Capítulo 7: Una vuelta por San Mungo

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―Incendio en el primer piso ―dijo una voz glacial en el vestíbulo―. Intrusos huyendo por chimenea diez.

Se metieron en la chimenea más cercana. Severus agarró un poco de polvos Flu que estaban en un vaso colgante, dentro de la misma chimenea, y los lanzó hacia las brasas.

―¡Se metieron en la chimenea! ¡A ellos!

―Departamento de Transportes ―susurró Severus, con el terror visible en la cara.

Merlina no veía qué era lo realmente terrible, salvo el hecho de que los pudieran llevar a la prisión mágica por un malentendido.

El remolino de fuego verde los tragó, sólo por una fracción de segundos, y al instante salieron despedidos de la chimenea del cuarto piso. Había muchos magos turistas caminando por el corredor para volver a su país de origen, alegres y conversadores.

Una bruja llevaba una gran bolsa de tienda fina llena de ropa.

Ropas.

Ropa.

Merlina había perdido poco menos de la mitad de su ropa al incendiar su propia maleta.

―No puede… ser…

―¿Qué? ¡No te quedes parada, Morgan! Tenemos que salir de aquí.

―Perdí mi ropa.

―¿Te preocupa tu ropa? ¡Te compro diez maletas y cien tenidas de ropa, pero vamos!

Corrieron separados por la multitud y Merlina supo que Severus tenía miedo de quemarse con su piel, por eso se mantenía alejado.

Llegaron hasta la sala de los Trasladores.

―¿Crees que queden viajes para Inglaterra?

―No lo sé. Pero preguntaremos. Si no… bueno. Es una suerte saber cómo transformar un objeto en un Traslador.

Avanzaron hasta una de las brujas que vendía los boletos de viaje en Traslador detrás de una mampara a prueba de maldiciones. La forma de pago se realizaba dejando caer las monedas en un plato de lata que levitaba.

―Intrusos en la Sala de Viajes del Departamento de Transporte, cuarto piso. Intrusos en la Sala…

―Creo que no hay tiempo ni siquiera de preguntar.

Cambiaron de rumbo hacia uno de los brujos que cortaba los boletos. Se plantaron en frente de él.

―Sus boletos, por favor ―solicitó el brujo.

―Mire, la verdad es que tenemos una urgencia… No tenemos tiempo para comprar los boletos ―se excusó Severus.

―Señor, ¿acaso me está insinuando que los deje pasar gratis?

―Intrusos en la Sala de Viajes del Departamento de Transporte…

―Para nada, sólo que…

―¿No serán ustedes los intrusos, por casualidad? ―preguntó el boletero tras poner atención al anuncio.

―Claro que no ―intervino Merlina, ofendida. Su actuación fue demasiado… sobreactuada, precisamente.

―No los dejaré, señor. Ustedes se quedan…

Severus sacó de sus bolsillos del pantalón un puñado de galeons con cada mano y se los dejó en la tarima.

―Tome. Con eso es más que suficiente.

―¡No! ―exclamó el mago cuando Severus lo apuntó con la varita.

―Lo siento ―susurró y el mago salió despedido unos cuantos metros.

Eso fue un Expelliarmus tan potente, que Merlina quedó boquiabierta, pero no tuvo tiempo de reflexionarlo más o increpar a Severus, porque atravesaron la barrera. Se aproximaron hasta un zapato viejo y Severus, señalándolo con la varita, susurró:

―Portus.

De un momento a otro una turba de brujos apareció por la entrada. Los descubrieron de inmediato. Merlina atinó a tocar el zapato justo a tiempo junto a Severus. Una fracción de segundo más tarde el remolino de colores los atrapó.

Cinco largos segundos estuvieron girando, hasta que cayeron en un montón de cajas vacías, en medio de un callejón.

―Vaya… eso estuvo cerca ―suspiró Merlina sin ocultar su alivio, aunque aún con el corazón acelerado―, ¿dónde estamos?

―En el callejón vecino a mi casa. Vamos, andando. —Ayudó a Merlina a reincorporarse y fueron de la mano, caminando rápidamente. Miraron para todos lados antes de entrar, y Severus hizo toda clase de encantamientos a la puerta, una vez estuvieron en refugiados en el interior de su hogar. Luego fue a su dormitorio y Merlina lo siguió. Ella se lanzó sobre la cama y él comentó, con la voz cargada de preocupación—: Lo que hicimos es ilegal.

―Es justificable.

