Capítulo 8: Actitudes sospechosas
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―Así que…
―Severus.
―No importa.
―Sí te importa.
―¿Acaso no te has puesto celosa alguna vez, Morgan? ―inquirió con sarcasmo, aludiendo a lo ocurrido en la boda de Philius, su primo, hacía unos meses.
―Sí, pero… ―vaciló―, no pensarás que he sido virgen durante toda la vida, ¿no? —Silencio―. ¡Oh, vamos…!
―No te alteres si no quieres…
―¡… cómo podías pensar eso, Severus! Seré tonta, pero no santa.
―No lo pensaba, sólo que es realmente indignante conocer al que lo hizo contigo primero…
―No hables de esa manera, suena muy feo, además, olvídate, no recuerdo nada, no sé cómo fue…
―¿Merlina? ¿Estás bien? ¿Quieres que te ayude? ―se oyeron los pasos de Ackley avanzando.
Severus le quitó el hechizo.
―¡Está bien! ―le gruñó―. Mejor ponte la bata ―le espetó a Merlina por lo bajo.
Ni siquiera la miró para verla desnuda. Él hubiera acabado con el edificio entero si hubiese tenido la capacidad de Merlina de incendiar las cosas. Estaba iracundo.
―Listo ―fue el turno de Merlina para gruñir, pero, antes de que saliera detrás del biombo, Severus la agarró del brazo y la hizo retroceder.
Apuntó con su varita la camisa y la hizo crecer hasta bajo las canillas y le hizo un complicado nudo atrás. Le sonrió con una mueca burlona y molesta a la vez.
Merlina, abrumada, salió de detrás del biombo, seguida por Severus. Si Edelberth se sorprendió por la talla de la camisa, fingió estar tranquilo. Tal vez se sintió demasiado observado por el profesor, quien despedía fulgor por los ojos. No hubiera sido mala idea que ingresara junto a Merlina a la Sala de Aislamiento.
―Bien, síganme por acá.
Salieron de la sala del sanador Edelberth y fueron hasta el final del pasillo, tal como les había indicado.
La sala de Aislamiento no tenía una medida de más de dos metros cuadrados, y estaba dentro de una habitación más grande. Básicamente era una caja de vidrio grueso, transparente y no tenía puerta.
―Bien. Haremos lo siguiente, Merlina ―comenzó Edelberth a explicar―: entrarás a la caja, atravesándola como el vidrio de entrada de San Mungo. Te concentrarás en recolectar todas tus emociones fuertes y tratarás de expulsarlas a través del fuego, ¿sí?
Merlina asintió.
―Ten cuidado, que el vidrio no tiene ningún encantamiento como para aliviar caídas.
La joven, sin reírse de su gracia, atravesó el vidrio.
―Cuando yo te diga ―le avisó Ackley. Luego miró a Severus―. Si desea retirarse…
―Por supuesto que no.
El sanador hizo una mueca y le entregó unas gafas oscuras para que se protegiera los ojos, la que Severus le arrebató de la mano de mala gana. Luego Edelberth oscureció la sala con magia y, cuando ambos magos tuvieron sus ojos cubiertos, sin más rodeos, gritó "¡YA!"
Merlina respiró profundamente y se concentró en reunir todos sus recuerdos más abundantes de emociones para liberar todo el fuego que tenía adentro: las miradas y regaños de Snape cuando ella era estudiante en Hogwarts, la muerte de su familia, su mudanza a Estados Unidos para vivir con Phil, su primera triste semana en el Instituto, cuando supo que iba a reprobar un año, el término de sus estudios, la vuelta a Inglaterra, cuando conoció a Craig, cuando iba a entrar a Hogwarts para trabajar, cuando se reencontró con Severus el primer día de trabajo, cuando supo que Craig la engañaba, su secuestro, las peleas con Severus, cuando se le declaró y la besó en el armario de la limpieza… cuando recuperó sus recuerdos más tristes… cuando le pidió que se comprometieran… sus vacaciones juntos… y la explosión del caldero.
