Capítulo 9: En La Madriguera

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―He vuelto, Albus ―anunció, cerrando la puerta tras sí y fingiendo no ver a la señora regordeta y muy pequeña que estaba sentada en la silla frente a Dumbledore, en el escritorio.

―¡Pero si la Señorita Problemas ha llegado! —Eso sonó demasiado Snape, pero hasta a Snape le salía un tono menos… ofensivo. Y más "Snape", por supuesto. ―La estaba buscando, Merlina Morgan ―declaró la mujer.

Y, entonces, por primera vez, la miró a la cara. Sus ojos eran redondos y saltones. Su boca, maquillada por un rosado muy aniñado, era larga y flácida. Jamás había visto su cara, pero le recordaba a alguien. Su pelo castaño, rizado y corto, estaba adornado por una cinta color musgo. Y por supuesto, allí cayó en la cuenta de que, si bien se le había hecho familiar la voz, no conocía en absoluto a esa mujer.

Al ver la expresión de desconcierto de la joven, Dolores Umbridge formuló una sonrisa de satisfacción.

―Dile a qué vienes, Dolores, pero Merlina no irá a ningún lado.

―Pues ella no tuvo problemas para ir a Gringotts a sacar algo de oro para reemplazar sus pertenencias quemadas… ―susurró como si lo sintiera en el alma, pero en cada letra se marcaba la burla con lo que lo decía.

―¿Qué? ¿Cómo sabe que yo…? ¿Cómo sabe…?

―Ésta es Dolores Umbridge, Merlina. Trabaja en el Ministerio de Magia, en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional, y le encanta estar al tanto de las desgracias de las personas en otros países, en especial tener contactos en otros lados, como el duende que te atendió en Gringotts ―replicó Albus echando chispas por el azul de sus ojos.

―Siéntate, querida.

―No.

―Siéntate ―reiteró Umbridge con sus pequeños dientes afilados apretados.

―Aquí, en el castillo, un "NO", sigue siendo un "NO", Dolores. Te doy diez minutos del tiempo de mi celadora.

―Tú no manejas los horarios de la chiquilla, Dumbledore.

¿"Chiquilla"?

―Ella revalidó el contrato ayer, cuando llegó ―si no fue imaginación de Merlina, Dumbledore le había guiñado un ojo―, así que éste es su horario de trabajo. Y que no haya estudiantes, no significa que no haya nada que hacer.

Umbridge dio un brinco, enojada, y de su cartera de cuero rosa extrajo un pergamino enrollado, estirándolo con violencia.

―Sólo leeré lo importante, señorita Morgan, para no quitarle su preciado tiempo ―miró el papel y continuó― "…causando graves daños a la sucursal de Sortilegios Weasley y al vestíbulo del Ministerio de Magia de Escocia, los que han sido graves y millonarios…"

Volvió a enrollar el pergamino y lo introdujo en su bolso.

―Cuando me enviaron esto, Morgan, me sentí muy avergonzada de la persona que lo había hecho, pero más temí no encontrar al responsable. Luego, me entero de que la morada del Profesor Snape se había incendiado ―sonrió con satisfacción―. No supe si era usted, por supuesto, ni siquiera lo sospeché, porque no tenía idea de que el profesor Snape pudiera tener pareja ―eso lo dijo con crueldad, y Merlina sintió piquetes de escozor en la piel―. Sin embargo, yo ya había dado el aviso en muchos lados de que, a la primera mención de fuego, se me avisara. Lamentablemente, allí llegaron los bomberos, así que tuvimos la impresión de que la causa podría haber sido muggle. Era poco probable que un mago no pudiera apagar un incendio. Pero, luego, me llega un informe del sanador Edelberth diciendo que tenía una sospechosa llamada Merlina Morgan, y que habías narrado una historia de una extraña reacción que tenías cuando te emocionabas demasiado ―Merlina abrió la boca, incrédula―. Sí. Bueno, el punto es que, luego, Luk, el duende que te atendió en Gringotts, me envía una lechuza hablándome de ti y tu razón del retiro de oro. Y aquí estás, y efectivamente eras tú.

