Capítulo 12: Recuerdos
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"Snape es tu novio"
El profesor Snape es mi novio.
Snape. Profesor de Pociones en Hogwarts, su materia favorita. El profesor del que ella trataba de acaparar su atención. El profesor que la había castigado cientos de veces. El profesor que se burlaba de su pasión por los animales.
Su estómago se encogió, su piel se puso de gallina y ella tembló.
―El profesor Snape… es… ¿mi novio? ―la voz apenas le salió, la boca se le había secado.
Seis cabezas asintieron lentamente.
―Yo… no entiendo.
―Te contaremos todo ―dijo Hermione. Luego, se volvió hacia los chicos―. Salgan de la tienda, esto es cosa de mujeres.
―¿Qué? ¡No saldremos de la tienda! ―gritó Ron―. Tenemos derecho a saber.
―Sí ―apoyó Fred―, tenemos derecho a saber las cochinadas que hacían estos dos.
―Váyanse ―insistió Ginny, apuntándolos con la varita.
―Qué, ¿acaso nos lanzarás tu hechizo mocomurciélagos? ―indagó Harry, desafiante.
―Lo haré, Harry, si es necesario. Esto a ustedes no les importa. Son cosas que Merlina nos ha contado sólo a nosotras porque la entendemos. Ustedes son hombres. No tienen cerebro para esto.
―Pero tenemos derecho a…
―¿Quieres saber si Merlina y Snape tuvieron sexo? ―le espetó la pelirroja. Merlina se cubrió la cara con las manos―. No tenemos idea de eso. Le diremos otras cosas. Ahora, ¡lárguense!
Entre sus dedos Merlina vio como los cuatro hombres salían por la abertura de la tienda.
Hermione se encargó de cerrarla y hacer un encantamiento para que no se oyeran las conversaciones.
―¿Tuve yo… con el profesor Snape? ―preguntó Merlina sin quitarse las manos de la cara.
―No lo sabemos, de verdad ―repuso Hermione con falsa sinceridad.
―Pero lo sospechamos, es más que obvio ―terció Ginny con picardía, sólo por no darle una respuesta clara.
No lo podía creer. ¿Qué habrá pasado…? Acababa, hace unos días, de acostarse con el hermano de un compañero y… ¡un momento! Si tenía veintisiete y… ¡qué horrible enredo tenía en su cabeza! Aun así, no podía concebir la idea de estar con Snape, con su ex profesor de Pociones, eso era… le ponía nerviosa…
―Ahora, vamos a lo importante.
Esta vez narraron los detalles de su relación. Merlina ya no sabía con qué sorprenderse más: con el beso en el armario o su compromiso hacia unos meses atrás.
"Gracias a Snape te conocimos, cuando rescataste a la lechuza de Ron y casi te matas. Snape te salvó de morir…"
"Te insultó, desde el primer momento quiso demostrar su adversidad hacia a ti…"
"Siempre se atacaban, se hacían bromas porque, supuestamente, se caían mal. Una vez te hizo creer que veías arañas por todos lados…"
"Otra vez tú hiciste que bailara y cantara delante de todos con un traje apretadísimo…"
"Te rescató del secuestro que ejecutó Craig…"
"En segundo año te salvó luego de que cayeras a través del hielo del lago…"
"Luego terminaron parcialmente cuando Craig era una amenaza para ti…"
"Casi muere Snape cuando Craig logró entrar al colegio, quiso dar la vida por ti…"
"Casi te marchas del colegio cuando Draco Malfoy incendió tu despacho, pero regresaste y besaste a Snape delante de todos en el Gran Comedor…"
"Con él fuiste al matrimonio de tu primo… Por cierto, siempre fue muy celoso de tu él, quien estaba bastante guapo…"
"Fuiste con Snape de vacaciones, e incendiaste su casa cuando regresaron…"
"Estabas un poco sentida porque Snape se comportó de una manera extraña, luego viniste para acá…"
"Eres parte de la Orden del Fénix, la organización contra Voldemort, que ha vuelto…"
"Luego vinimos hasta acá, para que refrescaras tu mente…"
"Entonces, te subiste a una escoba y perdiste el control…"
―Harry intentó rescatarte, pero su escoba te lanzó lejos y pasó lo que te contamos ―finalizó Hermione.
