Capítulo 11: Excursión Weasley

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Tenía que dar las gracias por eso. La transpiración era mil veces mejor. Sudar se le hacía incómodo y sucio, pero, con la cantimplora mágica que reservaba agua helada, y un buen desodorante, todo eso era un billón de veces mejor que estar con la sensación de estallar en cualquier momento en llamas. En parte era un gran riesgo, y los muchachos estaban enterados de ello. Pero, habían tenido que recurrir a un UCA (Urgente Cambio de Ánimo), sigla que acababa de ser bautizada por los gemelos, producto de la depresión repentina que había atacado a Merlina.

Gracias a la caminata de varias horas que llevaban en un lugar del que ni siquiera sabían dónde estaba ubicado con exactitud, Merlina se había logrado sentir mucho mejor. Muy cansada, por supuesto, pero distraída, feliz.

En ese instante eran cerca de las doce del día y estaban expuestos a un sol radiante, en Exeter, un sector sureño y montañoso. Algo totalmente extraño en Inglaterra: eran pocas las partes que lograban ser iluminadas por los rayos del sol en esos días grises.

―¿Han notado eso? ―preguntó Harry mirando cielo con atención mientras ascendían por un cerro bastante empinado.

―¿Qué cosa, Harry? ―inquirió Ron mirando asustado hacia todos lados.

―El clima. Es como si los dementores hubieran desaparecido completamente. Aunque se trate del sur y sea normalmente caluroso, hay mucho sol, más del esperable.

―Bueno, recuerda que muchos fueron cazados y llevados otra vez a Azkaban. De seguro que forma plan de los Mortífagos, aunque digan que es otra vez para la "seguridad" del mundo mágico…

―¿Merlina? ¿Por qué te quedas parada allí?

La celadora, que iba al ritmo de las muchachas, se quedó varios pasos atrás con los ojos más abiertos de lo normal producto de la sorpresa.

Los dementores habían vuelto a Azkaban y ella, tal vez, pudo haber ido a parar allá. Y Severus no le había dicho nada. Era obvio que si los muchachos estaban enterados, él también lo estaba.

―No… bueno. Nada ―replicó saliendo del trance y las alcanzó. Ya no valía la pena discutir lo que le había dicho o no Severus. Iba a llegar al mismo punto.

Luego de llegar a la cima se encontraron con un lago que no podía cruzarse: al final se veía una cascada proveniente de otro monte. El lago estaba rodeado por un bosque demasiado abundante: la única manera de pasarlo era talando todos los árboles y sacar la espesa maleza que crecía a su alrededor.

―Y bien…. ¿Es aquí donde venimos a acampar? ―cuestionó Merlina, perdiendo el encanto de la excursión. En su imaginación se vio rodeada por toda clase de insectos asquerosos.

―Por supuesto que no ―contestó Fred, analizando el terreno con la mirada―, tenemos que ir hacia la cascada.

―Ah… ya. ¿Y el bote?

―¿Bote? ―se burló Ginny―. ¡Vamos, Merlina! Tienes las dos piernas buenas. Puedes perfectamente saltar por las rocas.

Las rocas.

Merlina miró las rocas deformes, pero lo suficientemente grandes y planas como para mantenerse equilibrada en ellas. Tragó saliva y suspiró. Caerse iba a ser inevitable, pero al menos no había corriente… lo cual era extraño, porque, si no había corriente, era porque no había río… y el agua que caía de la cascada tenía que circular hasta algún lado… O, tal vez, hubiese pequeños riachuelos entre los árboles… Todo era bastante extraño. Miró a los muchachos con desconfianza.

―Merlina―dijo George condescendientemente―, no te estamos llevando a ningún lugar de tortura, si es lo que piensas. Sólo iremos a acampar a un lugar que ya conocemos y que sabemos que es seguro. Será entretenido… Además que el lugar lo descubrimos con Fred, ¿no, hermano?

―Por supuesto.

―¿Y cómo saben que lo descubrieron ustedes? ―inquirió Hermione con sarcasmo.

―Porque nunca hemos visto a nadie aparte de nosotros, Sabelotodo. Supongo que eso contesta a tu pregunta.

―Ya, miren, vamos… ―apresuró Merlina con ansiedad, antes de que realmente se negara a pisar las piedras del lago―. Aunque, insisto: debería haber un bote.

