Capítulo 2: Pesadillas y paranoias
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Cerca de las siete de la mañana Merlina despertó sobresaltada de la nada. El corazón le latía con fuerza y el pecho lo tenía húmedo de sudor. Viendo que Severus respiraba plácidamente, y profundamente dormido, decidió vestirse y dar un paseo.
Se sentía inquieta. Pasó cerca de media hora caminando por los oscuros callejones, bajo el cielo nublado, hasta que decidió volver. Se inquietó cuando, a medida que avanzaba, fue sintiendo calor. Mucho calor, tal vez… Miró hacia arriba. Vio humo negro ascender en espiral hacia el cielo, y no se parecían en nada a las nubes grises que encapotaban la ciudad. Comenzó a correr con el corazón latiendo a mil por hora. Imposible… imposible. Hacía media hora que había salido de la casa y no había visto nada…
Llegó hasta el callejón y dio pasos lentos.
Entonces, lentamente, sus ojos, a medida que se aproximaban al macabro paisaje, reflejaron el rojo infierno que se propagaba en el lugar, mezclado con ese manto espeso de humo demoniaco que se expandía de manera tóxica y le nublaba la vista. Era ahogante. Era horrible y le abrasaba la piel. Apretó los puños. A pesar del calor irradiado, la sangre se le había congelado. Era una pesadilla.
Tenía que ser una pesadilla: ¿cómo no iba a haber nadie caminando por la calle? No se divisaba ni un alma. Había salido hacía una maldita media hora, ¡y en media hora no podía ocurrir algo así! Tenía que ser una pesadilla. A menos que hubiese sucedido algún accidente mágico…
Cerró los ojos cuando sintió las cenizas ardientes que volaban directo a su cara. Sí, tenía que ser una pesadilla. Sólo oía el fuego crepitar de manera soberbia.
Quizá, si abría los ojos, se iba a hallar en su habitación, tranquila. Y abrió los ojos, de lo que se arrepintió al segundo. Quizá sí era real, su imaginación no podría haber formado esa imagen tan cruelmente vívida: él, asomándose por la puerta envuelto por las llamas y chillando "¡Vete, Merlina! ¡Sálvate!". ¿Que ella se salvara? Ella no quería salvarse si no era con él. No perdería a nadie otra vez.
Los ojos se le anegaron de lágrimas. Claro que era una pesadilla, porque él era un mago. Él hubiera impedido aquello. Pero, de sólo pensarlo, se le partió el alma. Sólo atinó a susurrar un débil "Severus…"
Con un grito ahogado se despertó de verdad, sentándose en la cama con el corazón latiendo de una manera violenta y dolorosa. Tenía la cara surcada de lágrimas y sudor. Aun así, tenía el cuerpo helado. Se mareó un poco e intentó enfocarse. Su acompañante se había sentado prácticamente al mismo tiempo que ella. Habían estado durmiendo abrazados y de la nada sintió su brusca liberación. Con la varita encendió la vela del velador. La miró con ojos pequeños.
―¿Qué pasa? ―inquirió Severus con voz soñolienta.
Merlina, logrando recuperar el sentido de orientación, lo miró súbitamente sorprendida. Severus abrió más los ojos al notar que le resbalaban las lágrimas. Iba a hacer el ademán de tomarle la cara, cuando ella ya se había colgado a su cuello. Enterró la cabeza en su hombro.
―¿Qué? ―insistió el profesor receloso, poniéndole una mano en la espalda.
Merlina suspiró, relajándose ante la caricia de Severus.
―Acertaste ―balbuceó Merlina casi en un idioma alienígena.
Severus se tardó unos segundos en comprender. Luego contestó.
―Por supuesto. Si te lo…
―¿Me lo vas a sacar en cara? ―preguntó atragantada en sus propias palabras, sin despegarse de su hombro.
―Sí, porque te dije que no leyeras el periódico muggle. Te lo dije. Te dije que no iba a ser bueno y… ―calló.
Merlina se había desasido de él y, hasta ese momento, Snape no se había percatado de la pena que reflejaba su cara.
―Es que ni siquiera soñé con un simple incendio… ―se excusó Merlina ya calmada, pero aún con la cara mojada―. Tú estabas acá… era esta casa, tu casa era la que se estaba incendiando… y contigo adentro…
―Sabes que es imposible que eso suceda…
―Ya, lo sé, lo sé ―se envaró Merlina―. No volveré a leer periódicos muggles.
―Pero tienes una revista muggle.
―Las revistas no tienen malas noticias…
Severus negó con la cabeza y la hizo tenderse en la cama otra vez.