Silencio.
Merlina estuvo uno segundos dándole vuelta a toda la información que había recibido en tan pocas horas. Comenzaba a amanecer, se percibía el calor del sol y los primeros rayos que iluminaban la carpa.
―Bien. Bien. Necesito ayuda urgente ―puntualizó; era demasiada información, y en lo único que pudo fijarse fue en el problema más grande: el profesor de Pociones―. Si me topo con el profesor Snape… ¿Qué demonios voy a hacer?
―Sí, estuve pensando en eso ―reconoció Ginny―. Las instrucciones son:
"No sorprenderte por sus cambios de temperamento. Suele ser un idiota, pero a veces es cariñoso, como nos has dicho tú antes.
"No hablarle sobre su Marca Tenebrosa, es algo que le molesta.
"No se te ocurra recordar las cosas que te contamos para decírselas a él. Sospechará que algo te pasa.
"No le hables de nosotros, porque nos detesta. A Harry lo odia más que a todos, y menos lo debes mencionar.
"Si es que viene, tienes que verte ofendida por su ausencia y actitud. Tienes que decirle cosas como 'y ahora vienes a visitarme' o '¿no crees que es un poco tarde para hablarme?'.
"Lo más importante: no se te ocurra decirle que lo amas. Según tú, no es algo que se digan muy a menudo. Eso es todo.
―Ahora, Merlina, nos limitaremos a que nos vuelvas a conocer. Tienes que saber que siempre confiaste en nosotras y tienes que hacerlo ahora. No confíes en los chicos, y nunca lo has hecho, porque son unos indiscretos ―informó Hermione―. Es nuestro turno de presentarnos.
Tener una vida y no recordarse de ella, tener amigos y no poder hablarles con confianza, sentir aún que tenía diecinueve años, que estaba en el colegio, y era la humillación de éste; estar constantemente nerviosa por las cosas que habían sucedido en todo los años borrados por su mente y, lo peor: amar a alguien en un momento para luego no sentirlo ni acordarse del sentimiento, era algo que jamás hubiera pedido.
No se imaginaba con el profesor Snape. No se imaginaba trabajando en Hogwarts. No se imaginaba superando lo de sus padres ni su terror al fuego. No se imaginaba ella incendiando cosas. Iba a tener que aprender a fingir todo. Seguir como si jamás nada hubiera pasado, y eso, era totalmente incómodo. Y, por más que intentara ponerlo en práctica, los muchachos notaban el cambio en ella. Trataban de incluirla, le hablaban de cosas ajenas a su vida, o le recordaban hechos que pasaron por alto.
Ella era Merlina Morgan, y su futuro yo también era Merlina Morgan. ¿Por qué no podía acordarse de cómo se comportaba? ¿Tanto había cambiado? ¿Tanto había mejorado? Se seguía sintiendo como una perdedora. Lo único que le quedaba en esos momentos, era confiar en los Weasley, Granger y Potter.
Los muchachos, por otro lado, a cada momento hacían esfuerzos para tranquilizar a Merlina. Pero, llegado el noveno día de campamento, supieron que no podían hacer más y que, tal vez, era hora de volver a casa.
―Si mamá te pregunta cómo lo pasaste, Merlina, tienes que decir que "Muy bien; los gemelos Weasley son todo un caso" ―le aconsejó unos de los gemelos.
―Eso tiene algo de favoritismo, ¿no?
―No. Es algo que dirías tú. Te caemos de pelos.
Merlina soltó una risita que abandonó rápidamente. ¿Realmente era una buena idea continuar su vida "normalmente"? ¿Y si sólo intentaba seguir viviendo con nuevo futuro por delante, no haciendo caso al pasado que le habían comentado las chicas? ¿Y si confesaba la verdad?