Los varones estaban habituados a todo tipo de aventuras y riesgos, así que dar saltos con mochilas en la espalda no implicaba complejidad alguna para ellos. Harry era el más curtido de todos, así que ya no tenía miedo a nada. Ginny era una Weasley, así que tampoco se hacía problemas: la agilidad estaba en su sangre. Sólo Hermione se hallaba algo incómoda, pero no tanto como ella. Nunca había tenido buen equilibrio, pero comenzó a sentirse más segura cuando logró saltar diez rocas sin ningún rasguño. Tal vez, demasiado segura, y, cuando había un exceso de ella para la ocasión, era cuando la Ley de Murphy actuaba .

Iba al último, como siempre, cuando resbaló de una piedra musgosa. Estaba demasiado pendiente de no caer como para escuchar que Fred, el que iba a la cabeza, había advertido "¡Cuidado! ¡La quinceava roca está llena de musgo!". Se fue de espaldas y quedó como un escarabajo, debido a la gran mochila que ocupaba. No estaba pesada, porque le había quitado el peso, pero no quitaba el hecho de que fuera voluminosa.

―¡Demonios! ―exclamó, salpicando agua. La espalda y la cabeza quedaron sobre la roca; las piernas, sumergidas en el agua: no eran más de cincuenta centímetros de profundidad, pero el agua estaba heladísima, aun teniendo mucho calor.

Si no hubiese sido por la mochila, de seguro se hubiera golpeado la cabeza.

―¡Oh! Quédate allí, Merlina ―exclamó Hermione, lanzándole la mochila a Ginny para así tener mayor facilidad al devolverse por las tres rocas y llegar hacia Merlina.

―Todo debe haber quedado estropeado ―gruñó tomando las manos que ofrecía Hermione. Le costó escalar la roca con los pies: ahora sí la mochila estaba pesada, por el agua que había absorbido. Hermione se puso roja de tanta fuerza empleada para ayudar a Merlina. Por suerte, la piedra en la que quedaron las dos de pie no tenía ni musgo y era la más grande. Hermione alcanzó rápidamente la piedra donde había quedado y recibió su mochila otra vez.

―Las demás no tienen musgo ―le avisó Harry como si eso pudiera darle ánimos.

La joven celadora no volvió a caer, pero se desequilibraba cada vez que saltaba hacia una piedra.

―Sería… más… fácil ―jadeó― si fueran… piedras movedizas.

―Lo pensamos con Fred ―voceó George a la distancia―, pero cruzar las piedras así hace el trayecto mucho más emocionante.

Cuando las seis últimas piedras estuvieron ocupadas por cada uno y el agua de la gran cascada salpicaba agua para todos lados al chocar con el lago, Merlina cayó en la cuenta de algo: tenían que cruzar la cascada. Y, antes de formular realmente la pregunta, Hermione chilló alucinada:

―¡No lo puedo creer! ¡Agua Impermeable! ¡Se supone que este encantamiento era un mito!

―¿Qué es eso? ―indagó Harry, quitándole su otra pregunta de la boca a Merlina.

―Es agua que no moja, por supuesto ―contestó Hermione, exasperada―. Es agua real encantada. Si te fijas, es el agua del lago que salpica y moja, no la de la cascada… Supongo que esto no lo hicieron ustedes, ¿cierto? ―inquirió refiriéndose a los pelirrojos gemelos.

―¿Dudas de nosotros, Hermione? ―replicó uno de ellos, ofendido. Luego, sonrió―. Claro que no. Pero nosotros encantamos el lugar en el invierno del año pasado, para que nadie más que nosotros pudiera hallar lo que hay al otro lado, a menos que sean invitados por mí o por George. Sólo tienen que tomar impulso y pegar un salto hacia la barrera de agua. Es como el andén nueve y tres cuartos.

―¿Sabían que es ilegal hechizar lugares así?

―Parece que Ronnie está siguiendo tus pasos, Hermione. ¿Desde cuándo tan apegado a las leyes?

Merlina se sintió un poco harta de estar oyendo discusiones, así que los interrumpió:

―Bien, bien… ¿podemos cruzar la cascada ya? Lo único que me puede suceder ahora es que la piedra se hunda bajo mi peso.

―Como usted mande.

Fueron saltando uno por uno con facilidad. Y, milagrosamente, a Merlina también se le hizo fácil saltar a través de la cortina de agua, que no mojaba ni un pelo. Por un instante pensó que caería directo sobre otra roca. Pero, simplemente, cayó en una especie de nueva dimensión: se veía el cielo tan azul como el cielo "exterior", la misma consistencia de las nubes y, lo único que variaba, era el prado que inund"ba el lugar, a cambio del lago, la maleza y el bosque. Era realmente hermoso. Pero hubiera sido mucho más hermoso estar con…

Prometí no pensar en él ahora, y lo cumpliré. No tengo que ponerme rebelde. Nunca lo he sido y no lo seré ahora. He de mantener la compostura.

