Capítulo 4: De adivinación y profecías

.

Por ser el primer día en el lugar, ninguno pensó que fuera a ser un fracaso total, dejando de lado lo sucia que había estado la habitación en un principio y por el latoso hecho de que Merlina aún estaba indispuesta y las energías no eran las suficientes como salir a pasear. Pudieron comer sin problemas en el restaurant donde, horas antes, había cruzado Merlina para sentarse en la piedra; lo mismo hicieron a la hora de la cena. Y la verdad fue que no hubo ningún problema hasta la noche, cuando Merlina se animó un poco más y decidieron recorrer el pueblo que, al fin y al cabo, se llenaba de vida a esas horas. Luego ocurrió lo que menos pudo habérseles pasado por la mente: encontrarse con alguien conocido. Lo peor fue que esa persona no era la mejor compañía en una noche de vacaciones.

Se hallaban en una taberna de mesas redondas cuando, mientras pasaban por entre la gente para encontrar una mesa libre, oyeron la voz. Incluso Merlina, que jamás había prestado atención en los dos años en Hogwarts a esa persona, supo de inmediato de quién se trataba.

―¡Profesor Snape! ¡Qué sorpresa! ―Seguido de ese saludo, se oyeron unos pasos apresurados y el tintinear de kilos de joyas. Una mujer con gafas que le aumentaban el triple el tamaño de los ojos hizo su aparición ante ellos, despidiendo un pesado y cargado olor a jerez mezclado con un perfume muy dulce―. ¡Oh! ―exclamó al darse cuenta de que el profesor no estaba solo―, señorita Morgan… ¡Hip!

―Buenas noches, Sybill, agradable… ―Severus hizo una mueca, como negando sus propias palabras― sorpresa.

Merlina sonrió esforzadamente sin decir nada. Y la verdad, es que ni siquiera se le ocurrió qué decir.

―Parece sorprendida de vernos aquí y juntos, Sybill ―comentó Severus desinhibido pasando un brazo por el hombro de la joven.

La profesora de Adivinación, quien estaba vestida estrafalariamente y con el pelo castaño apenas afirmado en un despeinado rodete en la cabeza, se encogió de hombros con aires de grandeza.

―Debía intentar parecer sorprendida. Sabía que vendrían, pero si me aproximaba de la nada, sin antes divisarlos verdaderamente, podrían haberse asustado ¡hip! Y estaba más que claro que iban a venir ¡hip! Juntos, pero es que no me gusta alardear. ―Su voz estaba claramente afectada por el alcohol y la modulación no era cien por ciento entendible.

―Por supuesto.

―Y ahora, haremos como que conversamos, ¿sí? ―propuso la profesora, haciéndoles un gesto con la mano―. Pero vayamos a un sector más iluminado, porque la verdad es que no veo absolutamente nada. Los hados me dijeron que tendré que cambiar el cristal de mis lentes y, como una hereje, decidí negarme. Ahora estoy viendo las consecuencias, sin embargo, no perderé la vista hasta unos ocho años más. Así que no debo preocuparme ―mientras hablaba caminaba y la pareja la seguía. Se detuvieron hasta que encontraron un lugar repleto de velas. Más iluminado no podía estar―. Bien, senté…

Se interrumpió y miró a Merlina con atención. La joven se puso colorada ante tal invasiva mirada, como si estuviera desnuda.

―Por las Barbas de Merlín ―susurró con los ojos abiertos como platos―. ¡Fuego! ―exclamó señalándola con un delgado y fino dedo.

Merlina dio un respingo y miró a su alrededor. Severus le tomó la mano y frunció el entrecejo.

―¿Qué quiere decir? ―balbuceó Merlina nerviosa.

―En tus ojos veo fuego ―repuso la mujer con la voz temblorosa―. Veo fulgor, veo mucho… fuego ―resumió.

Severus y Merlina se miraron con las cejas arqueadas.

―¿Podría ser más específica? ―solicitó Merlina algo irritada. Quizá muy irritada.

A la profesora Trelawney se le humedecieron súbitamente los ojos. Se inclinó sobre la mesa.

―Tengo entendido que tienes un leve trauma con el fuego, ¿no, querida?

Merlina sintió la sangre hervir y Severus lo pudo percibir porque le apretó con fuerza la mano. "Leve trauma" era quedarse corto. Tragó saliva.

