su espalda.

Ron se percató de que el edificio y sus alrededores estaban en un sepulcral silencio ahora. Se tocó el estómago y soltó uno de esos quejidos que intentaba que no escuchasen los Aurores más nuevos.

Habría sido más práctico sujetar sus piernas y tirarlo al suelo contigo, Ronald, se reprendió. Estás perdiendo facultades. Necesitaba decirle a Harry que entrenase con él en su próxima visita; puede que se hubiese aflojado un poco en los dos meses que su compañero llevaba dando clases en Hogwarts.

McCarthy fue quien lo encontró mediante sus pulsaciones. Corrió hacia él y se agachó, su mano en alto cubierta de un brillo blanco propio de los hechizos medicinales.

—Estoy bien —Ron paró de lamentarse, la hizo bajar su mano y se puso de pie—. ¿Qué pasó ahí dentro?

La bruja adoptó una expresión de disculpa, sus ojos casi ciegos parpadeando hacia él.

—Los perdimos. No sabemos qué pasó, muchos hechizos por todas partes, unas ventanas rotas y había una compuerta en el último piso. No saltaron, pero estaba abierta y ninguno se quedó dentro.

—¿Heridos?

—Dos. Heridas menores.

—¿Y de su lado?

—Uno debió estar paralizado, pero también desapareció.

Tomando en cuenta el tipo de seguridad que pudieron ponerle a la casa hogar, este edificio era simple, insulso. Poca cosa para un grupo que planeaba con tanto cuidado. Ron lo sabía, y aun así, supuso que no perderían gran cosa con intentarlo.

—Deja a dos investigando el lugar, que le lleven el reporte a Roman si encuentran algo que se pueda rastrear. Me dejaron una varita —Ron la sacudió en el aire, consciente de que ella debía ver el movimiento de un objeto borroso—; veamos si encontramos a su dueño y qué hechizos hace con frecuencia. ¿Quieres venir o te quedas a buscar?

—Quiero quedarme —aclaró McCarthy—, me gustaría probar las pulsaciones en las paredes y suelo. Podría encontrar otra salida o algún método extraño de escape que no hubiese detectado desde afuera.

Tras intercambiar otro par de palabras, Ron abandonó la barrera y se Apareció. Alrededor de diez minutos más tarde, en el archivero de su Departamento, veía a Roman sacudir la cabeza.

—Dime que —Ron meneó la cabeza también— significa algo bueno.

—La varita está registrada a nombre de una bruja de más de noventa años —Roman se la devolvió y siguió revisando sus registros en la tablet mágica—, ciudadana modelo, no la ha reportado como robada. No hay nada malo con ella. Sus dos hijos no están en el país, no han ido nunca a Francia, y no parece que tengan relación alguna con el club de nuestra Señora Oscura. Seguiré buscando, pero…no creo que haya mucho.

Ron exhaló y apoyó su cabeza en lo alto del respaldar del asiento.

—Bien, escucha; McCarthy está probando las pulsaciones en el edificio, dos Aurores investigan si dejaron algo de la Cofradía allí. Si supiésemos más de la magia que usan, podríamos prepararnos para la siguiente vez que los veamos. Busca más de esa señora y sus allegados, quién podría haber tomado su varita sin que ella la reportase o por qué no lo hizo. Luego sigue revisando si hay algo sobre los miembros del club que puedan aparecer por aquí- y préstame una de esas cosas.

Roman le dedicó una mirada extrañada cuando le puso la tablet mágica en una mano. Ron retiró una tapa que tenía a un costado e introdujo la punta de la varita. Pronto apareció una pantalla de configuración y tecleó hasta obtener un mapa de Londres y sus alrededores.

El asistente del archivero se inclinó desde uno de sus costados para ver qué hacía.

—¿Le lanzaste un hechizo rastreador?

—Sí, una marca —Ron estaba concentrado en navegar en el mapa con los dedos, en busca de la señal de su hechizo—. No tenía una contramedida inmediata, el hechizo sí lo alcanzó y se pegó a él. Si fuese el mago más talentoso de Londres, aun así tendría que llevarlo al menos durante unas horas. Si no es tan bueno para quitárselo, tendremos de cincuenta a sesenta horas para rastrearlo con el.