―Bien ―bufó Ginny, dejando su mochila en el suelo―, esto es maravilloso, pero tenemos que armar la carpa.

―Y comenzar la diversión ―puntualizó George.

Con magia, armar la carpa fue un pelo de la cola. Además de ser una de las modernas que se armaban de manera muy fácil, era lujosa y espaciosa en el interior, al menos lo suficiente como para dar cabida a siete personas.

―Tal vez tú, Merlina, prefieres que cocinemos con el horno ―apuntó Hermione comprensivamente―. En el caso de que no tengas ganas de presenciar una fogata.

Merlina se lo pensó durante un segundo: no había nada de malo en hacer una fogata. No tenía por qué hacerle daño. Tal vez fuera hora de que dejara muchos miedos en el pasado. Además, fue un horno el que había iniciado el incendio en su casa, no una fogata.

―No se preocupen por mí. No me vendrá mal un campamento como se debe.

Milagrosamente no hubo problemas con el fuego. La verdad fue que no hubo ningún problema directo, salvo por la rama de un árbol gruesísima y pesada que casi le cayó a Merlina en la cabeza, culpa de Ron, que lanzó un hechizo para cortar ramas y echarlas a la fogata.

―¡Ron, idiota! ¡Son ramas secas las que necesitamos! ―le reprochó Ginny, lanzándole una de las suyas en plena cara.

―Lo siento, Merlina ―se disculpó Ron con aflicción en la cara.

―No te preocupes, no pasó nada ―lo apaciguó mientras ella lanzaba sus ramas a la llama creciente, en un espacio sin césped y rodeado de piedras. Sintió un escalofrío. Era extraño no temer estar cerca del fuego. Tenía la sensación de que no se iba a quemar si lo tocaba. ¿Y si sucediese así de verdad? Prefería no comprobarlo. No quería ser una anormal, un fenómeno. Tal vez por eso Severus se había decidido alejar de ella, y no quería asustar a los muchachos, para que luego la abandonaran…

El día, prácticamente, lo pasaron dentro de un lago de agua templada, jugando con una pelota plástica muggle donada por Hermione. El agua era exquisita, y el lugar, hermoso. ¿Qué más podía pedir Merlina?

―Podríamos vender pelotas plásticas en nuestra tienda ―acotó uno de los gemelos―, son muy útiles. Buena idea, Hermione.

―Pero, si las encantamos sería más entretenido, ¿no? ―ideó Ron.

―La idea es la lanzarla, Nariz Perfecta ―se burló Fred―, no que vuele sola.

―No se te van a salir los brazos por atraparla o lanzarla.

―¡Claro que no! Era sólo una idea ―se defendió Ron, recibiendo la pelota lanzada de Ginny y arrojándola con brusquedad a Merlina, que le dio de lleno en la frente―. ¡Oh, lo siento!

―No fue nada, sólo es de plástico, está inflada… ―avisó Merlina, siendo sincera. Sólo había sentido un leve ardor por la fuerza con que iba lanzada, pero nada más. Le tiró la pelota a Harry.

―Pareciera como si algo insistieras en que te golpearas en la cabeza ―bromeó Ginny―; si no es por la mochila, te golpeas en la piedra del lago. Ron casi te lanza una rama en la cabeza y, ahora, la pelota.

―Mientras no pierda la memoria… está todo bien ―siguió el juego la joven aludida.

No faltó la diversión durante los cuatro días siguientes. Bañarse en la laguna era agradable por el calor que hacía. Caminar en la noche por los alrededores era algo que les producía paz. Miraban las estrellas, reían y compartían.

También completaban las horas del día jugando Quidditch. Merlina sólo miraba, la escoba nunca había sido una buena amiga para ella, además, la que se había comprado el año pasado se había incendiado en la casa de Severus. Hermione a veces la acompañaba y a veces jugaba, pero no era un buen aporte al equipo.

―¡Vamos, Merlina! ―insistió Ginny aterrizando en su Nimbus 2002, obsequiada por sus hermanos de hacia un tiempo atrás―. Juega, aunque sea un rato. Yo te cederé mi puesto.

―Soy un desastre, les haré perder el juego ―repuso.

Pero los demás no se rindieron. Siguieron insistiendo durante otros diez minutos a que se subiera a la escoba de Ginny. Finalmente tuvo que aceptar ante tanta insistencia. Rápidamente cogió la escoba y pasó la pierna por encima. Ascendió diez metros de inmediato. Fue involuntario.

