Capítulo 3: El destino secreto

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No supo en qué momento llegó allí, sólo pudo percatarse de que estaba acostada con ropa de diario y que la cabeza la tenía acomodada encima del pecho de Severus. La tenía abrazada y le acariciaba parte de la espalda. ¿En qué momento se había ido a dormir? Recordaba un vago sueño en el que ella leía una revista y… Dirigió sus ojos hacia la ventana: estaba nublado y no tenía idea qué hora era. Luego miró hacia el velador y divisó una revista… La misma del sueño. Había sido un sueño, ¿no? Alzó la barbilla hasta toparse con la mirada profunda de Severus.

―Desde hoy están prohibidos todo tipo de informativos, periódicos y revistas muggles ―susurró.

Merlina pestañeó.

―Juro que no he vuelto a tener pesadillas con el fuego…

―No es eso. ¿No recuerdas nada de la escena que me montaste ayer, cuando llegué casi a esta hora?

¿Escenita? Y entonces cayó en la cuenta: el sueño fue real.

―Juro que yo… no entiendo cómo… Jamás desconfiaría… ―comenzó a levantarse lentamente para mirar mejor a Snape. Éste, de la mesa de noche, tomó una botella y se la enseñó. El líquido era de un verde brillante y no estaba llena―. Eso es lo que tomé para el dolor de cabeza ―declaró Merlina asintiendo con la cabeza al mirar la botellita que él le enseñaba.

―Sí, y lee la etiqueta.

Filtro de Paranoia. ¡Diablos!

―Esto es algo así como… ―balbuceó.

―Esto te hace desconfiar absolutamente todo y alterar las cosas. Y esto ―tomó la revista― es partícipe de lo que hiciste ayer.

―Lo siento, mucho, Severus…

―No, no tengo nada de qué disculparte. Pero te aclararé varios puntos, por si en algún recóndito lugar de tu cerebro quedan dudas: a ti no te puedo mentir de mi condición, así que es totalmente sincero lo que digo acerca de que no soy Mortífago ―Merlina iba a protestar, pero éste continuó―; segundo, ¿engañarte yo a ti? ―se enderezó en la cama y se aproximó a su cara―, eso es aún más imposible que lo anterior. No me puedo imaginar a nadie más conmigo. Por lo mismo, no me aburres. Si lo hubieras hecho, te hubiera dejado hace mucho, pero te lo hubiese hecho saber. Y, lo más importante: te amo ―la besó bruscamente. A los segundos se separó―, y lo sabes. Así que nada de cuestionarios raros. Y todo lo que salía aquí fue pura coincidencia, sumando el hecho de que estabas completamente… paranoica.

―¡Pero es tú culpa! ―saltó Merlina para justificarse―. Deberías haberle cambiado el nombre a la caja y haber puesto "Pociones para gente estúpida" ―gruñó―, así al menos hubiera tenido una advertencia previa.

―¿Qué quieres decir?

―Nada ―Merlina sacó los pies de la cama para levantarse, pero Severus la agarró del brazo y la obligó a sentarse.

―¿Crees que te encuentro tonta? ¿Cuántas veces…? ¡Ahora sí me pareces tonta, Merlina! ¿Qué te sucede?

―No lo sé ― respondió sin mirarlo, sintiéndose sensible.

Severus rodó los ojos y la abrazó por la espalda. Acomodó la cara en su cuello y resopló.

―Olvidemos esto. No vale la pena discutir por algo así cuando te quiero proponer algo y podemos discutir por cosas mejores.

Merlina bufó con fuerza.

―¿Qué?

―Quieres ir de vacaciones, ¿o has cambiado de parecer?

Merlina se removió de su abrazo y dio medio giro para verlo mejor.

―Sí. Sí quiero.

¿Severus la iba a llevar a vacacionar? Eso era… Era un sueño bastante irreal.

―Bien. Más te vale, porque he comprado los pasajes para pasado mañana.

―¿Pasado mañana…? ¿Tan luego? ¿Por qué? ¿Dónde vamos?

―A… creo que es mejor que sea sorpresa.