—Suena genial —El otro asintió—, ¿pero dónde está?

Ron negó, ceñudo. Hermione le había hablado varias veces de los límites que tenía la Aparición, así que a menos que tuviese un traslador consigo, debería encontrarlo dentro del mapa.

Señaló el punto púrpura apenas se mostró. Aún no lo presumía cuando se esfumó. Ron siguió navegando en el mapa, hasta que lo vio de nuevo, muy lejos de la otra posición.

Y de nuevo, desapareció.

—¿Se Aparece para despistarte? —ofreció el otro Auror.

Sí, era una posibilidad. Ron suspiró, puso una alarma para que le avisase cada vez que lo encontrase y se levantó.

—Voy a…

—No han regresado los demás —recordó el Auror.

Ron asintió, distraído.

—Sí, pero tengo algo que hacer. Vuelvo en unos minutos y esperamos a los demás para ver qué encontraron.

No se quedó a escuchar una respuesta.

—0—

En Hogwarts, esa misma tarde, era día de recoger setas. Tendrían un laboratorio conjunto de herbología con pociones desde tercer a quinto año para un proyecto importante. James se pavoneaba adelante del grupo, con su permiso firmado por el profesor Malfoy en una mano, y su sonrisa de "soy demasiado perfecto para este mundo y todo lo hago bien". Él no pensaba tocar una sola seta, sino acercarse a las dichosas criaturas mágicas.

Albus, Scorpius y Rose, en cambio, sí que buscaban las setas. En cierto punto, Rose se agachó, se puso unos guantes y les mostró qué recoger. Luego estuvieron a su lado, tomando plantas que meterían a una canasta envuelta en hechizos de conservación.

La nieve aún no se desvanecía, aunque la primavera estaba cerca, y contrario a lo que los tres pensaban, resultó ser el momento ideal para esta actividad. El profesor Longbottom les explicó por la mañana que las setas que necesitaban pertenecían a una variación mágica que sólo crecía en invierno en los puntos en que solían salir las normales.

Albus sólo tenía claro que hacía frío, las plantas olían mal, vagaban por el bosque y tenía que meter sus manos en la nieve y excavar cuando podría estar tomando un vaso de chocolate caliente frente a la chimenea inútil de la Sala Común, pero envuelto en suficientes amuletos de calor para sentirse en verano.

Ambos profesores acordaron que los estudiantes que llevasen sus propios ingredientes tendrían puntos extras y una ventaja de tiempo en el proyecto. Se aseguraron de que todo fuese accesible en esas fechas en alguna parte del colegio, y aunque algunos eran demasiado flojos para intentarlo, otros estaban entusiasmados por lo que el profesor Malfoy planeaba. Rose estaba en este grupo. Esa era la razón de que hubiese enviado pájaros mágicos de papel a su cuarto para que los picoteasen hasta que se levantaron.

—Cuando alguien como el profesor Malfoy quiere enseñarte sus secretos en pociones, tienes que aprovechar —decía Rose, muy confiada, caminando adelante ahora con su cesta llena de setas mágicas azules y blancas—. Además, dijo que a los que tuviesen sus propios ingredientes también les enseñaría a limpiarlos desde cero y el profesor Longbottom nos explicaría sobre su proceso de cultivación y…

Albus la imitó gesticulando con los labios, sin hacer ruido, y adoptando una expresión de fastidio absoluto. Scorpius apretó los labios para no reírse.

—¿De verdad crees que habrá un unicornio por aquí, con este frío? —Por suerte, Rose estaba más concentrada en James y su travesía en busca del cabello de unicornio.

—Claro que sí. Los unicornios no perciben la temperatura igual que nosotros; el frío del invierno y el calor del verano son apenas un cambio de uno o dos centígrados para ellos —respondió James, todo confianza, sufriendo lo que Albus y Lily llamaban un "atisbo de vida inteligente en su cabeza"—, sólo tienes que saber buscarlos.

Escucharon un ladrido y pronto un enorme perro negro corrió hacia ellos entre los árboles. Rodeó a James, moviendo su cola con entusiasmo, y miró en la dirección de la que provenía.