―Yo no causé el altercado en la tienda de los Weasley ―se defendió Merlina, no obstante, antes de que continuara, Umbridge la interrumpió.

―No me interesa la sucursal de los gemelos, señorita. Eso me da exactamente igual. Lo mismo que el Ministerio de Escocia y la casa del profesor Snape. Aquí el problema es otro.

―Edelberth se lo dijo ―pronunció con odio, colocándose roja como tomate―, no podía controlarme. Fue algo totalmente ajeno a la magia involuntaria, si es que es eso lo que piensa.

―¿Tiene algo de cerebro, Morgan?

Dumbledore se paró con brusquedad e imponencia.

―No permitiré que te burles de mis empleados como lo has hecho con anterioridad, Dolores.

Umbridge estaba igual de roja que Merlina, pero, aun así, dijo con descaro:

―Mírate como te hierve la cabeza. ¿No te da terror causar daño aquí?

Merlina respiró profundamente, aunque confiaba en que no iba dañar nada. El idiota de Edelberth era un bocón. El duende era un bocón, los de Escocia eran bocones. Y ella poco tenía de culpa, siendo sincera. Y la vieja estaba tratando de sacarla de sus casillas.

―Yo ya no pierdo el control…

―Eso no lo puedes asegurar. Eres un peligro social.

―¿Peligro social? ¿Yo? ¡No sea ridícula, señora! De todas maneras, siga diciéndome pesadeces y probemos lo que puedo hacer. Ahí se dará cuenta de si soy un peligro social o no. Pero ahora, que estoy bastante furiosa como para echar humo por las orejas, no lo estoy haciendo.

―Te irás conmigo al Ministerio a zanjar el problema ―repuso Umbridge, avanzando hacia la puerta y tomando a Merlina del brazo, pero ésta se resistió.

―Ya oyó lo que dijo Dumbledore: tengo que hacer mi trabajo. No hay nada que zanjar. ¿Quiere que pague los daños hechos a Escocia? Le doy todo el maldito poco oro que me queda en la cámara.

―Ya oíste, Dolores. Lo tomas o lo dejas.

―Ya dije que lo de Escocia no me interesaba ―recalcó la mujer, ofendida de pies a cabeza. Dio varios pasos cortos hacia la puerta y se fue, dando un portazo tan fuerte, que llegaron a temblar los extraños objetos de plata que tenía el anciano en una de sus mesas.

Merlina miró al director y se dejó caer como un saco de patatas en uno de los sillones.

―No puedo creer lo que acaba de pasar.

―Yo sí ―contestó el director volviendo a su asiento en el escritorio―. Muy típico de Umbridge. Pero, no tienes de qué preocuparte, tarde o temprano se termina rindiendo. Finge ser peligrosa, aprovechándose de su poder político, pero no es más que una máscara para intentar pasar por alto lo pequeña y débil que es. De todos modos, la envía el Ministerio; están desesperados por atrapar gente y enviarla a Azkaban, sólo para demostrar que son eficientes en su trabajo.

Merlina pensó que, durante los días siguientes, no recibiría ninguna buena noticia. No obstante, apenas tres días después le llegó una carta de Ginny, invitándola para la quincena de julio a pasar el resto de las vacaciones. Debió haberse sentido alegre, pero preferiría estar con Severus…

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Dos días antes de su viaje a la Madriguera dejó lista su maleta (la que compró en el mismo Hogsmeade) por puro aburrimiento. Le cobró la palabra a Dumbledore en cuanto a recibir paga por hacer aseo en el castillo, pero, con algo de magia y sin nada de estudiantes, éste permanecía impecable.

Sólo Peeves la sacaba de la rutina a veces, con sus bromas pesadas, pero, en vez de causarle gracia, le hacían enojar. Ya no tenía tanta paciencia por esos días.

Se comenzó a poner ansiosa y tuvo deseos de irse al instante, por lo que se durmió cerca de las cinco de la mañana producto del insomnio. Las actitudes de Severus y la visita de Dolores Umbridge habían destruido su paz.

Se despertó a las tres de la tarde del otro día, pero no sola, con la sensación de tener dos ojos de águila en constante vigilancia de su cara. La mano que tenía sobre el edredón fue cubierta con una más grande que la suya, lo que le hizo que se sobresaltara en sueños.