Merlina se subió a la cama arrodillada para poder quedar acomodada en frente de Severus, quien estaba sentado con las piernas estiradas.

―¡Oh, vamos! Dime.

Severus negó con la cabeza, insondable. Ni una mueca parecida a alguna sonrisa se reflejaba en su cara. Merlina se puso a horcajadas encima de él y lo agarró por la camisa tratando de resultar amenazante.

―Dime.

―¿O sino qué? ―la alentó Severus agarrándole las muñecas.

―O sino "nada". ―Merlina esperó que entendiera el doble sentido de la frase.

―Perfecto, mejor para mí. Tengo que enviar unos cuantos Patronus con información relevante.

―¿Ah, sí? ¿De qué me he perdido?

―De nada. No te debes preocupar… ―se bajó de la cama sacándose a Merlina de encima y caminó hasta la puerta―, por ahora ―agregó en voz tan baja que la joven celadora no alcanzó a escuchar.

―¿No me vas a decir dónde vamos a ir? ―gritó cuando él hubo desaparecido.

―¡No!

―¿Ni por cuánto tiempo?

―Eso es relativo.

Merlina gruñó y se volvió a lanzar de espaldas en la cama. Se sentía furiosa y no sabía por qué. A los pocos minutos se le comenzó a expandir un dolor intermitente en la parte baja del abdomen. Luego comprendió que su momento femenino favorito había llegado. Era una suerte que, a pesar de ser tan irregular, no le durara más de tres días.

Fue a prepararse al baño y se volvió a acostar. El dolor de cabeza regresó junto con náuseas y, de puro orgullo, no quiso decirle nada a Severus hasta que fue a preguntarle si pensaba levantarse algún día.

―No tengo ganas ―masculló Merlina con la cara enterrada en las almohadas, boca abajo.

Severus sacó su varita y, con un simple movimiento de ésta hizo que la frazada se echara por completo hasta atrás.

―¡Estoy indispuesta! ―le avisó Merlina cuando la cama comenzó a temblar violentamente: encantamiento terremoto.

Cesó.

―Eso era mucho más fácil que me lo dijeras en un principio —le reprochó cubriéndola con la frazada nuevamente―. Jamás pensé que las mujeres se pusieran realmente insoportables y sensibles cuando están así. Creí que era un mito ―comentó Snape revolviendo uno de los cajones y extrayendo unas cuantas botellas―. Accio cuchara ―susurró.

—Cuidado con lo que dices, Severus. Tú no necesitas desbarajustes hormonales para ser un insoportable —comunicó ella con la boca apegada a la almohada.

A los pocos segundos apareció una cuchara de plata que se depositó en su mano. Tomó las botellas y se sentó en la orilla de la cama cerca de la cabeza de Merlina.

―Vamos. Si quieres que los malestares se te pasen, tendrás que aceptar esto ―agitó las botellas―. Y a ver si se te quita lo mañosa.

―Jo, jo.

Merlina se aprovechó un poco de su condición debilucha haciendo que Severus se sintiera obligado a atenderla. Estuvo largo rato acariciándole la cabeza para convencerla de que se tomara las infusiones y otro cuarto de hora para que comiera la sopa de pollo que le había cocinado especialmente para ella.

―Si no comes, te juro que te dejaré en la puerta de la calle ―la amenazó, acercándole la cuchara a la boca. Ése era su último recurso.

―No creo que lo hagas ―contestó ella, girando la cara hacia la derecha, esquivando la cuchara.

―¿Ah, no? ―Severus dejó la cuchara en la bandeja y apuntó con la varita hacia ella―. ¡Evanesco! ―todo desapareció―. Comprobémoslo.

Rápidamente destapó a Merlina y la hizo flotar con un encantamiento. Merlina gritó.

―¡NO! ¡Bájame! ¡Comeré, lo prometo, lo juro!

¡Pam!

Cayó en la cama otra vez.

―Cuando se está en casa ajena tienes que respetar algunas reglas básicas ―le regañó el hombre volviendo a la posición de antes y haciendo aparecer la bandeja de la comida―, como comer. Yo no gasto el tiempo cocinando para que no comas. Y no necesito que te pongas en huelga de hambre para bajar de peso ―se aproximó a su cara y bajó la voz―. Con los ejercicios nocturnos que solemos llevar basta para mantenernos en forma.

