Capítulo 6: Plantas y calderos

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Pues no, no fueron de inmediato a visitar a alguna sanadora que le aplicara todo tipo de encantamientos extraños e infusiones picantes. Eso sucedió después de que Severus le hiciera una minuciosa inspección con sus propios ojos y manos por todo el cuerpo. Cuando se dio cuenta que no podía adivinar lo que tenía Merlina, cambió de planes, que tampoco incluían visitar a una sanadora pueblerina escocesa.

―Tiene que ser algo conocido ―rezongó furioso abriendo unos cuantos cajones, no encontrando nada, y luego abriendo la maleta. De allí sacó un enorme volumen negro de aspecto tenebroso, como los que ocultaba la Sección Prohibida.

―¿Libro? ¿En vacaciones traes un libro? ―cuestionó Merlina cruzándose de piernas y mirándolo burlona―. ¿Qué clase de nerd eres?

Severus cerró el libro de golpe y la observó con atención, pero por las arrugas que se formaban en su frente, se notaba el esfuerzo que estaba haciendo por no lanzárselo a Merlina por la cabeza.

―Es un libro de enfermedades ―gruñó―, y es una suerte que lo haya traído. Están cada una de las enfermedades existentes, incluyendo las que padecen los muggles, así que hazme el favor de mantenerte en silencio para poder concentrarme en leer.

―Como digas… ―farfulló Merlina dejándose caer de espalda en la cama, colocando los brazos detrás de la cabeza.

La joven terminó convirtiéndose en el conejillo de Indias de Severus y él en el científico: pellizcó, pulsó, cortó, mordió, lamió, sopló y olió la mancha más grande que tenía Merlina en su hombro derecho, y ninguno de los resultados se parecía a los que se veían en el libro. En realidad, ni siquiera hubo algún cambio o resultado, excepto el daño propio que generaron los experimentos del hombre. Sólo eran marcas rojas y con algo de relieve, de distintos tamaños, muy ovaladas, con un poro más abierto en el centro y distribuidas por todo el cuerpo. No le dolían, ni picaba, ni molestaban, ni nada. Tampoco salía pus si se las apretaba. Y sólo existían dos opciones: era algo propio de Merlina que se había desarrollado tardíamente y se iba a borrar en cuestión de tiempo, o era algo propio de Merlina que se había desarrollado tardíamente y no se iba a borrar nunca.

Finalmente, el orgullo de Severus se vio derribado, además de que la pobre Merlina tenía el hombro más que resentido. El profesor tuvo que desinfectárselo y parchárselo para que no le rozara con la ropa.

―Tenemos que ir a ver a alguien ―decidió golpeándose los muslos con las manos y reincorporándose. Merlina, suspirando y negando con la cabeza, se calzó la remera, y esta vez se la puso por el lado correcto (ya no necesitaba voltearla) y siguió al profesor de Pociones arrastrando los pies.

―Tal vez si me baño con el Quitamanchas de la Señora Skower se me borre todo ―bromeó adolorida. No hubo risas, por supuesto.

Severus preguntó a la antipática recepcionista si existía alguna curandera en el pueblo. La única respuesta que recibió fue que la dejara en paz, así que perdieron quince minutos en averiguar quién era la sanadora más ancestral del poblado. Esta era una mujer extremadamente vieja para ser realmente normal. Les hizo tomar asiento en la sala polvorienta de una casa muy pequeña y oscura, llena de candelabros, telarañas y cuadros de brujas igual de ancianas que ella, todas tosiendo y pestañeando constantemente. Sólo las velas iluminaban el lugar, y con las cortinas negras daba la expresión de estar de noche. Era algo tétrico.

―Sólo como tierra y hierbas ―admitió con un fuerte acento escocés, ronca y pastosa al notar el asombro de ambos cuando la observaron bien―, por eso tengo casi ciento cincuenta años…

―Hemos venido ―interrumpió Severus antes de que la conversación se fuera por las ramas― porque a ella ―señaló a Merlina―, en su cuerpo, le han aparecido unas extrañas manchas rojas y…

La mujer extendió una mano para acallar a Severus. Éste cerró la boca de inmediato.