Había otra respiración aparte de la suya en la habitación, y la parte derecha de la colcha estaba hundida. Ah. Lo sabía antes de abrir los ojos.

Despegó los párpados lentamente y, en lugar de dirigir la mirada hacia Severus, la desvió hacia el techo para limpiarse los ojos con la mano libre para quitarse las lagañas.

―Supe que Umbridge estuvo aquí…

―¿Cuándo llegaste? ―Interrumpió Merlina, sin mirarlo aún.

―Hace media hora.

―Ya.

―Estás enojada.

Merlina sonrió dulcemente, observándolo por primera vez. Pensaba decirle "¡Cómo estarlo contigo! Me encanta cuando desapareces de pronto y no apareces en días.", pero se contuvo al ver las ojeras en los ojos de Severus y su expresión de cansancio. Abrió la boca y frunció el entrecejo.

―¿Estás bien? ―consiguió decir.

Severus asintió sin sonreír.

―Te ves cansado.

―Lo estoy. Trabajar para el Señor de las Tinieblas no son diez horas con pago de tiempo extra, Merlina.

―¿Está todo…?

―Está todo bien ―sonó algo bruto, pero fue el efecto que le dio el ponerse de pie―. No hay nada de qué preocuparse.

Merlina asintió sin saber qué decir. Lo más natural hubiera sido un beso, un abrazo, una caricia como saludo. Pero nada. Él se fue hasta la puerta, pero antes de que desapareciera tras ella, Merlina le soltó:

―Mañana me voy de vacaciones con los Weasley.

Severus se giró y la contempló.

―Me alegro.

Y se fue.

Y Merlina se quedó inmóvil, tranquilizándose. No podía llorar, no podía enojarse, sólo hacer como que Severus no había ido… no, que ni siquiera había llegado. No, Severus no había llegado y no le había dicho absolutamente nada. Para fingir eso, almorzó y cenó en las cocinas con los elfos, enfurruñada e intentando no pensar en eso, pero mientras más lo intentaba, peor salía.

Cerca de las once de la noche, fue al despacho de Dumbledore para avisar de su partida.

―Mañana me voy.

―Lo sé, ayer me lo dijiste, Merlina.

―Bien, me voy a primera hora, a las siete de la mañana.

―Las rejas estarán abiertas para ti. ¿Viste a Seve…?

―No lo he visto. Gracias, Albus.

Portazo.

―Maldita sea, Merlina, contrólate. Tal vez realmente te conviertas en un peligro social —farfulló para sí misma.

Con la luz apagada y los ojos cerrados se puso a cantar, acostada en su cama, hasta conciliar el sueño. Aunque, nunca supo si durmió algo, porque a los cinco minutos, o eso creyó, sonó el despertador que había comprado.

A las seis y media estuvo bañada, vestida y peinada, y a las seis cuarenta y cinco había robado un pastel de la cocina. A las siete menos tres ya estaba saliendo de los terrenos de Hogwarts con su enorme maleta, que había hecho más liviana con magia.

Se puso en la posición ridícula que realizaba para desaparecer y pensó con fuerza en la Madriguera, recordando sus aromas, sus lugares, el bosque, la casa torcida…

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Eran las nueve cuando pasó por su despacho para preguntarle a qué hora se pensaba ir, y así tener una excusa para verla. Pues no la encontró, y antes de buscarla en cualquier otro lugar ―porque tenía claro se había marchado sin decirle adiós―, fue a su lugar de consuelo: Dumbledore.

Éste estaba en bata, sirviéndose una taza de chocolate en su escritorio.

―Buenos días, Severus.

―Se fue sin despedirse.

―¿Quieres chocolate?

―Demonios, ¡no! ¿Se despidió de usted, señor?

―No, pero anoche vino. Se fue muy temprano, a las siete, según dijo.

Severus miró los ruidosos objetos de plata de Dumbledore, y sintió unas ganas terribles de lanzarlos todos por la ventana.

Cuando Dumbledore se sentó en su silla, él lo imitó colocándose en la silla de enfrente.

―¿Por qué diablos no se despidió?

Albus se quedó unos segundos en silencio.