―Son las cuatro de la mañana. ¿No crees que sea mejor volver a dormir? ―susurró Severus, más tranquilo al ver la propia tranquilidad de Merlina. Últimamente, para él, estaba demasiado sensible desde que había recuperado sus lágrimas. Y no era que le molestara, pero le dolía verla así, aunque intentara no demostrarlo. La única manera de animarla era poniéndose él firme e inamovible.
―Supongo… ―bostezó―. Creo que sí.
Se echaron hacia atrás. Severus apagó la llama de la vela y se puso en la misma posición en la que estaba para rodear a Merlina con sus brazos desnudos.
―No me gusta tu pijama ―susurró―. Es demasiado helado.
Merlina suspiró, cerrando los ojos y juntando su cabeza a la de él.
―Lo siento mucho, pero es lo que tengo. Y no me lo voy a sacar, porque tengo frío.
―¿Frío? ¿Quieres abrigarte?
―No, ya se me va a pasar…
Severus la estrechó más contra sí.
―En realidad eres tú la helada, no el pijama ―con una mano le tocó la cara―. No deberías haberte bañado tan tarde; te enfriaste.
Merlina prefirió no contestar. No tenía ganas de pelear con él, no luego de esa pesadilla. Además, estaba demasiado bien en sus brazos como para que él fuera a buscar otra manta o le preparaba una infusión para entrar en calor. Prefería estar así.
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Merlina despertó tarde al otro día, como si jamás hubiese dormido en su vida. Abrió los ojos lentamente, sintiendo un atroz dolor de cabeza que le hacía palpitar hasta las pestañas, llegando al punto de ver borroso. Poca luz entraba por la ventana; estaba nublado. Miró hacia su izquierda para ver el reloj del velador: las doce un cuarto. Observó hacia la derecha: estaba la cama vacía.
―¿Severus? ―llamó con la voz ronca mirando la habitación de un lado a otro.
Se apoyó sobre sus codos para tener una mejor visión de la habitación. Estaba desolada.
―¿Severus? ¿Estás en casa? ―gritó a todo pulmón. Nada, no obtuvo respuesta―. ¿Dónde te fuiste sin avisar? ―preguntó en voz baja.
Se levantó de la cama con el pelo completamente enredado y una expresión que demandaba agua helada. Bostezó y fue al baño para meterse en la tina, a ver si así se le quitaba esa horrible jaqueca.
―¡Aguamenti! ―conjuró apuntando la tina con la varita. Estaba tan desconcentrada y con la cabeza tan abombada, que no pudo realizar el conjuro. No le quedó más remedio de que el agua de la llave la llenara con lentitud. Mientras tanto, se sentó en la taza del retrete con los codos en los muslos y la cabeza agachada. Se anduvo quedando dormida de nuevo, pero despertó justo en el momento en que ya había ahorrado suficiente agua para cubrirse. Se metió en el agua tibia y relajó la cabeza en el soporte de la tina, hacia atrás.
Estuvo así cerca de dos horas, pero el dolor no aplacó nada, y era probable que hubiese aumentado con el vapor y el encierro. Presintió que todo eso era un aviso de que se aproximaban los días rojos. Ni siquiera las brujas podían huir de los síntomas del odioso período premenstrual. Eso explicaba su actitud del día anterior y todos esos síntomas. Rendida terminó duchándose de pie y se salió del agua envuelta en la toalla, acordándose súbitamente de la vez que había tenido una visión falsa en la que se vio rodeada de arañas. Fue culpa de una poción de Severus, quien le había gastado una muy simpática broma. Sonrió a medias, con los ojos cerrados, tanteando la salida del baño hasta el cuarto.
Con toda parsimonia ocupó otra hora para secarse el cabello mediante magia y luego se vistió, todo eso haciéndolo a ciegas. No obstante, cuando su estómago comenzó a reclamarle comida, pensó que no podía cocinar a ciegas.
―Lo más probable es que termine haciendo un incendio de verdad si no veo lo que estoy cocinando ―se dijo así misma, tomando la decisión de buscar algún analgésico. Buscó, pero no encontró por ninguna parte―. Por algo trabajé en una botica ―caviló―, y por algo tengo de novio a un profesor de pociones. Debe tener alguna poción que me pueda quitar este maldito dolor.
Llevaba sólo cuatro días en la casa de Severus, así que era totalmente imposible que supiera dónde guardaba todo. Tuvo que registrar cajón por cajón, hasta que encontró en uno una caja que precisamente rezaba "Analgésicos".