—Por favor, Merlina. Sabemos que esto es muy difícil para ti, pero sólo te pedimos fingir, al menos lo suficiente, hasta que podamos llegar a una solución —imploró Ginny en un momento, antes de regresar a La Madriguera—. Creemos que puede traernos problemas, especialmente con Snape, quien nos detesta, y dado que te caíste de la escoba de Harry, probablemente crea que te tiramos o algo similar. Lo que menos necesita Harry, son problemas con él. Así que… ¿podrías fingir el tiempo necesario?
—Lo intentaré —prometió Merlina con una expresión de rendición, esperando ser una buena actriz.
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El ser humano, ya sea muggle o mago, tiene la capacidad de adaptarse fácilmente a las situaciones de la vida si éste se lo propone. No obstante, a Merlina Morgan le estaba costando más trabajo de lo normal. Era obvio que su yo presente era mucho más agradable que su yo pasado: no se necesitaba ser una genio para distinguir las expresiones de lamento de sus supuestos amigos cada vez que intentaban compartir con ella, y ella respondía de manera diferente a lo esperado por ellos. ¡Qué desastre! Y, para terminar de ennegrecer todo, estaba la situación denominada "profesor Snape", a quién no veía hace años (de acuerdo con su memoria) y quien le había gustado de manera caprichosa, sin que llegara a ser un amor concreto. Tenía catorce años, ¿qué podía esperar de esa edad? El amor verdadero era una ilusión, y él sólo le llamaba la atención de una manera misteriosa, no recíproca por parte de él, e infantil. Perfectamente podía recordar su último castigo, por la razón más inocente pero, a la vez, el que trajo más complicaciones que ningún otro que tuvo. Todo era casi palpable, como si hubiese ocurrido ayer.
Tomando la taza de té en sus manos y, sorbiendo un poco del líquido sin prestar atención a lo que ocurría en la pequeña cocina Weasley, se dejó llevar…
Nevaba en Hogsmeade a mediados de enero, pero eso no causaba desgracia a los estudiantes de Hogwarts que tenían permiso para visitar el pueblo mágico ese fin de semana. Todos estaban dispuestos a disfrutar la mañana, recorriendo las tiendas de extremo a extremo, con tal de llenar sus bolsillos de chucherías de Zonko y caramelos de Honeydukes. Merlina y sus amigas, Susan y Endora, eran unas de esas personas dispuestas a sacrificarse.
―Tendré que pasar a las Casa de las Plumas ―agregó Susan al plan de paseo mientras revisaba su baúl―, todas están horribles y con las puntas torcidas. Ya llevo tres regañinas de McGonagall por no entender lo que escribo en los informes.
―Y yo necesito ir a Dervish y Banges, ahora que lo mencionas ―caviló Endora aproximándose a su mesa de noche y extrayendo una caja de madera―, tengo que enviar este regalo a mi madre. La próxima semana está de cumpleaños.
Merlina poca atención estaba colocando a la conversación. Estaba más inserta en contar el dinero que tenía para las provisiones. Sin embargo, la palabra "cumpleaños" le hizo dar un brinco, dejando las monedas de su falda esparcidas por el suelo.
―¡Oh, demonios! ―exclamó tanto por el desastre y por lo que había recordado recién.
―¿Qué pasa? ―preguntaron a coro sus amigas, sobresaltadas.
―¡Olvidé el cumpleaños de mi hermano! ―profirió la muchacha intentando recoger las monedas a toda velocidad―. Y creo que no hago ni un galeon ―los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas, ¿por qué tenía que ser tan llorona?―, ¡no puedo no enviarle un regalo a Drake! ―En un acto desesperado de intentar abarcar tantos knuts y pocos sickles en sus manos pequeñas, se le volvieron a caer.
Rendida, dejó caer su flacucho y alargado cuerpo en la cama de dosel azul.
―¡Calma Merlina! ―la apaciguó Endora mirando a Susan asustada.
―Nosotras te recogemos las monedas, no te preocupes…
Merlina siguió lagrimeando cara abajo, en tanto sus amigas, amablemente, rebuscaban bajo las camas las monedas perdidas. Tras acabar se sentaron a cada lado de su cama y la zarandearon.