Merlina se sintió hervir. Y hervir en todos los sentidos. ¡Lamentaba estar en la condición que estaba! ¡Maldito sexo femenino! En fin. Suspirando abrió la boca y recibió la primera cucharada de sopa.

―¿No podría comer yo sola?

―Quiero asegurarme yo mismo de que lo hagas, gracias.

Mientras comía rehuía constantemente de la mirada inquisitiva de Severus. Rara vez demostraba su amor con palabras. De hecho, las palabras le ayudaban a equilibrar todo el cariño que le demostraba con hechos, como el insistir en darle la comida en la boca o las simples caricias en la cabeza que le dedicó rato antes para que tomara las pociones analgésicas.

Entre esas miradas se encontró con el bolsillo de su camisa. En él había una carta que sobresalía un tanto. Alcanzaba a ver parte de lo que decía: "…reunión con la Orden del Fénix…"

―¿Puedo ir yo también?

Severus la miró extrañada hasta que se dio cuenta de lo que observaba. Tomó la carta y se la metió en el bolsillo trasero de pantalón.

―A esta reunión no irán todos. Además, nosotros estaremos de vacaciones en ese período.

―¿Y para qué se están reuniendo? Tengo entendido que eso es para protegerse… bueno. Sabes a lo que me refiero.

―Nunca está demás hacer reuniones.

―¿Está todo bajo control?

Severus miró la cara de interrogación de Merlina. Luego sonrió con una mueca.

―Todo bajo control ―miró el plato vacío. Acababan de terminar―. Ahora, ¿crees que seas capaz de mover la varita para ordenar las maletas? Porque tienes sólo mañana para ir de compras en el caso de que necesites algo.

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Severus no fue piadoso con Merlina: se negó a revelarle el destino del viaje, ni siquiera cuando entregó los boletos al hombre que manejaba el horario del viaje y el Traslador, dos días después, cinco minutos para las nueve de la mañana. El lugar estaba repleto de brujas y magos para viajar a todos los lugares del mundo, y sumando el calor del espacio y la incertidumbre, la desesperación estaba tomando fuerza en Merlina. Pero una ola de alivio recorrió su organismo cuando el hombre que anunciaba el itinerario dijo con la voz amplificada: "Viaje de las nueve de la mañana. Destino: Pueblo Callanish, Isla Lewis"

―¿Callanish? ¿El pueblo que está cerca de las Piedras Callanish? ―inquirió Merlina casi sin aliento avanzando junto a Severus para afirmarse del cepillo de dientes casi sin cerdas que sujetaba el individuo de los Trasladores.

―Algún lugar especial tenía que ser ―contestó Severus como si eso zanjara el asunto, pero un poco pagado de sí mismo.

―Eso es tremendamente lejos para lo que pensaba yo, que era viajar por Inglaterra, o ir de vacaciones a Escocia…―comentó sin dejar de estar asombrada. Luego entrecerró los ojos y lo miró con inquietud―. ¿Cuánto te costaron los pasajes?

Merlina presintió que se había gastado una millonada.

―Eso da igual.

―Señores, siete segundos. Por favor, cierren la boca para evitar accidentes…

A los siete segundos Merlina y Severus desaparecieron del Departamento de Transportes entre una ráfaga multicolor. Merlina cerró los ojos porque le era insoportable ver esas manchas de colores a toda velocidad. Un instante más tarde reaparecieron en un lugar completamente al aire libre. A su cola una familia se materializó al lado de ellos.

―¡Vaya! ―exclamó Merlina admirando el lugar. Jamás había estado en un pueblo tan rústico y tan verde. Habían aparecido en una especie de valle, el cual estaba rodeado de casitas de piedras y adobe, y notó a muchas personas con sombreros puntiagudos sobre las cabezas…

―Un momento ―dijo Merlina―, este es un pueblo mágico, ¿no?

―Completamente mágico.

Merlina suspiró con los ojos húmedos, maravillada.