Si un perro era un buen rastreador, un animago con décadas de experiencia como can lo era aún más. Los chicos persiguieron a Sirius cuando corrió por el bosque otra vez, hasta que James los frenó al poner los brazos frente a ellos.

—Hay que saludar primero para no asustarlos —indicó James, pidiéndoles silencio con un gesto.

A manera de "demostración", avanzó frente a ellos con pasos cuidadosos y las manos a la vista. Ya llevaba varias visitas durante ese lapso escolar, algunas por plantas mágicas de invierno, otras por los unicornios en específico, pero Albus sospechaba que igual pasaba a verlos cuando no le correspondía, porque las criaturas reaccionaron como si viesen a un viejo amigo. Uno incluso se atrevió a acercarse y puso su cabeza al nivel de una de las manos de James para pedir una caricia, con sumo cuidado de no rozarlo con el cuerno.

James sonrió y jugó con su cabello. El profesor Malfoy le había explicado cómo enredar los dedos en la crin de manera que el unicornio disfrutase de las caricias, tomase los cabellos sueltos y no fuese a lastimarlo ni arrancarle ninguno.

—Hola, Betune, hola- ¿quién es el unicornio más rudo de este bosque? ¿Quién es el unicornio que quiere ensartar a todos los malos? ¿Quién me va a acompañar a perseguir a Freddie? ¿Tú? Claro que serás tú, serás tú- Betune es el mejor unicornio del bosque —siguió James, en tono de obviedad—, así que vayan a tomar pelo de otro —Y agitó una mano hacia ellos—, su cabecita no se toca, a ella no le gusta.

Rose y Albus intercambiaron miradas y rodaron los ojos. Escucharon su tonta discusión con Sirius, mientras intentaban acercarse a otros unicornios sin asustarlos.

—Oye, Jamie —Sirius tenía esa sonrisa que ponía antes de fastidiar a alguien—, hasta donde sé, los unicornios sólo deberían dejarse tocar por alguien virgen-

—No sé —James rodeó el cuello de "Betune" con un brazo—, ¿por qué no vemos si deja que te acerques, viejo solterón?

Rose volvió a rodar los ojos y Albus negó.

A pesar de cómo pudiese comportarse, James se les acercó para mostrarles la manera más efectiva de tomar cabello sin herirlos y se aseguró de supervisarlos para que no hubiese ningún adolescente ensartado por un cuerno ni un caballo lastimado.

—Lo haces genial, Rosie, así, ten mucho cuidado, como si fuese tu propio cabello —James sonrió y le aplaudió. Y por un instante, fue tan idéntico a su padre cuando les enseñaba que Albus pensó que no podía ser la persona más idiota que existía.

La tragedia no ocurrió hasta que Scorpius quiso acercarse también para recoger su parte. El unicornio frente a Albus se tensó.

Scorpius caminó hacia el mismo unicornio que acariciaba Rose, lo saludó en tono suave y extendió su brazo, sin rozarlo, esperando su aprobación. Miró a James y él observó a la criatura, vacilante.

—No parece que…

Scorpius adelantó su mano apenas un centímetro más. Ni siquiera lo rozó. Aun así, el unicornio perdió el control. Relinchó y se sacudió.

Sirius se transformó en perro enseguida y corrió hacia ellos. Empujó a Scorpius al suelo para sacarlo del camino del cuerno y le gruñó al unicornio cuando quiso acercarse. James había jalado a Rose también lejos de la criatura.

Ese unicornio alteró al siguiente, que alteró al otro, hasta que el claro estuvo lleno de relinchidos, pisotones y auras mágicas fuera de control. Sirius, todavía como perro, fue hacia Albus, mordió su pantalón y lo arrastró lejos de los unicornios.

—Betune- calma, calma, Betune, respira, respira- —James movió las manos frente a su unicornio favorito, deteniendo los relinchidos. Cuando paró a este, "Betune" miró a los demás y dio varios pisotones al suelo.

Tardaron más en tranquilizarle que en desordenarse. Había todavía respiraciones trabajosas, algunos pisotones, y James caminaba entre ellos, moviendo las manos y hablándoles en tono suave.

—Creo que sólo te moviste un poco rápido, Scor- —James frunció el ceño al verlos—. ¿A dónde fue?