―Si te falta dinero, yo te puedo prestar, ¡no tengo problemas! ―le ofreció Susan con una bonachona sonrisa en su cara morena.
Merlina asintió bajo la maraña de pelo oscuro sin levantarse y, con voz gangosa y estirando la palma de la mano derecha hacia Endora, solicitó:
―Pañuelo, por favor.
Sonándose sonoramente se dio la vuelta y se sentó. La cara la tenía toda mojada por las lágrimas.
―Desde el miércoles que estás rara ―le soltó Endora a Merlina poniéndose más seria al analizar su cara.
Merlina suspiró y supo que tendría que responder con la verdad.
―Es que Snape me evaluó con un "Insuficiente" el informe sobre los Hongos Venenosos.
―¿Un "Insuficiente"?
Ambas muchachas quedaron anonadadas.
―Sí… y fue por cambiar la información de la Inocibe Calamistrata por la de la Leucocoprinus Birnbaunii. ¡No me di cuenta de que estaba escribiendo mal! Y me percaté tarde, cuando estaba revisándolo antes de entregarlo, y le escribí una nota al final para que no me evaluara mal, pero lo hizo de todas maneras.
Se levantó y sacó del tacho un montón de pergamino arrugado y se los entregó. Una vez desenrollado vieron el cargado, grande y rojo "I" con una nota abajo: 'Aprenda a leer lo que escribe, Señorita Ignorancia'.
Endora y Susan despotricaron unos cuantos minutos contra Snape para dejar tranquila a su amiga, lo que, aparentemente, funcionó. Aparentemente. Merlina, de todas maneras, había quedado intranquila, ya que había dos cosas que le molestaban: primero, jamás había sacado más bajo de un Aceptable en Pociones, incluso su informe de notas estaba más plagado de Supera las Expectativas que letras A. Y, lo segundo era la actitud del profesor que, durante el año, había ido empeorando gradualmente. Al principio la trataba como a una alumna cualquiera y, con el tiempo, la indiferencia que dedicaba a ella se fue convirtiendo en odio. Los insultos y las humillaciones se hacían más frecuentes, pero ya calificarla mal por un error común… eso era fatal y le dolía bastante.
―¿No crees que ya sea hora de que te vengues de él?
―No… ¿Para qué? De seguro me saldrá el tiro por la culata. Snape suele saber las cosas, no sé cómo lo hace. Y, qué apuesto que, sin hacer nada malo, va a encontrar el motivo perfecto para expulsarme del colegio.
Todas esas palabras salieron de la boca de Merlina al azar, jamás con la intención de que fuera cierto. Sin embargo, ya fuera porque la magia operó en esa frase o porque era el destino, aquello se cumplió. O al menos, en parte.
―¿Para dónde vas? ¿No irás con nosotros a desgnomizar el jardín? ―preguntó Hermione antes de salir al patio.
Merlina se estaba parando de la mesa. Habían acabado de desayunar y los muchachos se habían puesto de acuerdo para hacer las labores del hogar, cosa de la que Merlina jamás se había enterado por estar sumida en sus propios pensamientos.
―Este…, no, iré al cuarto de Ginny… Quiero Descansar.
"Descansar", eso sonaba estúpido, ya que el día anterior, apenas llegaron a la Madriguera, se puso a dormir para evitar preguntas que no podría contestar por no tener memoria de cosas que sucedieron en el campamento. No había qué comentar.
―Bien… hasta un rato.
Merlina asintió y subió hasta la tercera planta a paso de tortuga.
El frío era intenso y el cielo estaba encapotado, pero había dejado de nevar, lo que permitía mayor libertad a la hora de pasear por las calles de Hogsmeade. Una forma irregular iba caminando hacia la Oficina de Correos; la diminuta Susan iba al centro, resguardada por la robusta y rosada Endora en un extremo, contraponiéndose con la facha de laucha alargada de Merlina. Ésta llevaba en sus brazos una selección de las golosinas más exquisitas envueltas en un papel de regalo azul brillante, junto con una tarjeta de felicitación. Todo iba destinado para su querido hermano Drake.