―No sé para qué vienes a preguntarme ese tipo de cosas, Severus, si lo sabes más bien que yo. Estás construyendo tu propia muralla de indiferencia.

―No me queda otro camino.

―Entonces, no sé por qué te enojas tanto ―dijo el director con dureza, dejando la taza encima del plato, rompiéndolo. Severus se sobresaltó. Pocas veces el director se enojaba así—. ¿De verdad espera que esté a la siga tuya, moviendo la cola como un cachorro, a pesar del trato que le das?

―No soporto que esté enojada conmigo de esa manera.

―¿Por qué no le dices la verdad, Severus? ¿Por qué no le dices que vas a tener que huir llegado el momento, luego mostrar tu fidelidad verdadera y que el resultado más probable de cumplirse en esa situación es tu muerte? Sería mucho más simple.

―No quiero hacerle daño.

Albus sonrió a medias.

―Créeme que ya se lo has hecho tratándola con tanta frialdad e indiferencia.

―Eso sería peor, se lo juro. Es mejor que esté enojada… a que esté destrozada.

―Has lo que quieras, Severus. Pero ya te dije: no sé por qué siempre recurres a mí para esto, si es con ella con quien debieras estar. Y lo único que sé es que, si pasas por alto su cumpleaños de esta manera tan cruel, eso sí que va a ser terrible para ella y vas a acabar por destruir su autoestima. Recuerda que ése fue el día en que sus padres fallecieron.

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Se vio rodeada de abrazos cálidos cuando llegó a la Madriguera. Los Weasley, Harry y Hermione la estaban aguardando en el jardín de la casa, comiendo higos y conversando alegremente. Incluso los gemelos estaban allí, con sus inigualables sonrisas de oreja a oreja. Merlina, recordando el incidente en Escocia, entrecerró los ojos cuando los vio. Sin ese petardo, jamás hubiera estallado el caldero y ella estaría completamente normal.

―¿Qué? No nos mires así, ¡estamos de vacaciones!

―No los miro así porque estén holgazaneando ―admitió Merlina―. Sólo que un petardo mágico gigante mezclado con el Autocaldero casi me mata.

―¡Te extrañamos tanto, Merlina! ―expresó Hermione, emocionada. Estaba tostada y su pelo castaño, despeinado y muy largo.

―Ya no hallábamos la hora de verte, pero supusimos que estarías en otros… lados ―agregó Ginny con una sutil picardía. Se veía más pecosa que nunca gracias al sol.

La hicieron pasar dentro de la torcida y pequeña cocina, donde Molly le estaba preparando un contundente desayuno para ella sola.

―Querida Merlina, espero que estés bien ―dijo saludándola con mucho cariño y un abrazo apretado.

Qué alivio era estar en un lugar donde pudiera recibir amor, pensó agradecida. Se sentó en la mesa cuando terminó de saludar a la madre de los Weasley.

Fred y George se dedicaron a distraer a Merlina mientras Molly estaba allí: conversar sobre el Autocaldero y un petardo gigante que casi mata a Merlina no hubiera sido algo que su madre aprobara. Cuando se fue a alimentar a las gallinas, George bajó la voz, y preguntó:

―¿Qué decías sobre nuestro última obra maestra, Merlina?

―Casi me mata.

―¿En serio? ¡Hemos descubierto algo nuevo, Fred! ―celebró George dándole una palmada en el hombro a su hermano.

―No es un chiste ―saltó Hermione, haciendo que sus caras se tornaran serias.

―¿No bromeabas?

―Por supuesto que no.

Merlina les explicó lo ocurrido en la sucursal de Sortilegios Weasley en Escocia, la consecuencia, la huida y luego el encuentro con Umbridge en Hogwarts.

―¡Esa vieja arpía! ―saltó Hermione, golpeando la mesa con el puño enfáticamente―. ¡Todavía tiene el descaro de aparecerse por el mundo de la magia! ¡Como si no hubiese hecho demasiados destrozos en la vida de las personas!

―Cálmate, Hermione… ―la apaciguó Ron tocándole el hombro, pero ésta le dio una manotazo, demasiado ofuscada para recibir caricias.