―Sí ―contestó secamente.

―Pues, entonces, es por eso. Sigues recordando con frecuencia tu trauma. Lo sabías, ¿no?

¿Cómo no lo voy a saber, vieja ridícula? ¡Por supuesto que lo sé si YO soy la que lo recuerda!

―Se acaba de enterar, Sybill ―gruñó Severus.

―Bueno, ahora estarás más tranquila que lo sabes, ¿no, querida?

Merlina miraba hacia el techo contando los segundos para no estallar. Definitivamente, no andaba de humor para palabras tontas de una profesora fraudulenta. En Hogwarts todos comentaban lo mentirosa que era aquella mujer, pero jamás le había tocado comprobarlo, hasta ese momento.

―Tuviste una terrible experiencia, por supuesto. Era algo que ni yo hubiese podido evitar, porque el destino está prácticamente predestinado, valga la redundancia, y…

―Quiero ir al baño ―dijo Merlina saltando de su silla, como si eso pudiera hacer que la profesora se diera por aludida y se marchara. Sin embargo, provocó el efecto contrario. Sybill salió corriendo tras Snape, quien corría tras Merlina, quien corría hacia el baño. Varias brujas gritaron groserías cuando Snape entró al baño de damas. Merlina se dio media vuelta y se topó con los dos.

―Severus, ¿podemos hablar…?

―¡Querida! ―exclamó Trelawney aproximándose hacia ella y tomándola la cara con sus manos repletas de anillos y brazaletes―. ¿Cómo te sientes? ¿Te sientes mal? Bueno, sé que te sientes mal, pero las visiones no me aclaran realmente por qué…

Merlina estaba horrorizada. Su cara estaba contorsionada en una extraña mueca de incomprensión y lástima por sí misma. Hasta Severus no tenía idea de qué hacer. Y ni siquiera se dio por aludido cuando una bruja ancianísima, que parecía pasa de lo tan arrugada y encorvada que estaba, le dio de golpes con el bolso en la cadera, regañándolo por estar en el baño de mujeres.

Al ver que no contestaba, Trelawney sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro a Merlina.

―Pero no te preocupes, querida, ahora estoy yo para… ―se calló y apretó los labios, soltando a Merlina. Se colocó las manos en el estómago y se puso verde. Severus atinó a tomar a su novia del brazo y echarla hacia atrás.

Justo a tiempo: el vómito quedó donde antes habían estado las zapatillas de Merlina.

―No… es… nada… ―jadeó la profesora agachada y vomitó a otra vez―, no… se… preocu… ―Y otra vez.

―¿Qué hacemos? ―Susurró Merlina en el oído de Severus.

―Salir de aquí.

Y sin más, se fueron rápidamente del baño, buscando la salida del recinto, ambos asqueados por el desagradable espectáculo protagonizado por la profesora de Adivinación.

―Esto es increíble, no puedo…

―¡Era él, señores, un pervertido en el baño de mujeres! ―gritó alguien desde la salida.

Severus apretó el brazo de Merlina. Los magos guardianes se aproximaron hasta ellos junto con la señora arrugada.

―¿Es cierto lo que dice la señora, caballero? Si no nos dice la verdad, tenemos una cantidad considerable de Veritaserum en el sótano.

―Es verdad, pero no soy ningún pervertido.

Merlina no pudo evitar hacer una mueca aguantándose la risa. Uno de los magos percibió eso y comenzó a sacar su varita.

―¡Un momento! ―saltó Merlina alarmada―. No, lo que pasa es que me sentí mal y él me siguió preocupado junto con una amiga, pero luego esa amiga se sintió mal también y vomitó y salimos del baño porque…

―¿Dejaron a su amiga tirada en el baño?

―Bueno, nosotros… Sí, es que pensamos…

―Siempre le ocurre ―admitió Severus―, y hay que dejarla hasta que se le pase, por eso veníamos afuera a tomar aire fresco.

―Pues bien, no permitiremos que su amiga continúe ensuciando los baños, así que se la llevarán con ustedes, ¡y ahora!

Severus sacó la varita y apuntó a ambos brujos, que también desenvainaron las suyas.

―¡Severus! ―voceó Merlina bajándole el brazo de un manotazo.

Éste la fulminó con la mirada. Merlina se sintió disminuir, pero Severus se acordó a quién estaba observando y se relajó.

―Vamos ―farfulló iracundo.