―¿Justificable? ―cuestionó él girándose hacia ella y lanzándole a la cara la camisa verde musgo que acababa de quitarse. Merlina se había sentado en una pose que cualquiera hubiera podido calificar como demasiado relajada, pero era porque, tras el esfuerzo, los músculos parecían no responderle―. Yo no tomaría como justificable que un par de magos escapara de la ley.

―No seas exagerado, Severus. Sólo huíamos de algo que jamás hice. El caldero explotó y punto. Y yo también vi esa bengala gigante, que fue el origen de todo.

―Nos encontrarán ―dijo Severus, pesimista, pero con ese tono de voz que denotaba total tranquilidad―, te lo aseguro. Esa señora no se quedará en paz.

―Tal vez debimos haber dejado que nos llevaran a Azkaban. Aprovechando que no están los dementores…

Severus le echó un vistazo con una expresión insondable.

―Los dementores volvieron a Azkaban… ―siseó en voz tan baja que Merlina sólo oyó un susurro.

―¿Qué dices?

―Es mejor no ir a parar a Azkaban.

―Lo que sea ―hizo una pausa―. Tengo una duda que me está matando: ¿de dónde sacas tanto dinero?

―De los bolsillos.

―Sabes a lo que me refiero.

―Catorce años de servicio en un colegio donde el director paga bien, sin ningún gasto demasiado significativo, te permite ahorrar para utilizarlo en nada, hasta que encuentras alguna razón para gastarlo.

―Creo que tendré que pedirle un aumento a Dumbledore… Así ahorro también… ¿adónde vas?

Severus la miró con el entrecejo fruncido.

―Es obvio, ¿no? Voy a bañarme.

Merlina se enderezó y cruzó de piernas.

―Podemos compartir la ducha, ¿sí?

―No creo que sea buena… idea.

Merlina pegó un salto hasta Severus y le puso la mano en la cara.

―¿Quemo?

―No.

―¿Entonces?

Con un beso profundo, un abrazo apretado y un acercamiento algo complicado hacia la tina, fue suficiente para que les subiera la temperatura. A Merlina se le fue la mano. Severus se separó abruptamente de ella, agitado, tropezando con la tina y cayendo en ella.

―No puedo, Morgan. Quemas de verdad.

Ella rápidamente abrió la llave del lavamanos y se mojó la cara, intentando calmarse.

―No lo puedo controlar, Severus ―reconoció, apoyándose en la puerta. Él ya se había reincorporado―. No sé... me siento bien.

―Lo sé.

―Mejor… mejor te bañas solo ―concluyó desganada y salió del baño, cerrando la puerta con cuidado.

Si estoy enferma realmente… estoy recién comenzando. Probablemente me encuentre en la etapa de incubación.

Fuego. Todo había pasado muy rápido. De pronto cayó el peso sobre ella: se había quemado con fuego, técnicamente, porque no tenía marca alguna que indicara que hubiese sucedido eso. O, dicho de otro modo: se incendió, pero no se quemó.

Su familia… Cerró los ojos y perdió súbitamente las fuerzas de las piernas antes de que llegara a la cama.

¿Eso había sido lo que sus padres y hermano hubieran evitado si hubiesen sido magos? ¿Acaso había que ser mago para evitar un incendio? Ella lo pudo haber evitado. Pudo haber entrado a la casa sin quemarse, los hubiera salvado, y no lo hizo, se quedó paralizada. Le hizo caso a su hermano.

Debió haber actuado.

Iba a llorar. Sin embargo, cuando notó que le empezó a subir su temperatura frenó las lágrimas. Se levantó lentamente del suelo y decidió respirar acompasadamente para recuperarse. Apoyó la espalda a la cama y se puso una mano en la frente.

"Cálmate."

¿Por qué?

"Porque podrías armar un incendio."

¿Por qué tendría que armar un incendio? No soy ninguna pirómana.

"Podrías armar incendio. Cuidado con tu temperatura."

¿Por qué Merlina hubiese de hacer eso? No tenía ninguna razón concreta, salvo que había armado un incendio en el Ministerio de Escocia, y uno casi en la tienda cuando la empezaron a culpar. En ambas ocasiones se había visto enojada y nerviosa, y cuando una persona se colocaba enojada y nerviosa, se tiende a acalorar.

Severus casi se llevó un susto de muerte al ver a Merlina tan lacia, sentada en el suelo, apoyada en el catre y con la mano en la cara.

―¡Morgan! ―exclamó.

Merlina se sobresaltó con demasiada exageración; no se había percatado de que Severus había salido del baño.