―Chiquilla ―dijo, dirigiéndose a la joven celadora de Hogwarts―, ¿acaso eres muda, o tu novio es un sobreprotector de primera que no te deja explayarte por ti misma?

Merlina sonrió y echó una mirada de triunfo hacia Severus, quien estaba casi despidiendo fuego por la piel.

―No me han comido la lengua los ratones ―contestó Merlina con una leve sonrisa.

La vieja mujer asintió e hizo un movimiento con la cabeza para que continuara la explicación que estaba dando Severus.

―De un momento a otro me aparecieron las manchas. Son indoloras, no me molestan, sólo… están.

―¿Cuándo te aparecieron?

Severus iba a intervenir, pero la mirada asesina de la sanadora le hizo abstenerse de hablar.

―Hoy, en la mañana, cerca de las siete me di cuenta. Aunque estaban del porte de una peca, pero más rojas.

―Lo que no significa que hayan aparecido en la mañana. Quítate la remera, por favor.

Merlina se negó a que le revisara el mismo hombro ―lo tenía demasiado irritado― y prefirió que hiciera pruebas en su espalda. Se tendió en una camilla, boca abajo, con la vista de Severus clavada en ella desde una esquina, de brazos cruzados y moviendo el pie derecho constantemente.

―¡Silencio! ―bramó la señora, agachada hacia la espalda de Merlina, con unos anteojos gruesísimos―. Necesito concentración.

Todas las hierbas y plantas curativas conocidas por la anciana fueron colocadas en la espalda de Merlina durante dos horas. Se sumó otra hora de diferentes oraciones en un idioma complicado, como si fuera un estilo de ritual. El estómago de Merlina y el de Severus estaban rugiendo poderosamente a causa del hambre. En un inicio la joven se había relajado, estando a punto de quedarse dormida, pero tras una hora y media de estar en la misma posición, empezó a dolerle el cuello, el busto y el abdomen.

La vieja suspiró y se dejó caer en su silla mecedora, encendiendo un cigarrillo largo y fino con la varita.

―Vaya, vaya. Esto sí que es raro ―farfulló.

―¿Qué es raro? ―la pregunta fue escupida por Severus.

―Hija, ya puedes levantarte ―Merlina, con bastante esfuerzo y flexionando el cuello se levantó y se colocó la remera nuevamente. La señora miró a Severus y expulsó el humo del cigarro, tomándose su tiempo―. Yo sé cada una de las enfermedades que existen en este país, y estoy segura de que esto se lo contagió acá. Lo extraño es que parece no ser grave y no es curable, solamente hay que esperar a que desaparezcan. Únicamente se conocen esas características de una sola planta, que es la Scorpia Salamandris. Es muy antigua, y se supone que no existe, porque es una leyenda ancestral. Tal vez ella la haya descubierto sin darse cuenta.

―¿Y qué tiene de especial esa planta? ―preguntó Merlina, aún sentada en la camilla.

―Se supone que es la puerta abierta para que llegue un poder especial, antes de que desaparezcan, por supuesto. La pregunta es, ¿cómo adquieres el poder? ―segundos de silencio―. Pues bien, es sólo una leyenda nacional. Jamás se ha visto esa planta y ni siquiera se sabe cómo es. La única información que se tiene es que se puede divisar cuando se realiza el ritual del amor, y que se encuentra relativamente cerca de Callanish Stones. Pero es una planta que tiene la capacidad de desaparecer o ser vista cuando ella quiere.

Apagó el cigarrillo mitad fumado en el brazo de la silla y miró a Merlina fijamente.