―Esto es tan… inesperado. Pero aun así… ―miró a Severus con la boca fruncida―, deberías decirme cuánto gastaste. No es justo que…

―Merlina ―interrumpió Severus vehemente―. ¿No te has puesto a pensar que precisamente fui yo el que quiso alejarse de Inglaterra? El mundo no gira en tu entorno.

Bueno, claro. Como si no estuvieras haciendo esto por mí —pensó Merlina evadiendo su penetrante mirada.

La gente en el pueblo era más inquieta de lo normal comparada con los otros magos de Gran Bretaña, y, a pesar de que se comunicaban en inglés todos, su acento era mucho más extraño y costaba entenderles, así que estuvieron cerca de una hora dando vueltas por el pueblo ―que parecía laberinto― para encontrar un lugar en donde pudieran hospedarse.

Una bruja con un ojo tuerto les recibió y condujo a un cuarto carente de lujos en la residencia.

―Es lo que hay ―graznó con malas pulgas―. Aunque recorran diez veces el pueblo no van a encontrar nada más que esto, porque hay muchos turistas. ¡Sólo a ustedes se les ocurre venir para acá, donde saben que van a estar luchando por encontrar lugar! Las habitaciones se deben reservar con antelación.

―Señora ―dijo Severus con fingida amabilidad que abandonó de inmediato―. Entrégueme la maldita clave y limítese a cerrar la boca antes de irse.

La anciana se quedó callada. Con brusquedad dejó un pergamino con la clave de la puerta número 23 en la mano del profesor y salió dando un portazo.

Merlina escrutó la habitación de madera roída y notó que zumbaba constantemente. La cama era de plaza y media y estaba tan hundida que por poco el colchón tocaba el suelo y, además, el catre tenía pinta de estar podrido y parecía que le faltaban tablas. Echó también un vistazo al baño que estaba cerca de la puerta de entrada y casi pega un alarido de asco cuando vio las cortinas de la tina llenas de hongos negros. Le entró pánico.

Bueno, son vacaciones, saldremos a recorrer… la idea es pasar el menor tiempo posible en esta cosa mugrosa. Es sólo para dormir…

―¿Severus? —El hombre estaba despojándose de una camisa para cambiarse a otra―. ¿Hay… hay arañas?

Él soltó una carcajada burlona.

―Supongo que sí. En esta pocilga deben estar por millones. Comprobémoslo.

Sacó la varita del bolsillo de su pantalón y, apuntando a la cama, hizo que el colchón se sacudiera. Tres arañas salieron de debajo de la cama. Merlina pegó un salto hacia atrás.

―¡MÁTALAS!

Con los zapatos Severus pisó a las tres en menos de dos segundos. Y se volvió hacia ella.

―Merlina ―dijo con severidad―, no nos volveremos a Inglaterra por unos cuantos bichos.

Ella puso los ojos como plato e hizo una mueca de horror.

―¿Unos "cuantos bichos"? ¿No podemos…?

―No, no podemos buscar otro lugar porque realmente será difícil hallar otro para hospedarse. La anciana es una cascarrabias, pero tiene razón.

―¿Y si me pica algo en la noche? ―comenzó a defenderse ella―. ¿Y si las sábanas están contaminadas con… algo? ¡El baño está lleno de seres del reino fungi! Yo no pienso poner un maldito pie en esa tina. ¡Es demasiado repugnante y estoy segura de que…!

No pudo completar el "… y estoy segura de que hay cosas más repulsivas." porque Snape había utilizado la varita para hacerla callar. Merlina se agarró la garganta ofendida. Él se aproximó hasta ella.

―Deja de quejarte y busquemos una solución. No me dejas pensar, Cerdita Parlanchina.

Merlina abrió más la boca y, a pesar de que no tenía voz, Snape entendió perfectamente el "Eres un idiota". Dio media vuelta y salió de la habitación dando un portazo.

Qué se cree para hacerme callar el muy descarado. Y ahora ni siquiera puedo hablar o gritar.