―¿Cuál es la urgencia del regalo, Merlina? Tu hermano no te va a matar por no enviarle algo, ¿o sí? ―inquirió la más baja.
―No, claro que no, pero quería animarlo un poco; hace dos semanas que rompió con su novia.
―¿No que tú hermano no te contaba sus cosas?
―Pero mamá sí lo hace ―contestó la aludida con presteza.
La palabra quedó en el aire, cuando se oyeron unas cuantas palabrotas de una mujer gorda que apareció por la ventana de una de las casas de dos pisos en la calle perpendicular a la que estaban y, con la varita empuñada, hizo volar a un perro de gran tamaño, de color café con leche, hacia el techo de la casa de enfrente, dejándolo caer estrepitosamente, causándole daño y unos espantosos aullidos de dolor.
―¡OIGA, QUÉ LE PASA! ―vociferó Merlina corriendo hasta allá, furiosa por esa actitud violenta y tropezando con un montículo de nieve en una piedra.
―¡Cállate, mocosa entrometida! ¡A ti no te orinaron las sábanas recién limpias!
Cerró las ventanas con fuerza. Susan y Endora ayudaron a la furibunda Merlina ponerse de pie.
―¿Vieron? ¿Vieron lo que hizo…?
―Sí, Merlina sí…
―¿Lo vieron? ¿Vieron cómo lanzó al perro…?
―Sí, lo vimos, tranquila…
―¡No! ¡No puedo creer lo que vi! Qué vieja más idiota. No puedo permitir que…
―¿Para dónde vas? ―preguntó Endora agarrándola del brazo sin buenos resultados.
―¡Merlina! ―gritó la otra.
―¿"Para dónde voy"? ―farfulló avanzando hasta la casa de enfrente con paso firme―. ¡A sacar al perro del techo, por supuesto!
El techo tenía forma de V invertida no muy empinada, pero el hielo congelado lo hacía muy resbaloso. El pobre perro mestizo apenas era mantenido en la orilla gracias a la canaleta.
―¡Wingardium Leviosa! ―exclamó hacia el perro, pero nada sucedió―. Ya sé, ¡a la cuenta de tres!
Un encantamiento de levitación pronunciado por tres bocas no causó efecto alguno, salvo hacer chillar al perro con más dolor aún.
―¡Somos brujas! ―se quejó Susan desesperada―. ¡Tres, y no podemos hacer un simple hechizo!
―¿Y ahora qué? ―Merlina tenía los dedos crispados.
―Ya sé, pidámosle ayuda a la señora de la casa.
―No puede ser, porque está en venta ―intervino Merlina con una sonrisa mordaz señalando el cartel que lo citaba. Nadie habitaba esa casa.
Antes de intentar rescatar al perro por el último camino que quedaba, pidieron ayuda a unos estudiantes de Slytherin de quinto año que pasaron calle arriba ―por idea de Susan―, pero estos se burlaron de ellas y las ignoraron.
―Bien, tendré que subir al techo como sea, entonces ―decidió Merlina con el miedo reflejado en la cara―. ¿Dónde están los profesores cuando se les necesita?
―Deben todos estar en Las Tres Escobas ―respondió Endora.
Otro quejido perruno hizo que Merlina se determinara definitivamente a sacar al cuadrúpedo del techo. Dejó el regalo de Drake en el suelo y se alistó.
Susan y Endora hicieron de soporte para que Merlina lograra agarrarse apenas del alfeizar del ventanal del segundo piso. Con mucho esfuerzo de sus manos la subieron hasta él, donde se arrodilló justo, agarrándose de las protecciones de la ventana. Sintió algo de vértigo al mirar hacia el suelo, pero el estado del perro le preocupaba mucho más. Se paró con cuidado, teniendo una amplia vista de la parte derecha del techo, hacia la cual estaba ubicada. Se afirmó con fuerza de la canaleta y ésta chirrió amenazadoramente.
―Ven, perrito… ven… ―lo llamó chasqueando los dedos, pero éste no se movió. Lo único que hizo fue mirarla con tristeza. Tenía sangre en una de sus patas.