Lo último fue la gota que rebalsó el vaso. Se sintió más que furiosa. Por culpa de eso es que estaba encerrada en esa caja de vidrio, como si estuviera loca, como si tuviera una terrible enfermedad contagiosa, sin poder tener demasiado contacto con Severus, y si seguía así…
Las llamas se alzaron de un momento a otro, iluminando la sala. No se supo quién de los dos varones estaba más asombrado al ver que Merlina parecía una antorcha humana.
El vidrio de la caja absorbía el calor, o eso era lo que se veía desde fuera.
Merlina sólo sentía como si hormigas recorrieran su cuerpo. El fuego no le hacía daño, aunque le causaba una terrible depresión momentánea. Ojalá su familia hubiese tenido su capacidad…
Cuando más recordaba ese día, más fuego salía de ella. A Severus se le hizo eterno, sólo quería verla en su estado normal. Apenas, sin embargo, estuvo cuarenta segundos incendiándose.
De un momento a otro, como si dos dedos gigantes hubiesen aplastado a Merlina con saliva, se apagó. No obstante, Edelberth la alentó para que continuara, pero ni una sola chispa salió de ella. Además, le habían dado ganas de ir al baño.
―Puedes salir, Merlina ―avisó Edelberth mientras guardaba sus gafas, y las que le había devuelto Severus hace un segundo, en su bolsillo
Merlina se veía muy desgreñada y sucia. Estaba llena de hollín y su expresión estaba inundada de cansancio. Severus fue a recibirla cerca del vidrio y ella se le echó al cuello y enterró la cara en su hombro, sin decir palabra.
―Merlina ―dijo Edelberth con suavidad, aproximándose hacia ellos―, si estás muy débil, incapaz para volver, te puedes quedar a…
―No se preocupe, Edelberth ―le contestó Severus con evidente enojo, girando el cuello para mirarlo―. Deje de ofrecerle favores a Morgan. Vamos ―susurró a Merlina.
Fueron hasta la sala de Edelberth y Severus la ayudó a vestirse. La joven estaba desanimada, súbitamente cansada. Tenía la sensación de que, al perder el fuego, también había perdido parte de su energía.
―Estoy muy sucia ―balbuceó Merlina mientras le pasaba la remera por la cabeza.
―Ya te bañarás cuando lleguemos. Tenemos prisa, son cerca de las diez de la noche.
―¿Y a dónde? Quemé tu casa, ¿no lo recuerdas?
―No iremos allá, por supuesto. Iremos a Hogwarts. No tenemos otra opción.
―Lo siento, Severus… ―Merlina le tocó la cara, pero el profesor le tomo la mano para sacársela de la mejilla.
―Ya basta. De todas maneras, pronto deberíamos haber dejado ese lugar.
―¿Por qué?
―Basta de preguntas. Andando.
―¿Tienes dinero?
―Por supuesto que sí, pero en Gringotts. Y no viajaremos en tren. Nos apareceremos en Hogsmeade. Pero antes, salgamos de aquí.
Juntos volvieron a la parte solitaria de la estación de trenes por la que habían aparecido antes.
Merlina odiaba tener esa sensación de estar atravesando un tubo de goma en la aparición conjunta, pero en ese estado, menos podía intentarlo sola. Y todavía no tenía licencia para aparecerse. Si se escindía, le quitarían la posibilidad para aparecer de por vida.
Hogsmeade estaba como boca de lobo. El cielo lucía encapotado y no dejaba pasar ni un rayo de luz lunar. Todas las casas tenían las cortinas cerradas y, como único ruido, estaba el maullar de un gato negro encima de un tejado. Severus sacó la varita y la empuñó con fuerza, como esperando el ataque de alguien.
―Severus. ¿Qué…?
―No hables.
Merlina obedeció. El brazo de Severus se tensó con más fuerza alrededor de su cintura. Pensó en reformular la pregunta, pero lo dejó en paz. No obstante, tuvo que hacerlo cuando Severus la soltó de repente, lanzando un quejido por lo bajo y agarrándose con fuerza el antebrazo izquierdo, oculto por la manga de la camisa verde botella.