Sirius tenía a Albus atrapado entre los brazos, por lo que no notó enseguida que su mejor amigo se había levantado y caminaba de vuelta al colegio. Se soltó del mago mayor y corrió detrás de él.

Scorpius ya le llevaba un par de metros de ventaja, su último estirón le daba unas zancadas más largas que las de Albus, y se notaba que tenía prisa. Albus jadeaba cuando lo alcanzó y se puso frente a él, deteniéndolo.

—Hey, ¿qué pasa? ¿Es por lo de…?

—Lo espanté —se quejó Scorpius.

—James dice que puede que te hayas movido muy rápido-

—¡Si me hubiese movido más lento, habría ido para atrás!

Albus se mordió el labio para no reírse de su dramatismo, pero Scorpius lo notó y arrugó el entrecejo, un puchero formándose por su reacción.

—Los unicornios son muy sensibles, Scorp-

—Son las criaturas más puras que hay —murmuró Scorpius—, y si no me puedo acercar ni siquiera a ellos-

—Claro que puedes, vamos a intentar de nuevo y verás que-

Había sujetado su muñeca para llevarlo de vuelta, pero Scorpius afincó bien los pies en el suelo y no se movió. Albus se giró para verlo. Ahora estaba cabizbajo y su pecho dolió al verlo así.

—¿Te asustaron? —Albus probó caminar de vuelta hacia él y hablar en voz baja. Sabía que no tomó Cuidado de Criaturas Mágicas porque algunas lo asustaban—. Oye, está bien, incluso Sirius se asustó, lo viste. Por muy lindos que sean, tienen un cuerno, no es fácil olvidarlo cuando se alteran…

—¿Y si hay algo mal conmigo? —musitó Scorpius, tan bajo que apenas pudo oírlo—. Primero, lo de La Madriguera- iban hacia mí y esa- esa cosa que nos cubrió- y ahora…¿y si no pudiese acercarme porque hay algo mal…?

Albus volvió a sujetar su brazo y tiró más fuerte esa vez, obligándolo a regresar al claro con él.

—No hay nada mal contigo. Son casualidades. Lo estás sobrepensando. Si tú no puedes acercarte a un unicornio, entonces nadie puede o es mentira que sólo se dejan tocar por humanos puros, ¿entendido? Eres el ser humano más puro y bueno que he conocido.

No sólo regresaron al claro, sino que animó a Scorpius a acercarse al unicornio Betune, el más familiarizado con el contacto humano.

La reacción fue la misma. Bastó con que se acercase lo suficiente para que percibiese su magia.

Scorpius sí huyó esa vez y nada de lo que dijo Albus pudo hacer que volviese.

—0—

A la hora de la cena, Albus caminó hacia su cuarto en las mazmorras, levitando un par de bandejas con comida. Le había pedido a los elfos más postres que alimentos salados; sería una excepción por ese día.

Se encontró a Scorpius tendido en su cama de un lado al otro, el dosel abierto, sus piernas cayendo por uno de los costados del colchón. Se cubría los ojos con el antebrazo.

Albus suspiró, puso las bandejas en las mesas de noche de ambos y se sentó a su lado. Estuvieron en silencio por algunos minutos.

—Es mentira que sólo se acercan a seres puros.

Scorpius movió una mano y un libro de criaturas mágicas levitó hacia él. Había puesto un marcapáginas en la sección de unicornios, que dejaba en claro a quiénes se acercaban y a quiénes no.

Albus apenas se fijó en esto, sus ojos no se apartaron de su mano.

Había utilizado magia no verbal. Sin varita. Jamás lo vio hacer eso.

En realidad, nunca vio nada semejante en nadie, aparte de su padre. Y no siempre le salía.

No parecía que Scorpius, en medio de sus divagaciones, se hubiese dado cuenta. Se sentó de pronto y hundió el rostro en sus manos, encorvándose un poco.

—Al, ¿y si…? ¿Y si yo…?

—Scorp, ni se te ocurra.

Scorpius lo miró de reojo. Su expresión aterrorizada cuando hizo la pregunta.

—¿Y si es verdad lo que dicen? ¿Y si yo…soy su hijo?

Albus aún no terminaba de asimilar que hubiese soltado tal estupidez cuando su amigo ya estaba de pie, dando vueltas por el cuarto y revolviéndose el cabello rubio.

