Capítulo 10: Peligro social
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Merlina prefirió no esperar noticias de Severus en los días siguientes, y tampoco intentó comunicarse con él. De todas maneras, muy pendiente de él no estuvo, ya que todos buscaban cualquier manera de distraerla: las muchachas adrede; los chicos por naturaleza.
Por lo que sí estaba preocupada, era por la reunión de la Orden. La esperaba con ansias, como si fuera una fiesta. El problema estaba en que Merlina solía pensar en todo aquello como si fuera un juego. No le estaba tomando el peso real de lo que implicaba ser miembro de la Orden y de los papeles que cumplía esta; los problemas que hubiera de sufrir el mundo mágico si es que los Mortífagos y Voldemort tomaban el poder mágico por el timón. Y la raíz estaba en que ella se había saltado toda la etapa oscura en Inglaterra. Las consecuencias en Estados Unidos habían sido prácticamente nulas; ellos tenían sus propios problemas y sólo se enteraba de ciertas cosas en los periódicos. Por lo tanto, para Merlina no parecía realmente difícil detener a unos cuantos magos oscuros con algunos maleficios. Pero ¿cómo detenerlos? Eso era lo que menos se le ocurría pensar de todas esas cosas. Y ni se imaginaba los recursos que pudieran poseer para tener al mundo en la palma de la mano.
Por aquella misma razón, Dumbledore quedó sorprendido con su petición cuando, la quinta noche en la Madriguera, Merlina le ofreció su disponibilidad para participar en la Orden del Fénix. El director había ido con la intención de informar a los Weasley personalmente sobre la próxima reunión, a la hora de la cena. Estaban todos muy apretujados en la mesa del comedor (los gemelos, Ron, Harry, Hermione, Arthur, Molly y ella).
―¿Ha estado todo bien en tu departamento, Arthur? ―preguntó Albus tomando el único asiento libre, pero sin probar bocado.
―Ya sabes que siempre hay altercados con los objetos malditos. Pero nada realmente grave hasta ahora. Sólo unos cuantos ojos menos y, a veces, extremidades; ¿cosas letales? Ninguna.
―¿Has venido por la reunión, Dumbledore? ―preguntó la señora Weasley, colocando los platos de ensaladas en la mesa, para finalmente sentarse.
―Sí. Me ha costado bastante organizarme, pero por fin lo logré No es la idea estar haciendo reuniones exclusivas, por lo tanto, debo esperar a que todos estén libres de sus labores. El día propicio para todo es mañana al mediodía. Espero que sus hijos también estén presentes, Molly. Al menos hasta ahora cuento con los principales. Remus, Tonks, Shacklebolt, Mundungus, Hestia, Emmeline, Dedalus, Alastor y Minerva están confirmados.
―Supongo que el profesor Snape debe estar ocupado ―asumió Arthur, cortando un trozo de carne.
A Merlina se le encogió el estómago al oír el apellido de Severus. Vio como Ron y Harry intercambiaban una mirada de desprecio compartido hacia el profesor de pociones, mientras que las muchachas miraban inquisitivamente a Merlina.
―Sí, Severus está algo ocupado ahora… con otras misiones.
Otras misiones. Por supuesto. Estaba más que claro que Severus tenía una colección de secretos que no las iba a compartir por ningún motivo con Merlina.
―Así que, si puedes hacer que Bill y Charlie participen de la reunión…
―Apenas lleguen, les haré enterarse. De hecho, llegarán hoy en la madrugada.
―Imagino que debían de estar…
―Director ―intentó farfullar Merlina, interrumpiéndolo, pero su voz salió enérgica de todas formas. Tal vez por eso prefirió asegurarse y decir "director", antes que "Albus", que sonaba algo irrespetuoso delante de otras personas.
―¿Sí, Merlina? ―alzó las cejas inquisitivamente.
―Me gustaría cooperar. En la reunión, mañana. Y bueno, todas las veces que sea necesario.
Ninguno puso más atención que Hermione y Ginny, quienes eran las que estaban al tanto de todo.
―Oh… bien. Sería… ―Dumbledore parecía confundido.