―¡Eres rápida! ―la halagó Harry sin esconder su asombro.

―¡No fui yo! ―contestó Merlina. No obstante, los demás pensaron que fue una muestra de humildad.

No tardaron, de todas maneras, en darse cuenta de que no era Merlina quien manejaba la escoba. Por alguna razón, la rechazaba y era imposible que esta estuviera bajo algún encanto maléfico.

―¡Trata de afirmarte! ―gritó Harry volando hacia ella en su Saeta de Fuego.

Merlina se afirmó con todas sus fuerzas al palo de la escoba.

Demonios —pensó mirando la distancia que había hasta el suelo. Eran más de diez metros. Se sintió mareada y temerosa; no deseaba romperse las piernas. Harry le ayudó a pasarse a su escoba y Merlina se aferró con uñas y dientes a su cintura.

El chico alcanzó a descender unos cuantos metros, cuando la escoba comenzó a dar sacudidas otra vez y a volar en diferentes direcciones completamente descontrolada: el problema era Merlina, no la escoba.

―¡Sujétate, trataré de aterrizar! ―la voz de Harry sonó desesperada.

Pero la escoba no descendía, se había quedado estancada en los escasos cinco metros que había logrado bajar entre zarandeos. Abajo se veían varios árboles con copas doradas producto del efecto de la luz del sol. Comenzaba a atardecer.

―Harry, lo siento, soy yo ―farfulló Merlina―. Tendré que soltarme o caeremos los dos.

―¡¿Estás loca?!

Merlina ya se había soltado de su cintura y Harry, a duras penas, intentó voltearse para impedirle que saltara, pero ya era demasiado tarde: la misma Saeta realizó un movimiento brusco que lanzó a Merlina para que cayera. No fueron más de dos segundos los que transcurrieron antes de que se desplomara en la copa de un árbol y se internara en las ramas. Harry no hubiera alcanzado a agarrarla.

De la boca de Merlina Morgan no salió ningún ruido. Caer le resultó placentero. Lo que no fue placentero, fue sentir ramas raspándole el cuerpo, antes de darse en el sector posterior de la cabeza con un gran tronco, tan fuerte, que perdió el conocimiento. Cayó otro poco y se dio de cara contra el césped. Fue como si hubiese tenido dos cables en su cabeza y la imagen que vio de Severus, mientras caía, se hubiese borrado intermitentemente, hasta desaparecer por completo. Los cables no quisieron volver a hacer conexión.

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―Mira. Se está moviendo.

―¿Se habrá golpeado en la cabeza?

―No lo creo. Debe haberse desmayado mientras caía.

―Revísala.

―Casi ya no hay luz, no veré nada. Llevémosla a la tienda de campaña.

Su cuerpo flotó durante unos segundos y luego fue depositada en algo blando. A través de sus párpados percibía una luz anaranjada.

Alguien la colocó de lado y le revisó la cabeza.

―No tiene sangre, pero creo que tiene un huevo… a menos que su cabeza sea deforme.

―No bromees, George. Puede que se haya golpeado, imposible no hacerlo con un árbol de tantas ramas.

¿De quiénes eran esas voces? Merlina comenzaba a hacer funcionar su cerebro. Le sonaban familiares… pero no lograba distinguir ninguna con claridad. Le dolía la cabeza.

Cuando tuvo control sobre sus párpados, pestañeó varias veces. Veía mucho color naranjo delante su vista borrosa. ¿Fuego? No… eso no era fuego. Eran cabezas pelirrojas.

Finalmente, sus ojos se desempañaron y observó al grupo de jóvenes que la rodeaban. Se reincorporó tan de golpe que los otros se alejaron asustados. Pero ella estaba mucho más asustada que ellos.

―¿Qué…? ―Miró a su alrededor―. ¿Por qué estoy aquí? ¿Quiénes son ustedes? ¿De qué grado son?

―¡Buen chiste, Merlina! ―celebró Ginny con una sonrisa de oreja a oreja, una completa desconocida para ella.

―¿Qué chiste? ―inquirió Merlina, con el entrecejo fruncido―. ¿Eres de Salem?

Hermione extendió la mano para tocarle la frente, pero Merlina se la apartó de un manotazo.

―Creo que es verdad… ―farfulló Hermione con el horror reflejado en la cara.

―¿Cómo te llamas? ―le preguntó Harry.

―Merlina Morgan.

―¿Dónde vives?

―En Estados Unidos… en la casa de unos tíos, en Wisconsin.