Merlina pocas veces había visto a Hermione así de enojada, por eso se sorprendió tanto.

―¿No soy la única afectada por su crueldad? ―preguntó.

A modo de respuesta, Harry estiró la mano derecha y le mostró una cicatriz que formaba letras.

―"No… debo… decir… ¿mentiras?" ¿Qué es eso, Harry?

―En quinto año, me hizo escribir esto con una pluma especial porque, según ella, mentía acerca de lo de Voldemort ―un susurro de inquietud recorrió la mesa al escuchar el nombre de su enemigo―. Yo escribía con mi propia sangre.

―Eso es… horrible… ―y pensar que en algún momento ella había encontrado cruel a Severus, antes de que se… enamoraran. Siempre que eso fuera amor, por supuesto…

―En serio, Merlina, tienes que andar con cuidado ―insistió Hermione―. Sé que lo del fuego era algo que no podías controlar, pero ¿si vuelve? No sabes lo que puede hacer esa mujer con tal de derribarte o… lo que sea. El Ministerio está buscando blancos para atraparlos y encerrarlos en Azkaban con el fin de demostrar que están haciendo algo.

―Eso mismo me dijo Dumbledore…

―Que lo intente ―desafió uno de los gemelos con una sonrisa maléfica―. Tenemos muchos productos bastante sádicos que no hemos sacado al mercado. Tal vez podamos hacer la prueba con ella.

―Sí, claro, como si no fuera a estar preparada para cualquier ataque ―reprochó Ginny―. Apuesto a que está armada hasta los dientes.

―Eso es lo de menos ―insistió Hermione―. ¿Qué pasa si se vuelve a inmiscuir en Hogwarts? ¡Eso sería fatal!

―¿Creen que se haya vuelto Mortífaga? ―inquirió Harry receloso.

―Miren, la vi sólo unos minutos ―contestó Merlina―, pero con esa apariencia de vieja con gatos de compañía, solterona y amargada, dudo que lo sea.

―¿Y qué tal Snape? Él también era un amargado… ―comentó Ron.

―¡Cállate, idiota! ―Ginny le dio un manotazo en la cabeza.

Merlina se limitó a sonreír falsamente. Más que por la verdad de Ron, era porque no quería demostrar demasiado que, recordarlo, no le hacía nada bien.

―Y, entonces, ¿ahora tienes superpoderes? ―preguntó Fred, maravillado, dejando de lado toda la otra conversación.

―Se me pasó porque fui a San Mungo.

―Esto es más que extraño. Tal vez tengamos que retirarlo del mercado ―reflexionó George, aún con una sonrisa en la cara, como si fuera lo más maravilloso que le hubiera ocurrido―. No querríamos que un poder como aquél lo tuvieran más personas…

―¿Snape leyó el anuncio? ―indagó Ginny con interés malicioso.

Merlina sonrió y sintió satisfacción al hacerlo. ¿Sería el despecho por ser ignorada olímpicamente? Definitivamente sí.

―Sí, y estuvo de lo más. Me alegra que hayan escrito eso ―admitió y se dirigió a los gemelos―, le ha dado un toque especial que toda gente de Hogwarts puede comprender.

Tal vez lo dijo con maldad, pero los varones no se enteraron, salvo la pelirroja Ginny, que le dedicó una mueca a Hermione.

Terminó de desayunar la cuarta parte de su desayuno, y lo demás se lo dejó a Ron, que moría de hambre.

―Siempre mueres de hambre ―le reprochó Ginny―. Si sigues así, te convertirás en una bola de grasa y nadie te tomará en cuenta. Menos de lo que te toman en cuenta ahora.

Por eso, Ron, compartió a la vez el desayuno con Harry y sus hermanos, sin antes dirigir una mirada de odio hacia su única hermana.

―¿Qué tal si vamos a ordenar tus cosas, Merlina?

Esa pregunta de Hermione fue la clave para huir de los absurdos oídos de los muchachos.

Merlina subió la maleta al cuarto de Ginny, donde dormirían las tres, pero no ordenó nada en los cajones vacíos.

―¿Qué ha pasado? ―inquirió Ginny cuando la celadora se sentó en la cama.