―¿Severus? ¿Qué pasa? Seve…
Severus, en un dos por tres, hizo que su Patronus con forma de unicornio se fuera galopando hasta el castillo. Al otro segundo agarró a Merlina por los hombros, y le susurró con frenesí.
―Corre hasta Hogwarts. Dumbledore se enterará ―y sin dejarla contestar, la besó con fiereza y… ¿miedo?―. Corre.
Y, con un chasquido, Severus desapareció, dejando Merlina sola en la oscuridad, aterrada.
Se calmó en tres segundos. "Corre" le había ordenado Severus, y eso hizo. Pocas veces había corrido tanto en su vida como esa. La noción del tiempo se le escapó de las manos y ni siquiera supo en qué momento llegó a las verjas flanqueadas por sendos cerdos alados. La reja estaba cerrada con cadena, pero Albus Dumbledore en persona, con su pelo y barbas blancas brillando ante la luz de su varita y una bata azul con un gorro de dormir, la esperaba dentro.
―¿Cuál es el Patronus de Severus, Merlina?
Merlina se sorprendió por la pregunta, pero no vaciló en contestar.
―Un unicornio.
―¿Cuántos cursos repetiste en el Instituto?
―Dos años… ¿Cómo lo sabe?
―Uno de mis pasatiempos es averiguar sobre las personas que me rodean.
Señaló las rejas con la varita y las cadenas desaparecieron. Una sola puerta se abrió en treinta grados, para que justo cupiera la joven, y se cerró inmediatamente tras ella con un chirrido.
―¿Por qué las preguntas?
―Nunca se sabe cuándo puedes ser un impostor.
Caminaron a paso rápido hasta las grandes puertas de roble. Albus apuntaba constantemente hacia los costados, iluminando los sectores oscuros de los jardines.
―¿Por qué…?
―En mi despacho conversaremos, Merlina.
La joven suspiró en respuesta. Ni Severus ni Albus la dejaban completar sus preguntas y actuaban de manera sospechosa, como si pudieran estar siendo rastreados por alguien. Si es que estaba sucediendo algo, ella tenía derecho a saber.
El Vestíbulo estaba en penumbra, lo mismo que los pasillos y las escaleras, pero, tanto él como ella, se sabían los caminos básicos de memoria, aunque Merlina se tropezó un par de veces en las escaleras. A lo lejos, Merlina creyó oír las risas maliciosas de Peeves.
―Babosas de gelatina.
Esa era la contraseña actual para que la horrible gárgola con forma de pájaro se hiciera a un lado mostrando una escalera de caracol. Luego ascendieron en silencio. Merlina se sentó en un sillón sin pedir permiso. Albus la imitó y la miró sobre sus lentes de medialuna, como una invitación a que hablara.
―¿Qué quieres que diga, Albus? Estoy completamente confundida.
―Primero, partamos por el principio. ¿Por qué estás acá? Severus me envió el Patronus avisándome de tú llegada… pero no la razón.
Merlina hizo una mueca.
―Pues… es algo extenso de explicar.
―Tenemos todo el tiempo del mundo, adelante.
Merlina relató cómo comenzó con unas extrañas manchas en el cuerpo y la fiebre que la había atacado antes de que le bajara abruptamente la temperatura ―omitiendo los detalles privados e íntimos―; el altercado en la sucursal de chascos de los Weasley por la explosión ocasionada por el petardo; cómo tuvieron que huir; el incendio de la casa de Severus por su culpa y la visita a San Mungo.
―Así que… bueno, no teníamos otra opción. Fue mi culpa. Han sido unos días de locura.
Albus parecía pensativo, con la mirada perdida en el techo.
―Es una de las cosas más extrañas que he oído, y eso que he oído muchas.
―Eso ya lo creo.
―Sin embargo… se supone que estás curada, ¿no?
Merlina se encogió de hombros, pero luego agregó:
―Al menos no me ha salido humo en los últimos veinte minutos, a pesar de la impresión y de correr como condenada ―comentó como si eso zanjara todo. Luego frunció el entrecejo―. En fin. Aparecimos acá por la falta de casa y, cuando lo hicimos, Severus se tomó la muñeca donde tiene la Marca Tenebrosa y desapareció. No sé qué sucedió.