―¡Je, sabía que lo encontraría! ―exclamó triunfante. Destapó la primera botella que había cogido, sin darse cuenta de que ésta tenía otra etiqueta que no se relacionaba en absoluto con el rótulo de la caja. De hecho, ninguna de las botellitas tenía coherencia alguna con la caja en la que se habían hallado. Ninguna era un analgésico.
Bebió la mitad del contenido verde brillante de la pequeña botella, calculando que sería más que suficiente. Se sentó en el borde de la cama para aguardar a que hiciera efecto. ¡Y resultó! Qué alivio fue no sentir más dolor… Sin embargo, qué extraña comenzó a sentirse, como si fuera ajena al lugar. Abrió los ojos y se llevó un susto de muerte al observar la habitación. Era tan oscura… Estaba segura de que podía, entre esos rincones lúgubres, esconderse todo tipo de criaturas para hacerle daño… ¿Alguien la estaría observando? Se sentía observada. Pero era imposible, porque Severus no estaba. ¿Acaso se habría ido? Tal vez la había abandonado. ¡Qué cosas pensaba!
Fue a la cocina para comer, porque estaba muriéndose del hambre. Ya eran las tres de la tarde, ¿qué podía cocinar? Podía hacer pastel de patatas con carne. Sí, eso iba a cocinar. Abrió el mueble de las ollas.
―¡Por las barbas de Merlín! ―saltó Merlina―. ¿Cómo puedo ocupar una olla, la cual, su único propósito, es querer quemarme?
Sí. Esa era una olla muy peligrosa: estaba usada y parecía estar a punto de caerse a pedazos. Definitivamente se podía quemar… Y los cuchillos: no iba a poder picar la carne. Los cuchillos lucían demasiado filosos y se podía cortar. ¿Y por qué mejor no usar la magia? Sí, con eso iba a salir en un dos por tres de sus tareas, pero… ¿Y si fallaba y la olla de agua hirviendo, junto con los cuchillos, se iban directo hacia su cara? Definitivamente demasiado peligroso…
Abrió el mueble en donde se guardaban las cosas congeladas mediante magia. La carne tenía un aspecto demasiado sanguinolento. Debía estar envenenada, o incluso podía ser carne humana. Y, las papas en el otro cajón tenían demasiados agujeros y demasiada tierra, y la tierra podía estar contaminada… ¡Pero bueno! Ella había comprado todo eso el primer día, sin embargo… la procedencia de todo eso era de carácter sospechoso. No, no podía arriesgarse a comer. Iba a tener que aguantarse. Entonces bebería agua. ¡Un momento! ¿Y si se había roto una cañería? Podía el agua estar mezclada con desechos humanos y eso sería fatal para su salud. También, los vasos a veces tenían fisuras cortantes. Definitivamente iba a tener que ser valiente y aguantarse hasta que… ¿Hasta que llegara Severus? ¿Dónde diablos se había metido Severus? Tal vez lo habían asaltado… o quizás se encontró con un mago tenebroso y estaban en medio duelo, o tal vez…
Caminó hasta el comedor, nerviosa. Encima de la mesa estaba la revista que había comprado el día anterior con una nota escrita por Severus, que rezaba:
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Dumbledore me ha citado a una reunión urgente. No te preocupes, estoy bien, y no salgas de la casa hasta que vuelva. Lo más probable es que llegue a eso de las seis. Si tengo suerte, antes.
S.S.
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Merlina frunció el entrecejo. La letra de Severus estaba algo distinta, como temblorosa. Quizá… quizá él jamás había escrito esa nota. Tal vez alguien había intentado de imitar la letra porque se lo había raptado… ¡MIERDA! ¡Severus había sido raptado! ¡Se habían llevado a Severus! Corrió hacia la ventana y miró tras el visillo, como si los malvados raptores pudieran estar allí agazapados afuera, entre los matorrales. Pero no había nadie. Estaba desolado y eso le dio mala espina a Merlina. No, no iba a poder salir, iba a tener que quedarse allí y pedir ayuda. Tal vez Severus había dejado alguna nota en la revista…
Volvió hacia la mesa antes de que a alguien se le ocurriera lanzar una piedra contra el vidrio de la ventana y le saltara en la cara. Agarró la revista para hojearla, pero, antes de ver demasiado, se detuvo a la mitad y leyó el gran título multicolor de un encabezado, acompañado de una fotografía de una mujer con cara de inseguridad, que citaba "¿Sospechas de tu pareja? ¿Desaparece sin avisar? ¿Actúa de manera dudosa? ¡Realiza este test y comprueba si estás siendo engañada!"
A Merlina, por un segundo, se le detuvo la respiración; luego, continuó leyendo la página completa.