La temperatura le volvió a subir y se puso colorada. De la cabeza comenzó a despedir vapor. Trató de relajarse otra vez.

―¿Te sientes bien…?

―¡No te me acerques!

Se reincorporó, evadió a Severus y entró al baño. Algo desesperada y desconcertada largó el agua helada de la ducha y se metió bajo ella con ropa y todo. Se sentó, abrazándose las rodillas y dejó que el agua la empapara.

Severus la dejó en paz. No apropósito, por supuesto. Le había llegado el Patronus de uno de los de la Orden avisándole de la próxima reunión que se iba a realizar al día siguiente.

Merlina pensó que no quería aproximarse a ella y lo entendió. Al parecer se estaba volviendo peligrosa. Pero ¿por qué? ¿Acaso le habían lanzado una maldición? ¿Había agarrado una enfermedad en Escocia? ¿Se estaba convirtiendo en un verdadero peligro para la sociedad? Si ella le hacía daño a Severus… Tal vez tenía que alejarse…

Por un momento se imaginó la vida sin él. Sola, en la oscuridad, apartada. ¡Qué pesadilla!

Se sacó la ropa mojada y se envolvió en la toalla que estaba colgada tras la puerta. Salió del baño, algo tímida, pero Severus no estaba en la habitación.

Merlina nunca había tenido un día tan malo como ese. Almorzaron en silencio, oyeron los Cuarenta Magistrales en silencio, cenaron en silencio. Todos los momentos en los que estuvieron juntos no se hablaron. La bruja prefirió pasarse la mayor parte del tiempo leyendo unas absurdas y viejas revistas mágicas. Severus se entretuvo leyendo dos veces seguidas El Profeta de cabo a rabo.

¿Cómo se podía pasar de un inmenso estado de felicidad a uno tan deprimente en tan poco tiempo?

A las nueve de la noche ninguno tenía nada que hacer. Se acostaron juntos, por supuesto, pero al parecer había una tremenda pared de concreto entremedio de los dos.

―Mañana tengo que ir a Londres —masculló el mago.

Merlina, que estaba de espaldas a Severus se giró un poco para mirar su expresión. Era de absoluta seriedad.

―¿Para…?

―Una reunión de la Orden.

Merlina sonrió a medias.

―No puedo ir, ¿cierto? ―se imaginó quemando a cada uno de los miembros de la Orden, a los que no conocía, pero los podía recrear en la mente a su antojo.

―No. Es mejor que no. ―Severus prefirió que se hiciera sus propias ideas. El peligro no radicaba en que ella pudiera quemar a los otros; difícilmente podría lograr herir a magos expertos. Es que, simplemente, no quería que se enterara de nada. De nada.

―Claro.

Ella se giró nuevamente e intentó mantener la calma. No quería armar un incendio en la cama.

Relájate.

La mano izquierda de Severus tomó su brazo con suavidad para acariciarlo. Ella, con un brusco movimiento, se lo sacó de encima; debía proteger su orgullo.

No lo había besado durante horas. Cómo lo extrañaba ya…

Espero que esto cambie. No quiero que cada noche sea así… —pensó Merlina, afligida completamente.

Ojalá todas las noches estemos así, juntos —pensó Severus suspirando sonoramente.

Merlina durmió inquieta esa noche. A menudo le daban ataques de calor y se obligaba a despertar para beber agua de la jarra que había dejado en la mesa de noche, a su lado. Se despertó tantas veces para hacer lo mismo que, llegado un momento, pasó de largo y durmió hasta las cuatro de la tarde sin provocar ningún desastre. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba sola.

Se levantó de inmediato y se dio otra ducha de agua fría, esta vez desnuda, para intentar comenzar bien la tarde.

La carne se le ponía de gallina y temblaba bajo el chorro de agua helada, pero se obligó a ser valiente.

Para almorzar se limitó a una preparación sencilla de emparedado de jamón con lechuga y tomate, y, por cada tres mordidas del pan, bebía cuatro sorbos de agua con hielo.

Cuando dieron las seis y media, se comenzó a sentir inútil.

―Se supone que no hay nada que temer ―se dijo moviendo el pie derecho con frenesí, apegada a la fría pared de la sala de estar―, yo debería estar en esa reunión.

Inspiró y botó el aire con fuerza por la nariz.