—¡Piénsalo por un momento! ¿Por qué lo dicen todos, para empezar? Además, ¿habías visto algo como lo que se acercó a nosotros en casa de tu abuela? No, ¿verdad? ¿Y tu padre te ha contado cómo se desplazaban los Mortífagos? Porque una vez vi una fotografía…usaban unos hechizos que se veían como sombras también. Viajaban en ellos. Y no fueron por los tres, ni fue casualidad, no se atraviesan esas barreras por casualidad, y los sueños y ahora es-

—¿Sueños? —Albus frunció el ceño—. ¿Qué sueños?

Scorpius emitió un largo quejido y volvió a cubrirse el rostro con las manos.

—Scorpius —insistió Albus.

—Sé que me pusiste runas para que dejase de tener pesadillas —murmuró Scorpius, dejando caer los brazos. Se encogió de hombros—. Gracias, pensé que podría ser incómodo si te dijese, pero…en serio gracias.

—¿Todavía tienes pesadillas? ¿No te han funcionado?

Albus ya estaba a punto de pararse para buscar más ayuda de McGonagall y sus libros avanzados cuando Scorpius lo calmó mediante gestos.

—No es eso, ha funcionado- ha funcionado muy bien, en serio. Es sólo que…

—Scorpius —Albus le frunció el ceño y lo vio suspirar.

—A veces no me siento bien —Scorpius bajó la mirada y cambió su peso de un pie al otro.

—¿Cómo que no te sientes bien? —Cuando se encogió de hombros, Albus se levantó—. Pues, si no te sientes bien, vamos con tu padre y-

Scorpius intentó permanecer inmóvil cuando lo sujetó. Albus lo jaló y tiraron en direcciones opuestas por unos segundos, hasta que cedió. No soltó su brazo, sin embargo.

—Es una estupidez, Al, ni siquiera sé cómo explicarlo- ha pasado por mucho, tiene tanto trabajo, no quiero molestarlo con algo tonto-

Albus exhaló, miró la puerta y luego de nuevo a él. Apretó su muñeca.

—¿Y si me lo intentas decir a mí? —propuso, con suavidad. Rara vez le hablaba así a alguien. Estos últimos meses, parecía que sólo a él.

Scorpius suspiró y se pasó unos momentos pensándolo. Creyó que no le diría nada.

—¿Sabes…sabes cuando tienes sueño después de mediodía, tu cabeza está extraña como- como si pesara, y tus ojos se quieren cerrar, pero tú ves lo que haces y sólo…sólo no lo entiendes todo?

—¿Hablas de estar…ido? ¿Tener tu mente en otra parte?

Scorpius asintió.

—No quiero que haya algo mal conmigo, Al, pero no sé explicarlo, es como…como que pasa eso y…y no entiendo lo que pasa, pero sé- siento que pasa algo y que es importante, y sé que suena a una locura, pero-

—No es una locura —Albus negó cuando él lo miró—. No es una locura, Scorp.

Scorpius lo miró incrédulo durante unos segundos, como si se hubiese esperado cualquier reacción, excepto esa. A Albus le dolió un poco. Tal vez no le mostraba el suficiente apoyo para que no pensase que lo creería el hijo de Voldemort sólo por un par de eventos desafortunados.

—¿En verdad no quieres contarle a tu padre?

—No lo quiero molestar…

—Bien —Albus exhaló y lo guio de vuelta a la cama. Empujó sus hombros hacia abajo para que se sentase, colocó una de las bandejas con comida frente a él y se sentó a su lado—. Todavía podemos averiguar de otra forma.

En lugar de tomar su propia bandeja, Albus sacó el relicario que ocultaba bajo su ropa, lo abrió y esperó a Severus Snape, con su usual expresión seria.

—Sev —Movió el retrato de manera tal que pudiese ver a su compañero—. Scorp se está preguntando si es posible que sea hijo de Quién-Tú-Sabes —explicó Albus, sin titubeos.

El tiempo con el retrato le dio a entender que el bufido que soltó se podía traducir a un "ridículo".

—¿Qué le pudo dar una idea tan absurda y descabellada?

—Aparte de lo que te conté en La Madriguera, un unicornio se asustó por él, aparentemente.