A continuación presentamos doce preguntas que se dividen en tres secciones: a) si tu es un criminal, b) si te está engañando, y c) si está cansado de la relación. Según las respuestas mira la tablilla y suma, resta, multiplica, divide, saca raíz y logaritmo de los puntos correspondientes y comprueba la respuesta final en la página siguiente. ¡Buena suerte!
PRIMER BLOQUE: ¿Tu pareja es un criminal encubierto?
¿Él/ella fue alguna vez parte de alguna pandilla, mafia u organización secreta, de la que se ha redimido?
Merlina alzó la mirada hacia el techo. Severus había sido un Mortífago. ¿Se podía calificar eso como a una pandilla, mafia u organización secreta? Sí, seguro que sí.
¿Él/ella tiene algún tatuaje o algún signo que le identifique, el cual tenga relación con un pasado oscuro?
La Marca Tenebrosa no era un tatuaje propiamente tal, pero sí era una marca, la palabra lo decía. Entonces… la respuesta era afirmativa.
¿Él/ella tiene cambios de humor repentinos asiduamente?
Sí, usualmente, sí. Tenía demasiados cambios de esa índole y la estresaban.
¿Hay veces en que Él/ella actúa sobreprotectoramente como, por ejemplo, no dejándote salir de casa?
Merlina tragó saliva. Sí, recién había leído la nota en la que decía que no saliera de casa. De todas maneras, le quedaban dos bloques todavía… y el test no podía ser cien por ciento certero…
SEGUNDO BLOQUE: ¿Eres una cornuda?
¿A Él/ella le apesta ir a los centros comerciales?
No había necesidad siquiera de pensar la respuesta.
¿Él/ella le tiene fobia al matrimonio?
Recordaba perfectamente el incidente de unos meses atrás, cuando él pensó que ella estaba insinuándole que se casaran.
¿Él/ella se va de la casa sin avisar?
Una vez más podía tribuir el ejemplo de ese mismo día. Merlina estaba comenzando a entrar en pánico. Respiró profundamente antes de continuar con la otra pregunta.
¿Él/ella te ha hecho preguntas extrañas y jamás te explica por qué las dice?
"¿Te sientes segura conmigo?", esa había sido una pregunta bastante extraña, a pesar de que él dijo luego que era una broma para molestarla.
¡Maldita sea! No pudo estar más segura de que algo extraño pasaba con Severus. De todas formas decidió continuar con el test sin hacer trampas, no podía adelantarse a los resultados. Aun así, los test fallaban y, lo más probable es que ése fallara, ¿no?
Contuvo el aire unos segundos y continuó con el último bloque.
TERCER BLOQUE: ¿No eres aporte a la relación?
¿Él/ella te ignora constantemente?
Pues bien, para qué estaba con cosas. La ignoraba demasiado, o al menos lo fingía, y eso era suficiente. Ignorar era ignorar, punto.
¿Él/ella te acosa sexualmente con continuidad?
Severus era el número uno para sacarle sonrojos. ¿Acaso la pregunta quería decir que la veía más como objeto sexual que como pareja? Sí, tenía que ser eso. Ya que no aportaba mucho a la relación, Severus tenía que intentar avivarla de alguna manera y el único camino era yéndose a lo físico.
¿A él/ella le apetece ir a vacaciones este verano?
No, y más no. Severus estaba completamente en contra de las vacaciones. Ella ansiaba salir y él no quería. ¡Oh, no! Última pregunta…
¿Él/ella se ríe de tus chistes o gracias?
¿Qué? Jamás. Severus sólo se reía de sus desgracias. Jamás le iba a festejar algún chiste. ¿Así de aburrida era ella? ¿No tenía nada interesante para Severus?
―¿Acaso mi relación es en vano, un caso perdido? ―se preguntó a sí misma. ¡Uf! Mejor era no abrir la boca de nuevo, podía entrarle una mosca gigante y atragantarse. No deseaba correr riesgos innecesarios. Miró otra vez la revista hacia la tabla y mentalmente se puso a sacar cálculos: si se arriesgaba a sacar pluma y tinta, lo más probable es que se le voltease y manchara el suelo. Sumó, restó, dividió, multiplicó, sacó raíz y logaritmo de los resultados para las respuestas de "Sí" y "No" y lo comparó con el diagnóstico final:
De 9,6781 a 9,99999991: ¡Mala suerte! Has escogido a tu media naranja equivocada. Puedes estar segura de que es traficante de drogas o un criminal desalmado encubierto. Es evidente de que te está engañando, y lo más probable es que sea con alguien de la banda para quién trabaja. Su relación está pendiendo de una cuerda, te encuentra aburrida y sensible. Así que si quieres seguir con él, en vez de denunciarlo o simplemente alejarte, tendrás que poner mucho de tu parte e innovar en la relación, y así cambias la rutina. ¡Arriba el ánimo e intenta elegir mejor para la otra!