―Yo creo que sólo necesitas descansar. Solas van a desaparecer. No es nada preocupante, menos si es que no te sientes mal. Ahora, siento mucho no haber descubierto lo que tenías, hija, pero son quince galeons. Cinco por hora, y hemos estado tres.

―¿Quince? Usted es una estafadora. Me atrevería a pensar que usted nos ha mentido, pero…

―Si hubiese descubierto lo que tiene tu novia, hijo, te habría cobrado quince de todas maneras, y un poco más por diagnosticarla. Ahora, mi dinero.

Severus de muy mala gana sacó de su bolsillo quince galeons y los dejó en la mesa con toda la violencia posible.

Merlina dio las gracias por mera cortesía; Severus estaba enojado, y ella prefería no saber si era por la actitud de la señora con él o porque no habían sacado absolutamente nada con ir a consultarla.

―Me siento muy bien ―aclaró ella como si eso lo zanjara todo―. En serio.

Severus se detuvo en seco, se plantó frente a ella y la señaló con un dedo amenazadoramente.

―Al más mínimo acto de dolor, ya sea susurro, exclamación o grito, partiremos de inmediato a Inglaterra.

―Perfecto. Así que, mientras me sienta bien, podremos estar aquí todo lo que queramos.

―Bueno, si es que empeoran tus manchas, nos volveremos de todas maneras.

―Tramposo.

Caminaron hasta el restaurant para comer. Pidieron la orden, Merlina en voz alta y Severus mentalmente.

―Olvidaste escribir a Dumbledore avisándole de la llegada de Trelawney.

Se encogió de hombros, echándose un trozo de patata a la boca.

―Ahora eso es lo que menos me interesa ahora.

Esa noche no hubo salida por los alrededores, tampoco actos apasionantes que los dejaran sin aliento. A Merlina, le costó mucho conciliar el sueño. Se acomodaba y carraspeaba a cada momento, y por más que presionara sus párpados, no le pesaban como para caer en la inconsciencia. Cuando quedaba frente a Severus, aprovechaba de observarlo en la oscuridad, de mirar su pecho acompasado al ritmo de su respiración. Pero sólo estaba fingiendo dormir, y eso era lo que no sabía ella. Planeó acariciarle el torso, sin embargo, de un momento a otro, si sintió algo indigna de hacerlo. Giró un poco la cara hasta toparse con el hombro parchado, palpándose el montículo sobresaliente. Luego se tocó la cara, que la tenía llena de manchas, pero todas eran pequeñas. Debía de parecer una adolescente espinilluda. Respiró profundamente, desanimada. Esa era la razón por la que ni siquiera Severus le había dado las buenas noches con un beso en los labios. Ojalá las marcas desaparecieran pronto. Era lo único que pedía.

A la mañana siguiente, su deseo casi se hizo realidad. El rojo de las marcas comenzó a atenuar y eso animó evidentemente a Severus. Incluso le sonrió, y eso fue demasiado para Merlina.

―Anoche me tuviste tan preocupada… ―admitió Merlina tomándole la cara, inclinándose hacia él. Aún estaban acostados―. No te despediste de mí ―acusó dolida.

―Estaba demasiado enojado como para hacerlo ―reconoció Severus acariciándole la mejilla―. No quería desquitarme contigo, como tantas veces lo he hecho. Ya sabes cómo soy. No puedo hacer milagros.

Merlina sonrió apenas.

―Entonces no era… ¿asco?

Severus apartó a Merlina con cuidado y se sentó al igual que ella, para quedar a su altura.

―¿Qué dices?

―No sé, las marcas… pensé que podría haber sido…

―Ya entiendo la idea ―hizo una pausa―. Merlina, las marcas son sólo marcas. No digo que se vean sensuales, pero no tienen nada de malo, en el fondo, aunque no niego que me siguen preocupando. En fin ―alzó las cejas― ¿acaso creíste que me disgustabas? ―se inclinó sobre ella imponentemente, mirándola con la suficiente intensidad como para hacer que la joven se desarmara ante él con esas típicas cosquillas en la espina dorsal―. Imposible que te vaya a tener asco por una nimiedad como esa. Las manchas no me interesan. Jamás podría sentir aversión por ti, si eres mi fantasía completa.