―¿Que qué ha pasado? Buena pregunta, Ginny, porque ni yo lo sé.

Y de pronto estalló criticando el comportamiento de Severus y su extensa desaparición, su falta de cariño, su actitud sospechosa…

―¡Ni siquiera me despedí de él, por idiota! ―tomó aire―. Ayer le dije que iba a viajar y fingió alegría de una manera tan… malvada. Era más que obvio que lo decía para tratar de dejarme tranquila, como si le importara un bledo lo que hiciera yo… No confía en mí, no me cuenta nada…

―Lo sentimos mucho, Merlina ―intervino Hermione, realmente afligida―, pero nosotros no sabemos más que tú. Lo único que te podemos decir es que los Mortífagos traman algo muy malo, y todavía no se sabe qué es. Estamos esperando a que caiga el Ministerio, pero está todo en orden, aparentemente, y no hay nadie que pueda estar bajo alguna maldición. Lo único malo que está sucediendo en estos momentos, son los arrestos a magos y brujas inocentes.

―¿Podría yo pertenecer a la Orden del Fénix, muchachas? ―la voz de Merlina sonó desesperada―. Tal vez así podría saber algo más…

―¡Pues claro que puedes pertenecer! ―saltó Ginny, asintiendo fervientemente―. Es extraño que Dumbledore no te lo haya pedido nunca. Un apoyo más sería esencial.

―Yo creo que es obra de Snape. Él es el egoísta que jamás te ha dicho nada, ¿no?

Merlina reflexionó ante la ocurrencia de Hermione, y lo más probable que fuera cierto.

―En fin, no me interesa lo que piense él ―dijo la joven, abrumada―. ¿Cuándo son las reuniones?

―No sé, depende de lo que diga Dumbledore ―replicó Hermione―. Se realizan en la casa de Sirius; bueno, ahora es la casa de Harry.

―Vaya, no sé cómo a Harry no le trae nostalgia eso, yo no podría volver la casa de mis padres... ―suspiró Merlina. Luego miró a las muchachas y pasó un brazo por cada hombro de ellas y las atrajo hacia sí―. Me alegro de verlas. ¡Lo único que quiero es que pasen las vacaciones y volver al trabajo! Pero sólo para estar con ustedes.

Hermione le dirigió una mirada de culpabilidad a Ginny, y se despegaron de Merlina lentamente.

―¿Qué? ¿Qué pasa?

―Merlina… ―susurró Hermione―. Harry, Ron y yo terminamos el colegio. Éste fue nuestro último año en el castillo.

Merlina se quedó de una pieza. Se puso una mano en la frente. ¿Cómo lo había olvidado? Los dos años habían pasado tan rápido… ¡Qué habría dado por conocerlos antes!

―Yo… Lo olvidé por completo.

―Pero estará Ginny ―intentó animarla Hermione, lo que fue suficiente. Ginny era un gran apoyo después de todo, pero todos juntos era mucho mejor.

―Bueno… eso significa también que no más Crabbe, Goyle y Malfoy ―reflexionó Merlina, más contenta aún.

Siempre se había sentido muy desgraciada ante las constantes elucubraciones de Malfoy y su grupo, pero, al pensarlo mejor, tal vez pudiera extrañar todo eso. Aquello le había añadido un toque de acción a su vida… Bueno, tal vez demasiada, pero al menos, gracias a ellos, había recuperado un pasado perdido… Y si Severus… ese era el problema: Severus. No soportaba pensar en que se comportaría todo el resto del año así. Ella lo amaba. Lo amaba más que a nada, pero también había aprendido a quererse a sí misma y no iba a soportar sufrir por él. Ya había tenido angustias anteriores, y él le había prometido que siempre iba a estar con ella, y pues, si no lo iba a cumplir, entonces…

¿Por qué se comportaba así? ¿Acaso era culpa de lo de Edelberth? ¿Haber dejado de ser virgen con alguien que ni siquiera recordaba bien por lo borracha que estaba era un problema para él?

―Tranquila, Merlina ―la animó la pelirroja con una sonrisa―, ya verás que todo va a estar bien.

―Uff… eso espero.

―Recuerda que ahora estás de vacaciones ―celebró Hermione.