—Lo aterroricé —insistió Scorpius, hundiéndose en su pozo metafórico de tristeza.

—Naturalmente —replicó Severus, como si fuesen un par de mocosos ignorantes incapaces de ver la más simple de las verdades—. Por lo que me explicaron, lo que se les acercó en casa de los Weasley debió ser una entidad de energía oscura, que por supuesto que deja un rastro en lo que sea a lo que se acerque. Un unicornio lo repelerá por instinto. No es personal.

—Pero Albus-

—No me buscaban a mí —recordó Albus—, tú mismo lo dijiste. ¿Ves? No eres tú.

—Y por si fuera poco —siguió Severus, rodando los ojos—, el Señor Oscuro era incapaz de tener un hijo.

Ahí, se fijaron en el retrato con mayor interés. El antiguo profesor exhaló.

—Un dato que muchos desconocen es que Tom Riddle, el nombre de nacimiento de Voldemort, fue concebido durante la ingesta de Amortentia por parte de uno de sus padres. Esto no sólo afectó el desarrollo de sus emociones y un poco a su magia, sino que lo volvió incapaz de tener hijos propios, como les suele suceder a los animales híbridos en la naturaleza. Era, técnicamente, una abominación.

—Ahí está —Albus señaló al retrato con una sensación de satisfacción—; lo investigaremos más a fondo si quieres, Scorp, pero esa es tu respuesta. Ni siquiera es mínimamente posible que tengas un parentesco con él.

Scorpius observó al retrato y otra vez a Albus. De pronto, soltó una risita y se restregó el rostro con las manos.

—Creo que…sólo estoy algo cansado, Al. En verdad sobrepensé las cosas.

—Esperemos que el rastro de su magia se desvanezca y podremos ver a otro unicornio —propuso Albus—; notarás que te adorará si lo que quiere es un ser puro.

Él ya no pudo evitar sonreír un poco.

—Gracias, Al.

—No es-

Antes de que pudiese asegurarle que no era nada relevante y sólo lo hacía porque no le gustaba verle así, Scorpius se inclinó un poco hacia adelante y presionó un beso en su mejilla.

Sonreía al apartarse. Se dedicó a comer y dejó a Albus con el rostro rojo y a mitad de un colapso.

El Severus en el retrato carraspeó para llamarle la atención. Arqueó una ceja en dirección a Albus apenas este lo vio.

—¿Podemos hablar en privado un momento, Severus? —El profesor aún insistía en disfrutar de llamarlo por su segundo nombre de vez en cuando. A él no le importaba. Siempre lo consideró un nombre "feo", pero si hacía feliz a la memoria del mago en aquel cuadro, pensó que sirvió de algo tenerlo.

Albus le dijo a su compañero que necesitaba un momento, abandonó el cuarto con el relicario en una mano y echó un hechizo de distracción en torno a ellos para hablar sin ser oídos. Apenas lo hizo, escuchó a Severus exhalar de una forma propia en alguien que en verdad tenía aire en los pulmones.

—Severus —llamó a Albus por su segundo nombre de nuevo—, aunque me hago una idea de tu…afecto por el hijo de Draco y de que me convocaste con el fin de tranquilizarlo diciéndole lo que le dije —Hizo una pausa y frunció el ceño—, tengo que hablarte con sinceridad.

Albus miró alrededor, comprobó que no parecía haber nadie más en el pasillo y lanzó otro hechizo. Esa vez, fue un muffliato.

—Dijo que no podía tener hijos-

—Lo que es cierto.

—Y esa cosa podría haberle dejado un rastro de magia oscura al buscarlo-

—También se puede dar el caso, sí.

—¿Entonces? —Albus arqueó ambas cejas.

—Entiende que mi memoria es limitada con relación al Severus Snape real. Soy sólo un remanente —aclaró el profesor del cuadro—. No estuve presente en una parte de la guerra, me faltan detalles de esto…pero antes de que pintaran este cuadro, en el año en que hubo Mortífagos en Hogwarts, ocurrió un suceso que ningún remanente del Severus Snape real podría olvidar.

—¿Qué? —presionó Albus, ceñudo.

—Astoria Greengrass encontró un fragmento del alma del Señor Tenebroso.