―Bueno… ―Merlina iba a intentar decir algo, sin embargo, antes, unos labios la callaron con un beso.

En tiempos anteriores, con un beso tragón como ese se quedaba paralizada por varios segundos. Pero, con tanta práctica durante varios meses, ya había conseguido lograr reaccionar ante esas situaciones: le puso las manos en la nuca y lo atrajo más hacia ella. Snape no se negó. Agarró el muslo derecho de Merlina y lo llevó hasta su cadera.

―Un momento.

Merlina se separó y volvió a sentarse en la cama. Severus colocó los ojos en blanco.

―¿Qué?

―No quiero cansarme ahora ―reconoció Merlina con una inocente sonrisa―. Hoy, quiero salir a pasear, quiero aprovechar la mañana ―se levantó y miró acusadoramente a Severus―. Ya que no quisiste que saliéramos anoche…

Cuando estuvieron arreglados cerca de las once de la mañana ―suficientemente tarde como para desayunar―, escaparon del maloliente hospedaje y se fueron a recorrer el norte del pueblo, el lugar que no habían conocido hasta el momento. Éste tenía tiendas internacionales y comerciales: un ojo de la cara cobraban por cualquier cosa. Por supuesto, ninguno de los dos tenía intención de comprar un Micropuff de Inglaterra a diez galeons, cuando los podían encontrar en su país de origen a mitad de precio.

A las doce almorzaron porque ya no daban más del hambre. A la hora siguiente continuaron visitando lo que les restaba. Y, cuando ya estaban planeando devolverse por no ver nada interesante, Merlina descubrió que existía una sucursal de…

―¡Sortilegios Weasley! ¡Fantástico! Nunca pensé que Fred y George fueran tan famosos ―reconoció alucinada.

―¿Sor…? ¿Qué? No. No. Merlina, no vamos a entrar a este centro de payasos… ¡Morgan!

Pero Merlina ya se había soltado de su mano. Al siguiente segundo, desaparecido por la colorida puerta de vidrio, hacia el interior de la tienda. Severus la alcanzó en cuatro grandes zancadas.

Merlina abrió sus expresivos ojos aún más y soltó una exclamación de asombro. El lugar estaba abarrotado de gente turista.

―¡Esta es mejor que la tienda que tienen en el Callejón! ―miró a Severus satisfecha―. Creo que les tienen mucho aprecio en el extranjero.

―De todas maneras, no hay nada nuevo que visitar aquí ―dijo él con tono fue de desprecio―. Vamos.

―Sólo un momento ―insistió Merlina, pasando entremedio de la gente y llegando a las vitrinas. Severus la siguió.

―Son las mismas cosas que están en la otra sucursal.

―Pero es genial verlas desde otro punto de vista ―avanzó hasta la sala contigua, cruzando el umbral de una puerta redonda y grande. Estaba claro que ocupaban lugar objetos exclusivos y mucho más caros que los que presentaban en la parte delantera. Aun así, estaba lleno de magos y brujas. El único sector que no era muy visitado, porque no llamaba mucho la atención, eran los calderos gigantes. Merlina se aproximó hasta allá.

Había un gran cartel, pegado en una de las paredes, que rezaba:

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¿Estás cansado de que tu profesor incline su ganchuda nariz sobre ti para ver si estás realizando de manera correcta la poción?

¿Estás aburrido de ser meticuloso y contar una por una las patas de arañas que tienes que incluir en el filtro?

¿Estás harto de que la poción te salga mal por no saber revolver?

¡Aquí te tenemos la solución! Tus días de martirio se acabaron con el nuevo…

AUTOCALDERO

Este nuevo instrumento garantiza que la poción salga al cien por ciento correcta, sin necesidad de:

-Pensar demasiado.