―Sé que no seré de ayuda por el momento ―reconoció súbitamente― pero podría serlo en el futuro.
―Eso es verdad ―concordó Arthur―. Cualquier ayuda es bienvenida, creo yo, sobre todo cuando se trata de alguien de confianza.
―Por supuesto ―Albus sonrió bondadosamente, pero su mirada denotaba inquietud.
A Merlina no le había quedado del todo clara la respuesta, así que insistió.
―¿Puedo presentarme allí mañana?
―Sí, Merlina.
―Gracias.
―En ese caso, mamá ―comenzó Ginny, con voz altiva―, tus planes de que Merlina me cuidara acá no funcionarán, así que tendré que ir yo también.
―¡Está claro que irás, Ginny! ―saltó Fred… o George, con entusiasmo―. Pero mamá te cerrará la puerta de la cocina en las narices.
―¡Fred! ―saltó la señora Weasley―. Por supuesto que no te cerraré la puerta en las narices, cielo. Sólo te pediré que te retires a la habitación.
―Eso es injusto, mamá. ¡Casi en un mes cumpliré la mayoría de edad!
―¡No me vengas con las discusiones de siempre!
Albus miró el extraño reloj de los Weasley y luego se puso en pie.
―Debo irme, pero antes debo hablar con Harry, Ron y Hermione.
Mientras la señora Weasley discutía con la única pelirroja y los gemelos ponían al tanto a su padre sobre sus negocios en Sortilegios Weasley, Dumbledore se llevó a los tres amigos hacia afuera, para hablar de algo que, seguramente, no le atañía a ella.
Ni siquiera se dieron cuenta cuando ella se fue a la habitación sin terminar de comer. Y cuando las chicas llegaron para verla, ella ya estaba enfrascada en fingir que dormía. De seguro se dieron cuenta que era una simple actuación, mas no la molestaron.
Merlina no se quedó dormida hasta las once y media de la noche. Hermione y Ginny estaban en pijama, acostadas en sus camas, conversando en susurros.
No era eso lo que le impedía dormir a Merlina, por supuesto. Si no que era la preocupación por Severus y por las mismas reuniones. Quizá su comportamiento fuera infantil, pero no tenía otra opción que intentar ser… importante. O al menos creerse útil, porque sabía que no lo era, para nada, en esos momentos, si no, Severus hubiera confiado en ella hacía mucho tiempo.
Ni siquiera el silencio que habían dejado las jovencitas tras conversar pudo tranquilizar a Merlina.
"Relájate."
¿Cómo poder hacerlo? De pronto se recordó del año anterior, de las vacaciones. Había estado en una situación similar de aturdimiento por culpa de Craig, el secuestro, el juicio y Severus… Allí sólo tenía que ver con Severus.
¿Por qué razón?
"Pues bien, Merlina… últimamente te has vuelto un poco diferente. Especial."
¿En qué sentido?
"Ahora eres como un lanzallamas: peligrosa".
Sí, esa era una buena descripción. Y, aunque no tenía nada que ver con la actitud de Severus… podía tener mucho que ver, a la vez.
"Peligro social."
¡Claro!
Pero estoy completamente curada. Eso lo puedo sentir, y lo apuesto ahora mismo, porque estoy ardiendo de rabia y ninguna de las chicas está chillando por quemarse.
"Pues, piensa… ¿Qué pasaría si te toparas con algo que realmente te hiciera enfurecer?"
Esa era la pregunta perfecta, y lo que debió de haber pensado Severus para no incluirla en nada que tuviera que ver con la Orden o sus secretos. Él la conocía, y sabía que Merlina podía tomar las cosas por sus propias manos y medios…
El fuego ya había marcado su vida una vez. Y, tal vez, lo había hecho de nuevo.
Ojalá hubiera algo que le pudiera hacer olvidar todo ese malestar. Incluso a Severus, aunque fuera por el período de las vacaciones.
Sin embargo, tarde o temprano, iba a tener que aclarar las cosas con él… Siempre que él no tomara la iniciativa, de lo que había un noventa y nueve coma nueve por ciento de posibilidad.