―Estamos comprometidos ―reflexionó e hizo una pausa―. Lo que no significa que tengamos que estar juntos las veinticuatro horas del día ―razonó y, olvidándose de que estaba intentando permanecer quieta, se paseó por la sala en círculo, agarrándose las manos con impaciencia―. Me preocupa, lo juro. A veces pienso que me está ocultando cosas. No puede haber otra razón por la que no me deje participar ―gruñó, agarrándose la cabeza―. ¡Me deprime todo esto! ¡Y ahora estoy loca porque hablo sola!

Se quemaba si la tocaba. Ella lo ignoraba porque él lo hacía, y viceversa: un círculo vicioso. ¿Qué iba a tener que pasar para que todo cesara? No encontró la respuesta, pero, a cambio de eso, al soltarse el pelo una chispa de su mano cayó en la alfombra, haciendo que esta prendiera inmediatamente.

―Esto no está pasando ―farfulló Merlina, calmada.

Al momento en que entró una pequeña ráfaga de viento por una de las hendijas de las ventanas, la llama alcanzó a la mesa de centro, y fue ahí cuando ya no hubo oportunidad de hacer algo. ¿Podía ser real? Lo parecía absolutamente.

Merlina se puso en la puerta y desenvainó la varita, señalando el fuego que llameaba a dos metros de distancia.

―¡Aguamenti! ―voceó, pero no salió agua, sino que más fuego. La mano debió de tenerla hirviendo.

Decidió salir de allí, pero antes, como una loca, regresó a la habitación y del cajón de su ropa extrajo la fotografía de su familia. Con suerte, alcanzó a salir por la puerta. Estaba en estado de shock y no tenía tiempo para cavilar si ella pudiera ser capaz de resistir el fuego o quemarse. Al dar con el viento frío de la tarde gris que se exponía en cielo, la temperatura de su cuerpo se reguló, pero aún tenía la desesperación en sí.

―No puedo aparecerme… no puedo… no tengo lechuza…

Corrió hasta la cabina telefónica más cercana que quedaba a cincuenta metros de la casa de Severus, en un pequeño montículo de tierra. Llegó apenas, como si hubiese corrido kilómetros, súbitamente indignada por su estupidez: se acababa de dar cuenta de que no tenía ni idea de cómo utilizar un teléfono: sus tíos jamás tuvieron teléfono. Y, en la casa de Craig, jamás necesitó hacer alguna llamada. Ni siquiera tenía amigos como para llamarlos. Cuando pequeña, en su casa, jamás había tenido un teléfono: vivió en el campo, tal como con sus tíos, y la tecnología no era algo que se adquiriera con facilidad. Y menos iba a usar uno cuando, siendo bruja, podía emplear lechuzas.

El único muggle que pasó por ese solitario barrio, la tomó por estúpida cuando ella preguntó cómo diablos se utilizaba un teléfono. Afortunadamente, el mismo hombre terminó llamando: el humo que salía de la casa era más que perceptible. El llamado fue un éxito, salvo que los bomberos, como se hacían llamar, llegaron diez minutos demasiado tarde.

―¿Cuál fue el origen del incendio? ―la interrogó uno de los bomberos con voz de reproche.

―Yo… ―tuvo que inventarse una excusa― se me cayó una vela en la alfombra.

―¿Una vela? ¿Acaso no tenía luz eléctrica?

―No.

Merlina se quedó sentada en una piedra, bajo un árbol seco, con un fuerte sentimiento de culpabilidad. Tenía la cara manchada de cenizas.

Cuando los bomberos estaban acabando de apagar el desastre ―fue una suerte que no alcanzaran las llamas a la casa vecina― apareció Severus en el callejón. El olor a quemado llegó a su nariz. No hubo más necesidad de adivinar lo que había sucedido.

Merlina sintió la presencia de Severus a un par de metros de ella.

―No pude contactar al Ministerio ―balbuceó de una manera tan inentendible, que nadie le pudo haber comprendido más que Severus.

Él se aproximó hasta ella, cauteloso, y, como si fuera Merlina una bomba, la tomó por los hombros. Por suerte no se quemó, pero, de todas maneras, la soltó de inmediato.

―Mejor. Los muggles siguen siendo más duchos en apagar incendios.

Merlina, resentida, levantó la mirada, a la vez sintiéndose culpable por observarlo de esa manera.

―Quiero decir, los bomberos ―corroboró Severus, sabiendo que había metido el dedo en la llaga sin querer―. Lo de tus padres es un caso aislado…

―Esto no puede seguir así ―lo interrumpió. Al ver que no le contestaba nada, continuó―. ¡Ahora mismo me está subiendo la temperatura Severus! ―se puso roja, y le humearon las orejas, literalmente―. ¿Qué pasa si te quemo? ¿Si te mato? —Snape la apuntó con la varita y le tiró agua helada. Merlina alcanzó a cerrar los ojos a tiempo. Cuando el chorro cesó, repitió―: Esto no puede seguir así.