Terminaron saliendo del pub con Trelawney flotando mediante un encantamiento, porque se había quedado profundamente dormida en el baño y no hubo manera de despertarla.

―No podemos dejarla por ahí ―comenzó Severus avanzando rápidamente y sin preocuparse por los giros que pegaba la profesora detrás de ellos. Tenía a Merlina fuertemente agarrada de la mano y ésta apenas caminaba, dando tumbos―. Si algo le pasa, será nuestra culpa y Dumbledore se pondrá furioso.

―¿Qué? ¿Tendremos que llevarla con nosotros?

―No nos queda otra opción.

Menudas vacaciones con mi prometido —pensó Merlina, más que enojada, abatida. Hasta lo poco que sabía, gracias a Severus, ella era responsable de muchas predicciones hacia Harry Potter y Lord Voldemort. Dudaba de su talento, porque hasta el momento no había demostrado ninguna de sus maravillosas dotes de vidente y sólo hablaba de lo obvio.

Cuando llegaron a la habitación de la residencial, habían dado las doce. Ninguno había percibido que tantas horas habían pasado desde que salieron de allí. Acomodaron a la inconsciente mujer en un sillón y Merlina, de mala gana, le tiró una frazada encima, cubriéndole hasta la cabeza.

Ni Severus ni Merlina hablaron hasta que se bañaron, se pusieron los pijamas y se acostaron apretados en la cama de plaza y media.

―Esto es…

―¿Vergonzoso?

―Sí, algo así, pero más que eso, una molestia constante ―reconoció Severus.

Merlina se giró hacia él y le puso una mano en el torso abrigado por una camisa. Merlina también estaba con un pijama de pieza completa.

―De todas maneras, no creo que se despierte todavía. Oí decir al barman que se tomó tres litros de jerez ―dijo Severus y se volvió hacia ella también y la abrazó.

Merlina suspiró y puso las manos en su cuello juntando la frente con la suya, cerrando los ojos y bostezando. Se sentía muy cansada. Era probable que al día siguiente se acabara su luna y le volvieran las energías… Comenzó a caer en el sueño…

―La idea no era que sucediera esto ―intentó explicarse Severus acariciándole la espalda―, nunca pensé que nos encontraríamos con esta… señora ―el "señora" lo pronunció entre un gruñido―, quería que estuviéramos solos, lejos de todo lo que me recuerda… Bueno, hay algo que no te he dicho y tal vez sea conveniente que… ―Sintió el pecho de Merlina inflarse profundamente contra el suyo―. ¿Merlina? ―la mujer no contestó. Severus suspiró y, antes de separarse de ella, le dio un sutil beso en la boca.

Una parte consciente alcanzó a oír parte de lo que él había dicho, y en el caso de que hubiese estado capacitada para responder, le habría dicho "¿Sabes, Severus? A lo largo de mi vida he aprendido que todo es por algo. Y, tal vez, es por algo que esta vieja borracha está con nosotros".

.

Trelawney fue un irremediable estorbo al día siguiente. No paraba de hablar y de discutir sola. Cuando estaba sin jerez, parecía estar de más mal humor y a cada momento criticaba a una supuesta prima lejana suya, con la que se iba a juntar para las vacaciones, pero que nunca llegó, dejándola plantada y con todos los gastos que pensaban compartir juntas. Por eso Severus andaba irritable constantemente y Merlina era la que salía perdiendo. Ya se había acostumbrado, porque, como siempre, demostraba todo lo contrario cuando le tomaba la mano cariñosamente o le pasaba el brazo por el hombro.

Esta vez habían salido a visitar una tienda de antigüedades de la cultura escocesa y la mayoría tenía un significado sexual o de fertilidad. Los guías, cada vez que nombraban cualquier palabra ligada a esas materias, lograban que Merlina y Severus se miraran fugazmente, haciendo que pensaran lo mismo. La única que no ponía atención era Trelawney, quien miraba por todas las ventanas de la tienda, buscando con la vista algún bar para comprar jerez.

―Les recomiendo que, como ya han visitado esta tienda, a la noche fueran a Callanish Stones. Todo esto tiene un significado místico. Para que la vida logre el equilibrio ideal, deben quedarse hasta el amanecer. Se dice que los gigantes que habitaban antes se transformaron en piedra porque se negaban a ser cristianizados. No obstante, lo más importante es cuando el sol se alza en la mañana y dirige sus rayos solares al Iluminado. El pájaro, llamado…

Merlina y Severus se alejaron del grupo de gente y continuaron caminando entre las vitrinas de antigüedades. La mayoría eran piedras talladas o las primeras varitas que se utilizaban, también de piedra.