Su sueño fue liviano. Parte de ella estaba alerta a los ruidos de la casa, así que se despertó cuando oyó ruido en la cocina, dos pisos más abajo.
Al parecer no fue la única, porque, Ginny, se sentó en la cama como una autómata.
―¿Qué sucede? ―murmuró Merlina, bostezando.
Ginny aguzó el oído por un momento, y luego, contestó alegre:
―Deben ser Charlie y Bill ―después, agregó, súbitamente desanimada―. Creo que está Fleur también. Oí un gorjeo. Pero iré a saludarlos de todas maneras. No he dormido muy bien.
―Yo tampoco, así que voy contigo.
Se calzaron las zapatillas; Merlina se puso su bata también y bajaron con una horrible cara las dos. Merlina parecía tener una uniceja de tanto fruncir el ceño, pero sabía que no iba poder volver a dormirse y por eso prefirió bajar.
Eran las cinco con quince minutos cuando se presentaron en la cocina. Los padres de los muchachos estaban allí, sirviendo el desayuno.
―¡Vaya! Hola, Merlina ―saludó Charlie con entusiasmo. Habían tenido la oportunidad de conocerse en la boda de su hermano, en una charla profunda sobre dragones.
―Buenos días, Meglina ―saludó Fleur al tiempo que movía su hermosa cabellera rubia.
Bill, que tenía un trozo de pan en la boca, le hizo un gesto con la mano.
Ginny abrazó a sus hermanos, pero se limitó a hacerle un gesto afirmativo a Fleur. Aún le costaba asumir que se había casado con Bill, aunque su madre ya lo hubiera superado.
Merlina decidió desayunar también. En la cena no había comido mucho, y el estómago ya le estaba rugiendo con ferocidad. Ginny se quedó también, cabeceando por el sueño. Merlina sospechó que era para no dejarla sola.
Charlaron, mientras comían, de temas banales, como el tiempo, lo que le depararía a Ginny en el colegio en todas las materias, excepto en pociones. Aun así, la mañana se les hizo tan larga que, al menos la pelirroja tuvo que ir a dormir un par de horas más. Merlina prefirió darse un baño, vestirse e ir a ver a los gnomos salir de sus escondites, quienes iban a merodear por comida en la huerta de los Weasley.
Cinco para las doce del mediodía todos los magos presentes en la Madriguera se estaban alistando para aparecerse en las cercanías de la casa de los Black, que, actualmente, era propiedad de Harry, pero este la había continuado ofreciendo para las reuniones de la Orden del Fénix después de que su padrino, Sirius, muriera. Se hallaban en la pequeña sala, reagrupándose de tres para aparecer en lugares determinados. Merlina, por esa vez, se tuvo que dar el trabajo de aparecer en conjunto con Harry y Ron. Jamás había estado en Grimmauld Place, y no se podía permitir perderse por algún lado de Londres o de Inglaterra, o del mundo. Así que tuvo que aguantar unos segundos la sensación de pasar por un tubo de goma y respirar con los pulmones comprimidos.
Hermione llevó a Ginny, pero aparecieron junto con la madre de los muchachos, y Arthur fue con los gemelos. Charlie, Bill y Fleur, aparecieron juntos en el cuarto sector designado. Debían no llamar la atención, por eso se dividieron en grupos pequeños y, cada uno, tomó el callejón más cercano y deshabitado al punto de reunión. Por suerte no hubo mayores problemas, hasta que se plantaron frente a los edificios número 11 y número 13.
―Vamos ―dijo Ron, empujándola hacia el centro de las dos casas. Merlina lo miró desconcertada.
―Ron, un momento ―exclamó Hermione, acercándose a Merlina con algo en la mano derecha que había extraído de su bolsillo.
Merlina, al ver cómo los otros desaparecían ante sus ojos a través de una puerta que no veía, se dio cuenta que la propiedad debía de estar bajo algún encantamiento.
―Ya te imaginarás quién es el Guardián ―le dijo la chica, haciéndole entrega de un trozo de pergamino.