Albus suspiró y se acomodó en su asiento.
―Ese es el medio de llamada de Lord Voldemort, Merlina. Pensé que lo sabías.
―Conozco la Marca Tenebrosa, ―admitió Merlina―, pero siempre pensé que era sólo un símbolo…
Merlina se sintió estúpida y confundida. Eso ni siquiera se necesitaba aprender, ¡simplemente lo debió haber adivinado!
―Me crie con muggles casi toda mi vida ―se intentó excusar Merlina―, mis tíos eran muggles también, nunca me informé bien cuando vine a vivir acá; lo poco que supe lo aprendí en Salem, ni siquiera acá… ―titubeó―. Yo… yo no tenía idea de eso y… Siempre lo tomé como una simple marca. ¡Creí que era como un tatuaje! Y nadie se molestó en explicármelo, porque yo asumí que estaba enterada de todo… Y Severus, siempre tan hermético como siempre…
―Merlina, tranquila ―la apaciguó Albus, haciéndole entrega de un vaso de agua que había hecho aparecer―. Entiendo, no tienes porqué pedir disculpas.
―O sea… ¿Severus fue donde Voldemort? ―Albus asintió―. ¿Por qué? ¿Qué pasa? Severus no me cuenta nada, y yo hace tiempo sospecho de que algo extraño está pasando… ¡tú también te comportas extraño, Albus!
―Prefiero que eso lo hables con Severus, Merlina. Yo no sé más que tú.
―¿Y si no vuelve? ¿Y si muere?
―No va a morir, Merlina, de eso no me cabe duda.
La seguridad que se denotaba en su respuesta hizo que la joven se tranquilizara en un cincuenta por ciento: Severus iba a estar bien. La preocupación permanecía en que ella seguía desinformada de todo y eso era un dolor de cabeza.
―¿Y qué hay sobre la Orden del Fénix?
―Pues, hacemos reuniones con regularidad para mantenernos informados, aunque sea de cosas que puedan ser banales.
Hubo un largo silencio que fue interrumpido por unos golpeteos en las puertas dobles.
―Adelante.
La puerta se abrió.
―Lo siento, director, yo… ¡señorita Morgan!
Merlina se paró como una autómata.
―Ah, hola, profesora Trelawney. Yo ya me iba ―se volteó hacia Dumbledore―. Mejor los dejo ―añadió en voz baja.
Pasó por el lado de la profesora fraude de Adivinación ―que, por cierto, últimamente le había dicho una profecía muy extraña y prácticamente imposible e inentendible― y, sin nada más que hacer, apenas salió del hueco que había dejado la horrible gárgola, se fue hasta su despacho.
Este estaba intacto: vacío, como lo había dejado antes de ir a la casa de Severus. Y ya no tenía nada con qué completarlo. Iba a tener que hacer un retiro de oro en Gringotts personalmente, porque las cartas demoraban mínimo una semana. Tenía que volver al Callejón Diagon. Sólo de pasada se limitaría a retirar una suma considerable, cambiarla a dinero muggle y comprar algo de ropa y algunas cosas necesarias para sobrevivir, como artículos de aseo. Por más que Hogwarts fuera maravilloso, no lo proporcionaba todo.
Se sentó en la butaca. El fuego estaba apagado, y era mejor, por un lado. No quería nada más con él. De su bolsillo trasero del pantalón sacó la fotografía estática de sus padres y, memorizando su despacho en la oscuridad al caminar, la metió en el cajón del escritorio, ejecutando un encantamiento de protección.
Poco más tarde, mientras dormía, tuvo el plácido sueño en el que, Severus aparecía para despertarla con un beso en el cuello. Por un mínimo instante creyó que era verdad, por lo real que se sintió… Hasta que se dio cuenta que, en el sueño, estaba en la cama de la casa del profesor, cuando, en la realidad, estaba en la cama de su despacho.
Se despertó temprano, a pesar de haberse dormido tarde. No podía conciliar el sueño otra vez si Severus no llegaba.