Lo llamó unas cuantas veces más y no hubo resultado alguno.
―¡Tendré que subirme al techo! ―gritó a las muchachas. Estaban aterrorizadas.
Merlina, tragando saliva, escaló los hierros de la ventana y se subió al techo apenas siendo afirmada por la canaleta, al igual que el perro. De seguro se iba a desprender si no se apuraba, por lo tanto, se aproximó con cuidado hasta el perro y le vendó la pata con un pañuelo que tenía en el bolsillo de la túnica. Lo tomó en brazos con mucho esfuerzo, sentándolo en sus rodillas y mirando el resto de las casas, como si pudiera encontrar la respuesta allá. Lo veía todo. Por un segundo se quedó embobada, mirando las otras calles transitadas por los demás estudiantes y, un poco después, quedó blanca como un papel, y no por ver a Snape caminando por la misma calle en la que habían estado ellas antes del incidente, sino que la había visto e iba corriendo hacia allá.
―¡Oh, no! ¡Chicas! ¡Viene Snape! ―gruñó con los dientes apretados, sin saber qué hacer, con el perro en brazos que no paraba de aullar.
Snape llegó hecho un demonio, y acelerado por haber corrido a toda velocidad.
―¡Bájate de allí INMEDIATAMENTE! ―gritó furioso.
―¡Ya voy, ya voy! ―le contestó desesperada. Se asomó por el techo y miró a sus amigas. Susan estaba a la altura en la que se encontraba―. Lo siento, Susan ―agregó y, agachándose lo más que pudo, soltó al perro para que ella lo atrapara.
Por poco no lo atrapó, pero cayó inmediato hacia atrás producto del peso: el perro, en dos patas, era casi tan alta como ella.
La idea de Merlina era devolverse por donde había subido, pero la canaleta, al verse tan presionada por el peso de sus rodillas, cedió, haciendo que la muchacha se fuera directo al suelo, de cabeza.
Sin embargo, medio segundo antes que se diera contra la compacta nieve, quedó flotando, a centímetros del suelo. Snape había impedido el impacto.
Hubo un segundo de silencio.
―Bien, bien. Veinte puntos menos para las inquietas Águilas. Tú, ayuda a tu amiga a ponerse de pie y llévense a ese perro fuera de mi vista ―dijo a Endora, que estaba muerta de miedo―. Tú ―añadió girándose a Merlina, que lo veía al revés―, creo que has perdido todo derecho en Hogwarts.
―¿Qué? ¿Por qué? ¡No hice nada malo…!
Muda. Se quedó muda; otro encantamiento de Snape. Éste la tomó del brazo dejándola pies abajo en el aire y le quitó el hechizo.
―Ya hablarás cuando estemos en el despacho del director.
Merlina se zafó de la mano que la afirmaba de la túnica y tomó el paquete de Drake guardándoselo en el bolsillo interno de la túnica. Luego fue vuelta a ser agarrada de la túnica y, prácticamente, arrastrada hasta el castillo.
―Qué idiotez más grande de tu parte. ¿Tratando de llamar la atención? No me extraña para nada. ¡Arriesgarse por un perro! Sólo a ti se le podía ocurrir. Tus amigas no lo hubieran hecho, ¿cierto? No, por su parte, Merlina Morgan, la Señorita Valentía, tenía que salir con sus payasadas…
No hubo segundo durante el trayecto en el que Severus Snape no completara con insultos las frases y la mirara con sus iracundos ojos negros inyectados en sangre. Merlina, lo único que hacía, era responderle con el entrecejo fruncido y aflicción. Varias veces intentó escapar, pero no lo logró.
Casi llegando a las gárgolas, volvió a hacerlo y alcanzó a correr dos metros antes de que Snape la pillara por detrás, levantándola del suelo y evitando sus pataletas. En ese mismo estado entró al despacho de Albus Dumbledore.
―¡Por las Barbas de Merlín, Severus! ¿Qué sucede aquí?
―Morgan, la Señorita Exhibición le contará lo ocurrido.
Y, entonces, Merlina pudo hablar.