La joven no pasó por alto cómo los demás se dirigían miradas sospechosas.

―¿Y cuántos años tienes? ―agregó Ron al cuestionario.

―Diecinueve…

―¡Demonios! ―gruñó uno de los gemelos―. ¿Qué haremos ahora?

―¿Qué? ¿Qué pasa? ―preguntó Merlina, sintiéndose más perdida que nunca―. ¿Estoy secuestrada?

―Por supuesto que no ―contestó Hermione―. Lo que pasa es que tú, Merlina, nos conoces.

―¿En serio? No me acuerdo de ustedes para nada. ¿En qué grado van?

―No estamos en el Instituto de las Brujas de Salem ―reveló Ginny, apesadumbrada.

―¿Dónde estamos?

Nadie contestó. Finalmente, Hermione tomó mucho aire, y habló:

―Merlina. Tienes veintisiete, estás a punto de cumplir los veintiocho, te encuentras de campamento en estos momentos, nosotros somos tus amigos, y hace cinco minutos que acabas de perder la memoria.

La boca de Merlina se abrió. Estaba confundida y sorprendida. Sin embargo, por alguna extraña razón, le creyó todo lo que le dijo la desconocida.

―¿Cómo perdí la memoria? ―inquirió con voz temblorosa.

―Te caíste de la escoba y te diste contra un árbol.

Tenía veinte y… ¿cuántos? ¿Tanto tiempo había transcurrido? Tal vez era una broma… Se agarró la cabeza y miró una vez más a cada uno de los presentes. Ninguno se le hacía conocido, pero las expresiones de preocupación y aflicción no pudieron haber sido más auténticas y sinceras. Definitivamente había perdido la memoria. Eso era malo… Diez veces más malo de lo que pensaba.

―Y ahora, ¿qué voy a hacer? ―un oscuro torbellino se estaba comenzando a formar en su cabeza.

―Lo único que nos queda: narrarte todo lo que sabemos sobre ti ―contestó George con una seriedad nunca antes vista por los demás. Merlina, por supuesto, no se sorprendió. No recordaba absolutamente nada de ellos.

Si en algún momento sintieron hambre o sueño, no lo demostraron. Todos estaban concentrados en enterarla de cada detalle de su vida: su mudanza a Inglaterra, su trabajo en el Callejón Diagon, su noviazgo con Craig (muchas cosas dentro de aquellos temas ni siquiera lo sabían los varones, sólo las chicas), su trabajo en el colegio Hogwarts como Conserje, de cómo se conocieron todos, de la enemistad con Draco Malfoy que había tenido durante sus dos años de trabajo, las bromas, su secuestro orquestado por su ex novio y, luego, su muerte; de cómo superó el miedo al fuego y recuperó su pasado provocado por un incendio en su despacho, la boda de su primo, las vacaciones en Escocia, nuevamente su problema con el fuego, su encuentro con Umbridge, su ida a Hogwarts, luego a la Madriguera… y el comienzo de los días de campamento. Muchas cosas le causaron escalofríos, y hasta le parecieron irreales. Pero tenía que ser cierto todo eso, porque al pensar en esos hechos le daba una inusitada sensación de déjà vu.

Merlina, sin embargo, sentía que había muchos espacios en todas las narraciones. De vez en cuando los muchachos se dirigían miradas misteriosas, como si escondieran alguna información de importancia. También, muchas cosas no calzaban: ¿ser rescatada del secuestro? Ya. ¿Y por quién? Ir a vacaciones a Escocia, pero… ¿sola? Y muchas cosas que las había hecho sola, cosas que precisamente no se atrevería a hacer sin compañía, como ir al matrimonio de Phil o… bueno. Se suponía que tenía veintisiete años, tal vez había cambiado a esas alturas…

―Y… ah…

―No, Ginny ―murmuró Hermione con voz de súplica.

―Tiene que saberlo. Se enterará de todas formas. Tarde o temprano ―respondió Ginny entre un suspiro.

―¿Qué? ¿Qué cosa voy a saber? Tienen que decirme. Tienen que ayudarme ―rogó Merlina―. Si realmente es cierto todo lo que dicen, tengo que recuperar mi vida y continuarla ¿no?

―Bien… ―La pelirroja se mordió el labio―. ¿Recuerdas a Snape, de Hogwarts? ―Merlina asintió, anonadada por la pregunta; claro que le recordaba―. Bien, Snape es tu novio.

―¿Qué? ―el corazón comenzó a acelerársele.

―Snape es tu novio ―reiteró Hermione.