Tomar desayuno con Albus era agradable: podía funcionar como el abuelo sabio que cualquiera desearía tener. Desayunar con Albus y Hagrid resultaba una bomba de chistes. Merlina se rebosaba de información acerca de criaturas y animales gracias al semigigante. Pero desayunar con Albus, Hagrid y Trelawney resultaba espantoso. Trelawney interrumpía constantemente las conversaciones para dar advertencias absurdas, como "tomar zumo de calabaza luego de toser da mala suerte".
No había terminado de comerse su tercera tostada cuando se puso de pie y dijo:
―Debo ir al Callejón Diagon. Volveré en unas cuantas horas, Albus…
―Bien, Merlina. Hasta un rato.
Afuera hacía un frío polar para ser verano, pero tuvo que aguantarse. Para entrar en calor corrió hasta la reja, la que se abrió automáticamente al acercarse ella.
―Bien, Merlina… ya te has aparecido antes, y el frío no va a ser un impedimento para hacerlo… Esta es una situación que requiere atención y todo tu empeño.
Se frotó las manos y se puso en posición. Hizo los pasos, algo tambaleantes, pero los logró dar y despareció con un chasquido. Cuando se materializó, entre el Callejón Knockturn y el Callejón Diagon, se dio con la pared de ladrillo en la cabeza por avanzar a ciegas.
―¡Mierda! ―farfulló sobándose la frente y reanudando el paso, furiosa.
Aún allí hacía frío, así que corrió hasta el torcido edificio blanco llamado Gringotts y así no entumirse de frío. Entró más aliviada: el ambiente estaba tibio, lo preciso para que fuera agradable; lo que menos deseaba era sentir calor.
Se aproximó a uno de los duendes. Éste analizaba un enorme diamante blanco sin pulir entre sus manos.
―Buenos días.
―Buenas días ―contestó éste con una voz astuta.
―Vengo a retirar oro.
―¿Su llave?
―No tengo la llave.
―No tiene su llave ―reiteró el duende de manera burlona.
―No la tengo ―corroboró Merlina, dando un aplauso, exasperada.
―Me temo que no podrá hacer ningún retiro.
―Mire, mi cámara es la doscientos veintiocho. Mi nombre es Merlina Morgan, eso debe bastarle.
―Eso no es suficiente para mí ―replicó el duende volviendo a mirar el diamante y pasándole una larga uña encima.
Merlina cerró los ojos un momento: estaba bien, ellos tenían medidas de seguridad, y la varita que estaba en su mano no le ayudaría para nada. Resopló y volvió a mirarlo. Era obvio por dónde tenía que partir.
―Mi casa se incendió. Lo perdí todo, y la llave debe estar bajo escombros a los que es imposible volver.
―O derretida ―añadió el ser con una sonrisa horrible. Sus ojos tenían un brillo extraño.
―Y bien, eso es todo. Necesito sacar dinero para comprarme ropa nueva, y si quiere perder el tiempo haciéndome un cuestionario para comprobar mi identidad, adelante.
El duende se la quedó mirando por un rato, calculador.
―No hay problema, señorita. Mog lo llevará a su cámara ―dijo finalmente, repentinamente cambiando de parecer, y eso que aquella historia sonaba de lo más descabellada. En ese momento supo que, siempre que estuviera en apuro, un relato como ese resultaría muy veraz de su parte―. ¡Mog! ¡Lleva a esta señorita a la cámara doscientos veintiocho! No tiene llave, ¡así que usa tu uña!
El duende, llamado Mog la llevó en el carrito apenas dos pisos más abajo, donde estaba su cámara, muy poco protegida, por supuesto, pero el oro no era demasiado como para que a alguien le resultara tentador robarlo. No obstante, el viaje fue suficiente para dejarla verde.
―Cámara doscientos veintiocho, ¿no?
Merlina tomó aire y lo señaló con una mano mientras tomaba aire, agachada, con una mano en el estómago.
―Deme un segundo.
Dio una arcada.
Cálmatecálmatecálmate. Calmada. Uf.
―Sí ―contestó finalmente.
El feo ser pasó la más larga uña que tenía por la superficie de la puerta de hierro: la del índice de la mano derecha. Merlina ya estaba preparada para taparse los oídos, pero no chirrió.