―¿Qué te parece si a la noche vamos a las piedras? ―preguntó Severus.

Merlina miró a Severus a los ojos y de solo hacerlo se sonrojó. Había un brillo significativo en ellos. Asintió con fervor.

A la hora del almuerzo evitaron a toda costa que la profesora bebiera alcohol e intentaron engañarla con almíbar de azúcar mezclado con agua, mantenido mediante magia en forma líquida, pero no les funcionó y terminó regañando al administrador y lanzándole la copa por la cabeza, gritándole muy alterada por el mal servicio.

―Nunca pensé que a los turistas nos fueran a tratar así. Ahora, ¡tráigame mi jerez!

Ninguno volvió a encantar la copa y tuvieron que aceptar que se bebiera el litro de licor. Al menos, con eso, se pudo mantener pacífica las horas restantes antes de la cena. Tuvieron que cenar, por supuesto, en otro restaurant porque el administrador les había dejado en claro que no quería volver a verlos.

―Sybill ―comenzó Severus con fingida amabilidad mientras comían―. Luego de terminar de comer, con Morgan iremos a Callanish Stones. Yo no creo que usted quiera…

―¡Maravilloso! ―saltó ella, dando un aplauso con entusiasmo―. Mi prima prometió llevarme, pero como, bueno, ya sabe, Snape, ella no llegó. Con gusto los acompañaré y…

―No es necesario ―recalcó Merlina subiendo el tono de voz, pero nadie la escuchó porque cada área de la mesa tenía el encantamiento Muffliato para que no se oyeran las conversaciones ajenas.

―Tengo muchas ganas de ir. Es necesario que los acompañe porque, como tú estás mal…

―Yo ya estoy bien ―intervino Merlina dando un golpe en la mesa. La profesora se envaró y pensaba replicar otra vez, pero se vio distraída cuando una lechuza negra llegó repentinamente y dejó caer una carta en el plato de sopa de Severus. Éste tomó la carta y se puso en pie.

―Vuelvo enseguida ―avisó. Dio media vuelta sobre sus talones y fue hacia el servicio de varones.

Merlina no le dio importancia a eso, porque la sangre le hervía de rabia. ¿Cómo podía ser tan ciega aquella mujer? ¿Acaso no se daba cuenta que con Severus querían estar SOLOS?

―Profesora ―comenzó con la voz temblorosa―, por favor, quédese. Está cansada.

―¿Cansada? ¿Yo? ―se inclinó sobre la mesa y le dio unas palmadas en la mejilla a Merlina―. Querida, si lo estuviera, yo…

Como si una mano invisible la hubiese acomodado, Sybill se puso derecha en su silla. Luego comenzó a convulsionarse y a poner los ojos en blanco.

―¿Profesora? ¡PROFESORA TRELAWNEY! ―vociferó Merlina dejando su puesto y mirando hacia todos lados; nadie las oía por los sortilegios realizados en la mesa. La profesora dejó de moverse antes de que ella alcanzara a pedir ayuda, y se afirmó de la mesa. La vista la tenía desenfocada. Merlina se alejó y tropezó con la silla, cayendo sentada en ella otra vez. Tenía los ojos abiertos como platos y ni siquiera los pudo agrandar más cuando la mujer habló con una voz que no era la suya.

Cuando ella pase por la séptima piedra, la planta más antigua del universo le cederá su divinidad, y sólo el calor de la lumbre le dará el poder divino, aferrándose a cada una de sus células. La guerra se aproxima. El Elegido debe encontrar los rastros de su enemigo y destruirlos, mientras ella tendrá el deber de acabar con la muerte….

La cabeza de la profesora cayó sobre el plato de sopa y Merlina pegó tal salto, que se fue con silla y todo hacia el suelo. Como cayó fuera del radio de impasibilidad del sonido, hizo un gran estruendo y todas las cabezas se giraron hacia ella, riendo.

A ella, en tal estado de conmoción en la que se encontraba, no le importó. Se puso lentamente de pie, recogió su silla y se sentó. La cabeza de Trelawney se alzó otra vez algo desorientada.