-Dejar de hablar con tus amigos en clases.

-Dejar de molestar a tu profesor.

-Mover las manos.

-Utilizar las matemáticas.

-Utilizar instrumentos muggles para contar.

Lo único que necesitas es anotar de manera clara las instrucciones de la poción, colocar todo lo que necesitas en tu mesa y pronunciar los pasos a seguir en voz baja. Si te equivocas sólo dices "NO" y se omite el paso anterior.

El Autocaldero trabajará por ti de manera segura e infalible.

¡Es hora de que dejes de sacar T en los exámenes!

¡Ve por tu EXTRAORDINARIO!

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―Ahora me gustaría asistir a tus clases ―reveló Merlina.

―Tú eras buena en pociones ―admitió Severus mirando hacia el techo.

―Así que lo reconoces, ¿no?

―Nunca lo negué. Además, estos calderos estarían prohibidos.

Merlina se puso seria.

―No los irás a prohibir…

―Me gano la vida enseñando, Morgan, no permitiendo que a los estudiantes les salga todo tan fácil. Esto sería como si utilizaran un puño falso o tinta correctora en los exámenes ―se dio media vuelta para devolverse.

―Lo que pasa es que estás sentido porque hicieron alusión a ti como el "profesor de nariz gan…" ―Severus la calló con la mirada y siguió su camino, pero se detuvo un momento más tarde.

Un gran "¡Oooh!" soltó un grupo de niños cuando un gran dardo rojo brillante salió despedido por el aire. Fue todo muy rápido, pero la atención les permitió a las personas captar cada detalle de lo ocurrido después.

Severus siguió con la vista al gran dardo, de unos treinta centímetros de largo y diez de diámetro, el que fue a parar al gran caldero que estaban mirando con Merlina. De hecho, Merlina seguía allí. Y vio cómo este caía de punta, directo hacia el fondo del caldero.

―Ay ―susurró Merlina, sabiendo un segundo antes lo que iba a suceder.

¡PUUUM!

Explotó. Los demás calderos salieron despedidos hacia las paredes, chocando contra las estanterías y derribando lo demás. Apenas antes que alcanzara el fuego a Merlina, ella gritó desgarradoramente por el miedo.

Los ojos negros de Severus reflejaron detalladamente el fuego ardiente que envolvió a la mujer. Acto seguido, toda la gente comenzó a gritar y a correr. Pero las llamas no se expandieron. Se concentraron en Merlina, como si ella fuera un imán para las llamas.

Merlina se dejó caer, pero no por estar muerta del dolor, sino por el miedo. El fuego no la quemaba. El fuego sólo estaba apenas caliente y le hacía cosquillas.

No supo cuánto tiempo pasó antes de sentir algo de ardor, lo suficiente como para que le salieran lágrimas de los ojos y volver a gritar: las marcas rojas se le inflamaron. Tuvo la sensación de estar absorbiendo las llamas a través de ellas, como si cuerdas ardientes penetraran por su piel y viajaran hacia el centro de su cuerpo.

No hubo tiempo para reacción de nadie para apagar las llamas. Muchos tenían la varita en mano, aunque no atinaron a lanzar agua al bulto incendiado, y es que sólo habían transcurrido diez segundos. Podía sentir de todas maneras el olor de la tela de su ropa chamuscada.

El fuego comenzó a menguar.

―¡MORGAN! ―vociferó Severus, dando un salto para deslizarse por el piso de madera hasta ella. Su voz fue como el extintor del incendio: las llamas aplacaron, apegándose a la piel de la joven y, en medio segundo, desaparecieron con un "tsss".

Merlina se quedó quieta, con los ojos cerrados, temiendo estar quemada y no sentir nada porque sus terminaciones nerviosas ya habían sido destruidas, o por estar muerta. Aunque no se sentía nada muerta. Sólo escuchaba gritos de la demás gente, pasos apresurados, y luego, silencio. Excepto por el sonido del deslizamiento de rodillas por el suelo hasta llegar a ella de una persona.