La cámara era bastante grande. Tal vez demasiado grande para los cuatrocientos galeons amontonados en el rincón izquierdo, al principio, con unos pocos sickles y knuts tras tantos años de trabajos miserables en el callejón, y dos de celadora en Hogwarts. Pero podía ser peor. Con cincuenta galeons le sobraba para mucho más que ropa, pero eso llevaría.
―Eh… ¿tiene una bolsa?
El duende se metió una mano en el pequeño bolsillo y extrajo una bolsa de gamuza de tamaño considerable. Aun así, los grandes galeons cupieron apenas, y la bolsa pesaba como medio kilo.
Merlina, al volver al vestíbulo, se acercó al mismo duende.
―Bien, necesito cambiar treinta y cinco galeons a libras esterlinas…
Dejó quince en la bolsa y lo demás lo esparció en la tarima de trabajo del duende. Él le dirigió una mirada despectiva antes de darse el trabajo de contar los treinta y cinco galeons y se los entregó al mismo Mog, que desapareció tras una puerta dorada. Luego reapareció con un fajo de ciento setentaicinco libras esterlinas. Estaban atados con un hilo plateado, mágico, que sólo podía desatarlo el nuevo dueño del dinero.
Merlina lo recibió y lo metió en la bolsa. La dobló y la ocultó dentro de su remera, cruzándose de brazos para que no se notara el bulto.
―¡Gracias! ―exclamó antes de salir corriendo.
Fue hasta la tienda de Madame Malkin para conseguir seis nuevas túnicas. Tres de color negro, una de verano y dos de invierno. En esos momentos, no parecía ser verano, de todos modos. Se puso una túnica gruesa de inmediato y metió su dinero y varita en cada bolsillo.
―Así estamos mejor ―farfulló para sí, saliendo de la tienda. Qué bien se sentía estar abrigada.
Tomó rumbo hacia Gringotts nuevamente para dirigirse a la dirección opuesta. Pues lamentó haberlo hecho: no pasó por alto la Botica de la señora Lita. Aunque estaba cerrado y las ventanas se veían tapiadas con tablones de madera. Nunca había sido un lugar muy lujoso, pero estaba en peor condición que antes. No había otra opción: la señora Lita había fallecido.
Sin embargo, eso no fue lo que le llamó la atención. Entre uno de los tablones se agitaba un papel con una fotografía en movimiento. Merlina, sin ver con claridad, ya sabía lo que era. Tironeó el papel y lo miró con terror. Craig la miraba a través de esos claros ojos en blanco y negro y esa sonrisa maquiavélica adornada con sus sucios dientes. Era una de las imágenes que habían quedado de cuando habían comenzado su búsqueda el año anterior.
Si ella hubiera sido Harry, lo más probable es que le hubiese ardido la cicatriz al observar la imagen. Pero ella era Merlina Morgan, así que sólo sintió una terrible punzada de asco y la temperatura le subió un poco.
Él estaba muerto. Craig jamás volvería a molestarla, a menos que existiera un método para poder hacerlo, y ella no conocía ninguno posible.
Ni siquiera gastó todo el dinero en la tienda muggle. Siempre existían ofertas en los lugares menos exclusivos. Y es que, Merlina, jamás se había comprado ropa de marca, porque nunca le había alcanzado.
Al castillo llegó muy cargada de bolsas, cerca de las cinco, mediante aparición. Ya lograba confiar en ella misma como para practicarlo ilegalmente. Además, si podía hacerlo Severus, ella también podía, pensó enfadada.
Severus tampoco había llegado: aprovechó de ir a mirar las mazmorras antes de dirigirse a su despacho para guardar su cargamento de ropa recién adquirida. Luego emprendió camino a la oficina de Dumbledore, pero no alcanzó a entrar. Una voz que salía desde adentro se le hizo extrañamente familiar y la hizo detenerse. Esa persona estaba hablando… ¿hablando? Discutiendo con una voz suave y desagradable. No era la de Severus, por supuesto; esta era una voz femenina.
Por un instante dudó tras la puerta doble que daba al despacho del director. Pero, luego, se decidió a entrar como un elfo por su casa.