"Número 12 de Grimmauld Place". Eso dictaba el pergamino con una letra llena de florituras. Sólo había dos letras extremadamente familiares para Merlina, aparte de la propia: la de Dumbledore y la de… alguien más.
Ante sus ojos apareció el edificio empujando hacia los costados los otros dos, de un aspecto terriblemente tenebroso. Los escalofríos no la dejaron en paz cuando entró al vestíbulo y, por alguna extraña razón, el lugar le recordó mucho a Craig. Aunque tenía que negar algo: Craig nunca gritó así, de la manera que lo hizo la madre de Sirius, quien estaba pintada en un cuadro. Hicieron demasiado ruido cuando entraron y la despertaron, pero, por suerte, fueron los últimos.
La cocina, que era amplia, ya albergaba ocho personas más: Lupin, Tonks, Shacklebolt, Vance, Jones, Diggle, Fletcher, Moody, la profesora McGonagall y Dumbledore.
Veintiún magos y brujas se las arreglaron perfectamente para preparar un almuerzo decente y poder organizarse para una reunión que, para Merlina, iba a ser completamente decepcionante. Lo mismo para Ginny, que le habían permitido permanecer allí a regañadientes.
―Voldemort parece estar en calma ―comenzó Dumbledore. La mayoría tembló al oír su nombre. Merlina fue una de las que permaneció inmutable, y es que no había crecido bajo el temor que los otros habían experimentado―. Pero estoy seguro de que se traer algo entre manos, además del plan principal ―miró a Harry―, algo que ni siquiera otros han podido averiguar. No está confiando mucho en sus súbditos últimamente y se calla muchas cosas. Tristemente no podemos hacer más, salvo vigilar el Ministerio y seguir consiguiendo aliados.
―El Ministerio continúa estando en demasiada tranquilidad para la información que le hemos dado ―anunció Shacklebolt con su profunda voz―. Rufus Scrimgeour apenas parece tomarse más en serio que Fudge lo que ocurre en estos días.
―Mientras no suceda nada grave, no les abrirá bien los ojos. Piensan que tienen por las riendas la situación. Todos los magos desaparecidos han sido mendigos o ermitaños, por lo que nadie les da la suficiente importancia.
Así empezó. Cada miembro siguió aportando algo que había sabido. Aunque no supieran nada, daban ideas o especulaban, o lo que fuera. Ron salió con algo estúpido que podía haber servido también. Pero, Merlina… Merlina no tenía idea de nada, no tenía aportes. Se sentía como una intrusa, una inútil.
Lo peor de todo, era que toda esa información vana que estaba recibiendo, no contestaba a ninguna de sus preguntas. A nada que quisiera enterarse sobre Severus. Ni siquiera fue nombrado de manera directa. Dumbledore se limitó a informar que Hagrid se había marchado a otro continente a buscar apoyo. Hasta Tonks, que parecía ser bastante torpe —más torpe incluso que Merlina—, tenía mejores cosas que decir e ideas magníficas. En conclusión, terminó absolutamente deprimida y decepcionada.
―No tengo ninguna nueva tarea que designar ―dijo Dumbledore, finalizando dos horas y media después la charla―. Lo único que les pido, es que sigan atentos, y tú, Mundungus…, ya sabes.
Mundungus era un hombre pequeño y rechoncho, que hedía a tabaco y alcohol, y que dirigía constantemente sonrisas nerviosas a Merlina, como si con eso pudiera conquistarla.
―Es hora de retirarse. Yo seré el último en salir.
Merlina esperó a que todos se fueran para aproximarse al director. La noche anterior había tenido la intención de acercarse a él, pero no hubo oportunidad. Albus estaba inspeccionando el techo del vestíbulo cuando la celadora le habló.
―Albus ―farfulló para no despertar al cuadro del horror.
El anciano se giró con lentitud y la observó con… ¿lástima?
―¿Sí? ¿Por qué no te has marchado?
―Quería preguntarle si… Severus está bien.
Dumbledore casi sonrió.
―Está muy bien.
―¿Cumpliendo misiones que… no puedo saber?
―Ni yo las sé, Merlina. No eres la única desentendida. Desde que se marchó no he sabido nada. Y como dicen: las malas noticias vuelan rápido, por lo que asumo que está bien.