―Creo que me quedé dormida ―dijo, luego sonrió limpiándose la sopa de la cara con el mantel―. ¿Me perdí de algo?

Merlina inspiró profunda y lentamente agarrando el mantel con fuerza, deseando salir corriendo hacia Severus y contarle lo que había presenciado, con lujo de detalles. Sin embargo, estaba paralizada, con la vista fija en la profesora. Trelawney la miraba con la cabeza ladeada, expresión de desconcierto y el ceño fruncido.

―¿Te ocurre algo, querida?

Merlina sacudió la cabeza, reaccionando y volviendo a tomar gran cantidad de aire. Abrió la boca, la cerró y a abrió nuevamente mirando a la mujer a los ojos con intensidad.

―¿Usted acaba de hacer una profecía? ―preguntó dejando su postura tiesa e inclinándose un poco.

―¿Disculpa? ―la profesora pareció más confundida.

―Es que recién usted comenzó a hablar como… ―Merlina vaciló y se puso el pelo que le tocaba la cara detrás de las orejas―. Como si estuviera poseída o algo por el estilo porque…

―¿Poseída, dices? ¡Oh, no, no, no! No menciones esa palabra. En mi género de adivinadora da mala suerte, así que no lo vuelvas a decir. ¡Profecías! Nunca he realizado una, querida, eso ocurre cuando uno alcanza tal grado de perfección, que puedes tener un conocimiento más profundo del futuro que las simples banalidades diarias que viven los magos y brujas…

―Pero, usted recién estaba hablando sobre algo… bueno, no entendí bien, pero trataba de la guerra y…

―¡La guerra! ―la interrumpió nuevamente. Merlina sintió una punzada de irritación por no dejarla completar las ideas―. ¿Acaso el profesor Snape no te ha contado que todo está bajo control? No habrá guerra. No te tienes que preocupar por eso. Y la verdad es que debo haberme quedado dormida, hay veces que me pasa. No es nada grave, por supuesto. El estar realizando predicciones todo el día a uno la deja agotada.

―Pero…―Merlina pensaba rebatir otra vez, no obstante, era inútil intentarlo, con mayor razón cuando Severus se estaba acercando a ellas con su típica expresión insondable. ¿Qué le iba decir Severus si le contaba? Lo más probable era que no le pudiera decir nada, poniéndose en el caso de que Trelawney estuviera con ellos durante todo el tiempo. O tal vez, conociéndolo, no la tomaría en cuenta y le diría que son cosas por las que no debería preocuparse. De manera inconsciente mostró los dientes, apretándolos, lamentando la situación. Severus, que estaba más pendiente de ella de lo que pensaba, no pasó eso por alto.

Volvió a tomar su asiento y miró hacia la profesora con una sospechosa amabilidad.

―Sybill, ¿desea beber más jerez? Su copa está vacía.

―¡Oh! Sí, Severus, por favor. Por un momento había olvidado que deseaba beber más jerez. Las cosas descabelladas que estaba comentando Merlina me distrajeron por completo.

Severus miró a Merlina con las cejas arqueadas. Merlina hizo una mueca similar a una sonrisa y prefirió mirar su plato a medio comer. El estómago lo sentía como plomo, así que no podía ingerir nada más, y es que había algo que la inquietaba: ¿acaso la profecía trataba sobre ella o estaba preocupándose de más?

Severus pidió tres botellas de jerez más, y recién con eso consiguió dejar algo mareada a la profesora Trelawney.

―Se… ¡hip!... verus, la cuenta ¡hip! te va a salir… muy, muy cara con todo el… ¡hip! licor que pediste ¡hip! pa… ¡hip! …ra mí.

―No se preocupe Sybill, la vacaciones son para gastar oro ―dijo el profesor con ironía suficiente como para que una persona sobria se diera cuenta. Luego, bajando la voz y dirigiéndose a Merlina, dijo―: la dejaremos en algún lugar seguro, luego escaparemos…

Merlina se puso al lado izquierdo de la profesora para poder sacarla del lugar sin que se tropezara. Merlina no tenía un muy buen equilibrio tampoco, pero no estaba mareada, y jamás se había sentido tan despierta y atenta.

―Así que… aho... ¡hip! …ra vamos a… ¡hip!... las pie…drash.

―Sí. Será un bonito lugar para conocer.