―Merlina… ―susurró una voz acongojada. Esa persona, de una manera muy poco sutil, la tomó por los hombros para abrazarla. Sin embargo, se vio estampada en el suelo antes de que Severus la rodeara con sus brazos.

―¡Ah! ―se quejó Merlina, abriendo los ojos cuando se dio en la cabeza―. ¿Por qué me dejaste caer?

―¡Estás más que ardiendo!

―¿Han oído eso? ―dijo alguien―. ¡Sigue ardiendo!

―¡Hay que hacer algo!

Una masa de seis personas trotó hasta ellos.

―¡AGUAMENTI! ―vocearon a coro.

Seis chorros de agua helada dieron contra Merlina.

―¡Aaaah! ¡Ya! ¡Basta!

Severus se unió a ellos, y ninguno paró hasta que dejó de salir humo. Al profesor no le importó quedar con las piernas mojadas por estar arrodillado en el charco de agua.

Los chorros cesaron y Merlina se reincorporó, apoyando las manos en el piso, con la expresión de haber comido un limón de pica. Estaba estilando.

―¿Por…?

Se calmó y tomó aire. Pensaba preguntar "¿por qué hicieron eso?", pero la razón era obvia: se quemó. Se quemó y no tenía ninguna llaga, ni cicatrices ni nada ¡Su piel estaba intacta! Sus brazos seguían tostados por el sol, y sus pantorrillas, en ese verde pantalón corto, estaban pálidas. Lo mejor, o más loco de todo, es que sus marcas de Scorpia Salamandris no estaban.

Severus observándola con ojos desorbitados le tocó la frente. Estaba a temperatura normal.

―¿Cómo lo hiciste?

―¿Cómo lo hice? ¿Qué cosa?

―No te quemaste.

―No lo sé. No hice nada. Te lo juro.

―¿Te sientes bien?

―Sí ―contestó ella y volvió a jurarlo. Y es que, realmente, se sentía bien.

―¿Practicas magia negra? ―le preguntó un adolescente africano, fascinado.

―Por supuesto que no ―contestó Merlina, ofendida, mirando al muchacho

―Entonces ¿cómo te tragaste el fuego?

―¡No me he tragado nada! ¡No sé lo que pasó! ―se paró raudamente y se mareó. Severus la afirmó por debajo de los brazos y la ayudó a enderezarse.

―Hacer magia negra está prohibido en este pueblo, señorita. Eso merece una condena en Azkaban ―reprochó una bruja con acento norteamericano.

―Lo sé ―repuso la joven de mala gana y zafándose de Snape―, pero yo no he hecho nada.

―Entonces, ¿cómo explicas el fuego, chiquilla? ―dijo un viejo desde atrás. Había un buen número de personas amontonándose y atrás también se veían rodeados.

―¡No he hecho nada! ¡No sé hacer magia negra! ¡Y no soy "chiquilla! ―le espetó, furiosa.

Severus se lo vio venir. La ira de Merlina estaba alcanzando un punto alarmante, y eso significaba darle una bofetada a quien se le cruzara por delante. Bien sabía él que sus bofetadas dolían mucho. Una vez había bastado para saberlo, y una segunda para confirmarlo.

―¿QUÉ ES TODO ESTE ALBOROTO? ―La dueña del local se aproximó con el hijo, su ayudante.

Todos se quedaron callados hasta que ambos estuvieron lo suficientemente cerca como para ver a la culpable.

―Ella hizo magia negra…

―¡No he hecho magia negra!

―¡El caldero explotó y ella se tragó el fuego!

―¡Ella hizo explotar el caldero!

―¡Es un dragón encubierto!

―¡El caldero explotó porque uno de ustedes, malditos idiotas, lanzaron un dardo gigante! ―la defendió Severus.

―¡Pero se tragó el fuego!