―Y no va a seguir así. Vamos ―corroboró Severus repentinamente, tomando una decisión.

Merlina se puso de pie con las cejas alzadas.

―¿Dónde vamos?

―¿A dónde más? A San Mungo.

La llevó hasta el callejón, ignorando el abarrotamiento en frente de la casa de Severus y desaparecieron.

―¿No estás enojado por haber destruido tu casa? ―inquirió Merlina cuando aparecieron en la parte solitaria de una estación de trenes, en el centro de Londres.

―No ―replicó e hizo una pausa mientras reanudaban el paso―. Pronto no la necesitaré.

Merlina creyó que él se refería a que iban a regresar al trabajo pronto. Pues, no era precisamente eso.

―Quemé todo, Severus. Todo. Perdí la otra mitad de mi ropa… ―insistió Merlina. Los ojos se le llenaron de lágrimas―. Todo lo de valor, todo…

―Escucha ―Severus la volteó hacia él y la miró, molesto―. Si no te calmas tú, menos me podré calmar yo. Lo único de valor que había en esa casa eras tú. Y si hablas de cosas como "buenos recuerdos", no tenía ninguno allí. Todo lo importante lo tengo en Hogwarts. Y ahora, o caminas rápido, o simplemente incendias toda la cuadra.

La joven se obligó a autocontrolarse. Tal vez las lágrimas que corrían copiosamente por sus mejillas le ayudaron a equilibrar sus emociones. Un par de ancianas no dejaron de notar la triste y avergonzada expresión de Merlina. De pasada le echaron un vistazo a Severus con desconfianza.

―Tal vez la maltrata…

―Lo mismo creo yo. Debería denunciarlo…

Se detuvieron en frente de una vitrina de las tiendas de un edificio abandonado. "Purge y Dowse, S.A", dictaban las grandes letras de la construcción. En la puerta principal decía "CERRADO POR REFORMAS".

En la vitrina había una serie de maniquís, ninguno demasiado llamativo, a menos que se tomara lo ridículo por atractivo. A Merlina no le sorprendió que Severus se apegara al vidrio para hablarle al maniquí con traje de nylon amarillo, pero sí se percató de que esa era su primera vez en San Mungo. Sus padres siempre la llevaron a sus controles con profesionales médicos muggles, nunca con sanadores.

―Venimos por una urgencia de riesgo vital.

El maniquí, sin decir nada, asintió e hizo un gesto con un dedo para indicar que entraran.

Siendo cautelosos para que los muggles no se dieran cuenta, atravesaron el vidrio.

Dentro había una recepción no muy grande, con varios asientos de madera. Una larga cola de magos con diversos problemas era atendida por una irritable bruja regordeta. Varios sanadores con batas verdes, con una insignia en el pecho que mostraba un hueso y una varita cruzados, ayudaban a los incapacitados. Delante de Severus y Merlina, en la fila, había una mujer con los párpados hasta el suelo.

Merlina se animó al ver el directorio de la mesa de Información. Al menos sabía que tenía que dirigirse a "ACCIDENTES PROVOCADOS POR ARTEFACTOS (Explosiones de calderos, detonaciones de varitas, accidentes de escoba, etc.)". Aun así, Severus habló por ella a la recepcionista, tal como lo había intentado hacer con la curandera de la isla, como si ella estuviera incapacitada de decir su nombre y la sección que necesitaba visitar. De todas maneras, prefirió no discutir, porque ya no le quedaban ánimos.

―Vayan a la sala del sanador Ackley Edelberth, él estará libre en unos minutos. ¡Siguiente!

Fueron por un pasillo del mismo piso.

―El sanador vendrá en unos instantes ―avisó una anciana que estaba limpiando manualmente la suciedad del suelo. Debía ser una squib y, a diferencia de los sanadores, su bata verde no tenía insignia―. Tomen asiento.

Ninguno se sentó. Merlina por miedo a quemar la silla, y Severus, por estar a su lado.

El sanador no tardó en llegar, con un memorándum volando tras él y un toma-notas en las manos. Era joven y atractivo, aunque su pelo color paja junto con su piel tostada no hacían juego de manera armónica. Tal vez tuviera la edad de Merlina.