Merlina se fue por el pasillo hasta la recepción y se sentó en un sillón mugroso. Al instante volaron unas cuantas moscas de él, así que salió pitando hacia el exterior y cruzó hacia el restaurant que estaba en frente. Al momento después tuvo que retirarse porque, al no poder hablar, la magia no funcionaba a la hora de pedir la comida y suficiente fuerza mental no tenía: estaba demasiado enojada. Fue hasta una plazuela que estaba tres casas más allá y se sentó en una piedra, que era un asiento, y es que, en realidad, los asientos eran piedras. El trasero no tardó en dolerle, pero no quería ni moverse.

Yo no le pedí este viaje. Podríamos haber ido a un lugar más cercano y menos concurrido. Pudimos haber quedado en un hostal más limpia. No sé por qué el afán de traerme tan lejos.

Estuvo una hora sentada en la piedra, enfurruñada y nada más moviendo la boca, porque no le salía ninguna palabra. Luego, quince minutos estuvo apoyada en un árbol, moviendo el pie derecho frenéticamente, hasta que se percató que le caminaban unas cuantas hormigas por la espalda. Luego, otra hora más pasó sentada y, para esas alturas, ya el enojo se le había quitado. El orgullo se estaba dejando llevar por el arrepentimiento y temor.

Se supone que tenía que venir a buscarme y no vino. ¿Cómo voy a volver?

Puso la cara en las rodillas, resoplando.

Está bien, me rendiré —pensó levantando lentamente la cabeza—, le daré el gusto y me dejaré ser picada por arañas, que las polillas me coman la ropa y que las termitas se coman la cama. Eso haré.

De todas maneras, no le alcanzó a ocurrir nada de eso. Repentinamente una boca se había depositado en el lado izquierdo de su cuello, distrayéndola de todo eso. Por un momento temió que fuera otra persona, pero se sabía de memoria los besos de Severus. Sin embargo, cuando se acercó a su oído, no cupo duda de nada. Era el único que le hablaba a la oreja. Era su manera especial de intimidarla.

―Mi Cerdita Parlanchina está enojada todavía, ¿no?

Merlina no abrió la boca. ¿Para qué si no iba a poder hablar?

―¿Por qué no me contestas? Te acabo de retirar el encantamiento.

Merlina torció la cabeza y lo miró con el ceño fruncido.

―¿No estás enojado tú?

―¿Por qué? ¿Porque te enojaste tú? No. Ya sabes que me encanta verte enojada. Aunque no era ese mi propósito, pero sin querer resultó.

Merlina suspiró y apoyó la frente en la tibia mejilla del profesor.

―Prometo que ya no diré más, no me quejaré. Que sea lo que sea y…

―¿Qué tal si dejas de prometer cosas y volvemos? ―la cortó Severus parándose, porque estaba en cuclillas detrás de ella. Merlina se reincorporó también mucho más aliviada. Con él nunca se sabía bien si se metía la pata o no.

Retornaron a la residencia y, por un momento, pensó que se había equivocado de habitación. Luego, al acordarse de que la clave que había pronunciado Severus para abrir la puerta era única, supo que en realidad estaba en el lugar correcto.

―Vaya ―farfulló sorprendida.

―Seré un idiota ―admitió Severus―, pero cómodo.

El lugar era el mismo y todo estaba en el mismo sitio que cuando se fue, sin embargo, poco faltaba para que las paredes y el piso resplandecieran de lo limpio que estaba. Severus se había dado el trabajo de limpiar todo mientras estuvo ausente.

―Las cortinas estaban llenas de doxys, por eso se oía un zumbido.

La cama estaba en una posición normal y no con el colchón curvado tocando el suelo. El polvo había desaparecido de las cómodas y muebles, lo mismo que los hongos del baño.

―Me deberías haber dicho lo que pensabas hacer ―le reprochó Merlina― así te podría haber ayudado.

―Creí que tenías suficiente con estar limpiando en Hogwarts. Además, te toca otra buena dosis de limpieza este año.

―¿Ah, sí? ¿Acaso tendré que ir a tu despacho? ―inquirió la joven con sarcasmo.

―Por supuesto. Siempre me gusta que ordene mis estanterías, Morgan ―farfulló aproximándose a ella paulatinamente.

Merlina acortó los pasos y lo besó apasionadamente, sintiéndose muy feliz.