―¡No me tragué el fuego!

―¡Llamaré al Ministerio de Escocia!

―¡Pero si no fue su culpa!

―¡Pero si no fue mi culpa!

―¡Te tragaste el fuego, chiquilla endemoniada!

―¡Que no soy "chiquilla"!

―¡BASTA! ―gritó la dueña, amplificándose la voz―. Comunícate con los del Ministerio, Cillian ―le dijo a su hijo―. Tú, mujercita…

―¿"Mujercita"?

―… Serás llevada a Azkaban por causar todo este desastre.

―¡Pero si yo no lo hice! ¡NO LO HICE!

―¿Ah no? ¿Y por qué ahora tu pantalón se está incendiando?

Merlina puso los ojos como plato y se miró la pierna izquierda: en efecto, había una llama creciente y era capaz de no sentir nada. ¿Se había quedado sin sensibilidad, acaso?

―¡Aguamenti! ―chilló apagando el fuego.

―Haces magia negra en mi negocio y te burlas en nuestras narices ―cuchicheó la dueña con la mano en el pecho como si la ofendiera en lo más profundo del corazón.

Severus la tomó de la mano y se acercó a ella, evitando que respondiera otra vez.

―Vamos… ―le susurró en el oído.

Merlina no alcanzó a comprender lo que dijo. Simplemente, de un momento a otro, sintió como si atravesara por un tubo de goma, antes de materializarse en la puerta de la habitación del hostal.

―Hay que huir, antes de que el Ministerio escocés se lance contra nosotros ―explicó Severus. Dijo la clave y, apenas entraron, abrieron las maletas para echar la ropa.

―No fue…

―No hay tiempo para explicaciones ahora, Morgan ―la cortó Severus armando su maleta con sólo utilizar la varita.

Merlina, avergonzada y enojada, sacó la ropa de los cajones y, en vez de depositarla en la maleta, cayeron al suelo de la pura rabia que tenía, así que Severus terminó haciéndole la maleta también. Tuvo que sacar una muda nueva para cambiarse y botar la que tenía puesta, porque estaba chamuscada.

"Clic" sonaron los broches cuando el equipaje estuvo sellado.

Merlina tomó su maleta, se agarró del brazo de Severus y aparecieron en la entrada del Ministerio escocés. Era, en muchos aspectos, similar al de Inglaterra, salvo porque ese era un edificio nuevo. Los muggles sólo pasaban por delante de él como si no lo vieran.

Justo delante iba una turba de magos corpulentos.

―Mierda ―farfulló Severus tironeando a Merlina hasta quedar ocultos detrás de un pilar―. No sé por qué me huele a que esos que van hacia la puerta son a los que mandaron a llamar.

―¿Resultamos tan amenazantes?

―Somos extranjeros y, aunque pertenezcamos al Reino Unido, nos repudiarán ―miró a Merlina―. Buscarán la manera de sacarnos oro.

Merlina suspiró.

―Cuando se vayan, iremos hasta el Departamento de Transporte.

―¿Y si avisaron ya?

―No creo.

―¿Cómo se enteraron tan rápido?

―Utilizando la chimenea.

―Vaya. Siempre pienso en lechuzas.

―Por qué será, Señorita Lechuza… Bueno, ahora, vamos.

Severus soltó a Merlina y sacó su varita. La joven lo imitó.

Sin embargo, repentinamente, de la maleta apareció una llama gigante. Merlina se vio obligada a soltar la maleta.

―¡Diablos! Severus, ¡haz algo!

Con todo el nerviosismo, Merlina no podía controlar su varita. Severus podía, por supuesto, pero el público perdió la calma antes que actuara.

―Morgan… Corre hacia la chimenea.

¿Qué me pasa? ¿Qué he hecho?… ¿estoy maldita?

Merlina no esperó oír dos veces la instrucción y salió corriendo tras Severus, que le llevaba medio metro de ventaja.