Merlina no pudo evitar abrir la boca de la impresión. Los resultados eran cien por ciento muggles, eso estaba clarísimo, pero de todas maneras era aplicable a los magos: o sea que Severus seguía siendo un leal Mortífago, estaba aburrido de ella y, para peor, la estaba engañando. ¿Cómo fue tan ciega? ¿Cómo diablos no se dio cuenta antes? ¡Todas las señales que él le demostró durante meses y no fue capaz de abrir los ojos! Pero eso no iba a seguir así. Eso tenía que terminar, debía tener un límite. Se estaba burlando de ella y eso no lo iba a permitir, así que…
La puerta se abrió súbitamente y se volvió a cerrar. Severus venía con la capucha de la túnica puesta. Merlina se enderezó y agarró la revista enrollándola, como si con eso pudiera defenderse. Lo señaló.
―¡Has estado jugando conmigo, Severus Snape!
Severus se sobresaltó y dejó la labor de hechizar la puerta. Se dio vuelta lentamente, con una mirada que reflejaba desentendimiento total.
―¿Qué dices?
― ¡Eres un MORTÍFAGO!
El labio inferior de Severus tembló y se agarró súbitamente la muñeca.
―Pensé que no te importaba que yo… ―comenzó el profesor sin saber qué hacer, pero fue interrumpido. Estaba totalmente desconcertado. No se esperaba tal recibimiento.
―¡Has estado conmigo sólo por… sólo por estar! Te aburro, ¿a que sí? ―chilló Merlina blandiendo la revista de forma amenazadora, completamente despechada―. ¡Me estás engañando, lo sé! ¡Dime quién es ella! ¿La conozco? ¿Es Mortífaga también? ¿Desde cuándo que están juntos? ¡Contéstame! ¿Es la mujer del matrimonio de Phil?
Severus miró la revista unos segundos con los ojos entrecerrados. Luego se dirigió a Merlina y frunció el entrecejo. Se acercó unos cuantos pasos antes de que la joven gritara:
―¡No te me acerques! ¿Cómo se yo si no estás contagiado con una enfermedad o vas a golpearme, o vas a hechizarme con la varita? ¡Guarda la varita!
Severus no podía hablar. Estaba atónito. Simplemente se limitó a hacer lo que ella pedía, sin embargo… Ella no podía ser Merlina en realidad. Algo debió haberle sucedido.
―¿Qué comiste?
―¿Qué? ¡Yo aquí, peleando contigo, y tú me preguntas si he comido algo! ¡Pues no, no he comido, no he bebido, porque estoy segura de que tú has envenenado las cosas! ¡Y sé que algo me hiciste para que me diera un dolor de cabezas horrible, pero se me pasó porque tomé una poción que me lo quitó! ¡Y luego de eso vine a ver la revista, la cual me hizo reaccionar de todas tus mentiras y…! ¿Adónde vas?
Severus había desaparecido tras el pasillo hasta la habitación. Pocos segundos después volvió con una botella en la mano. El frasco estaba a la mitad y en su etiqueta dictaba "PARANOIA". Hasta la mitad, el efecto duraba mínimo veinticuatro horas.
―¿Te bebiste esto?
―¿Cómo sé si no cambiaste la botella y estás intentando confundirme?
Severus cerró los ojos unos segundos. Luego echó la botella en su bolsillo y a cambio sacó otra que estaba llena.
―Como no me tienes confianza, no te daré esta botella: está envenenada, tiene un sabor muy malo.
―¿Qué? ¡Mentira! ¡Qué apuesto que no lo está y simplemente me estás mintiendo!
―Lo siento, no te la daré ―Severus estiró la mano hacia ella―, está envenenada y tendrás que quitármela.
―¡Y así lo haré! ―Merlina enojada se aproximó hasta él, le arrancó la botella de la mano y la destapó.
―Te lo advierto…
―¡Cállate, Severus Snape, mentiroso…!
Bebió. Alcanzó a tomar sólo dos sorbos. Luego se le cayó la botella de la mano y, antes de que pudiera ella derrumbarse, Severus la atajó entre sus brazos. Había quedado inconsciente. Dando un suspiro Severus la llevó hasta la cama, le sacó las zapatillas y la acostó. Con un día de sueño bastaría para que se le pasase el efecto de la poción de la Paranoia. Pensativo abrió la revista y buscó lo que había hecho que Merlina desconfiara de esa manera de él.