Merlina sospechó que eso lo había dicho para hacerla sentir mejor.
―Y… Bueno. ¿No vendrá?
―No, no sé… ¿te refieres a la próxima reunión?
―No, a la Madriguera, si va a ir a… visitarme… ―Merlina se comenzó a sentir como una idiota. Albus no tenía por qué enterarse así de fácil de lo mal que se sentía.
Bufó, aparentando concentración. Era obvio, por supuesto, que significaba rendición.
―No recuerdo que me haya dicho algo sobre alguna visita. Tal vez, cuando tenga tiempo, lo hará. Ahora está ocupado.
―Sí, lo imagino… ―Merlina se mordió el labio.
―Es mejor que te vayas, Mer…
―Director ―interrumpió―, me gustaría ser parte de la Orden.
Albus esta vez sí que sonrió.
―Ya lo eres.
―No, no lo soy. Sólo fui una escucha. Una oyente de algo que no tengo idea. Poco sé, porque los muchachos guardan sus propios secretos. O sea, estoy enterada de que algo traman, pero hasta lo que sé, y lo sé hace años, es que Harry tiene que ser el destructor de Voldemort. Pero esto va más allá que eso, ¿no? Yo quiero hacer algo. Quiero participar de verdad. Me gustaría proteger a la gente, a los muggles ―la palabra "muggles" sonó algo desesperada―. No me puedo quedar de brazos cruzados, no mientras muchos se arriesgan.
El hombre cerró los ojos un momento. Merlina alcanzó a ver muchos sentimientos allí: rabia, pena, lástima… todos negativos, obviamente.
―No puedo hacer nada, Merlina. Tu trabajo sigue estando en Hogwarts. Y comprendo tu interés por ayudar a la gente inocente, pero no es así todo esto. No puedes estar vigilando a las familias, o estar encantando a cualquier muggle que se te pase por delante. Y, créeme ―agregó con pesar―, que Severus prefiere que te quedes fuera de todo esto, y yo creo que es lo adecuado.
Le hizo un gesto para que saliera de la casa, el cual ella decidió no ignorar. Salió del lugar, pero ni siquiera se dio el trabajo de llegar al callejón, ni estar oculta, ni nada. Simplemente desapareció delante de la vista de dos muggles, que nunca supieron si vieron a una joven con capa negra, corriendo y llorando, o fue un espectro o, simplemente, producto de su imaginación.
Pero Merlina no lloraba de pena. Lloraba de rabia, y tampoco se avergonzó de entrar a la casa de los Weasley así. Los más grandes lo pasaron por alto a propósito y, la verdad, es que ninguno tuvo sospechas de la razón de las lágrimas de Merlina. Ni siquiera las chicas estaban seguras, pero sí estuvieron de acuerdo con los gemelos: Merlina necesitaba distracción urgente.
Por eso le cerraron el paso cuando iba camino a la habitación de Ginny.
Los gemelos le sonrieron de oreja a oreja.
―¿Te gustaría visitar Sortilegios Weasley, Merlina?
―¿Del Callejón Diagon? Ni muerta —contestó secándose las lágrimas.
―¿Te gustaría ir a una fiesta muggle?
―No, gracias, no…
―"No estoy de ánimo" ―se burló Ginny―. No vayas a salir con esa típica frase, Merlina.
La joven sonrió un poco, ligeramente irritada.
―Vamos, Merlina ―la animó Ron―, ¿qué tal si vamos a un paseo?
―¡Pero qué buena idea! ¿Desde cuándo tienes un cerebro tan sentimental, Ronnie? ―lo felicitó uno de los gemelos genuinamente.
―Desde que… ―comenzó Harry, pero recibió un codazo en el estómago de parte de su amigo.
―Sí, un paseo. ¡Un campamento! Tenemos una carpa de lujo, ¿no Gred?
―Sí, Feorge. ¿Qué dices, Merlina?
Las sonrisas de todos eran realmente irresistibles, que Merlina no era capaz de decir que no ante tanta alegría y entusiasmo.