―Buenas… ―miró el reloj de su sala― noches, debería decir ya. ―Sonrió tímidamente.

Severus no respondió a la sonrisa, pero se limitó a saludar. Merlina hizo un movimiento de cabeza.

―Perfecto ―cogió el memorándum e intentó leerlo―. Vaya, nunca entiendo nada de lo que escribe esta mujer ―dijo a modo de gracia, pero era cierto―. No entiendo ni jota del nombre. ¿Ustedes son…?

―Severus Snape y…

―Merlina Morgan ―se adelantó la joven, cortante. Podía hablar, así que no necesitaba tanta compasión de Severus.

Sacó una pluma de su bolsillo para anotar con claridad el nombre de las personas en su toma-notas, pero se detuvo a la mitad. Levantó sus ojos azules hacia Merlina y, de pronto, su piel se oscureció en las mejillas. Carraspeó.

Severus frunció el entrecejo. Merlina estaba mirando el techo.

―¿Merlina Morgan? ―reiteró con presteza.

―Sí ―contestó Severus, exasperado. Pero, el sanador lo ignoró.

―¿La misma…? ¿La que iba en el Instituto de las Brujas de Salem?

Ahora Merlina fue la que frunció el entrecejo.

―No sé si seré la misma, pero sí fui al Instituto.

Edelberth sonrió.

―Al parecer no te acuerdas de mí, yo… ―sus mejillas se tornaron totalmente rojas―, yo soy el hermano de Digby… Digby Edelberth.

Merlina trató de hacer memoria. Su cara no se le hacía completamente conocida… Si bien había recuperado su pasado hacía unos meses, no recordaba precisamente todo, sólo lo trascendental.

El sanador continuó con sus esfuerzos.

―Nos topamos en la fiesta de cumpleaños de Digby hace varios años… Tú y yo… ―titubeó―. Yo… tú… ―suspiró―, bueno, nos llevamos muy bien esa noche. Creo que demasiado bien…

De pronto comprendió. Ackley Edelberth. Ackley Edelberth era el muchacho con el que había perdido la virginidad. Ella tenía diecinueve años, ya que había repetido dos veces, y él tenía un año menos. No recordaba nada, evidentemente; se había emborrachado de pies a cabeza, pero cuando, a la mañana siguiente, despertaron juntos y desnudos en su cama, ambos supieron lo que había ocurrido. Nunca más se vieron, hasta ese momento.

Merlina suspiró y se le subieron los colores, avergonzada. Miró fugazmente a Severus y, con esa simple mirada, él vio en su mente lo que estaba pensando con una imagen demasiado explícita gracias a la Legeremancia, pero tampoco había que ser un genio para saber a qué se refería el muchacho con "llevarse muy bien".

―Vinimos por algo urgente, sanador Edelberth ―lo presionó Severus. No estaba rojo, pero la vena de la sien le palpitaba amenazante.

―Sí, eh, lo siento, ¿cuál es la razón de…?

―Morgan ―a Merlina se le apretó el estómago cuando dijo su apellido. En instancias como esas presagiaba futuros malos ratos― recibió el estallido de un petardo gigante en un caldero y, en vez de quemarse, absorbió el fuego a través de la piel. El problema es que, cada vez que tiene alguna emoción fuerte, libera calor, humo y fuego.

―Esa es una situación interesante… ―masculló miró a Merlina, quien estaba haciendo un esfuerzo enorme por controlar el deseo de darle explicaciones a Severus, y retomó su seriedad―. Bien, ha sucedido antes, pero liberándose fuego sólo una vez. Si a Merlina le sucede con frecuencia, es porque todavía no se ha liberado de todo, así que, lo que haremos es dejarte dentro de la sala de Aislamiento, que está al final del pasillo. Es de vidrio hecho por duendes y no se derrite. Ahora… espera ―con la varita hizo aparecer una camisa verde y corta. Con suerte le alcanzaba a cubrir un poco más debajo de la espalda―. Esto es de un material que no se quema, así que es mejor que te lo pongas, que te despojes de tus ropas y…

―Ya entendimos ―Severus le arrancó la camisa de las manos. Tomó a Merlina del brazo y se colocaron detrás del biombo.

―Me avisas cuando estés lista, Merlina, si necesitas ayuda…

―Gracias, sanador ―lo cortó Severus, preocupándose de que no se viera nada para el otro lado del biombo. Con sumo cuidado hizo el encantamiento Muffliato a la cabeza de Ackley. Se volvió hacia Merlina echando chispas.